El Retrato del Sr. Pouget ha aparecido antes de la guerra, por entregas, en una revista cuya influencia no sobrepasaba ciertos círculos. No se puede decir que la obra en ese momento haya conocido otra cosa que una reputación segura pero discreta. Acaba de ser editado en volumen y parece todavía que no se haya hablado mucho de él en zona no ocupada. Y es que, a pesar de las apariencias, el mundo no ha cambiado desde la guerra. Sigue tan ruidoso. Y por poco que una voz mesurada trate de hablarnos con un ejemplo austero y puro, corre peligro de no ser escuchada. En cuanto a un libro, hacerse oír quiere decir traspasar el círculo, estrecho o amplio, que se le ha formado, antes mismo de su aparición. Yo no pongo en duda, quede claro, que el Retrato del Sr. Pouget haya podido ser leído con entusiasmo en los medios católicos. Pero sería bueno que lectores bien diferentes tengan la ocasión de meditar este hermoso libro y yo querría justamente traer aquí el testimonio de un espíritu extraño al catolicismo.
Es una empresa singularmente ardua poner en escena la inteligencia y la modestia, intentar su retrato y convertirse en el novelista de una aventura espiritual. El Retrato del Sr. Pouget pertenece a un género difícil de definir, más delicado todavía emparentarlo. No es la amistad que inspira, Montaigne hablando de La Boétie; sería más bien la veneración, Alain intentando dar vida nuevamente a Jules Lagneau. Hay siempre algo de conmovedor en el homenaje que un hombre rinde a otro hombre. Pero que podría gloriarse de definir este sentimiento tan apasionante que liga a ciertos espíritus con los lazos del respeto y de la admiración. Es un parentesco a veces más sólido que el de la sangre. Bien pobre en efecto quien no ha tenido esta experiencia, feliz quien habiéndola tenido, se ha entregado a ella. Es una experiencia de este género en todo caso lo que el Sr. Guitton nos refiere.
¿Quién era el Sr. Pouget? Un anciano sacerdote lazarista ciego total que reflexionaba sobre la Tradición y recibía a algunos estudiantes en la pequeña celda donde concluía su vida. Esta puede resumirse en algunas palabras : campesino, seminarista, profesor, enfermo y cuarenta años de retiro estudioso en la Casa de los Lazaristas. Se ve pues privada de esos hechos imprevistos que alimentan las biografías brillantes. Las solas peripecias de esta existencia están encerradas en una interminable reflexión sobre la Tradición y los textos. Así, hacer la biografía del Sr. Pouget equivalía a escribir pequeño manual de exégesis y de apologética, a hacer entrever una figura espiritual detrás de sus obras, su método y sus ideas.
Estas ideas estaban matizadas. El Sr. Puoget las adelantaba con mucha precaución. El Sr. Guitton ha puesto toda la medida y el respeto que hacía falta en su exposición. Resumirlas es por consiguiente traicionarlas. El lector pondrá remedio a este inconveniente teniendo a punto en la mente el índice de corrección necesario. En todo lo que sigue, en efecto, el Sr. Pouget habría estado y el Sr Guitton estaría en su derecho de exclamar: «¡Es bastante más complicado que todo eso! «.
Todo esfuerzo del Sr. Pouget parecía ser encontrar el camino medio entre la fe ciega y la fe razonante. No quería sostener lo que es insostenible, defender en la Escritura ambiciones que jamás ha tenido. El Sr Pouget soltaba lastre. Todo en las Escrituras le parecía inspirado, pero todo no le parecía sagrado. Había que hacer una elección. Bajo el punto de vista de una ortodoxia obstinada, ello podía ser peligroso. En realidad, no ha dejado de serlo. El Sr. Pouget, al parecer, sufría de desgracia oficial. Salía de allí ejercitándose en la serenidad y planteando un postulado: «La Iglesia no es infalible por las pruebas que propone, sino a causa de la autoridad divina con la que enseña «. Dicho esto, se trataba para él de hacer la parte del fuego, de discernir un mínimo irreprochable en los textos y de demostrar que ese mínimo bastaba para probar las verdades de la fe. El Sr. Pouget advertía por ejemploque se pide a los Evangelios un rigor histórico que a nadie se le ocurriría exigir de los historiadores de la antigüedad o de la Edad Media. Es muy conveniente contar con todo con la mentalidad particular a cada tiempo, con los saltos del clima moral a través de los siglos. Y se ha de distinguir cuidadosamente en la Escritura lo que corresponde a la inspiración divina y lo que proviene de una mentalidad propia de cierta época. Así la Biblia, hace tiempo, ha precipitado en el mismo infierno, sin discernimiento, a los buenos y a los malos. El Eclesiastés lo dice formalmente : «Pero los muertos no saben nada y no hay salario para ellos «. Y es que la idea de una recompensa moral era extraña en el medio judío primitivo. No se podría prohibir estos textos por consiguiente y arrancarlos, por medio de una tortura por la alegoría, la declaración de una inspiración divina.
