La vida comunitaria

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Benito Martínez · Fuente: CEME.
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espiritualidadLa Compañía de las Hijas de la Caridad nace el 29 de noviembre de 1633, día en que Luisa de Marillac reúne en su propia casa a algunas jóvenes que, desde hace varios años, sirven a los pobres enfermos de las Cofradías de la Caridad. Gobillon, el primer biógrafo de la Señorita Le Gras, relata los comienzos de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

«Aquellas jóvenes que dependían solamente de las So­noras de las Parroquias sin que hubiera entre ellas ningún vínculo ni relación y sin tener la dirección de una Superiora, no podían estar bien instruidas para el servicio de los Pobres ni en los ejercicios de pie­dad y cuando era necesario cambiar o enviar a algu­na a los nuevos establecimientos, no se encontra­ban fácilmente jóvenes que estuviesen bien prepa­radas.

Por eso el Señor Vicente creyó que era necesario reunir a aquellas jóvenes en comunidad, bajo la dirección de una Superiora con el fin de que las for­mara para Ids ejercicios de la caridad y de que hu­biera siempre alguna de reserva para enviarla a don­de se necesitara…

Puso en manos de la Señorita Le Gras a algunas jóvenes para que las recibiera en su casa y vivieran en comunidad. La Señorita vivía entonces cerca de San Nicolás de «Chardonnet». Allí comenzó esta pe­queña comunidad en el año 1633, el 29 de noviem­bre, víspera de San Andrés. Allí nació la Compañia de las Hijas de la Caridad, siervas de los Pobres.»

La vida en comunidad aparece, desde los orígenes, co­mo uno de los apoyos esenciales de la vocación de las  Hijas de la Caridad.

Las Hermanas van a descubrir, día a día, la belleza de la vida comunitaria,  su valor, pero también sus dificulta­des, sus exigencias, sus obligaciones.  Luisa de Marillac en sus cartas, sus consejos y sus avisos, va a explicitar con frecuencia las razones fundamentales de ese «vivir juntas» y a concretar los medios que hay que tomar para «vivir juntas» a imagen de la Santísima Trinidad.

¿Por qué estar juntas? ¿Por qué la vida comunitaria?

En 1630, Margarita Nassau, aquella joven extraordina­ria, llena de iniciativa, de inquietud por la formación de los demás, de amor a Dios y a los Pobres, encuentra a San Vicente. Con un amor del todo evangélico, se hace la sierva de los pobres enfermos de las Cofradías de la Ca­ridad y desempeña las tareas humildes y bajas que las Se­ñoras no podían hacer. Su ejemplo es comunicativo. Otras jóvenes vienen y se comprometen en este servicio nuevo para responder a las necesidades múltiples y diversas de los más abandonados.

Vicente de Paúl pide a Luisa de Marillac, que se ha con­vertido en su colaboradora, que se encargue de dar algu­na formación a estas jóvenes. Pero poco a poco se le van presentando a Luisa unos interrogantes. Estas jóvenes campesinas, aisladas en las parroquias o en las aldeas ¿có­mo van a poder mantenerse, «durar» en su servicio? ¿Có­mo van a poder adquirir la competencia necesaria para garantizar un servicio de calidad? ¿Qué ayuda espiritual han de recibir para ser testigos de la Caridad de Cristo a través de su trabajo duro y dificil a veces?

Inspirada por Dios y recordando la Luz de Pentecostés, Luisa presiente la necesidad de reunirlas en una especie de Cofradía, de Comunidad.

Esta vida juntas seria un apoyo para la entrega a los de­más, un enriquecimiento mutuo mediante el intercambio de experiencias y de la vida de Fe.

Después de detenida reflexión entre Vicente de Peal, la Señorita Le Gras y las Señoras de la Caridad de París, después de buscar la Voluntad de Dios en la oración, se toma la decisión. Asilo relata Vicente en una conferencia a las primeras Hermanas:

«Se rogó ala Señorita Le Gras a quien Dios habla da­do el celo que toda su vida ha tenido por su gloria, que las tomara bajo su dirección para formarlas en la devoción y en la manera de servir a los Pobres.»

La Compañía de las Hijas de la Caridad ha sido querida por Dios para el bien de todos los que viven en el sufri­miento, la miseria, la desgracia. La vida comunitaria ga­rantiza el servicio a los Pobres, ya que responde a la vez de su existencia y de su calidad. San Vicente en la Conferencia del 14 de junio de 1643, subraya con fuerza esta idea fundamental:

«Vuestro principal negocio y lo que Dios os pide par­ticularmente es que tengáis mucho cuidado en ser­vir a los Pobres que son nuestros Señores… que son nuestros Amos… Para eso os ha puesto juntas y os ha asociado Dios… Para eso Dios ha hecho vuestra Compañía.»

Luisa de Marillac insiste con frecuencia en sus cartas sobre este punto: es para servir a los Pobras, para servir­los bien por lo que las Hijas de la Caridad viven juntas en comunidad..

En 1644, se destina a tres nuevas Hermanas al hospital de Angers. Luisa se lo comunica al Abad de Vaux, el di­rector espiritual de las Hermanas. La explica que estas Her­manas nuevas van a renovar el fervor de las primeras

«para mejor servir a los pobres juntas.»

En los avisos que da a Ana Hardemont y a Maria Lullen cuando van a Montreull-sur-Mer, Luisa de Marillac insiste mucho en la importancia de la vida comunitaria.

«Las verdaderas Hijas de la Caridad, para cumplir lo que Dios pide de ellas, deben ser como una sola…»

La misión confiada no es una misión individual, sino una misión comunitaria, que han de cumplirla las dos juntas. A Bárbara Angiboust que forma comunidad con Juana en Brienne, Luisa repite lo mismo:

«Lo que Dios pide actualmente de ustedes es una gran unión y tolerancia mutua y que trabajen juntas en la obra de Dios, con gran mansedumbre y humil­dad.»

Si Luisa de Marillac insiste tanto en la unión entre las Hermanas, es porque es consciente de que toda ruptura de la vida comunitaria corre el riesgo de provocar rápida­mente una ruptura del servicio a los Pobres. Ya en 1639, Luisa invita a las dos Hermanas de Richelieu a reflexionar en las consecuencias de su desavenencia.

