Los desafíos en la formación hoy

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Evelyne Franc, H.C. · Year of first publication: 2011 · Source: Ecos de la Compañía.
Estimated Reading Time:

1. Introducción

formacionPara comenzar esta reflexión-meditación, me gustaría invitarlas a contemplar durante unos instantes, con la imaginación, una escena conmovedora que tuvo lugar durante una sesión del Consejo de la Compañía, el 30 de octubre de 1647. Se trataba de la formación y san Vicente, lleno de entusiasmo, afirmó que era algo muy importante, ya que «Se trata de formar a unas jóvenes para que puedan servir a Dios en la Compañía, hacer que arraiguen en la virtud, enseñarles, la práctica de sus reglas y de todas las virtudes».

Algunos meses más tarde, durante otra sesión del Consejo celebrado el 22 de marzo de 1648, San Vicente se dirige a Sor Juliana Loret, primera Directora del Seminario «un alma grande en un pequeño cuerpo», insistiéndole en su responsabilidad de enseñar a las Hermanas a hacer oración, a entender el espíritu de la vocación y a vivirlo. Sor Julienne se asustó, porque se sentía incapaz de asumir tal responsabilidad y lo manifestó pidiendo ayuda a Santa Luisa. Entonces, san Vicente la anima en estos términos: «Sea usted una hermana de oración y Nuestro Señor le enseñará todo lo que hay que saber».

Tal vez ustedes experimenten los mismos sentimientos que Sr Julienne Loret ante la responsabilidad de formadora que les ha sido confiada. En efecto, se trata de un servicio delicado, no sin dificultad, en el que ustedes son testigos de la sorprendente acción de Dios en la vida de cada persona. Por otra parte, están ciertamente convencidas de que para realizar la misión de formación, necesitan de la ayuda del Espíritu Santo «el animador de toda vocación, el que acompaña el recorrido…, el iconógrafo interior que modela con imaginación el rostro de cada uno según Jesús».

En esta presentación-meditación sobre los desafíos de la formación, me gustaría evocar una parábola y tres escenas evangélicas; podrán ofrecernos pistas para la reflexión e invitarnos a profundizar en la formación que es, no lo olvidemos, un desafío para toda la Compañía. En efecto, como nos lo recuerda la Instrucción «Caminar desde Cristo», el camino de una renovación auténtica para todas las congregaciones «depende principalmente de la formación de sus miembros». Constatarán que las pistas no son nuevas, pero me parece bien ofrecerles un recuerdo de algunas nociones esenciales de nuestra formación vicenciana en fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia y tener en cuenta el contexto de este comienzo del siglo XXI. Les invito pues, a profundizar cuatro pasajes del Evangelio y a dejarse interpelar por el mensaje que nos dirige. En primer lugar, dedicaremos cada vez dos minutos de silencio, para dejar que la imagen nos toque el corazón, luego, al final de la reflexión, cantaremos juntas uno de los estribillos que tendrán ante ustedes.

He escogido cuatro pasajes: la parábola de la casa construida sobre roca, la Anunciación, el lavatorio de los pies y la Resurrección, porque para mi, cada uno está en armonía con nuestro carisma.

2. Parábola de la casa: construir sobre Cristo y con Cristo

Comencemos evocando la parábola de la casa edificada sobre roca, construida por un hombre sagaz: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. Cf. (Mt, 7, 24-29)

Esta parábola de Jesús nos permite entrar directamente en la ardua y delicada tarea de la formación, que exige un trabajo paciente, sólido y continuo, junto con un discernimiento atento y un acompañamiento lúcido, si se desea construir la vocación sobre un fundamento resistente. «Construir sobre roca quiere decir ante todo: construir sobre Cristo y con Cristo».

Construir sobre roca, es construir sobre la fidelidad y la esperanza, apoyándose sobre la roca sólida y segura, Cristo siempre fiel «es el mismo ayer y hoy y lo será siempre». Los cimientos de un edificio son la base que lo mantiene en pie, la base sobre la que se construye, burlando el paso del tiempo y las intemperies. ¡Cómo necesitamos construir la vocación de las Hijas de la Caridad sobre la roca firme, evitando las arenas movedizas que harán temblar todo el edificio, si sobrevienen tornados o lluvias torrenciales! Seguir a Cristo, es escuchar su voz, acoger su voluntad, aceptar sus valores, configurarse, progresivamente en Él. A lo largo de su camino, la persona en formación deberá asimilar los mismos sentimientos de Cristo: «Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor, Evangelizador de los pobres».

