Las mártires de Bétera

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elías Fuente · Año publicación original: 1942.
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En aquella casa, antiguo castillo de los marqueses de Dos Aguas, que se sienta sobre el pueblo, como paloma sobre una peña, que levanta sus torres almenadas en anhelos de vida so­brehumana, que recibe las perfumadas emanaciones de naran­jos y limoneros, como incienso que el pueblo le ofrendara, se forjaron aquellos corazones esforzados y se templaron aquellas almas sin más aspiraciones, sin otros afanes, que sacrificarse por Dios y por los pobres.

Todo el pueblo las quería, porque aquella casita, pobre tam­bién, parecía el taller de la divina Providencia, donde encon­traban siempre recursos para el cuerpo y consuelo para el alma los que sin cesar a ella acudían. Sor Josefa Laborra, que duran­te treinta y nueve años la dirigió, había llegado a ser una ver­dadera institución, y más que maestra, madre de todas aquellas señoras que hoy tan sinceramente la lloran. Estalló el Glorioso Movimiento y fracasado en toda la región, los mismos cabeci­llas avisaron a las Hermanas que corrían peligro y les facilita­ron la salida para Valencia. Con ellas iba una muchacha llama­da Dolores, abnegada y fiel, que les servía y favorecía con todo el afán de quien obedece al corazón. Dos de las Hermanas se separaron del grupo: Sor Amparo Guillén, que vino a Madrid, donde murió, y Sor Pascuala, que se trasladó con su familia a Sueca. Dolores iba a Bétera y volvía a Valencia, trayendo y llevando lo que necesitaban las Hermanas y recogiendo o es­condiendo las cosas que podía para cuando ellas volvieran a su casa. En uno de estos viajes un individuo que, por excepción, odiaba a las Hermanas, siguió a la muchacha todo el día y cuando ésta tomó el tren para Valencia avisó por teléfono a uno de sus compinches, el cual en un taxi la vigilaba de lejos, hasta que, cumplidos los encargos que llevaba y hechas sus compras, volvió a la casa donde las cinco Hermanas estaban. Media hora después llamaban a la puerta y les conminaban la orden de dejarlo todo (estaban cenando) y subir en un coche que habían preparado. Según las conjeturas y las averiguaciones que se han podido hacer, eran las nueve y media de la noche del 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, día de gloria para la Iglesia Universal y especialmente celebrado en nuestra amada Compañía. Ya nadie ha sabido más de ellas: pero se cree con algún fundamento que aquella misma noche fueron martirizadas ellas y la chica, que no las abandonó ni aun en el tremendo instante de salir de la casa con la certi­dumbre casi de que ya no volverían. Un documento auténtico y precioso ha quedado y se guardará desde ahora en el Archivo de nuestra Casa, porque su poseedora, una señora de Bétera, se lo cedió a nuestra buena Madre, reconociendo que a ella le pertenece de derecho todo lo que con sus hijas tiene relación. Es una carta que insertamos íntegra, porque su lectura nos abre de par en par el santuario de sus almas y nos da la im­presión de que sólo el martirio era digno remate de aquellas vidas fervorosas y sacrificadas. Por ella se conjetura también que antes debieron pasar algún tiempo en la cárcel. Dice:

«Escrita desde la Cárcel Seminario de Valencia y entregada a una mujer de Bétera para que la lleve a su destino.