«Dan ustedes pie a que no se estime como antes el santo ejercicio de la Caridad. ¿Cómo se atreverán us­tedes a comparecer un día delante de Dios par darle cuenta… de la gracia tan grande que les ha conce­dido llamándolas al estado en que las ha puesto…»

En Nantes los conflictos que existen entre las Herma­nas repercuten gravemente en el servicio a los enfermos del hospital. Luisa escribe manifestando su pena profun­da:

«…me han dicho que hace poco se habla muerto una muchacha sin asistencia y que habla ocurrido así por­que varias de las Hermanas estaban por la ciudad… Dios mío, Hermanas, ¡cuántos motivos tenemos para humillamos… lt, quisiera poder hacer penitencia, y les aseguro que siempre que oigo a la gente hablar bien de nuestra Compañía, me sonrojo de vergüen­za al pensar en el desorden de Nantes.»

Las Hermanas van a buscar en la ciudad personas que les escuchen, a quienes confían sus disensiones. El con­tratestimonio dado por la comunidad de Nantes es tal que los Administradores piensan en el despido de todas las Hermanas. Cuando la caridad fraterna desaparece, cuan­do la vida comunitaria no es más que desavenencia y dis­cordia, inmediatamente se deteriora el servicio a los Po­bres o no se les sirve en absoluto.

El servicio a los Pobres está en el centro de las preocu­paciones de Luisa de Marillac. Al preparar la conferencia sobre el modo como las Hermanas deben comportarse en todos los lugares a donde se las envíe, Luisa señala las faltas que podrían darse si las Hermanas no conocieran bien sus obligaciones:

«Podría ocurrir que, en vez de la unión que debe mi­nar entre nosotras, viviéramos en discordia, lo que es la cosa más perjudicial para la Compañía y una de las más opuestas a lo que Dios pide de ella.»

A las dos Hermanas que van a Montreuil-sur-Mer, su­braya cuáles serían las consecuencias de una división en­tre ellas;

«Si entre ustedes se dan divisiones y discordias, infaliblemente serán ustedes despedidas…»

El 25 de mayo de 1654, la conferencia de San Vicente tiene como tema «la conservación de la Compañía». Lui­sa de Marillac pone por escrito sus pensamientos sobre el futuro de la Compañía, sobre la importancia de la fide­lidad a la vocación recibida, al servicio confiado por Dios. Durante la conferencia solamente lee la primera parte de sus notas. San Vicente hace que se detenga para dar ex­plicaciones. El final de la reflexión de Luisa causa impre­sión:

«Si las Hermanas por olvido de lo que son… pensa­ran establecerse independiente en algunos lugares… y si todo esto contagiara a varias de la Compañía, seda de temer que la bondad de Dios se irritara y per­mitiese su ruina total.»

Algunas Hermanas quisieran, aún continuando el tra­bajo en las Cofradías, vivir independientes, fuera de la vi­da comunitaria… Esta perspectiva es, para Luisa de Ma­irillac, un signo de muerte para la Compañía, un signo de ‘muerte para el servicio de los Pobres.

La vida comunitaria fraterna es vital para el servicio de los Pobres; es a la vez apoyo y fuente de dinamismo. Se vive concretamente en cada una de las casas. A las pa­rroquias, a los pueblos, se envían dos Hermanas, a veces tres. La comunidad será más numerosa en los hospitales: 5 ó 6 en Saint Denis, Fontainebleau… de 9 a 12 en Nan­tes y Angers.

Sucede a veces que una Hermana se encuentra sola como consecuencia de la enfermedad, destino, de los Ejer­cicios Espirituales (Retiro Anual) de las compañeras o de una necesidad del servicio. Luisa sufra siempre que se da esta situación. En 1653, expresa a Juana Francisca su in­quietud al verla sola en Etampes:

«Es verdad que tiene usted sobrados motivos para sen­tir tedio al llevar tanto tiempo sola y sin recibir noti­cias nuestras con la frecuencia que yo debería; le pi­do perdón por ello.»

Luisa de Marillac experimenta muchas dificultades pa­ra responder a todas las necesidades, a todas las llama­das. Son poco numerosas las Hermanas y las enferme­dades frecuentes, así como las muertes. Al final del año 1656 fallece Claudia Chantereau en Santa María del Monte, en el extremo de Normandia. Isabel Jousteau, su com­pañera, se encuentra sola; los enfermos son numerosos y no se los puede abandonar. Luisa confía su pena a Bár­bara que está en Bemay, en el otro extremo de Norman­día.

«No sabe la pena que tengo en diferir tanto el enviar ayuda y consuelo a nuestra pobre Hermana tan afli­gida; pero, querida Hermana, no puede usted hacerse idea de la dificultad que tenemos en encontrar Her­manas adecuadas para servir en lugares tan alejados, a causa de las muchas que nos piden de &versas par­tes. Tenemos que esperar ayuda de la divina Provi­dencia, para lo que le ruego se valga de sus oracio­nes ante Nuestro Señor.»

Si alguna vez se encuentra una Hermana sola en una parroquia, en un pueblo, es siempre una situación excepcional. Si una Hermana tiene que vivir así durante un tiem­po, sola, es debido al servicio a los Pobres. Luisa la acom­paña entonces con más atención. Catalina Baucher fue a la Casa Madre para sus Ejercicios anuales. Su presencia en París se prolonga, bien para un tiempo de formación, o en previsión de un destino. Luisa se preocupa de María Donion que se habla quedado sola en Brienne.

«No dude de que pienso con frecuencia en usted, con pena por saber que está sola, aunque tengo gran confianza en la dirección de Dios y de su Angel de la guarda, creyendo también que la sumisión que su bondad le ha dado le sirve de consuelo y es lo que pido a Nuestro Señor con todo mi corazón. Ya se me hacía larga la espera en recibir el consuelo de su apre­ciada carta, que le agradezca.»

El testamento espiritual de Luisa de Marillac que revela aquello en lo que tiene mayor interés, muestra la relación que ve entre el servicio de los Pobres y la vida fraterna.

