Lucía Rogé: Se es Hija de la Caridad toda la vida

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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París, 21 de octubre de 1979

Cuando se habla de «jubilación» hay que tener en cuenta que dicha expresión no se refiere más que a un aspecto del servicio de las Hijas de la Caridad. En efecto, el mismo san Vicente define ese servicio como corporal, es decir, concreto, materializado, profesionalizado, pero tam­bién como espiritual.

Cuando las exigencias legales o sociológicas o la capacidad de resistencia física requiere el cese en una actividad determinada, sólo por analogía con una vida profesional, se puede hablar entre nosotras de jubilación, ésta, en parte al menos, es impropia de una Hija de la Caridad que, en ningún momento, puede retirarse o jubilarse de las obli­gaciones de su servicio espiritual.

Según san Vicente, este aspecto del servicio es el más importante. Cuántas veces dice a las Hermanas: «Si sólo habéis llevado comida, ¿qué habéis hecho?». Y en otro lugar: «No estáis encargadas solamente del cuerpo, sino del alma».1 Es necesario revalorizar el servicio espiri­tual, sobre todo, cuando llega la hora de retirarse, porque es una parte importante del servicio a los pobres.

1. ¿QUÉ LUGAR OCUPAN EN LA COMPAÑÍA LAS HERMANAS MAYORES?

En el conjunto de las Provincias son numéricamente las más impor­tantes. Hay que hacerles tomar conciencia de ello, precisamente en relación con el servicio espiritual. Si llegaran a descuidarlo, ¡qué pérdi­da sería para los pobres y qué pérdida para la Compañía!

No tengo mucha experiencia de las casas para Hermanas mayores; pero cuando visito las Provincias, suelo consagrarles bastante tiempo. Para acentuar la responsabilidad de estas Hermanas frente a su servi­cio espiritual, creo que podría dárseles una línea de orientación, propo­nerles algo así como una especialización.

Por ejemplo, con relación a una determinada categoría de pobres. Una Hermana podría ocuparse, en su oración, de los drogados; otra, de los presos o de los delincuentes jóvenes más o menos abandonados. Esto puede contemplarse, si es posible, buscando en los periódicos u otros medios de comunicación, la información necesaria para entrar más de lleno en lo que es la vida de esos marginados. De lo contrario, se corre el riesgo de que las Hermanas mayores pierdan el contacto con lo real y lo concreto; hay que volverlas a introducir en la existencia coti­diana por medio de la lectura y de contactos con Hermanas que están relacionadas con ese tipo de pobres.

Propondría también en la misma línea, repartir las Provincias de la Compañía entre las Hermanas mayores. Un grupo puede pedir por China (las Hermanas de China existen todavía y hemos tenido noticias suyas). Se mantienen fieles. Un grupo, pues, podría tomar como inten­ción de sus oraciones la perseverancia, la fidelidad de las Hermanas de China que sufren de tantas formas. Otro grupo se encargaría de Ruma­nía, otro de Hungría y de tantos países devastados, uno por ciclones, víctimas otros de una revolución. En estos casos, es la Iglesia la que llama nuestra atención en favor de los pobres. ¿Han pensado ustedes en nuestras Hermanas de Nicaragua? ¿En las del Salvador?

Que las oraciones de las Hermanas mayores, que su servicio espi­ritual esté polarizado, se concrete en algo que les llegue al corazón. También en ese caso puede completarse con una documentación. ¿Cómo son esos países? ¿Cómo viven en ellos las Hermanas?

Los acontecimientos de la Compañía deben también concentrar fuerzas en la oración y la ofrenda. Esta Comunión de los Santos, que es uno de los dogmas más consoladores de la fe cristiana, puede sostener a las Hermanas de manera insospechada.

Tenemos por otra parte, las vocaciones y la formación. La marejada del 68 suprimió todas las novenas. Es verdad que eran muchas. Pero antes pedíamos todos los meses buenas y santas vocaciones. Hoy, ¿qué hacemos por ellas?

2. ¿CÓMO FOMENTAR EL DINAMISMO DE VIDA EN LAS HERMANAS MAYORES?

Me parece que no se puede estar al servicio de las Hermanas mayo­res y mantener en ellas cierto dinamismo de vida (de vida misionera, por­que es lo que nos interesa, es para lo que hemos venido a la Compañía) sin acercarnos a ellas con una profunda humildad. No digo respeto, por­que éste brotará naturalmente de aquélla; digo con profunda humildad.

