LUISA de MARILLAC (III): Luisa de Marillac y su respuesta a las llamadas

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Evocación del pasado

Después de la muerte de santa Luisa, Vicente de Paúl convocó varias conferencias para evocar, en sus diálogos con las herma­nas, los recuerdos numerosos notables de la vida de cada día de su madre espiritual.

A partir de las descripciones, de los testimonios y de la evoca­ción de su vida extraordinaria se diseña un retrato de Luisa que, gracias a Dios, no se parece a lo que algunos libros han queri­do trasmitirnos con las mejores intenciones. Entre otras cosas, leemos en los textos que describen los diálogos una observación de sor Bárbara Bailly, que fue durante toda su vida enfermera y secretaria de Luisa. Esto es lo que observa sor Bárbara: Luisa tuvo la intención filme de hacerse capuchina. Iba con mucha fre­cuencia a visitar a las religiosas en su convento. Un enorme gozo se apoderaba de ella con solo ver los muros del convento. Oró en él con frecuencia y compartía las comidas con las religiosas. Fue casada en contra de su inclinación, por obedecer a su familia. Una vez casada llevó una vida piadosa y retirada21.

Los relatos de la juventud de Luisa han parecido secundarios durante mucho tiempo. Y sin embargo por nuestra parte los con­sideramos fundamentales.

Las Hermanas Capuchinas de las que estamos hablando se instalaron en París en julio de 1606, gracias a una dama noble muy piadosa. Se establecieron en París numerosas órdenes an­tiguas como resultado de la renovación religiosa que tuvo lugar después del concilio de Trento, que dotaron de un nuevo impulso y reavivaron el fervor religioso de la época. A la edad de 15 años Luisa era una joven piadosa y cultivada. ¿Cómo hubiera podido mantenerse indiferente ante aquel florecimiento de vida espiri­tual?

¿Vocación?

Luisa pudo haber sido testigo de la instalación de las capu­chinas en la calle Saint-Honoré: doce religiosas, con los pies descalzos, coronas de espinas en sus cabezas, precedidas por el cardenal de Gondi, fueron conducidas hacia su claustro en una larga procesión de religiosos y religiosas. Se les llamó «Hijas de la Pasión»; se dice que ninguna congregación llevaba una vida tan ascética hasta el sacrificio de sí mismas. Ninguna otra orden estaba tan unida a Jesús crucificado. Luisa se sentía muy atraída hacia aquella vida de penitencia, y llevada por el deseo de en­tregarse totalmente hizo a Dios la promesa de compartir la vida de las capuchinas. ¿Era aquello una llamada de Dios? ¿Era una vocación? Pero, como sabemos, la gracia necesita el apoyo de la naturaleza, y ésta fue el obstáculo en este caso. Se habló de salud frágil, pero el problema fue tal vez la escasez de su dote. La de­cisión que se tomó sin contar con ella la turbó profundamente y desencadenó, años más tarde, sufrimientos sicológicos intensos.

Decisión tomada: debe contraer matrimonio

¡No le quedaba otra elección posible que casarse! En confor­midad con la voluntad de su familia noble, Luisa tenía que des­aparecer del árbol genealógico lo antes posible sin dejar rastro. Todo el asunto se arregló según las costumbres de la época en el país. La familia buscó en el mundo de la corte un candidato apro­piado. Un caballero de Auvergne, secretario de la reina, estaba dispuesto a contraer matrimonio con una hija de Marillac.

No se pidió a Luisa su opinión; ella solo tenía que obedecer. En aquella época y según la opinión de algunos teólogos, una mujer no tenía el poder de tomar una decisión. Por otro lado ¿te­nían las mujeres un alma inmortal? Se podía dudar de ello tran­quilamente. ¡Pobre Luisa! Este tema del alma le afectó tanto que se sintió turbada por él unos años después. Su matrimonio con Antonio Le Gras fue para ella una pesada carga, pues él estaba a menudo enfermo, lo que le hacía irritable. Además de ello, siem­pre estuvo muy preocupada por su hijo.

