Las mártires de Leganés

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elías Fuente · Año publicación original: 1942.
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Con fecha 15 de mayo de 1931 escribía Sor María Díaz-Par­do a sus padres:

«… Por aquí parece está todo tranquilo; no sabemos hasta cuándo durará, pues han querida tirar el monumento del Sa­grado Corazón, pero no pudieron, pues dice se aparecía un alma, pero ha resultado que es un caballero que está orando desde las siete de la tarde a las seis de la mañana, con los bra­zos en cruz, y este señor es convertido al Cristianismo, pues antes era judío. A todas las Hermanas les han ofrecido las casas sus parientes, por si pasa algo, pero creemos no llegará a este caso por estar Dios encima de todos los hombres…»

Y, en postdata de la misma carta:

«Tenía escrita la carta antes de pasar estos sucesos en Ma­drid y en sus alrededores pues ha llegado a Carabanchel, cualquier día llegan aquí, pues ya lo han anunciado… y nos han dicho que nos preparemos, pues es fácil que empiecen con las Hijas de la Caridad…»

A los dos días escribía:

«Por ahora, estamos tranquilas, por estar en estado de gue­rra y están los militares a nuestra disposición; pero no se puede uno fiar de esa gente sin fe, pues lo harán cuando menos lo esperemos, y, por eso, nos preparamos por si llegara ese caso, aunque suponemos que nosotras seremos las últimas por las obras de caridad a que se dedica nuestro Instituto, pero sin hacernos ninguna ilusión, pues no respetan a nada. Siento se hayan alarmado…»

Seguimos copiando, porque estos interesantes párrafos de su abundante correspondencia, a más de retratar la fisono­mía moral de la mártir, describen a maravilla la situación de aquel entonces.

En carta de 8 de junio:

«He agradecido el ofrecimiento que me hacen para ir; pero no hace falta por ahora; pero ya harán el favor de man­dar todo lo relativo a poderme vestir, y el vestido .que sea de chaqueta, pues para las elecciones se espera alguna gorda, y hay que prevenirse; mándenlo facturado aquí, a Leganés, cuan­to antes puedan.»

23 de noviembre de 1931:

«… por aquí seguimos como siempre; pero deseando llegue la terminación de estos acontecimientos, pues ya sabrán qui­sieron quitar las Hermanas del Hospital General de Madrid, y, como, necesitan tres turnos de enfermeras, siendo el número 300, pues no trabajarían más que ocho horas, y las Hermanas, 100, por estar día y noche, han visto esa dificultad y lo dejan por ahora; a las de las Escuelas, dicen estaremos hasta junio. Dios se encargará de arreglarlo.»

Con el año viejo no desapareció la pesadilla, ni vino, la paz con el nuevo. El 12 de febrero de 1932 escribía:

«Por aquí, pueden figurarse cómo estaremos: esperando que cualquier día les parezca oportuno nuestra ida, pues parece que la enseñanza es la más combatida, y que terminarán con ella, hasta que Dios les deje.»

Y en aquellos días heroicos, en, que al «¡Fuera los crucifi­jos!», contestaron los católicos fervorosos luciéndolo en el pe­cho, escribe:

«Piden las niñas y llevan crucifijos; desearía mandara…, pues hay mucho entusiasmo… tamaño de los que llevan las se­ñoras…»

14 de mayo de 1932:

«Dice el padre tiene usted ganas de verme; participo de los mismos sentimientos, pero creo sería una temeridad realizar estos deseos en estos tiempos tan calamitosos; ya vendrán días mejores y podremos abrazarnos sin ningún temor. Pidan mucho por los religiosos, pues parece se preocupan otra vez de nos­otros. Aquí, en el pueblo, nos aprecian, siendo muy pacíficos, pues no ha sucedido nada que lamentar y se ha aumentado el número de matrícula; de 80 niñas que había antes, llegan a 112; así que estamos tranquilas, hasta que no haya órdenes superiores.»

En estas alternativas de esperanza y temor transcurrieron los años de República. Su última carta, fechada el 20 de ju­nio de 1936, refleja la angustia ambiente:

«Les doy las gracias por la ropa y demás; es muy bonito de gusto y está bien de medida. Dios se lo pague. Nosotros, con la incertidumbre correspondiente por lo que pasa a las demás de nuestra Compañía, pues ya lo sabrán por los periódicos; aunque aquí, gracias a Dios, estamos tranquilas, y eso que es­tamos un paso de Madrid y casi siempre están de jaleo.»

