La Sociedad (Conferencias) de San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoFederico Ozanam, Sociedad de San Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: Folleto "Ozanam y la Sociedad de San Vicente de Paúl", sin autor ni editora..

Redacción del año 1983 (anterior a la beatificación de Federico Ozanam)


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Federico Ozanam

Federico Ozanam

Al aumentar los miembros de la «Conferencia de Cari­dad de San Vicente de Paúl» hasta el centenar, Ozanam, con su visión y espíritu vocacional carismático —que le hacía conocerse como instrumento especial de Dios—, pre­vió las perspectivas apostólicas que se derivarían de su di­visión en secciones y de la propagación de éstas por Fran­cia, e incluso por todo el mundo. Así proyectó la constitu­ción de una Sociedad, que las agruparía a todas, en un mis­mo espíritu de apostolado seglar católico, bajo un mismo Reglamento y un Consejo general rector, presidido por el señor Bailly, en atención a sus dotes personales, experien­cia y merecimientos.

Se celebrarían periódicamente asambleas generales para mantener la unión y eficacia apostólica, a la vez que ser­vían de aliento y estímulo por la información recibida del bien que hacían los demás consorcios. Lo tratado en ellas quedaría resumido en una «Memoria», que se enviaría a todas las Secciones (Conferencias) para avivar la fe, el amor y la unión.

Reiteradamente expuso Ozanam, de palabra y por escri­to, su propuesta de división de la Conferencia de Caridad fundacional al señor Bailly y a sus más íntimos amigos, para que influyeran en él, quien, aparte de ser muy ponde­rado en sus decisiones, conocía la oposición de la mayoría por el miedo a que, al dividirse, se perdiera la unión y el espíritu y ambiente fraternal que caracterizaba sus reunio­nes, de las que todos salían confortados y queriéndose como hermanos.

Con fecha 3 de noviembre de 1834 escribió Ozanam al señor Bailly: «Pienso que ha llegado la hora de extender la esfera del bien… La Conferencia de Caridad, ya tan nume­rosa, conviene dividirla en secciones» (c. 81).

Dos semanas después, en carta (20-XI-1834), insiste: «Pero, ¿no piensa usted que nuestra Asociación de Caridad, para mantenerse, debe modificarse, y que el espíritu de inti­midad, sobre el que está fundada, y el incremento que debe tomar de día en día, sabrán conciliarse, dividiéndola en sec­ciones, que tendrán un centro común y, de vez en cuando, asambleas generales? ¿Soy muy temerario al proponerle mis ideas?» (c. 85).

Al mismo tiempo, le recalcaba como razón primordial la caridad fraterna práctica y sin fronteras, reservada a las Conferencias: «El lazo más fuerte, el principio de una ver­dadera amistad es la caridad, y la caridad no puede existir en el corazón de varios sin expandirse hacia el exterior; es un fuego que se extingue, si le falta el alimento, y el ali­mento de la caridad son las buenas obras… Por eso nos ve­mos forzados a extendernos, incluso a riesgo de alguna re­lajación, para abrazar en nuestro seno el mayor número po­sible de jóvenes». Tal convencimiento, al fin, triunfaría.

Porque, aunque las discusiones en pro y en contra de la división se sucedieron durante el mes de diciembre (1835), al fin triunfó la tesis de Ozanam. Se impuso la clarividen­cia de su visión profética, su tenacidad y fuerza de conven­cimiento y persuasión, a la vez que su fe y entusiasmo en favor de la sincera amistad y de la fusión de los corazones en el ideal católico de la fraternidad mutua y hacia el pró­jimo necesitado, en abnegado testimonio de autenticidad de vida cristiana, y de objetividad y variedad de obras, me­diante compromiso personal y disponibilidad de servicio.

Todo eso, además, con sobrenatural visión y preclaro espíritu de efectivo amor fraterno, vivido e irradiado. «Es­tamos —escribió a Cournier— en el aprendizaje, en el arte de la caridad. Esperemos que un día seamos obreros labo­riosos. Entonces, sobre los diferentes lugares, en que la Providencia nos colocará, rivalizaremos sobre quién hará nacer más felicidad y más virtud alrededor suyo; y de todos los puntos de Francia se elevará un armonioso concierto de fe y de amor para alabanza de Dios» (c. 107).

Fue en la trasnochada del 31 de diciembre (1835), ya al hilo de la entrada en el nuevo año, cuando la voz de Oza­nam se oyó definitivamente sobre la de todos, y su proposi­ción fue aceptada, para dar paso a la división de la «Confe­rencia de Caridad de San Vicente de Paúl«, tal y como él la preveía, aunque todos no vieran tan claro y tan lejos como él.

Las secciones, o Conferencias, en que quedó dividida la Conferencia fundacional fueron cuatro, tomando nombre de la Parroquia en que radicaban.

La Conferencia matriz siguió ubicada en San Esteban del Monte, iglesia frecuentada por Ozanam, particularmen­te en visitas al Santísimo, encontrándose frecuentemente con su gran amigo y protector el sabio Amperc, muy pia­doso, a la vez que profundamente humilde y caritativo.

Las otras tres Conferencias se llamaron: de San Sulpi­cio, San Felipe de Roule y Nuestra Señora de la Buena Nueva, a las que se fueron agregando las que iban surgien­do, entre ellas la de San Luis de Antín, de la que fue teso­rero don Santiago de Masarnau, quien estableció en Espa­ña la Sociedad, fundando la primera Conferencia, vencidas innumerables dificultades, el 1 l-X1-1849, en Madrid.

Poco a poco se fue organizando la unión de las Confe­rencias en una especie de confederación fraternal, bajo la presidencia del señor Bailly. Ozanam, no obstante su re­pugnancia a ocupar cargos, aceptó ser vicepresidente. Su íntimo amigo Lallier quedó de secretario general, y los pre­sidentes de las Conferencias, como consejeros natos.

La Sociedad naciente tomó a San Vicente de Paúl por titular y Patrono, por razones que especificó Ozanam: «San Vicente de Paúl tiene una inmensa ventaja por la pro­ximidad de los tiempos en que vivió, por la variedad infinita de los beneficios que ha dispensado, por la universalidad de la admiración que inspira… Un Santo Patrono es un mode­lo que hay que esforzarse en imitar, como él mismo ha imi­tado al Modelo Divino, Jesucristo…» (c. 175).

La primera asamblea general, celebrada ya en sede pro­pia, tuvo lugar el 21 de febrero de 1836, entregando en ella el señor Bailly el Reglamento. Aconteci­miento familiar que comunicó así Ozanam: «Ya tenemos, al fin, esa organización que tanto deseábamos. ¡Por tanto, valor! Unidos o separados, cerca o lejos, tengamos un solo corazón. Corazón siempre dispuesto a servir a los pobres«. Siempre, y ante todo, la unión fraternal y el servicio al prójimo.

En las consideraciones preliminares del Reglamento se constatan el origen y el espíritu de la Sociedad de San Vi­cente de Paúl: «Nuestra Asociación se titulaba en su origen «Conferencia de Caridad de San Vicente de Paúl». Este fue desde el principio su nombre, para no olvidar las circuns­tancias de su nacimiento, y para que nadie pudiera en parti­cular atribuírselo… Nos hemos reunido por un impulso de piedad cristiana: por eso buscamos las reglas de nuestra conducta en el espíritu de la religión, en los ejemplos y en las palabras de Nuestro Señor, en la doctrina de la Iglesia y en la vida de los santos; por eso nos hemos puesto bajo el patrocinio de la Santísima Virgen y de San Vicente de Paúl…». Entre los fines, en primer lugar, el mutuo amor, la unión fraterna y la santificación de los socios.

En segundo lugar, es fin de la Sociedad el socorro, espi­ritual y material, del prójimo necesitado. Medios, cuantos sugiera el amor fraternal.

De lo tratado se hacia un resumen —la Memoria—, que se enviaba a todas las Conferencias, donde era esperada y leída con avidez, como lazo unitivo y reforzante de la fami­lia vicentina.

En esas asambleas se iban concretando e imponiendo los rasgos más característicos y fundamentales de la Socie­dad, y se daban noticias recientes y estimulantes, beneficio­sas para todos, por lo que escribió Ozanam: «A este efecto nos proponemos enviar cuatro veces al año, en las épocas de las asambleas generales, una «Memoria» de nuestras obras y de los resultados que hemos obtenido» (c. 133).

Entre las características de la Sociedad, que fue rese­ñando Ozanam, como portavoz cualificado, y el más auto­rizado, están: la confianza en la divina Providencia, porque «la Providencia misma da sus consejos según las circunstancias que rodean, por los pensamientos que envía» (c. 82). Tampoco faltan los recursos necesarios, cuando se trata de apremiante socorro: «Estoy bien persuadido, —dijo Oza­nam—, de que, en cuanto a las obras de caridad, nunca hay que inquietarse por los recursos pecuniarios, porque vienen siempre» (c. 121).

Igualmente, la flexibilidad y capacidad ilimitada de adaptación a los distintos ambientes económico-sociales: pues, «cada ciudad tiene otras necesidades y ofrece otros recursos» (c. 82). Por eso decía a Cournier —fundador de la Conferencia de Nimes, primera que se creó fuera de Pa­rís—, «Es mejor que vosotros levantéis vuestra obra por vuestras propias fuerzas, bajo las inspiraciones de vuestro corazón, conforme a las circunstancias locales, bajo la di­rección de un sacerdote que la presida» (c. 90).

Es de destacar, dentro del carácter laical, mantenido tradicional y tenazmente, el espíritu sincero y abnegada­mente católico, de forma «que nuestra vida entera sea tal que pueda permanecer bajo el patronazgo de aquellos a los que hemos consagrado nuestra juventud: San Vicente de Paúl, la Virgen María y Jesucristo nuestro Salvador» (c. 157).

También ha de sentirse honda preocupación por la práctica efectiva de la caridad cristiana, patentizada en obras; con dedicación vocacional y perseverante apertura de espíritu, formas, métodos y medios, y sin desviaciones, teniendo principalmente en cuenta que: «Una sola cosa po­dría detenernos y pararnos: la alteración de nuestro primer espíritu, el fariseísmo que hace tocar la trompeta delante de él, un exceso de práctica y de rigor, las costumbres buro­cráticas» (c. 310).

Por otra parte, la propagación de las Conferencias se desarrolló en forma que a los diez años de formarse la primera Conferencia, comunicaba Ozanam: «Nuestra Socie­dad, que Dios bendice, cuenta hoy con cerca de 80 Confe­rencias en París, dos en Roma, varias en Bélgica, y más de cuatro mil miembros» (c. 25-VI-1843).

Al celebrarse el Centenario de la fundación de la Socie­dad, ésta se hallaba establecida en 37 países (de los cinco continentes), con 11.022 Conferencias y 183.831 miem­bros. España, con 581 Conferencias y 8.287 socios, ocupa­ba el sexto lugar en Europa, después de Francia, Bélgica, Alemania, Inglaterra e Italia. En América sobresalían por número de Conferencias y socios Brasil y Estados Unidos.

En este año de 1983, que celebra la Sociedad de San Vicente de Paúl el 150 aniversario de su fundación, se en­cuentra establecida en 113 (34 de África, 34 de América, 28 de Asia, y 17 de Europa) países. España sigue ocupando el sexto lugar —con 609 Conferencias— entre las naciones de Europa con más número de Conferencias. Donde más hay es en Brasil (9.565). Siguen: Estados Unidos, con 4.263; Italia, 3.026; India, 2.473; Francia, 1.900; Portugal, 1.705; Inglaterra, 1.620; Australia, 1.387, etc. El total de Conferencias en el mundo: 30.000, y el de miembro de las mismas: 750.000. Datos que están tomados de la revista in­ternacional de la Sociedad «Vincenpaul», de los años 1977 a 1982.

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