Las Hijas de la Caridad no son religiosas

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Nosotras no somos más que una familia secular» (Luisa de Marillac en carta a Monsieur l’abbé de Vaux, 29 de junio de 1656).

«Es distinto el espíritu de una religiosa y el de una Hija de la Caridad» (Vicente de Paúl, conferencia del 25 de diciembre de 1648).

—Dígame, hermana, ¿es necesario que las Hijas de laCaridad sepan en qué consiste este espíritu?

—Sí, padre.

¿Por qué?

Porque si no lo supieran harían una cosa distinta de lo que tienen que hacer.

Esa «cosa distinta» de que habla esta hermana anónima tal vez sea algo mejor que lo que hacen las Hijas de la Ca­ridad. Por ejemplo, cantar en coro contemplativamente, lo que el mismo san Vicente califica de «oficio de ángeles».

Puede que eso sea más sublime, pero no es para ellas. «Lo que tienen que hacer» las Hijas de la Caridad es lo que Dios quiere que hagan. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, al delimitar cuidadosamente las diferencias entre el espíritu religioso y el de las Hijas de la Caridad, sólo quieren que éstas sean fieles a la vocación peculiar que Dios les ha tra­zado «desde toda la eternidad». No es éste pues meramente un problema de definición jurídica. Es un problema de obe­diencia y fidelidad al plan eterno de Dios.

El Señor Vicente no ha fundado esta compañía, ni tam­poco el padre Portail, ni la señorita Le Gras. La compa­ñía es obra de Dios. Nadie había pensado en ella. La obra no nació sola, ciertamente, sino por la iniciativa del Espíritu Santo, que inspiró a unas muchachas campesinas una dedi­cación al servicio de los enfermos como ayudantes de las Damas de la Caridad. Tal es el caso de Margarita Naseau, a quien san Vicente considera la primera Hija de la Cari­dad. ¿Por qué la primera, si Margarita murió antes de que se formara el primer grupo de cuatro jóvenes? Esta primera comunidad, reunida en la casa y bajo la dirección de una viuda de cuarenta y dos años, es un pequeño grupo de jóve­nes cristianas reunidas «para vivir con un ideal común». Cuando san Vicente dice esto, en 1634, no les ha reconoci­do aún ninguna autoridad civil ni eclesiástica (esto vendrá trece años más tarde); no tienen aún unas reglas de vida (también vendrán más tarde); no tienen tampoco una mane­ra de vestir que caracterice un «estado» de vida en la Iglesia (con el tiempo, las cosas cambiarán un poco en este aspecto); no tienen votos de ninguna clase (también éstos vendrán después). Pero sí tienen ya un fin dado por Dios mismo:

«El designio de que honréis su vida humana en la tierra». O como dirá seis años más tarde: «Para ser verdadera Hija de la Caridad hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra».

Así que lo que define a la Hija de la Caridad es la imi­tación, la prolongación de la acción de Jesucristo en este mundo. Este es el fin que Dios les ha dado, esto es lo que las caracteriza. Cristo es ante todo, en la visión vicenciana, evangelizador de los pobres. Las Hijas de la Caridad encon­trarán en la evangelización de los pobres el cumplimiento de la voluntad de Dios sobre ellas. «La Hija de la Caridad se entrega y se consagra al servicio de los miembros de Dios». «Consagradas totalmente al servicio de los pobres y de las buenas obras». Cualquier otra definición de su «consagración» supondría la infidelidad al plan de Dios so­bre ellas. Por todo ello, las Hijas de la Caridad no son, no pueden ser, religiosas, pues lo que caracteriza al estado de religión es la imitación de Cristo por la profesión reconoci­da de los consejos evangélicos. Ahora bien, no profesa tal cosa la Hija de la Caridad, ni se consagra a ella, pues las Hijas de la Caridad «no han hecho ninguna otra profesión para asegurar su vocación más que… la ofrenda que han hecho de todo cuanto ellas son y por el servicio que le pres­tan en la persona de los pobres».

Con razón puede pues repetir san Vicente con tanta fre­cuencia que nunca se había visto antes cosa semejante en la historia de la Iglesia. Los religiosos y las religiosas profesan como fin principal de su vida la imitación de Cristo pobre, casto y obediente. Pero lo que profesa la Hija de la Caridad es la imitación de Cristo evangelizador de los po­bres. Y en verdad «¿habéis oído decir alguna vez que haya habido una compañía de vírgenes y viudas que hayan teni­do como fin primordial el servicio al prójimo?».