En este objetivo, la formación inicial es esencial, debe proporcionar convicciones fundamentales que servirán de base a la vocación de Hija de la Caridad. El proyecto de formación provincial, debe asegurar la coherencia, la unidad y la progresión entre las etapas. Lo que se vive en una etapa, debe profundizarse en la siguiente, que, a su vez, completa la anterior. La unidad de criterios entre las formadoras es un elemento indispensable para que la formación siga un proceso armonioso y adecuado.

A este propósito, me gustaría recordarles una observación hecha por el famoso psiquiatra Victor Frankl para ilustrar la importancia de la adquisición de sólidas convicciones para poder superar momentos muy difíciles y resistir ante las crisis.

Durante su internamiento en un campo de concentración, observó que las personas que tenían más posibilidades de sobrevivir no eran forzosamente las más fuertes físicamente, sino las que tenían una vida interior profunda, una razón y unos proyectos para vivir. Todo esto les daba la fuerza para luchar, para resistir a las terribles condiciones de vida y a la tentación de dejarse llevar y claudicar.

Esta parábola evangélica nos ofrece grandes desafíos: vivir la vocación con profundidad, apoyándose en convicciones sólidas, dando un lugar central a la Palabra de Dios, reconociendo que Dios nos habla en la Sagrada Escritura, por la Iglesia, a través de los acontecimientos.

Para vivir en profundidad la vocación, es importante reavivar el espíritu de fe porque «sin fe es imposible agradarle (Dios)». Una vida de fe profunda lleva a la confianza y al abandono total en el Señor.

Hoy en la formación, es importante estar atentas a la influencia del relativismo, con su alergia a la verdad, que proclama que «todo vale» y que conduce a vivir sin convicciones. Además, el mundo de la cibernética, que ocupa un lugar importante en la mentalidad de las jóvenes generaciones, favorece un estilo de vida que vacía de su contenido la relación interpersonal. La formación debe estar atenta a estas realidades para «educar el juicio crítico, base de una conciencia recta».

El fin último de la formación es mostrar la hermosura de una vida de fe y ayudar a cultivarla dándole unas bases sólidas. La Palabra de Dios, la Eucaristía, la vida sacramental y la oración deben ocupar un lugar central en la vida de la Hija de la Caridad, desde los comienzos de su recorrido vocacional.

Necesitamos una gran fuerza espiritual para afrontar las tempestades de nuestra época. Vivir la vocación en profundidad, permite resistir y afrontar los desafíos del relativismo y del subjetivismo que podrían minar y debilitar los fundamentos de la vocación.

La formación debe contribuir a desarrollar la capacidad de reflexión y de discernimiento evangélico, ante la dispersión y la superficialidad del contexto que nos rodea. La formación debe ayudarnos a crecer en la responsabilidad personal, a dejarnos educar por la vida, las personas y los acontecimientos. Tiene varias dimensiones: humana, social y profesional; bíblica, teológica y vicenciana. Está siempre atenta a las enseñanzas de la Iglesia universal, aprovecha todos los medios ofrecidos por la Compañía.

3. Icono de la Anunciación: El Sí de María, un ejemplo para nuestro Sí

Muchos poetas y artistas han sabido penetrar la profundidad del misterio de la Anunciación y han inmortalizado su mensaje ayudados por sus versos, sus himnos o sus pinceles. Se cuenta, incluso, que algunos han pintado esta escena de rodillas.

Las palabras de María al ángel: «He aquí la esclava del Señor… hágase en mí según tu palabra», expresan su disposición por aceptar con humildad el plan de Dios así como su don total y su abandono confiado en Él.

El fiat de María traduce su compromiso para seguir lo que el Señor le pide en este momento preciso y a lo largo de su vida. Este fiat culminará en el Calvario cuando se ofrecerá con su Hijo en cruz.

El icono de la Anunciación es un SÍ a dejarse conducir por el Espíritu Santo, un sí al amor y a la fidelidad.

