Las primeras Hijas de la Caridad

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Elisabeth, H.C. · Year of first publication: 1984 · Source: Ecos de la Compañía.
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Carta de Margarita Noret a Luisa de Marillac

Nantes, hoy 18 de marzo de 1647

¡Viva Jesús por siempre en nuestros corazones!

Señorita, muy amada Madre: La saludo a los pies de Nuestro Señor Jesucristo. Señorita, le rue­go me disculpe si he estado tanto tiempo sin es­cribirle.

Me gustaría tener la dicha de que goza mi her­mana.1 Ruego a nuestro bondadoso Dios le dé per­severancia y a mí fortaleza para sufrir todo lo que le plazca enviarme, porque soy muy débil.

Señorita, le aseguro que tengo el alma traspasa­da al ver todo lo que ocurre entre nuestras Herma­nas y el señor capellán.2 Le aseguro que pasan mu­chas cosas que van en contra de nuestras reglas: en primer lugar, la oposición que le hacen a sor Isabel.3 Y a menudo hasta se mofan de ella.

A veces, los ha encontrado juntos y les ha ad­vertido con suavidad,4 diciéndoles que eso no esta­ba bien. Y le han contestado que ni ella ni nadie se lo impediría, tratándola con un tono muy áspero.

Una vez encontré yo al señor capellán y a sor Catalina5 en el desván, lo que me desedificó mu­cho. Le ruego ponga usted remedio, porque todo, esto me da mucha pena.

A sor Enriqueta6 no le ha parecido bien que nos fuéramos a confesar con el señor de Annemont.7 Nos ha preguntado que si viniera uno de nuestros Padres, volveríamos otra vez y le hemos dicho que sí, sobre todo, porque creemos que a usted le pa­rece bien.

Nos ha ocurrido un accidente: es que se nos ha muerto una mujer sin confesar. Llegó a la una y mu­rió a las cuatro. A su llegada, el señor capellán no estaba, pero don Juan8 que estaba presente no qui­so confesarla.

Se nos han muerto también algunos (niños enfermos) que ya tenían edad de recibir los sacramentos, pero no se los administraron.

La Hermana (sor Isabel) me ha dicho que le diga a usted el temor que tiene de que el señor cape­llán, por estar demasiado con las Hermanas, des­cuide el atender a los pobres. No tenemos nada más que decirle a usted.

Le ruego salude a mi hermana sor Francisca y a todas nuestras Hermanas. Quedo de usted muy humilde Hermana.

Margarita Noret

P.D. La señorita La Pinsonnière se encomienda a sus oraciones y besa a usted la mano.

En aquel mes de marzo de 1647, Margarita Noret trabajaba en el hospital de Nantes donde había numerosos enfermos.

Margarita formaba parte del grupito de seis Hermanas que habían llegado a Nan­tes ocho meses antes, en agosto de 1646, grupito acompañado por Luisa de Marillac. No había sido fácil escoger a las Hermanas para aquel establecimiento. En el Consejo de 28 de junio de 1648 se habían propuesto y aceptado varios nombres. Dos de las Hermanas escogidas no llegaron a ír. En cuanto a Margarita, no se dudó. Los funda­dores la conocían hacía diez años y la apreciaban.

Los primeros años en Comunidad

La familia Noret es oriunda de Liancourt. Tres de las hijas: Francisca, Margarita y María son admitidas en la Compañía de las Hijas de la Caridad. La familia es propieta­ria de varias casas. A la muerte de la señora Noret, se hace repartición de la herencia entre los hijos, lo que prueba que el padre ya había fallecido.

En 1936, el señor Vicente habla de las «buenas muchachas» que han venido de Liancourt. Seguramente se trata de Francisca y Margarita Noret. Como las demás jó­venes que se presentan para servir a los pobres, Francisca y Margarita son destinadas a parroquias de París, al lado de otras Hermanas más antiguás. Y con regularidad van a la Casa Madre a recibir la formación que imparte Vicente de Paul, lo mismo que la señorita.

