3. La primera visión
Nos encontramos en la primavera del año 1830, antes de las famosas jornadas de julio, entonces tan imprevisibles.
En la comunidad sólo se habla de un acontecimiento, de una fiesta, fijada para el domingo 25 de abril, es decir, cuatro días después de la llegada de Zoé.
El cuerpo de san Vicente había sido respetado durante la Revolución debido a su reputación de caridad, se decía más bien de «filantropía». Estaba depositado en una cripta de la catedral de Notre Dame. Sabemos que los miembros de la congregación fundada por san Vicente se habían establecido al principio en el priorato Saint Lazare a la orilla derecha. De ahí el nombre de «Lazaristas» que aún perdura. Pero en 1830 los Lazaristas se habían trasladado al 95 de la calle de Sévres, es decir, a algunos pasos de la calle del Bac.
El domingo, 25 de abril, una procesión condujo los despojos de san Vicente desde Notre Dame a la capilla de la calle de Sévres. Fue un cortejo solemne, en el que desfilaron ochocientas Hijas de la Caridad. La joven Catalina participó en él.
Después del traslado, hubo una novena de oraciones en la capilla de la calle de Sévres, ante el cuerpo de san Vicente. Catalina asistió.
El primer acontecimiento místico de su vida se produjo en esta efervescencia, en este mes parisino de 1830.
Antes de contar la gran aventura, voy a recordar la impresión que Catalina causaba a los que tenían misión de observarla. En el registro de la comunidad estaba catalogada como sigue: «Fuerte, de talla media. Sabe leer y escribir. Su carácter parece bueno. El espíritu y el juicio no son brillantes. Es piadosa. Trabaja en la virtud».
He encontrado en esta nota sobre Catalina ese tipo de apreciación minimista que perdura en el método de los Paúles y que volvería a encontrar en el P. Pouget. El máximo cumplido que hacía el P. Pouget era: «No está mal». De Bossuet me decía: «Sabe manejar la pluma, refina el pico para hablar a las monjas…». Adivino cuáles serían los sentimientos de Catalina en mayo y junio de 1830. En su oración de la capilla de la calle del Sévres pedía a san Vicente de Paúl «todas las gracias que le eran necesarias». «Yo lo pedía también por Francia y por nuestras dos familias», es decir, por los Paúles y por las Hijas de la Caridad. Añadía: «Me daba tanta pena abandonar la capilla de la calle Sévres. Pero volvía a encontrar a san Vicente… …o al menos su corazón, en la calle del Bac, donde se me aparecía cada vez que volvía. Tenía el dulce consuelo de verlo encima del pequeño relicario en la capilla de las hermanas».
Por una transición que Zoé no ha subrayado y que parece creer tan natural, nosotros hemos pasado de un mundo a otro, del cosmos visible al nuevo cosmos invisible. Hemos entrado en ese dominio inexplorable que sólo se abre a los espíritus privilegiados, a los que llamamos, en lenguaje técnico, «místicos». Como un Boeing que rueda primero sobre el suelo y que de pronto se eleva en línea oblicua por el aire, aunque más pesado que el aire, hemos abandonado la tierra. Catalina, en el relato desmañado pero preciso que ha dejado, parece que no se da cuenta de que nos ha abandonado, que ya no está sobre la tierra. Cuando rezaba en la calle de Sévres veía, en el relicario, como los otros, las reliquias de san Vicente de Paúl. Pero cuando vuelve a la calle del Bac, ve una escena que nosotros ya no vemos; lo que contempla no es una «vista», es una «visión». Otros dirán: «una alucinación».
Un espíritu crítico se preguntará siempre si la «visión» no es en realidad una proyección del inconsciente. Pero la primera tarea de un observador consiste en exponer lo que Catalina ve o cree ver.
Nos hallamos, pues, en la capilla de la calle del Bac. Durante la novena que siguió al traslado, un pequeño relicario que contenía las reliquias de Vicente había sido colocado sobre una mesa, a la derecha del altar mayor. No contenía el corazón del santo, sino sólo un hueso que había sido extraído del antebrazo.
Volvamos al testimonio de Catalina, tomémoslo por el sitio en que lo dejamos. «Tenía, dice, el dulce consuelo de ver el corazón de san Vicente encima del pequeño relicario, en la capilla de las hermanas». Para explicar bien esta visión, haría falta escribir una simbología del corazón.
Digamos que para Catalina, como para el común de fieles, el corazón representa, en una persona, la sede oscura y ardiente del amor, en particular del amor con que esta persona se consume, inseparablemente, por Dios y por los «otros».
Es significativo el hecho de que el corazón de san Vicente se le apareció a Catalina bajo tres formas, diferentes cada vez, y durante tres días seguidos. Los tres primeros días, dice, «lo vi blanco, color de carne». Y añade (pero esto es un comentario), «anunciaba la calma, la inocencia y la unión». Los tres días siguientes «lo vi de un rojo de fuego», y he aquí su comentario: «como para indicar la caridad inflamando los corazones, llevando, me parecía, la comunidad entera a renovarse y a extenderse hasta el fin del mundo». Los tres últimos días, Catalina dice: «Lo vi rojinegro, lo que me llenó de pena. Me inundaba de una tristeza profunda que, no sé por qué ni cómo, apuntaba a un cambio de gobierno».
Como la redacción de estas visiones no fue escrita en el momento en que acontecieron, puede uno preguntarse si Catalina no ha proyectado sobre su angustia difusa lo que más tarde debería deducir de los «acontecimientos» políticos. Lo que es cierto es que, antes de la famosa aparición, de la que hablaremos más adelante y que constituye el origen de la devoción a la medalla, la hermana Catalina tenía ya la noción de que grandes desgracias iban a caer sobre Francia y que la Virgen intervendría para preservar a su familia espiritual.
Catalina Labouré gozaba de otras gracias, de las más curiosas a nuestros ojos modernos. Dejémosle la palabra: «Fui favorecida con otra gracia muy grande: ver a Nuestro Señor en el Santo Sacramento, ya a la hora de la comunión, ya cuando se le exponía. Y Catalina advierte a continuación que es necesario, para que la percepción se produzca en los estados místicos, una quietud, un acto de libertad y de confianza del sujeto. (Yo he recalcado este carácter al estudiar las visiones de Juana de Arco). Veamos lo que dice nuestra campesina: «Vi a Nuestro Señor en el Santo Sacramento durante toda mi estancia en el seminario exceptuando los días en que dudaba. La vez siguiente (es decir la vez siguiente al día en que puse en duda mi visión) no veía ya nada».
Catalina sólo ha dado detalles precisos de su primera visión, la del 6 de junio de 1830, fiesta de la Santísima Trinidad. «Aquel día, dice, Nuestro señor se me apareció en el Santo Sacramento como un rey que lleva la cruz en su pecho. En un momento dado, creí verlo despojado de todos sus ornamentos reales; todo, comprendida la cruz, cayó a tierra, a sus pies. Entonces fue cuando tuve los pensamientos más tristes. Creí, en efecto, que el rey de la tierra iba a ser destronado y despojado de sus reales insignias: y me agobiaron toda clase de ideas, imposibles de expresar sobre las desgracias que de aquí se iban a desprender».
Se puede comprobar que en esta visión de Catalina se encuentran mezclados y como asimilados un acontecimiento histórico y una realidad espiritual, teologal. Parece que Catalina identifica al rey de la tierra y al rey del cielo, que el presentimiento de la revolución de Julio y de la caída de Carlos X (el último rey de la dinastía sagrada, Los Capetos), se convierte para ella en el símbolo de uno de los aspectos de La Redención.
Fijémonos en la fecha de esta visión de Cristo Rey despojado de sus ornamentos: 6 de junio de 1830. Fijémonos en la fecha de la revolución de 1830: 27, 28, 29 de junio.
Parece, al leer a los historiadores, que la revolución de junio fue repentina y que era imprevisible un mes antes; aunque alguien hubiera podido prever disturbios, cambio de ministros, difícilmente esperaría un cambio de dinastía. La expedición a Argelia había sobrepasado las esperanzas e irritado a Inglaterra. El «trono» no parecía comprometido.
En todo caso, si nos situamos en el parecer del público, junio de 1830 no era un mes turbulento en el que el pueblo esperase una revolución. Lo que da que pensar es que la hermana Catalina, como lo diré enseguida, sentía el movimiento (secreto) de la historia, que presentía lo que los políticos más avezados de su tiempo incluso Talleyrand, incluso Adolfo Thiers, no sentían o sólo sentían furtiva y confusamente sin osar temerlo o esperarlo.






