Los nadies: II. El pecado de la exclusión

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Stuardo Alberto Marroquín, C.M. · Año publicación original: 2009.

El presente trabajo fue fruto de la investigacion del primer semestre de 2009 en el seminario mayor villa paúl de la materia antropologia teológica por el estudiante de teologia Stuardo Marroquín de la provincia vicentina de América Central. él es del Salvador Ingeniero Industrial y ahora misionero vicentino, colabora con una publicación semanal de la Lectio Dominical con enfoque vicentino.


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II.1 Conceptualización

II.1.A. El pecado personal y social

En la raíz de todas las contradicciones personales y sociales, que ofenden en modo diverso el valor y la dignidad de la persona humana, se halla una herida en lo más íntimo del ser humano. Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original, originado y originante, que cada uno lleva por el mero hecho de ser humano y que nos recuerda nuestra contradicción y contingencia, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia libertad.1

El pecado es, básicamente, ruptura de relaciones, en primer lugar con Dios, es una alienación; es ruptura con los demás seres humanos; y ruptura con toda la creación, con la naturaleza, con el cosmos. Es claro que la ruptura de relación con Dios desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos.2

El misterio del pecado comporta una doble herida, la que el pecador abre en su propio ser y en su relación con el prójimo. Ya aquí, entonces se puede hablar de de la dimensión personal y la dimensión social del pecado. Todo pecado es personal bajo un aspecto, y bajo otro aspecto, todo pecado es social.

El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto de libertad humana en particular, pero por el hecho inherente de que el ser humano es sociable, es un ser de relaciones con el Otro, el otro y lo otro, el pecado personal siempre afecta a otros.

Algunos pecados, además, constituyen, por su objeto mismo, una agresión directa al prójimo. Estos pecados, en particular, se califican como pecados sociales. Es social todo pecado cometido contra la justicia en las relaciones entre persona y persona, entre persona y la comunidad, y entre la comunidad y la persona. Todo pecado es una agresión directa a los derechos fundamentales del ser humano, comenzando por el derecho inalienable a la vida, o contra la integridad física de alguien; todo pecado contra la libertad de los demás. Es pecado social todo pecado contra el bien común.3

II.1.B. El pecado estructural

El pecado tiene un aspecto enmascarador, ideológico e ideologizante al que el ser humano recurre para poder afirmarse, legitimarse. Cualquier intento de explicar el pecado que no dé cuenta de este enmascaramiento justificador, es sospechoso.

Estas consideraciones nos introducen al tema del pecado estructural o ambiental. El pecado se puede ideologizar, porque no sólo constituye nuestra a­normalidad y nuestra aberración, sino que constituye nuestra atmósfera, nuestra normalidad. El pecado se ve tan normal en nuestra realidad, que es muy fácil camuflarlo de bien, como si no existiera tal pecado. Se ha convertido en una especie de «ecosistema», que pasamos desapercibido, y mientras el pecado ambiental va cobrando víctimas, lo vemos como algo natural del entorno.4

En el Evangelio de Juan se encuentra una noción de lo que ahora llamamos el pecado estructural. Él le llama «pecado del mundo», o simplemente «mundo»5. Se habla aquí del pecado del mundo, no solamente del pecado de algunas personas, es una cuestión que abarca una realidad que está en el «mundo», como algo ambiental. El mundo no le reconoció y por eso asesinó a Jesús. Es claro que ese pecado ambiental, que está en el mundo, atenta contra la vida de inocentes, tiene sus víctimas.

Ahora bien, así sin más, pareciera que el pecado es una realidad etérea, abstracta, pero sabemos muy bien que, bíblicamente, el mundo tiene relación directa con el ser humano, a quien le fue entregado todo lo creado para que lo administrara6. Eso nos indica, sin profundizar demasiado pues no es el tema de investigación, que el pecado del mundo, el mundo mismo presenta una realidad de pecado instalado en él, pero no por cuenta de él mismo, sino del ser humano que, en su relación rota con Dios, con sus hermanos y con todo lo creado, ha «creado» una «atmósfera» de pecado.7

El ser humano es un ser en relación, con una capacidad y necesidad inherentes de relacionarse, sin embargo esa «relacionalidad» humana necesita de mediaciones. Utiliza instituciones tales como el matrimonio, la familia, la vecindad, etc. Pero también va construyendo estructuras sociales, que están constituidas por las instituciones que son producto de esa «relacionalidad» humana. Es así como el pecado va instalándose en instituciones y estructuras que sostienen una sociedad.

