La superstición superada. Rue du Bac. 4. Las apariciones de 1830

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina Labouré, Virgen MaríaLeave a Comment

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Author: Jean Guitton · Translator: Antonio Beneyto. · Year of first publication: 1973 · Source: Ceme.
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4. Las apariciones de 1830

No poseemos edición crítica de los diversos testimonios sobre la aparición y sobre la medalla: todo ha sido envuel­to enseguida por el silencio.

El confesor de Catalina recibió sus confidencias. Al prin­cipio no las aceptó. Los hechos fueron así: el 30 de junio de 1832 las primeras medallas que se ajustaban al modelo descrito por la vidente salen del taller del orfebre, M. Va­chette; en 1835, un artista, M. Lecerf, pinta la visión del corazón de san Vicente de Paúl y la de la Virgen de las ma­nos llenas de rayos luminosos (cuadros que se conservan en el seminario de las Hijas de la Caridad). En 1836 se abre un sumario canónico sobre los hechos de la calle Bac por orden del Arzobispo de París.

En 1841 solamente parece que el P. Aladel, confesor de Catalina, le pide una relación escrita de su puño y letra para confirmar y corregir el relato que él mismo había publicado en su carta del 17 de Marzo de 1834 y en la Notice historique sur l’origine et les effets de la Nouvelle Médaille… générale­ment connue sous le nom de Médaille Miraculeuse- En 1841 pues, Sor Catalina escribe tres relaciones algo diferentes: conciernen a la aparición del 27 de noviembre más especial­mente consagrada a la Medalla. La de la noche del 18 al 19 de julio que preparaba a la vidente a su visión será evocada en escritos posteriores a la petición del P. Aladel (1856) y del P. Chevalier, redactor de la última edición de la Notice sur la médaille, y confidente de sor Catalina en los últimos meses de su vida (1876).

Esperando una edición crítica (que creo publicará el padre Laurentin) publicamos las fuentes escritas del re­lato tradicional, cuyo sentido simbólico explicaremos en­seguida.

 

Noche del 18 al 19 de julio

Sor Catalina es entonces novicia en el seminario de la calle del Bac. Su directora, en la víspera de la fiesta de san Vicente, da una instrucción a las jóvenes hermanas sobre la devoción a los santos, en particular sobre la devoción a la Virgen «lo que me ha dado un deseo de ver a la Santísima Virgen» confiesa Catalina, que prosigue así su relato:

…Me dormí con el pensamiento de que san Vicente me alcanzaría la gracia de ver a la Virgen. En fin, a las once y media de la noche sentí que me llamaban por mi nombre: Sor, Sor, Sor…. Me desperté. Miré al lado del pasillo, aparté la cortina, vi a un niño, vestido de blanco, de cuatro a cinco años aproximadamente, que me dijo: «levántese pronto y venga a la capilla, la Santísima Virgen le espera». Pronto me asaltó la idea de que me iban a oir. El niño me respondió: «estése tranquila, son las once y media, todos duermen pro­fundamente, venga, yo la espero». Me vestí, rápidamente y me acerqué al niño que se había quedado de pie sin moverse de la cabecera de mi cama. Me siguió, o más bien lo seguí, siempre a mi izquierda, iluminaba con un gran resplandor los sitios por donde pasaba; las luces estaban encendidas por todos los lugares por donde pasábamos, cosa que me extra­ñaba mucho, pero aún me sorprendí más al entrar en la ca­pilla, la puerta se abrió apenas tocarla el niño con la punta de los dedos; pero más aumentó mi sorpresa cuando ví los cirios y las velas encendidas, lo que me recordó la misa del Gallo. Sin embargo yo no veía a la Virgen. El niño me condujo por el santuario a lado del sillón del P. Director, y allí me puse de rodillas; el niño permaneció en pie todo el tiempo.

