Las Conferencias de San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1893 · Source: Anales Españoles, Tomo I.
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Las Conferencias de San Vicente de Paúl merecen en to­dos los sentidos las simpatías y la cooperación sincera de los sacerdotes de la Misión. Siempre ha sido para ellos un de­ber el procurar en sus misiones la creación ó la reorganiza­ción de las Conferencias de señoras de la Caridad; hoy no pueden, en virtud de su celo, echar en olvido las Conferen­cias de señores. Estas dos Asociaciones pueden y deben eri­girse o recibir nuevos impulsos, aun en las mismas parro­quias rurales, según la doctrina del siguiente artículo del Boletín de la Sociedad de San Vicente de Paúl, correspon­diente al mes de Junio de 1893, cuya reproducción hemos creído provechosa.

«Mucho tiempo há que la Administración central recomienda la fundación de las Pequeñas Conferencias como uno de los medios de mayor eficacia para extender el espí­ritu de fe y de caridad en la juventud de las aldeas. Obstácu­los graves se han opuesto á este proyecto sencillísimo y fe­cundo. Vamos a examinarlas con detención, esperando pul­verizarlas y determinar á nuestros lectores á la erección en todos los lugares, y por doquiera, de una institución tan pro­vechosa.

» Primera objeción. — Para qué tantas obras nuevas? La mejor de todas es la observancia de los Mandamientos de la ley del Dios y de la Santa Madre Iglesia.

Respuesta. — Objeto de amonestaciones y de predica­ción constante ha sido la observancia de los Mandamientos; pero es manifiesto que no basta esto en nuestra época, y la prueba está en la sociedad que nos, rodea. Con los cristia­nos fieles y de buen espíritu codéanse otros, en crecida mu­chedumbre, que practican la Religión mal, algunos que la han abandonado por completo, y muchos, al fin, que a fuer de enemigos declarados la combaten con todos sus bríos. Que el actual estado de las cosas deja mucho que apetecer, es incontestable. Las obras nuevas son los resortes de la Pro­videncia para ayudar a los cristianos en la tarea bien difícil de observar los Mandamientos, y el talismán para combatir, desarmar y convertir, si es posible, á los enemigos del Cris­tianismo. Por ser nuevas no es razón valiosa para desdeñar­las. Sus inventores y propagandistas han sido soles ó gran­des santos en la Iglesia de Dios. Ahí está San Vicente de Paúl con sus establecimientos caritativos, el beato Juan Bau­tista de la Salle con sus escuelas cristianas, y en nuestros días Dom Bosco con sus centros de orfandad. El Rosario y el Mes de María fueron en su tiempo obrasnuevas, y aun hoy opera á nuestra vista la Virgen María una obra nueva en Lourdes.

El genio del mal adopta todas las formas, muda de ar­mas y de táctica, según los tiempos y lugares. El genio del Cristianismo debe hacer, y hace al menos, otro tanto, ya que combate al enemigo con sus propias armas en todos los te­rrenos en que le encuentra atrincherado. Por qué tantas obras nuevas?, preguntaréis vosotros. Porque los lobos con rapacidad cada vez mayor rodean las majadas para devorar los tiernos corderillos; porque la cizaña se multiplica pavo­rosamente en el campo del Padre de familias; porque la filoxera de la impiedad devora la viña del Señor, y conclui­rá por destruirla si la Providencia no nos envía un remedio poderosamente eficaz. La pobre humanidad se ve atacada de vez en vez de nuevas epidemias y de nuevas dolencias, cuyo remedio reclama un tratamiento especial, un antídoto tan nuevo como el mismo mal. En este estado de la Religión y de la moral justificadas están, y podemos decir que son en cierto modo necesarias, las obras nuevas.

Existen asociaciones criminales incansables en la pro­paganda del error, de la discordia y de la venganza. Dios les opone cristianos medios, apóstoles de la verdad, de la caridad, de la virtud, y, a no dudarlo, nos pedirá razón y cuen­ta estrecha de los medios con que nos ha convidado, y que nosotros, por atonía tal vez, hemos dejado de emplear en provecho de nuestros hermanos y en defensa de nuestra Ma­dre la Iglesia.

