Sin pertenecer a las estructuras de la Compañía, las cartas de Luisa de Marillac a las comunidades, formaron un legado imprescindible para la formación y la vida de las Hijas de la Caridad que la conocieron en persona.
Al desplegarse las Hijas de la Caridad por regiones lejanas, Luisa no podía estar presente, ni formarlas, ni siquiera supervisar personalmente las obras y las comunidades. Sin embargo, necesitaba hablar con sus jóvenes, saber de sus vidas, ayudarlas: «Le ruego que no piense en la distancia que hay entre nosotras, más bien y ante todo piense que estamos estrechamente unidas, sin que nunca podamos ser separadas, pues la unión estrecha que hace la santa caridad no podría sufrir separación alguna»1. Sobre este punto su antigua secretaria, Sor Maturina Guérin, le escribió un resumen muy acertado a Sor Margarita Chétif: «No dejaba de escribir y animaba a las Hermanas a hacer lo mismo, diciendo que este medio y los pequeños presentes mantenían la amistad; además de que aquellas que no lo hacían parecían ser independientes de los superiores. Llevaba con mucha pena no saber el estado de las Hermanas alejadas»2.
Sus cartas nos descubren una sicología intuitiva para conocer a las Hermanas en profundidad. Las había dirigido de postulantes, de seminaristas y de Hermanas jóvenes. Había dialogado con ellas y conocía sus gustos, sus virtudes y sus defectos. Conocía hasta la situación de sus familiares. Nos cautiva cómo señala al superior Vicente quién es cada una y sus características. Nos entusiasma delicadamente cuando indica a la Hermana Sirviente cómo debe tratar a ésta y a aquélla, de acuerdo con su sicología. Ella las había destinado y seguía hablando con cada una a través de las cartas.
Pretendía que no se sintiesen alejadas o en soledad, sino cercanas y unidas a la Casa central, que Luisa llamaba simplemente la Casa. Por medio de las cartas, Luisa supo unir a todas las Hijas de la Caridad esparcidas por las villas y pueblos de Francia y de Polonia. Para lograrlo, les contaba los trabajos y destinos de sus compañeras y les daba noticias de las nuevas fundaciones, algunas muy lejos de París, y se preocupaba de comunicarles noticias de sus familiares.
En las cartas, encontramos siempre algunas de estas tres dimensiones: ideas de organización, sugerencias dinámicas para la comunidad o vivencias de vida de Dios. Pero todo en favor de los pobres. Los pobres se introducen siempre en la correspondencia de Luisa, unas veces asidos al fin de las cartas y otras, expresados en los consejos que da a las Hermanas.
Su estilo3
Escribió miles de cartas, aunque desgraciadamente, sólo se conservan menos de ochocientas. Escribe con facilidad, sin preocuparle el estilo; a veces, da la sensación de ser un estilo prieto en el que tiene más importancia la idea que la forma. Va escribiendo según le vienen a la mente los asuntos; pero su mente va más rápida que la pluma; parece que da saltos, es concisa y no repite lo que le dicen, ella responde sin que sepamos a qué, y así algunos párrafos nos es difícil comprenderlos, no porque no se entienda lo que dice, que escribe claro, sino porque, a veces, no se sabe a qué se refiere.
Además, hay que tener en cuenta que las traducciones suelen romper el estilo conciso del original. Hay más, cada palabra en santa Luisa guarda un matiz incomunicable a otra palabra. Cada palabra es un compendio de un ramillete de ideas y no puede cambiarse. El vocabulario luisiano es extenso y cada palabra ha sido escogida concienzudamente. Lo dice ella varias veces: «Esto es lo que me hace estar sin palabras, cuando debiera manifestarle más fuertemente mis sentimientos de agradecimiento»4. Y es que las ideas se presentan a su mente con matices difíciles de expresar con palabras precisas: «La imposibilidad de hablar con claridad nítida, causada por la confusión de los pensamientos que produce mi espíritu, en la necesidad de decirle las cosas que creo estar obligada»5. En las notas escuetas de unos Ejercicios escritas para ella sola, confiesa: «Si mi torpeza para comunicarme y pedir consejo no me pone en peligro de perderme»6. Por eso, si toda traducción es, en algún modo, una interpretación lo es más en santa Luisa.
