LUISA de MARILLAC (II): San Vicente y el camino de su vocación

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Vicente de Paúl buscando su camino

El joven pastor, hijo del campesino Juán Depaul, llevaba sus rebaños a pastar lejos de su hogar, allá donde podía estar seguro de encontrar unos buenos pastos según las distintas épocas del año. En los alrededores de Pouy, su aldea natal, se podían encon­trar algunos buenos lugares que él conocía bien. En Orthevielle, por ejemplo, habitaba la familia de Moras, la rama maternal de su familia. El estilo de vida de los de Moras se parecía mucho al que llevaba su propia familia en Pouy. Igual que la mayor parte de la población en aquella época, debían trabajar para subsistir. Había sin embargo un lugar situado un poco más lejos de su aldea natal que atraía de una manera algo especial a la familia Depaul. Y re­sultó que ese lugar tuvo una influencia importante sobre los pro­yectos de futuro que tenía para su hijo Depaul el padre. El priora­to de Pouymartet estaba a una hora de distancia de Pouy. El prior, Etienne Depaul, era pariente próximo, primo o tal vez incluso hermano del padre de Vicente. El priorato funcionaba como hos­pital y hospedería para los peregrinos de Compostela. El padre de Vicente comparaba desde hacía mucho tiempo su propia situación económica con la de su pariente. Él mismo se agotaba trabajando como campesino desde la salida hasta la puesta del sol para pro­porcionar a su familia unas condiciones de vida que aunque dig­nas, eran ciertamente modestas. En contraste, su pariente llevaba una vida tranquila. La prebenda del priorato le procuraba ingresos regulares que le permitían ayudar a su familia. Los cuatro hijos Depaul, Vicente y sus hermanos, no podían esperar llegar a poder vivir de los ingresos de la propiedad paterna. Se vieron por eso forzados a dirigir sus miradas hacia otros horizontes. Vicente pa­recía ser el mejor dotado de todos, y pronto se pensó en enviarle a estudiar, para que pudiera orientar su vida hacia el sacerdocio. Y así sucedió. Los hechos posteriores son bien conocidos.

Se plantea un primer problema

Es cierto que Dios nos acompaña, sea cual sea el camino ele­gido. Sin embargo, aun siendo cierto que Dios le guiaba, Vicente Depaul no respondió en principio a una llamada para el sacerdo­cio. La elección de profesión del joven Vicente, o más bien su destino profesional, dependía de hecho más bien de un consenso social, corriente en el siglo XVII. Esa elección le aseguraba una seguridad económica basada en una prebenda, y le confería una cierta posición social. Siendo ello así, ¿se trataba en verdad de una elección de carácter religioso espiritual? No lo podemos sa­ber con seguridad. Habría que tener en cuenta lo que esperaban los laicos de los sacerdotes y los religiosos: el saber junto con la piedad, un nivel alto de vida moral y un altruismo infatigable, es decir, la caridad, la entrega de sí mismo, el hacer el bien. En defi­nitiva, una profesión muy exigente.

¿Y la vocación?

Es cosa segura que Dios ha llamado siempre a su servicio a seres humanos, y que sigue deseando que algunos se acerquen a Él de manera especial. Hubo en tiempo de Vicente figuras ex­traordinarias que se dedicaron a seguir a Cristo. Hubo también numerosas personas que, como decía Jesús, «no son de este redil; también a esas tengo que traerlas y ellas escucharán mi voz» (Jn 10, 16).

El joven Vicente de Paúl no vivió sus primeros años de sa­cerdocio en un «redil» seguro y protegido. Tuvo más bien que abrirse un camino en tierra extraña. Cada vez que creía empren­der un camino que le llevaría al fin esperado, se encontraba en un callejón sin salida. Los años de duda le parecieron un túnel largo, un caminar a tientas, pero mantenía la esperanza de alcanzar sus sueños y de llegar a disfrutar de una prebenda. Esta esperanza le llevó a animar a su madre a tener paciencia (1610); le asegura­ba que la prebenda le daría muy pronto la posibilidad de llevar una vida tranquila, en el campo, junto a los suyos, igual que su pariente Etienne Depaul en Pouymartet. Además de esto, Vicen­te animaba a uno de sus hermanos a orientar a su hijo hacia el sacerdocio, porque si él, Vicente, se encontraba por el momento esperando aún la realización de sus sueños, podrían presentarse otras perspectivas en el futuro.

