(21 ó 22 diciembre 1625)1
Mi muy Rv. Padre2: Puesto que quiere usted saber las gracias que nuestro buen Dios ha hecho a mi difunto marido, después de decirle que me es imposible dárselas a conocer todas, le diré que desde hace mucho tiempo, por la misericordia de Dios, no tenía afecto alguno por las cosas que pudieran llevar a pecado mortal, y tenía un grandísimo deseo de vivir devotamente.
Seis semanas antes de su muerte le acometió una fiebre muy alta que puso su espíritu en gran peligro; pero Dios, haciendo aparecer su poder por encima de la naturaleza, lo puso en calma; y en reconocimiento de esta gracia, se resolvió totalmente a servir a Dios toda su vida. No dormía casi nada ninguna noche; pero tenía tal paciencia que a las personas que estaban junto a él no les causaba ninguna incomodidad con ello. Creo que en esta última enfermedad Dios lo ha querido hacer participante de la imitación de las penas de su muerte; porque ha sufrido en todo su cuerpo y ha perdido totalmente su sangre, y su espíritu ha estado casi siempre ocupado en la meditación de su pasión. Siete veces echó abundante sangre por la boca, y la séptima le quitó la vida instantáneamente. Yo estaba sola con él para asistirle, en este paso tan importante, y él dio testimonio de tal devoción que mostró hasta el último suspiro que su espíritu estaba pegado a Dios. Nunca pudo decirme otra cosa que: Ruega a Dios por mí, yo no lo puedo más: palabras que estarán para siempre grabadas en mi corazón. Le ruego que se acuerde usted de él cuando rece las Completas; él les tenía una devoción tan particular que casi ningún día dejó de rezarlas.