Los pacíficos habitantes del pueblo de Leganés continua­ron prestando a las Hermanas tanto del Colegio como del Ma­nicomio, su estima y cariño; pero al fin sonó también para ellas la hora triste de la persecución. El diputado de Benefi­cencia de Madrid, Ariño, personalmente, las expulsó de sus respectivos establecimientos, el día 26 de julio. Los milicianos las hicieron subir a todas en un camión, y, no tan malos como otros de sus camaradas, las condujeron al Gobierno Civil de la capital. El Gobernador dispuso que las dejaran en libertad, mientras ordenaba que las Madrazo, madre y dos hijas, de la intimidad de las Hermanas, que con éstas habían sido echa­das de Leganés, fueran recluidas en la Dirección General de Seguridad. Catorce de dichas Hermanas se hospedaron aque­lla noche en el número 15 de la calle del Arenal, dude doña Petra Saldaña, hermana de Sor Estefanía, las recibió con los brazos abiertos.

Como permanecer tantas mujeres juntas era tentar a Dios, fueron buscándose acomodo en otras casas amigas, y queda­ron en Arenal: Sor Estefanía, Sor Enriqueta y Sor Dolores, en el cuarto de D.a Petra, y en el piso de arriba, Sor Adoración ySor María. En casa de D.a Petra vivía, desde hacía unos días, Sor Asunción Mayoral, procedente del Asilo de Ciegos del Pa­cífico y prima suya carnal.

Pasados los primeros momentos de explicable nervosismo, las Hermanas se fueran acomodando al medio ambiente, cada cual según su carácter. Como D.a Petra tenía pensión, se disi­mulaba menos mal la presencia de tantas mujeres. Y, para mayor despiste de los milicianos rojos y no estrujar tanto la menguada bolsa, Sor Dolores Barroso, cargó sobre sí el peso de la cocina de dicha pensión. Sor María daba lecciones a la hijita de la señora que les había admitido en su casa, que asi­mismo era una pensión. Y encantada, porque más que de tra­bajo le servía de distracción. Sor Adoración Cortés, con su des­parpajo habitual y donaire característico, fácilmente logró le dieran una cédula nueva, en la que constaba su título y profe­sión de maestra, dando así de mano a la en que figuraba como religiosa. Con ello, más un traje última moda y unos hermo­sos pendientes gris perla, que la regalaron, estaba tan conten­ta, porque despistaba admirablemente.

Sor Adoración salía a la calle con frecuencia; las demás, no; pero admitían visitas. Y, en casa, se movían con liber­tad; como abajo había ancianas, eran Sor Adoración y. Sor María las que bajaban a charlar un rato todas juntas, des­pués de las comidas.

Y juntas y en el piso de abajo estaban el día 12 de agosto, a las ocho de la noche, cuando un grupo de milicianos irrum­pió para hacer un registro…

¡Días aciagos! ¡Apogeo de los paseos tristemente famo­sos! ¡ El crimen a la orden del minuto! ¡Madrid en un ay! ¡Las cárceles llenas! ¡Los caminos, las carreteras, la Pradera de San Isidro, la Casa de Campo, empapados en sangre de mártires !…

A pesar de todas las precauciones y defensas, los facinero­sos sacaron en limpio que aquellas mujeres eran monjas, y… se las quisieron llevar. Pero iban con los milicianos policías viejos que, afirmándose en reciente disposición del semi Go­bierno rojo, lo impidieron, por entonces. Refunfuñando y de­jando en la casa la temible amenaza de miradas torvas, se fueron… para volver.

A las once de la noche estaban de vuelta las milicianos sin guardias. Iban a cosa resuelta. =¡ Hala, abuela; que tienen que hacer una declaración!, decía un miliciano a la pobre Sor En­riqueta, ya acostada.

—Si yo apenas puedo andar.

—Las llevamos en coche.

—Entonces… Mire; yo estoy muy asmática. Me cuesta ha­blar. Que haga Estefanía la declaración por mí.

—¡ Oye tú!, gritóle a éste otro miliciano, con ademán de que se fuera hacia la puerta pronto.

Sor Enriqueta se quedó en la cama, mientras las demás, las de abajo como las de arriba, montaban en dos coches que había a la puerta de la casa, acompañadas por D.a Petra y su yerno, pues al fin accedieron a ello los milicianos ante los rue­gos insistentes de aquélla.

Y con los milicianos en los estribos, los coches emprendie­ron, una marcha alocada… ¡Ay, se vió en seguida que lo de la declaración era un timo! En lugar de tirar hacia el centro de la población, los ojos observadores del yerno de D.a Petra vieron el teatro de la Opera, el Palacio Real, la estación del Norte… Luego, campo descubierto, la Ciudad Universitaria, la Puerta de Hierro…

A poco de haber pasado esta última paráronse los coches. En la cuneta de la carretera esperaba un pelotón de hombres. Los milicianos hicieron bajar a las Hermanas. Cuchichearon un poco y, a continuación, D.’ Petra y su yerno tenían que volver a montar en un mismo coche, que no tardó en repasar la Puerta de Hierro, mientras D. Petra clamaba con suprema angustia:

—¡ Ay, que me matan a mi hermana, y a mi prima, y…! Así me pagáis que esté mi hijo en el frente.