La novedad plantea al señor Vicente, que es licenciado en derecho canónico, problemas de clasificación jurídica. ¿Dónde metemos a estas jóvenes? ¿Cuál es su lugar en la teoría de los «estados» en la Iglesia? San Vicente se plantea pronto, en 1640, esta cuestión, y de alguna manera se las arregla para resolverla sin salirse del esquema tradicional (Luego, con el correr del tiempo y con la experiencia de la santidad real de muchas hermanas, abandonará esta manera de ver las cosas y se dejará de teorías tradicionales de estados para volver a una perspectiva basada en el bautismo, el ser cristiano fundamental de las hermanas, y la grandeza de su vocación como imitadoras de Cristo evangelizador. Lo vere­mos más adelante). Está primero el estado seglar de los que «están en su ocupación y solamente se preocupan del cui­dado de su familia y de la observancia de los mandamien­tos». Es claro que las Hijas de la Caridad no pueden per­tenecer a un tal estado. Están luego «aquellas personas a las que Dios llama al estado de perfección, como los reli­giosos de todas las órdenes». Por haberlas Dios puesto en comunidad, las Hijas de la Caridad están también en estado de perfección, pero no por la práctica de unos votos que «por ahora no tienen», sino solamente «si son verdaderas Hijas de la Caridad». Lo mismo Vicente de Paúl que Luisa de Marillac repiten muy a menudo que el vestido no hace a la Hija de la Caridad, sino sólo una vida de hermana vivida con autenticidad. La Hija de la Caridad estará en es­tado de perfección, consecuentemente, no por pertenecer a esta comunidad, sino por vivir en serio la vocación que Dios le ha señalado. La pertenencia a su comunidad no la coloca en ningún estado de perfección. No es, por tanto, religiosa, y su estado es diferente del de las religiosas.

La insistencia en este punto por parte de los fundado­res hace pensar que con el correr de los años hubo herma­nas que miraban con cierta envidia el estado de las religio­sas, más apreciadas sin duda por la opinión de la gente y de la Iglesia. Después de todo ellas no eran más que unas po­bres campesinas que gastaban su tiempo ejerciendo los ofi­cios más viles con los enfermos, cuidando niños no queridos por nadie, asistiendo a gentes odiosas condenadas a galeras. En una carta emocionante escrita a san Vicente dos años antes de morir, habla Luisa de los desprecios que reciben las hermanas: «Nuestras hermanas no son ni muy estimadas ni muy queridas». Habla de la tentación que sienten algunas de dejar su modo de vida «simple y humilde» y de adoptar «una forma de vida que exigiría más gasto, y con prácticas que llevarían… a la clausura». Porque «este nombre de hermana no da ninguna autoridad, sino que atrae el despre­cio». Esa inclinación hacia una forma de vida más noble y más «religiosa» le parece un peligro «para la continuación de la obra de Dios, que usted ha sostenido con tanta firmeza contra toda oposición». La tentación de miradas nostál­gicas hacia otros estados más dignos en la Iglesia debía de ser permanente entre ellas. Siete años antes de la carta citada, san Vicente se veía en la necesidad de tener que decir a las hermanas que «no tenéis por qué sentir envidia de las carmelitas, porque seréis tan felices como ellas, podréis dar gloria a Dios en el estado a que os ha llamado, lo mismo que se la dan ellas en el suyo». El estado de las Hijas de la Caridad no es pues estado de religión, pero da la mis­ma gloria a Dios que el estado de religión. El lugar de las Hijas de la Caridad dentro de la teoría canónica de los es­tados en la Iglesia es un estado nuevo, no existente previa­mente, que se caracteriza por la consagración al servicio de los necesitados. Eso es nuevo, y ése es su lugar propio, por­que «Nuestro Señor no ha escogido otra compañía para ser­virle en la persona de los pobres enfermos de la manera en que vosotras estáis obligadas a servirles».

No hay el menor rastro de ambigüedad en la enseñanza vicenciana a lo largo de los años sobre el carácter no reli­gioso de la congregación de las Hijas de la Caridad. Tam­poco en la enseñanza de santa Luisa. Es más: en algunos aspectos la intuición de Luisa de los posibles peligros futuros va más lejos que la de Vicente, y su determinación por es­tablecer fronteras nítidas entre la vida de sus hijas y la de las religiosas es aún más tenaz. Llevada por esta determina­ción, ni siquiera está dispuesta a permitir a dos hermanas el ir a presenciar la profesión de una religiosa, cuando el señor Vicente no había visto en ello inconveniente mayor. Esto es anecdótico, ciertamente, pero no lo es la conocida constancia de Luisa de Marillac en mantener la idea de que el superior eclesiástico de las hermanas deberían ser Vicente de Paúl y sus sucesores, y no por ejemplo el ordinario de lugar. Esto lo mantuvo Luisa con una admirable tenacidad y lucidez, tanto más admirables cuanto que el mismo Vicente se mostró indeciso en esta cuestión durante largo tiempo. Él sabía derecho canónico, pero con su insistencia creó una nueva figura canónica. Ahora bien, lo que lleva a Luisa de Marillac a insistir en su idea es el peligro de que si las her­manas caen en manos de otra autoridad se conviertan insen­siblemente en religiosas y abandonen el servicio de los po­bres y, en consecuencia, dejen de cumplir lo que Dios quiere de ellas. Había habido precedentes algo parecidos, tal el de las visitandinas, que Luisa conocía muy bien. Escribe a san Vicente en 1646: «En nombre de Dios, no permita usted que suceda nada que pueda dar ni el menor motivo de sus­traer la compañía a la dirección que Dios le ha dado. Por­que puede usted estar seguro de que en cuanto suceda eso, la compañía no será más lo que es, los pobres enfermos no serán socorridos, y así no se cumplirá la voluntad de Dios entre nosotras».