9 de septiembre de 1936.—Querida e inolvidable María Ibáñez: De cuánto consuelo nos ha servido tu cartita, al ver que no nos olvidas en tus oraciones, que no dudo son muy fer­vorosas; mucho agradecemos tu buena voluntad y correspon­demos con igual cariño. Dices que disfrutas en tus fervores y meditaciones; me alegra mucho eso, pues verdaderamente sólo con Jesús está el alma tranquila, aun en medio de la tribula­ción, y desamparo que padecemos; pide a nuestro Divino Es­poso que ahora que nos ha puesto a prueba, con este desamo paro y persecución contra la Iglesia, seamos fuertes para pa­decer y firmes para perseverar en su amor y servicio. Digamos con San Francisco, mirando al Cielo, ya que no tenemos dónde dirigir nuestra vista: Padre nuestro que estás en los cielos. Tú estás con tus padres y familia y nosotras en este destierro, incomunicadas de todos y sin esperanzas de saber de nuestras familias, ni de personas que apreciamos y les hemos hecho tanto bien. ¿Qué será de nosotras? ¡Dios sólo lo sabe! ¡Ben­dito sea Dios! ¿Cómo pasasteis el día de la Pastora? Nosotras llorando mucho y orando. También te digo que en medio de nuestras penas nos da Nuestro Señor grandes consuelos, por me­dio de Dolores y Pura, teniendo tú también gran parte con tus sacrificios y ayuda. Dios os lo pagará todo. Nosotras conocemos que nuestro agradecimiento será eterno y que, donde quiera que estemos, tendréis en nuestro corazón, con la fibra del ca­riño que en Jesús os profesamos, el agradecimiento y reconoci­miento a vuestros señalados sacrificios y favores. Recibe de las cinco que estamos y tenemos el consuelo de estar juntas, Josefa, Pilar, Estefanía e Isidora, un abrazo que con nuestro amante Esposo, tan lacerado y ofendido, te enviamos, y tú con tus fervorosas oraciones y mortificaciones lo consolarás en nuestro nombre y sabes te aman en Jesús y María Inmaculada tu affmas.—Josefa y Carmen.

¡Lástima que sean tan escasas y tan, vagas las noticias que no nos permitan hacer un estudio detallado y serio de sus vidas, pero sobre todo de su preciosa muerte!; así y todo, nos queda la certidumbre de que tenernos cinco intercesoras más en el cielo; cinco estrellas que irradiarán sus resplandores sobre nuestra Comunidad y embalsamarán sus obras con e] perfume de sus virtudes, porque «hoy son, rosas de martirio las que fueron Azucenas».

Desde ahora los nombres de Sor Josefa Laborra, Sor Car­men Rodríguez, Sor Pilar Nalda, Sor Estefanía Iriarte y Sor Isidora Izquierdo; con halo de santidad harán vibrar nuestros corazones de ternura, poniendo en nuestros labios los más en­cendidos acentos de bendición. Dichosas vosotras, Hermanas queridas, que fuisteis dignas de presentaron a las celestiales Bodas empurpuradas con vuestra propia sangre.

Estos apuntes, debidos a la elegante pluma de Sor Ascen­sión Ramírez y publicados en el número de abril-junio de 1940 de Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, podemos enriquecerlos con nuevos y preciosos datos recogidos en el mismo teatro de la acción.

Un buen número de jóvenes verdaderamente cristianos se presentaron el día 21 de julio a las Hermanas, dispuestos a de­fenderlas contra los revolucionarios, si venían a atacarlas, haciéndose fuertes en el castillo, que les servía de morada; pero las Hermanas rechazaron la generosa oferta, que realmente hu­biera traído fatales consecuencias. Así se lo hicieron ver a aquellos buenos y valientes jóvenes, y ellos no se dieron por ofendidos. Mas tampoco por vencidos. Se apostaron en los tejados próximos al castillo, y cuando irrumpieron los rojos en la residencia de las Hermanas, que fue antes de la media hora de haber salido ellos, cuatro de la tarde, emprendieron una ba­talla campal, que perdieron, ciertamente. A todos los derechis­tas que después del hecho fueron hallados por los alrededores, les impusieron una multa de cincuenta duros.

Incluso que real y verdaderamente los rojillos no se portaron del todo mal con las Hermanas. Las hicieron, sí, salir de casa, pero sin obligarlas a desposeerse del santo hábito. Y se hospedaron en casa de una tal Juanita, antigua alumna del Asilo.