Margarita debió de ir después a Nanteuil, en donde permaneció uno o dos años. El señor Vicente, en una carta dirigida a Luisa de Marillac, habla de la Hermana de Lian­court que ha regresado de Nanteuil, y Juana Dalmagne, en su carta a la Señorita (cf. Ecos, diciembre 1982), refiere cómo ella y sus compañeras han abierto los paquetes de Margarita, mientras ésta ha ido a la ciudad a despedirse de sus conocidos. Lo que no sabemos es cuál fue la reacción de Margarita.

Después de los Ejercicios Espirituales anuales, que hace en la Casa Madre, Mar­garita reanuda su servicio en una de las parroquias de París. De ahí es de donde sale para Nantes, en julio de 1646.

Envío en misión a Nantes

La comunidad de Nantes fue muy bien recibida a su llegada. Todas las señoras de la ciudad y hasta las religiosas de clausura querían ver a las Hermanas. Una corriente de entusiasmo recorrió la ciudad. Muy pronto, las seis Hijas de la Caridad iban a poner remedio a los abusos que se daban en el hospital, donde no se administraban a tiem­po los cuidados y medicamentos, la alimentación era insuficiente, la limpieza dejaba mucho que desear. Margarita, llena de fervor, se entrega a fondo a esa tarea.

Durante un mes, la nueva comunidad puede aprovecharse de los consejos de la Señorita. Se ajustan los puntos prácticos con los administradores. Resulta difícil de resolver la cuestión de las compras y de la despensa, porque de ellas se encargaba una mujer que no quiere soltar sus «poderes» en el hospital. Poco a poco y gracias a la prudencia y tacto de Luisa de Marillac todo se va arreglando. Hacia mediados de septiembre, Luisa regresa a París.

Primeras dificultades

La vida de la comunidad, orientada hacia el servicio corporal y espiritual de los pobres, se ve sostenida por la oración, por los encuentros comunitarios. Isabel Martín, la Hermana sirviente, se halló en los principios del establecimiento en Angers y tiene experiencia de la vida hospitalaria.

Sin embargo, muy pronto la Comunidad es objeto de críticas. Hay quienes no aceptan que las Hermanas hayan puesto fin a los abusos de los que ellos se aprove­chaban. Otros critican su manera de vivir. Las murmuraciones, repetidas por unos y otros, van creciendo.

Las Hermanas sufren por este estado de cosas. Algunas intentarán explicarse, justificarse. Enriqueta Gesseaume, llegada en noviembre para ocuparse de la farma­cia, no temerá dar explicaciones. Pero, a fuerza de oír quejas y murmuraciones sobre la conducta de la Comunidad, acaba por ver mal todo lo que hace su Hermana sir­viente. Y algunas compañeras la siguen.

Así es como progresivamente van formándose partidos en la Comunidad. Por una parte, la Hermana sirviente, muy sostenida por Claudia Brígida y por Claudia Carré, su asistenta, y por otra, Enriqueta Gesseaume, Catalina Bagard y Antonia Larcher. Las otras dos Hermanas no se inclinan demasiado a ninguno de los dos lados. Margarita Noret más bien lo haría del lado de la Hermana sirviente y María Thilouze del de sor Enriqueta, con la que había llegado de París en noviembre de 1646.

La situación comunitaria se degrada rápidamente. El partido de Enriqueta y Cata­lina se apoya en el señor capellán del hospital, que no acepta a la superiora. Las reu­niones con él son frecuentes, al principio espontáneas, en cualquier recodo del pasillo; después, deseadas y preparadas. A Catalina Bagard le va a faltar prudencia. Se le han olvidado pronto los consejos dados por el señor Vicente. ¿Por qué ha subido aquel día al desván con el señor capellán? ¿A qué se debían aquellas risas que todo el mundo pudo oír?

Y empiezan a vigilarse recíprocamente, a espiarse. Cualquier cosa que hagan una u otra, se critica, se repite, se exagera. Catalina ha encargado unos pañuelos para el capellán. La cosa se sabe y se piensa interceptar el paquete. Con él se tendrá una prueba palpable para acusarla.

