La santidad de Federico Ozanam (III)

Mitxel OlabuénagaFederico OzanamLeave a Comment

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  1. Los POBRES SACRAMENTO Y ROSTRO DE CRISTO

Cada cristiano está invitado a ir a Galilea a encontrarse con Jesús. Para Ozanam, el pobre, fue su lugar de encuentro, fue su Evangelio, la buena noticia que le condujo al Reino. Un Cristo encarnado para transformar al hombre, para liberarlo, universal y abierto a todos como gracia salvadora y donación gratuita.

El amor a Cristo, a quien veía en el pobre, le urgió al servicio: «Lo que hiciste a uno de mis hermanos, a Mí me lo hiciste…”. Considerándolo como un deber sagrado, piensa con el apóstol Juan: «Quién no ama al hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?

Cuando cumplió veinte años y su actividad cambió de marco geográfico, el amor al pobre lo plasmó, en compañía de otros camaradas lioneses, en una asistencia sistemática a ese pobre, en el servicio personal y caritativo al hermano necesitado, con un fundamento evangélico cristo-céntrico, a imitación de Jesús. En este amor al pobre vio un medio eficaz para cumplir con más o el mandato divino de amor y servicio:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo, y en verdad os digo que cuanto hicierais al más pequeño, a mí me lo hacéis.

Su alma plena de amor consideraba un deber sagrado amar al hermano al que ve para remontarse a Dios. En uno de sus discursos dice:

Pero ¿qué podemos hacer para ser católicos de verdad, sino consagrarnos a aquello que más agrada a Dios? Socorramos, pues, al pobre como lo haría Jesucristo y pongamos nuestra fe bajo las alas protectoras de la caridad.

De esta manera demostró con el ejemplo que los seguidores de Jesús optan con Él por los más desheredados y no por sus cualidades, sino simplemente porque al estar llenos de amor no se puede dejar de amar.

No se ama, en cristiano, porque el otro sea amable, sino para que lo sea»’.

El actuar de Federico Ozanam, su caridad hacia los pobres, era verdaderamente expresión de la virtud teologal de la caridad.

Su amor sobrenatural al prójimo no fue más que una expresión del amor a Dios. Amando y sirviendo progresaba sin tener en cuenta la fatiga, incluso desafiando su salud, sobre todo durante las epidemias de cólera. Con este motivo organizó un cuerpo de jóvenes para ayudar a aquellos que no podían marchar a los hospitales. El panorama de la ciudad era tétrico; nos lo describe en una carta:

Calles enteras despobladas en pocas noches, pero al mismo tiempo la gracia cosechaba por todas partes… Toda aquella gente quería morir con el sacerdote al lado… Era emocionante ver aquellos jóvenes que, impulsados únicamente por la gloria del Salvador, se habían desprendido de los brazos de sus padres para dirigirse a los barrios contaminados para socorrer a los enfermos y enterrar a los muertos….

Ozanam quiere «darse», y en esta donación total encuentra la imagen de Cristo: el pobre. Allí está presente en contacto perso­nal directo y práctico, unifica la caridad corporal y espiritual, y cuando explica cómo se debe tratar al pobre, insiste una y otra vez en el trato personal, en la visita a domicilio, en conversación y diálogo, conociendo sus problemas y participando en sus dolo­res y necesidades.

El desarrollo espiritual de Federico se concreta totalmente en esta exhortación de una carta del año 1836 a sus amigos en la que les explica la forma de ver a Dios a través del pobre:

Si no sabemos amar a Dios como los santos le aman, sin duda debe ser objeto de reproche… Parece que hay que ver a Dios para amar­le y no vemos a Dios más que con los ojos de la fe… Pero a los pobres los vemos con los ojos de la carne, están ahí y podemos meter el dedo y la mano en sus llagas y los rasguños de la corona de espinas son visibles sobre su frente… Deberíamos caer a sus pies y decirles con el Apóstol: «Tú eres mi Dios y mi Señor». Son nuestros dueños y nosotros somos sus servidores. Son imágenes sagradas de Dios, a quien no vemos, y no sabiendo amarle de otra manera, lo haremos en sus personas.