La convivencia humana es siempre un hecho activo y pasivo a la vez. Mi actuación en el mundo repercute en otras personas, y el actuar de otras personas repercute en mí, así la relación no sea directa. Los seres humanos entablamos la convivencia, pero también vamos siendo poco a poco marcados y condicionados por ella, algunos llegan a afirmar que llegamos a ser determinados por ella, quizás sea una exageración o quizás no.8

II.1.B.i. El pecado estructurante Es muy frecuente que, en la relación social, el ser humano piense sólo en sí mismo y es su provecho. La persona sospecha, además, que las otras personas actuarán igual que ella, con lo que la actitud egoísta se refuerza. La relación social entonces va con un prejuicio que le dará un sesgo definido. Por ello se dice popularmente: «el que pega primero, pega dos veces». Es una manera de decir que más vale pegar primero, porque la otra persona está esperando para hacer lo mismo.

Entonces el pecado personal se va implantando sobre la vía del egoísmo y la sospecha en el egoísmo de la otra persona. Es así como se implanta el pecado en el hecho social, porque ya está anidado en el corazón del individuo. Eso hace que en las relaciones sociales primen los intereses personales a los intereses comunes. Por tanto, se genera una atmósfera de tensión en las relaciones sociales en las que ganará el más fuerte, y sus intereses se implantarán sobre los intereses de las otras personas. Esto es válido para las relaciones económicas, culturales, políticas, sociales y religiosas. Este sería el hecho activo.

II.1.B.ii. El pecado estructurado Como ya se mencionó anteriormente, el ser humano es un ser en relación, está socialmente situado, y ello implica necesariamente un entorno, un «ecosistema social». El entorno lo constituyen básicamente las demás personas. Esta «relacionalidad» humana se realiza a través de mediaciones que llamamos «estructuras», que están compuestas por diversidad de instituciones.

Este «ecosistema social» «está constituido por valores, ideologías u objetivos comunes (pues, sin un mínimo de éstos, aunque sólo sea el valor compartido del respeto por los que no piensan igual y del derecho de cada cual a pensar como quiera, ya no puede haber mundo ni entorno). Está hecho también por un flujo de influjos y hasta «ejemplos» o incitaciones mutuas que brotan del hecho de cada vida es vida ante los demás. Está hecho, igualmente, por una serie de necesidades o demandas coincidentes y objetivadas y de prácticas que esas necesidades generan (comercio, viajes, relaciones laborales y mil cosas más).»9 Al hablar, entonces, del «ecosistema social», estamos reconociendo que en él es donde se implanta el mal, el que ha dado por llamarse pecado estructural, lo cual no es propiamente el pecado personal, pero sí es constituyente de la persona. El pecado estructural no niega ni anula el pecado personal, pues reconoce su raíz en él. Lo que se reconoce es que todas esas estructuras sociales no han sido configuradas en base a la fraternidad, la justicia o el amor. Quizás no sería tan osado afirmar que todas éstas estructuras sociales que informan, forman y conforman nuestro «ecosistema social» están «contaminadas» de valores contrarios al proyecto del Reino de Dios.

Por ello, la fraternidad, la justicia y el amor, deberán surgir la mayoría de las veces, contra la corriente, contra estructuras, contra el «ecosistema social». Luchar, entonces, por transformar estas estructuras anti­evangélicas en estructuras evangélicas es una necesidad urgente y digna de ser priorizada.

Por eso, nuestros Obispos en Puebla nos hacían ver esta situación tan difícil, «la Iglesia discierne una situación de pecado social, de gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman católicos y que tienen la capacidad de cambiar: «que se le quiten las barreras de explotación… contra las que se estrellan sus mejores esfuerzos de promoción»»10.