La visión que tiene Luisa de la voluntad de Dios es tan clara que ella prefiere la destrucción total de la compañía que su transformación en comunidad religiosa. Escribe a Vicente de Paúl en abril de 1650: «Vi ayer al procurador general… quien me preguntó si pretendíamos ser regulares o seculares. Le hice entender que no queríamos más que lo segundo. Él me dijo que no había precedente para eso. Le alegué el caso de las jóvenes de madame Villeneuve, y le hice ver que iban por todas partes. Me dijo que no es que desaprobara nuestro plan, pues me habló muy bien de la compañía, sino que una cosa de tanta importancia deberla ser bien pensada. Le hice ver mi alegría porque pensara así, y le rogué que si la cosa no merecía o no debía ser mante­nida, que la destruyera totalmente, pero si era buena que la estableciese sólidamente, pues ya llevábamos probando doce o quince años (—sic—, diecisiete años, para hablar con precisión) durante los cuales, por la gracia de Dios, no había surgido ningún inconveniente».

No hay ambigüedad en el pensar de santa Luisa, cierta­mente. Tampoco la hay en la enseñanza constante del señor Vicente. Es muy cierto que Vicente compara muy a menudo la vida de las Hijas de la Caridad con la de las religiosas pero casi siempre lo hace para señalar límites y diferencias. También las compara con la vida de las «simples» cristia­nas. A veces con el mismo fin de señalar límites, pero más a menudo con el fin de establecer la continuidad entre una y otra. La comparación en ambas direcciones es inevitable. Algo tienen que tener en común las Hijas de la Caridad con las religiosas, algo tienen que tener en común con las «simples» cristianas. Hay que destacar lo que tienen en co­mún, pero precisamente para llegar a una idea clara de lo que las Hijas de la Caridad tienen como propio. Esto hay que hacerlo, pues la Hija de la Caridad es una manera nueva de vivir el problema común a todo cristiano de seguir a Je­sucristo. ¿En qué consiste esta novedad? Pero antes hay que preguntar: ¿qué es lo que la Hija de la Caridad tiene en común con otras maneras de vivir la fe cristiana? Pasamos a ver este punto en detalle.

Toda comparación de la vocación de la Hija de la Cari­dad con la religiosa gira en san Vicente alrededor de la idea de que, a pesar de las diferencias canónicas y de modo de vida, la Hija de la Caridad tiene también, igual que las re­ligiosas, una llamada a la santidad: «¿Pensáis que sólo los religiosos y las religiosas tienen que aspirar a la perfec­ción…? Todos los cristianos están obligados a ello, y voso­tras más aún que las religiosas». De manera que aunque «vosotras no sois religiosas de nombre, tenéis que serlo en la realidad, y tenéis más obligación de perfeccionaron que ellas». Esto es verdad, y eso tienen en común con las reli­giosas. Pero eso no las hace religiosas en manera alguna, y «si se presentase entre vosotras algún espíritu enredador e idólatra que dijese: «Tendríais que ser religiosas; eso sería mucho mejor», entonces, hijas mías, la compañía estaría pa­ra la extremaunción».

Por todo ello, la Hija de la Caridad no debe excluir de su visión ni siquiera un elemento que parece ser caracterís­tico de la vida en el claustro: la oración contemplativa en sentido estricto. San Vicente está seguro, sabe muy bien que hay entre ellas auténticas contemplativas, y que son «capa­ces de esperar la participación en los misterios más secretos» de Dios. «¿Acaso sabéis, hijas mías, si Dios quiere hacer de cada una de vosotras una nueva santa Teresa?». Pero su oración, su contemplación, si se da, deben estar dirigidas a mejorar su entrega a los pobres, de manera que hasta los ejercicios espirituales, el tiempo más contemplativo del año, deben orientarse a ese fin.

Las Hijas de la Caridad, igual que las religiosas, no de­ben vivir el espíritu del mundo, aunque, a diferencia de ellas, deben trabajar en él. Pero por otro lado también todos los cristianos, por ser cristianos, deben mirar con horror las máximas del mundo, aunque las Hijas de la Caridad aún más. Su claustro para aislarse del mundo no está hecho de piedra, como dice santa Luisa gráficamente, sino de obe­diencia.

