París, octubre de 1975
Una vez más, la Compañía de las Hijas de la Caridad, a través de cada una de ustedes, responde al llamamiento «Ad Gentes» que durante la última Asamblea General reafirmamos.
«La Misión ad Gentes está enraizada en la vocación misma de la Compañía, misionera por naturaleza, y la realiza de una manera eminente».
En esta charla voy a hacer referencia a las Constituciones. El artículo 38 sitúa los puntos principales:
- «Las que marchan se ponen al servicio de la Iglesia local, concediendo particular atención a las realidades socioculturales de los pueblos y a las semillas de la Palabra1 que contienen. Favorecen también el despertar de vocaciones misioneras en el mismo país».
- «Trabajan igualmente por promover el crecimiento de Provincias de la Compañía, de modo que, poco a poco, puedan asumir su propia responsabilidad».
- «Las Hermanas misioneras valoran la importancia del testimonio de su vida, sobre todo, cuando no es posible anunciar directamente el Mensaje».2
Sin duda, esta reunión ha reafirmado en ustedes la convicción de que el evangelio debe cobrar su significado a través del lenguaje, las tradiciones, la historia y la actualidad del país al que se las envía. Esa atención a los aspectos socioculturales, a las diferentes estructuras mentales, condiciona nuestra verdadera inserción. Sin ella no llegaríamos a sentirnos griegos con los griegos, turcos con los turcos, pero igualmente saben que esa sola condición no es suficiente.
Las Constituciones lo recuerdan siguiendo el decreto «Ad Gentes». Hace falta además, conceder atención a las semillas del Verbo que encierran esas realidades. Reconocer, nos dice el Sínodo de 1974, «las semillas de la Palabra de Dios»,3 es decir, todo lo que expresa o quiere expresar valores de fraternidad, de solidaridad, de justicia, de bondad, de participación y de acogida al otro; descubrir día tras día, que la vida de las personas ya está marcada por el evangelio. Este hallazgo no podemos conseguirlo nada más que en la medida en que el evangelio penetre íntimamente en nuestro corazón y en nuestro espíritu. Entonces podremos percibir la revelación de Cristo en los demás.
A partir de ahí es cuando podemos hablar del testimonio de vida y su importancia. Querría hablarles de esto más ampliamente. La base y fundamento de ese testimonio será siempre la impregnación de toda nuestra vida por la doctrina de Cristo. Nuestro testimonio, a semejanza del de Cristo, tiene que ser un testimonio de amor y obediencia a la voluntad de su Padre.
Me parece indispensable que todas aquéllas que se disponen a marchar a la Misión ad Gentes sean capaces de responder a estas preguntas:
- ¿quiénes somos?,
- ¿qué vamos a hacer?
¿Quiénes somos?
Somos pobres jóvenes (cfr. san Vicente) cristianas que pertenecen a la Compañía de las Hijas de la Caridad. Nuestra personalidad espiritual está claramente definida en las Constituciones de la Compañía. La finalidad de la Compañía es servir a Cristo en los pobres. Queremos «consagrarnos a Dios por entero y en comunidad de vida fraterna para ese servicio y con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad».4 Nuestro punto de referencia (para vivir ese servicio) es Cristo, pero también lo es la Virgen María, maestra de vida espiritual para las Hijas de la Caridad. En eso consiste todo.
¿Qué vamos a hacer?
Vamos a llevar el mensaje evangélico a aquéllos a quienes se nos envía. «Se dará siempre preferencia a los pobres y a las tareas vicencianas», decía un postulado votado en la Asamblea General.
Pero partir en Misión no es
- encaminarse hacia la pobreza, la indigencia, como reacción contra una sociedad de consumo, de lo superfluo y de la abundancia;
- partir en Misión no es acabar con el protocolo y con una cierta forma, juzgada desfasada, de relaciones interpersonales;
- partir en Misión no es rechazar la socialización de nuestro propio país para buscar una vida sencilla, sin estructuras, caprichosa aunque generosa. Personas sin fe hacen otro tanto.
Partir en Misión es:
- que todo nuestro ser esté tan lleno de amor a Jesucristo, que estemos dispuestas a entrar por la vía del desprendimiento de todo lo que nos parece útil e incluso necesario, en todos los aspectos (cuerpo, corazón y espíritu),
- es estar resuelta, por amor a Cristo, a amar y servir a todos los que nos esperan en la Misión, sin acepción de personas,
- es estar decidida, por amor a Cristo, a aceptar humildemente la obediencia y la colaboración leal con las demás,
- es poner toda la vida, por amor a Cristo, a la escucha y servicio de las necesidades de los pobres, de los más pobres.