» Segunda objeción. —Entre tantas obras aprobadas por la Iglesia, por qué hemos de preferir la Sociedad de San Vicente de Paúl?

» Respuesta. — Todas las obras aprobadas por la Iglesia son buenas y dignas de encontrar en los pechos cristianos favorable acogida; pero en la imposibilidad de establecerlas todas, es forzoso dar a alguna la preferencia. La Sociedad de San Vicente de Paúl creemos ser la más fácil de establecer doquiera y la más fecunda en resultados. En todas partes comienza por visitar y socorrer a los pobres, teniendo la ven­taja que todas las obras de caridad, sin exceptuar alguna, tienen vida exuberante bajo su dominio. Es una sierva fiel dispuesta a todas las empresas. El catálogo de las obras que ha emprendido en el universo católico llenaría, si tratáse­mos de enumerarlas, muchas páginas de este escrito. Por parte, cada una de las Conferencias y cada uno de sus miem­bros en particular hace lo que cree ser más conveniente y según la medida de sus fuerzas, ya que ninguna de sus obras es obligatoria. Condescendiente en sumo, recibe en su seno á los hombres de mayores ocupaciones, cultivando, sin em­bargo, un campo sobradamente ancho para absorber vidas enteras y la más portentosa actividad. Es, sin duda, la obra de los grandes y de los pequeños, de las ciudades y de las aldeas, y lo mismo puede establecerse al pie del humilde campanario que a la sombra de gigantesca catedral. Es un pequeño escuadrón, organizado en cada una de las parro­quias, para escoltar al cristiano en el viaje de la vida a tra­vés de los peligros de nuestra época.

La Conferencia recibe al joven en medio de consolado­ras frases, diciéndole: «Ven con nosotros, querido amigo;  marchemos todos a una, como hermanos dulces, uniendo nuestros esfuerzos y llevando la alegría cristiana en el corazón. Si alguno de nosotros se extravía, nosotros le volveremos a la casa paterna; si alguno cae, volaremos a levantarle… Grande es el mal de la sociedad; unámonos para resistir mejor a nuestros enemigos y hacer algún bien en los parajes de nuestro tránsito. Consolemos a los que sufren; salvemos, si es posible, á los que perecen; sembremos a derecha e izquierda el bien con nuestras obras y ha­gamos nuestra provisión para la eterna vida». Y el hom­bre de pocos años, seguido voluntariamente de otros jóvenes compañeros, se torna más fuerte contra el respeto humano, se remoza una vez por semana en este ambiente puro, en esta atmósfera cristiana, edifícase a sí mismo y edifica a los demás, crece y se habitúa á practicar y traducir en actos la doctrina aprendida en el catecismo, y que sin esta ayuda hu­biera tal vez olvidado con velocidad.

La Conferencia, ocupándose en todo un poco, puede en cierto modo tener cabida en una multitud de obras que ni es posible establecer en todas partes. Socorriendo a los po­bres, practica la beneficencia; con sus oraciones de principio y fin de la sesión, se hermana con las Asociaciones cuyo fin es la plegaria. En ella se hace cristiana y provechosa lectura, obra de instrucción religiosa y moral. Sin obligación algu­na y en virtud del uso establecido, dispone sus miembros a la comunión frecuente, obra eucarística; dirige sus esfuer­zos a volver los alejados a Dios, obra apostólica; extiende y hace leer a los pobres las publicaciones de sana doctrina, obra de la prensa; desvívese en provecho de los aprendices y obreros, obra obrera; sostiene con esfuerzo heroico las escuelas cristianas, obra escolar; etc., etc. En ella encontra­mos los gérmenes de todas las grandes obras. Se la podría llamar la oficina del aprendizaje de las obras católicas.

Inútil nos parece añadir más consideraciones: lo dicho basta para justificar la preferencia de una institución reco­mendada por la Iglesia y que germina en los ángulos del mundo entero, llevando en su frente el sello de múltiples obras providenciales.