Se las compara incluso en pequeños detalles de la vida práctica. La Hija de la Caridad no es libre, como no lo es la religiosa, para elegir su manera de vestir. Vicente llega incluso a decirles que si reina la cordialidad entre ellas «se­réis muy buenas religiosas». Pero la cordialidad mutua y el verdadero amor son simplemente la señal del verdadero cristiano, según la enseñanza del mismo Jesús (Jn 13, 35). Y aunque no son religiosas, las Hijas de la Caridad son, igual que las religiosas, esposas de Jesucristo, dignas de admiración y respeto. Y son además mártires, como también se ha dicho siempre en la literatura espiritual de aquellos que hacen profesión de seguimiento de Cristo en una vida mortificada y de renuncia. Pero las Hijas de la Caridad son mártires «porque sirven al prójimo por su amor».

Como las gentes que profesan la religión, también las Hijas de la Caridad deben practicar los consejos evangélicos, los tres fundamentales y todos los demás, pues eso va exigido por la imitación de Cristo. Pero no es la imitación de Jesu­cristo el motivo para ser, por ejemplo, pobres, sino lo que mOvió a Cristo mismo a elegir voluntariamente la pobreza. Y así también «nosotras nos hacemos voluntariamente po­bres para servir a los pobres».

Si hay algo que caracteriza al estado religioso es, aparte de los votos, la adopción de una regla de vida. La Hija de la Caridad también la tiene y la necesita. Pero esto no la hace religiosa, como tampoco a los misioneros, quienes, aunque «no somos religiosos ni lo seremos jamás, porque no lo merecemos, tenemos una». En la vida de la Hija de la Caridad la observancia de la regla, que hay que seguir fiel­mente, está subordinada a «vuestra obligación principal…, el servicio a los enfermos», por lo cual no deben temer el dejar a un lado el cumplimiento de la regla cuando haya ne­cesidad. Esta enseñanza, tan repetida por san Vicente y que indudablemente entraña sus riesgos contra el buen or­den necesario para la vida en común, da sin duda en el co­razón mismo de la enseñanza de Jesucristo y muestra el pro­fundo espíritu evangélico del fundador. La caridad, dice a menudo en su enseñanza a los misioneros y a las hermanas, está por encima de toda regla. Por eso las hermanas y los misioneros están en lo que san Vicente define genialmente como «un estado de caridad». La profesión de la caridad, y no la profesión de los tres consejos evangélicos ni la pro­fesión de una regla, es lo que define exactamente el «estado» de las Hijas de la Caridad.

Hay un problema práctico en el que san Vicente parece querer aplicar a las hermanas el derecho vigente para las religiosas. San Vicente se muestra repetidamente enemigo de que las hermanas se confiesen con quienes no han sido señalados para ellas. Pero una lectura cuidadosa de los tex­tos muestra con claridad que lo que san Vicente quiere evi­tar a toda costa es que a través de la intimidad de las con­ciencias entren en la compañía influencias extrañas a ella que podrían poner en peligro su peculiaridad. Por eso les insiste en que se confiesen con los confesores señalados, que eran casi siempre, por cierto, sacerdotes seculares. Pero que se confiesen simplemente, sin hacer de ellos sus directores espirituales. ¿Estará el espíritu religioso tan cercano al de la Hija de la Caridad que ésta pueda acudir a él para problemas de su vida espiritual? «Ese religioso que no os conoce, ¿cómo podría juzgar de lo que es propio de una Hija de la Caridad si no ha sido llamado por Dios para eso? Podría deciros cosas muy buenas pero inútiles. Y los conse­jos que os dé serán según su opinión, pero no según la de Dios». «No tenéis que dirigiros jamás ni a los unos ni a las otras, ya que tenéis que tener mucho miedo de tomar parte en otro espíritu diferente del que Dios ha dado a vues­tra compañía. ¿Cómo podríais recibir consejo de una perso­na religiosa cuya vida es totalmente diferente de la vuestra, y que sólo puede aconsejar ordinariamente según sus máxi­mas y según su espíritu?».

Esta última idea muestra que no es la clausura la dife­rencia principal entre una religiosa del tiempo de san Vicen­te y una Hija de la Caridad, que vive sin clausura. Los reli­giosos no tienen clausura, pero su espíritu está demasiado alejado del de la Hija de la Caridad para que puedan ser directores adecuados de las conciencias de las hermanas. No es una cuestión de diferencias en las formas de vida, aunque evidentemente la clausura atentaría radicalmente contra el fin principal de la vocación de las Hijas de la Ca­ridad. Es una cuestión más fundamental de diferencia de espíritu. «Estaría bonito ver a las Hijas de la Caridad tomar el espíritu de las carmelitas, que tienen un espíritu tan aus­tero. El vuestro es un espíritu de caridad». «Si alguna por devoción quisiese vivir como una religiosa… dejaría mucho que desear en el servicio de los pobres». Siempre el mis­mo motivo: la Hija de la Caridad no tiene otra profesión que la entrega a Dios para el servicio de los pobres, y esto es lo que la hace diferente de todo religioso y de toda re­ligiosa.