Como el tiempo se me hacía largo, miraba por si pasaban las vigilantas por la tribuna… Al fin, llegó la hora, el niño me avisó, me dijo: «He ahí a la Virgen, hela ahí…». Oí como un ruido, como el rumor de un vestido de seda, que venía del lado del púlpito, al lado del cuadro de san José, que venía a posarse sobre los escalones del altar del lado del Evangelio, en un sillón parecido al de santa Ana. La Virgen sólo se diferenciaba de santa Ana en la cara. Dudaba si era la Virgen. Sin embargo el niño me dijo: «He ahí a la Virgen». Me sería imposible decir lo que yo experimenté en aquel momento, lo que pasó en mi interior, me parecía que no veía a la Virgen…, fue en­tonces cuando el niño me habló, no ya como un niño, sino como un hombre, como el más fuerte, con las palabras más fuertes. Entonces, mirando a la Virgen me limité a dar un paso de rodillas sobre los escalones del altar, apoyando las manos sobre las rodillas de la Virgen…

Allí, transcurrió un momento, el más dulce de mi vida; me parece imposible decir todo lo que experimenté. Ella me dijo cómo debía conducirme con respecto a mi director y a muchas cosas que no debo decir, la manera de conducirme en mis penas, me mandó venir, mostrándome con la mano izquierda el pie del altar, de arrojarme al pie del altar, expansionar mi corazón; allí recibiría todos los consuelos que nece­sitara… Allí le pedí que me explicara lo que significaban todas las cosas que había visto y ella me lo explicó todo. Permanecí allí no sé cuánto tiempo; todo lo que sé es que cuando ella se fue sólo percibí algo que se apagaba, como una sombra que caminaba al lado de la tribuna por el mismo sitio por el que había llagado.

Me levanté de los peldaños del altar y vi al niño donde lo había dejado, me dijo: Ella se ha ido… Volvimos a tomar el mismo camino, siempre iluminado, y el niño iba siempre a mi izquierda. Creo que este niño era mi ángel de la guarda, que se había hecho visible para hacerme ver a la Virgen, por­que le había rezado mucho para que me alcanzara este favor. Estaba vestido de blanco, llevaba una luz milagrosa con él, es decir, iba resplandeciente de luz, y era de una edad de 4 a 5 años.

Cuando volví a la cama eran las dos de la noche, oí cómo el reloj daba la hora. No me volví a dormir.

Conversación de la Virgen desde el 18, a las 11 y media de la noche hasta la una y media de la noche del 19, día de san Vicente.

 

Hija mía, el buen Dios, te quiere encomendar una misión. Sufrirás mucho pero podrás soportarlo, podrás sobrellevar estas penas, pensando que lo haces por la gloria de Dios. Conocerás secretos divinos, y te verás atormentada por ello hasta que se lo digas al que está encargado de dirigirte. Te contradecirán, pero contarás con la gracia, no temas. Di todo, con confianza, lo que pasa en ti, dilo con simplicidad, ten confianza, no temas. Verás ciertas cosas, presta atención a lo que veas y oigas. Serás inspirada en tus oraciones. Ten en cuenta lo que te digo lo que verás en tus oraciones. Los tiempos son malos, las des­gracias se cernirán sobre Francia, el trono será derribado, el mundo entero se verá amenazado por desgracias de todas clases (la Virgen tenía cara de pena al decir todo esto) pero acercaos al pie de este altar, aquí las gracias serán concedidas particularmente a las personas que las pidan.

Hija mía, me gusta derramar las gracias sobre la comuni­dad en particular, la quiero mucho. Estoy apenada, hay mu­chos abusos respecto a las reglas, no se observan. Gran rela­jamiento en las dos comunidades. Dígale al que está encargado de vosotras, aunque no sea superior, se haga cargo de una manera especial de la comunidad, debe hacer todo lo posible para que la regla recupere su vigor. Dile de mi parte que vi­gile las malas lecturas, las pérdidas de tiempo y las visitas.

Cuando la regla sea puesta en vigor habrá una comunidad que vendrá a reunirse a la comunidad, no es así la costumbre, pero yo lo quiero. Dile que las reciba; Dios las bendecirá y gozarán de una gran paz.

La comunidad gozará de una gran paz, crecerá.

Pero vendrán grandes calamidades, el peligro será grande, pero no temáis, diles que no teman. La protección de Dios está siempre con vosotras de una manera muy especial y san Vicente las protegerá (la Virgen estaba siempre triste), pero yo misma estaré con vosotras, tengo siempre mi mirada sobre vosotras, yo les otorgaré muchas gracias…

Llegará el momento en que el peligro será grande, se creerá que todo está perdido, estaré entonces con vosotras, tened confianza. Os daréis cuenta de que os he visitado, reconoceréis laprotección de Dios a la comunidad y la de san Vicente so­bre las dos comunidades.

Tened confianza, no es desaniméis, yo estaré con vosotras.