«…ruego (a Dios) les conceda la gracia de perseverar en su vocación para que puedan servirle en la forma que B pide de ustedes. Tengan gran cuidado del ser­vicio de los Pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor.»

¿Cómo estar juntas? ¿Cómo vivir la vida comunitaria?

Luisa de Marillac sitúa la vida comunitaria de las Hijas de la Caridad dentro de la mística del Dios-Trinidad. Al re­latar al Señor Vicente su peregrinación a Charles en 1644 para consagrar la Compañía a la Santisima Virgen, escri­be:

«…pedl… que Él mismo fel Hijo de Dios) fuese el la­zo fuerte y suave de los corazones de todas las Her­manas para honrar la unión de las tres divinas Per­sonas.»

La vida Trinitaria es la incomparable comunión de las tres Personas divinas que sin dejar de estar perfectamen­te unidas son también perfectamente distintas. El Padre no existe sino entregándose totalmente al Hijo; el Hijo no existe sino siendo un impulso de Amor hacia el Padre; el Padre y el Hijo no desaparecen en el Espíritu Santo. En una carta a Juana Lepintre, Luisa subraya la importancia que tiene para cada comunidad entrar plenamente en es­te misterio de la vida Trinitaria:

«…diga (a todas nuestras Hermanas) que les reco­miendo… la tolerancia y la cordialidad para honrar la unidad de la Divinidad en la diversidad de perso­nas de la Santísima Trinidad.»

La vida comunitaria es, ante todo, una realidad de Fe. Es de Dios mismo de quien las Hermanas aprenden que amar es acoger y dar. A lo largo de su vida, pacientemente, Luisa explica a las Hermanas que vivir juntas a imagen del Dios Trinidad, es:

  • vivir la unión fraterna para honrar la unidad de las tres Personas divinas,
  • respetar la diversidad para honrar la distinción de las tres Personas divinas,
  • acoger la complementariedad con miras a una mis­ma misión para honrar la obra común de las tres Per­sonas divinas.

Vivir la unión fraterna

Luisa de Marillac, al contemplar a la Santísima Trinidad, considera particularmente el Amor que une a las tres Per­sonas divinas, el Amor que son las tres Personas divinas. Invita a las Hermanas a vivir juntas, a imagen de la Santí­sima Trinidad, en una profunda comunión en la que cada una se compromete con toda su capacidad de fe y de amor.

«…debemos, para asemejamos a la Santísima Trini­dad, no ser más que un corazón y no actuar sino con un mismo espíritu como las tres divinas Personas.»

Es toda la personalidad —corazón, alma, espíritu— la que se empeña mediante una opción libre y consciente en esta vida comunitaria. Los Fundadores designan la unión de corazones y espíritus, el afecto sincero y pro­fundo, con un término poco utilizado hoy: la cordialidad.

Durante una conferencia, el Señor Vicente explica en qué consiste esta virtud.

«La cordialidad… es el efecto de la caridad que se tiene en el corazón… es la alegría que se siente en el co­razón cuando se ve a una persona a quien se ama, alegría que se refleja en el rostro… y se demuestra con palabras amistosas…»

La cordialidad, como todo lo que procede del corazón, es cálida, sincera, espontánea, condescendiente, amisto­sa. Es también un «cordial», es decir un reconstituyente, un estimulante, un tónico.

El afecto espontáneo, la amistad real, la bondad cor­dial, son a veces difíciles de vivir, esto es lo que motiva la insistencia de Luisa en sus cartas y en sus escritos. La lectura de muchos autores del S. XVII le permitió profun­dizar su conocimiento de la natualeza humana. Además, ve y conoce lo que viven las Hermanas en las difarentes comunidades. Sabe que los temperamentos son diferen­tes, que los humores son tornadizos, que hay caracteres muy fuertes y otros muy replegados sobre sí mismos, que pueden surgir tensiones y conflictos.

A las Hermanas del hospital de Angers, Luisa de Mari­Bac explica la psicología femenina con sus variaciones. Ha­ce notar a las Hermanas que nos detenemos demasiado a menudo en el aspecto exterior:

«Si nuestra Hermana está triste, si tiene un carácter melancólico o demasiado vivo o demasiado lento, ¿qué quiere que haga si ese es su natural? y aunque a menudo se esfuerce por vencerse, no puede im­pedir que sus inclinaciones salgan al exterior. Su Her­mana, que debe amada como a si misma, ¿podrá enfadarse por ello, hablarle de mala manera, ponerle mala cara?

Oh, Hermanas mías, cómo hay que guardarse de todo esto y no dejar traslucir que se ha dado cuen­ta, no discutir con ella, sino más bien pensar que pronto, a su vez, necesitará que ella observe con us­ted la misma conducta…»

Al hablar a las Hermanas de las relaciones entre ellas durante el tiempo del «recreo», Luisa insiste en este co­nocimiento de la naturaleza humana y recomienda dirigir siempre una mirada bondadosa hacia su Hermana.

«Tengan… un espíritu de caridad que les impida juz­gar a la ligera a los demás… (considerando) el do­minio que ejercen sobre los espíritus las inclinacio­nes naturales o la costumbre, hasta el punto de re­sultar casi imposible deshacerse de ellas.»

Luisa conoce bien a las Hermanas. Durante una de sus ausencias escribe a Juana Lapintre que la está reempla­zando como Hermana Sirviente en la Casa Madre y le se­ñala las precauciones que ha de tomar para mantener la paz en la Comunidad.

«Le ruego Hermana que si ocurriera cualquier alter­cado o acritud, desvíe usted hábilmente la cosa… para que se mantenga la dulzura y la cordialidad.»

Luisa advierte a Ana Hardemont y a María Lidien que no deben sorprenderse si surgen entre ellas algunas pe­queñas desavenencias.

«Si Dios permitiera que ocurriese alguna pequeña de­savenencia entre ustedes…, si hubiera algunos pequeños disgustos entre ustedes… no lo dejen ver.»

Estas dificultades, cuando sobravengan, no deben desanimar a las Hermanas, sino incitarlas a resolverlas en­tre ellas lo más rápidamente posible, a tomar medios con­cretos para superarlas y evitadas.