Los Obispos, atentos a la realidad, vieron las contradicciones: países católicos y grandes barreras de explotación, grandes esfuerzos de promoción humana y bajos o nulos resultados. Esto hace pensar, reconocer y desenmascarar lo que está atrás de lo que se ve como la normalidad. Es el pecado metido en la estructura que configura la realidad social, económica, política, cultural e incluso religiosa: «Finalmente, como Pastores, sin entrar a determinar el carácter técnico de esas raíces, vemos que en lo más profundo de ellas existe un misterio de pecado, cuando la persona humana, llamada a dominar el mundo, impregna los mecanismos de la sociedad de valores materialistas.»11

II.2. La Exclusión como pecado estructural

II.2.A. Un acercamiento bíblico al fenómeno de la Exclusión

El fenómeno de la Exclusión es tan antiguo como la humanidad en el mundo, cuando un hermano, Caín, excluyó violentamente a su hermano Abel. Y, a partir de ese hecho, la Exclusión adquiere una connotación humano­religiosa, porque no solamente se nos dice algo muy importante sobre la Exclusión como resultado de las acciones libres del ser humano, sino algo muy cuestionador al presentarnos a Dios mismo interviniendo para decirnos que la sangre del hermano clama al cielo12. Dios hace opción por los excluidos.14. Lima, Perú. 1985. P. 53. 31[/note] El mundo del excluido está presente en la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento, en la expresión repetida de las palabras pobre, huérfano, viuda, enfermo, extranjero, esclavo y levita15. Estas palabras suelen ir acompañadas de verbos como «oprimir», «violar», «despojar», «descuidar», etc. indicándonos que la Exclusión y marginación social no caen del cielo sino que es el resultado de decisiones libres, a veces legalmente fundadas, como demuestra Isaías: «¡Ay! De los que decretan decretos inicuos, de los notarios que registran vejaciones, que echan del tribunal al desvalido, y despojan a los pobres de mi pueblo; que hacen su presa de las viudas y saquean a los huérfanos»16.

«Detrás de estas personas indefensas se descubre un estatuto legal que los defiende, pero sobre todo la presencia de Dios que defiende los derechos del pobre17. Y entonces el estatuto legal se hace estatuto teológico, exigencia de fe y de la alianza. Por esa razón, el libro del Deuteronomio, libro de la alianza por excelencia, puede incluir entre las maldiciones por infidelidad a la alianza, la siguiente: «Maldito quien defrauda de sus derechos al emigrante, al huérfano o a la viuda»18«.19

Un caso extremo de Exclusión social es la esclavitud. El pueblo de Israel conoce en su seno la esclavitud, sabe que el esclavo es propiedad de su dueño, conoce esta escandalosa realidad del «dominio del ser humano sobre el ser humano para su desgracia»20. Pero por haberlo experimentado en carne propia en Egipto, conoce también algo inusitado en el mundo que le rodea, y que es algo inusitado en la historia de la humanidad: el derecho del esclavo.

Con el derecho del esclavo, éste entra en la categoría de persona, sujeto de derechos que deben ser respetados. Job lo reconoce abiertamente cuando presenta su defensa ante los que le acusan: «Si denegué su derecho al esclavo o a la esclava, cuando pleiteaba conmigo… ¿no nos formó uno mismo a los dos?»21. No sólo se reconoce el derecho del esclavo sino que se proclama que por naturaleza los seres humanos nacen iguales. En el fondo, no se trata solamente de un trato humano al esclavo sino de «una tendencia creciente hacia la equiparación del esclavo con los libres y, por tanto, hacia su liberación».22

La raíz de esta legislación es teológica y el fundamento último es Dios y lo que Él ha hecho por su pueblo: «Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de Egipto, de la esclavitud, rompí las coyundas de su yugo y les hice caminar erguidos»23.

Junto con los esclavos, el extranjero, el emigrante experimenta esta situación de Exclusión en Israel y al mismo tiempo de protección legal. Se trata siempre del emigrante, extranjero residente en Israel, pero que ha debido abandonar su patria por circunstancias políticas, económicas o de cualquier otro tipo.

