a 6.° día de septiembre de (1640)
Señor:
Supongo que los señores Padres Administradores y Padres de los pobres no llevarán a mal que retiremos a nuestra Sor Turgis1, porque le aseguro que es mucha la falta que aquí nos hace, y que de no haber sido por las enfermedades que han pasado esas Hermanas, hace mucho que la habríamos pedido. Sabe usted, señor, que esos señores no estaban demasiado contentos de que estuviera ahí, de modo que creo se alegrarán.
Le ruego muy humildemente, señor, que, en el caso de que alguien quisiera hacer ver la necesidad de que se quedara más tiempo, o si ella misma lo deseara, venza todos esos obstáculos para que salga cuanto antes pueda. Le he encargado que traiga a las jóvenes que SU caridad haya juzgado tener las debidas condiciones. Hemos tenido el honor de ver aquí a su señora hermana, pero con gran sentimiento mío nos sorprendió viniendo en un día en que el señor Vicente no estaba en San Lázaro. Le hago a usted presente lo que él lo ha lamentado, y yo también por no ocurrírseme indicarle el alojamiento de la señora du Plessis2 y haberme sido imposible, por mis continuas dolencias, devolverle la visita. Pensando quitarle un poco de trabajo al sacar de ahí a una Hermana, ¿no se lo aumentaré más bien? Todo lo dejo en manos de la divina Providencia. La seguridad de su caridad es para mí un gran descanso, pues me hace esperar que me tiene usted, señor, por su muy obediente hija y servidora.