Uno de los principales medios que propone Luisa de Ma­rillac es tener la caridad en el corazón, es decir, hacer crecer en si la amistad verdadera hacia su Hermana, des­cubrir lo que hay de bello y de bueno en ella.

«Si nos acostumbremos a estimar a nuestras Herma­nas y a hablar bien de ellas, se creará en la C.ompa­fila el espíritu de unión, de cordialidad, de verdade­ra caridad, como parece ha sido el designio que Dios tuvo al formarla.»

El descubrimiento de las riquezas de la otra se convier­te en fuente de alegría.

«Tienen que tener tan buena armonía entre ustedes, que cada una esté contenta con lo que hace la otra.»

Tener la caridad en el corazón, es por tanto, desechar del propio corazón toda mirada negativa hacia su Herma­na, es tratar de comprender las dificultades que aquella encuentra. Isabel Turgis ha observado que una de sus compafleras tiene dificultades de relación con ella. Luisa le aconseja:

«He visto la pequeña antipatía que me dice usted de una de nuestras Hermanas. ¡Dios mío, necesario es que su caridad tenga gran comprensión y tolerancia; bien sabe usted que de ordinario son éstos, senti­mientos naturales de los que no somos dueños… es menester… ganar los corazones con nuestra toleran­cia y cordialidad.»

Francisca Carcireux encuentra las mismas dificultades con su joven compañera Ana Denoual. Luisa la anima a superar sus propios sentimientos y a tratar a su Hermana con mucha atención y delicadeza.

«Le ruego, querida Hermana, que sea usted un gran consuelo para nuestra querida Sor Ana y que le to­me la delantera en la tolerancia y la cordialidad. Mu­chas veces el adelantarse en dar muestras de honor y deferencia sirve de mucho para ganar los corazo­nes.»

Tener la caridad en el corazón es también evitar la críti­ca, evitar el murmurar contra una u otra sobre todo en pequeños grupos o «clanes».

«Con frecuencia (juzgamos) las intenciones y accio­nes de nuestras Hermanas de manera muy distinta a la verdad… es preciso ayudarse mutuamente a ad­quirir esa costumbre de hablar bien de nuestras Her­manas.»

En febrero de 1644, el P. Lamberlo hace la visita canó­nica a la comunidad de Angers. En el informe que envía a la Señorita le indica que le parecen necesarios algunos traslados. En el transcurso de ese año, cuatro Hermanas son llamadas a Paris. Dos Hermanes nuevas llegan en ma­yo y otras tres después al final del año. A Luisa de Mari­liac le gustaría que la Comunidad se uniera para el mayor bien de los enfermos, pero teme que se formen peque­ños grupos, y se lo advierte a las Hermanas:

«Guardémonos de parcialidades y pequeños entendi­mientos o concertaciones en grupos, en cosas (que van) contra la caridad mutua.»

A las tras Hermanas de Polonia que viven bien la cor­dialidad entre ellas las Invita a que no se replieguen sobre si mismas, sino a que se abran ampliamente a las tres nue­vas que van a unirse a su comunidad.

«Siempre me han dicho ustedes que no formaban más que un solo corazón entre las tres; en nombre de la Santísima Trinidad a quien han honrado y deben hon­rar, les ruego que lo ensanchen y que nuestras tres Hermanas puedan entrar en esa unión cordial.»

Si la cordialidad invita a mirar lo positivo de cada com­pañera, a hablar bien de ella, Luisa de Marillac da, sin em­bargo, este consejo lleno de sabiduría cristiana:

«Cuiden… de que sus palabras, al hablar de los de­más, procedan de un corazón verdaderamente cris­tiano y no de una virtud fingida.»

Tener la caridad en el corazón, es, indudablemente, amar a su Hermana como el mismo Jesucristo:

«Excite en su corazón un gran amor por nuestra que­rida Sor Luisa… (prometiéndole) amarla como Je­sucristo mismo quiera.»

Incesantamente propone a Jesucristo a las Hermanas como la fuente y el modelo de toda Caridad. El manifes­tó su Amor muy especial hacia cada una llamándola a se­guirle y a servirle en los Pobres. Este Amor es el que reú­ne a la comunidad, el que constituye su fuerza, esperan­za y alegría.

Un segundo medio que propone Luisa con el fin de que la vida comunitaria sea, para todas, tonificante, cálida, es­timulante, es la tolerancia.

La palabra «tolerancia» es muy utilizada por los Funda­dores en su versión francesa «support» = «soporte». Es importante volver a darle el sentido fuerte que tenia en el siglo XVII. La tolerancia es, en efecto, soporte, apoyo, ayuda, aliento en las dificultades, en las pruebas. La tole­rancia, para Luisa de Marillac, es constructora de la unión comunitaria.

«Le recomiendo a usted y a todas nuestras Herma­nas, la cordialidad y la tolerancia, tan necesarias pa­ra vivir en la unión de las perfectas Hijas de la Cari­dad.»

Al felicitar el Ano Nuevo a Nicolasa Haran, Hermana Sirviente de la Comunidad de Nantes, Luis desea a todas las Hermanas dejen que su corazón sea abrasado por el Amor de Dios.

«Suplico al Amor de Nuestro Señor que inflame su corazón con sus santas llamas, para que esa queri­da comunidad perciba algunas chispas de ese fue­go, a través de la cordialidad y tolerancia que suele usted tener. Formulo el mismo deseo para todas nuestras queridas Hermanas… ya que estas virtudes son absolutamente necesarias a todo cristiano, pe­ro más especialmente a las Hijas de la Caridad.»

Soportar a la otra, aportarle ayuda y apoyo es en pri­mer lugar no indignarse de sus errores, de sus faltas. Na­die está exento del peligro de caer.

«Les ruego… se renueven en el espíritu de unión y cor­dialidad que las Hijas de la Caridad deben tener, me­diante el ejercicio de esa misma caridad que va acom­pañada de todas las demás virtudes cristianas, es­pecialmente la de la tolerancia de unas con otras, nuestra virtud más querklif. Se la recomiendo con todo mi interés, como algo absolutamente necesario, ya que nos lleva siempre a no ver las fáltas de los demás con acritud, sino a disculpadas siempre, humillándonos nosotras.«

Excusar la falta de otro no significa negarla. Hay que saber distinguir el pecado del pecador. Un error, una omi­sión, una torpeza no deben llevar consigo un juicio defi­nitivo sobre la compañera.