Aunque a primera vista en algunos textos san Vicente parece pensar que lo mismo las hermanas que los misioneros deben dedicarse a la propia perfección como consecuencia precisamente de su profesión peculiar —lo cual les pondría en una situación similar a los religiosos de todo tipo, según la doctrina espiritual tradicional—, es clarísimo en su pensar que la exigencia de búsqueda de la perfección brota del ser cristiano fundamental y no de una determinada profesión. Así, en un texto ya citado: «¿Pensáis que sólo los religiosos y las religiosas deben aspirar a la perfección…? Todos los cristianos están obligados a ella». «Si sois fieles en la práctica de esta forma de vivir, seréis todas buenas cris­tianas».

El modelo propio de las Hijas de la Caridad no es nin­guna orden existente, sino las campesinas que viven ver­daderamente las virtudes cristianas. «Vosotras os habéis entregado a Dios para vivir como buenas cristianas, para ser buenas Hijas de la Caridad, para trabajar en las virtudes propias de vuestro fin, para asistir a los pobres enfer­mos…». Las reglas y el modo de vida que éstas definen son una destilación del evangelio de Jesucristo, y por eso mismo su práctica las llevará a la santidad». Incluso las vir­tudes «típicas» de las Hijas de la Caridad deben ser practi­cadas por todos los cristianos, aunque naturalmente «las Hijas de la Caridad tienen esta obligación de una manera especial». La idea es clara en el pensar de san Vicente.

Pero no se queda en la teoría, sino que llega a los detalles más prácticos. A la hora de hacer una buena elección de oficialas, san Vicente hace notar que «importa que las que elijáis sean buenas cristianas, que tengan temor de Dios…».

Es posible que el pensar de santa Luisa sea en este as­pecto más agudo que el de san Vicente, por lo menos según los textos que han llegado hasta nosotros. No debe sorpren­der la cosa por otro lado, pues Luisa de Marillac nunca de­jó de ser seglar en cuestión de estados canónicos, aunque soñara de joven en una vocación estrictamente religiosa. También ella dice a las hermanas que sus virtudes propias son «absolutamente necesarias a todo cristiano, pero espe­cialmente a las Hijas de la Caridad». Tienen que soportar todo, como Jesucristo, «porque somos cristianas y además Hijas de la Caridad». Si no se tienen las virtudes cristianas básicas «no basta ser Hija de la Caridad de nombre, no basta estar al servicio de los pobres», porque «las accio­nes exteriores, aunque sean por el servicio de los pobres, no pueden agradar a Dios si no están unidas a las de Nuestro Señor, que trabajaba siempre pensando en Dios, su Pa­dre». Todo esto se dice para que la Hija de la Caridad no crea que lo propio de su vocación es el trabajo asistencial sin alma, aunque sea por los pobres. Las Hijas de la Caridad deben ser «espíritus bien hechos, que desean la perfección de los verdaderos cristianos, que quieren morir a ellas mis­mas por la mortificación y la verdadera renuncia hecha ya en el santo bautismo para que el espíritu de Jesucristo se establezca en ellas».

La dignidad de su vocación no brota de que de alguna manera las eleve por encima de los simples fieles colocán­dolas en un estado especial, sino precisamente del hecho de que «aunque todos los cristianos estén obligados a servir a Dios y a hacer bien al prójimo, ellos tienen otras ocupacio­nes que los distraen; pero la bondad de Dios ha sido tan grande con vosotras que os ha llamado a una profesión en la que no tenéis otra cosa que hacer». Esta vocación «es para vosotras un medio para poner en práctica los dos prin­cipales mandamientos de la ley de Dios», o sea, para ser cristianas de verdad. En el momento de admisión en la comunidad «la señorita preguntaba ordinariamente a las hermanas a las que daba el vestido si persistían en la volun­tad de servir a Dios y a los pobres toda su vida… Al darles la cofia les advertía a veces que representaba el paño blanco que el sacerdote da al niño recién bautizado, y que ellas podrían recobrar la inocencia bautismal por la caridad que ejercieran hacia los pobres enfermos». Este texto nos pa­rece definitivo para llegar al fondo del verdadero pensa­miento de santa Luisa. Precisamente en una ceremonia de vestimiento, que sin duda evoca fuertemente una práctica de la vida religiosa femenina, la sensibilidad de Luisa de Marillac le hace a ella evocar el bautismo como momento inicial y definitivo al que las Hijas de la Caridad deben volver a través del servicio a los pobres. No es la profesión de la Hija de la Caridad un «segundo bautismo», según se ha dicho de la profesión religiosa desde los tiempos por lo menos de santo Tomás de Aquino hasta el Concilio Vatica­no II. La práctica de su profesión peculiar, la entrega a Dios en el servicio a los pobres, debe llevar a las Hijas de la Caridad a la recuperación de sus raíces cristianas, la con­sagración bautismal.