Su situación puede ser peor que la de los pobres al no tener tierra o familia y correr el riesgo de no ser aceptado en la sociedad, o si es aceptado lo es sólo como mercancía, como mano de obra gratuita, como instrumento que puede ser útil, pero desechable cuando ya no se necesita.. Es contado entre los económicamente débiles, socialmente inseguros e indefensos. La razón teológico­histórica está en Dt 23, 8: «Recuerda que fuiste extranjero». Dios se puso a favor de los extranjeros, optó por Israel cuando era extranjero en Egipto.25. Lima, Perú. 1985. P. 57, 58.Cfr. Díaz M., Manuel. El Dios que libera. Centro de Estudios y Publicaciones26. Lima, Perú. 1985. P. 57, 58.[/note] El en Antiguo Testamento, el binomio «huérfanos y viudas», constituye la mejor expresión de la debilidad indefensa que Dios protege. Huérfanos y viudas designa un grupo que tiene como característica común es estar privado de sus protectores, el padre o el esposo. Incluso la palabra hebrea para viuda (‘almanah) parece provenir de la raíz «estar mudo» como aludiendo en su situación y pertenencia al grupo de los «sin voz» en la sociedad, que fácilmente son despojados «legalmente» de sus tierras o engañados en las causas civiles27.

Las maldiciones de la alianza caen sobre los que «defraudan de sus derechos al emigrante, al huérfano o a la viuda»28. La explotación y Exclusión de estas personas indefensas es un crimen que clama al cielo. «No explotarás a viudas ni huérfanos, porque si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé»29.30

El Antiguo Testamento nos presenta una síntesis de lo que bien puede llamarse la visión teológica de la exclusión, en la figura del Siervo de Yahvé de quien nos habla Isaías. Esta visión es la encarnación misma de las personas despojadas de sus derechos y su dignidad humana, prototipo de todas las excluidas a lo largo de la historia, cuyo derecho defiende el Señor31.

El Siervo puede ser un individuo particular, una especie de soldado desconocido, un excluido anónimo, un grupo, un pueblo, etc. El texto deja abierta la posibilidad. Lo cierto es que en el Siervo, la Exclusión llega a su límite: «despreciado y desecho de hombre, ante quien no nos atrevemos ni a mirar»32, curtido en el dolor y quitado de en medio sin que nadie lo defendiera33, e incluso pensando que Dios mismo sancionaba esa eliminación34. En realidad, el Siervo carga con el peso de nuestro pecado (es un pecado social), metido en una estructura que legitima su sufrimiento y eliminación. Es torturado por nuestros crímenes35, por nuestras injusticias, por nuestra insensibilidad e indiferencia. Pero Dios defendía su causa, su derecho lo guardaba el Señor36. A través del Siervo, Dios pronunciaba una palabra de aliento «al despreciado, al aborrecido de las naciones, al esclavo de los tiranos» (Is 49, 7).37 Este Siervo, despreciado y eliminado por la gente, es el «elegido de Dios»38 porque en él, una vez más, Dios se revela como el que elige lo necio del mundo, lo débil y despreciado para confundirnos a todos39.

II.2.B. Jesús: hasta excluirse por dignificar a los excluidos

Jesús fue una persona sumamente conflictiva debido a su opción radical por la defensa de la vida. Es totalmente reveladora la actitud de Jesús ante las personas excluidas de su tiempo, veamos un hecho que nos presenta Mc 1, 39-­45:

Y Jesús empezó a visitar las sinagogas de aquella gente, recorriendo toda Galilea. Predicaba y expulsaba demonios. Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Entonces Jesús lo despidió, pero lo ordenó enérgicamente: «No cuentes esto a nadie, pero vete y preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que ordena la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacer tu declaración.»

Pero el hombre, en cuanto se fue, empezó a hablar y a divulgar lo ocurrido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios. Pero la gente venía a él de todas partes.

Este relato contiene una fuerza que nos resulta difícil de entender en nuestra sociedad y cultura, pues expresa el empeño y el compromiso de Jesús por defender la dignidad de la vida; y también la conflictividad que ello desencadena.

