Lucía Rogé: Circular de Renovación, 1985

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Author: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

Sor Lucía Rogé, H.C.

LLAMADA Y RESPUESTA

París, 2 de febrero de 1985

Queridas Hermanas:

El 2 de febrero, en esta fiesta mariana tan querida para nosotras, he presentado a nuestro Superior General «nuestros deseos puros, nuestros deseos fuertes» (liturgia de Adviento), como ustedes mismas lo expresan, de renovar nuestro compromiso de una entrega total a Dios para servirlo corporal y espiritualmente en la persona de los pobres.

Esta gracia se nos ha concedido para el día 25 de marzo próximo, en la fiesta de la Anunciación a la Santísima Virgen. ¡Que María nos alcance el poder realizar una entrega absoluta y amorosa como la suya!

«En respuesta a la llamada de Cristo que me invita a seguirlo y a ser testigo de su caridad hacia los pobres…».1

La primera frase de nuestra fórmula de votos ha sido el punto de apoyo de mi meditación para preparar la entrega total que Dios espera de nosotras. Este mensaje anual me permite compartirla con ustedes sencillamente.

Nuestro compromiso se presenta, pues, como una respuesta a una llamada. Fue así como, desde los comienzos de la Compañía, san Vicente y santa Luisa lo tradujeron en las Reglas: «El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda Caridad, sir­viéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres».2

Y ante esta llamada, volveremos a colocarnos el 25 de marzo próxi­mo. Es ella la que sitúa nuestra identidad en la Iglesia y en el mundo. Nuestras respuestas leales legitiman nuestra pertenencia a la Compañía de las Hijas de la Caridad. Pero hablar del servicio a los pobres en la Compañía exige inmediatamente puntualizar como lo hacía una circular anterior: «Cada uno de nuestros gestos está verdaderamente a su servi­cio, porque la Compañía entera les está consagrada y todo en ella ha sido concebido con tal fin».3

Este nuevo compromiso al servicio de Cristo en la persona de los pobres, se sitúa en un período determinado de la historia del mundo y de la Iglesia. Tenemos, pues, que pensar en responder a él con la inquietud de entrar en las necesidades de los pobres de hoy. Una serie de hechos sociales se generalizan por todas partes en el mundo y van creando una «espiral enmarañada de pobreza»4 frente al superconsumismo.

En todos los terrenos, se multiplican las situaciones de injusticia y de desigualdad entre las personas y los grupos humanos. Un clima de miedo y de violencia, de indiferencia y de rechazo, de desprecio y de odio, impregna las relaciones y acentúa la tensión insoportable de una vida de angustia material y moral.

Estas evidencias se pueden comprobar en muchos países del mundo y se ve cómo la palabra «hambre» vuelve a saltar a la prensa. Esto no obstante, el Señor nos conduce a la Asamblea General para que tomemos conciencia comunitariamente de estos signos de los tiempos. Espera la respuesta de la Compañía dentro de la fidelidad al carisma que Él mismo le ha dado:

«Honrar a Nuestro Señor Jesucristo sirviéndole corporal y espiritual­mente en la persona de los pobres, con un espíritu evangélico de humil­dad y caridad».5

Tomemos conciencia de la vehemencia de esta llamada.

Como un eco de la llamada de Cristo, resuenan hoy tres palabras: Pobreza — Justicia — Paz. Estas palabras presentan un itinerario para la Hija de la Caridad, llamada a seguir a Cristo y a ser testigo de su Caridad.

Al meditar detenidamente ante Dios esta carta circular, me ha pare­cido que tenía que atreverme a proponerles, en este año 1985, el dar un paso más, adentrándonos en nuestro compromiso con Dios.