San Vicente y santa Luisa, sobre todo ésta, quieren dejar bien clara la continuidad de la vocación de la Hija de la Caridad con la vocación común cristiana. También destacan, sobre todo san Vicente, los puntos comunes con la vocación religiosa, según vimos. Pero mucho más fre­cuentemente ponen de relieve las diferencias. Este aspecto es tan claro y tan repetido que casi nos atreveríamos a hablar en los fundadores de una especie de miedo a que las Hijas de la Caridad acabaran contagiándose del espíritu de reli­gión. No porque este espíritu no sea muy digno, pues las Hijas de la Caridad, como dice repetidamente san Vicente, no pueden ni compararse con las religiosas, sino porque ese espíritu no es para ellas por voluntad de Dios. Los dos fun­dadores están siempre muy alertas contra todo lo que pueda dar pie a ese «contagio», pero es posible que en este aspec­to Luisa fuera también más aguda y detallista. No sólo se muestra opuesta a que las hermanas asistan a ceremonias de profesión religiosa, como vimos. Se opone a que se le llame «reverenda madre», sin duda por las resonancias religiosas del título. No quiere velos para las hermanas por la mis­ma razón. Se muestra poco amiga de admitir en la com­pañía a una religiosa, no sea que «pronto lo seamos todas». Y a unas jóvenes que han mostrado interés por unirse a la compañía les presenta un programa-resumen de la vida de las Hijas de la Caridad que parece redactado deliberadamente con el fin de desanimarlas: «No es esto una religión, ni un hospital del que no nos movemos, sino que vamos continuamente a los pobres enfermos en diversos lugares, haga el tiempo que haga… (las Hijas de la Caridad) se visten y se alimentan pobremente. No se ponen nada so­bre la cabeza como no sea una cofia (cornette) en caso de necesidad. No hace falta tener otra intención cuando se viene a la compañía que la de venir puramente para el servicio de Dios y del prójimo» 81. Todo esto lo dice Luisa en 1658, dos años antes de morir y veinticinco después del comienzo de la compañía. No ha habido en su mente con el correr de los años un deslizamiento hacia una visión religiosa de las Hijas de la Caridad, sino una confirmación de carácter se­cular del grupo inicial. Y esto a pesar de que a lo largo de los años se han ido introduciendo en la compañía datos y hechos, como los votos personales y la regla de vida común, o la uniformidad en el vestir, que de alguna manera pare­cen conducir inevitablemente a una visión más religiosa del estado de las Hijas de la Caridad.

Por lo demás santa Luisa no hace en este aspecto, como en todos los demás, más que ser fiel a la intuición original de aquel a quien llama «nuestro muy honorable padre». Este, por su parte, en la mismas reglas recuerda a las her­manas: «Considerarán que no pertenecen a una religión, ya que este estado no va bien con las ocupaciones de su vocación». Y en una conferencia: «No penséis en la grandeza de las religiosas. Estimadlas mucho y no busquéis ex­cesivamente su trato. No porque este trato no sea bueno y excelente, sino porque la comunicación de su espíritu par­ticular no es propio para vosotras. Y esto es verdad tanto de los religiosos como de las religiosas».

También Vicente de Paúl es muy capaz de llegar en este tema a detalles prácticos. Quiere que las hermanas sean modestas en su mirar y en su comportamiento. Insiste en ello con frecuencia. Pero no quiere que su modestia sea una modestia «monjil», «porque como estáis al servicio de personas seglares es menester que no les asuste el exceso de vuestra modestia. Esto podría impedir hacer el bien que puede hacerse con una jovialidad moderada». No quiere que ninguna aspirante a la compañía traiga dote, para evi­tar con ello las diferencias de trato que se dan por las dife­rentes dotes entre las religiosas. Su pensar en este aspecto de miedo al «contagio» podría resumirse en una frase de fuerte tinte irónico pronunciada sólo tres años antes de morir: «Estaría bonito ver a una Hija de la Caridad empe­ñarse en parecerse a una religiosa».

¿Qué es lo que lleva realmente a los fundadores a es­tablecer límites precisos entre el ser religioso y el ser de las Hijas de la Caridad? Ambos tienen un alto aprecio de la vida religiosa. El señor Vicente es además director de varias órdenes de estricto carácter religioso. Conoce el mundo re­ligioso, el femenino y el masculino, y aunque conoce tam­bién los fallos de las almas consagradas, no por eso deja de apreciar un estado de vida que con toda sinceridad considera que es, como estado canónico, muy superior al de las Hijas de la Caridad. Hay dos razones que mueven a san Vicente y a santa Luisa a mantener vigorosamente y a pe­sar de todo las diferencias. La primera, fundamental, es la fidelidad a la voluntad de Dios. Dios no ha llamado a las Hijas de la Caridad a un estado religioso. La segunda es la excelencia del fin que Dios mismo les ha dado. La adop­ción de una forma de vida religiosa impediría llevar a cabo la obra de redención del pobre que Dios ha puesto en las manos débiles de las Hijas de la Caridad. Lo impediría no sólo la «forma» de vida (por ejemplo, la clausura), sino también el espíritu. El espíritu religioso no es un espíritu de consagración al servicio de los pobres. Nunca se ha defi­nido así en la historia de la Iglesia. El de las Hijas de la Caridad se define precisamente por eso. Si adopta el espíritu religioso como ideal de vida la Hija de la Caridad pondría en segundo lugar lo que debe ser lo primero en su propio espíritu: la consagración a Dios expresada en el servicio a los pobres. Lo que siempre ha caracterizado al espíritu re­ligioso —hay que decirlo una vez más— es la consagración a Dios por medio de la práctica de los consejos evangélicos. Son, cualquiera lo ve, dos cosas diferentes.