La Hija de la Caridad misionera, en su país o en otra parte, se compromete simplemente a revelar con transparencia el rostro de Cristo pobre, casto y obediente, Servidor del Padre, que ha venido para salvar a todos los hombres. Según las Constituciones, la Hija de la Caridad misionera parte con la intención de «no disociar el servicio corporal del servicio espiritual de los pobres, la obra de humanización de la obra de evangelización, con una preocupación constante por promocionar plenamente todo el hombre».5
Hoy en día, para ser fiel a este programa y entrar en esa trayectoria misionera me parece que cada una de nosotras, cada comunidad local, cada Provincia y la Compañía entera, debe trabajar primeramente en su propia evangelización. Las Constituciones nos señalan la trama sobre la cual hemos de tejer ese movimiento de conversión, conversión a una forma de vida más conforme al evangelio, con miras a la Misión.
Todas debemos convertirnos para lograr: una vida consagrada, asumida sin compromisos ni ambigüedades, sostenida por una intensa vida de oración en el seno de una auténtica vida fraterna y dando un testimonio de unidad con la Iglesia.
Es conveniente que nos interroguemos de manera particular sobre estos puntos.
No voy a insistir sobre lo que dije en las últimas Jornadas Misioneras. Continúan las mismas exigencias. El Consejo General las considera con lucidez y humildad. La experiencia renovada año tras año impone que se mantengan. La honradez para con la doctrina vicenciana nos indica además que es el camino a seguir.
Pobreza
Así pues, nos debernos decidir por una verdadera vida de pobreza siguiendo a Cristo y por Él, «que se hizo pobre por nosotros».6 A nuestra vez hagámonos pobres como Él. Se trata de una pobreza, ruptura que entraña obligatoriamente renunciamientos voluntarios, individuales y comunitarios, aparte de los que las circunstancias nos imponen.
La misión misma nos obliga a poseer algo, pero al menos que nuestra manera de poseer esté marcada por la sobriedad, la sencillez y el deseo de participación. Que este tener se utilice como medio de comunicación con los demás, en busca de una proximidad que permita tejer lazos de amistad.
Nuestra pobreza tangible, al aproximarnos a los pobres, consolidará en su corazón la confianza de que encontrarán en nosotras un apoyo fraternal y comprensivo contra la injusticia, una ayuda que confía en su capacidad, por lo que les deja asumir sus responsabilidades y no obra en su lugar. Porque toda acción apostólica de promoción debe despertar la responsabilidad personal, a ejemplo del «si tú quieres» del evangelio. Sin esta condición no se libera a la persona; por el contrario, se la encierra un poco más aún en su pobreza.
Las Constituciones nos recuerdan que esa pobreza de tipo material no se consigue sin la pobreza del corazón. La pobreza de un corazón libre lo hace humildemente atento a los demás; el evangelio nos lo dice también: el rico no vio a Lázaro en su puerta.7 El corazón liberado está presto a participar en las preocupaciones de los demás, a compartir sus esfuerzos en pro de una mayor justicia, de más dignidad y respeto, de promoción humana integral.
Tenemos que estar presentes en toda labor de desarrollo, pero diciéndonos que el desarrollo no es un fin en sí mismo, y que hay otra dimensión de la vida a la que los pobres aspiran más o menos conscientemente.
Castidad
Durante las jornadas precedentes, el P. Jamet decía: «La castidad vivida con alegría y equilibrio, lejos de disminuir la personalidad, da libertad y disponibilidad para ponerse al servicio de todos y, sobre todo, de los más pobres». Hablando de la colaboración con los sacerdotes, añadía: «Hay que procurar que esa colaboración necesaria y beneficiosa no descienda a un nivel de camaradería y familiaridad. Es necesario saber estar cerca, pero al mismo tiempo, mantener las distancias».
La castidad vivida así es una proclamación de que el amor a Dios nos ha cautivado y de que es Él quien nos envía a los demás. La castidad nos hace misioneras para amar con ese mismo amor a aquéllos a quienes queremos revelar a Cristo. En nuestras Constituciones podemos reflexionar a este respecto: «La castidad, respuesta de amor a una llamada del amor, implica la participación en el misterio pascual: misterio de muerte y de vida, que exige la superación de cierta soledad del corazón».8
Esto es tanto más cierto cuanto que, a veces, se atraviesan circunstancias particulares de cansancio, soledad, desorientación. El Padre Tillard lo expresa mediante esta frase: «la castidad es una adhesión obstinada a Cristo que admite crisis». Y la humildad será la que nos hace admitir esas crisis. «El orgullo es incompatible con la castidad»,9 les decía san Vicente a las Hermanas en el año 1657. Finalmente, los medios para sostener nuestra debilidad reconocida son, como todas lo sabemos, la mortificación libremente escogida y la confianza en la Santísima Virgen.
Obediencia
Dios nos ha reunido para su servicio. En la relación autoridad-obediencia, Dios espera de nosotras que reproduzcamos el gesto de su Hijo, que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Busquemos juntas y aceptemos humilde y lealmente la voluntad de Dios. Es la base de toda disponibilidad para la Misión.