Tercera objeción.—En nuestras parroquias, compuestas de labradores de escasa fortuna, no hay ni ricos que puedan dar, ni pobres con necesidad de recibir; ¿para qué se necesi­ta la Conferencia ?

Respuesta. — Hará lo que en todas partes hacen las cinco mil Conferencias de que consta la Sociedad. ¿Cuál es su fin? Preservar á sus miembros del contagio del mal y mejorar su espíritu con aumento del fervor cristiano. De qué medios se vale para conseguir sus nobles fines? Dando á sus miembros buen ejemplo y ejercitándolos en la prácti­ca de las obras de caridad que estén á su alcance. No es verdad que en todas las parroquias del mundo hay un gran número de cristianos, jóvenes o viejos, que necesitan de ayuda para preservarse del mal y hacerse mejores de día en día? Pues bien éste es el fin que desea alcanzar nuestra Conferencia; he aquí su razón de ser, ved ahí el campo pre­parado para su instalación. Bien se puede decir de algún mo­do que el corazón la busca y que es deseada por sus fines, dignos sin disputa de encomio y loa.

¿No es verdad que hay en todas las parroquias del mun­do miserias espirituales ó corporales que aliviar? Pues bien: ya basta para ocupar y santificar a los miembros de la Con­ferencia. El solo hecho de que muchos cristianos se reúnen para orar y ejercitarse en el bien, presta el más elocuente y persuasivo de los ejemplos cristianos. La edificación mutua es segura. Los más aprovechados comunican a los otros sus luces, su celo y su generosidad. Si son ricos, mejor que me­jor; pero no se necesita que lo sean. ¿Cuál es el obrero, cuál el labrador que no pueda, si quiere, privarse de un peque­ño antojo y alargar cinco céntimos para socorrer a otro más pobre que él ?… Aun puede más, porque puede hacer mu­chas obras de caridad que están en su mano. Puede rogar por los necesitados, instruir al ignorante y a los niños, dar buen consejo al que lo ha menester. Conocedor práctico de las privaciones y de la miseria, puede, sin competencia tal vez, consolar al desgraciado, inspirándole las virtudes de la paciencia y de la resignación. Este decir no es una suposi­ción gratuita. Conocí en París en una Conferencia de obreros a un pobre lisiado que caminaba apoyado en dos muletas, y que generalmente vivía de los socorros de la limosna. Antes de ser admitido en el seno de la Conferencia se le advirtió que, dada su posición, estaba excusado de contribuir con socorros pecuniarios. Bien lo sé,— respondió,— pero es más dulce el placer de dar que el de recibir; dejadme que le dis­frute con vosotros ya que tengo tan poco. Una vez admiti­do, fue uno de los miembros más edificantes. ¿No harían muy bien los labradores de la clase media en imitar á este pobre mendigo? Por tanto, que haya ricos o pobres, o que no los haya, no importa; jamás faltará labor a una Conferencia, y nunca hará todo lo que se puede hacer.

Cuarta objeción. — La obra es buena, quién lo duda, pero faltan elementos. De dónde sale el personal?

Respuesta. —¿Que en dónde encontraréis el personal, preguntáis ? Donde le han encontrado las otras parroquias que están en idénticas condiciones que la vuestra. Por qué, pues, no hacer lo que tantos otros han hecho?

El núcleo de una Conferencia se forma con personas del vulgo, bastando tres o cuatro de voluntad sincera, cono­cedores del fin y progresos de esta obra y de la gran necesi­dad que de ella tenemos en el día. En el ejercicio de la cari­dad se formarán paso a paso, ya que se llega a ser forzudo haciendo esfuerzos. Pero si en vuestra parroquia no se en­cuentran ni siquiera tres o cuatro hombres de bien, signo es de que es mala, muy mala…; es necesario darse prisa. Di­rigíos a los niños de la primera comunión; en ellos tenéis una tierra virgen, poseedora aún de toda su fertilidad. Está dispuesta a recibir toda clase de semillas. Daos prisa. No es­peréis a que la invadan las plantas perjudiciales. Tomad in­mediatamente posesión y cread la Conferencia. Con estos elementos enteramente nuevos será más fácil disciplinar esta pequeña obra; será más vigorosa, más activa y más ge­nerosa que si la hubieseis formado con hombres de treinta ó cuarenta años, arraigados tal vez en una lluvia de invete­rados hábitos y nocivas preocupaciones. La experiencia nos enseña a diario que, vencida una dificultad, se convierte en bien y resulta real ventaja, como si quisiera el Señor recom­pensar en esto los esfuerzos hechos para subyugarla. ¡Ánimo, pues, y adelante! En la ejecución del bien se puede todo lo que se quiere de veras.