En efecto, en la actualidad, curar a un leproso es una acción buena y meritoria. En la sociedad en que vivió Jesús, este asunto se veía de otra manera. En la Biblia y en el judaísmo de aquel tiempo, la lepra era uno de los peores males que podían afectar al ser humano40, conllevaba la Exclusión total de la persona enferma. Quien tenía semejante desgracia era, no sólo un enfermo incurable y repugnante (pues para los rabinos, curar a un leproso eran tan difícil como resucitar a un muerto), sino además, y sobre todo, un impuro, un castigado por Dios41, ya que la lepra era «la hija primogénita de la muerte»42, y el que la padecía quedaba fuera, excluido del grupo, lejos de la gente y tenía que vivir en descampado y tenía que gritar su estado de impureza para que nadie se le acercara, pues la gente estaba temerosa de quedar físicamente contagiada y religiosamente contaminada43.44

En otras palabras, el leproso era no el marginado, sino el excluido total: físicamente, socialmente y religiosamente. Ahora bien, Jesús liberó a este hombre de semejante Exclusión, y lo liberó por completo. Jesús le devolvió la salud y, sobre todo, le restituyó la dignidad que la religión establecida le había quitado, ya que, las convicciones religiosas le metían a la gente en la cabeza la idea de que Dios era el que, ante todo y sobre todo, rechazaba a la persona desgraciada que padecía la lepra.45

El relato no sólo afirma que Jesús liberó a aquel hombre de la Exclusión, sino además que eso le costó a Jesús pasar a ser él un excluido. ¿Por qué? La ley religiosa judía prohibía tocar a los leprosos, de manera que quien los tocaba incurría también en impureza46. Y Jesús decidió curar al leproso tocándolo 47. Además, en cuanto se vio sano y purificado, el hombre se dedicó a pregonar, a los cuatro vientos, lo que Jesús había hecho con él. Es la expresión de alegría porque Dios aceptaba y acepta a las personas que la religión y la sociedad excluye.48

Jesús se vio inmiscuido en una realidad sumamente delicada y comprometedora, pues él bien conocía la Ley. Estaba desautorizando las prescripciones de una religión alienada que oprimía y excluía a las personas más desgraciadas y asumiendo las consecuencias que le trajera el no­excluir.

La consecuencia inmediata: «Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios.» El hecho de que Marcos esté sugiriendo que Jesús tenía que quedarse en lugares solitarios, despoblados, en las afueras del pueblo, nos puede indicar hasta dónde llegó la solidaridad de Jesús con las personas más excluidas de aquella sociedad. Jesús se convirtió en un leproso, en un impuro y por ello debía correr la misma suerte del hombre que padecía la lepra, que estaba excluido. Marcos está sugiriendo que Jesús quedó excluido para la religión y la sociedad.49

Como se ha dicho muy bien, «se produce así una subversión teológica: los que piensan pertenecer por propio derecho al pueblo de Dios y excluyen de él a otros, quedan fuera del Reino, mientras los excluidos por ellos son admitidos en él. El Reino de Dios y la institución y ley judía son inconciliables»50

Un rasgo típico, exegéticamente comprobado, de Jesús, es su comida con las personas excluidas y marginadas. En el mundo oriental el gesto de compartir la mesa, expresa una relación de confianza total que se explaya en la paz, la fraternidad, y el perdón. A esto hay que añadir además que, entre judíos, la comida implicaba una comunidad ante Dios. La literatura del Qumrám deja muy claro que la comunidad de mesa sólo estaba abierta a los «puros».51

Conviene dejar claro que Jesús no se solidariza con las personas excluidas por razones éticas. Jesús se ha puesto a su lado, no porque sean mejores o menos pecadoras, sino simple y sencillamente, porque «están fuera», porque están excluidas de las condiciones de vida digna, y porque Dios actúa así.

II.2.C. La Exclusión hecha pecado

Las situaciones de exclusión y muerte que vivimos en Latinoamérica nos desafían a quienes profesamos la fe cristiana. Gracias a los avances actuales de la investigación bíblica, hoy sabemos con bastante certeza que Jesús de Nazaret centró su vida y su actividad en el anuncio, con obras y palabras, de la Buena Noticia del Reino de Dios, como Reino de vida y salvación para la humanidad. Preferentemente, para las personas excluidas y marginadas del judaísmo oficial de su tiempo.