POBREZA

Como en la época de san Vicente, cualquiera que sea la Provincia a la que pertenezcamos, podemos decir: «Estamos en una situación en que no hay que hacer más gastos que los necesarios. La miseria públi­ca nos rodea por todas partes».6

He podido comprobar, durante mis visitas, muchas inserciones de Hijas de la Caridad rodeadas por la miseria. Estas situaciones que tie­nen muchos puntos de analogía con el tiempo de los Fundadores, pobrezas que se han radicalizado, me incitan a proponerles un «toda­vía más» vicenciano. Los gritos de los pobres son hoy tan fuertes que no basta con esbozar una reforma de nuestra vida, de nuestro servi­cio. Es necesario que nuestro esfuerzo de conversión a «lo original­mente verdadero»7 nos lleve a realizar personal y comunitariamente una especie de rejuvenecimiento, de renovación de fuerzas, con una exigencia lógica, especialmente con relación a una vida de pobreza, al servicio de los pobres y aun de los más pobres. Hay frases de los Fundadores que tienen que encontrar un eco, cada vez mayor, en nuestro espíritu y en nuestro corazón, cuando las meditamos ante Dios:

«¡Ah, qué dicha si la Compañía, sin ofensa de Dios, no tuviera que ocuparse más que de los pobres desprovistos de todo!».8

Las condiciones de este servicio, las concreta santa Luisa en la frase siguiente: «Y por eso, la Compañía no debe apartarse jamás del ahorro ni cambiar de manera de vida, con el fin de que, si la Providen­cia le da más de lo necesario, (las Hermanas) vayan a servir a sus expensas a los pobres, espiritual y corporalmente, con sordina, no importa, con tal de que las almas honren eternamente los méritos de la Redención de Nuestro Señor».9

San Vicente se expresa con bastante frecuencia en el mismo senti­do, en su correspondencia con las Hermanas y cuando se dirige a los Sacerdotes de la Misión, para estimularlos a que las ayuden a mante­nerse en su vocación específica. Después de haber recordado que no hay que desviar a las Hijas de la Caridad de su finalidad, añade:

«Las Hijas de la Caridad sólo están para atender a los enfermos abandonados, que no tienen a nadie que les asista».10

Con esto, san Vicente repite lo que ya había dicho a Juana Lepintre: «Con frecuencia, nos urgen en París para que permitamos a las Herma­nas atender a otros enfermos distintos de los pobres, pero no podemos consentir que los sirvan…, porque las Hermanas están sólo para atender a los que no tienen a nadie que les asista».11

Los Fundadores, impulsados por el Espíritu de Dios, quisieron que estuviéramos al servicio de los pobres, y con preferencia, al de los más pobres. Es lo que se desprende al estudiar sus enseñanzas. Siguiendo esa misma línea, las Constituciones de 1983, nos lo piden de manera expresa:

«Cuando sea preciso hacer opciones, se dará la prioridad a los ver­daderamente pobres. El Fundador urgía a sus hijos e hijas a que bus­caran a los más pobres y más abandonados».12

Un amplio movimiento se ha emprendido ya en las Provincias. Con resolución y valentía, tenemos que seguir ampliándolo. El rejuveneci­miento de la pequeña Compañía va unido a esta empresa. Empresa difí­cil, fruto de la fe, con exclusión de una dependencia demasiado grande de las estadísticas y de los criterios habituales, en busca de mayor efi­cacia misionera que puedan darse en alguna Provincia. Tenemos que entrar con confianza en ciertos desprendimientos «aquí», con miras a la extensión del Reino de Dios «allá». ¿Quién puede negar el impulso que han recibido las Provincias tras haber dedicado a algunas Hermanas al servicio de los más pobres entre los pobres, ya se trate de refugiados en campamentos o fuera de campamentos, de emigrados, de desemplea­dos, de drogados, de etnias marginadas en su propio país, por el solo hecho de ser «diferentes…?» Las Hermanas que han gozado de la gra­cia de ese servicio han recibido también la de entrar en un verdadero camino de cercanía, de solidaridad con los pobres. Allá, donde se encuentran, contribuyen a una mayor apertura de las comunidades a las llamadas de nuestros Amos y Señores. Los pobres encuentran en ellas, un ambiente fraternal en el que se sienten como en su propia casa, o establecen en seguida relaciones de amistad. El estilo de vida de las Hermanas, en particular en lo referente al consumismo, cambia porque se les viene espontáneamente al espíritu, la comparación con sus her­manos los pobres. Su conducta con relación al dinero ya no es la misma: los reflejos de ricos que, por ejemplo, no soportan se retrase la realización de un deseo, se atenúan. Muchas comunidades se han adentrado así en un camino de comunicación de bienes, hecha posible por renuncias o privaciones concretas de cada uno de sus miembros y, como consecuencia de este estado de interpelación permanente en la búsqueda de la pobreza, se han podido enviar importantes aportacio­nes, sobre todo, a países sumidos en inmensa angustia, en los que reina el hambre.