Era éste un niño enfermizo, protegido en exceso por su madre, y abúlico. A Luisa le agobiaban los remordimientos, y se sentía torturada por la culpabilidad. Al contraer matrimonio ¿había que­brantado su voto de entrar en el convento? Se sentía atormentada y se hacía a sí misma reproches continuamente. ¿No se habían equivocado sus mentores espirituales acerca de su verdadera vo­cación? ¡No era fácil decirlo!

Agitación interior

Desde la Ascensión hasta Pentecostés de 1623 se acentuaron los tormentos de Luisa. Quería dejar a su marido e incluso aban­donar a su hijo, y así poder «reparar» su primer voto. Además lle­gó a dudar de la inmortalidad del alma. ¿Qué debería hacer acerca de su director espiritual? En ese aspecto debía estar dispuesta a un cambio, y Luisa se encontró totalmente desorientada.

Los sicólogos, los neurólogos y los teólogos podrían dar un diagnóstico, cada uno según su especialidad. Pero ¿dónde po­dría ella encontrar ayuda? Podemos leerlo en sus escritos: «El día de Pentecostés, oyendo la santa misa o haciendo oración en la iglesia, en un instante mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas, y se me advirtió que debía permanecer con mi marido, y que llegaría un tiempo en que estaría en condiciones de hacer voto de pobreza, castidad y obediencia, y que eso sería en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que eso sería en un lugar dedicado a servir al prójimo, pero no podía comprender cómo podría ser porque parecía que había idas y venidas».

Se disiparon también sus dudas acerca del director espiritual. Tuvo al comienzo dificultad en aceptarlo, pero asintió muy pron­to y se dispuso a acoger a quien le estaba reservado… Sabemos ahora que se trataba de Vicente de Paúl.

Luz

Luisa de Marillac calificó los hechos que acabamos de evocar como «luz». Los archivos de la Casa Madre de la Congregación de la Misión en París guardan un papel largo y estrecho escrito de mano de Luisa acerca de esta luz de Pentecostés. Sabemos que Luisa llevaba siempre consigo este papel bien doblado; el papel le recordaba las promesas recibidas aquel día.

Con facilidad podemos imaginar que la iluminación de Luisa aquel día de Pentecostés fue un regalo del Espíritu Santo. Luisa misma lo veía así: aquello era una llamada de Dios, la señal de su vocación a emprender un camino aún desconocido para ella. Aquello se parecía a la orden dada por Dios: «Vete al país que te indicaré». El país era primero su familia: el marido enfermo, a quien cuidó hasta la muerte de éste dos años más tarde, y su hijo, Miguel Antonio, que tenía entonces una decena de años. ¿Cómo hubiera podido Luisa en esas circunstancias imaginar el cumpli­miento de la promesa de Pentecostés?

Sin embargo en aquel momento se produjo lo que define una vocación auténtica: la certeza absoluta e inquebrantable de que el mensaje recibido es infalible. Todo se irá desarrollando progresi­vamente y de un modo aún misterioso, pero sin ninguna desvia­ción. Luisa ha conocido la travesía del desierto que precede con frecuencia al camino profético.

Con el tiempo Vicente de Paúl iba a dejarse convencer de que fuera el director de conciencia de la señorita Le Gras. El tío de Luisa, Miguel de Marillac, guardasellos del rey, que ocupaba el segundo nivel en la jerarquía del estado, pudo convencer a Vi­cente de Paúl para que asumiera la dirección de su sobrina. ¿O tal vez Miguel de Marillac no fuera más que un instrumento de la divina providencia? ¡Una vocación de otra especie muy diferente! Como bien sabemos, Vicente dudaba y expuso algunas objecio­nes. Había sido el director de conciencia de la señora de Gondi y sabía que un acompañamiento espiritual exige mucha cantidad de tiempo. Se comprenden muy bien sus temores ante la idea de repetir una tal experiencia. Pero finalmente aceptó.

