Lucía Rogé: Circular de Renovación, 1983

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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MARGARITA NASEAU

París, 2 de febrero de 1983

Queridas Hermanas:

En este año jubilar del 350 aniversario de la fundación de la Com­pañía, pensando en todas las que me acompañan con su oración en este acto de fe, he presentado nuestras peticiones de Renovación a nuestro Superior General. La gracia de renovar nuestros votos se nos concede para el 25 de marzo próximo, en la fiesta de la Anunciación a la Virgen María.

A ella, confío esta meditación que vamos a hacer, juntas, para enca­minarnos hacia una entrega más total al servicio de Cristo en los pobres.

El designio de Dios que coloca ante nuestra memoria los aconteci­mientos de 1633, me invita a considerar con ustedes el testimonio de Margarita Naseau. Tengo la convicción íntima de que el Señor quiere hacernos comprender cuál es su voluntad en el día de hoy, a partir de nuestra historia. Y a ello, nos incita con esta serie de aniversarios: 1980, 1981, 1983. De la misma manera que tratamos de encontrar luz y orien­tación partiendo de la historia sagrada del Pueblo de Dios, así también, tratemos de descifrar lo que el Señor quiere decirnos hoy, como Com­pañía de las Hijas de la Caridad, a través de esa historia que Él escribe con nosotras.

SIGUIENDO LOS PASOS DE MARGARITA NASEAU HACIA LA ENTREGA TOTAL

Este mes de febrero señala el 3502 aniversario de la muerte de Mar­garita Naseau. Ella es nuestro Moisés, puesto que Dios la llamó antes del 29 de noviembre. Es nuestro precursor, «la que mostró el camino a las demás», como gustaba recordar san Vicente. Su testimonio de vida es un signo patente para nosotras, signo que san Vicente y santa Luisa autentificaron.

Es cierto que no está canonizada, pero su vida, como la de los Apóstoles, fue una vida totalmente entregada al Señor. Nunca volvió la vista atrás para recuperar lo entregado. Y en esa entrega, llegó hasta el extremo.

Contemplarla es casi un deber de justicia en este año jubilar. A ella, debemos el que nuestro carisma quedara plasmado de una manera con­creta. San Vicente citó siempre su ejemplo, el de una pobre muchacha de aldea, de humilde condición. Margarita es un modelo propuesto por Dios a la Compañía, a esa Compañía que Él mismo suscitó. En sus conferen­cias, san Vicente recurre al nombre de Margarita para ilustrar el tema esco­gido: julio de 1642, 13 de febrero de 1646, Navidad de 1648, y aún veinte años después de su muerte, el 24 de febrero de 1653. Los temas de las conferencias en que su recuerdo se ofrece al pensamiento de san Vicente son muy significativos: «Amor a la vocación», «Espíritu de la Compañía».

Considerar su recorrido espiritual será para nosotras una luz que nos permita descubrir el carisma vivido en los orígenes de la Compañía y comprender por qué Margarita Naseau impresionó tanto a los Funda­dores, hasta el punto de que la consideraron como co-fundadora.

Empecemos por situarla como hija de un campesino de Suresnes, la mayor de seis hermanos.1 Nació en 1594. Tenía, pues, treinta y seis años cuando entró en contacto con san Vicente durante una misión. Muchos detalles que han quedado en la sombra encuadran este período que va desde su infancia hasta los treinta y seis años. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo hacía que sabía leer y se dedicaba a enseñarlo a los demás, cuando se fue a pedir consejo a san Vicente? Esta falta de pormenores nos lleva a detenernos en lo esencial.

