Dos convicciones inseparables
Una vez más, vamos a ponernos a escuchar especialmente a Santa Luisa de Marillac. La «Renovación», como la misma palabra lo indica, debe alcanzar en cada Hija de la Caridad hasta la raíz de su ser para renovarlo en profundidad:
¿No piensan ustedes, queridas Hermanas, escribe la Fundadora a las Hermanas Carlota y Francisca, de Richelieu, el 17 de marzo de 1651, que será muy agradable a Nuestro Señor, puesto que habiendo recobrado al cabo del año toda su libertad, pueden hacer de ella un nuevo sacrificio?»,
y el 9 de junio del mismo año, les repite:
«Creo que el señor Lamberto, antes de marchar, les habrá dado el consuelo que deseaban ustedes, no por toda su vida sino por un año solamente, porque el señor Vicente lo concede siempre así a quien quiera que sea; y esto es más agradable a Dios que otra cosa, porque teniendo libre su voluntad al cabo del año, pueden dársela de nuevo a Dios como si fuera la primera vez.
Por lo tanto, la Hija de la Caridad tiene que repetir ese «Sí» desde lo más íntimo de sí misma —allá donde nace su ser y su libertad—, uniéndose así al designio que Dios tiene sobre ella y sobre la Compañía.
Por el hecho mismo, se unifica cada vez más y unifica su vida en torno al eje fundamental que es el don total para el servicio a los Pobres y a través de ese servicio. Ni verticalismo que pudiera comprometer la dimensión esencial de encarnación, ni horizontalismo que traicionara a Dios en vez de servirle al servir al hombre, tomando pretexto para hacerlo de este mismo servicio:
«Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. ¡Ah, hijas mías! ¡qué verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres, y esto es tan cierto corno que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces al día a ver a los enfermos y diez veces al día encontrará allí a Dios. Id a ver a pobres forzados, en la cadena, y encontraréis a Dios; servid a esos pobres niños, y encontraréis a Dios. ¡Ah, hijas mías! ¡A cuánto nos obliga esto! Vais a pobres casas, pero allí encontráis a Dios. ¡Ah, hijas mías!, una vez más, ¡a cuánta gratitud nos obliga esto!» (San Vicente, 13-2-1646).
Y la misma lógica» evangélica le hacía decir, ya el 31 de julio de 1634:
«Sabed, hijas mías, que aunque dejarais la oración y la Santa Misa por el servicio de los pobres, no perderíais nada, porque servir a los pobres es ir a Dios; y debéis mirar a Dios en sus personas».
Estarnos quizá demasiado habituados a estos textos, y por eso, quizá también no percibamos bastante la rigurosa (en toda la amplitud de significado de la palabra) unidad de vida a la que llaman a la Hija de la Caridad, y la que le va a permitir estar totalmente dedicada a Dios y a los pobres, ser toda de Dios y toda de los pobres, consumiéndose por Dios en el servicio a los pobres.
Hemos podido admirar hasta qué punto entró Santa Luisa en esta «lógica».
Fue así como llegó a una extraordinaria unidad de vida que fue afianzándose y ahondándose cada vez más, comunicando a sus hijas las dos convicciones que inesperablemente forman su trama.
1. Una entrega total de Hijas de la Caridad
Su estatuto original hace vivir a las Hijas de la Caridad la radicalidad del don de ellas mismas de una manera que les es peculiar. Como es natural, San Vicente no dejaba de recordárselo por activa y por pasiva. Cuando por primera vez falleció una Hija de la Caridad (no puede tratarse de Margarita Naseau, puesto que la cosa ocurría entre 1634 y 1636), San Vicente escribió a Santa Luisa estas palabras que no debieron impresionarla menos que el propio acontecimiento:
«Tenemos ya la primera víctima que Nuestro Señor ha querido tomarse entre sus Hijas de la Caridad. ¡Bendito sea por siempre! Espero, Señorita, que ahora esta Hermana será muy feliz porque ha muerto en el ejercicio de una virtud con la que no es posible haya perdición; ha muerto en el ejercicio del divino amor, ya que ha muerto en el de la Caridad. Ruego a Nuestro Señor que en este trance sea El su consuelo y el de nuestras queridas Hermanas» (Coste, I, p. 248, «Sig.» 1, p. 283).