¿Existe mayor pobreza que la de tener hambre, sed, ser extranjero, sin techo, verse marginado? ¿Que la de no tener con qué vestirse con cierta dignidad o sencillamente abrigarse? ¿La de no tener relaciones, encontrarse solo frente a su sufrimiento o ser víctima del rechazo, del desprecio de la sociedad? ¿Qué decir cuando esos estados de pobre­za extrema, enumerados por Cristo, se ven acumulados en las mismas personas? ¿No está ahí el lugar de una Hija de la Caridad, puesto que es Él quien se nos presenta? Cristo llama a sus siervas a través de los gritos de angustia de la humanidad de hoy. Y las quiere pobres para que su servicio sea verdaderamente fraternal.

La proximidad interior crea en nosotras el deseo de suprimir distan­cias que nos separan de ellos. Hemos de revisar de continuo la frontera que nosotras ponemos entre lo superfluo y lo necesario: nunca se puede fijar de una vez para siempre. Cuanto más comprendamos las necesi­dades reales de los pobres y entremos en una actitud de siervas, tanto más irá retrocediendo esa frontera entre lo superfluo y lo necesario.

Pero la reducción de nuestras propias necesidades, la sencillez en nuestro estilo de vida, requieren unos complementos. En efecto, los pobres saben lo que es no sólo una situación de «carencia» continua y una inseguridad permanente, sino que sienten en su propia carne las humillaciones, el no verse reconocidos, el desprecio, la dependencia y, siempre, el miedo a algo peor. Para una Hija de la Caridad, el servicio a los pobres ha de vivirse en pobreza y sabiendo integrar también todas esas dimensiones. Su pobreza ha de estar ahí, presente, para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, que quiso hacerse pobre —»Dios pobre con los pobres» — y para ser testigo de su caridad hacia los pobres. Estemos seguras de que cada uno de nuestros pasos de conversión hacia la pobreza se convierte en una forma de resistencia activa contra la desi­gualdad y la injusticia que vemos a nuestro alrededor.

JUSTICIA

San Vicente nos recuerda que el amor implica la justicia.13 En la renovación, por amor, que vamos a hacer de la entrega de nosotras mis­mas a Dios para el servicio de los pobres, el camino que tenemos que seguir es Cristo». (C. I, 5[/note] La Iglesia, en Gaudium et Spes, nos lo declara también: «Quien con obediencia a Cristo, busca ante todo el reino de Dios, encuentra un amor más fuerte y más puro, para ayudar a todos sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad».14

El amor no va a contentarse con cierta rectitud en relación al próji­mo. El amor va a dar «una medida buena, apretada, colmada, rebosan­te».15 El amor también será el que nos haga sensibles a las exigencias tal y como las perciben los pobres. El amor nos hará comulgar con el sufrimiento de los pobres, ante tantos recursos dilapidados para satisfa­cer falsas necesidades o goces lujosos, mientras existen seres humanos que no pueden satisfacer sus necesidades vitales. La caridad nos pide que comprendamos y que hagamos comprender, que denunciemos, que esclarezcamos y que hagamos comprender cómo curar el mal de las desigualdades. Si no, ¿cómo haríamos nuestras, las aspiraciones colectivas de los más desamparados para así poder trabajar en su evangelización?