Una joven campesina del siglo XVII «se enseña» a leer ella misma…, se convierte en maestra de otros, en el terreno de la enseñanza y en el de la evangelización de la juventud que la rodea… El hecho es lo bas­tante extraordinario como para provocar nuestro interrogante. Margarita tiene dieciséis años cuando nace el último de sus hermanitos. Se puede pensar que hasta ese momento ha tenido bastantes ocupaciones en su casa. En la Iglesia, centro de la vida del pueblo, ha descubierto la his­toria de nuestra Salvación. Y entonces, germina en ella el deseo de saber más, de conocer mejor esa historia para poder comunicársela a otros. ¿Cuántas horas, cuántos días de meditación, mientras guardaba las vacas, ha dedicado a concretar ese deseo interior? ¿Cómo ha llega­do a concentrarse suficientemente en sí misma hasta poder elaborar un proyecto bien definido? Nos es relativamente fácil el imaginárnosla sumi­da en su meditación, favorecida por el silencio de la pradera, orando…

Así es como ha podido hacer madurar su proyecto hasta dar el primer paso del compromiso previsto: comprarse una cartilla. En aquella época, toda cartilla iba seguida de un compendio de doctrina.

Así vemos, pues, cómo esta primera etapa de su vida nos remite a unos valores de interioridad, a un tiempo consagrado a la reflexión medi­tativa, al silencio y a la concentración espiritual, a la oración sencilla y humilde, dentro de una completa docilidad al Espíritu.

Margarita Naseau se presenta a cada una de nosotras como el tes­tigo de lo que debe ser la vida de la Hija de la Caridad. Intuimos que estaba animada por una actividad espiritual auténtica, orientada por la caridad hacia el servicio a los demás…, sin dejar por ello, su trabajo de campesina. En plena naturaleza, ambiente habitual de su vida, nada viene a apartarla de su camino interior. Su único interlocutor, en tal ambiente de silencio, es Dios. Margarita escucha su voz dentro de ella y llega a discernir lo esencial. Así es como se establece en el estado de oración permanente que san Vicente deseaba para nosotras. Su interio­ridad es fuente de germinación, y más adelante lo será de fecundidad. Ahí la tenemos, con su abecedario en la mano, en la primera etapa de su misión. Deja toda la iniciativa al Espíritu… De hecho, está entrando en el momento decisivo de su vida.

Mirémosla ahora, absorta en su libro, tratando de penetrar el signifi­cado y la «aplicación» de las letras… Si logra encontrar una ayuda oca­sional, no por eso disminuye la aridez de la tarea, agravada por la falta de continuidad pedagógica. Pero Margarita es perseverante, humilde­mente perseverante. El amor y la humildad sostienen su asiduidad inve­rosímil. El amor va más lejos que el cansancio, el amor consigue vencer el cansancio, transformándolo en perseverancia. La humildad, apoyada en el amor, es capaz de todas las «vuelta a empezar». Lo mismo ocurre con la constancia de Dios para amarnos en Jesucristo: «Jerusalén, Jeru­salén, ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos!».2

Margarita Naseau lleva en sí la huella y la influencia del amor evan­gélico. De otro modo, ¿cómo hubiera podido resistir al desaliento ante las dificultades, las burlas, las calumnias, también sin duda, ante cierta soledad y quizá ante el desprecio? Su humildad lleva un sello de auten­ticidad porque busca la sumisión a una obediencia. A nivel de la lectu­ra, se da cuenta de que es una condición de progreso, y pasa por enci­ma de todos los obstáculos para llegar a poseer ese apoyo. A otro nivel más profundo, busca en la dirección de san Vicente la supervisión que la ayude a reconocer la voluntad de Dios: «Se confesó conmigo y me expuso sus ideas».3 En este aspecto, también su actitud es un reto para nosotras. ¡Soportamos con tanta dificultad, a veces con tanto sufrimien­to, toda apariencia de autoridad, de control, tanto en el plano material como en el espiritual!… La primera Hija de la Caridad se sometió volun­tariamente a una autoridad que la dirigiese e hizo de ella el trampolín de su carrera misionera, una garantía de eficacia apostólica, un acto de sumisión amorosa a Dios.

San Vicente refiere que marchó a Villepreux. Se separó, pues, de su familia, de Suresnes, y emprendió el camino inexplorado de maestra rural. Llegó hasta ser coordinadora de un pequeño equipo: «Se resolvió a ir de aldea en aldea, para enseñar a la juventud, con otras dos o tres jóvenes que había formado».4 Es cierto que tiene treinta y seis años y cierta madurez de espíritu, pero, ¿quién le ha inspirado tal iniciativa? ¿De dónde ha sacado valor para tomar sobre sí esta responsabilidad, fuerza de persuasión para arrastrar a otras compañeras? El Espíritu de Dios actúa en ella y a través de ella, sin que le oponga obstáculos ni dilaciones.