«(Hay que) separar siempre los pequeños defectos que se advierten en los demás, de la persona, suspen­diendo nuestro juicio y excusando los primeros mo­vimientos como queremos se excusen los nuestros, soportándonos por amor de Dios.»

Luisa pone en guardia a las Hermanas contra la curio­sidad femenina, siempre deseosa de saber lo que sucede en otra parte, siempre pronta a decir los pequeños defec­tos observados en una u otra. La mortificación de esta costumbre es indispensable para mantener la unión en la Compañía.

«Y nos es muy necesaria también la mortificación ri­gurosa de nuestra curiosidad, principalmente cuan­do varias Hermanas se encuentran reunidas: de or­dinario hay una premura para informarse de los de­fectos y carácter de las demás y premura también para decir lo que se sabe acerca de ello.»

La tolerancia, «esta virtud absolutamente necesaria» permite a la Hija de la Caridad vivir las tres virtudes que la caracterizan. Humildemante, sabe que es capaz de co­meter todas las faltas que las otras cometen. Sendlamen­te acepta ayudar a su compañera a vivir los momentos difíciles. Con toda caridad deja percibir la alegría de esta mutua ayuda fraterna.

«Si la humildad, la sencillez y la caridad que produ­cen la tolerancia, están bien afianzadas en cada una, su pequeña Compañía estará compuesta de otras tantas santas como personas son ustedes. Pero no tenemos que esperar a que sea otra la que empiece; empecemos todas a porfia…«

Mientras intentan progresar juntas hacia el Señor, las Hermanas viven humildemente, sencillamente y con to­da caridad la reciprocidad de la tolerancia.

«¿Sostiene el fuerte al débil, alternativamente, pero con cordialidad y afabilidad?»

El tercer medio propuesto por Luisa de Marillac para vi­vir juntas como se debe, es saber restablecer la caridad mediante la reconciliación.

«…que tan pronto como nos demos cuenta de que hemos disgustado o estamos disgustando a una de nuestras Hermanas o a varias de ellas, nos ponga­mos inmediatamente de rodillas para pedirles per­dón… Ahl iqué práctica! Se la recomiendo por amor a Nuestro Señor.»

La petición de perdón, actitud totalmente evangélica, permite a cada una reconocer su propia culpabilidad, bo­rrar el mal cometido, corregirse de los propios defectos. Luisa anima a Bárbara a vivir esta actitud de reconcilia­ción hacia su compañera.

«Arrójese a sus pies y pídale perdón por sus seque­dades hacia ella y por toda la pena que le ha causa­do, prometiéndole, con la gracia de Dlos amarla co­mo Jesucristo mismo quiere.»

A Luisa Cristiana Rideau, Hermana Sirviente en Mont­mirail, subraya la importancia de la reconciliación que ha­ce suprimir los resentimientos y las murmuraciones, hace crecer la confianza mutua y el buen entendimiento en la Comunidad.

«Alabo a Dios con toda mi alma por el sincero afecto que su bondad les comunica una hacia otra, eso es lo que mantiene la unión y la tolerancia que las Hijas de la Caridad han de tener entre sí, y lo que hace que no haya que hablar mal la una de la otra, cuan­do da cuenta (una de la otra), porque si algo ocurre entre las dos, después de haberse pedido perdón to­do queda olvidado; a no ser que se tratara de algo muy importante para la gloria de Dios.»

Como lo indica el Evangelio, hay que hacer el acto de reconciliación lo más rápidamente posible después de la falta, lo más tarde por la noche antes de acostarse. Este acto puede realizarse entre las dos interesadas o ante to­da la Comunidad. En la «Conferencia del viernes», actual revisión comunitaria, cada una reconoce humildemente lo que ha podido perjudicar la unidad comunitaria. Luisa de Marillac no vacila en interrogar a las Hermanas sobre su fidelidad a este punto de la regla.

«Le ruego, querida Hermana me diga… si no omiten ustedes (el ejercicio) de hacer los viernes la breve conferencia. La aseguro que no sé de otro ejercicio más apto para hacernos fieles a Dios y mantenemos cordialmente unidas en su santísimo amor.»

Cordialidad, tolerancia, reconciliación, son los medios que indica Luisa de Marillac para establecer, mantener, de­sarrollar la unión. La vida comunitaria se convertirá en­tonces, según la expresión de una de las primeras Her­manas, en «comunión».

«La unión es tan excelente que Nuestro Señor quiso darse a nosotros bajo ese hermoso nombre de co­munión. Por eso, tenemos que desear que la unión permanezca siempre entre nosotras, ya que Dios la quiere tanto.»

Respetar la diversidad

Al hablar de Dios-Trinidad, Luisa de Marillac subraya fre­cuentemente la distinción de las tres Personas divinas. En Dios, la unión no es fusión. El Amor del Padre y del Hijo es Persona, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo. Dios cuando crea al hombre, lo modela a su imagen: hace de él una Persona, un ser de relación. Mediante la Encamación, Dios revela, aún más, la gran­deza del hombre, puesto que llega hasta unir su Divini­dad a la humanidad. Toda persona humana es imagen de Dios.

«La Santísima Trinidad, en la unidad de su esencia nos hace ver la distinción de las tres Personas en dos oca­siones: en la creación del mundo, cuando delibera­ron para crear al hombre a su imagen y semejanza, y para la Encarnación del Verbo eterna»

Veamos cómo se expresa Luisa de Marillac en la confe­rencia sobre el respeto cordial. Como es ella la que ha to­mado notas, no se nombra a sí misma. Pero la profundi­dad del pensamiento y el estilo la delatan. De esta con­templación de la Santísima Trinidad, relación de Personas, Luisa deduce el respeto que se ha de tener hacia la per­sona de cada Hermana.

«Dios nos ha escogido y asociado para hacerle un mis­mo servicio. De ahí se sigue que tenemos que miramos como un cuerpo animado de un mismo espl­riftr, o más bien, como miembros de un mismo cuer­po. Nos respetaremos si… honramos a nuestras Her­manas.«

La vida comunitaria es ese lugar de relaciones en el que las personas que la constituyen se ayudan a existir las unas a las otras.