Vemos pues que la vocación de Vicente de Paúl de seguir a Cristo como sacerdote no se parece en nada a la experiencia de los apóstoles en la transfiguración de Cristo en el monte Tabor. Pero se podría pensar en el dicho de Jeremías: «Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis con todo el corazón» (Jr 29, 13).

Bérulle

Por este tiempo Vicente se encontró con una personalidad que tuvo una influencia decisiva sobre su vida, Pedro de Bérulle, el fundador del Oratorio de Francia, teólogo de primera línea y, como decía Vicente, un sacerdote verdaderamente santo. Este hombre impresionó vivamente a Vicente, y éste se puso bajo su dirección. Por su parte, Bérulle descubrió en aquel joven sacerdo­te una personalidad extraordinaria, e intuyó en él una verdadera vocación a la santidad. Consiguió que Vicente adquiriera una vi­sión de la Iglesia enteramente nueva y una comprensión renovada y más excelsa del sacerdocio.

Bérulle consiguió disipar la niebla que impedía a Vicente des­cubrir horizontes nuevos. Eso le permitió dejar a sus espaldas la preocupación absorbente por los bienes materiales, y el poder lle­gar así a reconocer los valores verdaderamente espirituales. Bérulle: un hombre y todo un programa en el camino del descubri­miento de sí mismo para Vicente de Paúl. Tenía entonces treinta años.

Habiendo seguido a Vicente por el camino que le llevó al sa­cerdocio, podríamos pensar como cosa natural que Vicente aca­baría ingresando en el Oratorio de Pedro de Bérulle, o al menos que residiría en él durante algún tiempo. Vicente se reunía con mucha frecuencia con el grupo de sacerdotes inspirado por Bérulle. Pero ese grupo no vendría a ser sin embargo para él el «redil» al que Jesús conduce a los que llama. En lugar de ingresar en el Oratorio, Vicente fue a Clichy como párroco, y se encontró a sí mismo de repente como pastor de almas. Esta nueva forma de ver el sacerdocio, adquirida en la escuela de Bérulle, ayudó al joven sacerdote a dirigir su parroquia. Vicente se declaró posteriormen­te «feliz entre estas gentes tan buenas».

Preceptor

Unos meses más tarde encontramos a Vicente en otro am­biente muy diferente. Se encuentra ahora en contacto con la alta sociedad, como preceptor en una mansión de señores, la familia de Gondi. ¿No había Bérulle despertado en él la conciencia de la grandeza asociada al estado clerical? Vicente se había sentido lleno de un gozo profundo cuando tomó la decisión de imitar a Cristo. Pero hay con frecuencia una diferencia entre la elevación del corazón y del espíritu y las circunstancias cambiantes de la vida. Es cierto que Vicente había visto el rostro luminoso de Cris­to, igual que los discípulos en la Transfiguración; había visto por un instante manifestarse la gloria de Cristo, pero la realidad de la vida diaria le llamó al orden. Vicente continuó su evolución en un nuevo ambiente, y su existencia no se parecía, a primera vista, a un descenso del monte (de la Transfiguración). El joven preceptor moraba en palacios, se sentía apresado por aquella clase de vida, y recibía a cambio honores y respeto. Sabemos que en esas circunstancias el poder de atracción de los bienes materiales no terminaba de perder su fuerza. A decir verdad, Vicente podría haberse contentado con la notoriedad que le confería su posición. La familia de Gondi le proporcionaba una seguridad económica y social, además de un cierto rango en la sociedad. Eso le permitía tener contacto con personalidades bien conocidas y socialmente visibles. Sin embargo, la posesión de una prebenda le proporcio­naría una mayor seguridad y un mayor rango social, por ejemplo, como «abad comendatario». Su búsqueda de prebendas fue en principio coronada con el éxito, pues fue instalado como abad de la abadía de san Leonardo de Chaumes, aunque este proyecto resultó ser finalmente un fracaso.