Antonia es un poco glotona. Entonces se la espía en el refectorio. Una Hermana que trabaja en la habitación contigua observa lo que se sirve en el plato. Y su falta de mortificación se comenta duramente.

Isabel va a buscar consejo fuera del hospital. Ello basta para que se diga que no está nunca en casa, que falta a su deber. La desunión va creciendo, la vida de oración debilitándose. Se cruzan palabras violentas.

El señor de Jonchéres, director espiritual escogido por Vicente de Paul, intenta remediar el desorden. Reúne a las Hermanas, las invita a que reflexionen sobre su vida y las insta para que tomen unas resoluciones prácticas. Ante el poco éxito de su intervención, escribe a la señorita Le Gras con fecha 2 de marzo. Reconoce que las Hermanas no tienen mala voluntad, que aman su vocación, que su fondo es bueno…, pero añade:

«Algunas diferencias naturales de sus caracteres no les dejan abrirse unas a otras con bastante libertad».

Indica que el clima de la Comunidad es de silencio desconfiado, de antipatías no combatidas, de distanciamiento de los espíritus.

Ante la situación que empeora, Margarita se decide a escribir a los superiores. La desunión, la falta de caridad, las críticas continuas producen negligencia en el servicio a los pobres enfermos. No se prestan a tiempo los cuidados, hay descuido en la asis­tencia espiritual. Todo su ser de Hija de la Caridad se levanta contra esto. No es posi­ble que la cosa continúe así. Los pobres no pueden pagar las consecuencias de la desunión comunitaria. La muerte de una mujer en unas horas y sin ningún auxilio es­piritual, hace que inmediatamente tome la pluma.

Margarita refiere las cosas tal y como suceden. Se siente fuertemente interpela­da en la fidelidad a su vocación y pide ayuda a los superiores.

En el espacio de quince días, Vicente de Paul y la señorita, habrán de recibir va­rias cartas de Nantes: la del señor de Jonchéres, otra del capellán, que acusa áspera­mente a la Hermana sirviente, una de Claudia Brígida, dura para sus compañeras y una muy triste de Isabel Martín.

Con el fin de hacerse cargo de la situación y poner remedio a los desórdenes, los fundadores deciden enviar a Nantes a sor Juana Lepeintre y al señor Lamberto. Luisa de Marillac anuncia la visita regular, invitando a las Hermanas a que reflexionen de dónde pueden proceder las dificultades que se dan entre ellas y ver cómo se ha intro­ducido la cizaña.

«… porque en definitiva, Hermanas, tenemos que ser de Dios y completa­mente de El, y para que así sea, tenemos que arrancarnos de nosotras mis­mas. Créanme, echemos la sonda para descubrir nuestros males sin hala­garnos y veremos que no es sino el amor a nosotras mismas el que es nuestro mayor enemigo y la causa de que encontremos tanto que censurar en los demás, de que deseemos tanto nuestra satisfacción en todo.» (L.M. 195.)

Una extensa carta de Vicente de Paul llega también para ayudar a las Hermanas a preparar la visita. En ella les propone que reflexionen en lo que quiere decir: «Vivir como verdaderas Hijas de la Caridad». Les explica lo que es una tentación, su signifi­cado y les propone medios muy concretos para restablecer la paz entre ellas. Suplica a las Hermanas que no obren como niñas que buscan los mimos de la Hermana sir­viente, sino como personas responsables que han respondido a la llamada de Dios (ver C. III, 174; Síg. III, 180).

Cambio de Hermana Sirviente

La visita del señor Lamberto y de Juana Lepeintre concluye con algunos traslados: el de Isabel Martín, la Hermana Sirviente, a quien sustituirá Juana Lepeintre y se llama a París a Catalina Bagard y a Antonia Larche.

Estos traslados y la llegada, en julio, de dos nuevas Hermanas: Juana de Saint Al­bin y Jacoba, dan como resultado una renovación en la Comunidad. La paz se resta­blece y todas se sienten fortalecidas en su vocación. Muchas cartas van llegando de Luisa de Marillac para sostener el ánimo de las hermanas.

«Le ruego diga a todas nuestras Hermanas que las saludo y les pido que to­das las mañanas se levanten con nuevos ánimos de servir bien a Dios y a los pobres.» (L.M. 224.)

Luisa aprovecha esas cartas para comunicar a las Hermanas noticias de sus fa­milias.

«A Sor Margarita Noret, dígale que toda su familia está bien de salud, su hermana Francisca ha recibido su carta.» (L.M. 225.)

A pesar de la renovación operada, las dificultades no se han disipado totalmente. Ya había prevenido Luisa a las Hermanas:

«No hay que pensar en que puedan suprimirse por completo las maledicen­cias y calumnias, sino que hay que sufrirlas, ya que nuestro Maestro vivió y murió en tan gran paz en medio de sus calumniadores.» (L.M. 213.)

Sigue existiendo cierta desconfianza hacia las Hermanas. Hasta el obispo de Nantes comprende mal su género de vida.

Juana Lepeintre desea una Comunidad fervorosa. Se esfuerza por reducir las fre­cuentes salidas a la ciudad, las pérdidas de tiempo en conversaciones inútiles. Pero los malos hábitos son difíciles de reformar, una vez que se han adquirido en tiempos de relajación. Margarita protesta y —debilidad muy humana— lo que había condena­do en las otras es lo que ahora hace ella misma: empieza a criticar a su Hermana Sir­viente y va en busca de religiosos de la ciudad a pedirles consejo y apoyo, a la vez que cuenta sus penas a personas externas a la comunidad.

Desde París, Luisa de Marillac hace esta advertencia a Margarita:

«A Sor Margarita le ruego recuerde que si no es muy fiel a Dios, tendrá mu­cha cuenta que darle en el momento de la muerte. ¡Ah! ¡Qué peligroso es escuchar la voz de la carne y sangre!» (L.M. 245.)

Pero la advertencia no surte efecto. Claudia Brígida se une a Margarita en las crí­ticas… Ante la imposibilidad de restablecer la paz, Juana Lepeintre suplica que el señor Lamberto vuelva a visitarlas.

Así lo hace en el mes de julio de 1648. Ve a cada una en particular, reúne a la Comunidad, se entrevista con los administradores y con el nuevo capellán. El 17 de julio envía su informe a Luisa de Marillac. La apreciación que da de sor Margarita es severa y sugiere que se la llame a París:

«Sor Margarita tiene bastantes defectos, dada su edad, sobre todo, su poca unión con la Hermana Sirviente. Esta Hermana podría mantenerse bien, pero sería necesario que estuviera más cerca de usted unos cuatro o cinco años todavía. Sin eso, temo por ella que se deje coger por el espíritu del mundo y de la carne. La situación de esta casa expone de tal manera a las Hermanas a esos peligros que verdaderamente es una gracia extraordinaria de Dios en su vocación el que se conserven como lo hacen.»

La visita ha causado un sobresalto a Margarita. Se hace consciente de que su manera de ser y de vivir no corresponde a la de una Hija de la Caridad, de que los múltiples consejos que le vienen de fuera, lejos de servirle de provecho, hacen vacilar su vocación, de que su oración se ha hecho menos frecuente, de que deja de lado a su Hermana Sirviente… Por eso, cuando Luisa de Marillac le dice que regrese a París, obedece sin replicar.

El regreso a París

Llegada a París a fines del mes de agosto, Margarita abre sencillamente su alma a Luisa de Marillac, le comunica sus errores, también sus dificultades y su deseo de superarse. Luisa asiente con humildad:

«Cada una de nosotras es capaz de cometer todas las faltas que otras co­meten.» (L.M. 530.)

El 25 de diciembre del mismo año, asiste a la Conferencia de Vicente de Paul que trata del amor a la vocación.