La justicia sola parece a veces rígida y fría. Lo que los pobres espe­ran no es sólo lo que se les debe, sino cierta calidad de la mirada en las relaciones, el respeto a su dignidad y a su libertad, una apertura del corazón. Sólo un esfuerzo constante para mantenernos en unas dispo­siciones de amor fraterno, nos permitirá sostener la lucha por que haya más justicia en nuestra vida. Pero muy bien sabemos que no es éste el único aspecto de la justicia. En la Sagrada Escritura, salvación y justicia tienen el mismo significado. La justicia se presenta sobre todo, como una conducta agradable a Dios, una vida en armonía con Dios por el cumplimiento de su Ley.

Santa Luisa sigue esa misma línea en una meditación sobre «El ham­bre y sed de justicia»:

«Por el hambre de justicia -dice- se me representa la renuncia… a todo lo contrario a los mandamientos de Dios…, y el aficionarse a dar al prójimo, de palabra y obra, y de sentimientos del corazón, lo que la caridad requiere».16

La sed, a la que considera más apremiante aún que el hambre, tiene que hacernos desear «la unión con nuestro Dios y las disposiciones y medios para alcanzarla».17

Piensa con convicción que la sed de justicia ha de dar «un ferviente deseo de que se cumpla y reine en nosotras la voluntad de Dios… Que reine también en los demás».18 Añade este comentario: «Ya que no hay nada tan justo como que el dueño disponga sin resistencias de todo lo que le pertenece».19

Así ocurrirá con la renovación de nuestros votos, el próximo día de la Anunciación, el compromiso que vamos a renovar, hace a Dios dueño y propietario de todo nuestro ser, para servirlo en la persona de los pobres. Como Cristo se nos revela en completa dependencia de su Padre, así la Hija de la Caridad tiene que vivir en conformidad con sus Constituciones, que son la expresión actual de la voluntad del Padre sobre ella. Las Constituciones, al sellar nuestra unión con Dios, forman parte de esos medios de que habla santa Luisa para aplacar nuestra sed de justicia. Nuestra sensibilidad ante todas las faltas de justicia, per­sonales y colectivas, se desarrolla en la medida en que el amor va inva­diendo nuestro corazón:

«Dar al prójimo… lo que la caridad requiere»… por este camino, «… allí donde se encuentre una Hija de la Caridad, cualquier hombre pobre debe sentirse comprendido, amado, respetado en su dignidad personal, debe encontrar una imagen viva del amor de Cristo».20

Con ese espíritu, cada vez que tomamos parte en la defensa de los que son despreciados, vejados, objeto de sospechas a priori a causa de su status social, cualquiera que sea éste, producimos un acto de justicia.

El pensamiento de santa Luisa en la meditación que estamos recor­dando: «Dar al prójimo, de palabra y obra, y sentimientos del corazón, lo que la caridad requiere»,21 presenta una exigencia de justicia que se relaciona también con el voto de castidad. Lo que la Hija de la caridad va a dar al prójimo en sentimientos del corazón, procede, según las Constituciones, de «la unión íntima con Cristo, fortalecida por la Euca­ristía y penitencia, por la oración y mortificación…».22 Sabe también, la Hija de la Caridad que su compromiso en el celibato exige «la supera­ción de cierta soledad del corazón y un comportamiento que la haga transparente y la convierta en verdadero testimonio evangélico».23

Esta transparencia del testimonio de castidad adquiere en nuestros días una importancia primordial. Es bueno que no dejemos lugar alguno a la ambigüedad en nuestras relaciones con los demás. Todo ha de ser claro y llevar a la transparencia, según este otro pensamiento de santa Luisa: «Me he decidido, Dios mío, a no admitir amor alguno sino por Vos».24

Conservemos este don gratuito de la castidad mediante una vigilancia humilde, sobre todo en nuestra época. Pongamos especial atención en cifrar nuestro amor en el Señor y en alcanzar así mayor libertad. Entonces podremos, con esta libertad de corazón y de espíritu, en toda justicia, «dar al prójimo, en sentimientos del corazón, lo que la caridad requiere»,25 por­que «la castidad perfecta tiende a la plenitud de la caridad».26