Hicieron, un registro, más bien un saqueo, en el castillo, y cuentan que uno de los patibularios, al dar con un camisón de los que usan las Hermanas, dijo, riéndose: «¿Esto gasta­ban estas bandoleras?» A lo que inmediatamente contestó una mujer de las sin miedo: «Ascolteu. ¿Que vosaltres se creguen que las Hermanas gastahen imperios y puntilles? Pues en una pesa se servíen pa tres: camise, chambra y sinagües.» Y el malintencionado miliciano terminó la cuestión amenazando: «¿Bandoleros destes en can queden? Pues nono ha de que­dar ninguna.»

Camino llevaban según se desarrollaban los asuntos en aquellos días. Que, por otra parte, el caso de relativa toleran­cia por parte de los rojos de Bétera, además de raro e inconse­cuente, era excepcional.

El rumbo iba torciéndose de día en día. En efecto, el día 23, a las cinco de la mañana, las echaron de casa, dándoles sólo media hora para arreglarse y salir; a los cuatro de haber abandonado las Hermanas su modesta casa, recibieron la or­den de quitarse la toca, y días después, asimismo, el hábito.

Y ellas, por todo cambio, se pusieron un pañuelo negro a la cabeza, y sobre el hábito, una bata blanca que les rega­laron.

A principios de agosto, el comité les pasó aviso de que te­nían que marcharse del pueblo.

El 17 de dicho mes, Sor Emilia y Sor Estefanía se fueron a Cocentaina, donde estuvieron quince días, y Sor Pascuala y Sor Pilar, a Eliana. Sor Pilar se volvió en seguida a Bétera. El 21 de agosto se marcharon todas a Valencia, sin rumbo de hospedaje fijo. En un garaje pasaron la primera noche, con las privaciones que se dejan suponer. Y gracias. Que no hay dolor coma verse en la calle porque se cierran todas las puertas, mientras la muerte anda al acecho a la vuelta de una esquina como en mitad de una plaza, ya andes o te estés quedo, tanto si hablas como si te callas, etc.; esto lo saben sólo los que lo han pasado. Y ta­maño dolor atarazó los corazones de las pobres Hermanas de Bétera en aquella noche de su odisea.

Y con lo miedosa que era Sor Pilar. Cuenta quien la co­noció que los truenos le causaban pánico y se escondía. En cierta ocasión, bromeándose, le dijeron: «¿Y qué hará usted cuando vengan los revolucionarios? Meterme en el pozo» respondió. Próxima a estallar la revolución, todo era indagar

noticias. «¿Qué dice el Campaner?» Al manifestarle extrañe­za de que tuviera tanto miedo a la muerte, dijo una vez: «Yo, que me mate Dios no tengo miedo; pero que me maten los hombres…»

Hallaron por fin acogida en la Pensión del Gallo, en la calle de Engael, núm. 7, y allí se establecieron el 14 de agos­to. Y a la verdad, fuera de alguna estrechez y otras peque­ñas privaciones, propias del tiempo y de las circunstancias, vivieron perfectamente bien en este rinconcito que les depa­ró la Providencia.

Es de rigurosa justicia hacer constar aquí, en estas pági­nas de martirologio, que reflejan tantas ingratitudes, la ad­mirable y excepcional conducta del pueblo entero (así) de Bétera para con nuestras Mártires gloriosas.

Porque es que Dolores, la buena Dolores Broseta, no podía con tantas cosas como los, beteranos la daban, en sus viajes continuos, para las Hermanas. Respecto al pan, por ejemplo, porque rivalizaban cinco panaderías, fue menester señalar el día que correspondía a cada una, para que todas pudieran, satisfacer su generosidad, por una parte, y, por otra, no se convirtiera la pensión de las Hermanas en panadería, por
la cantidad sobrante que, de lo contrario, en ella se hubiera acumulado. Y así por espacio de cuatro meses. Francamente, no conocemos conducta semejante.

Nada tiene, sin embargo, de particular que entre tantos pechos generosos se hallara uno ruin, como hubo un traidor entre doce apóstoles.