El fiat de María es el modelo del Sí de las Hijas de la Caridad como respuesta a la llamada de Dios para servir a Cristo en los pobres. El sí de María estimula a las Hijas de la Caridad a vivir el don total tomando a María «… como maestra de vida espiritual,…para hacer, como Ella, de la propia vida un culto a Dios, y de su culto un compromiso de vida».

Esta escena de la Anunciación nos ofrece grandes desafíos: vivir nuestro don total a Dios en fidelidad alegre y dinámica; vivir una vida espiritual profunda, dejándonos conducir y transformar por el Espíritu.

Vivir el don total a Dios en la Compañía supone acoger con alegría las peticiones de Dios, aceptando las mediaciones a través de las que se manifiestan. San Vicente animaba a las Hermanas a vivir como Jesucristo en fidelidad a la voluntad del Padre: «durante toda su vida no hizo otra cosa, y la Hija de la Caridad que tiene que formarse sobre el modelo de Jesucristo, ¿querrá hacer algo distinto de la voluntad de Dios?» .

Del mismo modo, santa Luisa animaba a las Hermanas a disponerse para recibir el Espíritu Santo y a inflamarse de su amor para amar la santa voluntad de Dios.

«Me parece que el primer medio que nos ayudará a portarnos como verdaderas Hijas de la Caridad, es el de estar siempre dispuestas a practicar la santa obediencia con el fin de cumplir la voluntad de Dios».

La formación debe ayudar a adquirir y desarrollar las costumbres que facilitan la vida interior, en un itinerario de crecimiento y en actitud de apertura y docilidad constante al Espíritu Santo.

La libertad y la autonomía personal son valores muy apreciados por las culturas actuales, pero pueden engendrar posturas individualistas que debilitan las bases evangélicas de una vida comprometida, alejándonos de la búsqueda de la voluntad de Dios. «Pues bien, hermanas mías, mientras la Compañía tenga esta santa virtud, permanecerá en pie; pero cuando le falte, vendrá la decadencia».

La persona sin vida interior es como una fuente sin agua. La formadora debe tener un cuidado especial para formar la vida de oración, profundizando en el espíritu de la liturgia y en la vida sacramental.

La vida espiritual debe ocupar el primer lugar en los programas y en las actividades de formación porque «La vida consagrada hoy necesita sobre todo de un impulso espiritual, que ayude a penetrar en lo concreto de la vida el sentido evangélico y espiritual de la consagración bautismal y de su nueva y especial consagración». Para nosotras, Hijas de la Caridad, no se trata de una nueva y especial consagración, sino de nuestro don total a Dios para el servicio de Cristo en los pobres, por eso hay que retener esta idea de reactivación espiritual.

4. Icono del lavatorio de los pies: La mística del servicio

Jesús «se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó». Lavar los pies era un signo de acogida y de respeto que realizaban los sirvientes y las mujeres. Esta escena descrita por San Juan es como un icono que quedará grabado en el corazón de los discípulos: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros».

Los evangelios sinópticos afirman que después de la fracción del pan, Jesús dijo: «haced esto en recuerdo mío». En efecto es lo mismo que durante el lavatorio de los pies: lo que Jesús acaba de hacer no es un gesto puntual, sino la expresión de un modo de vivir, que culminará en su pasión y en su muerte en la cruz. Para Jesús, servir es dar su vida entera. Celebrar el Eucaristía, participar en ella, es comprometerse con los gestos y las palabras de Cristo.

La contemplación del icono de Jesús lavando los pies de sus discípulos enseña a las Hijas de la Caridad a escoger las actitudes adecuadas para realizar su servicio. Se trata de desprenderse de uno mismo, revestirse del atuendo de servicio, seguir a Cristo Servidor. Nuestro servicio de los pobres implica vivir la actitud de sierva con una humilde dulzura: «sino que habéis sido llamadas a humillaros, a servir a Dios y a los pobres».

La actitud de sierva cambia el corazón y lo conduce a «no tener más tesoro que Dios».

El servicio que realiza Jesús irradia dulzura y bondad, recordemos a santa Luisa que aconsejaba a las Hermanas que servían a los pobres estas mismas actitudes: «¡Si supieran ustedes, queridas Hermanas, qué humildad, qué mansedumbre y sumisión quiere Nuestro Señor de las Hijas de la Caridad, sufrirían si advirtieran que no lo practicaban!» .