La dificultad aumenta, si tenemos en cuenta que es frecuente que ella conteste a lo que se le dice en las cartas que recibe sin repetirlo, de tal manera que sólo la interesada o el interesado conoce el asunto. Los motivos eran varios: para que las Hermanas de la comunidad no supiera lo que le había dicho otra Hermana, ya que no era raro que ella escribiera una carta para toda la comunidad, diciéndole a la Hermana Sirviente que tal párrafo no lo leyera en alto; para que tampoco se enterara la secretaria, cuando escribía por otra mano, como puntualiza Sor Maturina Guérin7; para que nadie conociera los entresijos de la vida de las Hermanas y de la Compañía, si se perdía la carta, lo cual no era infrecuente. Estamos en el siglo XVII, cuyos correos no tenían la frecuencia y la seguridad del siglo XXI, ni la intimidad actual. En aquella época los representantes del rey tenían autorización para leer cualquier correspondencia para evitar a los espías y atajar cualquier idea que consideraran subversiva o propagadora de herejías.8
La misma frescura espontánea con que escribe las cartas hace confusos algunos párrafos. Luisa tenía facilidad para escribir y le agradaba expresarse por escrito. Esa facilidad la traicionaba, ya que escribe según le vienen los pensamientos a la mente y, si después de cuatro o cinco párrafos se le ocurre añadir algo de lo dicho en el primero o segundo, lo escribe ahora sin aclarar a qué se refiere. Las interesadas sí lo sabían, pero a nosotros nos cuesta saberlo. No podía corregir ni volver a escribir porque entonces el papel era caro y el tiempo le urgía. Y si es frecuente que escribiese ya de noche, después de un día agotador, cuando su mente estaba cansada y no tenía claridad, no es extraño que se comiera palabras y hasta frases enteras.
Interpretación de situaciones
Pero lo más peligroso es tergiversar su mentalidad leyendo unas cartas del siglo XVII con mentalidad del siglo XXI. Para verlo, voy a analizar la carta 298 que escribió a san Vicente para que se la entregara a Sor Juliana Loret, seguramente en agosto de 1649. Sor Juliana en esta fecha no había cumplido 27 años y sólo llevaba cinco años en la Compañía. Dos años antes había sido nombrada Directora del Seminario, y responsable de la Casa central, sustituyendo a santa Luisa en sus ausencias. Parece que santa Luisa está pasando unos días de descanso en el Palacio de la Duquesa de Liancourt.
Muy querida Hermana:
Creo que habrá recibido hoy unas cartas mías. He escrito también al señor Vicente, pero aún no había recibido yo la deplorable carta que me envía usted. No hay que dormirse en este asunto; tiene demasiada importancia. Ruegue al señor Vicente que le dé audiencia, pero que le digan que la cosa urge, y dele a conocer bien todo; háblele incluso de toda la conducta del señor Provost. Es posible que el diablo tenga grandes designios de perder estas almas; sobre todo hay que cuidar que Sor Ana María no salga. Presente al señor Vicente el disgusto de su tía y dígale que yo le suplico muy humildemente apruebe que esta Hermana quede encerrada. Se podría, si tuviéramos alguna habitación segura, pero no veo más solución que la de mandarla a Santa María, como para hacer allí los ejercicios espirituales. Como es sobrina de una de las religiosas, no le negarán esta caridad. Si sale, preveo muchos inconvenientes. Pero, si se utiliza algún medio fuerte para impedirlo, quizá puedan servir para detener el curso de esta conducta y que los espíritus flacos de nuestra compañía no la continúen. Porque, si esto continúa, preveo la ruina total. Bien lo merecemos, en particular yo por mis miserias e infidelidades. Hágale comprender bien todo esto al señor Vicente y el peligro que hay de que todo el mundo se escandalice al ver salir de casa a nuestras9 jóvenes con tanta libertad, y que yo creo que los espíritus más rectos se podrán escandalizar por ello. Haga pronto todo lo que pueda y ruegue a Dios por mí que soy en su santo amor, querida Hermana, su humilde y muy obediente hermana y servidora.
Luisa de Marillac
P.D. Me asombro de cómo esta Hermana ha tenido la libertad de hacer todas esas escapadas que me dice usted. En nombre de Dios, mi querida Hermana, ponga mucha atención a todo lo que ocurra. No sé si le ha quitado usted las llaves; es necesario, pero sin que sospeche que es por desconfianza.
Al leer esta carta nos parece que la pobre Sor Ana María se escapaba a la calle no se sabe a qué. Era un mal ejemplo para las Hermanas, un grandísimo escándalo para la gente y un motivo para suprimir la Compañía por inmoralidad en una época en que la vida civil, social y religiosa se mezclaba, controlada por las autoridades políticoreligiosas. Esta fue una de las acusaciones que se adujo en Roma para suprimir a las Hijas de María Ward. Era urgente ponerlo en conocimiento de san Vicente y tomar medidas drásticas. ¿Tan malvada podía ser una Hija de la Caridad? Sin embargo, ¿cuál era el delito que cometía la Hermana? Sencillamente salía para hablar con un sacerdote Paúl, el P. Provost, y confesarse con él. Y esto lo sabemos por la carta que escribe a san Vicente en la otra cara del mismo papel. Luisa pensaba enviársela a la misma Sor Juliana, pero el asunto le pareció tan grave, que decidió enviársela al mismo san Vicente.
