Invitamos a los artistas que alimenten la noble idea de perpetuar en el lienzo su alta inspiración, a que posen su mirada en este sencillo y humilde Hermano Coadjutor de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl. No es tanto su estampa de vivo, aunque beatífica, la que deben grabar; es la escena de su martirio, profundamente dramático y cargada de singular simpatía.
Al fondo, un convento grande, sin estilo propio y a lo sumo Con tendencias al Renacimiento. Frente a la fachada, una plaza. Al fondo, recortado el azul con paisaje de huerta aragonesa, y de cara a la plaza, junto al edificio, entre dos ventanas del convento el cadáver del Hermanito lego, de rodillas, taladrado el corazón y el cuello con balas de fusil, con la cabeza inclinada un poco hacia atrás y hacia el lado derecho, abiertos los ojos en visión extática e inefable sonrisa, que se dibuja a través de un ligero velo de pesadumbre y dolor de muerte. Iluminando la escena, los primeros rayos de la aurora. Y huyendo medrosas y avergonzadas, las tinieblas de la noche que ampararon el crimen. A la izquierda del mártir, la iglesia de sencilla espadaña con las puertas abiertas de par en par, y al fondo, el retablo churrigueresco con la imagen de San Vicente de Paúl tiroteada, el sagrario destrozado; en plano inmediatamente superior al tabernáculo, la imagen de la Milagrosa descabezada, y sobre la mesa de altar, un Niño Jesús cubierta la cabecita con gorro de miliciano.
Que así consumó su sacrificio la primera víctima de la vesania marxista en Alcorisa…
¿Pormenores del sucedido?
El Hermano Aguirre, al igual que el P. Velasco, quiso quedarse a ver en qué paraba y se resolvía aquella terrible amenaza roja, que venía del oriente aragonés, del término de Al- cáliz. Y, tras el atropello sufrido en el convento, su casa residencial, preso quedó en el Ayuntamiento.
La entrada de los rojos en Alcorisa había sido demasiado triunfal; ellos hubieran preferido alguna resistencia, para saciar su apetito rabioso de matanza. Uno de aquellos malvados, venido de Foz de Calanda, exigió, al anochecer, del carcelero de la improvisada prisión que era el Ayuntamiento, por nombre Jesús Lahoz, y de mote «Pisafuerte», le entregara en seguida un preso cualquiera, porque él tenía ganas de fusilar a alguien aquella noche, y que si no, morirían todos los detenidos.
En tal coyuntura, «el «Pisafuerte», hijo del pueblo y, por consiguiente, algo piadoso con sus paisanos, entregó al «lego del convento».
A este propósito escribe el P. Santamaría Dionisio: «Le volvieron primero a casa, para enterarse antes bien de lo que había en el convento, enseres y armas; pero se conoce que no les salió bien el lance ni reveló el Hermano nada comprometedor, pues, después de volverle al Ayuntamiento le llevaron segunda vez a casa, a eso de la una o dos de la mañana, pues el practicante Eusebio le vio cerca de las doce de la noche en el Ayuntamiento. Después de haber hecho un registro en casa con él lo mataron en la plaza…»
El testigo Manolo Herranz (colegial hospedado en una de las casas del pueblo) escribe a su vez: «Sacado del Ayuntamiento, fue conducido a la misma plaza del colegio, y, haciéndole poner de rodillas y con los brazos en cruz, fue fusilado, siendo la primera víctima sacrificada. Sus últimas palabras, según dice Sor Concepción Gutiérrez haber oído a una buena mujer, fueron:
«Soy inocente y estoy dispuesto a decir la que sé.» A lo que respondieron:
—»Tienes que morir.»
—»Pues si tengo que morir, muero por Dios y por España.»
«Al otro día, por la mañana, su cuerpo fue encontrado a la puerta del colegio, junto a la segunda ventana del recibidor, con los brazos extendidos. Así terminó la vida aquel humilde Hermano, derramando su sangre por Dios y por la Patria.»
Seguimos copiando al P. Santamaría: «Gozaba en, el pueblo de Alcorisa fama de muy bueno, piadoso e inocente. Realmente que lo era. Su ocupación fue, durante tres años, en esta casa, hacer, según sabía y a conciencia, el oficio de Marta. Su diversión predilecta era el día de fiesta asistir a la Hora Santa de la Parroquia… Al avecinarse los trastornos revolucionarios se aumentaron, visiblemente su fe y confianza, destacándose ésta en sus conversaciones con los Hermanos y con todo el mundo, y en sus prácticas piadosas, pues durante varios meses hacía su especial preparación para la muerte, leyenda la recomendación del alma. Así lo reveló él a una Hermana de Alcorisa días antes de la revolución. Esta era también su expresión en sus últimas cartas. Vaya aquí la última que escribió a sus hermanos y familia (no tenía ya padres):
«21 de abril de 1936.
«Inolvidables hermanos, tíos y tías: Supongo que al recibir ésta estarán bien, gracias a Dios, como yo sigo… Me dirijo a ustedes lleno de tristeza por la situación de nuestra querida España, que yo no, sé adónde vamos a llegar, porque ahora vivimos al revés, porque todos los criminales están fuera, y todos los buenos a la cárcel con ellos. ¿Qué va a ser esto, tíos? Que estamos llamados a una guerra, porque ¿qué fin tiene eso de quemar las iglesias, conventos y arrojar las Sagradas Formas por el suelo, y hacer todos los sacrilegios que han hecho en muchas partes de sacar las imágenes de los santos afuera y prenderles fuego? ¿No es triste esto? Aquí, por ahora, estamos sin novedad; pero se corre que el día 1 de mayo se está preparando.
«Pedid, hermanos y demás familia, por nuestra Patria; oraciones y sacrificios, muchas oraciones por nuestra Patria. Pongámonos en manos de Dios Nuestro Señor; que sea lo que El quiera, y preparémonos para una buena muerte, que hay que morir por defender la Fe; allá vamos, no hay más remedio.
«Queda de ustedes en los Sagrados Corazones de Jesús y de María,
Luis Aguirre.
«Si pasa algo, por ahí, ya me lo dirán.»
Hay que morir por la Fe; no hay más remedio. ¡Qué metido lo ten% en el alma! ¡Cómo le duelen las profanaciones! ¡Qué amor tan entrañable a la Madre Patria!
Por eso le salió tan espontáneo en el momento último de su vida, para el cual se había preparado con tanta anticipación, porque le veía venir:
«Pues si tengo que morir, muero por Dios y por España.» Luis Aguirre Bilbao nació en Murguía (Vizcaya), el 13 de septiembre de 1914.
Profesó el 30 de junio de 1933. El 30 de julio del mismo ario llegó a Alcorisa, y en las primeras horas de otro 30 de julio, el de 1936, se abrieron las puertas eternales de la Gloria para que entrara en, el gozo de su Señor, porque había sido durante la vida siervo fiel, y selló con su propia sangre de mártir su oblación.