  • Ayudar a la otra a vivir es reconocer lo que la dife­rencia, es admirar las maravillas de Dios en ella.
  • Ayudarse una misma a vivir es reconocer la propia identidad, la propia personalidad como don de Dios.

Para Luisa de Marillac, conocerse a si misma es dar gracias a Dios que nos ha creado a su imagen.

«Pensar en la excelencia del ser que Dios nos ha da­da.. y protestar de que no queremos nada en la tie­rra fuera de Dios.»

Este conocimiento permite descubrir los dones de Dios, pero también la poca correspondencia a las gracias raci­bidas. La costumbre del examen de la propia vida pareo-• nal permite esta lucidez.

«(Es necesario) trabajar por llegar a un verdadero co­nocimiento de nosotras mismas… mediante la expe­riencia de nuestras faltas ordinarias.»

Otra manera de precisar lo que una es, de construirse, es aceptar la necesaria y benéfica confrontación con la otra, que nos lleva a superamos.

«No nos faltan (ocasiones) de sacrificar nuestra vo­luntad para acomodamos a la de los demás, de romper con nuestros hábitos… de vencer nuestras pa­siones para no excitar las ajenas. Así es, querida Her­mana, como estamos obligadas a obrar para man­tener la cordialidad, ejercitar la tolerancia, vivir en la estrecha unión de la verdadera caridad de Jesús Cru­cificado.»

Solamente la humildad permite encontrar a la otra con toda verdad. La humildad sabe mirar las cualidades de la otra con alegría y serenidad.

«(Es peligroso) el demasiado amor a nosotros mismos por el apego a nuestra propia voluntad.»

«El amor a nuestra propia estima puede oponerse a la estima de la otra.«

Reconocer a la otra, es mirarla en su «originalidad», con sus cualidades y sus defectos. Ahora bien, el ser hu­mano a menudo tiene tendencia a calificar como defec­tos las diferencias del otro. Y se ve tentado a rechazar es­tas diferencias como algo molesto.

«Si una de las dos está triste, que se sobreponga pa­ra recrearse con su hermana, y que la que esté ale­gre se modere para acomodarse al estado de ánimo de la otra, y así poco a poco sacarla de su melanco­lía, todo ello por amor a Nuestro Señor.»

Luisa de Marillac invita a las Hermanas a descubrir las maravillas del Espíritu de Dios en sus compañeras. Nada hay más bello que contemplar la entrega que cada Her­mana hace libremente de su paisana a Dios, a los Pobres, miembros de Cristo.

«¡Ahí ¡cuántas maravillas se ven en el cielo… en las almas que han dado a Dios ese ‘ellas mismas’ que no puede ser otra cosa que la voluntad libre y de la que, en la práctica, no quieren servirse más que co­mo posesión o propiedad de Dios.»

Hablando a las Hermanas del tiempo del recreo, de ese tiempo en el que se reúnen para comunicarse libremente entre ellas, Luisa da algunos consejos para la convivencia que sabe integrar todas las diferencias.

«La conversación durante el recreo debe ser verdade­ramente alegre y cordial, hablando indistintamente con las personas que nos agradan y con las que nos son menos simpáticas, contestando con afabilidad, sin aparente esfuerzo y sin echar nunca nada a mala parte, recordando la mansedumbre de Jesucristo.»

¡Qué alegría vivir en una comunidad así donde reina un clima de confianza y de amistadl Las diferencias recono­cidas y aceptadas, no perjudican ni al respeto mutuo ni a la cordialidad. Lo que dice Luisa del tiempo del recreo puede aplicarse a toda la vida comunitaria.

«Hemos de mirar el tiempo del recreo como concedi­do por la bondad divina para unimos mutuamente, gracias a una comunicación sincera de pensamien­tos, palabras y acciones; todo ello para honrar la ver­dadera unidad en la distinción de las tres Personas de la Santísima Trinidad.»

Las múltiples diversidades vividas por las Hermanas se convierten en fuente de enriquecimiento cuando la co­munidad se esfuerza por vivir a imagen de la Santísima Trinidad, buscando la verdadera unión dentro del respeto a cada una. Cada una se compromete con toda su capacidad de Fe y de Amor en ese «vivir juntas» aceptando la ley de la renuncia y de la muerte para que brote la fe­cundidad. Juana que acaba de hacer los Ejercicios en la Casa Madre vuelve a su comunidad de Valpuiseaux. Una carta de Luisa de Marillac exhorta a esta comunidad a aprovechar este regreso para reforzar su unión comunita­ria.

«,Cómo gozo pensando, queridas Hermanas, que vi­virán ustedes en grande unión y cordialidad puesto que es la disposición de la divina Providencia la que las ha reunido! y si alguna diferencia se da entre sus temperamentos naturales, en nombre de Dios, que­ridas Hermanas, que su santo amor se manifieste en sus corazones.»

Acoger la complementariedad

Al enviar a misión a Montreuil-sur-Mer a Ana Harde­mont y María Lullen, Luisa de Marillac les indica cómo ha­brán de vivir juntas.

«(Se considerarán) as dos escogidas por la Providen­cia para obrar unánimes y unidas.»

Unos días antes, durante el Consejo, San Vicente ha­bía pedido a Ana, allí presente, que viviera lo que él lla­maba la «mutualidad» (la comunicación mutua) con su compañera:

«Hija mía, hay que hacerlo así: que no pase nada, ni se haga nada, ni se diga nada, sin que lo sepáis la una y la otra. Hay que tener esa «mutualidad» mu­tua).»

Al hablar de unanimidad y de comunicación, los Fun­dadores desean que las dos Hermanas se comuniquen mu­tuamente sus reflexiones, sus accionas para llegar a una comunidad de sentimientos. El intercambio comunitario en el que cada una da y racibe, debe permitirles obrar en el mismo sentido, según las mismas orientaciones para rasponder a la misión que se les ha confiado: servir a los pobres, dar testimonio del Amor de Cristo hacia la huma­nidad sufriente.