—Si sólo las están tomando declaración, respondía el chofer. —Sí, declaración… ¡Malvados! ¡Criminales!

El yerno de D.a Petra, que, como él afirmaba más tarde, extrañado de sí mismo, no perdió por entonces ni un, momen­to la serenidad, estando parado el coche en que iban y a poca distancia de la Puerta de Hierro, sobre los sollozos y clamores de la pobre D.a Petra, oyó… los tiros de fusil, procedentes del lugar donde habían dejado a las Hermanas ¡prestando declara­ción!… Fue cuestión de un momento… No hubo tiras sueltos, de los característicos de gracia. Por tanto, no debió de haber ensañamiento; pero cabe la horrible suposición de que que­daran con vida, al menos alguna…

Porque, sí, las mataron entonces, pues en seguida llegó el otro coche, con las luces de dentro encendidas, lo cual le per­mitió ver que iba repleto de milicianos, quienes, al pasar jun­to al coche parado, dieron orden al chofer del mismo de que llevara a su domicilio a sus ocupantes.

Nada más se ha sabido de aquellas Hermanas. Ni siquie­ra liemos tenido el consuelo de hallar sus restos gloriosos. ¿Dónde reposarán éstos? Tres suposiciones caben: que fueran, enterradas en el propio lugar de su muerte o que los trasla­daran al cementerio de El Pardo o de Aravaca. De los asesi­nados en, el término de El Pardo y enterrados en su cemen­terio hemos visto muchas fotografías, y ninguna reproduce la faz de nuestras mártires. Si sus cadáveres fueron conducidos a Aravaca, lo cual es bastante probable, como todos eran en­terrados en fosa común, despojados previamente de sus ves­tidos, en irrespetuosa mezcolanza y en terreno propicio a la fácil descomposición, nada tiene de extraño que hubiera que sacar a espuertas los venerados despojos mortales de tantos héroes del Cristianismo y del amor patrio, cuando, en 1940, se hizo su exhumación, siendo imposible la identificación si no mediaba alguna circunstancia proprísima y exclusiva. De unos cincuenta que se exhumaron de una fosa, sólo dos pudieron ser identificados.

Vayan, unos datos biográficos de estas insignes mártires, las primeras, en cuanto al tiempo, de, nuestro martirologio español de Hijas de la Caridad: 13 de agosto.

De Sor Dolores no hemos podido adquirir la fotografía, por más que la hemos buscado.

 

Sor Adoración Cortés Bueno

Nació en Sos del Rey Católico (Zaragoza) el 4 de enero de 1894. Sus padres, Jerónimo y Eusebia. Entró en, la Congre­gación el 18 de marzo de 1914. Sus destinos fueron: Granada, Colegio de San José; Aleixar (Tarragona), Hospital-Escuelas; Corella (Navarra), Hospital-Escuelas; Leganés, Colegio; Vi­toria, Hospicio; Zamora, Hospital, y nuevamente el Colegio de Leganés.

Era de carácter franco. Respiraba campechanía. De aspec­to agradable. A pesar de las apariencias de buena salud, la aquejaban dolencias; todos los años iba a Burlada a tomar aguas. Ello no obstante, desempeñaba con universal aplauso los oficios; con su habitual simpatía se ganaba a las niñas y a las mamás de éstas. De su estancia en Vitoria, que tuvo que acortar por exigencias de su salud quebrantada, ‘provenía su amistad con la familia de Sor María Díaz-Pardo. En las car­tas de ésta frecuentemente hallamos párrafos de impecable letra inglesa y expresivos de afecto, como el que a continuación transcribimos: «Muy queridos D. Luis y familia. Como ya saben el afecto que les profeso, me uno con el mayor cariño a la felicitación que les envía 1311 hiena hija Sor María: muy satisfechos deben estar por la elección tan santa que han tenido sus hijos, pues esto debe tranquilizarles: que han sabido criarlos y educarlos para Dios. Mi enhorabuena más efusiva; ahora pediremos a Dios por su Balita perseverancia. Les envía a todos un afectuoso saludo Sor Adoración.» Lleva por fecha 17-IX-35.