Coincidía con la acción de san Vicente:

Amemos a Dios, con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de brazos nuestros.

Federico Ozanam observa la situación real de los pobres y busca un compromiso cada vez más eficaz para ayudarles a crecer en humanidad. Comprende que la caridad debe impulsar a trabajar para corregir las injusticias. Solía decir:

Que la caridad complete lo que la justicia por sí sola no puede realizar…

La caridad y la justicia están unidas. Ozanam tuvo la valentía clarividente de un compromiso social y político de primer plano, en una época agitada de la vida de su país. Así, podemos considerarlo un precursor de la doctrina social de la Iglesia, que el Papa León XIII desarrolló algunos años más tarde en la encíclica Rerum novarum.

Juan Pablo II en la homilía de la Beatificación dijo al respecto:

Frente a las formas de pobreza que agobian a tantos hombres y mujeres, la caridad es un signo profético del compromiso del cristiano en el seguimiento de Cristo. Por tanto, invito a los laicos, y particularmente a los jóvenes, a dar prueba de valentía y de imagi­nación, para trabajar en la edificación de sociedades más fraternas, donde se reconozca la dignidad de los más necesitados y se encuentren los medios para una existencia digna. Con la humildad y la confianza ilimitada en la Providencia que caracterizaban a Federico Ozanam, tened la audacia de compartir los bienes materiales y espirituales con quienes viven en la miseria.

Para Federico Ozanam, la fe sin caridad no tiene ningún sentido. Por eso, cuando se dirige a sus jóvenes amigos, sus consocios parecen, a veces, una reprimenda:

La tierra se ha enfriado, somos nosotros los católicos a quienes corresponde reanimar el calor vital que se apaga, es a nosotros ti quienes corresponde comenzar de nuevo la gran obra de la regeneración, aunque fuera necesario comenzar de nuevo la era de los mártires.

La caridad que practicó Ozanam es una caridad de cercanía con un compromiso personal, trato respetuoso y servicial, con forme a los rasgos que tomó del Santo Patrono de sus Conferencias: San Vicente de Paúl:

Con dulzura, cordialidad, compasión, respeto y devoción, características que solía repetir este Santo una y otra vez a sus Hermanas.

La caridad de Ozanam se apoyó completamente en el precepto evangélico: «Que la mano derecha ignore lo que hace la izquierda», y también dejó bien claro las diferencias que existen entre caridad y filantropía. Desde París escribe:

La caridad nunca debe mirar hacia atrás, sino hacia adelante, porque el número de buenas acciones ya pasadas, es siempre muy pequeño, mientras que las miserias presentes y futuras a las que hay que atender, son infinitas.

Pero no se puede pensar que la caridad que le inunda fuera de éxtasis contemplativo, sino que era una fuerza que le incita a la praxis, es algo dinamizador, como un buen discípulo de san Vicente.  Desde las primeras reuniones de las Conferencias dejó bien claras las coordenadas en que debe moverse este amor activo:

“Si deseáis, les dice, realmente ser útiles a los pobres, haced que vuestra caridad no sea tanto una obra de beneficencia como una obra de moralización cristiana, santificándoos vosotros mismos por la contemplación de Jesucristo sufriente en la persona del pobre…».

Una caridad, contemplativa y activa, con las raíces profundas en el misterio de Cristo sufriente, pero al mismo tiempo sacando una fuerza que la hace actuar de acuerdo con sus convicciones.

Volvió los ojos hacia el Evangelio y en la imagen del buen Samaritano centró el motivo de una de sus magníficas reflexiones, interpretando la parábola evangélica con la situación que estaba viviendo:

La humanidad de nuestros días me parece semejante al viajero del que habla el Evangelio. Ella también, mientras perseguía su ruta en el camino que Cristo le ha trazado ha sido asaltada por los raptores, los ladrones del pensamiento, por los malos hombres que le han arrebatado lo mejor que poseía: el tesoro de la fe y del amor, y la han dejado desnuda y desfallecida, gimiendo y turbada a lo largo del camino.

Los sacerdotes y los invitados han pasado y esta vez, como eran sacerdotes y levitas verdaderos, se han acercado al ser doliente y han querido curarlo. Pero en su delirio le han desconocido y rechazado.

A nuestra vez, débiles samaritanos y gentes de poca fe, como somos, nos atrevemos, sin embargo, a abordar a ese enfermo… Tratemos de sondear sus llagas y de verter en ellas aceite, hagamos sonar en sus oídos palabras de consuelo y de paz, y después, cuando sus ojos se encuentren abiertos, pongámosle en manos de quienes Dios ha constituido en guardianes y médicos de las almas, que son también, de alguna manera, nuestros hoteleros en el peregrinaje de aquí abajo, que dan a nuestros espíritus errantes y hambrientos la palabra santa de la alimentación y de la esperanza de un mundo mejor. He aquí la sublime vocación que la Providencia ha dado…

 

  1. UNA OFERTA DE ALTERNATIVA: LA SOCIEDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL

Federico Ozanam, y su grupo de amigos animados por su celo ardiente, y respondiendo a un reto proporcionaron a los jóvenes de su tiempo un refugio novedoso donde calmar su sed de donación: una organización católica de apostolado laico con proyección universal y permanente. Descubrieron una fórmula que, de alguna manera, encauzaría su energía juvenil y aliviaría a la clase más marginada: los pobres.

No hubiera sido pleno el desarrollo de Ozanam si su fe no le hubiera llevado al compromiso. «Rechazar el compromiso es rechazar la condición humana» decía Mounier. Y siguió el ejem­plo de Jesús, que no sólo dedicó su vida a la salvación de los hombres, sino que invitó a otros a colaborar en esta misma tarea, asumió el compromiso de creyente. «Atrapado» por Dios, utilizó la inteligencia y su espíritu organizador, e inició su «Obra» invi­tando a otros a comprometer su vida de una manera organizada. Y nació la Sociedad de San Vicente de Paúl.

Los orígenes de las Conferencias los cuenta el mismo Ozanam en el discurso inaugural de la Conferencia de Florencia, siete meses antes de su muerte:

Os halláis delante de uno de aquellos ocho estudiantes que, hace veinte años, en mayo de 1833 se reunieron por vez primera al amparo de la sombra de san Vicente de Paúl, en la capital de Francia…

Sentíamos el deseo y la necesidad de mantener nuestra fe en medio de las acometidas efectuadas por las diversas escuelas de los falsos profetas.

Entonces cuando nos dijimos ¡trabajemos! Hagamos algo que esté conforme con nuestra fe. Pero ¿qué podríamos hacer para ser católicos de veras sino consagrarnos a aquello que más agradaba a Dios? Socorramos, pues, a nuestro prójimo como hacía Jesucristo, y pongamos nuestra fe bajo las alas protectoras de la caridad. Unánimes en este pensamiento nos juntamos «ocho…». Sí, realmente para que Dios bendiga nuestro apostolado, una cosa falta: Obras de caridad. La bendición de los pobres es la bendición de Dios. Dios había determinado formar una gran familia de hermanos que se difundiese. Por ahí veréis que no podemos nosotros llamarnos con verdad los fundadores, sino que es Dios quien la ha fundado y la ha querido así.

Estos jóvenes estudiantes cristianos tenían una sola pasión, el cristianismo, la Iglesia, la defensa de esta institución, amada y venerada, contra los ataques virulentos del espíritu del siglo: el racionalismo.

La ocasión se la brindó un joven santsimoniano, Juan Broet, que le lanzó un reto. Denunció el contraste de la acción cristiana de la antigüedad con la debilidad del momento, por lo cual se llegaría a la extinción del cristianismo.

Esta fue la chispa que puso en funcionamiento el motor de la cariadad. Al inicio de esta Asociación, tanto Federico como sus amigos no tenían la menor intención de resolver «una acción o cuestión social», sino que su objetivo era acrecentar en ellos mismos la vida cristiana. Pretendían asegurar su fe y demostrar con obras que el cristianismo no había muerto.

El 23 de abril de 1833, día del veinte cumpleaños de Federico Ozanam, tuvo lugar la primera reunión en la calle Petit-Bourboii Saint-Sulpice, 18, en la oficina del periódico «La Tribuna Católica», cuyo jefe de redacción es Emmanuel Bailly. Alrededor de él, seis estudiantes entre 19 y 23 años.

Este pequeño grupo de jóvenes, unidos por una sólida amistad se pondrá, en menos de un año, bajo el patrocinio de san Vicente de Paúl, cuyo espíritu y ejemplo imitaban constantemente.

Al elegir a san Vicente como patrono, pusieron su Obra en línea referencial con Jesucristo como servidor fiel del designio del Padre que le envió para llevar «la buena noticia» a los pobres. Si el Santo, dos siglos antes, propuso a Cristo como patrono de sus Caridades, y Ozanam puso a san Vicente de las suyas, los do,, estaban en línea directa con Cristo liberador de los pobres.

Junto a estos jóvenes comenzaron a llegar otros, que no lo eran tanto, y que aportaron su prudencia y su experiencia. Pero la figura principal, emblemática, será sin duda Federico Ozanam; sin embargo, él no aceptará ser considerado como el fundador de una Sociedad que según él no debe ser:

Ni un partido, ni una escuela, ni una cofradía… Profundamente católica sin dejar de ser laica.

Este es el momento en que se produce el encuentro providencial entre los pioneros de la Conferencia de Caridad y la célebre Sor Rosalía Rendu, «madre de todo un pueblo».

Al comprender la vocación de estos jóvenes, entusiastas y generosos, ella los condujo hacia los pobres y les enseñó la manera de servirles con amor y respeto, en la tradición más auténtica de san Vicente.

Junto con los «bonos», estos jóvenes aportaron a los pobres el regalo de la cordialidad, de la simpatía a través de la visita personal y fraternal. Su proyecto era muy ambicioso. Federico Ozanam decía:

Quiero encerrar al mundo entero en una red de caridad.

Con el paso de los años, los objetivos se modificaron. Lo que un principio era simplemente una ayuda entre los miembros, tres años más tarde comenzaron a dar importancia a la función social.

Quisieron, sobre todo, servir de freno entre el choque de las dos fuerzas que se iban perfilando en la sociedad del momento: la pobreza y la riqueza. De esa forma desarmaban odios y trataban de mejorar las clases proletarias».

Según Ozanam, la visita a los pobres a domicilio, labor esencial de los Cofrades, debe ser hecha en un espíritu de humildad. Pronto su acción añadirá a la visita de los pobres, otras asistencias como la ayuda a los extranjeros de diversas nacionalidades que atraviesan la ciudad, la instrucción religiosa a los niños, la evangelización de los militares, lo que no le impide seguir de cerca la marcha general de la Sociedad, y multiplicar los conse­jos juiciosos tal como éste: No hacerse ver, pero dejarse ver. A pesar de que aborrece toda la ostentación, se horrorizaba de la clandestinidad.

Para Ozanam no rezaba el refrán de que «el buen paño en el arca se vende». Si no que multiplica su actividad siempre en servicio de los pobres.

Cada año, evoca los «humildes comienzos» de la Conferencia de Caridad alrededor de Bailly. Junto a los suyos admira este pequeño «arbolito» convertido en un «gran árbol». Ozanam escribió en 1841:

Hace ocho años que se formó la primera Conferencia de París: Éramos siete, hoy nuestras filas cuentan con más de 2.000 jóvenes… y en 1845: Esta Sociedad, fundada hace 12 años, cuenta con más de 10.000 miembros, en 133 ciudades; se ha establecido en Inglaterra, Escocia, Irlanda, Bélgica e Italia…

La implantación del Reino, la Obra de Dios se multiplicó; es la levadura en medio de la masa, o la semilla del grano de mos­taza convirtiéndose en árbol frondoso».

En la corta pero intensa vida de Federico, la Sociedad de San Vicente de Paúl ocupó un lugar de predilección. Cuando habla­ba de ella, lo hace con verdadero amor. Repitió muchas veces:

Es una Sociedad católica pero laica, humilde pero numerosa, pobre pero sobrecargada de pobres que consolar, sobre todo en una época en que las asociaciones caritativas tienen una misión tan grande que cumplir a favor del despertar de la fe, para el sostén de la Iglesia, para la pacificación de los odios que dividen a los hombres.

María Teresa Candelas

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