Por tanto, cada Hermana está invitada a acoger favo­rablemente la opinión de la otra como un complemento de su propio punto de vista. Acoger es también tender los brazos para recibir y dar sentido de fiesta. La comple­mentariedad ¿es realmente fuente de alegría para cada una, se la busca como un beneficio, como una cosa ne­cesaria, indispensable para la vida común y para la mi­sión común?

«Nunca me regocijaré bastante de la unión que creo reinará entre ustedes, en palabras yen obras, desde su interior y mostrándose exteriormente, lo que edi­ficará a toda la familia y a los de fuera» —escribe Lui­sa a las Hermanas de Polonia.

Como en todas las cosas, Luisa de Mari lac da a las pri­meras Hermanas medios concretos para vivir la comple­mentariedad, la comunión en el seno de la Comunidad. Propone la información mutua y la reflexión en Comuni­dad.

La Información mutua es esencial a la vida comuni­taria. Ya en 1639, Luisa recuerda su importancia a las dos Hermanas de Richelleu.

«Que tengan el corazón abierto la una para la otra.»

Vuelve a hablar de esta información mutua a las dos Hermanas de Montreuil en 1647:

«La gran unión que debe reinar entre ustedes se con­servará mediante la tolerancia con los pequeños de­fectos de su Hermana y dándose cuenta la una a la otra de lo que hayan hecho durante el día y de a dón­de van o han estado.»

En 1655, en Bemay, Bárbara y Lorenza parece tienen dificultades para superar sus diferencias. Bárbara, una ro­busta campesina, tiene un temperamento muy empren­dedor. Está en la Compañía desde hace 21 años, es una de las más antiguas. Lorena, natural de la Isla de Fran­cia, es mucho más joven: sólo tiene siete años de voca­ción; se muestra más sensible, más temerosa. ¿Se siente intimidada por la fuerte personalidad de Bárbara Angi­boust? Tanto a una como a otra, Luisa de Marillac subra­ya la absoluta necesidad de los intercambios para llevar una verdadera vida comunitaria:

«La unión y la cordialidad… consisten en tener mu­tua comunicación, diciéndose una a otra lo que han hecho estando separadas», escribe Luisa a Lorena Dubois.

«No dudo de que sus corazones viven en una gran unión, que se comunican una a otra lo que hacen», indica Luisa a Bárbara Angiboust.

Hay que saber dedicar tiempo a hablarse, a comunicar­se. La pregunta de Luisa de Marillac en el Consejo del 20 de junio de 1647, muestra toda la importancia que con­cede a esta información mutua.

Luisa se dirige al Señor Vicente: «¿No le parece a us­ted bien que todos los días (las Hermanas) se tomen algo de tiempo para estar juntas, una media hora po­co más o menos, para contarse las cosas que hayan hecho, las dificultades que hayan encontrado, y pla­near juntas las cosas que tienen que hacer?»

El intercambio comunitario no le parece a Luisa de Ma­rillac un tiempo perdido, un tiempo que se resta al servi­cio de los Pobres. Por el contrario, es un medio para de­sempeñar mejor dicho servicio. En su respuesta, Vicente de Paúl acentúa también la importancia de ese intercam­bio comunitario.

«¡Dios mío! desde luego; es necesario esto: gran co­municación de una con otra, decírselo todo mutua­mente. Nada hay tan necesario. Eso une los corazo­nes.»

Para San Vicente, al igual que para Santa Luisa, inter­cambiar en comunidad, comunicarse entre Hermanas, es vivir a imagen de la Santísima Trinidad.

«Me gustada que nuestras Hermanas se conformasen en esto a la Santísima Trinidad, que como el Padre se entrega totalmente a su Hijo y el Hijo se entrega totalmente al Padre de donde procede el Espíritu San­to, de la misma manera ellas sean totalmente la una de la otra para producir las obras de caridad que se atribuyen al Espíritu Santo a fin de parecerse a la San­tísima Trinidad.»

La reflexión en comunidad permite ver juntas los pro­blemas que se plantean, examinar juntas las orientacio­nes que hay que tomar. Luisa llama la atención de las Her­manas sobre esta necesidad de reflexionar juntas. En 1653, la reina Ana de Austria pidió Hermanas para ir a socorrer a los heridos de la región de Chálons devastada por la gue­rra. Fueron algunas Hermanas de París, otras de Brienne, pequeña ciudad próxima a Chálons. Cuando, al cabo de unos meses, volvió la calma, Luisa pide a Bárbara Angi­boust que vea sobre el terreno si la presencia de las Her­manas sigue siendo necesaria y que piense en el regreso a Brienne.

«Trátenlo ustedes juntas, nuestras Hermanas y usted.»

Estos intercambios comunitarios pueden hacerse a pro­pósito de diversos acontecimientos que marcan la vida de una comunidad. En sus cartas, Luisa orienta la reflexión sobre acontecimientos de la vida misionera, sobre las rea­lidades del servicio a los Pobres:

  • la participación en el sufrimiento de los pobres en la época de los disturbios engendrados por la Fron­da.
  • las dificultades que encuentran para acoger a las Se­ñoras de la Caridad que van a visitar a los enfermos del hospital,
  • el emprender nuevas formas de servicio…

La vida entre las Hermanas proporciona también mu­chos temas para estos intercambios, por ejemplo:

  • cómo superar y resolver los conflictos comunitarios,
  • cómo ayudar a una joven a discernir su vocación,
  • cómo hacer las compras indispensables para la co­munidad.

El estudio de las cartas a las comunidades muestra hasta qué punto Luisa de Marillac está al corriente de las reali­dades que viven las Hermanas.

Trata, sencillamente, de discernir el bien o el mal de di­chas realidades, SUS consecuencias para los pobres y pa­re la vida comunitaria. Partiendo de esas realidades de vi­da, Luisa recuerda a las Hermanas las exigencias de la vi­da cristiana, las exigencias de la vocación de Hija de la Caridad. Y con mucha frecuencia al final de la carta, su­giere una o varias resoluciones prácticas.

En Montreuil-sur-Mer hacia 1647-48, Luisa de Marillac orienta la reflexión de las dos Hermanas sobre un hecho muy concreto: el aplauso de los habitantes de la ciudad a su trabajo (76).