Por su parte, Luisa de Marillac no se sentía muy dispuesta a cambiar de guía espiritual, tal como lo dice en su texto sobre la «luz de Pentecostés». Tal vez tuviera una visión. Su tío Miguel residía con frecuencia en su castillo de Clichy y naturalmente ella le visitaba algunas veces. El suceso tuvo lugar con seguridad con ocasión de una de esas visitas. Tenemos por otro lado una imagen de ello en una gran vidriera de la iglesia parroquial de Clichy: Luisa de Marillac es presentada al párroco de Clichy, el señor Vi­cente de Paúl. ¡Vicente, un hijo de campesino! ¿Sería el director apropiado? Pero escribe ella misma: «Sin embargo, acepté». Nos encontramos en un cruce de caminos muy importante, en el que se cruzan la decisión humana y la guía divina. Tenemos delante de nosotros dos personas de perspectivas muy diferentes, pero con una vocación parecida. Conscientes de su misión de mensaje­ros y testigos de Cristo, unen sus fuerzas para construir a lo largo de los años una obra gigantesca de asistencia y ayuda a los más abandonados.

Vicente de Paúl

Vicente de Paúl se encargó finalmente de la dirección espiri­tual de la señorita Le Gras. Después de la muerte de su esposo, Luisa aspiraba a una vida espiritual y contemplativa, y reguló su vivir diario y organizó su tiempo de manera muy estricta. Podría­mos tener la impresión de que intentaba recuperar lo que el ma­trimonio le había impedido vivir, pues no había podido hacerse religiosa.

Vicente de Paúl estaba por entonces predicando el evangelio por los campos y terminaba sus misiones fundando en todas las parroquias Cofradías de la Caridad. Centenares de mujeres no­bles, burguesas y campesinas, movidas por el ardor de Vicente, le ayudaban en la misión de ayuda a los pobres y de evangelización. Luisa, que residía en ciudad, observaba la nueva manera de evan­gelizar de Vicente de Paúl. Por su lado, Vicente sabía que Luisa quería hacer algo, aunque ninguno de los dos acababa de adivinar qué podría hacer. Vicente de Paúl, obligado a calmar la impacien­cia de Luisa, le pedía que cosiera ropa para los pobres. ¡Al me­nos estarían vestidos! Luisa cosió mucha ropa, dedicándose a ese trabajo durante tres o cuatro años. Pero eso no podía responder de lleno a la promesa de Pentecostés. Crecía su impaciencia, y la reacción de Vicente no puede hoy dejarnos de sorprender.

Leemos en una carta dirigida a Luisa: «Estoy seguro de que usted quiere y no quiere lo que Dios quiere y no quiere, y que no está en disposición de querer y no querer más que lo que yo le diga que me parece ser lo que Dios quiere y no quiere. […] Si su divina Majestad no le hace conocer que quiere de usted alguna otra cosa de un modo que no deje lugar a equivocación, no piense y no ocupe su espíritu en esa otra cosa. Fíese de mí; basta que yo piense por los dos»».

Sin embargo el espíritu de Luisa sufría tratando de encontrar la calma. Pero un día todo se hizo claro: tomó la decisión de de­dicar su vida al servicio de los pobres y de los enfermos. Necesitó cuatro años, después de la muerte de su marido, para que llegara a madurez esa decisión. El deseo de una vida puramente contem­plativa pasó a segundo plano, pues estaba segura de que se iba a cumplir la promesa de Pentecostés. Vicente de Paúl reacciono de inmediato: se sentía entusiasmado.

Vicente de Paúl vio con claridad que Luisa, que permanecía en el deslumbramiento de aquel día de Pentecostés, había tomado sola aquella decisión, siempre dispuesta a escuchar la palabra de Dios y pronta a seguir el camino que se abría delante de ella. Su vocación tomó al fin forma: su misión sería vivir para llevar amor y ayuda caritativa a los más abandonados.

La gran transformación

Para Vicente de Paúl su hija espiritual abría un camino total­mente nuevo en el terreno de las Cofradías de Caridad que ha­bía fundado él mismo. La contribución de Luisa había de resultar ideal para la creación, la dirección y la conservación de aquellos equipos. Ella tenía una idea personal de su misión, que vino a re­sultar en una forma peculiar de vita consecrata, que comenzó con las Hijas de la Caridad.