«… De esta forma, trabajan por estar siempre disponibles para aceptar o dejar una misión o un cargo».10
La aceptación implícita de los sacrificios que pueden surgir se debe hacer con miras al bien común de la Misión. No puede haber proyecto pastoral común si cada una se aferra a lo que ella hace; el diálogo con las responsables ayuda al indispensable discernimiento. Nuestra convicción es firme: la Misión no puede ser jamás obra de uno solo, ni en la selva ni en otra parte. Se evangeliza conjuntamente en la obediencia.
Vida comunitaria
Y no es suficiente tratar de vivir «entregadas totalmente a Dios» sin ambigüedad, como exige nuestra consagración, sino que hace falta además someterse al control de la revisión comunitaria. Se trata de abrir los ojos, todas al mismo tiempo, con humildad, para ver el ejemplo que damos entre los que nos rodean. La imagen de nuestras vidas es realmente capaz de suscitar relaciones provechosas para la evangelización.
Comprenderán ustedes inmediatamente la calidad de vida fraterna que exige esa revisión individual y comunitaria, indispensable para que la Compañía entera enfoque también valientemente su Misión, su Misión específica junto a los pobres. Esto exige que reservemos un tiempo:
- para escuchar la Palabra de Dios en el evangelio y meditarla;
- para escuchar las Constituciones que son el camino por el cual el Señor quiere conducir a la Compañía y meditar en ellas;
- y después, tratar de responder juntas, porque a través de esos textos, Alguien nos habla. Luego, intentar cambiar algo, buscar nuevas formas de comprometerse personal y comunitariamente. Si nuestras reuniones comunitarias no desembocan en decisiones prácticas resultan infructuosas, y nos vamos aferrando más o menos al statu quo.
Esta vida fraterna comunitaria, siguen diciendo las Constituciones, establece entre las Hermanas una coparticipación que abarca desde las condiciones materiales de la existencia hasta los compromisos espirituales y apostólicos.11 Esta coparticipación es necesaria en la Misión ahora más que nunca, como testimonio de presencia evangélica, de unidad y sostén mutuo de la vocación.
La prioridad, en orden de importancia, me parece que corresponde al intercambio espiritual; lo demás depende de él. Tenemos que convencernos a nosotras mismas de que es Dios quien nos ha reunido en su nombre. Que Él es quien puede a la vez iluminar nuestra acción, dar sentido a lo que hemos de afrontar y, finalmente, hacernos tender hacia la unidad, sin la cual no hay verdadero testimonio. Con esta convicción buscaremos su presencia en una verdadera comunidad de oración.
La oración es una exigencia de la vida de la Hija de la Caridad; nuestra capacidad misionera está en función de que escuchemos a Dios en la oración, en los demás, en los acontecimientos. Se lo pido pues, con insistencia: sean fieles al tiempo de oración que fijan las Constituciones. Pero sean fieles también a la oración comunitaria: Eucaristía, Laudes, Vísperas, intercambios de oración, de evangelio, a fin de acrecentar su conocimiento de Dios y la comunión fraterna. Cristo es el centro de una comunidad misionera y la contemplación, el soporte de toda actitud misionera. Esos intercambios deben hacerse con una gran sencillez de expresión y con la libertad interior que crea en nosotros la auténtica humildad. En nuestros días, es difícil a veces presentar en un grupo una advertencia u observación, un pensamiento o una opinión, contrarias o diferentes a las de una minoría que, de hecho, se constituye en grupo de presión. La caridad fraterna debe hacernos atentas para no molestar a los demás cuando se expresan, impidiendo el desarrollo de su personalidad, coaccionando su libertad de palabra por la vehemencia de la nuestra. Tengamos cuidado también del «intelectualismo como uno de los mayores peligros de evangelización», dice el Padre Háring. Por consiguiente, seamos lo que somos, simples Hijas de la Caridad, que intervienen en los intercambios sin rebuscamiento, intentando vivir la integración de su fe en la realidad cotidiana.
Éstos son los puntos que hoy quería concretar con ustedes.
El envío en Misión,
- es ir hacia los demás,
- tratar de conocer sus sentimientos y de comprenderlos,
- reflejar a Cristo y su Espíritu en esa entrega total a Dios para…,
- y eso, en Iglesia, aceptando la ruptura que exige la conversión.
«Decir lo que se tiene que decir, con toda la vida» (P. de Foucauld), sabiendo sin embargo, que la Misión es también misterio, que Cristo, Misionero del Padre, humanamente hablando, vivió el fracaso. Hoy en día, muchos misioneros deben meditar ese misterio para conservar la esperanza.
Señor Jesús, guía nuestros pasos por los caminos más aptos para anunciar el evangelio. Abre nuestros corazones, ilumina nuestras mentes, perdona nuestras deficiencias y errores, contempla nuestra pobreza, danos tu valor y fuerza, haz que tu Iglesia se extienda hasta los confines del mundo, y que venga a nosotros tu reino por el poder de tu Espíritu de amor.