Vicente fue preceptor de los hijos de los Gondi durante cuatro años. Pero vayamos ahora, paso a paso y año por año, para que aparezca ante nosotros al fin el Vicente conocido por todos como el gran héroe y el santo de la beneficencia católica.

Los años en los que fue preceptor vinieron a ser para Vicente una larga noche en el camino de su verdadera vocación. El mis­mo Vicente recordó posteriormente ese tiempo durante el que se sintió atormentado y lleno de dudas. Su carácter, era desagradable y melancólico, como lo describiría él mismo años después. Decía Vicente que se encontraba «lleno de hiel». La señora de Gondi habló con él acerca de ello, con el resultado de que se sintió movi­do a combatir seriamente esos aspectos de su carácter. Abelly, su primer biógrafo, nos informa de que Vicente no se sintió liberado más que cuando tomó la decisión de consagrar su vida a la cari­dad y al amor misericordioso.

Vicente se sentía decepcionado por no haber conseguido los fines que se había propuesto, y es sin duda ese hecho el que dio origen a la prolongada depresión que experimentó. Bérulle le ha­bía fascinado con la grandeza y los honores que acompañan al ejercicio del sacerdocio. ¿Y qué es lo que había conseguido? La formación de tres niños de una familia noble para que aprendie­ran a moverse en su medio social y a responder a lo que esperaba de ellos un mundo bien definido; esa no podía ser una actividad que diera sentido pleno a su vida. Vicente era en el fondo de sí mismo consciente de ser el responsable de aquella crisis. ¿Podría ser su estado obra de Dios y prueba de su gran misericordia? Acu­dió a Dios en su angustia. Esta crisis le hizo reaccionar. No, él no quería contentarse con medias tintas. Tuvo entonces lugar en su interior una profunda transformación. No ya poseer, sino dar. En adelante iba a consagrar su vida a la compasión y a la caridad. Eso fue al comienzo simplemente una resolución, hasta que llegara el momento en que su puesta en práctica fuera totalmente posible, momento que le llegaría sin esperarlo. Y así, en adelante, en cada etapa de su evolución reconocería la llamada de Dios.

Folleville

Un día llamaron a Vicente a asistir a un agonizante, hecho que no tiene nada de excepcional en la vida de un sacerdote. ¿No hemos experimentado también nosotros alguna vez una experien­cia similar? Una chispa pequeña que se convierte en una gran hoguera. En aquel caso el fuego se estaba gestando, solo faltaba la chispa. Y fue la señora de Gondi quien desencadenó el incendio.

Ella se sentía responsable de la indigencia extrema en que vivía la población de los alrededores, pues la región en que es­taba Folleville formaba parte de los bienes y de la herencia de la familia. Esta toma de conciencia produjo en ella una reac­ción de pavor y de vergüenza, pero encendió también la primera chispa de lo que llegaría a ser la obra de la vida de san Vicente de Paúl.

El incidente tuvo lugar en Folleville, en Picardía, en enero de 1617. Fue una llamada, en el sentido primero del término, a Vicente de Paúl, y él se sintió interpelado para procurar ayuda espiritual y reorganizar la vida religiosa en la región.

El 25 de enero, fiesta de la conversión de san Pablo, a petición de la señora de Gondi predicó con pasión acerca de la confesión general, invitando a los fieles a hacerla. El éxito enorme de esta invitación confirmó la situación miserable en la que se encontra­ba la población, El estilo escandaloso de vida de los eclesiásticos era ciertamente la causa de aquella situación, pero era de todos modos necesario ayudar a aquellas gentes en el terreno espiritual.

Vocación y misión

El sacerdote Vicente se asustó al descubrir que tantos seres humanos estuvieran en estado de arriesgar su salvación por falta de buenos pastores que pudieran orientarles. Durante las semanas siguientes predicó en las tierras de la señora de Gondi. Y lo que había sospechado y buscado en la oscuridad y con inquietud du­rante tantos años, lo vio ahora con total claridad. En adelante su vocación sería llevar hacia Dios a los más abandonados.

