Septiembre, 1977
Comenzamos hoy, una nueva etapa de cuatro días. Los hemos llamado espontáneamente, LOS DÍAS VICENCIANOS.
Hay, en efecto, en la vida de los Fundadores y de las primeras Hermanas más que suficiente coraje lúcido y generosa creatividad para responder a las llamadas de los pobres, de los más pobres, para que, nosotras a nuestra vez, no nos sintamos interpeladas. El análisis crítico de las instituciones, así como las nuevas necesidades que hay que descubrir, son otros tantos acicates para hacernos volver resueltamente hacia la Misión de hoy y de mañana. «Caritas Christi urget nos» traduce muy bien la urgencia misionera percibida por san Vicente. No podemos contentarnos con estar a gusto dentro de nuestras costumbres, hemos de estar presentes allí donde los pobres sufren. Ahí, está la verdadera vocación vicenciana, en fidelidad al misterio de la Encarnación.
Nos ha parecido que el medio más apto para comprender mejor el carisma de san Vicente y de santa Luisa era situarlos y dejarles hablar, dejar penetrar en nosotras su mensaje, por una interiorización mantenida, y dejar que se abra camino en nosotras, en cada una de nosotras, la autenticidad de su testimonio. Si bien las modalidades han cambiado, la evangelización sigue siendo todavía como ayer, la primera de las tareas. La época de los Fundadores era, finalmente, tan inquietante como la nuestra. ¿Y les impidió ésta servir a los pobres de parte de Dios y hacérselo presente?
El mundo de nuestro tiempo espera una respuesta y una participación en los problemas de justicia y de hambre, de enseñanza, de sanidad y de educación, en definitiva, de promoción del hombre en su totalidad. Su llamada es permanente, a menudo angustiada o desengañada en los jóvenes. En la meditación y en la reflexión exigente de los textos de los Fundadores, en la oración al Espíritu Santo, discerniremos las respuestas. ¿Dónde está lo esencial? ¿Dónde están las opciones de Hijas de la Caridad? La verdadera audacia no es temeridad, ni la verdadera prudencia, timidez o seguridad, sino que las dos juntas brotan de la fe y traducen, según san Vicente, nuestra plena confianza en Dios, Salvador nuestro.
Me parece, sin embargo, que hablando de sus realizaciones, san Vicente y santa Luisa no utilizarían las mismas palabras que nosotras. Ellos no dirían audacia y prudencia, sino fe y humildad.
Es la fe la que nos hace reconocer la llamada de Dios a través de los pobres y de la Iglesia, en una sucesión de acontecimientos, y la que da la audacia para comenzar algo nuevo. De hecho, la prudencia de san Vicente es todo lo contrario de una prudencia humana (por ejemplo, envía Hermanas a Calais, después de la muerte de las cuatro precedentes), es actitud de verdad y de humildad para discernir la voluntad de Dios, en función de los medios que nos da en todos los terrenos, físico, psicológico y de fortaleza espiritual. Las Hermanas podían ir a la muerte, tenían generosidad para ello. Por el contrario, san Vicente va a pedir que se retire a las Hermanas de Chars y de Nantes, pese a que los pobres son numerosos, porque las dificultades por ambas partes destrozan a las Hermanas y a la Misión.
La fe es la que da fuerza para emprender, la humildad ayuda al discernimiento, desarrolla la confianza y permite aceptar, de antemano, la eventualidad de un fracaso. Fe y humildad son los soportes de la acción misionera vicenciana, cuya meta entusiasta es el servicio a Cristo en los pobres.