A quien se extrañara por la despreocupación de Dios que aparentemente deja de este modo traicionar su pensamiento, el Sr. Pouget hubiera contestado que podía muy bien tratarse de un plan concertado. Dios ha proporcionado sus revelaciones a la capacidad de la criatura. La iluminación divina es demasiado viva para ojos humanos y la revelación debía ser graduada. «Dios es educador «, decía el Sr. Pouget.
Se ha necesitado llegar al siglo XX para creer que se podía filosofar sin saberse la ortografía. Esta idea habría escandalizado al Sr. Pouget. La pedagogía divina, como todas las pedagogías razonables, procede al contrario por etapas. No vaticina, enseña. Temporiza con el espíritu humano y le deja respirar. Dios se ha hecho así político y realista. El Sr. Pouget hablaba con mucho gusto de un nuevo atributo divino. La condescendencia (que se habría de tomar, supongo, en el sentido preciso : descender al nivel de…). La máxima divina sería así, según nuestro autor: » Ni demasiado, ni demasiado pronto, ni demasiado a la vez. » El resultado es que Dios ha hecho coincidir su enseñanza con la historia. La historia es la serie de las maniobras divinas para hacer penetrar las luces de la verdad al corazón ciego de la criatura. Se ha de tomar por consiguiente la revelación en su desarrollo, en su esfuerzo obstinado para desprenderse de las cortezas sucesivas de prejuicios seculares. La ciencia histórica es sagrada. El Sr. Guitton puede objetar con alguna fuerza a las críticas: » Lo que es de notar no es que el judeo-cristianismo se revista de mentalidades, es que se evada «. Notemos al fin que la Iglesia apoya este esfuerzo por su propio trabajo de definiciones del que el Sr. Pouget advierte que es casi siempre negativo. La Iglesia permite toda libertad a los teólogos. Rechaza tan solo las teorías que amenazan la existencia de la fe en su época. La revelación enseña lo que es, la Iglesia rechaza lo que no es. Esta última tendría que hacer respetar la marcha de la verdad, impedir que se la precipite y que se la extravíe. Los herejes, en suma, serían los que quieren ir más de prisa que Dios. Para la impaciencia, nada de salvación.
Estos principios de máximum, de mentalidad y de desarrollo fundamentan el método del Sr. Pouget. No toma el problema en su raíz, es cierto. La raíz es el problema de serlo y el Sr. Pouget parecía desconfiar de la metafísica. En todo caso la estima intelectual que inspira su empresa constituye una obligación al comentador quedarse sobre el plan elegido por el autor. En este plan no obstante, este método ofrece el flanco a una fuerte objeción. Corre peligro, en efecto, de hacer de la mentalidad la guantera de la exégesis. Todo lo que contradice la fe recae en la mentalidad: la discusión se evita. El Sr. Guiton, en este punto, da una respuesta que no es más que a medias tranquilizante. » El método vale lo que vale el espíritu que maneja «. Es verdad. Pero se corre el peligro de suprimir el problema de los métodos. No habría buenos o malos métodos, sino buenos y malos espíritus. Con algunos matices, eso no me parece extraordinario de admitir. Pero eso parece al contrario sorprendente para un espíritu que se coloca en la Tradición.
Se siente uno más cómodo por el contrario para señalar lo que parece sin precio en la reflexión del Sr. Pouget. Es que deja el problema de la fe intacto. Es lo que entendemos. Es necesario decirlo, para el propio Sr. Pouget, no se planteaba la cuestión. Pero toda exégesis supone incrédulos. Como los Pensamientos de Pascal, el pensamiento del Sr. Pouget tiene una dirección sobrentendida: es apologética, pero su método no trata de llevar directamente consigo la convicción. Eso es la obra de la gracia. La crítica del Sr. Pouget era negativa y preparatoria. Apuntaba a mostrar que la Escritura inspirada no ofrece nada que choque verdaderamente el buen sentido. Los textos divinos no pueden ser obstáculos en el camino de la fe. Son guías seguros, por el contrario. «De todo ello, decía el Sr. Pouget, no llega la fe, lo que es imposible, sino motivos suficientes para créer «. Así, con respecto a la inteligencia, un método así, tan generoso y tan modesto, deja la cuestión intacta. La elección sigue por entero. Ha entrado en su verdadero clima.
Se han entremezclado con demasiada frecuencia en efecto en estos cien años para acá los asuntos de la fe y de la ciencia. Un examen más flexible, por el contrario, entrega toda la libertad a los cristianos y a los increyentes. Los primeros no tratan de «demostrar» la revelación y los segundos ya no andan buscando ya más argumentos de la genealogías de la Biblia. El problema de la fe no yace en las argucias. Es por el buen sentido como el Sr. Pouget rinde sus prestigios a la gracia. Aquí él todo lo pone en orden, único modo de hacer avanzar al espíritu. Son los verdaderos méritos de semejante método. Y estos méritos, para ser discretos, son de tal forma inapreciables que hacen olvidar la sorprendente actitud que, durante tres siglos, puso en el Índice a Copérnico y a Galileo, o que erige en señal de la divinidad la más pequeña coma de la Biblia.
Albert CAMUS in Cahiers du Sud — avril 1943