Al cabo de muchos meses de dudas y desasosiego, puso fin a su búsqueda de prosperidad y de seguridad duradera y fijó su visión en la inmensidad de la miseria humana. Igual que hizo Moi­sés, obedeció la palabra del Señor: «Y ahora, ponte en marcha».

Vicente estaba seguro de ello: se le había investido con una misión; creyó firmemente que se le destinaba a cumplir el plan de Dios, lo que le ayudaría a responder a las expectativas y a las llamadas que solicitaran ayuda.

Era sacerdote desde hacía diecisiete años. Conoció a lo largo del camino muchas y diversas etapas, y nada dejaba sospechar el giro sorprendente que dio a su vida. Pero hoy, a posteriori, pode­mos comprenderle. En cualquier caso, Vicente vio ese cambio de perspectiva como una luz después de una ceguera que se había prolongado demasiado tiempo.

Dios necesita hombres que hayan conocido la oscuridad de la noche y que luego son capaces de proporcionar un verdadero consuelo a otros seres humanos. Y así fue como Vicente, animado por una confianza íntima en la fidelidad de Dios, extrajo de su experiencia de desolación y de indigencia el deseo de servir y de reconfortar.

A partir de aquel momento y a la luz de aquella experiencia su vocación y su misión se le aparecieron más claramente que nunca. Sus palabras resonaban como las de Jesús, se ponía en armonía con él, y hablaba como otro Cristo. «Evangelizare pauperibus misit me». El Señor me ha enviado. No se puede expresar una vocación con mayor fuerza y mayor convicción.

Removida su alma por aquella llamada, soñaba con sumergir­se en el fuego de la acción para llevar a cabo su misión. Se trataba nada menos que de renovar la fe, campo inmenso de acción para nuestro misionero, pero no podría actuar más que identificándose con el mensaje «Evangelizare». De ese modo el misionero se con­virtió en testigo, «¡misit me…!» Yo soy llamado, yo debo actuar. «¡Y ahora, vete a donde yo te envíe!» Vicente de Paúl ve cómo su fe se hace fuerte mirando al rostro de Cristo iluminado por el misterio de la Transfiguración. Y luego, el saber que debe llevar a cabo su misión le conduce a la realidad cotidiana, él no ve más que «a Jesús solo» en la humildad de la naturaleza humana y se siente invitado a «volver al valle para dedicar sus esfuerzos a la realización del designio de Dios y para asumir con valentía el camino de la cruz’».

¿Y qué hay de la realidad cotidiana?

¿De qué modo comenzó a actuar? Vicente mismo describió años después los comienzos de su misión; leyendo sus textos po­demos conocer la personalidad de este hombre muy por encima de lo común, y el reconocer las cualidades del santo provocarán nuestra admiración.

He aquí cómo comenzó su empresa:

«Se me acaba de ocurrir que usted podría hacer que se lleva­ran esos muebles de un lugar a otro por carros de transporte o por la mulas que alquile para ello; pero para hacer eso sería bueno trabajar en lugares contiguos y tomar una zona de la diócesis al comienzo del año y trabajar todo el tiempo en ella».

¿Sonríe el lector al leer esto? Si es así, reacciona como los aldeanos de aquel tiempo, que miraban desde la puerta de sus casas y observaban con esperanza y con cierto temor a aquellos extranjeros (los misioneros del señor Vicente), cuya llegada les había anunciado su párroco, sin saber exactamente ni siquiera él mismo qué es lo que iba a pasar.

Se habrá advertido que Vicente de Paúl no estaba solo en sus andanzas misioneras. Había encontrado compañeros que compar­tían sus ideas, su entusiasmo y también, por supuesto, su trabajo pastoral. El eco de aquellas palabras, «misit me», la certeza de que tenía que cumplir una misión, le dotaban de un cierto carisma que inspiraba también a aquellos a los que él animaba a seguirle, como Jesús lo había hecho antes que él. Conocían también de las palabras de Jesús: «A mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40), y se sentían llamados.