Quinta objeción. —Después de haber trabajado mucho  para instruir a los jóvenes en la práctica de esta obra, les veremos marcharse á vivir fuera de la parroquia o trasladarse a París, como sucede, y la obra nunca acaba de comenzar.
Respuesta.— Esto está en la naturaleza de las cosas.  Sensible es, no puede dudarse, pero inevitable. Es fuerza aceptarlo sin que, a  como aceptamos el calor ó el frío, aun­que ordinariamente son bastante incómodos. Los discípulos abandonan al maestro que los formó. Los hijos, una vez es­pigados, abandonan al padre y a la madre que los crió. En el mundo todo marcha á este compás, y las Conferencias son como las demás cosas, sin que esto sea razón que nos impi­da multiplicarlas.

Cuando un miembro de la Conferencia va a establecer­se en otra parte, ingresa en la Conferencia de aquel lugar, y si no la hay, conserva las buenas relaciones con la que aca­ba de dejar; y en cuanto le es posible, forma a su alrededor un pequeño apostolado, y si es celoso concluirá, como lo atestiguan frecuentes ejemplos, por fundar en aquel lugar una nueva Conferencia. La partida de un miembro es con mucha frecuencia el germen de una santa fraternal obra que debe venir al mundo. No hay, pues, por qué afligirse. Otra cosa es la corriente desbordada de emigración que arras­tra una parte considerable de los pueblos del campo hacia París. Nuestros queridos compatriotas rurales o montañeses se encuentran, cristianamente hablando, en medio de la ca­pital como los pobres paisanos sin táctica y sin armas en presencia de un enemigo armado. En este gran centro, en donde la lucha por la existencia es tan viva y tan egoísta, experimentan a cada instante el choque de todas las opinio­nes, de todas las doctrinas, de todos los vicios. Su fe, para desgracia enteca, se intimida y no se atreven a mostrarla en público, y frecuentemente omiten de una vez todas las prác­ticas religiosas, como vestido sin moda en medio del oleaje impío que les rodea. Las Conferencias de San Vicente de Paúl pueden hacer allí un bien inmenso.

Sexta objeción. — Pero si erigimos esta obra, cuánto no vamos a perder?

Respuesta.— En el Evangelio, el que recibió cinco talentos se amañó y ganó otros cinco; dos, el que recibió dos; el, que sólo recibió uno, a vista de los obstáculos y dificultades, se dijo : ¡Ay si le pierdo! Encontró más cómodo en­volverse en su apatía y no hacer nada, pero creyéndose muy prudente. Sin embargo, perdió lo poco que tenía y fué se­veramente afeado por su señor. No imitemos á este siervo malvado, y para evitar una pequeña é incierta pérdida no vayamos por una inacción culpable a arrojarnos en la inmi­nente ruina. La impiedad radical nos asedia en todas direcciones. ¡Estamos cercados! No hay medio: ¡o vencer o morir!

Para ejecutar cualquier pequeño bien es preciso dispo­nerse a las nubes de dificultades que todo lo invaden. La obra de que estamos hablando es de suyo tan modesta que, ha­blando en plata, puede surgir y acabar sin que de ello se dé cuenta el mundo; si Dios juzga de su agrado probarnos con alguna pequeña perdida, aún podremos trocarla en nuestro provecho depositándola humildemente a los pies de la Cruz y pidiendo a aquel que ha vencido al mundo nuevas fuer­zas para combatir en lo sucesivo con mejores resultados.