Santa Luisa, al terminar su meditación, relaciona el hambre y sed de justicia con la obediencia. Dice así: «…Renunciando para siempre a la posesión de mi libre albedrío, que entregaré en manos de Dios y de mi superior…».27

El primer párrafo de la Constitución 2.8 nos pide la misma determina­ción: «La ofrenda de nuestra libertad…». Esta ofrenda nos conduce al voto de obediencia que vamos a renovar mediante un compromiso responsable. No se pueden truncar las exigencias de este compromiso que nos presen­tan las Constituciones y Estatutos, sin faltar gravemente a Dios. Las Cons­tituciones y Estatutos nos dan la seguridad de estar unidas a la voluntad de Dios: «…Nuestro Señor es una continua comunión para los que están unidos a su querer y a su no-querer».28

Así adquirimos una conducta en armonía con Dios, entramos por el camino de la justicia en todos los planos. La inquietud por la justicia va incluida en nuestra respuesta a la llamada y es inseparable del testimo­nio de caridad.

LA PAZ

En nuestros corazones prendados de la justicia, la paz encon­trará espontáneamente su lugar. «El futuro de la paz está en vuestros corazones».29

Esta llamada del Papa dirigida a los jóvenes concierne también a los adultos, a nosotras. No se puede contribuir a hacer avanzar estos valo­res en el mundo, sin que antes los hayamos hecho reinar sólidamente en nosotras mismas. Pero hemos de confesar que la paz es frágil en nues­tro propio interior. Se ve sin cesar amenazada cada vez que damos entrada en nosotras a los recelos, sospechas, desconfianza, irritación, agresividad. La paz exige que nos coloquemos de continuo por encima de las inevitables pequeñeces y mezquindades, que ignoremos las riva­lidades, a veces inconscientes, que tengamos miras «amplias» en el amor: que seamos, en una palabra, «testigos de la Caridad de Dios».

Ser un elemento de paz allá donde nos encontremos, constituye una verdadera llamada en el mundo de hoy. Es la aspiración profunda de todos los que nos rodean. El conseguirlo e irradiarlo depende de una actitud interior muy vicenciana: la humildad. La humildad reconoce sus limitaciones. Percibe las divergencias como el resultado de las diferen­cias de origen y de formación y no como factores de agresión. La humil­dad nos permite conservar la paz frente a nuestras propias deficiencias y nos ayuda a rechazar el desaliento. Ante las observaciones que se nos puedan hacer, duras, severas, ante reproches merecidos o no, sólo la humildad puede mantenernos en la paz. El amor la acompaña y comu­nica la fuerza para vencer las tormentas interiores.

Tenemos otra fuente de paz, el sacramento de la Penitencia al que nos conducen la humildad y el amor. La comunión interior con Dios, una vez restablecida, nos impulsa al perdón y a la reconciliación con nues­tras Hermanas y con el prójimo. Porque, como nos lo recuerda el Santo Padre en su Mensaje de Año Nuevo: «no es posible vivir en la inconse­cuencia: ser exigentes con los demás y con la sociedad y vivir, por otra parte, una vida personal de permisividad».30

Entonces es cuando podemos comunicar a nuestro alrededor lo más profundo que tenemos en nosotros, la unidad y la paz interior.

La paz se establece en nosotras en la medida en que nos esforza­mos por vivir en fidelidad al proyecto de Dios sobre nosotras. Si dejamos lugar para que la Caridad nos invada, si dejamos lugar al «totalmente entregada a Dios para el servicio de los pobres», la paz reinará en nues­tra vida. Como dice el Santo Padre: «Paz y desarrollo van unidos… Los mismos valores que llevan al compromiso de ser artífices de la paz deben impulsar a la promoción del desarrollo integral de todo hombre y de todos los pueblos».31

El servicio corporal y espiritual de la Hija de la Caridad, según sus Constituciones y Estatutos, contribuyen a ese desarrollo integral. ¿Cómo una Hija de la Caridad podría vivir con un sentimiento íntimo de paz, sin buscar una proximidad más grande con los pobres, por medio de la pobreza? ¿… sin ser fiel a la obediencia? ¿Cómo gozar de paz sin impregnar nuestras vidas de mayor amor, justicia y misericordia? Y ¿cómo responder a esta llamada sin lucha personal para poner en nues­tro servicio más humildad y auténtica mansedumbre?