La familia de Gondi debió de sentirse sorprendida por la ini­ciativa tomada por su preceptor, incluso puede que se sintiera en­gañada. A pesar de todo, la señora de Gondi pudo sentirse libera­da de sus remordimientos de conciencia: alguien se ocupaba por fin del trabajo pastoral, abandonado durante tanto tiempo. Has­ta entonces el educador y profesor de los hijos de Gondi había respondido a las expectativas de la familia. En adelante, mante­niendo sus buenas maneras, Vicente pondría sus condiciones. Al hacerlo así, seguía su lógica rigurosamente, pues era plenamente consciente de su misión y sabía que ésta le exigiría un compro­miso vital muy diferente. No podemos menos de manifestar una admiración grande, aunque tal vez mezclada con cierto embarazo, al ver esa valentía poco común y aquel acto de obediencia. Como Moisés, Vicente obedeció a la palabra del Señor: «Y ahora, ¡ponte en camino!» (Ex 3, 10).

Su fe en Dios hace de él un hombre audaz, y por eso la manera tan inesperada de comenzar su misión, con un asno tirando de una carreta y los tres misioneros animados de una fe ardiente, hace que todas las ceremonias de inauguración en las que se corta una cinta al son de tambores, no signifiquen nada.

Chátillon-les-Dombes: el amor inventivo

Esa misión, de la que estaba tan firmemente convencido, le abrió horizontes nuevos y le hizo salir del ambiente fastuoso pero encogido de una mansión de señores. Pudo seguir caminando para conseguir su proyecto siendo párroco de Chátillon-les-Dombes. Vicente fue nombrado párroco de Chátillon gracias a la in­tervención de Bérulle. Este había intuido hacía mucho tiempo la vocación de Vicente. No dudó pues en hacer que Vicente saliera de la mansión de los Gondi para animarle a ir a Chátillon, a unos 400 kilómetros de París.

En el comienzo de su actividad en Chátillon Vicente encon­tró resistencias muy fuertes. Los poderes religiosos y políticos experimentaban ciertos conflictos y buscaban un compromiso. Pero él tenía que destacar en primer plano el desafío de la miseria humana y social. Se abandonaba a seres humanos a la pobreza y a la enfermedad y, como en Folleville, él sabía que encontraría la respuesta en la audacia que le proporcionaba su fe y en aque­llas palabras: «¡misit me!» El sacerdote Vicente creó el proyecto genial de una organización caritativa que le ha hecho célebre a través de los siglos como el santo de la misericordia. El dicho de Jesús: «Lo que hagáis al más pequeño de mis hermanos…» (Mt, 25, 40) exigía una respuesta, la del amor y la misericordia.

La creación de los equipos de Caridad, que fue el suceso im­portante del tiempo que estuvo en Chátillon, puso los fundamen­tos de la obra de Vicente, que preconizaba la interacción del amor y la fe.

Pero una vocación no se resume en un solo hecho concreto. Una vocación va unida a una misión. Podemos comprenderlo es­tudiando la biografía de Vicente. A partir de sus experiencias de Folleville y de Chátillon supo que era enviado a ayudar a los po­bres. En esa experiencia encontraba a Cristo, y él le servía siem­pre que lo pidieran los hechos, las llamadas y las circunstancias. Se puso al servicio de Cristo para combatir las hambres, las epi­demias, la miseria, para ayudar a las víctimas de las guerras y a los refugiados; siempre se le vio atento a luchar contra todas las desgracias de su tiempo. No actuaba solo, ciertamente. Eso hubiera sido imposible. ¿Quién podría ayudarle? En primer lugar las jóvenes y las mujeres de los equipos de Caridad. Ellas fueron las primeras en ayudarle, y ese hecho reveló a Vicente una nueva vocación. Buscó ayuda entre los sacerdotes, se dirigió a varias órdenes religiosas. Pero todos rehusaron, pues ya tenían sus pro­yectos propios. De ese modo brotó en él la idea de crear por sí mismo una congregación, idea que pronto se convirtió en realidad gracias al apoyo de la señora de Gondi. Vicente tenía una tenden­cia a precipitar las cosas, pero tuvo que moderarse, Las dificulta­des fueron disolviéndose poco a poco; se acercaba a su meta. La familia de Gondi le hizo donación de una suma importante, y el arzobispo de París dio su aprobación. Y así nació la Congregación de la Misión. Sus miembros han sido conocidos durante mucho tiempo con el nombre de «Lazaristas», por el priorato de San Lá­zaro, su Casa Madre a partir de 1632. Hoy se les llama más bien sacerdotes de la Misión (vicentinos, paules…, según los países). La actividad de Vicente entre los pobres marcó el comienzo de una renovación religiosa.