Señor:
Después de escrita esta carta, he pensado que era mejor dirigirla a su caridad por la necesidad que hay de que se resuelva pronto este asunto; por eso le envío la de Sor Juliana que le pondrá al corriente de todo. El señor Lamberto sabe de qué se trata y cómo todo el mal no tiene otra causa que el apego a los confesores. Es muy necesario pensar qué se podrá hacer para evitar tan enojosos encuentros. Siento mucho disgusto causarle a usted tantas molestias por mi mala dirección. Su caridad recordará que ya le he hablado de esta pobre Hermana joven, y usted mismo propuso despedirla. Pero ella está muy resuelta a no marcharse, y el consejo que Renata le ha dado es que se deje meter en el coche y que se baje de él poco después de que la hayan dejado. Son espíritus atrevidos, capaces de mucho mal, por eso hay que tenerles compasión. Yo pienso que les ocurre esa desgracia por el atrevimiento que tienen de recibir los Sacramentos con esas malas disposiciones. Dios nos haga misericordia y a mí la gracia de ser siempre, mi queridísimo padre, su obedientísima servidora y agradecida hija10.
LdMarillac
Las salidas de Sor Ana María, sin permiso, hoy nos parece una bagatela, pero entonces no lo era; entonces era una conducta grave de consecuencias funestas para la Compañía y el buen nombre de las Hijas de la Caridad. No se olvide que esta fue una de las acusaciones que se les hizo a las Hijas de María Ward para ser suprimidas. Si asomarse una mujer a la ventana de su casa era tomado como desvergüenza, ¡cómo se podría tomar que una joven saliera a escondidas de casa y fuera sola por la calle!
Estamos en el siglo XVII. En esta época toda mujer tenía que estar casada o entrar en un convento. La mujer soltera tenía fama de ser mujer de vida ligera o licenciosa, pues la misión de la mujer era engendrar hijos y ser objeto de placer para un marido, y si no, al convento. De ahí que, para la Iglesia y la sociedad de entonces, la mujer soltera era objeto de tentación, pues la carne es débil y la mujer, la más débil, es la puerta del demonio. Y hete aquí que las mujeres que pertenecían a la Asociación de las jóvenes de las Caridades, no estaban casadas ni encerradas en un convento.
En la solicitud que hace la Casa Madre al Ayuntamiento de Paris, para que le autorice a tener una fuente dentro del patio de la Casa, pone como razón el bien que hacen las Hermanas a los pobres, el trabajo que tienen sin poder dejarlo para ir a la fuente pública a coger agua, pero añade: «allí escuchan conversaciones sucias y groseras entre los aguadores, que a veces les dicen injurias y las ultrajan, impidiéndolas acercarse a coger agua«11. Para los aguadores estas jóvenes solteras no eran trigo limpio.
La mentalidad de entonces era que la mujer casada pertenecía al marido, y si no lo estaba e iba sola por la calle, pertenecía a quien la cogiera. Santa Luisa insiste mucho en el peligro que corrían las Hijas de la Caridad. A san Vicente le dice que no puede enviar sola a María Joly a Arras. Había que darle una compañera, porque «puede ponerse enferma en el camino o, una vez llegada, puede tropezar con malas personas que piensen mal de ella y le den un disgusto»12. Y a Sor Genoveva le dice que no era conveniente se quedara ella sola en casa durante los días de carnaval13, mientras que a Sor Lorenza le ruega que le diga «si tiene a alguna buena muchacha que la acompañe por las noches»14. Había que tener cuidado de que hasta los viajes se hicieran «en buena compañía»15.
Y hete aquí que una Hermana joven sale a escondidas a la calle: peligro para ella y difamación para la Compañía. ¿Qué clase de Asociación era esa que permitía esos deslices a sus jóvenes? Así comprendemos aquella anécdota que cuenta san Vicente en una conferencia: «Me olvidaba deciros que la reina de Polonia al hablar con nuestras hermanas de los niños expósitos de París, añadió que esas niñas, una vez educadas, podrían ser admitidas en la Compañía y que sor Margarita le respondió sin haber pensado mucho en ello: Perdonadme, señora, nuestra Compañía no está formada ni compuesta de esa clase de personas. Sólo se reciben en ella a las vírgenes»16.
Igualmente comprendemos las insistentes y duras recomendaciones para no dejar entrar a los hombres en lo que hoy llamamos comunidad, y menos a los eclesiásticos y confesores, ni al mismo Vicente de Paúl17. Pues para los fundadores, el mismo confesor podía llegar a ser un peligro. Gráficamente se lo retrata san Vicente en una conferencia18.
¡Y una Hermana joven se atreve a salir sin permiso para hablar con su confesor!
- c. 175
- D 822
- Ved su biografía: Benito MARTÍNEZ, C.M., Empeñada en un paraíso para los pobres, CEME, Salamanca 1995, ps. 126-127.
- c. 18
- c. 360
- E 65
- D 822
- c. 75, P. D. de la 81 y c. la 82, y P. D de la c.120; c. 88, 89, 115, 158, 162, 165, etc.
- Hermanas
- c. 299
- D 721
- c. 45
- c. 567
- c. 588
- c. 564, 650
- IX, 531
- IX, 980
- IX, 1176-1177