Vivir y morir en el estado y el ejercicio de la Caridad, vivir y morir al servicio de cristo en los pobres, ofrecerse y consumirse enteramente por ello y en ello en la Compañía, tal es la forma del todo peculiar hasta la que las Hijas de la caridad deben llevar las exigencias de su bautismo, en su plenitud y en su radicalidad. Ese es esencialmente el «lugar» de su consagración.
Santa Luisa lo expresa con vigor:
«Aunque lodos los cristianos están obligados a servir Dios y a hacer el bien a su prójimo, tienen (dios empleos que les distraen de éste. Pero por lo que se refiere a ustedes, la bondad de Dios ha sido tan grande, que las ha llamado a rola profesión en la que no tienen otra cosa que hacer.
«Y aunque sean unas pobres muchachas que por ustedes mismas no tienen medio alguno para hacer el bien, sin embargo, hacen ese bien y pueden hacerlo incomparablemente más que las más grandes señoras del mundo, ya que no es nada dar sus bienes en comparación con darse una misma y emplear todos los momentos de su vida, exponerla inclusive al peligro por amor de Dios sirviendo a los pobres. Tomen, pues, en consideración la gracia que les ha asignado tan santo empleo» (Escritos, ed. fr. p. 840, «Estima de la vocación»).
Habrán ustedes observado, una vez más, la palabra «profesión» que no carece ciertamente de sugerencias prácticas (tanto más cuanto que se trata de un servicio, y un servicio humilde), pero tampoco de sugerencias o resonancias espirituales: vivir la entrega total, la «consagración» en y por el servicio, encontrar a Jesucristo en ese servicio, ofrecerle enteramente a El a través del mismo servicio:
«¿Aman su género de vida? —escribe Santa Luisa a las Hermanas de Richelieu, en 1653— ¿Lo tienen por más excelente para ustedes que todos los monasterios y religiones, puesto que Dios las ha llamado a él? ¿Se consideran unidas entre ustedes por un secreto designio de la Divina Providencia para su santificación? ¿Recuerdan con frecuencia la advertencia que Nuestro Muy Honorable Padre nos hizo en una conferencia, de que nosotras teníamos un claustro lo mismo que las religiosas y que a las almas fieles a Dios les es tan difícil salir de él como a las religiosas del suyo, aunque no se trata de muros de piedra, sino de la santa obediencia que debe ser la regla de nuestros deseos y acciones?
«Suplico a Nuestro Señor, cuyo ejemplo nos ha encerrado en este santo claustro, que nos haga la gracia de no quebrantarlo nunca» (Esc. id., p. 495).
Esta alusión al «claustro de la obediencia» hace pensar indudablemente en el célebre párrafo del Reglamento de las Hermanas de las Parroquias, que el Padre Almeras había de introducir en las Reglas comunes. Citémoslo una vez más porque nada como él puede ilustrar lo que estamos diciendo:
«Sin embargo, teniendo en cuenta que están más expuestas a las ocasiones del pecado que las religiosas obligadas a guardar la clausura, ya que no tienen por monasterio más que las casas de los enfermos y aquella en la que reside la Superiora, por celda un cuarto de alquiler, por capilla la iglesia de la parroquia, por claustro las calles de la ciudad, por clausura la obediencia, no debiendo salir más que para ver a los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio, por rejas el temor de Dios, por velo la santa modestia,
«y no haciendo otra profesión para asegurar su vocación, y por esa confianza continua que tienen en la Divina Providencia y la ofrenda que le hacen de todo lo que son y de su servicio en la persona de los pobres,
«por todas esas consideraciones deben tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una orden religiosa,
«por lo que tratarán de portarse en todos esos lugares al menos con tanta modestia, recogimiento y edificación como las religiosas en su convento» (texto original, art. 2, C. X., p. 661. «Sig.» IX-2, p. 1178).
Tenemos aquí más que una simple espiritualidad de la vida consagrada activa. Tenemos —y ahí reside la originalidad de la consagración vicenciana la expresión de una total y radical disponibilidad hacia Jesucristo en la persona de los pobres, en una no menos total y radical dependencia de la Providencia divina que provee a todo, y de la Compañía que envía.
Todo el reglamento que sigue a este artículo va presentado como un medio para realizar tal programa de vida y adquirir las disposiciones espirituales que constituirán la verdadera Hija de la Caridad. El mismo caso es el de las reglas comunes, como igualmente fue el del primer reglamento: el orden del día estaba concebido de forma que pudiera expresar y favorecer lo más posible un auténtico servicio a los pobres dentro del espíritu de la Compañía; todos los demás avisos y recomendaciones que se añaden van exacta y únicamente en el mismo sentido: oración, comunicación o intercambios, ocupación del tiempo libre:
«El tiempo que os quede libre después del servicio de los enfermos —comenta, por ejemplo, San Vicente el 31 de julio de 1634— debéis emplearlo bien. No estéis nunca sin hacer nada. Ved la forma de aprender a leer, no para vuestra utilidad particular, sino para estar en condiciones de que se os pueda enviar a lugares en que tengáis que enseñar. ¿Sabéis lo que la Divina Providencia quiere hacer de vosotras? Estad siempre en disposición de marchar cuando la santa obediencia os envíe».
No hay duda alguna de que todos estos principios están muy presentes en el corazón y el pensamiento de Santa Luisa. Si la Hija de la Caridad ha de santificarse, será esencialmente en el servicio, por el servicio y para el servicio:
«Queridas Hermanas —escribe en 1652— ¡cuánto consuelo me parece ver que tienen en medio de tantas fatigas! ¡Animo! Trabajen en su perfección en tantas ocasiones como tienen de sufrir, de ejercitar la dulzura, la paciencia, soportar los rechazos y superar todas las contradicciones con que tropiezan. Tengan un corazón grande, que no encuentre nada difícil por el santo amor de Dios… y de su Hijo crucificado» (Esc. id., p. 451).
Una vez más, como siempre, la referencia a Jesucristo y más exactamente a Jesucristo crucificado, a Jesús Servidor y Testigo del Amor humillado, a Jesucristo portador de la Buena Noticia a los pobres, según la voluntad de su Padre:
«Ya saben —dice Santa Luisa a Sor Juana Delacroix en la última de sus cartas que ha llegado hasta nosotros— que las acciones exteriores, aunque sean para el servicio de los pobres, no pueden agradar mucho a Dios ni Merecernos recompensa, si no están unidas a las de Nuestro Señor que trabaja siempre con la mira puesta en Dios su Padre» (Escr., id., p. 795-2-2, 1660).
En esa línea es como se inscribe y debe comprenderse la insistencia sobre la disponibilidad, la indiferencia, la regularidad…, etc. Son expresiones —a la vez que criterios— de una auténtica «consagración-servicio» o de un auténtico «servicio-consagración».
Así es cómo en la carta antes citada de 1653, a las Hermanas de Richelieu, santa Luisa les asegura que conocerán su amor por la vocación a través del amor a la regla «en tanto el servicio a los pobres se lo permita».
Y citando una vez más a San Vicente, dará las razones del porqué amar la regla a las Hermanas de Ussel, el 20 de septiembre de 1658:
«Creo que recordarán ustedes la promesa que nuestro muy honorable Padre I los hizo a este respecto cuando en una conferencia nos dijo que si guardamos nuestras reglas, las reglas nos guardarán.
«Es mucho decir, porque tenemos gran necesidad de ser guardadas en varias cosas. Ya ven, pues, el poder, que tenemos en nuestra mano» (Esc. id. p. 720).
A través de estas frases, se trasluce toda una vida con sus duras exigencias, como le dice al Abad de Vaux, el 29 de junio de 1656, a propósito de las que no perseveran en la vocación:
«Hay que tener gran ánimo y mucha firmeza para perseverar, ya que sólo la obediencia nos sostiene y que a menudo estamos expuestas al peligro del desaliento por varios motivos» (Esc., id. p. 481).
A sus ojos es muy importante no sólo que las Hermanas trabajen y se esfuercen en el servicio a los pobres, sino sobre todo que comprendan bien el sentido de ese servicio. A propósito de las que trabajan en Bicétre con los Niños Expósitos, escribe a San Vicente el 15 de enero de 1648 (III, p. 239, «Sig.»):
«El trabajo de nuestras pobres Hermanas de aquí no es casi creíble, no sólo por lo duro y agobiante que es, sino por las repugnancias que naturalmente inspira. Por eso, es muy justo ayudarlas, alentarlas, dar a conocer lo que hacen, representarles lo que significa ante Dios y acompañarlas también con oraciones».
2. Una vida polarizada por ese don total
El 4 de julio de 1658, Santa Luisa escribe al Abad de Vaux, a Angers:
«El Señor Vicente le ruega humildemente que si ve usted a nuestra Sor Claudia en disposición de renovar sus votos, le haga esa caridad, sólo por un año, que es como acostumbramos de ordinario. Es muy importante que sepa cuáles son las obligaciones que implica tan santa acción y la estima que debe tener por ella, aunque no se trate más que de votos simples; la ignorancia ha perjudicado mucho a otras, o por mejor decir, el no haber creído lo que era debido a ellos (a los votos)» (Esc. id. p. 708).
Vemos de nuevo a la Fundadora con la inquietud de que las Hermanas tengan ideas claras acerca de lo que tienen que vivir, de aquello a que se comprometen y subte todo de que asuman bien todas las exigencias, toda la radicalidad de su consagración en la Compañía.
Las palabras de Santa Luisa que acabamos de leer deben interpelarnos en la víspera de la Renovación, de tal manera que la vida de ustedes quede cada vez más polarizada en torno al don total tal y como el Señor lo espera y al mismo tiempo lo suscita. En más de una ocasión hemos visto cómo los Fundadores afirmaban que la vocación de las Hijas de la Caridad, lejos de minimizar esa radicalidad, la urge, dándole a la vez su matiz propio, su acento peculiar.
Santa Luisa llama sencillamente a esto «ser verdaderamente de Dios» y da de ello algunas señales concretas:
«Lo conocerán si con gusto renuncian a su propia voluntad, se guardan de toda particularidad, tienen gran sumisión a sus superiores, cortan todo apego, si acaso tuvieren alguno, no admiten en su pensamiento ningún deseo de esto o aquello si no es de agradar a Dios en todas sus acciones» (íd., íd., p. 499).
Bien se echa de ver que toda la vida de la Hija de la Caridad queda así asumida y penetrada por esa nota de radicalidad que la unifica con miras al don total y a partir de él, para el servicio a los pobres. Quizá lo exprese todavía mejor Santa Luisa cuando dice:
«Deseo que nuestras queridas Hermanas estén llenas de un amor fuerte que las ocupe en Dios tan suavemente y en el servicio de los pobres tan caritativamente, que su corazón no pueda ya admitir pensamientos nocivos para su perseverancia. ¡Animo, pues Hermanas! no pensemos sino en agradar a Dios y en practicar exactamente sus mandamientos y consejos evangélicos puesto que la bondad de Dios se ha dignado llamarnos a seguirlos; a ello nos ayudará la exacta observancia de nuestras reglas, pero alegre y diligentemente» (íd., íd., p. 556 – 1655, a Sor Cecilia, Angers).
Otra expresión de los Fundadores muy adecuada a las Hijas de la Caridad es la de «formarse y formar a los demás en las sólidas virtudes». San Vicente no se queda corto cuando, escribiendo a Santa Luisa acerca de las primeras jóvenes reunidas en su casa, las que humana y espiritualmente hablando no presentan sino un terreno bastante inculto, le recomienda:
«Bueno será que les diga usted en qué consisten las sólidas virtudes, especialmente la mortificación interior y exterior de nuestro juicio, de nuestra voluntad, de los recuerdos y añoranzas, de la vista, del oído, de la lengua y demás sentidos, de los afectos que tenemos a las cosas malas, inútiles y aún a las buenas, por amor de Nuestro Señor que lo hizo así; habrá que afianzarlas mucho en eso, sobre todo en la virtud de la obediencia y en la de la indiferencia. Bueno será también que les diga que es preciso se las ayude a adquirir esa virtud de la mortificación y se las ejercite en ella; yo también se lo diré para que estén dispuestas a ello» (Coste, I, 278, entre 1634 y 1638. «Sig.», p. 304).
Y Santa Luisa repetía por su cuenta las mismas o semejantes expresiones:
«No es bastante ser Hija de la Caridad de noche —escribe el 27 de junio del 1645 a las Hermanas de Angers—; no es bastante estar al servicio de los pobres en un hospital, aunque esto es un bien que nunca sabrán ustedes apreciar suficientemente; es necesario tener las verdaderas y sólidas virtudes que les hacen falta para hacer la obra en la que son tan felices de estar empleadas; sin ello, Hermanas, su trabajo sería casi del todo inútil para ustedes» (íd., íd., p. 152).
Salir de uno mismo, descentrarse de sí, «no escucharnos demasiado» como suele decirse, es una de las aplicaciones más concretas e importantes de esa robustez espiritual:
«Ruego a nuestras Hermanas —se trata aquí la también de las de Angers que renueven con frecuencia el deseo de hacer todas sus acciones en presencia de Dios y por amor suyo, y que piensen en la gracia tan grande que su bondad les ha concedido llamándolas a tan santo empleo, al que tantas personas cualificadas se dedican y ejercitan con tanto fervor, que no tienen tiempo de hacer demasiadas reflexiones sobre ellas mismas ni de buscar su propia satisfacción» (íd., íd., p. 181. 23-5-1646).
La misma recomendación dirige a las Hermanas de Nantes el 8 de mayo de 1547, con motivo de la visita de Sor Juana Lepintre, en un momento que había surgido la «cizaña»:
«Pueden, pues, hablar con toda confianza a nuestra Hermana, la que a su regreso nos referirá fielmente cuanto le hayan ustedes comunicado. Porque, en definitiva, Hermanas, tenemos que ser de Dios, completamente suyas, y para serlo preciso es que nos arranquemos de nosotras mismas. El amor a nosotras es nuestro mayor enemigo y la causa de que encontremos tantos motivos de queja de los demás, de que deseemos tanto vernos satisfechas en todo» (íd., íd., p. 241).
Inútil decir que la pobreza, en todo el alcance de la palabra, ocupa en todo esto un lugar importantísimo: ¿Cómo darse a los pobres sin ser pobre? En la víspera de la Renovación, es sin duda ésta una de las principales preguntas que hay que hacerse. En todo caso, esta pobreza esmalta, por decirlo así, la vida toda de los Fundadores.
A Sor Luisa de Richelieu, escribe Santa Luisa el 26 de octubre de 1639:
«Me parece que no reflexiona usted nunca en su condición puesto que hace tantas cosas que son incompatibles con ella. ¿No le dolería a usted perderla por tan mezquinos contentos? Creo que lo que es la causa de la mayoría de las faltas que comete usted (se me está ocurriendo en este momento) es que tiene usted dinero y que siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere creerme, deshágase de esa afición; póngalo todo en manos de Sor Bárbara; no quiera tener más que lo que a ella le parezca oportuno y excítese al amor de la pobreza para honrar la del Hijo de Dios; por ese medio conseguirá usted lo que necesita para ser Hija de la Caridad. De otro modo, dudo mucho de su perseverancia» (íd., íd., p. 19).
Casi veinte años después, encontramos el eco de esas mismas palabras, dichas a Sor Luisa Cristina, de Montmirail:
«Si ahorran algo, que sea para su sostenimiento; bien sé que no quiere usted atesorar, por la gracia de Dios. Ama usted demasiado la santa pobreza y la confianza en Dios, que son los dos puntales de la Compañía de las Hijas de la Caridad» (íd., íd., p. 605).
La confianza en Dios, en efecto, es una de las principales manifestaciones de la pobreza de corazón, como se lo dice Santa Luisa a Sor Lorenza Dubois, de Bernay, el 7 de agosto de 1657:
«Ahora, querida Hermana, es cuando entra de veras en el ejercicio de las auténticas Hijas de la Caridad, al verse privada por algún tiempo de toda dirección y consuelo.
«Ahora es cuando tiene que renovar su confianza en Dios abandonándose a su dirección. Y si continúa, como lo hace, en la práctica de las Reglas, no tiene que dudar que recibirá su ayuda en todas sus necesidades» (íd., íd., p. 658).
Unas semanas antes de su muerte, temiendo que las Hermanas tomasen pretexto de los desprecios a que a veces estaban expuestas para desalentarse o bien refugiarse en otro estilo de vida, Santa Luisa escribe a San Vicente:
«Esto me ha hecho pensar, mi muy honorable Padre, en la necesidad de que las Reglas obliguen siempre a una vida pobre, sencilla y humilde, para evitar que llegaran a establecerse en una forma de vida que requeriría mayor gasto y prácticas que llevarían a la ostentación y la clausura en parte, lo que obligaría a buscar los medios de subsistir en tal forma, como sería constituir un cuerpo interior no activo, tener alojamiento separado de las que salieran a la calle, mal vestidas, a causa —dicen algunas— de esa cofia y de ese nombre de «hermana» que no dan autoridad, sino atraen desprecio. Y yo sé que no sólo las Hermanas, sino otras personas que deberían sentirse obligadas a honrar el designio de Dios acerca del servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, tienen gran inclinación a esa forma de vida tan peligrosa para la continuación de la obra de Dios, la cual, muy Honorable Padre, su caridad ha sostenido con tanta firmeza contra todas las oposiciones» (íd., íd., p. 794 —enero 1660— «Sig.» VIII, 214).
Habría que señalar también las incidencias y las expresiones de la radicalidad en la vida comunitaria de las Hijas de la Caridad. Santa Luisa da criterios claros y concretos acerca de este tema sobre el que insiste a menudo:
«La dulzura, la cordialidad, la tolerancia —escribe, por ejemplo, a las Hermanas de Richelieu en 1653— debe ser el ejercicio de las Hijas de la Caridad, del mismo modo que la humildad, la sencillez y el amor a la Humanidad santa de Jesucristo, que es la perfecta Caridad, constituyen su espíritu» (íd., íd., p. 494).
En esta frase, tan sumamente rica, vemos:
- por una parte, el espíritu de la Compañía presentado como una participación en el Espíritu de Cristo, Hijo de Dios encarnado, y sobre todo en su amor,
- por otra, el espíritu de la Compañía traducido concretamente por la dulzura, cordialidad y tolerancia que deben caracterizar las relaciones de la Hija de la Caridad con los demás.
Se comprende fácilmente que tenga que ser así por lo que se refiere a las siervas de Jesucristo en los pobres. Todo ello entra y forma parte coherente en la unidad de su vida.
Y terminamos así por donde hemos empezado: una vida radicalmente unificada en el don total para el servicio a los pobres, y, siempre en torno a ese don total para el servicio, en la Compañía y según su espíritu. Esto es lo que la Renovación va a reavivar en su corazón y en su vida, al mismo tiempo que confirma sus compromisos de Hijas de la Caridad, poniéndolos bajo el signo de un amor que no se reserva absolutamente nada.