Unos años más tarde se pudo ver con sorpresa una agregación inesperada de numerosas mujeres. Así suceden las cosas en la casa de Dios: el Espíritu sopla donde quiere. Esta vez sopló sobre las acciones concretas desarrolladas en nombre de la misericordia, y tomó la forma de una ayuda añadida a los equipos de Caridad fun­dados por Vicente. Se dio en la forma del encuentro de dos perso­nas carismáticas, portadoras de la gracia cada una a su manera. Se enfrentaron cara a cara dos vocaciones y dos itinerarios señalados por una misión, pero tuvieron que unirse como las piezas de un rompecabezas para conseguir un mismo fin. Luisa de Marillac es­taba segura de su posición, segura de haber recibido una llamada y de defender siendo fiel a ella la causa de Dios. Lo sabía desde la experiencia que recibió un día de Pentecostés. Vicente rehusó en un primer momento, y le aconsejó que renunciara a sus planes…, hasta que se vio forzado a reconocer que Dios actuaba también por medio de ellos. El mismo lo admitió años más tarde: «Hijas mías, es Dios quien ha fundado a las Hijas de la Caridad».

Y Dios les ayudó efectivamente a conjugar los esfuerzos de las dos comunidades, que no comprendieron que tenían exacta­mente el mismo fin más que después de su fundación

La vocación no existe más que por la misión

Esa misión no tiene más que un fin: ayudar a los pobres, ser­virles como servimos a Cristo, sí, servirles como a otro Cristo. El campo de acción es amplio, la tarea inmensa, y Vicente no dejaba de oír una voz interior que le decía: «Tienes que actuar, nadie lo puede hacer en lugar tuyo». Vicente era muy consciente del pe­ligro que consiste en vivir retraído y en delegar su autoridad. No están los tiempos para soñar ni para ser nostálgico. El ya no soña­ba en modo alguno en vivir cómodamente de los ingreso de una prebenda, ni tampoco podía resignarse y huir ante la inmensidad de una tarea que superaba sus fuerzas.

Vicente de Paúl comenzó a trabajar el «campo de la misión» con su carreta tirada por un asno. Y con ocasión de su elogio fú­nebre pudo oír las siguientes palabras: «Él casi ha transformado el rostro de la Iglesia de Francia».

Ser misionero o apóstol no es una profesión tranquila; al con­trario, compromete a la persona entera. Quedaba una pregunta: ¿Hasta dónde llegaría su voluntad de convencer? Si se conoce la vida de san Vicente, la respuesta parece clara. Podemos incluso comprobar que fue creciendo con los años su deseo de dar su vida por la misión. Pensemos simplemente en sus «Relations», aquella especie de folletos que hizo distribuir en tiempos de las guerras devastadoras en Champaña, en Lorena, en París. En esos folletos apelaba a la generosidad: «Entregad vuestro dinero, nosotros les entregamos con gusto nuestra vida».

El don de sí como consecuencia suprema de la vocación

Ninguna pasión, ninguna convicción de carácter ideológico puede compararse con el don total de sí mismo procedente del amor, cuando está animado por el Espíritu. Ofrecer su vida es imitar a Dios y dar testimonio de su presencia. Vicente de Paúl lo sabe perfectamente cuando dice: «Nuestra vocación, pues, es ir no a una parroquia, ni solo a una diócesis, sino por todo el mundo. ¿Para hacer qué? Abrazar los corazones de los hombres, hacer lo que ha hecho el Hijo de Dios, él, que ha venido al mun­do a darle fuego con el fin de inflamarlo con su amor’4». Y añade un poco más adelante: «Señores, si tuviéramos un poco de ese amor ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaremos que perezcan aquellos a los que podemos asistir? ¡Oh, no! la ca­ridad no puede estar ociosa; ella nos empuja a salvar y a consolar a los demás»».