En cuanto a la consagración propia de las Hijas de la Caridad, dejemos hablar al fundador:

«Si os pregunta si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios… Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad que os habéis entregado a Dios para el servicio de los pobres».

«El espíritu de la compañía consiste en entregarse a Dios para amar a Nuestro Señor y servirle en la per­sona de los pobres».

«El espíritu de vuestra compañía consiste en el amor a Nuestro Señor y en el amor a los pobres».

«Para eso ha hecho Dios vuestra compañía, para ser­vir a los pobres».

«Vosotras, llamadas a servir a los hijos de Dios».

«El os ha llamado a una compañía para el servicio de los pobres».

«La Hija de la Caridad se entrega y se consagra al servicio de los miembros de Dios».

«Yo soy de los pobres: me he entregado a Dios para eso».

«¿Para qué es la compañía? Para honrar a Nuestro Señor y para servirle en los pobres».

«He venido a servirte… para entregarme por comple­to al servicio de los pobres».

Podríamos añadir cien citas más. Todo esto se podría resumir en esta frase escueta del señor Vicente que define perfectamente la cuestión: «Vosotras hacéis profesión de servicio al prójimo». El servicio al prójimo: esa es la ver­dadera profesión de las Hijas de la Caridad. Con razón pue­de decir el señor Vicente que no se ha visto en la historia anterior de la Iglesia nada semejante. El estado religioso está muy por encima del de las Hijas de la Caridad, pero ninguna religión tiene un fin tan noble como el de ellas.

Es el fin, no la condición canónico-jurídica, lo que demuestra la grandeza de su vocación. Elevado por su propia visión y experiencia personal en la asistencia a los pobres, Vicente llega a decir de la compañía que tiene un fin más noble que ninguna 71 porque no pretende otra cosa que hacer lo mis­mo que hizo el Hijo de Dios en la tierra 72. «¿Qué hizo Je­sucristo en este mundo sino servir a los pobres?». «El que viese la vida de Jesucristo vería algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad ¿Qué es lo que vino a hacer? Vino a enseñar, a iluminar. Eso es lo que vosotras hacéis”. «Jesucristo vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras… váis con ese mismo designio». Es indudable que desde el primer momento Vicente ha visto la figura de la Hija de la Caridad como una prolongación de la de Jesucristo, y su trabajo por los pobres como una continua­ción de la misión redentora y evangelizadora de Jesucristo: «¡Qué felicidad que Dios os haya escogido para continuar la obra de su Hijo en la tierra!».

Esta idea aparece con absoluta claridad desde la prime­ra conferencia. La idea se enriquece con el paso del tiem­po en formulaciones y en aspectos nuevos, pero permanece invariable a lo largo de los años. Santa Luisa adopta pronto esta misma visión de la vocación de sus hijas. Desde el mismo comienzo san Vicente quiere hacer ver a las herma­nas que esto es precisamente lo que distingue su vocación de otras vocaciones religiosas: cartujos, capuchinos, je­suitas.

Por otro lado, la obra de las Hijas de la Caridad no se puede definir como mera asistencia social o actividad bené­fica hacia los necesitados. Su acción, igual que la acción redentora de Cristo, debe llegar al hombre entero, a su cuerpo y a su alma. Es una acción evangelizadora y re­dentora en sentido estricto que quiere llevar a los pobres a Dios a través de la redención corporal, cultural y espiri­tual de su pobreza. A san Vicente le tiene sin cuidado el hecho de que en la historia de la Iglesia se haya reservado el título de apóstoles y evangelizadores a los hombres. La diferencia de sexo no le importa lo más mínimo. El ve con claridad que lo que hacen las Hijas de la Caridad es una prolongación de lo que comenzó Jesucristo y continuaron los apóstoles. Por eso se puede decir a las hermanas: «Vo­sotras sois los apóstoles de la caridad». «Vosotras vais, como los apóstoles, de un sitio para otro… Habéis aceptado hacer lo que Nuestro Señor hacía en la tierra». «Vais a hacer lo que hacían Nuestro Señor y los apóstoles». Por todo ello el señor Vicente puede afirmar que la vocación de las Hijas de la Caridad es idéntica a la de sus propios hermanos de congregación: «Estas jóvenes se dedican, igual que nosotros, a la salvación y al alivio del prójimo», idea que santa Luisa ha asimilado con fidelidad. En un momento de oración profunda, las dos comunidades vienen a fundirse en la Comunidad única, para la que Luisa pide fidelidad a Dios en lo que la define (en lo que las define): la atención evangelizadora a los pobres. A eso, y no a otra cosa, se con­sagran unos y otras: «El día de la octava de Corpus Christi, adorándole en el coro de la iglesia de nuestros venerables padres (en San Lázaro), le he pedido por la unión amorosa del Verbo con la naturaleza humana, que ellos y nosotras le estemos eternamente unidos y siempre unidos a la jerar­quía apostólica y romana por una sólida unión de todo el cuerpo de la comunidad a los pobres, como Dios lo quiere».

