2. Catalina, campesina de Borgoña
A la salida de la autopista del Sur, se penetra en una provincia de nombre poético. Situada en medio de las tierras, por paradoja, se llama la Costa de Oro, aunque no se ve ni mar ni oro. Pero su viñedo tiene prestigio en Europa.
A unos 15 kilómetros hay un pueblo, parecido a todos los pueblos: Fain-les-Moutiers, donde nació Catalina el 2 de mayo de 1806. Tiene doscientos habitantes y está a tres kilómetros de Moutiers-Saint-Jean.
El nombre de Moutiers hace pensar en un monasterio. En efecto, alrededor de un monasterio, fundado en el siglo VI, destruido por la revolución, se ha formado MoutiersSaint-Jean. Se dice que el rey Clovis le concedió al abad Jean todo el terreno que quedase comprendido en la órbita de un viaje de un día de duración, que había de hacer, como Jesús en el día de Ramos, montado en un asno. El hábil abad enclavó alrededor de la abadía varias villas pequeñas, una de las cuales es Fain-les-Moutiers.
El padre Bremond ha escrito un libro titulado La Pro- vence Mystique en el que hace revivir a los místicos de la Provenza. Habría que escribir también una Borgoña mística. Un capítulo estaría dedicado a san Bernardo, que tuvo por patria a Borgoña. La madre de Bernardo, Alets, no vivía lejos; tampoco estaba lejos el castillo de Bourbilly en donde la abuela de Madame de Sévigné, Juana de Chantal, cuidó, lloró a su marido herido de muerte en un accidente de caza por un amigo. En Bourbilly Juana tuvo la visión de un sacerdote en cuyo rostro reconoció la figura de San Francisco de Sales. En Borgoña vivió también la suegra de Maurice Blondel, el filosósofo, que fue una de las grandes místicas del siglo XIX, Madame Royer, apóstol del Sagrado Corazón, y de la basílica cuya silueta blanca, tan querida de Utrillo, corona todavía la colina de Montmartre.
Las tres místicas que acabo de nombrar pertenecen a la nobleza o a la burguesía de Borgoña. Catalina era una muchacha campesina, no una pastora ni criada de una granja como ha dicho Huysmans, sino la hija de un labrador acomodado, Pedro Labouré. Pedro tenía 22 años en 1789. Iba a hacerse sacerdote; los acontecimientos decidieron otra cosa. Dos días después de la proclamación del Terror, el 4 de junio de 1793, se casaba con Luisa Magdalena Gontard, institutriz en el vecino pueblo de Senailly. En los períodos más graves de las revoluciones o de las guerras, la vida prosigue como si tal cosa. Tuvieron once hijos 1. Catalina, la novena, nació el viernes 2 de mayo de 1806, a las dos de la tarde. En un principio se llamaba solamente Catalina. No se sabe por qué se le añadió después el sobrenombre de Zoé. Quien se interese por las etimologías griegas puede advertir que Zoé significa vida, que Catalina viene de una raíz que significa puro.
Madame Labouré murió el 9 de octubre de 1815. Catalina tenía sólo 9 años. Por haber entrado la hija mayor, María Luisa, en las Hijas de la Caridad, Zoé y su hermana pequeña tuvieron que ocuparse de todo. Cuando Zoé cumplió los doce años, dijo a Toñina, que tenía diez: «Entre nosotras dos vamos a hacernos cargo de la marcha de la casa». Y precisamente entonces fue cuando Zoé se hizo cargo de una granja que en verano albergaba 14 temporeros. Aprendió a hacer las cosas de prisa y bien, sin darse importancia. Su ocupación preferida, según dicen, consistía en atender a un palomar que todavía existe. Parece ser que cuando aparecía Catalina en el palomar revoloteaban a su alrededor setecientos u ochocientos pichones. De todas estas cosas se acordaría sin duda mucho más tarde.