La vocación del sacerdote implica una vida de martirio

En el texto recién citado Vicente de Paúl presenta a sus her­manos la tarea inmensa que espera a los sacerdotes y a los misio­neros. Él mismo ha alcanzado ese estadio de la evangelización, «evangelizare», a fuerza de oración. Él es ahora el portador de la Buena Nueva y ha seguido fielmente el camino indicado por la Providencia. Hacia el final de su vida ha echado un vistazo al camino escogido. Él quería que sus experiencias, a veces dolo­rosas, animaran a sus hermanos más jóvenes a perseverar, a que reforzaran su vocación, que les hicieran sentirse tan seguros de su misión como lo había sido él mismo, cuando tuvo que luchar contra viento y marea. Así nos lo dice en este texto:

«La manera que tiene Dios de conducir a los que él destina a alguna empresa grande o a algún bien especial para su servicio es tal que los prueba antes con hastíos, contratiempos, aversiones y movimientos de inconstancia, a veces para ponerlos a prueba, a veces para hacerles experimentar su debilidad, a veces para des­apegarles más de las criaturas, otras veces para disipar los humos de alguna vana complacencia, y siempre para hacerles más agra­dables a sus ojos. No dude, padre, que la tentación que usted sufre contribuirá a su progreso espiritual, si usted la resisten «Ánimo, pues, padre, manténgase firme, pues siendo como somos sacer­dotes estamos obligados a una perfección mayor, y a ayudar más a las almas’7».

El estilo de vida de los hombres de Iglesia contrastaba cada vez más con la miseria de la población. Este hecho impresionaba a Vicente de Paúl. En efecto, él tenía la convicción de que muchas personas eclesiásticas habían abrazado la carrera eclesiástica para estar al abrigo de las necesidades materiales y para llevar una vida tranquila. El mal comportamiento de aquellos sacerdotes dañaba a la Iglesia y empañaba su imagen hasta hacerla irreconocible.

En una carta al padre de un candidato al sacerdocio Vicente señalaba esos peligros: «No deben comprometerse con ese estado si no tienen una verdadera vocación de Dios, una intención pura de honrar a Nuestro Señor para la práctica de sus virtudes, ade­más de las otras señales que les den seguridad de que les ha lla­mado su divina bondad. Y siento tan fuertemente esta convicción que si yo no fuera sacerdote, no lo sería jamás».

Podemos leer en otra carta: «En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que era este estado cuando tuve la temeridad de entrar en él, hubiera preferido trabajar la tierra que comprometerme con un estado tan temible».

¿Qué es lo que ha movido a Vicente de Paúl a la edad de 78 años a hacer unas afirmaciones tan pesimistas? Tal vez ha recor­dado con algo de vergüenza la inconsciencia de su juventud ante las exigencias de la vocación sacerdotal. La realización de su mi­sión le pareció ser en verdad el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Ahora sabía por experiencia que la vocación y el carisma no se viven siempre con la levedad de un simple batir de alas, sino que son también una carga pesada. Seguir la propia vocación es llevar la cruz. En su propio camino de la cruz él creyó en el poder de la caridad y del amor. Solo ellos pueden transformar el mundo en reino de Dios. Poco antes de morir recordó su disponibilidad total e incondicional y la dedicación de todas sus fuerzas al nom­bre de Dios:

«Consumirse por Dios, no tener ni bienes ni fuerzas más que para consumirlas por Dios, eso es lo que ha hecho Nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre20».

«Honrar a Nuestro Señor

por el testimonio que

quiere que demos de él,

haciendo las obras

que él hizo en la tierra».

(E. S., p. 806, Pensées)

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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