Esta escena del lavatorio de los pies nos invita igualmente a grandes desafíos: vivir con autenticidad el carisma de la Compañía, realizar el servicio con actitud de sierva, con humildad, sencillez y caridad, dejarnos evangelizar por los pobres, considerarlos como nuestros Amos y Señores.

Las Hijas de la Caridad llamadas y enviadas para «hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra» necesitan aprender del Hijo de Dios que «no hay miseria alguna que puedan considerar como extraña a ellas» .

La formación debe ayudar a las Hermanas a ser sensibles a todas las situaciones de sufrimiento, a buscar a los pobres, hacerse cercanas a ellos, estar presentes allí donde la persona humana está herida por la vida, allí donde hay una injusticia para combatir, allí donde haya un corazón dolorido que necesita consuelo.

Según el espíritu de los Fundadores, las Hijas de la Caridad unen el servicio corporal y espiritual para llevar a los pobres a experimentar personalmente el amor de Dios. El servicio de los pobres y la lucha contra la pobreza, implican el trabajo en favor de la dignidad humana, el respeto y la defensa de la vida, el esfuerzo por la justicia, la paz y la libertad.

La formación debe ayudar a las Hermanas a aprender a ser siervas, a servir a los pobres con dulzura y respeto, devoción, cordialidad y compasión. La formación debe ayudar a las Hermanas a ver a los pobres con una mirada de fe, reconociendo en ellos al mismo Jesucristo que se identifica con los pequeños porque «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis».

La formación debe enseñar a vivir la relación con los pobres, a consumir su vida a su servicio, con alegría. En un mundo en el que los pobres están olvidados, la formación lanza el desafío de dejarse evangelizar por ellos, reconociendo la acción de Dios en sus vidas.

Me gustaría añadir otro desafío importante de la formación: formar en un modo de vida coherente con los compromisos que se derivan de los Consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, asumidos por los votos. Nuestro mundo que absolutiza lo material y lo efímero, que sobreestima la eficacia, que promueve la competición, nos lanza al desafío de llegar a la unidad de vida, integrando todas las dimensiones de la vocación. Este mundo nos lanza el desafío de vivir con alegría y agradecimiento la castidad, vivir con una humilde confianza en la Providencia, en el servicio de los pobres con una generosidad gratuita, siendo testigos del amor misericordioso de Cristo que lavó los pies a sus discípulos.

5. Icono de la Resurrección: Una fe para confesar y una alegría para irradiar.

«El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado». «No temáis,… ha resucitado… id enseguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis». Muy temprano, justo a los primeros albores del día, las mujeres corrieron al sepulcro con tristeza y preocupación, llevando hierbas y perfumes para la sepultura porque no pudieron hacerlo el viernes por la tarde, debido a la preparación de la Pascua. Su gran preocupación era saber quién haría rodar la piedra del sepulcro, pero cuando llegaron, la encontraron ya a un lado.

«El que buscáis no está aquí, ha resucitado…Id enseguida a decir a sus discípulos» . Este mensaje hizo estremecer el corazón de las mujeres, en ellas se iluminó un destello de esperanza. Estaban conmocionadas y llenas de alegría. Con rapidez, obedecieron al ángel y fueron a buscar a los discípulos para anunciarles la gran noticia: «¡El Señor ha resucitado!»

La contemplación del icono de la Resurrección invita a las Hijas de la Caridad a comunicar la experiencia del Señor resucitado y su amor inmenso por los hombres. Nuestro mundo que alberga tantas realidades de muerte (injusticias, violencias, sufrimientos, cansancio, dolores…) tiene necesidad de esperanza y vida. Sí, existe la esperanza porque Cristo ha resucitado. El ofrece a todos los hombres una vida nueva.

Como Hijas de la Caridad, sentimos la urgencia de ser testigos de la Pascua, de «revelar el Señor a los pobres,… les anuncian el Evangelio, explícitamente cuando es posible, y siempre a través de nuestra vida».

Esta misión apostólica necesita el apoyo de una vida fraterna auténtica, misterio de comunión, fruto del espíritu Santo, que se alimenta de la Eucaristía, «La Eucaristía, memorial del sacrificio del Señor, corazón de la vida de la Iglesia y de cada comunidad, aviva desde dentro la oblación renovada de la propia existencia, el proyecto de vida comunitaria, la misión apostólica. Todos tenemos necesidad a diario… del encuentro con el Señor, para incluir la cotidianeidad en el tiempo de Dios».