Esta entrega y consagración exclusiva a Dios en los pobres la ha vivido de hecho Luisa de Marillac unos años antes de que existiera la compañía de las Hijas de la Cari­dad. Pero sólo diez años después del comienzo de la com­pañía, en 1642, ha confirmado Luisa, con otras cuatro com­pañeras, esta consagración con un voto de no hacer otra cosa que dedicarse a los pobres durante toda su vida. El voto no ha cambiado para nada la consagración existente previa­mente, ni ha desplazado el objeto de la consagración. No ha hecho más que confirmar, con un juramento hecho a Dios, una voluntad de entrega a El en el servicio de los pobres, voluntad de entrega que es anterior e independiente del voto, aunque éste la confirma. Al hacer el voto no pretende santa Luisa crear una nueva realidad que haya que someter al reconocimiento y aprobación de la Iglesia o de la autori­dad civil. Los votos que ella ha hecho y los que harán des­pués otras hermanas «no son diferentes de los que un de­voto a una devota pueden hacer en el mundo, y ni siquiera son tales, porque de ordinario los del mundo los hacen sien­do escuchados por su confesor». También en esto es Luisa un espíritu hermano del de san Vicente. Dice éste: «El obis­po de Nantes dice que sois religiosas porque hacéis votos… Respondedle que no sois religiosas… Los votos que hacemos no nos convierten en religiosas porque son votos simples que puede hacer cualquiera, incluso viviendo en el mundo».

Sólo en una ocasión, que sepa el que esto escribe, san Vicente empleó, refiriéndose a los votos que hacían las Hijas de la Caridad, un tipo de expresión característico de la lite­ratura de la vida religiosa consagrada: «Desde que os consa­grasteis a Dios por medio de los votos no tenéis ya nada vuestro… que no pertenezca a vuestro Esposo». En otra ocasión compara el ingreso en la compañía con la promesa de matrimonio, y los votos como la expresión de la entrega total matrimonial. Pero es claro por el conjunto de su enseñanza que la consagración que pueda suponer el acto de hacer los votos no toma el lugar de la verdadera consagra­ción «a Dios en el servicio de los pobres» que define el espíritu auténtico de las Hijas de la Caridad (sin mencionar el hecho de que la fótutula de los votos tiene como objeto precisamente esa consagración). De 1633, fecha de funda­ción de la compañía, a 1642, fecha de los votos de santa Luisa y de otras cuatro compañeras, existían ya Hijas de la Caridad que, sin votos de ninguna clase, eran mujeres consagradas a Dios en el sentido estricto vicenciano, no en el canónico usual entonces y ahora. Es más, sólo Luisa y otras cuatro hicieron los votos entre un grupo de 40 ó 50 hermanas. Ni Luisa, ni Vicente, ni nadie dentro o fuera de la compañía pensó desde aquel momento en que la co­munidad estuviera compuesta de cinco hermanas plenamen­te consagradas y del resto semiconsagradas. En lo que real­mente define como consagrada a la Hija de la Caridad to­das eran sin duda exactamente iguales, tuvieran o no tuvie­ran votos.

Es cosa sabida que en la vida de los fundadores no se llegó a una práctica generalizada de hacer los votos. Incluso entre las que los hacían reinaba una gran variedad: anuales, temporales, perpetuos. San Vicente rara vez hace distinción, cuando habla a las hermanas, entre las que tienen y las que no tienen votos. Y cuando lo hace es casi siempre o bien para señalar que las que no tienen votos están obligadas a las mismas cosas que las que los tienen, o bien para insistir en que las que tienen votos deben por eso mismo vivir más intensamente como Hijas de la Caridad. Pero no son los votos los que las hacen Hijas de la Caridad: «Todas vosotras habéis sido escritas en el libro de la caridad cuando os entregasteis a Dios para servir a los pobres». Y todas ellas, tengan votos o no, deben decir cuando se les pregunte: «¿Hacéis votos religiosos? —No, señor; nos en­tregamos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obedien­cia, unas para siempre, otras para un ario». Pobreza, castidad y obediencia que todas ellas deben a Dios no por­que hagan votos, pues muchas de ellas no los tienen, sino porque así lo exige la consagración y entrega total al servicio de los pobres. Sin la práctica real de la pobreza, cas­tidad y obediencia, con votos o sin ellos, no puede la Hija de la Caridad consagrar todo su ser a la redención corporal y espiritual de los pobres, a imitación de Jesucristo.

Jaime Corera CEME

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