Tened confianza, que sin duda saldréis bien, como sa­lieron un enjambre de gloriosos fundadores de las Conferen­cias, á quienes debéis imitar. La obra no está ya en los primeros impulsos de ensayo. Ha pasado para ella el período de los tanteos. Tiene reconocidas y amojonadas las falsas ve­redas. Camina ya por trillados derroteros de probada solidez. Su reglamento es el fruto de una experiencia prolongada. Al aprobarle la Iglesia le ha enriquecido de indulgencias para los que le observen con fidelidad. La Sociedad está dirigida por un Consejo general, cuyos miembros han encanecido en la práctica de las obras cristianas. El Consejo publica cada mes un Boletín, que es el Monitor de las Conferencias, y en él encuentran sus miembros las lecciones, consejos y ejem­plos que pueden necesitar. Hay, en verdad, Conferencias nuevas de jóvenes adictos que siguen los pasos de los solda­dos veteranos y hacen lo que les ven hacer.

Hemos dicho que esta obra es de las más fáciles, y es evidente; pues á no ser así, no se hubiera extendido tan rá­pidamente en los diversos pueblos de uno y otro polo.

Con buena voluntad se puede esperar salir bien; con una condición, sin embargo: que haya a la cabeza de la na­ciente obra al menos un hombre de fe, de oración, de acti­vidad, de celo, y para decirlo de una vez, un verdadero ca­tólico. Si hay dos, o tres o más, mejor; pero en rigor sólo se necesita uno. Este es el carbón encendido que prende el fuego sagrado. Poco a poco él lo comunica a los otros, y se obtiene sin pensar un nuevo foco de calor y de luz. Probad y veréis.

Séptima objeción. — Para hacer estas cosas es necesa­rio mucho dinero, y se sabe ya lo muy difícil que es en­contrarlo.

Respuesta. — Cuando yo tenga la dicha de consagrar mis tareas a la erección de una Conferencia, lo que menos me ha de preocupar ha de ser la cuestión del dinero. Y por qué? Porque esta obra es la menos onerosa de todas. Dos pequeños registros, uno para el secretario y otro para el tesorero, que se forman con papel común, y un Manual de la Sociedad; ahí tenéis todos los gastos de instalación. Un sombrero puede servir de bolsa para hacer la colecta, y sin duda que no se llenará. Nada de préstamos, nada de fon­dos de reserva, nada de intereses ni riesgos de compañía, nada de tramoyas financieras. Con lo que produce la colec­ta de la primera sesión se atiende á la primera necesidad, y así se marcha dando, según lo que hay, poco si poco, pero con rica voluntad, y aquí está la prueba de que la Conferencia lleva en su seno al nacer los gérmenes de su exis­tencia.

A la llegada de una gran miseria, todo lo pone en jue­go para engrosar sus sumas, que son caudal del pobre; pero en principio, ella sólo da lo que tiene. Téngase en cuenta que el dinero no es la sola palanca del bien; visitar y cuidar de los enfermos, consolarlos y rogar por ellos, prepararlos a morir, aconsejar a los pobrecitos, recomendarlos a las per­sonas que pueden ayudarlos, procurarles trabajo, instruir á los niños, prepararlos para la primera comunión, animarles en sus labores y a la obediencia, ¿no forma una serie inter­minable de buenas obras llevadas a cabo sin dinero? Y ellas son frecuentemente las más bellas y las más fructuosas.

Para erigir una obra cristiana no se necesita un talego de escudos, ni pedírselos al divino Maestro, que nos arroja­ría de su presencia como a los traficantes del templo. Es ne­cesario comenzar poniéndose de rodillas para suplicar se dig­ne servirse de nosotros para esta obra. Abordar el trabajo, comenzar por poco, muy poco que sea, y el grano de mos­taza, sembrado, regado y cultivado por una fe robusta que no aparte la plegaria de los labios, será bendecido por Dios y llegará a ser un árbol, y tal vez un grande árbol.

Cierto día, Dom Bosco, saliendo de su celdilla, en don­de había estado largo rato en la oración, llamó a uno de sus discípulos, le dió el dinero necesario para el camino y le en­vió a fundar una casa de orfandad. El discípulo observó respetuosamente, que para una fundación semejante se pre­cisaban abundantes recursos.