La formación debe ayudar a las Hermanas a construir la Comunidad como realidad de fe, con miras a la misión de la Compañía en la Iglesia.

Este aprendizaje de la vida comunitaria se manifiesta en las relaciones sencillas y transparentes, en la aceptación y la acogida de cada Hermana como un don; en la capacidad de discernir, de confesar la fe, de compartir lo que se es y lo se tiene, de vivir la reconciliación y el perdón, la apertura del corazón, en una disponibilidad sin fronteras, porque el carisma de la caridad es universal.

Esta escena de la Resurrección nos lanza también desafíos: vivir con autenticidad la vocación, dinamizar la vida fraterna en Comunidad, reforzar el sentido de pertenencia en la Compañía, reavivar el espíritu misionero.

Necesitamos reanimar el fuego de la caridad de Cristo que nos apremia a servir a los pobres, a todos los pobres, por todas partes. Sin este fuego en nuestra vida, no seremos capaces de transmitir la fe y la esperanza, no podremos irradiar el amor. Sin el fuego del Espíritu, nuestros servicios, nuestras obras no podrán comunicar a Jesucristo, los programas de formación serán letra muerta y nuestros esfuerzos en el campo de la formación serán estériles.

¡Cuántas generaciones de Hermanas que nos han precedido en el camino de la vocación han sabido reavivar constantemente en ellas el fuego del Espíritu, viviendo con autenticidad el carisma de los Fundadores. Su compromiso, su don generoso y valiente en una vida de caridad siempre en misión, brilla para siempre!

El mundo actual nos desafía a mostrar la identidad del carisma de la Compañía de manera clara y legible. La formación debe ayuda a las Hermanas, desde la admisión al Seminario, a tomar conciencia de su pertenencia a la Compañía, a descubrir su responsabilidad como miembros de esta Compañía. La formación les conduce a un conocimiento y a una práctica de la vida de la Hija de la Caridad, tal como la presentan las Constituciones y Estatutos, a poner a los pobres en el centro de su contemplación de Cristo, así como las actitudes misioneras necesarias para vivir la proximidad con ellos.

Un gran desafío es el de formar en la disponibilidad: es uno de los tests prácticos que permiten verificar la posibilidad en las candidatas de llegar a ser Hijas de la Caridad. Ser sierva de los pobres exige una disponibilidad total, a todas las horas, en todo momento; no estar nunca de vacaciones en el servicio, sino siempre dispuestas para servir a los pobres «como se corre a apagar el fuego», según lo decía san Vicente, teniendo en cuenta, ciertamente, el equilibrio de vida. Toda nuestra vida pertenece a los pobres porque se la hemos dado totalmente a Dios.

Una fe para confesar y una alegría para transmitir

Para concluir, me gustaría retomar algunas palabras del Santo Padre Benedicto XVI extraídas de su mensaje para la jornada de oración por las vocaciones del próximo 15 de mayo: «El arte de promover y de cuidar las vocaciones encuentra un luminoso punto de referencia en las páginas del Evangelio en las que Jesús llama a sus discípulos a seguirle y los educa con amor y esmero. …En primer lugar, aparece claramente que el primer acto ha sido la oración por ellos…También hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos; quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya».

Les invito a orar mucho por las personas en formación, el tesoro que el Señor ha puesto en sus manos. Acompáñenlas en su recorrido vocacional con un humilde desapego, para que ellas vivan su itinerario de formación «como una configuración progresiva con Cristo, en una fidelidad renovada al Espíritu y al fin de la Compañía».

Recen igualmente con fervor y confianza por los jóvenes que necesitan guías que les interpelen, les comuniquen su experiencia de fe, les muestren los caminos del futuro abiertos a la esperanza. Deseo, por último, animarlas a dar vigor a la pastoral vocacional en sus Provincias, conscientes de que «La capacidad de cultivar las vocaciones es un signo característico de la vitalidad» .

Que la Virgen María las acompañe en su misión de formación. A su ejemplo, déjense conducir por el Espíritu Santo que desea transformarlas para que puedan formar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *