Las mártires del Asilo de San Eugenio (Valencia)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elías Fuente · Año publicación original: 1942.
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Rasgos comunes de su martirio.

Denominamos así a las gloriosas mártires Sor Rosario Ciércoles, Sor Micaela Hernán y Sor María Luisa Bermúdez.

El 27 de julio de 1936 se trasladaron al pueblo de Puzol (Valencia), hospedándose en la casa número 11 de la calle de San Pedro, donde vivía el cristiano matrimonio Antonio Moreno y Rosa Pérez, hermana carnal ésta de Sor Concep­ción, perteneciente asimismo a la Comunidad del Asilo de San Eugenio.

Y en paz de Dios y con tranquilidad ningún día inte­rrumpida, vivieron en dicha casa por espacio casi de un mes.

«El 18 de agosto, a las diez de la noche, escribe su Supe­riora, Sor Ignacia Ferrer, llegó un auto a las puertas de la casa y al momento entraron hombres armados, preguntando cuántos vivían allí, a lo que contestó la dueña que los allí pre­sentes. —¿Nadie más?, preguntaron ellos. Al decirles que se encontraban provisionalmente tres señoras, subieron al piso, las hicieron bajar y se las llevaron en el auto, apoderándose de cuanto allí teníamos de la Comunidad, que lo habíamos lle­vado depositado hacía un año, por ser casa de confianza y pue­blo de muy buena fama.

«Al suplicar Sor Concepción a aquellos hombres que tu­vieran caridad con las Hermanas, contestaron que la caridad se había concluido, y que a ella no se la llevaban por ser de casa. Añadieron que debían presentarlas aquella misma noche en el Gobierno Civil. Insistió Sor Concepción, diciendo que irían al día siguiente, pero todo fué inútil. Sin decir una pa­ labra, abrazaron a Sor Concepción y desaparecieron, con aque­llos hombres. No supimos nada más.

«Después de muchas averiguaciones, al venir la paz nos enteramos habían sido fusiladas, a las cinco de la mañana del 19 de agosto, en un huerto de naranjos, entre La Llosa y Al­menara, provincia de Castellón.»

Las Hermanas cogieron cada cual su maleta y las llevaron consigo. Era previsión. Y ello a pesar del presentimiento que expresaban a las veces en sus conversaciones ordinarias, de que les iba a suceder algo malo.

Mientras algunos de los facinerosos iban en, busca de un fraile, para que «declarara» también, los que quedaban, cus­todiando en el coche a las Hermanas diz que las dieron una taza de tila. ¿Será verdad o cuento? Quizá realmente las con­dujeran ante algún comité a declarar, y allí., entre piadosos y sar­cásticos, les proporcionaran la tila para que calmara sus nervios, como a Jesús le dieron vinagre.

Parece ser que fueron a detenerlas como quien tiene bien olfateada la presa. Su carácter religioso debía de ser igualmente conocido. Que, por lo demás, se dejaba traslucir. Los libros, ropas, etc., que allí había de la Comunidad y robaron los ase­sinos, no dejaban lugar a dudas. Todavía anda como flotando en el aire aquel tierno lamento de un niño que decía a su padre, cuando delante de ellos pasó el coche fatídico apoda­do «La Calavera»: «¡Papá, papá; que van a matar a tres monjas !»

Y las mataron, en efecto, las tres unidas en fraternal abra­zo. Cuando el sepulturero de Almenara recogió sus cadáveres, halló que las tres cabezas estaban juntas y cubiertas con las faldas. Y al transcribir este detalle volvemos a preguntar: ¿se debería a piedad o a supremo escarnio de los verdugos? Dete­nido que fue uno de ellos por la autoridad nacional, nada de particular manifestó fuera de confesarse culpable.

Allá los antiguos representaron en un grupo escultórico a tres divinidades mitológicas, que llamaron las Tres Gracias. Tres almas llenas de gracia divina eran estas felices Hijas de San Vicente, que a la hora matinal en que tantos días, los de su vocación a la Congregación, habían derramado su alma en la presencia del Altísimo, merecieron ser inmoladas en los al­tares de su confesión, que sellaron con su propia sangre, pues matáronlas por monjas, es decir, por su título de vírgenes del Señor.

El fraile, que era un P. Escolapio, no estuvo presente al sacrificio; le habían dejado poco antes en libertad, si bien para detenerlo de nuevo y matarlo al día siguiente. Dios Nues­tro Señor había querido que por unos momentos u horas, tal vez, en calidad de detenido como ellas, acompañara a las Hermanas, que providencialmente lograrían así el estimable beneficio de la absolución sacramental antes de morir:

Damos a continuación unos escuetos datos biográficos.

Sor Rosario Cíércoles Gascón

Era natural de Zaragoza. Ingresó en la Congregación el año 1892. Sus desti­nos fueron: Barcelona, Barbastro (Cole­gio), Valladolid (Hospital) y Valencia (Asilo de San Eugenio).

Nos dicen de ella: ¿Sor Ciércoles? Muy maja. Era un hombre, no mujer. Entendía los oficios. No le gustaba la aguja.

Sor María Luisa Bermúdez Ruiz

Nació en Santiago de Compostela en octubre de 1896. De ni­ña era formal. No se inclinaba, sin embargo, mucho hacia la vida de piedad. Se recuerda que, cuando tenía diez años, dijo a una de sus hermanas: «Si viera que te metías monja, prendía fuego al conven­to». En 1906 tuvo la desgracia de perder a su buena madre. Asistió al Colegio de la Esperanza, logrando diplomas de ho­nor y la medalla Premio al Mérito. Tuvo varios destinos: Barcelona (San Gervasio) fue el primero; de allí pasó a la Casa Cuna del Niño Jesús en Lo­groño, donde permaneció solamente de 1920 a 1921; trasladada a la Caridad de Zaragoza, no pudo estar en dicha casa mucho tiempo por tocarle de rechazo algunos golpes dirigidos desde fuera contra la Superiora. Enferma, para reponerse; es­tuvo en El Parral (Madrid) el 1922 y luego pasó al Asilo de Las Mercedes, hasta 1931. En julio de dicho año pasó a San Eugenio.

Sor Micaela Hernán Martínez

Natural de Burgos. Sus destinos: la Casa Cuna de Albacete, Cocinas del Sal­vador, en Jerez de la Frontera, Polanco y Asilo de San Eugenio.

Era de carácter fuerte; muy cumpli­dora de su deber, mucho; instrucción co­rriente; de buena familia, con posición: tenía sederías.

 

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