No tengo un cuarto, — replicó Dom Bosco; — sin embargo, marchad, que Dios cargará vuestro asno en el camino.

Al llegar al lugar, el sacerdote salesiano abrió su porta­monedas, contó sus caudales, y le sobraban veintiocho mo­nedas de cobre. Hoy está al frente de un establecimiento, a cuyo abrigo viven zoo huerfanitos. Así se fundan las obras de Dios. No dudéis en fundar vuestra Conferencia, que con­sigo lleva su dote, y en el momento oportuno Dios no deja­rá de cargar también vuestro asnillo.

Octava objeción. — Esperemos: las parroquias más importantes son las que han de comenzar.

Respuesta.— Esperar es tan fácil como poco meritorio. ¡Ea! esperemos, católicos; estemos tranquilos en nuestro hogar. Durmamos á pierna suelta, mientras otros trabaja­rán por nosotros, estad bien seguros. Cuando despertemos todo estará a punto para hacer el entierro de nuestras creen­cias y de nuestras libertades. Esperemos, esperemos mucho, que esto es lo que quieren todos los políticos charlatanes, todos los librepensadores. Esperemos, démosles largas para que holgadamente emplacen su infernal mercancía y su en­venenado botiquín, que venderán muy caro y de difícil re­medio.

Esperemos, gozando antes del sueñe; el mundo se tor­nará más vivo, y pronto tendremos en nuestra sociedad una inmensa máquina de fabricar miseria, un verdadero embu­do del infierno. Esperemos más y más aún, que tal es la má­xima del arte, propia de holgazanes, de dejar para que ha­gan los otros lo que el apático y enclenque no se resuelve á hacer por sí mismo.

Católicos: el reloj ha marcado tiempo ha la hora de des­pertar. El Papa ha lanzado el grito de alarma que ha dado la señal de combatir. Los Obispos han repetido en derredor las palabras de nuestro Jefe supremo. Las bóvedas de los templos han recogido y repiten el eco de estas voces.

Esperar cuando estamos asediados, sería entregar la plaza a nuestros enemigos; sería hacer más fácil su victoria y preparar por nosotros mismos nuestra vergonzosa derrota.

Alcémonos como un solo hombre; obremos pronta y enérgicamente. No obliguemos con nuestros descuidos a que la Providencia nos despierte con el fracaso de un nuevo de­sastre.

Novena objeción. — Pues qué esta obra no absorbe­rá los recursos de la parroquia y de todas las otras obras ca­tólicas?

Respuesta. — La experiencia ha mostrado todo lo con­trario. Es tal la simplicidad y la sobriedad de esta obra, que la permiten vivir en todas partes. Es más, que presta su con­curso a las otras, ejercitando á los cristianos desde sus tiernos años en la práctica de la caridad, les torna poco a poco hombres generosos y devotos, que son el corazón y el alma de todas las obras, siendo el semillero adonde buscan sus mejores plantas, y donde se preparan desde muy atrás los elementos que las deben constituir y el terreno sobre el cual se han de establecer.

Cuanto más da el cristiano, más desea dar; cuanto más uno se sacrifica, más se desea sacrificar; cuanto menos se hace, mayor es la pereza; tal es el hombre.

Se dará mucho a aquel que no lo necesita…

Cuando un católico ha gustado en su Conferencia las dulzuras de la caridad, siente un vehemente impulso de pro­gresar.

Cuanto más se bebe de esta agua, mayor es la sed; sien­te la necesidad de ir adelante, y sin dejar la obra de su pri­mer amor, presta su concurso a todas las demás que viven en torno suyo.

Los miembros de la Conferencia serán los primeros en el cumplimiento de los deberes del buen feligrés. Entre ellos encontrará el párroco, cantores, mayordomos, fabricantes, quienes, al querer establecer una nueva obra cristiana, le prestarán tanta ayuda cuanta sea la necesidad. En una pa­labra, la Sociedad de San Vicente de Paúl, animada de un espíritu amplio y muy católico, lejos de ser perjudicial a las otras obras, les prepara la cuna y las sustituye cuando no existen. Es una obra madre: crea y no destruye».

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