Las mártires de Albacete

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elías Fuente · Año publicación original: 1942.
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Las mártires de Albacete. Por este título general las cono­cemos. Y, sin, embargo, en Albacete no han martirizado a nin­guna Hija de la Caridad.

Pertenecían a la Comunidad de la Casa de Misericordia de Alba-tete; pero fueron martirizadas en Madrid. Ampliemos este apunte general.

Los primeros apuros

Por sabido se deja que en la ciudad de Albacete triunfó el Movimiento Nacional; pero el empuje arrollador de las hordas levantinas lo convirtió en feudo de un capitán de balar doleros internacionales, conocido por el «Carnicero de Alba­cete».

Triunfantes los marxistas, se portaron corno en todas par­tes: airada y criminalmente con las más sagradas institucio­nes. Las Hijas de la Caridad tuvieron aquí el mismo honor de la persecución. La Comunidad de la Casa de Misericordia, in­tegrada por doce Hermanas, con Sor Dolores Caro al frente, fue arrojada a la calle el día 23 de julio de 1936. Pero las de­jaron sacar sus hábitos y algunas cosillas de su particular ser­vicio. Tampoco, dicho sea en honor de los albaceteños, las mo­lestaron mayormente en su nuevo y provisional domicilio. Fue éste el Hotel España. En él estuvieron tres semanas: la prime­ra, bien; la segunda, regular, y la tercera, mal, hasta pasar hambre. Porque los dineros se mermaban según corrían los días. Cierto que alguna persona pía, por ejemplo, un médico del hospital, les echó una mano. Pero, a pesar de sus generosidades, Sor Dolores pronto echó de ver que aquel plan, no era plan. Así es que determinó trasladarse con todas sus Herma­nas a Madrid, lo que hicieron a mediados de agosto.

Y, como en Albacete, después del primer desquite de los vencedores marxistas, las cosas se apaciguaron un tanto, cre­yeron que impunemente podían hacer el traslado con todo el ajuar monjil. En el trayecto vieron, el compromiso que ello les podía acarrear, y tomaron las en aquel entonces me­didas de precaución. Por ejemplo: Sor Andrea, que tenía abun­dante y preciosa cabellera, dentro de un moño descomunal metió gran parte de las cuentas del rosario de Sor Dolores y con las restantes se hizo un collar estrambótico, tanto que, como era natural, llamó en seguida la atención de una miliciana, a cuyas palabras indagatorias respondió la Hermanita, con la mayor serenidad del mundo: «Lo he heredado de un tío.»

Y llegaron las viajeras a la estación de Atocha, en Madrid, con toda su impedimenta. Al bajar del tren, los milicianos les registraron los baúles, donde venían tantas baratijas religio­sas; lleváronlas, con sus baúles al centro de las Juventudes So­cialistas, en la misma plaza de Atocha; desnudaron, para el cacheo minucioso, a Sor Dolores, Sor Concepción, Sor Andrea y otra; mas, al fin, las dejaron a todas en libertad, sin quitar­las ni un alfiler.

Cuatro de ellas se alojaron en sendas casas de familiares, y las ocho restantes fueron a dar con sus huesos en el sótano de la casa número 4 de la plaza de Olavide, habitación del portero de la misma, que lo era el bueno de Santiago, sobri­no de Sor Dolores. Tanto él como su esposa, Emilia, se esme­raron por atender a sus huéspedes. Acto heroico recibir a tan­tas monjas. ¡Dios se lo pague!

Allí, mal que bien, pasaron unos días; empero, como el estar tantas juntas era una temeridad, Sor Dolores empezó a tomar las medidas conducentes a fin de descongestionar aque­lla pobre mansión. Y vino la hecatombe, o, mejor, la gracia de Dios, al modo de hablar humano, en forma de desgracia: el martirio.

Sor Concepción Pérez dijo que ella podía acogerse en casa de un antiguo amigo de su padre, que vivía en el Picazo, más allá del Puente de Vallecas. Sor Dolores quiso acompañarla, y para que ésta no se tuviera que volver sola, se ofreció a ir con ellas Sor Andrea. El 3 de septiembre allá se encaminaron las tres, no mal trajeadas, pero ciertamente con pinta de mon­jas. Y para despistar menos, se llevó Sor Concepción el consa­bido saquito negro, con las ropas y enseres más imprescindi­ble de su uso particular.

Antes de proseguir en nuestra relación, adelantamos que se han hecho muchas y costosas averiguaciones acerca de este triste suceso, y en realidad de verdad se ha logrado copia de datos, algunos no diré que no sean algo dudosos y hasta inve­rosímiles; pero podemos responder de la veracidad de los principales, que abonan múltiples testigos.

Las Hermanas llegaron al Picazo y a la casa adonde se di­rigían; mas después de muchas vueltas, pues parece ser que en lugar de coger la camioneta del Picazo cogieron la del ba­rrio de Entrevías. Para orientarse, tuvieron que hacer pre­guntas y andar a campo traviesa, lo cual fue su perdición, pues las gentes dieron en sospechar que eran monjas, y no tardaron en rodearlas chiquillos y chusma, que las motejaban de tales. Por ende, no las quisieron admitir en la casa adonde iban, y entonces fue cuando los milicianos las echaron mano y las con­dujeron al Ateneo Libertario establecido en el hotel de don Carlos Orioles.

¿Cuánto tiempo las tuvieron aquí? Probablemente sólo unas horas; pero no se excluye del todo la posibilidad de que las tuvieran un día y una noche. A la hora de haberlas dete­nido se presentaron unos milicianos en el domicilio, pregun­tando si allí vivían ellas; les dijeron que sí y se fueron. Volver ellos con la aclaración y matarlas debió de ser todo uno.

¿Qué las hicieron en el Ateneo? Escarnio, si; tormentos fí­sicos parece que no. La que más tuvo que sufrir moralmente fue la pobre de Sor Concepción. Como diremos más adelante, estaba enferma, con notable protuberancia abdominal, que los grandísimos canallas interpretaron pésimamente, y resaltaban el contraste entre su profesión y el calumnioso, supuesto. Y el caso se hizo público en el barrio. Incluso hay quien, afirma que pensaron en profanar el cadáver para probar la calumnia.

Sin que podamos señalar con certeza el día, si bien nos in­clinamos per el mismo 3 de septiembre, hacia las dos de la tarde, sacaron primero, en un coche, a Sor Dolores y Sor An­drea y, algo más tarde, en otro, a Sor Concepción. La misma ruta llevaron los dos, sino que el primero continuó la marcha hasta el término llamado Los Toriles y el segundo se paró en «El Pozo del Tío Raimundo», junto a la vía Madrid-Zarago­za. A las primeras las mataron bajo el saliente de una abrupta peña y a Sor Concepción, a la vera de la vía y del puente que baja ella se abre, en una pequeña planicie. Respecto al fusi­lamiento de Sor Dolores y Sor Andrea, ha testificado, como testigo de vista, Saturnina Valero Sanz, hermana del sacerdo­te mártir D. Valero, que vive en un caserío aledaño a Los To­riles. Como en torno al «Pozo del Tío Raimundo» hay varias casuchas, al oír los tiros de fusil dirigidos contra Sor Concep­ción, salieron a ver lo que pasaba Obdulia Gallardo y su her­mana María, la tabernera Angeles y otra mujer.

Los asesinos de Sor Concepción tenían asimismo intención de llegar a Las Toriles; mas fue ella la que les dijo: «Sé que me vais a matar; no me paséis de aquí.» Los facinerosos in­tentaron que ella levantara el puño, mas inútilmente. «Vas a morir», la dijeron, y contestó: «Cuando queráis», y comenzó a dar vivas a su religión. Sus últimas palabras fueron: «¡Viva España! ¡Viva Jesús!» Entonces la dieron el tiro que la hizo caer, y después otros dos a quemarropa, destrozándole la ca­beza, desde la tercera parte de la nariz. Así barbullan, las tes­tigos, quizá con intentos de congraciarse, pues son o eran algo rojillas.

Se arremolinó pronto un grupo de gente en torno al cadá­ver, y refiere Obdulia los comentarios que se hicieron de lo valientemente que murió, sin que pudieran los criminales ver­la levantar el puño a lo marxista, contestando una mujer: «Hacen bien; cada cual que muera con su idea.» Y no faltó` quien dijo: «Tú decías ¡Viva Jesús!; pero a ti de poco te ha servido, que bien muerta estás.»

Angeles cuenta que ella recogió con una pala, empujando con una lata, la masa encefálica que había saltado a los disparos, y luego tapó la cabeza de la mártir con un saco que sujetó con piedras, para que los perros no comieran de su carne. Unos días después de estas averiguaciones, cuando las hermanas de la mártir regaban con sus lágrimas el suelo que regó con sangre y formaban con piedras una cruz, pasó un empleado de la vía y les indicó el sitio exacto donde él vio la sangre y la dentadura «de una mujer que decían era una monja y que, según había oído, fue muy valiente y les dijo: «Ya sé que me vais a matar; pero no me paséis de aquí.»

Los cadáveres estuvieron insepultos en los lugares de su sacrificio hasta la mañana del día siguiente, en la que el sepulturero del pueblo de Vallecas los tomó a su cargo.

En el libro de actas del Juzgado de Vallecas se halla este atestado:

«En Vallecas, a las doce lloras y minutos del día cinco de septiembre de 1936, ante D. Víctor Alvarez Dana, Juez Muni­cipal suplente, y D. Emilio Chércoles Utrilla, Secretario habi­litado, se procede a suscribir la defunción de una mujer sin identificar, como de unos sesenta arios de edad, estatura 1’400 aproximadamente, vistiendo bata negra, viso negro, camisón blanco, medias. «veige», zapatos negros, cosido al vestido lle­vaba por la parte interior dos faltriqueras. Falleció en el Pozo del Tío Raimundo, el día de ayer, a las cinco horas pró­ximamente, a consecuencia de fractura de la base ‘del cráneo, se­gún resulta de informe facultativo, y su cadáver habrá de re­cibir sepultura en el cementerio de esta villa. Esta inscripción se practica en virtud de lo ordenado en providencia de esta fecha, consignándose además que se ignora si otorgó testamen­to, habiéndola presenciado coma testigos D. Francisco Pavón Picazo y D. Joaquín Díaz Ramiro, mayores de edad y vecinos de Madrid y Vallechs respectivamente. Leída esta acta, se sella can el del Juzgado y la firma del Sr. Juez y los testigos de que certifico.—Víctor Alvarez, Joaquín Díaz, Francisco Pavón, E. Chéreoles.»

Seguimos copiando del citado libro:

«Una mujer sin identificar –de unos cuarenta arios—. Vesti­do azul con pintas negras y encarnadas, camisón blanco, faja color lila, medias y ligas negras, zapatos negros, y llevaba un abanico de colores.»

Es Sor Dolores Caro.

Finalmente, copiamos lo correspondiente a Sor Andrea Calle:

«Una mujer sin identificar, como de unos cuarenta arios. Bata a cuadros, color café con rayas negras; camisón blanco, con las iniciales A. C.; corsé color kaqui, camisa blanca, me­dias color café, zapatos color claro con suela de goma.»

Firman estas dos partidas José Aguado Bariil y Eloy San­cha Navarrete.

Advertimos a nuestros lectores que no deben fijarse dema­siado en los detalles de estas actas, particularmente la edad y la estatura, pues calculaban sin escrúpulos y los arios muchas veces era imposible calcularlos, por el estado en que queda­ban los cadáveres. Así, por ejemplo, pudieron fácilmente pre­sumir que tenía Sor Concepción sesenta arios por su obesidad, y como cara se puede decir que no tenía su cadáver, mal po­dían por ella sacar la edad. Con respecto a las otras, parece que les han cambiado la edad. Todo cabe. Lo esencial es lo que importa.

Fueron sus mortales despojos sepultados en el Patio de la Paz de dicho cementerio de Vallecas, sepultura número 411, 2, 3 y 4 cavidad.

De su traslado a la Sacramental de San Isidro en Madrid hablamos en otro lugar.

Réstanos apuntar los datos biográficos de tan ilustres már­tires y consignar aquí los nombres o apodos de sus viles ase­sinos.

Estos son: Diego García García, Secretario de la Sociedad de Vecinos de Vallecas y jefe o Mandamás de la Checa-Ate­seo, que fue quien las mandó matar; Victoriano Cabrera; Luis García; Pablo «el Bollero», Francisco «el Machaca», Ortiz, «El Pelete», chofer, y «El Curro», también chofer. De los co­ches, el uno era amarillo y el otro negro. Cuatro de estos des­venturados han sentido ya el peso de la justicia del Estado español, que, por cierto, ha extremado con ellos la prudencia y la benignidad, pues al someterles tres veces a juicio ha sido con idea de proporcionarles ocasión para su triple defensa, por existir cierta probabilidad de que uno de los condenados a muerte no era tan culpable.

Y al escribir estas líneas, marzo de 1942, uno de ellos ha comparecido delante del tribunal divino, por cierto después de haberse confesado con un Padre Paúl y recibido la Sagra­da Comunión con fe y devoción.

 

Sor Dolores Caro

Nació el 21 de octubre, en Granátula (Ciudad Real). Era hija del matrimonio Santiago-Dionisia. Entró en la Congre­gación el 9 de mayo de 1917. Estuvo va­rios años en el Asilo de las Mercedes de Madrid. Hacía poco- más de un año que había sido nombrada Hermana Sirvien­te de la Casa de Misericordia de Al­bacete.

Sor Andrea Calle González

Era natural de Plasencia (Cáceres). Nació el 26 de febrero de 1904. Hija de Valeriano y Mónica. Ingresó en el Ins­tituto de las Hijas de la Caridad el 11 de septiembre de 1930. Su único destino fue la Casa de Misericordia de Albacete. Allá es donde se hizo acreedora al gran privilegio del martirio.

Sor Concepción Pérez

Nació el 10 de enero de 1897, en Madrid, en Ribera de Curtidores o en la calle del Olivar. Sus padres se llamaban Victoriano y Tomasa. Al quedarse huérfana, a los cinco años de

edad, por incapacidad de su pobre padre, se la llevó consigo un tío materno a Almunia de Doña Godina (Zaragoza), donde pasó los años de su infancia. Des­pués vivió algún tiempo en Jaca y, cuan­do ya era mocita, en Matapozuelos (Va­lladolid), con un tío paterno. En 1921 hizo la prueba en el Hospital General de Madrid, por espacio de seis meses; sin que sepamos el por qué, el caso es que se le prolongó el tiempo del postulantado a petición suya. Hecho el noviciado, su primer destino fue Puente del Arzobispo. En 1923 se operó en Convalecientes. Repuesta, fue enviada a la Gota de Leche de Valladolid. Pero enfermó de nuevo, y los Superiores la enviaron a Valdemoro. Una nue­va operación quirúrgica la puso en disposición de dedicarse con ardor al servicio de sus señores los pobres de Cristo, y a él vivía dedicada desde 1934, en la Casa de Misericor­dia de Albacete. Era de aspecto agradable y color siempre ro­sado. Familiarmente la llamaban Conchita, y a la verdad, el diminutivo armonizaba con su carácter de niña inocente. Aun antes de ser Hija de la Caridad era piadosa. Hacía diariamen­te meditación por las del P. Villacastín. Jamás fué a bailes. Estando en Matapozuelos hizo voto de virginidad.

Como poco antes de su advenimiento alguien le ponderase la República, ella contestó: «¡Ay! ¿La República buena? Ya verás cómo nos cuesta la vida a muchos religiosos. Pero no creas que temo a la muerte.»

 

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