«Hay entre vosotras, mis queridas Hermanas, lo sé muy bien, algunas que por la gracia de Díos aman tanto su vocación que se dejarían crucificar, des­garrar y cortar en mil pedazos antes que aceptar nada contrario a ella; y son muy numerosas, por la gracia de Dios…» (Conf. esp. núm. 756.)

Margarita debió de enrojecer al escuchar lo que sigue. ¿No era lo que acababa de vivir ella misma?

«Pero esto no se les ha dado a todas; y puede haber otras a quienes la vo­cación no les resulta tan suave, que se cansan de las prácticas, que no son tan sumisas y a las que la obediencia les parece un yugo pesado y difícil de soportar. Y éstas fácilmente pueden quebrantarse y quebrantar a las de­más.» (Ibid.)

Es posible que el señor Vicente se cruzara con la mirada inquietante y angustiada de Margarita, porque atenúa un poco sus reproches:

«No es que, por la gracia de Dios, conozca a algunas de esas; pero puede haberlas.»

No sería de extrañar que las lágrimas acudieran a los ojos de Margarita. En todo caso, las palabras siguientes son de aliento:

«… iAy! que me voy enfriando, ya no siento aquel primer fervor y me aco­bardo fácilmente. iYa no pienso en que Dios me ha traído!… Mis queridas Hermanas, tened mucho cuidado con esto… (otro) motivo que nos incita al… amor a nuestra vocación es su excelencia y grandeza… no sé que haya otra más grande en toda la Iglesia. Hacéis profesión de dar la vida por el servicio del prójimo, por amor a Dios. ¿Hay algún acto de amor que sea su­perior a éste?» (Ver números 757-58.)

Esta Conferencia deja profunda huella en Margarita. Se diría que el señor Vicente ha hablado especialmente para ella, que ha leído en su corazón. Regresa a casa llena de confianza, segura del amor de Dios; su casa es ahora la parroquia de San Gervasio, y en esta tarde de Navidad sube de su corazón un canto de acción de gracias porque el Señor la ha mantenido en su vocación, a pesar de sus caídas y sus faltas. Le gusta­ría poder gritar a las otras Hermanas la importancia que tiene una vida de unión den­tro de la Comunidad, la necesidad de comunicarse con su Hermana Sirviente.

Últimos años de su vida

Margarita ha recobrado su fervor en el servicio de los pobres enfermos, al que se entrega sin reserva. A finales del otoño de 1654, cae enferma con larga enfermedad que se va prolongando. En enero siguiente, Luisa de Marillac anuncia su fallecimiento a Bárbara Angiboust y a Ana Hardemont, dos de las antiguas en la Compañía que la han conocido. En ambas cartas, Luisa de Marillac habla sólo de sor Margarita, que es­taba en San Gervasio. Pero se trata evidentemente de sor Margarita Noret, ya que su nombre no figura en la lista de Hermanas presentes en la Compañía el 8 de agosto de ese año 1655.

Margarita tuvo una vida difícil, tuvo que luchar para permanecer fiel. Pero en el fondo de su corazón nunca faltó el amor a su Dios y a los pobres-

  1. Francisca Noret, Hija de la Caridad, está en la Casa Madre junto a Luisa de Marillac.
  2. El capellán del hospital es el señor Maurice Fuset.
  3. Sor Isabel o Elisabeth Martin es la Hermana sirviente. Está allí desde la fundación del establecimiento, en agosto de 1646.
  4. La Comunidad de 8 Hermanas está dividida en dos grupos.
  5. Sor Catalina Bagard llegó a Nantes en agosto de 1646, con otras cinco Hermanas, llevadas por Luisa de Ma­rillac.
  6. Sor Enriqueta Gesseaume llegó a Nantes algunos meses más tarde, en octubre de 1646.
  7. El señor d’Annemont, capellán del mariscal de la Melleraye, intervino ante el señor Vicente para obtener el envío de las Hermanas al hospital de Nantes.
  8. Don Juan Morisse, religioso, que por amor a los pobres se instaló en el hospital, es apreciado por las Herma­nas. (Carta de Luisa de Marillac en octubre de 1 646).

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