Su pobreza es total: «Cosa admirable, emprendió todo esto sin dine­ro y sin otra provisión que la divina Providencia».5 La misma santa Luisa subraya hechos como el de haberse visto privada de pan y haber teni­do que ayunar varios días. Pero lo que más nos sorprende es su pobre­za interior. Le permite soportar un clima de burlas y calumnias sin amar­gura y sin menoscabo de su impulso misionero: «Su celo iba siendo cada vez más ardiente».6 Pobre también de voluntad propia: renuncia serenamente a la enseñanza para hacerse sierva de los enfermos. Y de la misma forma, va a ir diciendo «sí» espontáneamente a cualquier lla­mada que le venga de parte de Dios: cambió de lugares según las necesidades de la Misión; se formó para nuevas actividades. «Le ense­ñaron a utilizar remedios y a hacer todos los servicios necesarios, y lo aprendió todo muy bien».7 Entró en un estado de disponibilidad perma­nente. Cuando san Vicente dedica cinco conferencias «a la indiferen­cia», piensa, sin duda, en el testimonio vivo de Margarita Naseau, a quien el amor y la humildad hicieron posible lo que, humanamente, es y seguirá siendo doloroso. Margarita es la ilustración viva de ese amor efectivo, que se nos muestra como la lógica de toda conducta. Su vida entera se hace entrega: «No podía rehusar nada, y le hubiera gustado tener a todo el mundo en su casa. Hay que advertir que entonces toda­vía no existían las comunidades formadas ni regla alguna que le impi­diese obrar de esta manera».8

Esa incapacidad de resistir a los pobres revela con claridad cuáles eran sus pensamientos habituales: «A través del depositario, has dado a Dios; entonces, eres tú quien tiene que postrarse, puesto que Él se ha dignado recibir tu don».9

Así, como ya no se pertenece a ella misma, tampoco se considera dueña de nada: todo es de Dios y de los pobres. Ha conseguido una libertad interior total y está llena de un gozo íntimo admirable. «Conta­giada de aquel mal (la peste), dijo adiós a la hermana que estaba con ella como si hubiese previsto su muerte, y se marchó a San Luis con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios».10

«Con el corazón lleno de alegría», es la revelación de una vida total­mente entregada al Amor. Su último mensaje de gozo justifica el título de primera hija espiritual de los Fundadores.

Hecha esta breve evocación de nuestra Hermana mayor, pregunté­monos ahora cómo puede la personalidad de Margarita Naseau inspirar nuestra vida, en la realidad de la Iglesia y del mundo de hoy. Cómo puede su testimonio sostener el compromiso personal, que nos dispo­nemos a adquirir, de una nueva entrega de nosotras mismas a Dios.

INTERIORIDAD FECUNDA

Es asombroso descubrir en la vida de nuestra Hermana, aquella larga preparación silenciosa a la realización del designio de Dios sobre ella, maduración progresiva de un carisma. No es arriesgado suponer que esa maduración se fue produciendo a través de un camino de som­bras y luces, en medio de una búsqueda sincera en unión con Dios. El ejemplo de Margarita Naseau nos invita a establecer en nuestra vida, espacios de silencio, de contemplación, de oración… Proposición que parece paradójica en medio de la dispersión de nuestras actividades, de la multiplicidad de nuestras reuniones, dentro de una vida que ya no conoce el silencio, en la que, a veces, se ve una tentada a liberarse de la fatiga y del vacío, mediante diversiones más o menos superficiales. Para ponernos al paso de la marcha espiritual de Margarita Naseau, tenemos que consentir en desembarazarnos de todos esos parásitos de la vida misionera que son, por ejemplo, la afición desmedida a la televi­sión y el uso indiscriminado de una profusión de medios de comunica­ción social… Es en la soledad y teniendo a Dios como interlocutor, donde se encuentra luz y fortaleza para cualquier compromiso; sólo así, llega a desvanecerse lo superficial, dejando de ser un peligro para la vida íntima. Cuando permitimos al Espíritu de Amor invadir nuestra alma, Él nos aporta la posibilidad de discernir lo esencial.

Necesitamos esos tiempos de desierto, de silencio, de distancia­miento, de recolección, que son condición indispensable de toda ora­ción verdadera. No se trata, por supuesto, ni de dimisión ni de evasión, pero es indispensable reaccionar contra la artificialidad inconsciente de nuestra manera de ser. Solamente el silencio con Dios y la oración nos ayudan a captar el sentido de la Palabra, y hacen de nosotras misione­ras. Es imposible que exista acción misionera real si no va ligada a la escucha y a la contemplación. Porque sólo así, es como Dios interviene y actúa en nosotras, como ocurrió en la vida de Margarita Naseau. La oración diaria, los tiempos mensuales de profundización interior, los Ejercicios Espirituales anuales mantienen la plenitud de nuestro servicio a los pobres y «la plenitud de la presencia de Dios en nosotras». De esos tiempos de interioridad con el Señor, depende nuestra creatividad en el servicio. Sin esos «altos» con el Espíritu, estamos condenadas o bien a la costumbre y la rutina, o bien a la parálisis. Por el contrario, gracias a ellos, Dios renueva todos los días la energía de nuestra juventud, da nueva vida a nuestro compromiso, comunica a nuestro servicio, sentido y fecundidad.

HUMILDAD PERSEVERANTE

El segundo reto que nos lanza la vida de Margarita Naseau, a noso­tras, sus hermanas espirituales, para que revisemos nuestro proceder, es el de su humildad.

  • fue humildad, su decisión de aprender a leer, verdadera aventura con riesgo de fracasar;
  • fue humildad, su saber «volver a empezar» y su perseverancia en vencer las dificultades sin caer en el desaliento;
  • fue humildad, esperar hasta tener treinta y seis años para llegar a un resultado;
  • fue humildad, el recurrir a una dirección para su itinerario espiritual;
  • fue humildad, el aceptar la proposición que se le hizo de un servi­cio diferente de su primera opción;
  • fue humildad, su sobriedad de vida, en solidaridad con los pobres; – fue humildad, su dependencia total de la Providencia de Dios;

La humildad, hoy, nos parece algo insólito, casi incompatible con la eficacia misionera. La misma palabra suena mal a nuestros oídos. Y, sin embargo, es una expresión evangélica unida a la Persona de Cristo, ligada a la espiritualidad de encarnación y específica de nuestra voca­ción. Es verdad que recibimos de continuo el impacto de una civilización de la publicidad, de las estadísticas, de las evaluaciones y sondeos de orientación. Tenemos tendencia a tranquilizarnos o desalentarnos a par­tir de resultados cuantitativos. La vida de Margarita Naseau nos invita a recurrir humildemente al poder de los medios espirituales, en una rela­ción invisible con Dios; nos recuerda, lo mismo que la vida de Jesucris­to, que la humildad es inseparable del amor, siendo ella la que lo torna efectivo… Porque es Dios el que actúa.

Nos ocurre, a veces, tener el reflejo del sicómoro: subir para ver y, probablemente, para ser vistos. Ahora bien, la condición de un verdade­ro encuentro con Cristo nos la revela Él mismo: «Zaqueo, ¡baja pronto!».11 Y Zaqueo comprendió perfectamente: se propone reparar sus injusti­cias, busca la forma de compartir sus bienes con los pobres. Renuncia a su riqueza, a su poderío. Pero, a cambio, encuentra la alegría: «bajó a toda prisa y le recibió con alegría».12 Es así, como Jesús, Servidor del Padre, nos llama a que lo sigamos por amor y a que lo encontremos por el camino de la humildad.

Pero, hay un abismo «entre la humildad en ejercicio (o las prácticas de humildad, por reiteradas que sean éstas), y una humillación que se recibe sin estar preparado, un gesto de la cara, algo que no nos espe­rábamos en ese momento o de esa forma…»;

  • «entre una humildad de prácticas y una humildad de vida, de la misma vida…»;
  • «entre una humildad preparada por uno mismo y una humillación que Dios nos ha preparado por su cuenta…».13

Esta humildad de vida, de la misma vida, confiere autenticidad a la vocación de Hija de la Caridad, en la comunidad fraterna y en el servi­cio a los pobres.

Reaccionemos en contra de esos espíritus «estándar» que la socie­dad contribuye a crear en nosotras. Tenemos que vivir nuestra vocación de siervas, hoy, con referencia explícita a Jesucristo Servidor, manso y humilde de corazón. Tenemos que poner en tela de juicio nuestras ten­dencias espontáneas al orgullo, confrontándolas con las Bienaventu­ranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu… Bienaventurados los mansos… Bienaventurados los pacíficos…» Demos fe a la Palabra de Dios y tengamos la valentía de hacer actos que nos permitan experi­mentar las Bienaventuranzas…, ¡que nos permitan experimentar la ale­gría! Si queremos que penetren en nosotros las Bienaventuranzas, hemos de renovarnos en el Espíritu. Ambas cosas son inseparables.

GOZO ESPIRITUAL

Margarita Naseau nos enseña a percibir los acontecimientos de la vida corno un lenguaje de Dios, y a iluminarlos con la claridad del Evan­gelio. Parece, en efecto, que las Bienaventuranzas hayan sido la luz de su vida diaria, sin apartarse de su rigor desconcertante: «Bienaventura­dos los que tienen hambre y sed de justicia… Bienaventurados seréis cuando os insulten… por Mí. Alegraos y regocijaos».14

¿Poseemos esa alegría espiritual e íntima? ¿Sabemos irradiarla? ¿Sabemos transmitirla?

Cristo desea que estemos colmadas de esa alegría: «Ahora…, hablo de estas cosas en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos».15Es la misma promesa de las Bienaventuranzas, con sus afirmaciones paradójicas, difíciles de comprender. Gozo de la fe, con la certidumbre de que somos amados por Dios, de que nos une con Él el lazo tan fuerte de nuestra vida cristiana, de nuestra vida con­sagrada, de nuestra vida de Hijas de la Caridad. Alegría de la presen­cia de Cristo Resucitado, esa alegría pascual que se da en nuestra vida cada vez que nos encontramos con la Cruz: «Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza, pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría».16 Alegría íntima, gozo espiritual que es fruto del Espíritu Santo, que solo Él nos puede dar y que nadie nos puede arrebatar.

Irradiar la alegría. Esta expresión, tomada en sentido superficial, puede parecer hasta insolente frente a la violencia, a las injusticias, al hambre que campea en nuestro mundo. Pero es que si, a despecho del mal, persiste el Amor, entonces y sólo entonces, puede nacer la alegría. San Vicente se la recomendaba de continuo a la señorita Le Gras, ase­gurándole que el beneplácito divino es «que nos conservemos siempre en la santa alegría de su amor».17 Le instaba a que liberara su espíritu de todo lo que pudiera apenarla: «Dios se ocupará de ello». El secreto consiste en dejar que, en medio de la tempestad, resuene siempre en nosotras la Palabra evangélica: «No temas…».18 0 también: ¿»por qué sois tan cobardes? ¿todavía no tenéis fe?».19

El servicio misionero, realizado en fe, llena de confianza, se convier­te en fuente de alegría para toda la Comunidad. Santa Luisa recomen­daba a las Hermanas que, en medio de las dificultades de la tolerancia mutua y del servicio, «pidieran al Espíritu Santo la alegría».20 Porque de esta manera, la unión entre las Hermanas proporciona «un solo cora­zón», lo que hacía escribir a santa Luisa: «¡Qué felices son ustedes, mis queridas hermanas!».21 El cansancio, las contrariedades, el tropezarse con el mal o, también, la monotonía del servicio no consiguen destruir esta alegría espiritual. La alegría humana y natural de una amistad sen­cilla entre los «Amos» y su sirvienta, la precede a veces y acompaña. Lo que no va en perjuicio de la fe, sobre todo, si son momentos privilegia­dos de encuentro con el Señor que se muestra tan cercano: «Diez veces al día encontraréis a Dios».22

El clima de nuestras comunidades tiene que permitir que los que nos rodean perciban esa alegría del servicio sencillo y humilde, que emana de cada una de nosotras. Una serenidad que «todos comprue­ben» es inexplicable dentro de la pobreza, de la castidad y de la obe­diencia. Tiene que plantear interrogantes a las gentes que nos ven.

¿Cómo es posible ser feliz, verse «satisfecha», contentándose con poco y viviendo las renuncias de la castidad y de la obediencia? Es cier­to que hay «oleadas» que afrontar. Es cierto que somos vulnerables. Pero si perseverantemente reactivamos esta alegría interior, en especial, des­pués de cualquier asalto penoso y duro para nuestra sensibilidad, la robusteceremos cada vez más. En esos momentos difíciles, tenemos que pensar en poner a salvo nuestra alegría, trayendo a nuestra memo­ria la primera llamada, la fidelidad inicial y repitiéndonos: «Sé de Quién me he fiado».23

Si conservamos nuestra alegría cuando se nos ve renunciar a nuestra voluntad propia, se hará más patente que se trata de una opción de autén­tica libertad, y se verá la castidad como un amor preferencial y absoluto a Dios, «a Dios en los pobres y a los pobres en Dios». Cuando al final de una jornada «sombría», volvamos a «leer» en fe su contenido, entonces, sin la menor posibilidad de duda, veremos brillar la chispa del amor de Dios a través de cualquiera de los detalles vividos. Verdad es que la experiencia nos muestra que esa «lectura» debe ser atenta, porque a veces será minúsculo el punto luminoso…, como esas luciérnagas al borde del cami­no, pero lo suficientemente perceptible, sin embargo, para que, también nosotras, «conservemos todas esas cosas en nuestro corazón».

Transmitir la alegría, se hace así posible; por lo demás, es una de las dimensiones de nuestro servicio espiritual: «Anunciar la buena noticia a los pobres»,24 a los afligidos, el consuelo. Transmitir alegría es armonizar el Evangelio y nuestra vida; es, dicho de otro modo, amar con todas nuestras fuerzas a Dios y al prójimo. Porque el amor es portador de ale­gría. En las grandes aflicciones y en las peores injusticias, el único rayo de alegría que puede penetrar en el corazón es el de una amistad desin­teresada, el de un afecto gratuito, reflejo de la ternura de Dios. Los pobres tienen derecho a ello. Así lo hizo la primera Hija de la Caridad, Margarita Naseau.

«La primera Hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás».25 ¿Cuál es el camino que nos muestra? La respuesta es clara, porque la trayectoria de su vida es una línea recta.

Nos indica las exigencias de interiorización. En soledad ante Dios pero no en aislamiento, porque se hacía presente a todas las demás jóvenes, recibió la luz…, «Movida por una fuerte inspiración del cielo».26 Supo permanecer fiel en la pobreza, «habitó en lugares en los que no existían más que las paredes»… Toda su vida demuestra que experimentó una gran libertad espiritual. De fidelidad en fidelidad, se encami­nó hacia la entrega total a Dios y a los pobres. Al final de su vida, todo está consumado. De esta forma, nos invita a la implicación de todo nuestro ser en un vivir en Dios y para Él.

Como enviada de Dios para «mostrarnos el camino», nos lleva lejos de las sendas sin salida de lo fácil. Su ser de sierva, según la vocación, se expresa por la humildad, la pobreza real y la entrega por amor. En su presencia y su servicio, Cristo se transparenta a través de ella, y ella desaparece ante Él.

Tenemos que echar a andar por el camino que ella recorrió. El tra­zado lo tenemos ante nuestros ojos: itinerario Margarita Naseau. Los medios para seguirlo nos los concreta santa Luisa en sus meditaciones sobre los votos: «Tienen ustedes la cualidad, la condición de siervas de los pobres, y no sería justo que se dedicaran a acaparar bienes, des­pués de haberlo dejado todo, y que las siervas llegaran a ser más ricas que sus amos. Esa cualidad que les da su vocación, les hace conocer que deben ejercer las funciones propias de la misma».

«Tener el interior ocupado en Dios, el entendimiento y la memoria aplicados a pensar en Él, y la voluntad esforzándose en amarlo y en agradarlo en todo».

Por último: «La obediencia, no sólo de corazón sino de espíritu…, es una disposición que las mantiene necesariamente adheridas al designio que tuvo Dios al establecer su Compañía, y sin la cual no podrían ni tri­butar a Dios la gloria, que su bondad quiere sacar, ni prestar el servicio que deben a los pobres».27

Este año, en que se cumple el 350° aniversario, nos invita a un reju­venecimiento deliberado de nuestro corazón y de nuestra mente. La Renovación nos ofrece la ocasión de vivificarnos en la esperanza y el amor, para «ser ejemplo de verdadera Hija de la Caridad que es de Dios para el servicio de los pobres…; que tiene unas reglas que observar…; y tiene que gustar de la compañía de su Hermana…».28

Pido encarecidamente a todas nuestras Hermanas enfermas y a nuestras Hermanas mayores que rueguen para conseguir un nuevo impulso de fervor en la Compañía. Que siguiendo los pasos de los Fun­dadores y de Margarita Naseau, encontremos las fuentes vivas de nues­tra espiritualidad y nos hagamos nuevamente, capaces de valorar y vivir el silencio y la generosidad, la pobreza y la soledad, la comunión que sabe compartir, y el servicio desinteresado. Entonces, podremos expe­rimentar la alegría secreta de Margarita Naseau… Esa alegría de vivir la cercanía de Dios, de servirle, de pertenecerle.

Unidas a la Iglesia, que nos ofrece un año de conversión, pidamos a la santísima Virgen, nuestra única Madre, el apoyo de su intercesión:

  • ¡Oh María, Madre del Silencio! Introdúcenos en la verdadera vida interior.
  • ¡Oh María! que buscaste a Jesús en Jerusalén y no comprendiste plenamente sus palabras, concédenos la humildad.
  • ¡Oh María, Sierva del Señor! haz que sepamos trasmitir la alegría a los afligidos, a través de nuestro servicio sencillo, humilde y amo­roso.

Hagamos presente nuestra gratitud mediante las oraciones frecuen­tes por las intenciones del P. McCullen, nuestro Superior General, y por las del P. Lloret, Director General, que dirigen nuestros esfuerzos de renovación espiritual. Seamos asiduas también en pedir por el P. Richardson, el P. Jamet, nuestra Madre Chiron, y por los sacerdotes de la Misión que nos sostienen en nuestra vida de Hijas de la Caridad.

Con santa Luisa, «les aseguro que soy, con todo mi corazón lleno de afecto, como nuestro Señor sabe»,29 en una cercanía fraternal, su s. s.

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

  1. Margarita Naseau 1594, Micaela 1604, Magdalena 1598, Francisco 1601, Dionisia 1607, Pedro 1610.
  2. Mt 23,37.
  3. IX, 542.
  4. IX, 89.
  5. Ibídem.
  6. Ibídem.
  7. IX, 542.
  8. IX, 90.
  9. Saint-Exupéry, Citadelle.
  10. IX, 90.
  11. Lc 19, 5.
  12. Lc 19, 6.
  13. Charles PEGUY, Mistére de la Chanté de Jeanne d’Arc.
  14. Mt 5, 3-11.
  15. Jn 17, 13.
  16. Jn 16, 22.
  17. I, 108.
  18. Mt 10, 31.
  19. Mc 4, 40.
  20. Cfr. SLM, p. 81.
  21. SLM, p. 207.
  22. IX, 240.
  23. 2Tim 1, 12.
  24. Mt 11, 5.
  25. IX, 89.
  26. Ibídem.
  27. SLM, Ses Ecrits, Paris, 1961, pp.850-851.
  28. SLM, p.622.
  29. SLM, p.647.

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