Ahí las tenemos, agradables o difíciles. Creo que debemos presen­tarnos con una gran pobreza ante ellas y ante el misterio que represen­tan, el misterio de su relación personal con Dios. Porque si las tenemos ahí, efectivamente, es porque han sido fieles. ¿Qué sabemos de sus pruebas, de su victorias, de sus luchas, para permitirnos juzgarlas? Juz­garlas revela una actitud de ricos; el rico juzga, clasifica, pretende cono­cer inmediatamente a una persona.

Si queremos comunicarles un dinamismo de vida, tenemos que amar­las gratuitamente. Y amarlas gratuitamente exige ante todo, tratar de cono­cerlas, escucharlas, aunque esto nos lleve tiempo. Escuchándolas, descu­brirán ustedes todo lo que han tenido que vencer en su vida para defender su amor a Dios y a los pobres; todo lo que han tenido que superar, acaso con inmenso dolor, para estar hoy ahí, fieles al Señor y a la Compañía

Tienen cincuenta, sesenta años de vocación; las tentaciones con que han tropezado a lo largo de su vida tenían modalidades distintas a nuestras dificultades de hoy, pero lo cierto es que las han tenido, porque la naturaleza humana es la misma y el diablo sigue «rondando como león rugiente que busca a quien devorar». Ya lo dice san Vicente: «Como no hay árbol que se vea libre de gusanos, tampoco hay una Hija de la Cari­dad que no esté sujeta a las tentaciones».2

Nuestro afecto respetuoso debe reconocer que han sido eslabón indis­pensable en la Compañía. Gracias a ellas se nos ha transmitido un cierto estilo, un cierto sabor del amor a los pobres. Del mismo modo que tenemos que aprender de las primeras Hijas de la Caridad, también tenemos que aprender de cada una de nuestras Hermanas mayores. Sepamos desCubrir en lo que dicen y repiten, lo que ha caracterizado su relación con Dios. Cada una recibe de Dios una percepción particular para reconocerlo y amarlo en los pobres. Tratemos de descubrir el pequeño carisma particular que han tenido nuestras Hermanas para «ir a los pobres». A partir de ahí es como podremos construir con ellas un nuevo dinamismo para la Misión, porque podremos observar los aspectos más destacados de su espirituali­dad y tratar de conectarlos con la Misión de hoy.

Por supuesto, hay que dar tiempo al tiempo. Pero sus conversacio­nes tantas veces repetidas, nos irán revelando lo que más han querido en su vida. Ya sé que no faltarán los obstáculos, que hay Hermanas reconcentradas en sí mismas y que sufren; que algunas viven este nuevo período de su vida como una espera de la muerte. Pero ¿no puede convertirse en espera del encuentro?

¡Cuidado! Hay que tratarlas como a personas adultas, llegadas a la plenitud, y con una experiencia propia. Concédanles toda su dimensión en el plano espiritual, aunque tengan que prestarles cuidados materiales. No las traten como a niñas, sino como a Hermanas, o incluso tengan aten­ciones filiales con ellas; el espíritu filial va envuelto siempre de respeto.

Está claro que, mientras sostienen ustedes el dinamismo de las Her­manas mayores con miras a la Misión, están sosteniendo el dinamismo de toda la Compañía. Tienen ustedes, por lo tanto, una gran responsa­bilidad porque saben muy bien que en la Misión, en las cosas de Dios, lo que vale no es lo que se ve, lo espectacular, lo verdaderamente importante es la acción del Espíritu. Y muy a menudo los caminos del Espíritu no son los nuestros. La senda que ahora como siempre, sigue siendo muy eficaz, es la de la Cruz, el camino del Calvario, que es pre­cisamente lo que están viviendo nuestras Hermanas mayores. No se trata de dramatizar, pero sí de hacerles comprender que ellas son (a la luz de la fe, evidentemente) la parte más militante y misionera de la Compañía. Se lo digo porque lo creo así, porque estoy convencida de ello.

No se contenten con tener a sus Hermanas limpias, cuidadas, bien alimentadas. Tienen que hacerlo, porque, en la medida en que su cuer­po no les cause preocupación, estarán más disponibles para darse a Dios; ayúdenlas, sí, a sobrellevar ese cuerpo que se ha hecho más pe­sado y exigente. Pero, sobre todo, háganlas conectar con algo más que con el cuidado y la comida.

Por último, cuiden ustedes también de que sigan manteniendo el diálogo con las otras generaciones. Temen la segregación. A ustedes les corresponde, pues, abrir de par en par las Casas de retiro, las Resi­dencias de Hermanas ancianas a las más jóvenes, establecer la corrien­te espiritual que permitirá a las generaciones diferentes comprenderse, asegurar la comunicación en beneficio de todas, para un mejor servicio a Cristo en los pobres.

  1. IX, 447.
  2. IX, 615.

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