Luisa pide a Ana y a María que miren ese hecho de fren­te, que traten de discernir las razones de los aplausos. ¿Se trata de una ayuda de Dios? Si así fuera esto vendría a fortalecer la debilidad de las Hermanas, a animarlas. Pe­ro, ¿se debe, por el contrario, a la acción del diablo? En­tonces correrían el riesgo de que eso les hiciere llenarse de orgullo.

Luisa sugiera la relación que esto tiene con la vocación de Hija de la Caridad y las recuerda la humildad propia de toda sierva de los Pobres, la importancia de la oración para examinar la propia vida a la luz del Evangelio.

La resolución dependerá de la reflexión, pero se orien­tará hacia una verdadera humildad. SI es la acción del dia­blo, las Hermanas deben desconfiar de ello y vivir humil­demente. Si se trata de una ayuda de Dios, Ana y María se humillarán ante El por tan gran bondad hacia ellas. En los dos casos Luisa les recomienda que obren con man­sedumbre y que acepten ser las últimas y humildes servi­doras.

En Hennebont, la llegada de una tercera Hermana es ocasión para un intercambio entre las Hermanas.

«…le ruego que en su primera Conferencia hablen del número de tres que van a ser ustedes…»

La llegada de Bárbara tiene lugar en el tiempo litúrgico entre Pentecostés y la Santísima Trinidad. Nada más in­dicado que hacer un paralelo entre la fiesta de la Santísi­ma Trinidad y el número de tres que las Hermanas van a ser. Luisa las interpela: ¿Cómo van a vivir juntas a ima­gen de la Santísima Trinidad, cómo van a vivir la unión entre ellas? ¿Cómo van a aceptar la diversidad de sus tem­peramentos, de sus funciones? ¿Qué relación van a esta­blecer entre la Hermana Sirviente y las Compañeras?

La carta orienta a las Hermanas hacia una resolución con­creta que tiene en cuenta la personalidad de cada una. Con el fin de que puedan vivir unidas, Luisa de Marilac las invita a aceptar el parecer de la otra, a tomarlo en con­sideración, a evitar el contradecirse incesantemente.

«(Honren) ala Santísima Trinidad, pero ¿en qué de ma­nera especial? En la gran unión que ha de existir en­tre ustedes, la deferencia con los sentimientos de los demás para procurar no contradecirse, sino aceptar lo más que puedan el parecer unas de otras. Y si a veces son distintos, recuerden, queridas Hermanas, que Nuestro Señor siempre se sometió a la volun­tad de Dios su Padre…»

En octubre de 1652, Francisca Carcireux y Carlota Ro­yer debieron de quejarse de una sobrecarga de trabajo en Richelieu, diciendo que no tenían tiempo para hacerlo to­do. Quizá pidieron una Hermana más. Luisa les responde orientándolas hacia un examen serio. (79)

En primer lugar les pide que reflexionen en cómo utili­zan el tiempo. Hay que empezar por revisar el empleo de la jornada: ¿a qué hora se levantan y a qué hora se acues­tan? ¿son necesarias las visitas que reciben o que hacen? ¿No pierden el tiempo en palabras o conversaciones inú­tiles? Es preciso revisar las costumbres que han adquiri­do.

A continuación les invita a confrontar el empleo del tiempo de la Comunidad local con la vocación de Hija de la Caridad. ¿Cuál es el espíritu que las anima en todos los actos que hacen a lo largo del día? ¿Cuál es la importan­cia que dan a la vida comunitaria? ¿Cómo viven la obe­diencia que es el claustro de la Hija de la Caridad?

Luisa no da a las dos Hermanas una solución concreta. Las pide que se interroguen sobre el amor a su vocación y sobre la fidelidad a las reglas. Las Hermanas concreta­rán después su resolución.

Todas las reflexiones que Luisa de Marillac propone se hagan en Comunidad, tienen como finalidad enseñar a las Hermanas a discernir los diferentes aspectos de una situación, de un acontecimiento. Esto permite la forma­ción del juicio y evita el dejarse arrastrar hacia compromi­sos nuevos sin haber reflexionado bastante en ello.

Estos intercambios permiten también una profundiza­ción en la vocación. Es una interpelación, juntas, acerca de la vida de la Hija de la Caridad, de la vida «totalmente entregada a Dios para el servicio de los Pobres».

Estos intercambios comunitarios comprometen a las Hermanas en una resolución común, en una acción co­mún. Constituyen una fuerza, pues permiten a todas ac­tuar en cada circunstancia como Hijas de la Caridad, res­petar a los pobres y, si es necesario, defenderlos. Consti­tuyen también un medio eficaz para la construcción de la Comunidad.

Ayudadas por Luisa de Marillac, las primeras Herma­nas trataron de vivir juntas a imagen de la Santísima Tri­nidad, con sus altos y bajos: caídas, peticiones de per­dón, reconciliación, vuelta a reemprender el camino…, to­do ello marca su caminar juntas… Comprendieron la im­portancia de la vida comunitaria para llevar a cabo el «de­signio de Dios». la profunda cordialidad que les une, el respeto mutuo que se tienen, la tolerancia llena de amis­tad que viven, se convierten en signos legibles del Amor que les impregna.

«Me regocijo… de.. que no sean más que un cora­zón y una sola alma, en Jesucristo, y que asl sirvan de edificación a todo el mundo.»

Esta comunidad evangélica, fraterna, es en si misma misionera: edifica, construye la Iglesia, ya que revela a los hombres el Amor de Dios.

Toda Hija de la Caridad puede hacer suya la oración de San Vicente en la tarde del 1 de enero de 1644. Esta ora­ción es como una síntesis de la conferencia sobre el res­peto cordial, en la cual Luisa de Marillac expresó su pro­fundo pensamiento sobre las relaciones comunitarias.

«Ruego (a Dios) con todo mi corazón que derrame so­bre vuestra Compañía el espíritu de cordialidad y de unión, por el que honréis la Unidad Divina en la Tri­nidad de Personas…

«Tendréis una gran unión entre vosotras y trabajaréis útilmente en el servicio de vuestro prójimo para vues­tra propia perfección y especialmente para la gloria de Dios.»

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