La lista de las personas excluidas de la vida humana y divina (social y religiosa) por «impureza legal» contraída por razón de origen, sexo, edad, profesión u oficio, y por sus enfermedades, su ignorancia o su pobreza e indigencia. Y, en definitiva, la lógica de «selectividad» y de «Exclusión» propia del sistema sociocultural y religioso que imperaba en el mundo oriental de aquel entonces, y que en Israel en tiempos de Jesús lo aplicaban con severidad la Ley y el Templo.52

He aquí una descripción general de la realidad del tiempo de Jesús:

El «mérito» de la observancia de la Ley, el ayuno, la limosna, el culto, y el bienestar físico y económico, la prosperidad, el éxito, la honra pública y la buena posición social, eran vistos como señales seguras de bendición de Dios, de premio y de salvación. En cambio la ignorancia de la Ley, así como la pobreza, la indigencia, la enfermedad física o psíquica, el fracaso, ciertos oficios, la ruina económica, la deshonra, el rechazo, la marginación y exclusión social, todas las deficiencias y desdichas personales y familiares, o el simple hecho de no ser judío o de ser mujer, se veía como señales de desgracia y de pecado, de maldición divina y de condenación.53

Es fácil distinguir quienes son las personas indeseables, «población sobrante», los nadies. Estas personas estaban excluidas de la comunidad, oficialmente excluidas de la esperanza mesiánica, de la espera del Mesías y del Reino de Dios. Jesús asumió la misión de compartir con toda esa gente excluida su experiencia filial del amor de Dios y de su causa del Reino de vida que no excluye a nadie, donde los nadies son alguien, se incluye a toda la humanidad, también a los enemigos, pero, incluye primero a los últimos, los excluidos.

Por eso, hoy, a la luz de la vida de Jesús y desde Latinoamérica, vemos la Exclusión como realidad fundante del pecado estructural, cuyo origen se encuentra en el egoísmo personal que se ha ido transformando en procesos dentro del actual sistema capitalista neoliberal, y en su estructura subyace como la matriz de muchas otras formas de pecado que atentan constantemente contra la dignidad y la vida del ser humano. La Exclusión se ha hecho pecado estructural en el mundo.

Concretamente en Latinoamérica, el desafío mayor es la Exclusión creciente de grandes sectores de la población al acceso de las necesidades básicas, indispensables para vivir dignamente, y quizás deberíamos decir simplemente, para vivir.54

Es fácil comparar la realidad del tiempo de Jesús con la realidad actual de nuestros pueblos. La teología latinoamericana explícitamente asume como su interlocutor al no­persona, a los nadies; Gustavo Gutiérrez los define como «aquellos no considerados como seres humanos por el actual orden social: clases explotadas, razas excluidas o marginadas, culturas despreciadas, donde la mujer de esos sectores es, doblemente explotada, excluida o marginada y despreciada.»55

Desde esta afirmación de Gutiérrez, se tocan otras dimensiones que traspasan lo económico haciendo referencia a la dignidad de la persona y al sentido de la vida. De acuerdo a la experiencia, comúnmente la Exclusión carcome espacios íntimos de la persona hasta hacerla sentir indigna e insignificante, frente a sí misma, frente a las demás personas y hasta frente a Dios. El sentido de la vida desaparece del horizonte. La esperanza se difumina. Los sueños se desvanecen y las utopías mueren.56 ¿Qué hacer para sobrevivir en un mundo donde distintas «humanidades» (pobre, india, negra, mujer, desempleado, etc.) son formas ilegítimas de existencia humana? Ésta es la pregunta que se hacen muchos teólogos, a partir de la negación humana hecha por el sistema hegemónico y la Exclusión que genera.

La conclusión de los expertos en economía, analizando la realidad latinoamericana: el modelo capitalista neoliberal presentado como verdad suprema dogmatizada e impuesta por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, nos ha traído más pobreza y desigualdad, mayor concentración de la riqueza y extranjerización de los beneficios, y más desempleo. Y todo ello hace que reine la injusticia, la Exclusión y la deshumanización que eso manifiesta.57

El costo social de este sistema es tan grande que teólogos y economistas develan su carácter idolátrico porque exige el sacrificio de vidas humanas. Son pueblos enteros los que se encuentran crucificados. «Las sangre de las víctimas del sistema capitalista neoliberal clama al cielo y el Señor la escucha, dejando al descubierto a la Exclusión hecha pecado».