Luisa estuvo visitando durante cinco años las Cofradías de los alrededores de París. Puso así en práctica, por propia iniciativa, la palabra que había oído el día de Pentecostés: «habría idas y veni­das», hasta que la propuesta de una joven campesina, Margarita Naseau, a la que pronto se añadieron otras jóvenes deseosas de contribuir con su ayuda, llevó a Luisa a convencerse de que debe­ría reunirlas en un grupo, o más bien en una comunidad. ¿No se cumpliría así la promesa de Pentecostés, que ella llevaba siempre encima escrita en un trozo de papel? Una vez más se le iluminó el cielo a Luisa y descubrió claramente la naturaleza de su vocación. Sin embargo, y por sorprendente que pueda ello parecer, su direc­tor espiritual, Vicente de Paúl, no consintió en ello, aunque el pro­yecto de Luisa parecía pensado para mantener las Cofradías que él mismo había fundado. Él opuso una resistencia tan educada como filme, y le exhortó a dejar de lado su proyecto. Pero Luisa, tan sumisa de ordinario, se mantuvo firme. La experiencia vivida en aquel famoso día de Pentecostés le daba una seguridad tal que desatendió la negativa de su director espiritual. Las reticencias de Vicente de Paúl se apoyaban sobre todo sobre la decisión del concilio de Trento de no permitir la fundación de ninguna orden nueva. Pero el proyecto de Luisa no podía transformarse en una orden religiosa, pues se manifestaba en «idas y venidas». Vicente acabó por cambiar de parecer. Luisa acogió en su propia casa a algunas voluntarias, las educó, las formó y las orientó.

En la biografía de Luisa se narran los comienzos y la expan­sión de aquella comunidad. Aquella era su obra. Vicente de Paúl rehusó durante toda su vida afirmar que había participado en aquella fundación, y repetía sin cesar: «Hijas mías, es Dios el que os ha creado». No estaba sin duda equivocado, si recordamos aquella luz de Pentecostés entrevista en la iglesia de Saint-Nico-las-des-Champs. El Espíritu Santo había permitido la creación de una obra grande.

Luisa de Marillac comprendía muy bien el significado de su misión

Orientaba a aquellas jóvenes campesinas con inteligencia y clarividencia, persiguiendo su meta con energía, les formaba para ser sirvientas de los pobres y de los enfermos. La transformación de aquellas jóvenes en hermanas de la caridad era el fruto de sus cualidades como pedagoga, pero sobre todo de la fe inquebranta­ble en su misión, en la realización de la promesa de Pentecostés. Vicente de Paúl puso durante esos años los fundamentos espiri­tuales de una vida comunitaria y enseñó a las jóvenes el sentido y el fin de su trabajo: el servicio de Cristo en la ayuda dada a los que sufrían.

La correspondencia entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac durante los primeros años de la fundación de la comunidad expresa muy bien las dificultades diarias que tenían que afrontar. Luisa se entregaba con todas las fuerzas de su inteligencia y de su corazón a la educación de sus hijas; se le veía en todos los fren­tes: en las Cofradías, en el Hótel-Dieu, dondequiera se encontrara cualquier miseria, entre los galeotes, los niños abandonados, los mendigos, los refugiados. Por otro lado, el cuidado que tenía Lui­sa por el amor de Cristo se unía al «misit me» propuesto por Vi­cente. Dos vocaciones, independientes una de otra al comienzo, mas se encontraron en el camino de su misión, como dos manos que actúan unidas. Es ese un fenómeno muy notable en la historia y la evolución de las comunidades espirituales.

Ciertamente, las vocaciones en la Iglesia de Dios implican siempre el servicio del Señor por sus miembros. Cristo dijo: «¡Id al mundo entero!» Le comprendemos bien: id de dos en dos, id en grupo, no os aisléis, servíos los unos a los otros, cada uno expre­sando la gracia que ha recibido. El Espíritu es quien unifica esas gracias, esos carismas. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac son nuestros fundadores. De un modo nuevo y original unieron sus esfuerzos para llevar a cabo su misión en la fe y en el amor, sin perder por ello su identidad propia.

