Las Hijas de la Caridad (entrevista a sor Juana Elizondo, H.C.)

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Ángel de la Parte y Antonio Bellella · Año publicación original: 2003 · Fuente: Revista "Vida Religiosa".

Artículo del año 2003. Con 22.736 Hermanas, presentes en 93 países, las 2.403 comunidades de las Hijas de la Caridad, constituyen la Sociedad Apostólica más grande de la Iglesia. Entrevista realizada en el año 2003 a la entonces Superiora General de las Hijas de la Caridad, sor Juana Elizondo.


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Las Hijas de la Caridad fueron en su día un proyecto valiente que favoreció la integración activa de la mujer en la sociedad y en el apostolado. ¿Cómo continúan hoy su proyecto?

En cuanto tal proyecto sigue más o menos igual, aunque hoy ese lanzamiento audaz de colocar a las Hermanas en pleno mundo, en medio de los pobres, se ha generalizado a otras muchas congregaciones y, por lo tanto, ha perdido su novedad y ya no resulta tan llamativo. Hoy las audacias consisten más bien, al igual que para las otras Congregaciones, en estar presentes en situaciones de riesgo. En este sentido admiro la valentía de las Hermanas. Desde mi experiencia puedo decir que el mayor sacrificio que se les puede sugerir es invitarlas a retirarse de situaciones de peligro. Lo hemos experimentado en los sucesos de Ruanda, de Argelia, del Congo. Actualmente lo vemos en las hermanas que estan en Belén y en otras partes del mundo. En realidad, es una constante en la historia de la Compañía. La respuesta de las Hermanas, en estos casos, es siempre la misma: ¿cómo vamos a abandonar a los pobres, ahora que es cuando más nos necesitan?

¿Podría indicarnos en qué campos apostólicos considera que es más necesaria hoy la presencia de la mujer consagrada?

Son tantas las urgencias que vemos en el mundo actual que no resulta fácil hacer una selección. Estos últimos años, las Hijas de la Caridad estamos prestando una atención especial a los que consideramos más abandonados, como son los enfermos de sida, que en algunos continentes se encuentran en situaciones verdaderamente trágicas, la infancia desamparada:  es decir, los niños de la calle, los huérfanos de guerra o fruto de catástrofes, los niños desnutridos, los no escolarizados y también los ancianos solos y abandonados, incapaces de subvenir a sus necesidades. Otro campo no suficientemente atendido es el de la mujer necesitada por diversos motivos: en muchos países no son considerados sus derechos como ser humano, no tiene acceso a la más mínima formación y promoción, con frecuencia es maltratada.

La lista podría alargarse con pobrezas antiguas y nuevas, permanentes y esporádicas, como los refugiados, las víctimas de la emigración forzada, etc. Dos servicios me parecen urgentes en esta sociedad enferma de soledad a pesar de la abundancia de medios de comunicación, son la acogida y la escucha. Quizá no podamos resolver muchos de los problemas, pero mediante la buena acogida y la escucha atenta y respetuosa, reconocemos la dignidad de la persona que tenemos delante. Cuánta enfermedad mental y cuántos suicidios se podrían evitar.

Ustedes han sido durante siglos una presencia viva de la Iglesia en las situaciones más difíciles, ¿podría referirse a algún proyecto concreto?

Procuramos caminar en esa misma dirección. En las Hermanas hay, en general, una gran disponibilidad como respuesta a lo que dicen nuestras Constituciones: «Del Hijo de Dios aprenden las Hijas de la Caridad que no hay miseria alguna que puedan considerar como extraña a ellas… múltiples son las formas de pobreza, múltiples también las formas de servicio…». Es verdaderamente admirable la respuesta de las Hermanas cuando se lanza una llamada para cualquier situación difícil: catástrofes, refugiados, enfermedades de riesgo, situaciones de peligro… Con frecuencia son ellas las que nos alertan y nos impulsan citando la audacia de los Fundadores.

En las visitas a sus comunidades entra en contacto con muchas Hermanas, ¿qué tres preocupaciones fundamentales constata?

Las Hermanas, siempre y por carisma, son muy sensibles ante la situación de los pobres cuyos derechos no son respetados, y que carecen de lo más elemental para la vida del ser humano; percibo no sólo inquietud sino hasta cierta angustia de no poder salir al paso de todas sus necesidades con un servicio de calidad que dignifique a la persona. Angustia de ver a los pobres privados de sus derechos y de lo más elemental necesario para la vida. En segundo lugar, también, constato cierta inquietud por mantener el equilibrio necesario entre la vida espiritual que fundamenta y apoya la actividad apostólica, el servicio que con frecuencia resulta excesivamente absorbente y la comunidad fraterna, donde se vive y se muestra el amor mutuo, al mismo tiempo que se rehacen las fuerzas para la misión. Falta tiempo. Lo tercero, sería la lucha constante contra la amenaza de la sociedad de consumo, que contrasta dolorosamente con la pobreza y la miseria de las personas a quienes sirven las Hermanas y cuyas angustias comparten. Las consecuencias negativas de la globalización que marginan cada vez más a los pequeños.