Pero no sucederá lo mismo en las otras comunidades, habrá víctimas (la Virgen tenía lágrimas en los ojos al decir esto). Entre el clero de París habrá víctimas, el señor arzobispo (con estas palabras le afloraron de nuevo las lágrimas).

Hija mía, la cruz será despreciada, se la tirará por tierra, la sangre correrá, se abrirá de nuevo el costado de Nuestro Señor, las calles estarán llenas de sangre. El señor arzobispo será despojado de sus vestiduras (Aquí la Virgen no podía hablar ya, la pena había inundado su rostro). Hija mía, me de­cía, el inundo entero se hundirá en la tristeza. Al oír estas pa­labras yo pensaba ¿cuándo sucederá esto?… Comprendí que a los cuarenta años. Con respecto a esto, el P. Aladel me repli­có: ¿Sabe si usted y yo estaremos allí? Yo le respondí: otros estarán si nosotros no lo estamos.

En esta época la capilla sólo tenía una nave, sin naves laterales. Hacia el medio, adosados a la pared, dos altares: el de la Virgen a la derecha y en frente de él el de san Vi­cente. El presbiterio estaba al mismo nivel. La pared del fondo, un poco ahuecada, estaba provista de tres cuadros, el del medio representaba el corazón de Jesús adorado por dos ángeles. Delante, a la derecha, un cuadro de san José; a la izquierda, el de santa Ana. La sacristía estaba detrás. El altar mayor de entonces existe aún hoy: está situado bajo la imagen de san Vicente.

Estos detalles me han sido facilitados para situar los acontecimientos relatados por Catalina. El del 18 al 19 de julio tuvo por escenario el presbiterio de la capilla. Ella va a exponer ahora cómo ocurrió la aparición del 27 de noviembre.

J. M. J.

El 27 de noviembre de 1830, sábado anterior al primer domingo de Adviento, a las cinco y media de la tarde, después del punto de meditación, en medio de un gran silencio, es decir, algunos minutos después de meditación, me ha parecido oír un ruido al lado del púlpito, junto al cuadro de san José, como el roce de un vestido de seda. Miré hacia ese lado y vi a la Vir­gen a la altura del cuadro de san José. La Virgen estaba de pie, vestida de blanco, con un vestido de seda blanco y res­plandeciente, el distintivo de la Virgen, mangas lisas, un velo blanco que descendía hasta el suelo, bajo el velo asomaba su pelo, melena lisa, y encima llevaba un encaje de tres centí­metros de altura, sin pliegues, es decir, apoyado ligeramente sobre sus cabellos; la cara al descubierto, los pies sobre una bola, es decir, media bola o al menos sólo me pareció que media; sostenía en sus manos una bola que representaba la esfera terrestre, sus manos estaban elevadas a la altura de la cintura, y sus ojos miraban al cielo.

Su cara resplandecía de belleza, soy incapaz de descri­birla… Luego, de pronto, descubrí unos anillos en sus dedos en los que iban engastados piedras preciosas, unas más bellas que otras, unas más grandes y otras más pequeñas, que despe­dían destellos unos más bellos que otros. Los destellos salían de las piedras, de entre los grandes destellos los mayores se ensanchaban constantemente y de entre los pequeños los me­nores se extendían hacia abajo inundando el suelo de forma que yo no podía ver sus pies. En este momento en que la con­templaba, la Virgen bajó sus ojos y me miró. Se dejó oír una voz que trajo hasta mí estas palabras: La bola que ves repre­senta al mundo entero, especialmente a Francia… y a cada persona en particular… No sé expresar ahora lo que experimenté y lo que vi: la belleza y el esplendor, los rayos tan bo­nitos… Simbolizan las gracias que reparto entre las personas que me piden. Me hizo comprender qué agradable era rezarle a la Virgen, cuánta generosidad derrochaba hacia las perso­nas que le rezaban… cuántas gracias concede a las personas que se las piden, qué alegría siente el concederlas… Entonces me parecía existir y no existir… yo gozaba, yo no sé…

Un cuadro, algo ovalado, se formó alrededor de la Virgen, en lo alto del cuadro había escritas estas palabras: O Marie concue s.p.p.n.q.av. a vous —escritas en letras de oro—. Entonces se dejó oír una voz que me dijo: Haga, haga acuñar una medalla con este modelo; todas las personas que la lleven recibirán grandes gracias al llevarla al cuello, las gracias serán abundantes para las personas que la lleven con con­fianza…

De pronto, me pareció que el cuadro se daba la vuelta y vi entonces el reverso de la Medalla. Inquieta por saber lo que había que poner en el reverso de la medalla, después de mu­chas oraciones, un día en la meditación, me ha parecido oír una voz que me decía: La M y los dos corazones ya expresan bastante… Ahora después de dos años, escribe Catalina al padre Aladel, me siento atormentada y apremiada a decirle que se eleve un altar, tal como os lo he pedido, en lugar en que se apareció la Virgen; será privilegiado y gozará de muchas gracias e indulgencias. Le traerá una abundancia de gracias a usted y a toda la comunidad y a todas las personas que ven­gan a rezar.

Estos son los únicos documentos escritos de los que dis­ponemos. Un estudio crítico permitirá fecharlos con exac­titud. Pero tal estudio no hará aparecer nada que no esté ya en las relaciones de la vidente al P. Aladel, constituyen su «evangelio». Y aunque muy corto, es suficiente.

La continuación de la historia de Catalina es conocida: ella es el reverso de la historia, la abolición de la historia. ¿Había adivinado Catalina que lo difícil, lo peligroso, lo casi insoportable para un «evidente» es sobrevivir a la vi­sión? Ella se sumió en el anonimato absoluto, y no se salió de él. Se dice incluso (y no es imposible) que una especie de gracia, como una amnesia, a veces la ayudó. «Yo he sido sólo un instrumento, afirma. Yo no sabía nada, incluso ni escribir. Por eso es por lo que la Virgen me ha elegido».

Mientras que la medalla se extendía (10 millones en cua­tro años se acuña en Francia y fuera de Francia: en Bélgica, en Suiza, en Italia e incluso en Londres), mientras que el pueblo le asignaba el nombre de «milagrosa» por los prodi­gios que realizaba, Catalina era verdaderamente inencontra­ble. Se sabía que vivía en alguna parte, que era «Hija de la Caridad» —y las curiosas hijas debían con frecuencia mi­rarse unas a otras insistentemente o preguntar para saber quién era Catalina—. Se mostraba tan inalterable, tan tran­quila, con un aspecto tan indiferente y tan banal cuando delante de ella se hablaba de la hermana desconocida, que nadie la pudo desenmascarar abiertamente. Sólo había cier­tas suposiciones sin pruebas. Ni el arzobispo de París que había autorizado la acuñación de la medalla, ni los indaga­dores de 1836 pudieron lograr levantar el incógnito. Tuvie­ron el acierto de no exigirlo. Catalina permaneció desapercibida: verdadera «novela policíaca» de tipo místico, que duró hasta su muerte, el 31 de diciembre de 1876.

Vivía en el hospicio de Enghien en Reuilly. Su superiora, la madre Dufés, que estuvo con ella seis años, no la recono­ció. Como ocurre frecuentemente en las comunidades re­ligiosas, fue severa, y a veces muy injusta, con sor Catalina.

El P. Aladel había muerto en 1865. Catalina se confesaba con el P. Chinchon, pero éste fue reemplazado en 1876; el superior general creyó que no debía autorizarle a continuar escuchando a Catalina; designó a otro Paúl como confesor de la casa de Enghien. Ocasionó gran pena a Catalina que «no quería presentarse ante la Virgen sin haber hecho cum­plir su voluntad».

Decidió confiarse a sor Dufés, y así lo hizo en el locuto­rio del hospicio. Entrevista de dos horas en que ni la una ni la otra se preocuparon por sentarse. Catalina reveló a su superiora su identidad. ¡Estos cuarenta años de silencio!

Todos «los ruegos de la Madre de Dios», declaró Cata­lina, habían sido satisfechos, excepto uno, que había per­manecido en suspenso. Y «esto constituía el martirio de mi vida», añadía.

Recordarán las dos fases de la aparición del 27 de no­viembre: en la primera la Virgen sostenía en sus manos una bola rematada con una cruz de oro. La bola simboliza la esfera terrestre. María quería mostrar con ello, he dicho, cuán querida le es «la tierra», que lleva a todos los habitan­tes en su corazón, ofreciéndoselos al Padre.

El deseo de María era que un altar y una estatua conme­morasen este gesto de ofrenda de la tierra al Padre. Sor Cata­lina, sintiéndose morir, se había atrevido a hablar. «La Virgen del Globo» y su altar no serán autorizados hasta León XIII.

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