Sorprende en efecto el ver cómo Luisa se encargó ella sola de las heinianas jóvenes durante los seis primeros años de la funda­ción de la comunidad, manteniendo ciertamente el contacto con Vicente en lo que se refería a las actividades que debían llevar a cabo las heinianas. Vicente alababa frecuentemente con gozo y admiración el trabajo, el valor, el don de sí mismas de aquellas heinianas jóvenes. Lo expresa con palabras como estas: «Seño­rita, sus hijas hacen un trabajo maravilloso…», hasta que un día Luisa le dio esta respuesta: «Señor, esas jóvenes son también hijas de usted». Nunca dejó Luisa de rogar a su director de con­ciencia que acompañara a sus hijas en el camino espiritual. Pero Vicente se sentía a veces desbordado por las peticiones de ayuda a las que debían responder los sacerdotes misioneros, las Damas de la Caridad y luego también las hermanas.

La cofundadora

Vicente parecía querer dejar a Luisa de Marillac la formación de las hermanas y también la dirección de la joven comunidad. Y, en efecto, ella se encargó de ello durante varios años. Pero la existencia de hermanas que residían fuera de París, las tareas nue­vas en lugares más alejados (Angers, Nantes, Sedán…) exigían dar a la comunidad una base jurídica sólida. Luisa insistía sobre este punto. Había que definir con precisión los límites entre un simple servicio de ayuda bajo la autoridad de las Cofradías y una congregación independiente, con reglas aprobadas oficialmente.

Vamos a descubrir ahora a Luisa bajo otra faceta, la de cofundadora, como solemos llamarla modestamente. Su perseverancia le permitió conseguir todos sus objetivos, pero siempre bajo la égida del señor Vicente de Paúl y sin dejar de pedirle que pusiera su impronta. El nombre de Luisa quedaba, por supuesto, en se­gundo plano.

El carisma de Vicente le había ciertamente conmovido y transformado. Por otro lado Vicente supo encauzar con sabiduría el caudal de su piedad desbordante, sin destruir al hacerlo su in­clinación por la mística y manteniendo la singularidad de su vida interior. La espiritualidad vicenciana, caracterizada por el servi­cio a los pobres por amor a Cristo crucificado que ofrece su vida, marcó su trabajo de dirección y de formación; esa espiritualidad impregnó el conjunto de la correspondencia de Luisa y todos sus escritos espirituales.

En su deseo de abnegación Luisa siguió cada vez más de cer­ca los pasos de Cristo llevando su cruz. La «luz» de aquel día de Pentecostés le había anunciado que haría votos. Eso le daba una gran fuerza, y casi veinte años después del suceso, nueve años después de la fundación de la joven comunidad, se sintió prepara­da para continuar su misión.

Junto con otras cuatro hermanas ella hizo en efecto, el 25 de marzo de 1642, voto de pobreza, castidad y obediencia, para ser­vir a los pobres y a los enfermos.

Poco a poco Luisa logró convencer a Vicente de Paúl para que viniera con mayor frecuencia a tener «conferencias» con las hermanas. En esos diálogos con las hermanas Vicente trazaba las grandes líneas de su espiritualidad, que acabó convirtiéndose en una forma de vida al cabo de los años, que nos guía aún hoy con el nombre de espiritualidad vicenciana.

Luisa había integrado las ideas de su mentor espiritual tanto en ella misma como en su manera de vivir la fe.

Consciente de su misión como mensajera y testigo del amor de Cristo, aspiró a la santidad sin descanso y hasta la muerte. La comunidad de las jóvenes hermanas se enraizaba y crecía por el don de sí mismas por amor a Cristo. De ese modo se realizaba en Luisa la promesa de Pentecostés bajo la forma del don de sí misma y de la tarea que había que llevar a cabo. Exhortaba a las demás hermanas a hacer que su donación diera sentido a sus vi­das, y fuera incluso la condición previa a su vida de servicio. Esto escribe a Ana Hardemont al pedirle noticias de «nuestras queridas hermanas»:

«Queridas hermanas nuestras, a las que deseo que sean totalmente santas para trabajar útilmente en la obra de Dios 1-1, debemos tener continuamente ante los ojos a nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo, a cuya imita­ción hemos sido llamadas, no solamente como cristianas sino también por haber sido elegidas por Dios para servirle en la persona de los pobres».

«Qué mayor acto de amor se puede hacer

que entregarse a sí misma

toda entera […]

para la salvación y alivio

de los afligidos».

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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