Y en esas mismas visitas, ¿cuáles son las tres esperanzas que animas a las hermanas?

Entre las esperanzas, podría decir que aun en medio de las múltiples dificultades que el mundo de hoy presenta para vivir con dinamismo los valores de la vida consagrada, las Hermanas tienen plena confianza en que: La Compañía tendrá siempre sentido porque su carisma es en realidad la imitación de la vida de Cristo, que pasó por el mundo remediando las necesidades de todo tipo de sus contemporáneos. Las Hermanas viven en plenitud y con alegría esta convicción.

También es para ellas fuente de esperanza, constatar la gran sensibilidad que existe en la Compañía ante las necesidades de los pobres, y su generosidad, en general, en responder a ellas. No sería fácil encontrar una Hija de la Caridad que no contara con estas cualidades.

Un tercer gran motivo de esperanza es la solidaridad, que siempre existió, pero que se ha acentuado estos últimos tiempos. La ayuda mutua, pero sobre todo la de las Hermanas que están en el primer mundo hacia las del tercero o cuarto mundo, aun a costa de sacrificios, alienta la esperanza en el futuro y permite audacias que de otro modo no serían fáciles.

En el proceso de renovación de los últimos 40 años, han cambiado muchas cosas; le agradeceríamos una evaluación al respecto: lo positivo y lo negativo, los caminos que quedan por andar, las cuestiones pendientes.

En lo positivo diría que, con relación a tiempos pasados, se ha conseguido cierto espacio de libertad que ha estimulado la responsabilidad personal frente a imposiciones normativas. Las relaciones entre los diversos niveles son más sencillas, de mayor proximidad, de respeto mutuo. Se escucha más a la base. En la formación se trata de construir personas sólidas, fundadas sobre roca, con convicciones firmes, capaces de vivir con dinamismo su vocación, capaces de luchar contra vientos y mareas, sin que necesiten una constante supervisión ni excesivas estructuras de control.

Naturalmente, existen las contrapartidas negativas. Hay más individualismo que dificulta el sentido de pertenencia a un grupo que ha optado por unas normas de convivencia. La disponibilidad y la movilidad pueden sufrir. Se interpreta mal el diálogo. Y me atrevería a decir que la obediencia no siempre encaja bien en este contexto.

La vida consagrada, como don carismático, es un organismo vivo; hay quien afirma que es mejor ‘afirmarse en lo seguro’, hay quien prefiere apostar… ¿Dónde estamos y por dónde habría que dirigirse?

Efectivamente, la vida consagrada es un organismo vivo y, por lo tanto, no puede detenerse ni asegurar su futuro contemplando y conservando el pasado, sin más. Debe permanecer en movimiento siguiendo el ritmo de las situaciones que reclaman su presencia y servicio. Concretamente nuestro carisma exige audacia desde los orígenes. Nadie más audaz que nuestros Fundadores, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, que tuvieron la osadía de sacar la vida consagrada de los conventos y monasterios para situarla en medio de los pobres, en situaciones verdaderamente arriesgadas e inusuales, como el servicio de los galeotes, en campos de guerra, la atención de los apestados.

De hecho, la primera Hija de la Caridad, Margarita Naseau, murió por contagio de una de estas enfermas. Pero también podemos añadir que nadie más prudente que ellos. A San Vicente se le ha achacado de lentitud en sus decisiones. Uno de sus principios era «no adelantarse a la Providencia». San Vicente mide los riesgos de las acciones que emprende, pero no por eso renuncia a ellas, sino que prepara a las Hermanas para que sepan afrontarlos. A lo largo de sus conferencias va sembrando sus instrucciones en muchos dominios; sobre todo exige de ellas una vida espiritual sencilla pero sólida y una comunidad fraterna capaz de apoyar a las Hermanas en sus duras actividades. Es decir, prepara el ‘ser’ que apoye el ‘hacer’. Hoy, más que nunca, en un mundo que corre con velocidad, se imponen la novedad y el cambio, pero no la novedad por la novedad, ni el cambio por el cambio. No creo en ciertas actividades, ni modos de vivir de escaparate por su excesiva radicalidad; generalmente no duran.

Es evidente que todos padecemos una gran crisis de vocaciones. ¿Cómo ha afectado y sigue afectando esta situación al Instituto que dirige?

La estamos resintiendo fuerte y dolorosamente en la mayor parte de los países de Europa, en los Estados Unidos… y en los países donde las vocaciones florecieron en los años 40, 50 y primeros de los 60. En Europa, sobre todo en España, entraban cientos por año, al igual supongo que en otras Congregaciones. Después del Concilio hubo bastantes bajas. La sacudida fue fuerte y no todo el mundo la supo encajar, al igual que fue también fuerte la repercusión no suficientemente prevista, y por lo tanto no preparada, de los cambios políticos, sociales y laborales (horarios, salarios, nuevas tecnologías), que desplazaron los puntos de referencia, que en nuestro caso habían durado siglos, y no todo el mundo supo interpretarlos como accidentales con relación a los valores permanentes. Hubo una fuerte discrepancia generacional en la interpretación y aceptación de estos cambios, por lo que un buen número buscó la solución en la salida.

Actualmente las bajas son fuertes en nuestras estadísticas, puesto que a las numerosas entradas de hace 60 años o más, corresponden las numerosas salidas hacia la Casa del Padre. Todo esto tiene la dolorosa consecuencia de cierres de comunidades, etc. Lo que requiere una constante revisión de obras y re-planificación. En este momento, el mayor número de vocaciones viene de Asia y África. Entre todos los países sobresale Vietnam. A pesar del descenso de vocaciones, la Compañía se extiende en el mundo respondiendo a las llamadas de los más pobres, sobre todo en Asia y África. Una gran esperanza para el futuro, porque Dios, que cuida de los pobres, nos envía vocaciones en esos países, aunque no hay que descuidar un fuerte discernimiento.

Acercándonos a la vida cotidiana, hablemos un poco del estilo de la vida comunitaria de las hermanas…

Desde los orígenes de la Compañía, los Fundadores dieron una gran importancia a la vida fraterna en comunidad, aunque advirtiendo que habían sido «llamadas y reunidas por Dios para el servicio de los Pobres». El temor del retorno a los monasterios, como sucedió con las Visitandinas, fundadas por San Francisco de Sales, gran amigo de nuestro Fundador, obligó a San Vicente a precisar bien las cosas.

Por otra parte, lanzadas las Hermanas en medio del mundo, cabía que no desarrollaran la pertenencia a un mismo cuerpo si no se precisaba bien la vida comunitaria fraterna. Durante muchos años la vida comunitaria en nuestro Instituto ha sido uniforme, a pesar de la gran variedad que siempre ha existido en los servicios. Hoy se mantiene la exigencia de la vida comunitaria, pero admite una variedad de formas en función del servicio que desarrolla cada Comunidad. Las modalidades quedan determinadas en el Proyecto Comunitario Local.

Las Hermanas desean y reclaman la vida de comunidad pero, ante el individualismo reinante, no faltan algunas excepciones. Las Hermanas están convencidas de que el testimonio de amor fraterno que se da a través de la comunidad es un factor importante para la evangelización. Lo es sobre todo en los países donde la convivencia entre las diferentes etnias y tribus resulta difícil.

Muy brevemente: ¿qué aspectos subrayaría en la vivencia actual de los votos?

En nuestro caso, los votos además de confirmar la consagración bautismal son también la confirmación de la entrega total que hacemos a Dios de nosotras mismas al ser admitidas en la Compañía. Ante la novedad que los Fundadores introdujeron al sacar la vida consagrada de los monasterios y asignar a las Hermanas «por claustro las calles de la ciudad y las salas de los hospitales», quisieron precisar bien en qué consistía nuestra vida. Así San Vicente les dirá: «Si el Obispo os pregunta quiénes sois, le contestáis que no sois religiosas (en el siglo XVII decir religiosa era tanto como decir monja de clausura), sino personas que se han dado totalmente a Dios para el servicio de los pobres».

Las Hijas de la Caridad confirmamos esa entrega mediante los votos de castidad, pobreza y obediencia que nos liberan y disponen a vivir, también por voto, el servicio de Cristo en los pobres. Los votos suponen necesariamente una proyección apostólico-social. Nos liberan y facilitan nuestro servicio en cualquier lugar donde hay un hermano que sufre.

Un mensaje para los que hoy se preguntan por el futuro de la vida consagrada.

Mi mensaje sería verdaderamente de esperanza y de confianza. La vida consagrada es el seguimiento radical de Cristo, de su Evangelio. Los carismas de cada Instituto tratan de vivir, con intensidad particular, alguno de los aspectos de la vida del Señor. Nuestros Fundadores nos crearon, por inspiración divina, para el servicio del Señor en los pobres, recalcando fuertemente, en sus instrucciones a las Hermanas, esta visión de fe: «Diez veces irá una Hermana a visitar a un enfermo y diez veces encontrará en él a Dios», nos dice San Vicente. Cristo no puede fallar, «es el mismo ayer, hoy y siempre», por lo tanto, su seguimiento radical tendrá siempre sentido y derecho de existencia, a pesar de que disminuyan los efectivos. Lo más importante no son los números, que tanto nos preocupan a veces, sino la fidelidad y el ardor que pongamos en vivir el carisma. Lo demás vendrá por añadidura. Debemos cuidar el «ser», nuestro contacto con Cristo, que nos inspirará el modo de imitarle, y vivir con radicalidad la identidad en el mundo de cada momento. Es cierto que profesionalmente se nos sustituye con facilidad en algunos países, pero la mística que motiva el servicio y la calidad que impone no son tan fáciles de remplazar. En otros países carentes de posibilidades, somos requeridas y necesarias en todos los sentidos.

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