Luis Gallastegui

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Author: Desconocido · Year of first publication: 2008 · Source: Boletín Provincial de Zaragoza.
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P. Luis Gallastegui

25-04-08

San Sebastián

BPZ, Mayo, 2008

Homilía que pronunció el P. Víctor Gallástegui en la catedral de San Sebastián, el día 28 de abril, en el funeral de su hermano el P. Luis.

Bienaventurados los que mueren en el señor.

Cada día se hace más fuerte en mí la fe en Dios Padre de la misericordia y fuente de todo consuelo, que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos y nos ha hecho partícipes de su resurrección. Dios es Dios de vida y no de muerte. Dios, Amor infinito, no quiere que el hombre muera, sino que participe de su mismo amor, entre en su compañía y descanse a su lado gozando para siempre de la dicha de su presencia. Cada día le doy gracias a Dios por el don de la fe. Lo más grande que me ha sucedido es creer, es haber recibido de Dios, a través de mis padres, el don de la fe.

Creo que mi Redentor vive, creo en el Señor, creo en Jesús el Hijo de Dios venido en carne. Él es el crucificado que ha resucitado y vive. En Él está la vida. Más aún. Él es la vida. Quien cree en Él, quien le acepta, quien deja que Él sea su Señor, quien vive de Él y por Él, tiene vida, vida eterna, vida plenificante. La muerte no tendrá dominio sobre él. Y Cristo le resucitará en el último día.

Imposible expresar los sentimientos de cuantos estamos reunidos aquí, en torno a Cristo y a su altar, para dar gracias al Señor por su infinita misericordia y por su bondad, honrar la memoria de nuestro hermano Luis, rogar por su eterno descanso, y afianzar nuestra esperanza cristiana en las palabras de la revelación: «Bienaventurados los que mueren en el Señor. Desde ahora, sí, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, porque sus obras les acompañan».

Participar en unas exequias es orar por el difunto y reflexionar sobre nuestra propia muerte, porque es reafirmar nuestra condición de bautizados en Cristo.

San Pablo, en el capítulo sexto de su carta a los fieles de Roma, escribe que al sumergirnos en las aguas del bautismo nos sumergimos en la muerte de Cristo; con Cristo morimos al pecado para renacer con Cristo a una vida nueva, a una vida divina y transfigurada. Por tanto, nuestro caminar por la historia entre el primer bautismo, bautismo de fuego y de Espíritu, y el segundo bautismo, bautismo de sangre con el que seremos bautizados que es la muerte física, deberá ser un proceso constante de lucha contra el mal en nosotros y en el mundo y de identificación y configuración con el Dios de Jesucristo, pasando por el mundo haciendo el bien.

La muerte para el cristiano es como el ocaso del sol que muere cada día en occidente para amanecer al oriente: morimos cara a Dios. La muerte no es algo que ocurre, es Alguien que viene. Una vez consagrados el pan y el vino en la Eucaristía, confesamos: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús! Y un día, el Señor vendrá y nos tomará en sus brazos y nos llevará al cielo, y nos presentará a su Padre. Será el comienzo de la vida que no tiene fin en la Trinidad de Dios. Es lo que ya le ha acontecido a nuestro hermano Luis: Jesucristo, el Señor, ha venido y se lo ha llevado para que participe de la felicidad de Dios.

Desde     que    Dios es Dios, desde toda la eternidad, el Dios tres veces Santo, pensó en Luis (Luis fue fruto de un pensamiento y de una elección amorosa de Dios) lo envolvió en su amor y quiso contar con él para realizar una misión en la historia. Y después, en el tiempo, en el momento prefijado por su amor, Dios Padre lo creó, Dios Hijo lo redimió, Dios Espíritu Santo lo santificó, y Dios Trinidad de amor lo llamó para sí. La interpelación de Dios dio consistencia, valor infinito a su existir. Y en respuesta a la llamada del buen Dios, Luis lo dejó todo y lo siguió, e hizo una promesa formal de darle el mayor culto de que era capaz. consagrándose por entero a Él, para servirle y amarle en los hermanos; y lo hizo a través de la enseñanza de filosofía a seminaristas en un seminario de Madrid, de teología pastoral a jóvenes sacerdotes en una residencia de Londres, de filosofía y estudios sociales en las universidades inglesas de Sussex y de Londres, y desde multitud de libros y artículos de pensamiento y de poesía; y ayer, 26 de abril, después de meses de debilitamiento, se durmió en el Señor.

Luis, como cualquier ser humano reflexivo, como filósofo que era, vivió en grandes tensiones dialécticas: entre la afirmación del yo y la apertura al tu; entre interioridad y acción o afirmación de quien se posee y extroversión de quien se da; entre necesidad y libertad; sabiéndose contingente y no necesario; condicionado socialmente; con una misión a realizar en el tiempo; viviendo la paradoja del límite y de la frustración; limitado por el dolor físico y moral; sintiendo constantemente la desproporción entre finitud e infinitud; sabiéndose culpable de debilidades y pecados, como lo fue reflejando a lo largo de su vida en sus numerosos poemas. Pero siempre confió esperanzado en el amor misericordioso de Dios y fijó la mirada en el azul, porque, como escribe San Pablo, los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con el gozo del cielo.

Luis ha asumido cristianamente su propia muerte como la ofrenda de la tarde hecha a Dios Padre creador de la vida. Ha querido salir de este mundo en el nombre del Padre que le creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por él, en el nombre del Espíritu Santo que descendió sobre él, y acogiéndose al amor y ternura de la Santísima Virgen María.

Descanse en la paz de Dios. Si nos llena de gozo el saber que quien ha muerto en la fe de Cristo, el Señor, ya está en las amorosas manos de Dios, la esperanza cristiana nos ilumina y consuela a los que quedamos peregrinando por la historia. Es aquí donde plantamos las luces de la resurrección: es en la fe vivida y encarnada en el amor a nuestros hermanos como proclamamos nuestra fe en la resurrección.

Y no olvidemos el Memento mori. Santo Tomás de Aquino reconoce que no es preciso estar pensando siempre en nuestro último fin y pone un ejemplo. No se le exige al que va de camino que piense a cada paso en la meta; basta que lo haga de vez en cuando, tantas veces cuantas sea necesario, para mantener el rumbo. Prepararse para la muerte consiste en repetir una y otra vez: ¡Ven, Señor Jesús!

Que esta celebración, memorial de la muerte y resurrección de Cristo, conceda a Luis la vida eterna y a nosotros, la certeza de la fe, el consuelo de la esperanza y el compromiso de una caridad ardiente en favor de nuestros hermanos.

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