Y el ruin fue un tal Franco, alcalde que fue de Bétera cuando vino la República y que tuvo dos hijas educándose con las Hermanas.

Sobre lo apuntado arriba, en el relato de Sor Ascensión, señalemos mejor aquí la trayectoria de su vil comportamiento.

Parece ser que no halló ambiente propicio a su traición en Bétera por falta de cómplices. Pero él, obstinado en su malicia, no sosegó hasta realizar la criminal faena. En cuan­to Dolores le vio que montaba en el mismo tren que ella, ca­mino de Valencia, entró en sospechas de sus intenciones per­secutorias y, consecuentemente, determinó burlar su vigilan­cia. Pero él se bajó del tren en la estación próxima a Valen­cia. Entonces ella empezó a recriminarse sus juicios temera­rios y, tranquila, sin torcer el camino, se dirigió a la pensión, ni más ni Menos que como todos los días.

Por desgracia, sus sospechas resultaron confirmadas. El plan estaba perfectamente tramado. Precisamente, para que Dolo­res, entrando en sospechas no hiciera fracasar el intento, es por lo que Franco no la siguió personalmente, sino que hizo que un coche del comité rojo de la dicha estación, se adelan­tara al tren, en acecho de Dolores, cuando bajara del mismo y a cierta distancia la siguieran la pista. Y así cabalmente se hizo. De este modo la alevosía tuvo el coronamiento de un éxito cumplido.

Cual digno camarada del tal Franco se comportó Guillén, el jefe de la checa del Seminario que pronunció la sentencia de muerte contra las Hermanas: haciendo creer que éstas vi­vían, por bastante tiempo, se apropió de las cosas que los de Bétera traían para ellas a la cárcel.

Vayan, para terminar estos apuntes, los datos biográficos de cada una.

Sor Josefa Laborra Goyeneche

Nació en Sangüesa (Navarra) el 6 de febrero de 1864. Sus padres se llamaban Francisco y Javiera. Entró en la Congre­gación el 18 de marzo de 1881. Por muchos años fue digna Superiora del Asilo de Bétera, en cuyo cargo había cesado poco antes de la revolución. Era una institución en Bétera. Las Hermanas la estimaban y la querían como a una verda­dera madre. Como retoño del árbol vigoroso, integrando la comunidad que continúa la obra de la mártir, después de la guerra, una sobrina suya que siente santo orgullo de serlo.

Sor Carmen Rodríguez Banazal

Era Superiora de la Casa al venir el Glorioso Movimiento. Natural de Cea (Orense), nació el 26 de marzo de 1877, hija de Francisco y Rosa. Entró en la Congregación el 16 de agos­to de 1897.

Sor Estefanía Irísarrí Irígaray

Del matrimonio Ildefonso y Juana, nació el 26 de septiem­bre de 1878, en Peralta (Navarra). Ingresó en el Instituto el 21 de diciembre de 1896.

Sor María Pilar Nalda Franco

Era natural de Algodonales (Cádiz). Nació el 24 de mayo de 1871. Sus padres, Manuel y Josefa. Ingresó el 6 de octu­bre de 1889.

Sor Isidora Izquierdo García

Nació en Páramo (Burgos), el 29 de enero de 1885. Sus padres, Esteban y Felicitas. Ingresó el 15 de octubre de 1901.

Dolores Broseta

Esta buena beterana, que tan estimables servicios prestó, durante la revolución, a las Hermanas de Bétera, yendo de un lado para otro, como demandadera de las mismas, vivía en el Asilo en calidad más que de sirvienta de compañera, como de la familia. Años había, en el Hospital de Valencia, hizo la prueba para Hija de la Caridad; pero enfermó y no pudo seguir adelante en lo que se creía ser su vocación. Pues que en vida y en muerte ha estado tan unida con las Hijas de San Vicente, del parentesco vicenciano que, a buen seguro ha ad­quirido, por adopción, en el Cielo, la hacemos, con gusto, par­tícipe en, la tierra.

 

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