 

Sor María Severína Díaz-Pardo y Gauna

Nació en Vitoria de cristianísimos padres, llamados Luis Díaz-Pardo Ugalde y Peregrina Gauna Barrio, el 23 de octubre de 1895. Fue bautizada el mismo día de su nacimiento, en la iglesia parroquial de San Pedro, y confirmada el 20 de abril de 1897, en la misma. La Primera Comunión la hizo a los diez arios de su edad. Recibió esmerada instrucción en el Colegio del Niño Jesús de Vitoria, dirigido por Hermanas Carmelitas de la Caridad, dejando en él grato recuerdo por su aplicación y excelente conducta. La piedad fue su nota destacada. Su abuelo paterno, D. Hipólito, catedrático que fue de los Institutos de Logroño y Vitoria, la llamaba «la notable», porque esta era la nota que solía sacar en
casi todas las asignaturas. Su madre la proponía a los demás hermanos como modelo de obediencia, porque todo lo hacía pronto y bien en el orden y arreglo de la casa. Su afición par­ticular era la música: tocaba el piano con regular maestría, y constituyó su especialidad en la enseñanza, posteriormente.

Nada tiene de extraño, dado su espíritu de piedad, que deseara ingresar en algún instituto religioso. Tal vez influyera en ella, para inclinarla al de las Hijas de San Vicente de Paúl, prefiriéndolo al de las Carmelitas de la Caridad, sus profeso­ras, el tener en aquél a su tía Sor Brígida.

Entró en la Congregación el 2 de agosto de 1917. Termina­do el Seminario, fué enviada a la Inclusa de. Pamplona, y en 1923, a Valmaseda; pero aquí enfermó, y el 8 de septiembre de 1924 escribía desde el Hospital de Segovia: «He ido de­jando pasar el tiempo para dar noticias más favorables; me encuentro bastante regular y animada, pues creo en mi pron­to restablecimiento, dado el clima y alimentación. Disfruto de agradable compañía de Superiora y Hermanas, la primera es muy atenta… El día de San Luis nos llevó a que fuésemos a la Granja, que está cosa de una hora de automóvil, próxi­mamente…» Y el 18 de noviembre del mismo año escribía asimismo a sus padres: «Les extrañará mi silencio tan largo, y. con motivo; deseaba hacerlo a mi salida de Segovia, pero lo dejé para cuando. supiera adónde iría. Me llamó la Madre a Madrid y, después de unos días, me ha mandado a Leganés. Hoy he llegado y me manda la Sra. Superiora les escriba… Estoy bien, gracias a Dios y a los cuidados que se toman por mí los Superiores, más de lo que merezco.»

En esta hermosa casita de Leganés, si bien no. llegó ya su salud a ser completa, se repuso bastante.

Recibió frecuentes invitaciones de su familia para que se diera una vueltecita por su tierra, para aspirar los aires na­tales; pero «nunca ha venido a casa», decían sus padres, no resentidos, sino edificados. Porque Sor María profesaba ter­nísimo cariño a su familia, que bien se refleja en todas sus numerosas cartas; mas llena del espíritu de su Padre San Vi­cente, sabía mortificar sus naturales inclinaciones con raro acierto a la par para -excusarse sin ofender sentimientos de tamaña delicadeza.

 

Sor María Asuncíón Mayoral Peña

Mucha gloria había dado a Dios sirviéndole ea los pobres durante sus cuarenta años de vocación, en diversos lugares de España: Segovia, Benavente, Carrión, Palencia, Lérida, Ma­drid, Bilbao, Coruña y Oviedo. En el Sanatorio del Monte Na­ranco estaba, de Hermana Sirviente, cuando los sucesos revolu‑

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cionarios de octubre de 1934. Fueron un ensayo y para ella la preparación al martirio. En 1935, y a petición propia, fué exonerada del car­go y enviada a su casa favorita, el Asilo de Ciegos de Madrid, donde había vi­vido como unos dos lustros: (¿1911­1923?) Y en este postrer año de su vida es cuando mayores ejemplos de virtud absoluta sumisión, sin que se advirtiera practicó. Se nos habla de su espíritu de residuo alguno de «la malignidad del cargo». Era muy mortificada y amante del trabajo, como lo demostró suficien­temente yendo, hiciera frío o calor, todos los días a prestar su servicio en las cocinas parroquiales de Valieras.

Echada la Comunidad del Asilo, Sor María se refugió en casa de su prima D.» Petra, en Arenal, 15, y sufrió martirio en compañía de las cuatro Hermanas de Leganés, según queda referido.

Había ingresado en el Instituto el 17 de marzo de 1897. Era natural de Tardajos (Burgos), nacida el 19 de agosto de 1879, hija de Mariano y Brígida.

 

Sor Dolores Barroso Víllasáñez

Natural de Bonares (Huelva) e hija de Francisco y Fran­cisca, nació el 9 de noviembre de 1896, y entró en el Institu­to el 2 de diciembre de 1926, siendo destinada al Manicomio de Leganés.

 

Sor Estefanía Saldaña Ramos

Natural de Rabé de las Calzadas (Burgos), nació el 31 de agosto de 1873, hija de Venancio y María. Entró en la Congregación de las Hijas de la Caridad el 9 de agosto de 1890. Toda su vida es­tuvo en el Manicomio de Leganés.

 

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