  1. Cfr. Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia. 1985. No. 2.
  2. Cfr. Ibid. No. 15.
  3. Cfr. Consejo Pontificio «Justicia y paz». Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Editorial Printer Colombiana. Colombia. 2006. No. 117, 118.
  4. Cfr. González F., José I. Proyecto de hermano: Visión creyente del hombre. Editorial Sal Terrae. España. 1987. P. 239.
  5. Cfr. Jn 1, 10.29
  6. Cfr. Gn 1, 28; 2, 15
  7. Cfr. Ibid. Pp. 243­-247.
  8. Cfr. Ibid. P. 253.
  9. Ibid. P. 255.
  10. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Puebla: La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina. EDICA S.A., Madrid, España. 1979. No. 28.
  11. Ibid. No. 70.
  12. Gn 4, 10
  13. Cfr. Díaz M., Manuel. El Dios que libera. Centro de Estudios y Publicaciones13CEP
  14. Dt. 10, 18; 16, 11; 14, 28; 24, 17ss.
  15. Is 10, 1­2
  16. Sal 140, 13
  17. Dt 29, 10
  18. Ibid. P. 54.
  19. Ecl 8, 9
  20. Jb 31, 13.15
  21. Wolff, H. Antropología del Antiguo Testamento. Editorial Sígueme. Salamanca, España. 1975. P. 267.
  22. Lev. 26, 13
  23. Cfr. Díaz M., Manuel. El Dios que libera. Centro de Estudios y Publicaciones24CEP
  24. CEP
  25. Is 10, 1­2
  26. Dt 27, 19
  27. Ex 22, 21
  28. Cfr. Ibid. P. 59.
  29. Is 49, 4
  30. Is 53, 2­3
  31. Is 53, 8
  32. Is 53, 4
  33. Is 53, 5
  34. Is 49, 4
  35. Cfr. Ibid. Pp. 60, 61.
  36. Is 42, 1
  37. 1 Cor 1, 26ss.
  38. Cfr. Lv 13; Nm 12
  39. Nm 12, 9ss.; Lv 13, 45ss.; 2 Re 5, 27; 2 Cro 26, 16­21
  40. Job 10, 13
  41. Lev 13, 45­-46
  42. Cfr. Castillo, José M. El Reino de Dios, por la vida y la dignidad de las personas. Editorial Desclée de Brouwer, S. A. Bilbao, España. 1999. P. 90.
  43. Cfr. Gnilka, J. El evangelio según san Marcos. Volumen I, Editorial Salamanca. España. 1986.
  44. Lv 5, 3; Nm 5, 2­3
  45. Mc 1, 41
  46. Cfr. Castillo, José M. El Reino de Dios, por la vida y la dignidad de las personas. Editorial Desclée de Brouwer, S. A. Bilbao, España. 1999. P. 91.
  47. Cfr. Ibid.
  48. Mateos, J., Camacho, F. El Evangelio de Marcos. Volumen I, Córdoba, España. 1993. P. 236.
  49. Cfr. Aragó M.; Joaquín, M. Apuntes de Cristología. Publicaciones de la Facultad de Teología, Universidad Rafael Landívar. No. 2. 1998. P. 41.
  50. Cfr. Cabestrero, Teófilo. Clamor por el Reino de Vida en Latinoamérica ante los poderes de exclusión y de muerte.
  51. Ibid.
  52. Cfr. Tamez, Elsa. Contra toda condena. La justificación por la fe desde los excluidos. Editorial DEI. San José, Costa Rica. 1993. P. 41.
  53. Gutiérrez, Gustavo. La fuerza histórica de los pobres. Editorial CEP. Lima Perú. 1979. P. 353­-354.
  54. Cfr. Tamez, Elsa. Contra toda condena. La justificación por la fe desde los excluidos. Editorial DEI. San José, Costa Rica. 1993. P. 45.
  55. Cfr. Cabestrero, Teófilo. Clamor por el Reino de Vida en Latinoamérica ante los poderes de exclusión y de muerte.

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