Los seglares vicentinos y el carisma vicenciano

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Adrian Bastiaensen, C.M. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Boletín CLAPVI nº 59.
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Presento aquí una reflexión sobre la importancia del seglar vicentino en el pensamiento y la praxis histórica de San Vicente.

Este estudio consta de los siguientes puntos:

  • Líneas esenciales del carisma de San Vicente de Paúl.
  • Importancia del seglar en esta visión.
  • La identidad propia de los seglares vicentinos hoy.
  • Exigencias conciliares para un carisma dinámico y actual.

I. Líneas esenciales del carisma vicenciano

El carisma vicenciano es una «lectura» propia y original del Evangelio en compañía de Vicente de Paúl. Ciertas facetas de la doctrina y práctica de Jesús, según los evangelios, recobran especial relieve y van a ser en­gendradoras de un modo de ver y actuar original de cara a la realidad his­tórica en que se encuentra Vicente. El carisma será siempre una actitud dinámica y flexible. Es la respuesta del Espíritu a las exigencais cambian­tes del entorno social humano. Por eso no pretendemos imitar a Vicente. Nos inspiramos en él.

Me parece que se puede resumir el carisma vicenciano en las siguientes ideas y posturas evangélicas:

  1. Una opción afectiva y efectiva por el pobre, en especial el más ne­cesitado. Esta opción ha de ser personal y colectiva. La asumo personal­mente y la asumimos los vicentinos juntos.
  2. Aprendo (aprendemos) a leer y vivir el Evangelio a partir de los pobres y con ellos. Esto implica un continuo proceso de conversión: cam­bio de actitudes, compromiso fuerte por un mundo más justo y fraterno.
  3. Siguiendo los pasos de Jesús-Misionero, uniré evangelización y dia­conía: anunciaré el Evangelio y lo haré «efectivo» en mi servicio y mi acti­tud de solidaridad con el marginado.
  4. Parto (partimos) de una profunda e indestructible vivencia de espe­ranza: Dios no deja defraudado al pobre. No nos abandona. El pueblo está caminando hacia la venida del Reino.
  5. Es preciso crear cauces concretos y prácticos para la generosidad del pueblo creyente, con la inventiva inagotable de la caridad cristiana, y esto con miras a una participación de todos en el compromiso renovador de la sociedad.
  6. Lo más importante es la vivencia de la caridad, es decir: una actitud delicada en todo lo que hago, de modo que mi compromiso sea personal y personalizante. Así seré evangelizador y evangelizado. Mi servicio llegará a ser un encuentro con el otro, un signo de la futura sociedad del amor.

Propiamente el carisma vicenciano es una nueva actitud, un nuevo modo de ser, una nueva visión, una nueva praxis de vida.

Las seis ideas-guías del carisma expuestas arriba, nos identifican a to­dos los vicentinos en el mundo: hermanas y misioneros, comunidades que se inspiran en San Vicente, como p.e. en Panamá las Hermanas Misione­ras Catequistas de la Medalla Milagrosa y las distintas categorías ele se­glares vicentinos. Todos compartimos el carisma como la base espiritual de nuestra acción en la Iglesia. El carisma vicenciano pertenece a la Igle­sia y se ofrece por consiguiente también a los seglares como un camino de vida evangélica. El carisma llega a ser cierto modo de ver y una viven­cia especial del Evangelio. Pues las obras concretas de las conferencias, las hijas de la Caridad, los sacerdotes de la misión, las hijas de María, el voluntariado vicentino, etc., son bien diferentes. No son las obras lo que nos definen. Es cierta visión y una práctica concreta a raíz de esa visión, es el carisma lo que nos une.