En la iglesia de Fain-les-Moutiers, Catalina podía ver delante del coro, del lado de la epístola, un cuadro de la Virgen que representaba a la Inmaculada Concepción como se la representaba generalmente, con los brazos extendidos, con los pies sobre la cabeza de la serpiente. Esta capilla de la Virgen estaba separada primitivamente del resto de la iglesia por una balaustrada de piedra. Cuando Zoé venía a rezar se arrodillaba sobre las losas, esto le ocasionó una artritis de rodilla que le aquejó siempre.
Zoé iba con frecuencia a Moutiers-Saint-Jean donde las Hijas de la Caridad tenían un pequeño hospital que aún existe hoy tal cual era. Se dice que san Vicente de Paúl eligió el emplazamiento de este hospital. En todo caso, se conserva en él uno de sus retratos. Tal vez Zoé lo viese.
Zoé fue pedida en matrimonio. Ella se negó, porque desde su infancia había sentido una llamada hacia la vida religiosa. Un día habló con su padre de esta llamada. El padre ya tenía otra hija que se había hecho «hermana de san Vicente de Paúl». Por eso se opuso y la mandó a París para debilitarla en sus proyectos. Tenía entonces 5 hijos en París: Santiago, vendedor de vinos, José, vendedor de botellas, Antonio, farmacéutico, Pedro, empleado de comercio y Carlos, hotelero. Zoé se alojó en casa de Carlos, era el otoño de 1828.
Trabajó en una cantina en el número 20 de la calle Echiquier, en el barrio de Notre-Dame de Bonne-Nouvelle. No es la primera vez que una mística se forma en un medio de este tipo. Una mística del siglo XVII, María Rousseau, que fue la inspiradora de M. Olier, era la viuda de uno de los 25 comerciantes de vinos de París, había sido tabernera. Catalina servía a los carpinteros, a los albañiles, a los pavimentadores, en medio del áspero olor del estiércol, del olor de las sopas de cebolla, de juramentos, de piropos galantes y atrevidos.
Entonces tuvo un sueño. Soñó que rezaba en la capilla de la iglesia de Fain.
Vio salir de la sacristía, preparado para decir misa, a un sacerdote de cabellos blancos. El sacerdote tenía un aspecto serio. Tenía un cáliz en las manos. Zoé vio cómo volvía la cabeza hacia ella, cómo posaba sobre ella dos ojos llenos de fuego y a la vez de bondad. Ella se estremeció. La misa comenzó, y cada vez que el sacerdote se volvía para decir Dominus vobiscum, le miraba con sus ojos penetrantes. Terminada la misa, el anciano sacerdote se retiró a la sacristía. Volvió a reaparecer. Hizo una seña a Catalina para que se acercara. Ella, llena de miedo, huyó.
Pero aún no había terminado con este sacerdote. La siguió hasta el exterior. La interpeló: «Cuidar a los enfermos es algo maravilloso. Tú huyes de mí ahora; un día volverás a mí. Dios tiene designios sobre ti, no lo olvides». Y con estas palabras terminó el sueño.
En setiembre de 1829, Catalina abandonó París para instalarse en Chátillon-sur-Seine, en un internado que tenía su cuñada para las jóvenes de la nobleza, a las que un maestro de danza les enseñaba a sostener un abanico, a recoger un pañuelo de encaje. Había en Chátillon una casa de las Hijas de la Caridad, en la calle Haute-Juiverie. Catalina tuvo ocasión de visitarla.
Entró en el locutorio. Colgado de una pared, estaba el retrato de san Vicente de Paúl. Catalina tuvo un sobresalto: era el sacerdote que había visto en el sueño.
Un rasgo que me ha impresionado del rostro de san Vicente de Paúl, del que he hablado muchas veces con su intérprete en el cine, Pierre Fresnay, es su mirada de acero, la fosforencia de su mirada. Este rasgo no es extraño entre las personas de espíritu. Se encuentran miradas parecidas en Don Bosco, en el cura de Ars. Pero los retratistas no pueden dar este carácter al rostro. Por esto no existe sin duda un buen retrato de san Vicente. El cine es más apropiado para ello.
La advertencia que Zoé había recibido en el sueño se convirtió en una exigencia. Sueños proféticos se encuentran con mucha frecuencia entre las personas de espíritu. Juana de Chantal reconocería los rasgos del sacerdote que había visto en sueños, al escuchar a san Francisco de Sales.
La obstinación de Zoé acarreó el consentimiento de Labouré, su padre. Para recalcar que desaprobaba los proyectos de su hija, declaró que no le daría ni dote ni ajuar.
Parece oportuno hablar ahora de la genialidad de san Vicente que, para liberar la vida de las monjas de las mentalidades antiguas que las querían enclaustradas, las sacó a la calle y las desacralizó. En nuestra época posconciliar que ha vuelto a descubrir el apostolado de los laicos, que suaviza, que «pone al día» a las congregaciones femeninas en costumbres y apariencias, que promociona a la mujer sin saber con certeza dónde convendrá detenerse para no herir la esencia oculta de la femineidad, no es inútil recordar la intuición, los métodos sagaces de san Vicente. Y, allí donde su maestro san Francisco de Sales había fracasado, al no poder fundar una orden de religiosas exclaustradas y realmente «visitadoras», él, más campesino que hacendado, más sagaz que delicado, respetuoso de las reglas canónicas al cambiarlas sin parecerlo, logró triunfar.
La aparición de estas «hijas» cuya finalidad consistía solamente en servir al hombre Dios en el pobre, ese hombre hecho hombre, fue tan súbita, dice Andrés Frossard, como la aparición (repentina) de una nueva especie de vertebrados.
«No somos religiosas», no cesará de repetir Luisa de Marillac a sus hijas, tentadas a veces por el claustro; por otra parte, «no somos seglares». Conservarán su vestido lugareño, el mismo que llevaba Margarita Naseau en Suresnes : una falda de sarga gris de amplios pliegues, adornada con un cuello blanco, una cofia de tela blanca ceñida sobre la frente, aprisionando la cabellera agavillada con trenzas negras. Dotará a esta cofia de unas alas que caerán primeramente sobre los hombros, y después se elevarán poco a poco para formar la cofia almidonada. La cofia, después del Vaticano u, ha replegado sus alas, asemejándose más a la toca primitiva, mientras que la falda se acorta.
Vicente de Paúl podía decir: estas hijas no son religiosas. No se les llama «madre», y forman una «pequeña Compañía». Andrés Frossard continúa:
«Las «pequeñas hermanas» de la «pequeña Compañía» fundarán «pequeñas escuelas», porque es preciso que todos los comienzos sean pequeños conforme a la parábola del grano de mostaza. La lección sigue siendo válida hoy para todos aquellos que no saben dar un paso sin cambiar la forma del planeta, destruir la sociedad o modificar en algo el régimen del sistema solar».
Las Hijas de la Caridad no tendrán monasterio ni harán votos indefinidos. Cada año, el 25 de marzo, día de la Anunciación, en memoria del día en que Luisa de Marillac había renunciado al mundo, renovarán su promesa de pertenecer a Dios y a los pobres. Las primeras reglas de la comunidad no variarán mucho del reglamento ordinario de las cofradías (que Vicente de Paúl dejaba por todas las partes donde sionaba, dedicadas al servicio corporal y espiritual de los enfermos, asegurado también por los laicos benévolos de la parroquia). No se dio ninguna prisa en redactar nuevos estatutos, aprobados por el arzobispo de París en 1646 (y 1655). Sobre el espíritu y la actividad de la Compañía, había dicho desde hacía tiempo todo lo que tenía que decir, en unas palabras, tantas veces citadas, llenas de un soplo poético de extraordinaria fuerza:
Tendréis
por monasterio, la habitación de los enfermos,
por celda, un cuarto de alquiler,
por capilla, la iglesia parroquial,
por claustro, las calles de la ciudad,
por clausura, la obediencia,
por reja, el temor de Dios,
por velo, la santa modestia.
En el transcurso de una conferencia dialogada, una joven hermana preguntó tímidamente si tendría mérito abstenerse, ella y sus compañeras, de poner colonia entre sus ropas y sus hábitos. Vicente de Paúl se quedó sin voz. Le costaba tanto imaginarse a una Hija de la Caridad perfumando su cofia…».
Y Andrés Frossard añade:
Al principio, eran tres o cuatro reunidas por primera vez en comunidad el 29 de noviembre de 1633 en casa de Luisa de Marillac, cerca de la iglesia de san Nicolás de Chardonnet. En el mes de julio siguiente, eran doce y hoy, al hacer la cuenta después de tres siglos, las cofias blancas que han prendido vuelo en seguimiento del ángel Margarita llegan a un total aproximado de seiscientas mil, de las que cuarenta y dos mi en la actualidad se desparraman por las cuatro esquinas de mundo en los hospitales, las inclusas, las escuelas, las prisiones, los asilos y los orfelinatos, en la escalera del pobre o asistiendo al moribundo, atentas a la respiración del herido o desinfectando las pústulas, solas durante la noche con su lamparilla en el corredor del dispensario o lanzadas a los caminos con su gran canasta sobre el manillar de la bicicleta, en coche de caballos o en jeep, a lomos de camello o a pie, volando con sus propias alas de un sufrimiento a una miseria, estoicas en su embalaje de paño bajo el sol, sacando de cuando en cuando de un bolsillo perdido en el amasijo de sus sayas un pañuelo para cubrir, discretamente, su pobre cara sudorosa al fondo de su gran cofia de almidón.
Esto sucedía ayer, como en el tiempo de la hermana Catalina.
He llegado a pensar que en esta Compañía de hijas de los campos, tan «Vaticano ID> sin saberlo, hay poca probabilidad de que germine una «fenomenología mística», de que aparezca una «revelación particular». El condiciona- miento no se presta. Margarita María de Alacoque fue una flor aislada de la contemplación del Amor divino en esos conventos de la Visitación parecidos a invernaderos para orquídeas y jazmines, en que reinaba el espíritu de Francisco de Sales. Pero nada predisponía a la pequeña compañía para alimentar en ella, sobre todo a reconocer como emanando de ella, a Catalina y a su medalla.
Pero los aunques son a veces porqués que no osan afirmarse. Y en lugar de decir «Aunque la compañía de las Hijas de la Caridad sea de espíritu positivo, práctico y caritativo, Catalina Labouré en ella hizo florecer su visión de 1830″, yo estoy tentado a escribir: «porque la compañía era de espíritu eficaz, fue elegida para ser el lugar, el centro y el hogar de una devoción». Pero cerremos aquí este paréntesis.
Catalina entró en las Hijas de la Caridad el 30 de enero de 1830, en el postulantado de Chátillon. Practicó la regla. Remarquemos de pasada que cada día, a las tres, se ponía de rodillas para celebrar según la epístola de san Pablo a los Filipenses la obediencia de Jesucristo.
Después de tres meses de postulantado, Catalina fue designada para «hacer su seminario» en París. Una prima le procuró el ajuar exigido. No era despreciable: cuatro pares de sábanas, doce servilletas, tela para camisas (y una camisa hecha), cinco vestidos, cuatro de algodón, uno de seda, una pieza de algodón, treinta gorros de dormir, veinte de las cuales estaban bordados, once pañuelos de bolsillo, cinco pares de medias, un corsé y un vestido negro.
Tras hacer encaramar el baúl que contenía este maravilloso ajuar, Zoé montó en la diligencia. Llegó a la calle del Bac el 21 de abril de 1870. «Me parece, escribe, que no estaba sobre la tierra por la felicidad que sentía».
El seminario duraba entonces de ocho a doce meses. El reglamento era duro; a las cuatro, levantarse: oración, meditación, misa. A las once y media, examen de conciencia, comida, recreo. A las catorce, lectura espiritual seguida de un gran silencio. A las diecisiete treinta, meditación de una media hora en la capilla. A las diecinueve, cena, recreo. A las veinte, lectura de los puntos de meditación para el día siguiente. Por aquel entonces había en la calle de Bac ciento cincuenta hermanas de las cuales ochenta eran novicias.