La paz, en efecto, no excluye el sufrimiento. El Señor mismo nos conquistó la paz al precio de su sangre.32

Santa Luisa nos recuerda sin cesar esta verdad con la evocación de Jesús Crucificado: escogió la imagen del corazón de Jesús como sello de la Compañía y, a partir de 1643, inscribió en ese sello: «La Caridad de Jesús Crucificado nos apremia». Nuestra voluntad de compartir el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas se sitúa a nivel de nues­tro corazón y nos impulsa a servirlos en seguimiento de Jesús crucifica­do por nuestro amor.

Hoy, en que el mundo y la sociedad nos lanzan desafíos a partir de la pobreza, de la justicia, de la paz, nos corresponde reflexionar y dis­cernir lo que deben significar para la Compañía la devoción de santa Luisa al Corazón de Jesús y su elección como divisa de las palabras «La Caridad de Jesús Crucificado nos apremia». Es el Corazón de Jesús el que sufre a través de tantos hombres, mujeres y niños que agonizan en la miseria por falta de participación y comunicación de bienes. Es tam­bién el Corazón de Jesús el que se ve torturado por tantas indiferencias e injusticias; y Él, igualmente, el herido por las agresiones, la violencia, el odio. Pero la respuesta a su llamada se elabora asimismo a partir de la contemplación del Corazón inflamado de Jesús Crucificado, cuya caridad nos apremia.

Pidamos a la Santísima Virgen, única Madre de la Compañía, que nos alcance la gracia de enraizarnos más profundamente en la caridad. Que nos ayude a ser, en la vida de cada día, testigos de la caridad de su Hijo, por nuestro servicio fraternal, humilde, lleno de amor a los pobres, siempre animado por la inquietud de mayor justicia.

Con nuestra oración frecuente por sus intenciones, expresamos nuestra gratitud al P. Richard McCullen, nuestro Superior General, y al P. Miguel Lloret, Director General, que acompañan nuestros esfuerzos de retorno a las «fuentes». No olvidemos, orando por ellos, el agradeci­miento que debemos también al P. J. W. Richardson, al P. José Jamet y a nuestra Madre Chiron, así como a los Sacerdotes de la Misión.

Unida a cada una de ustedes ante el Señor y junto a los pobres, les repito mi profundo afecto. Su hermana,

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

  1. C. 2. 5.
  2. Reglas de la Hijas de la Caridad, Cap. I, 1.
  3. Sor Susana GUILLEMIN, Escritos y Palabras, p.180.
  4. Documento de la Comisión social del Episcopado de Francia.
  5. C. 1.4.
  6. IV, p. 269.
  7. M. A. SANTANER.
  8. SLM, p. 826.
  9. Ibídem.
  10. VII, p. 61.
  11. VI, p. 43.
  12. C. I.8.
  13. Cfr. VII, 90; C. 2.9.
  14. GS, 72.
  15. Lc 6,38.
  16. SLM. p. 720.
  17. Ibídem.
  18. Ibídem.
  19. Ibídem.
  20. Sor Susana GUILLEMIN, o. c p.179.
  21. SLM, p. 720.
  22. C. 2.6.
  23. Ibídem.
  24. Santa Luisa, citada por Sor S. GUILLEMIN, O. c., p. 135.
  25. SLM, p. 720.
  26. Sor Susana GUILLEMIN, O. c., p.138.
  27. SLM, p. 720.
  28. I, 278.
  29. Mensaje de Juan Pablo II, 1 de enero de 1985.
  30. Ibídem.
  31. Ibídem.
  32. Col 1,20.

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