El P. Andrés Dodin observa que es difícil detallar todos los rasgos del carisma, el modo de ser de Vicente de Paúl de cara a la Iglesia y la socie­dad de su tiempo. Según Dodin el P. Fernando Portal, uno de los primeros promotores del ecumenismo y el P. Pouget, siendo ciego, un verdadero visionario y guía de filósofos cristianos, eran hijos bien legítimos y autén­ticos de Vicente de Paúl. Llevaban el sello del espíritu, del carisma vicen­ciano, aunque no eran misioneros entre los campesinos.

Además de lo dicho arriba sobre las líneas fundamentales del carisma, pueden agregarse como importantes: actitudes de sencillez, modestia, hu­mildad y audacia.

II. El seglar en el movimiento vicentino

Uso la palabra «movimiento» para la «triple familia» vicentina: herma­nas, misioneros y seglares. Los vicentinos somos invitados a desencade­nar en la Iglesia una corriente de compromiso con el pobre y el marginado. Está allí nuestro papel profético de acicatear y empujar a la comunidad eclesial en su opción por el pobre. (Lo haremos con modestia, con humil­dad, en unión con otros, p.e. los franciscanos, pero también con valentía y creatividad).

En este movimiento le cabe un lugar destacado al seglar. ¿Por qué? Porque la primera obra vicentina fue una fundación seglar, la Cofradía de la Caridad. Y en esta cofradía se revela el sello del carisma de Vicente de Paúl. La cofradía plasma sus ideas básicas que resumí arriba.

Tocamos aquí un tema muy «conciliar» y actual: la importancia del seglar en la Iglesia. El seglar ha de ser la «conciencia eclesial» de la sociedad y la exigencia y el cuestionamiento continuo de esta sociedad en el corazón d la Iglesia. Es ésta no sólo una expresión de la eclesiología actual. Se trata también de una consecuencia del carisma vicenciano.

La opción por el pobre, la esperanza de un mundo de justicia, la apertura a los humildes de la tierra para que nos evangelicen, un puente hacia el hombre, un camino práctico en el servicio al necesitado, todo eso señala al seglar como eje y centro en el movimiento eclesial vicentino. Las nue­vas constituciones de los misioneros vicentinos (de 1980) recalcan este enfoque de ir hacia el pobre, de conocer la realidad del pueblo, de buscar un servicio eficaz, de anunciar el mensaje evangélico y «hacerlo efectivo», en otras palabras: de lograr un mundo renovado a través del seglar, res­ponsable del compromiso temporal, siendo «sal, luz y fermento de cam­bio». Y en cuanto a las Hijas de la Caridad es oportuno recordar que la Compañía arrancó de una praxis evangélica de jóvenes seglares, de «ni­ñas» del campo. La primera «hija de la caridad» fue Margarita Naseau, según una afirmación del mismo Señor Vicente.

La compañía nace de una experiencia de servicio de seglares. Y esa experiencia es parte esencial y duradera del espíritu de la comunidad.

Estas consideraciones me llevan a afirmar que el carisma vicenciano queda truncado y mermado si en alguna región faltaran seglares para su práctica apostólica y diaconal. El movimiento vicentino debe usar tres carriles: el de los seglares, otro de sacerdotes y hermanos y otro para las hijas de la Caridad. Me atrevo a ir aún más lejos: una auténtica fide­lidad al carisma en los padres y las hermanas y el consiguiente aumento de vocaciones, dependerá en gran medida de la vivencia del carisma entre los seglares. De modo que la continua renovación de misioneros y her­manas que nos piden nuestras constituciones estará en íntima relación con la promoción del seglar vicentino. Si animamos a los seglares en el espíritu vicenciano, éstos nos ayudarán a ser fieles al carisma y esta fide­lidad es a la vez la que atraerá a jóvenes que buscan un compromiso fuerte en favor del pobre.

III. La crisis de identidad y los seglares vicentinos

¿Quiénes son los seglares vicentinos?

Antes de formular una respuesta a esta pregunta, quiero agregar una precisión sobre la identidad propia de las diferentes comunidades y agru­paciones vicentinas.

El carisma es el mismo. Lo compartimos y nos define en nuestra fisono­mía espiritual básica. Pero cada grupo vive el carisma de modo original, se dedica a tareas diferentes, o ha escogido un área específica preferen­cial. Tiene una identidad propia. Esto es necesario para la razón de ser del instituto o agrupación.

La identidad y el carisma son nociones dinámicas que implican un con­tinuo desarrollo, en una fidelidad creativa a los inicios, como expresión del soplo del Espíritu en la Iglesia. La identidad del sacerdote misionero es distinta de la de la Hija de la Caridad y no sólo por razón de la diferen­cia de sexo. Las dos comunidades se mueven en torno a los dos ejes vicencianos de evangelización y diaconía, pero es evidente que los misio­neros son en primer lugar evangelizadores y las hermanas «diaconisas» (en un sentido literal). La identidad de las congregaciones apostólicas, las dos mencionadas, pero también varias obras que se inspiran en San Vi­cente, tienen menos problemas para guardar su identidad que los grupos seglares. El vínculo permanente y un estado de vida de consagración a Dios exigen una estructura interna bien definida, estatutos y reglamentos detallados en vista de mayores garantías de continuidad.

Pese a esto, se da una contínua crisis de identidad en todas las comu­nidades apostólicas. Sólo en cuanto se interprete y se viva el carisma y la identidad en un continuo proceso creativo de búsqueda con una mirada hacia el pasado y otra hacia el futuro, puede una congregación lograr su carta de legitimidad en la Iglesia. Si no responde más a una necesidad vivida, cesa su razón de ser.

El problema de la propia identidad es, sin embargo, aún más grave en el caso de las agrupaciones de seglares vicentinos. Porque los miembros se sienten menos comprometidos, se da un vínculo menos fuerte y per­manente. La vivencia de una mística vicenciana será por lo general menos intensa, porque no ha habido una formación prolongada como es el caso de hermanas y sacerdotes. Una dificultad adicional podría ser el reto aún más difícil que encuentra el seglar de cara a la cambiante realidad temporal.

Creo que se pueden distinguir cuatro grandes categorías de seglares vicentinos. Me parece que las cuatro tienen su razón de ser y su propia identidad, aunque la cuarta reviste varias formas y carece de reglamenta­ción propia interna.

1) La primera categoría es la de la Cofradía de la Caridad, actualmente Asociación Internacional de la Caridad o Voluntariado vicentino (A.I.C.).

Un elemento valioso de identidad es su origen vicenciano. Pero toda la problemática que ha vivido y aún vive la Iglesia que no quiere ser asisten­cialista y paternalista (maternalista), sino promotora, dignificante y soli­daria, se refleja en la asociación en este período postconciliar. Si una asociación de señoras de la caridad llega a ser un selecto club de damas de la alta sociedad, que sólo se reunen a veces para asignar una suma de dinero para alguna obra de beneficiencia, no están en la línea del carisma vicenciano. Si el grupo se muere, no es preciso tratar de resucitarlo. No deja un vacío. Como grupo vicenciano le faltaba lo esencial.

Resumiendo en pocas palabras esos aspectos esenciales diría que son dos: fidelidad al carisma vicenciano y una búsqueda continua de vivir el espíritu conciliar y la opción por el pobre hoy.

En América Latina tenemos la carta magna de Puebla para este proceso de fidelidad. Un punto especial de la A.I.C. es la promoción de la mujer, especialmente en América Latina. El voluntariado se presenta en varias naciones, incluso en Panamá, como exclusivamente femenino.

2) La segunda categoría de seglares vicentinos son las sociedades de San Vicente. En cuanto al número total y organización interna es la más importante. Existe pues una fuerte identidad propia a partir de sus oríge­nes en París, con Federico Ozanam. Aunque hay puntos coincidentes con la A.I.C. la sociedad tiene un origen histórico distinto. Comparte la per­cepción básica vicenciana de un servicio personal y personalizante al po­bre, pero como característica propia los vicentinos de Ozanam quieren imitar a éste en una viva conciencia de responsabilidad de seglares en la vida pública por medio del estudio y los medios de comunicación.

Tanto la A.I.C. como las sociedades de vicentinos necesitan de un ase­soramiento de sacerdotes de la Misión u otros padres o hermanas familia­rizados con el carisma vicenciano al servicio de su propia identidad.

3) Una tercera categoría de seglares son las Hijas de María o grupos marianos, Juventudes Marianas Vicentinas (J.M.V.) en torno a la Virgen de la Medalla Milagrosa. A partir de las apariciones de 1830 en la calle du Bac la Capilla de la Milagrosa ha llegado a ser un centro de inspiración mariana. Las formas tradicionales de este movimiento seglar sufrieron una fuerte crisis después del Concilio, pero a raíz de una mejor profundización teológica y una mayor orientación al apostolado se están encontrando nue­vas estructuras variadas y flexibles para esta categoría de seglares vicen­tinos. Sus tres rasgos distintivos más notables parecen ser éstos:

a) Se escoge a la Inmaculada, la Virgen de la Medalla, como inspira­dora y guía en el caminar con Jesús hacia el Padre.

b) El grupo mariano me ayuda a discernir la voluntad de Dios en mi vida. Se trata pues de un grupo de apostolado vocacional.

c) Se afianza mi inserción eclesial encauzándome hacia una tarea con­creta de evangelización.

Por la similitud de metas el movimiento mariano juvenil o pre-jw,e.-11 se enriquece por una participación en la obra pontificia de la niñez y ju­ventud misioneras.

Aquí también es valioso un asesoramiento vicenciano y mariano para asegurar una buena base doctrinal.

4) La cuarta categoría son los seglares misioneros, catequistas, dele­gados de la Palabra y coordinadores de grupos de base, afiliados a la labor evangelizadora de sacerdotes C.M. o hermanas vicentinas. Estos seglares carecen de una estructura interna propia. Es central su servicio ectasial a la comunidad. Allí está su razón de ser y su identidad. En América Latina estos seglares querrán llevar a la práctica pastoral las recomendaciones de Medellín y Puebla y las percepciones centrales de una eclesiología que apunta al Reino y los valores de justicia y solidaridad.

El fuerte de esta categoría es su afán de estar al día y de realizar una efectiva opción por el pobre. Pero se perfila un problema serio: Se nece­sita de una reflexión continua sobre el carisma vicenciano tanto para la profundización personal como para un justo discernimiento social y polí­tico desde el Evangelio. De lo contrario se pierde la identidad vicenciana. Y esa identidad guarda firme la motivación.

Conviene el asesoramiento de un sacerdote o hermana con miras a una base ideológica bien equilibrada y a la vez motivadora en orden al com­promiso apostólico.

¿Se necesita también de alguna estructura interna para estos grupos de seglares vicentinos? No me atrevo a contestar a esta pregunta.

Algunos dirán que no, porque su identidad está en su inserción en la comunidad local, como se dijo arriba. Otros dirán que sí, porque sin alguna estructura interna la mística de entrega al apostolado se debilitará. Lo que comienza como un movimiento apostólico abierto termina pronto en un pequeño club de amigos. Estos se dedican por unos años a tareas de evan­gelización y pronto cada uno va por su propio rumbo y no hay continuación.

Quizás podemos concluir que alguna estructura interna, flexible y de acuerdo con la realidad del seglar, sí conviene. Esa estructura debe garan­tizar el estudio bíblico, la reflexión sobre el carisma y sus exigencias y la continua formación espiritual.

Los que asesoran grupos, deben situarse exclusivamente en el terreno de la formación vicenciana, respetando plenamente la autonomía del mo­vimiento seglar, las obras y la administración de fondos.

Para un movimiento auténtico es indispensable que los mismos segla­res encuentren su camino propio como seglares y vicentinos en el que­hacer de la Iglesia y la sociedad. Que no se «clericalice» el grupo. Que se respete su identidad laical. De ella depende su verdadera proyección social y su papel profético de promover los valores del Reino.

IV. Exigencias conciliares para un carisma dinámico y actual

Me parece que son cuatro las exigencias básicas consecuentes del concilio. Ya hice alguna referencia a ellas en lo anterior.

Un carisma dinámico y actual ha de ser:

  1. Inventivo, creativo, elástico, pero en una línea de profunda fideli­dad al pasado.
  2. Supone una reflexión teológica y un afán de renovación personal.
  3. Una fuerte vivencia de inserción eclesial.
  4. Los vicentinos: misioneros, hermanas y seglares, haremos bien en integrar equipos vicentinos. Se pide una coordinación en las activi­dades evangelizadora y diaconal.

I. Creatividad y fidelidad: A partir del carisma y la propia identidad debemos buscar respuestas concretas al cuestionamiento que nos ofrece la sociedad y al reto de la historia de nuestro pueblo. ¿Cómo seré solidario con él como vicentino? ¿Cómo unir fidelidad e inventividad, humildad y audacia, un servicio eficaz y un auténtico signo profético, asistencia y pro­fetismo, caridad y, justicia, evangelización y concientización, etc.? Siem­pre habrá necesidad de mantenerme en una continua búsqueda, bajo el so­plo del Espíritu.

II. Reflexión teológica y renovación personal: El carisma me invita a una conversión incesante y a un estudio de reflexión a la luz de la palabra de Dios. Y esto a nivel personal y a nivel colectivo.

III. Inserción eclesial: El carisma pertenece a la Iglesia y se vive «en Iglesia». No somos grupos aislados. Es evidente la proyección eclesial de los grandes vicentinos de nuestra historia: Vicente de Paúl, Luisa de Mari­Ilac, Justino de Jacobis, Catalina Labouré, Juan Gabriel Perboyre, Francis­co Regis Clet, los beatos de la revolución francesa, Ana Elizabet Seton, Sor Rosalía, Federico Ozanam, de Andreis, Fernando Portal, etc. Son todos hombres y mujeres de Iglesia.

La inserción es a la vez local y universal. Soy miembro de esta iglesia particular y de la católica. Arraigado en esta parroquia, en esta diócesis, en esta nación, p.e. Panamá, vibro con la dimensión del mundo. Me iden­tifico con la iglesia centroamericana, con la de América Latina, la de Pue­bla, viviendo las opciones pastorales de la panameña.

La vertiente local de mi inserción en la Iglesia, el saberme parte de esta parroquia o comunidad es el aspecto más importante de esta dimensión eclesial.

La Iglesia es una realidad que crece desde la base y en la base.

IV. Hacia la integración de equipos vicentinos

El espíritu conciliar nos empuja hacia una coordinación de fuerzas apos­tólicas y una apertura eclesial y ecuménica con miras a la promoción de los valores evangélicos en el mundo. Esta dinámica del Espíritu coincide con una exigencia interna del carisma vicenciano. Este se presenta como una invitación insistente a sacerdotes, hijas de la Caridad y seglares, a hermanas solteras y señoras casadas, a jóvenes y mayores, a todos, a que asumamos juntos una opción real por el pobre y una conversión autént:ca de un compartir en solidaridad. Vicente quiere crear cauces para el anun­cio y la vivencia de la Buena Nueva, fermento transformador de la historia para su «triple familia».

En términos concretos se nos invita a que coordinemos nuestras tareas de evangelización y diaconía, que nos integremos en equipos vicentinos. Vicente dio el ejemplo. Otra vez en varias partes del mundo se están es­trenando nuevas formas de integración de equipos.

Llego así al final de este pequeño estudio vicenciano. Espero que pueda servir de animación para los diferentes grupos de seglares vicentinos en Panamá y América Latina.

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