Luisa de Marillac, Carta 0116: A Sor Turgis

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

Hermana de la Caridad sierva de los pobres enfermos

en el hospital San Juan

Hoy, 24 de agosto de (1644)

Querida Hermana:

Estoy preocupada por si no ha recibido usted una carta que les escribí a todas en general y que dirigí a la señorita la Franchandiere. Le ruego me lo haga saber. El principal motivo de la misma era manifestarles mi disgusto por las malas disposiciones de las Hermanas y la desunión que existe entre ustedes.

También me sorprende escuchar que por cualquier pequeña contrariedad, algunas dan entrada en su pensamiento al deseo de volverse a París antes de que la obediencia las llame. ¡Ah, queridas Hermanas!, motivos hay para decir que no saben lo que piden. Dicen ustedes que les molesta cuando los señores Padres 1 las humillan delante de sus Amos que son los pobres; pues, no les den ustedes motivos y háganlo todo tan bien que no encuentran nada que reprocharles; y si alguna vez piensan ustedes que en realidad no han faltado o que alguno de esos señores las reprende con demasiada dureza, a su entender, y creen que eso las desacredita con los enfermos, reciban la humillación sufriéndola con paciencia y después, en particular, expongan sus razones y ruéguenles les adviertan lo que hacen mal. De esta manera, les aseguro que no habría una sola de nuestras Hermanas que no se estimara feliz de estar en el lugar de ustedes.

Le ruego, pues, Hermana, sea usted la primera en dar ejemplo de la virtud que deseo a todas. He visto la pequeña antipatía que me dice usted de una de nuestras Hermanas. ¡Dios mío!, necesario es que su caridad tenga gran comprensión y tolerancia; bien sabe usted que de ordinario son éstos, sentimientos naturales de los que no somos dueños; son los que están en los cargos los que tienen que intentar y ayudar a las demás a salir de tal dificultad sin que casi lo adviertan; es menester que no seamos tan sensibles que nos apenemos porque no nos dirigen la palabra o no nos ponen buena cara, sino tratar de ganar los corazones con nuestra tolerancia y cordialidad.

Por último, querida Hermana, las que cuidan de las demás no han de pensar en su propia satisfacción (han de hacer) como si fueran insensibles. ¡Dios sea bendito por el alivio de las penas de Sor Brígida!1. Si ella sabe que usted está al corriente de ello, aconséjela que evite todos los peligros de recaída en algo semejante, como la excesiva familiaridad y la inclinación a la curiosidad.

No creo que el señor Vicente llame a ninguna de nuestras Hermanas cuando usted regrese. Deberían temerlo más que desearlo. Que no piensen más que en perfeccionarse en su condición, que es tan alta y agradable a Dios y que en todo momento les proporciona ocasiones de servirle. Le ruego, Hermana, que se tenga mucho respeto a los señores confesores; que las Hermanas no hablen nunca de ellos si no es en esta forma; que no se amenacen las unas a las otras con ir a quejarse a ellos y hasta no creo conveniente que usted les hable de ellas. Deje al cuidado de la divina Providencia el darlas a conocer, a no ser que se presentara una grave necesidad, y si piensa que ellas no obran de la misma suerte y que acaso se quejan de usted, deje a Dios el cuidado de su justificación.

Cuando alguna sienta repugnancia en hablar al señor Director2, disimule usted para que no aparezca a los ojos de las demás que lo ha advertido, excúsele siempre ante ellas y no permita que se hable de él en el grupo; no de forma autoritaria y con dureza (como en ninguna ocasión debe hacerlo), sino cambiando hábilmente la conversación y luego hablarle en particular, quiero decir a la Hermana. Ya sé, querida Hermana, lo difícil que es cumplir bien nuestros cargos; pero Dios que nos los ha dado no nos negará su gracia, y para conseguirla, humillémonos profundamente; con una santa desconfianza de nosotras mismas y una gran confianza en su bondad que nos lleve a pedirle sencillamente lo que quiere que demos a nuestras Hermanas, a las que debemos mirar como a sus criaturas muy amadas y siervas suyas. No sé qué decirle de las jóvenes que me dice usted desean ser de nuestra Compañía, sino que tengo bastante temor de los espíritus de esa región; y además, sólo debemos recibir a las que sean muy adecuadas para nuestra Compañía, tanto por lo que se refiere a sus fuerzas físicas, como a sus cualidades de espíritu. Infórmese con más exactitud acerca de ellas y vuelva a escribirme; además, tampoco conviene, de poder ser, que pasen de treinta años, y hay que conocerlas, a ser posible, desde su cuna.

Tenemos motivos para dar gracias a Dios por la merced que nos ha hecho de devolvernos a nuestro muy Honorable Padre, el Señor Vicente, que ha estado muy grave y en peligro; le ruego que nuestras Hermanas hagan alguna devoción con este fin. Salude de mi parte al señor Ratier y a todos los demás y a nuestras queridas Hermanas, a las que abrazo de todo corazón, deseándoles la perfección de Santa Juana y Santa Catalina de Siena, como también para usted, de quien soy, en el amor de Jesús Crucificado, querida Hermana, su muy humilde y afectísima hermana y servidora.

  1. Claudia Brígida (ver C. 65 n. 1).
  2. El señor Ratier, director espiritual (ver C. 82 n. 2).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *