La santidad de Federico Ozanam (II)

Mitxel OlabuénagaFederico OzanamLeave a Comment

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III. LA HERENCIA RECIBIDA: EL HOGAR PATERNO

Los cimientos de santidad de F. Ozanam se fraguaron en el seno familiar. Era un hogar profundamente cristiano, donde se rivali­zaba en fervor y caridad, Esto marcará la vida de sus hijos. Por el misticismo familiar, Ozanam nació religioso. El tormento de lo infinito, la aspiración de lo alto, la necesidad de referir todo a Dios van a ser los elementos naturales que le inclinen a su piedad nata.

El padre, Juan Antonio Francisco Ozanam, perteneció a una familia oriunda de Lyon. Allí contrajo matrimonio con Maria Nantas, hija de un comerciante de sedas.

Esta familia sufrió los vaivenes de la inestabilidad por mo­tivos de trabajo, teniendo que recurrir incluso a la emigración.

En 1809 se establecieron en Milán. El padre se graduó como doctor en medicina y se convertirá en «el buen Ozanam». Allí nació Federico en 1813.

Las derrotas de Napoleón obligaron a la familia Ozanam a dejar Milán el 31 de octubre de 1816. Se instalan de nuevo en Lyon, y el doctor Ozanam será médico del hospital «Hotel-Dieu».

Federico profesó un verdadero culto a su padre. El doctor Ozanam se convirtió en el típico médico de familia, infatigable, humano y compasivo, quien consideraba la medicina como una vocación. A sus hijos les dirá que para cumplir dignamente con esa misión, hay que estar dispuesto a dar su vida por los enfer­mos. Después de las sangrientas revueltas de 1831 y del cólera mortífero de 1832 se verificará la autenticidad de tal propósito.

De su madre Federico conservará un recuerdo imperecedero: fue una cristiana, cuya fe fue probada por los infortunios, compartió junto con su marido una vida de trabajo incesante vivificado a diario por la oración y la práctica de las virtudes evangé­licas. En las rodillas de su madre, Federico, al igual que sus hermanos aprendió la grandeza y dulzura de Dios, el gusto de la oración y la práctica de las virtudes. Cada tarde se reunía la fami­lia para la oración.

La atención que manifestará toda su vida para con los obreros y obreras se la debe al ejemplo de su madre que, aunque agotada por las ocupaciones domésticas y los continuos embarazos, encontraba tiempo para dedicarse a la sección de San Pedro de la Sociedad de Veladoras, compuesta por obreras, que una tras otra y gratuitamente, pasaban la noche con las mujeres enfermas o desamparadas.

Además de su madre, Federico gozó de su hermana Elisa, doce años mayor que él y de quien escribió:

Tenía una hermana, una hermana muy querida que me instruía conjuntamente con mi madre, con lecciones que eran tan agradables, tan bien presentadas, tan apropiadas a mi inteligencia infantil que en ellas encontré un verdadero gozo…

  1. Fortaleza en la adversidad

Pero esta felicidad tiene su reverso: Fueron muchos los due­los repetidos por la muerte de 11 de los 14 hijos del matrimonio Ozanam. Sólo había sobrevivido la mayor, Elisa, el ángel de la guarda de los más pequeños, la amiga y compañera de su madre, la felicidad de su padre. También fue arrebatada por la muerte a los 19 años.

El haber visto llorar tanto a sus padres las pérdidas de sus hijos, debió reforzar la sensibilidad innata de Federico y volverlo atento de por vida al dolor de sus semejantes. Además, en un hogar con recursos a menudo limitados, Federico aprendió que la pobre­za no es tan sólo el signo distintivo de aquellos a los que se les llama pobres, sino que también ronda a menudo en torno a los denominados burgueses. En una carta a su primo Lallier dice:

Doy gracias a Dios por haberme hecho nacer en una de esas situa­ciones en el límite entre la estrechez y el desahogo, que habitúa a las privaciones sin dejar que se ignoren en absoluto los gozos, en que uno no puede dormirse en la saciedad de todos los deseos, pero que tampoco puede estar distraído por la preocupación permanente por satisfacer las necesidades básicas.

Después del nacimiento en 1824 de un último hijo, la familia Ozanam se encontró reducida a tres niños. El mayor Alfonso (1804-1888), quien fue sacerdote y alcanzará el honor del epis­copado. Carlos (1824-1890), que se dedicó a la medicina como su padre; y nuestro Federico.

El retorno al Señor de las hermanos más pequeños, de Elisa y después el del padre (1837) y el de la madre (1839), reforzaron los lazos que unían a los tres hermanos Ozanam.

Federico también manifestará a su familia política la misma piedad filial, el respeto y la ternura que a sus padres. La calidad de vida de las personas que dieron el ser a Federico Ozanam fue muy grande. Tal fue su herencia. Federico Ozanam siempre lo reconoció y daba gracias a Dios por ello. El día 23 de abril de 1853, elevó a Dios una oración por las gracias recibidas, evocando la herencia espiritual recibida de sus padres. Así se expresaba:

Dios me ha hecho la gracia de nacer en la fe.

Señor me habéis hecho antes de nacer el mayor don al formar Vos mismo el corazón de mi madre. Habéis hecho a esta santa mujer para que me llevase en su seno. En sus rodillas he aprendido a temeros y en su mirada he visto vuestro AMOR.

Habéis conservado, a través de azarosos tiempos el alma cristiana de mi padre. A pesar de todo conservó su fe, un carácter noble, un gran sentimiento de la justicia y una infatigable caridad hacia los pobres. Cuando tuve la desgracia de revisar sus cuentas, encontré que la tercera parte de las visitas a sus pacientes eran hechas sin esperanzas de pago. Tengo que añadir que amaba el trabajo, tenía el gusto de lo grande y lo bello, había leído la Biblia de Calmet y sabía Latín como no lo sabemos los profesores. Este es Dios mío el primero de vuestros regalos, haberme dado tales padres y más todavía, les habéis dado el secreto de educar bien a sus hijos.

Podríamos concluir: «de tal palo, tal astilla» y estaríamos muy en lo cierto. Pero también es verdad, que él tuvo que luchar contra corriente y enfrentarse con una sociedad plagada de ideas ateas, deístas, o volterianas, que avanzaban con ímpetu y violencia. Pudo creerse, en su día, que este ambiente, ahogaría en Francia todo brote religioso. El proceso espiritual de Ozanam no dependió sólo del lugar, sino de la reacción ante ese ambiente, donde se fue preparando para llegar a ser una persona madura y libre On su esfuerzo diario él llegó a cotas muy elevadas.

  1. Evolución religiosa: Sus primeras dudas de fe

Cursó sus primeros estudios en el Colegio Royal de Lyon donde pasó Federico su infancia. Ingresó a la edad de 9 años. Cursó estudios primarios y secundarios, con sobresalientes cali­ficaciones, dejando profunda huella de su virtud y de sus extraor­dinarias dotes literarias. La vida de escolar marcó su primera etapa. Aquí va puliendo su temperamento, al contacto de profe­sores y condiscípulos.

Uno de los hitos que marcaron su vida fue la Primera Comu­nión el 11 de mayo de 1826, a los 13 años de edad. Los propósi­tos de este día le ayudaron a cambiar. Se hizo más trabajador, más obediente, aunque también dice él:

Me hice un poco escrupuloso.

A los 15 años le llegó la época de la crisis de identidad y de religión, su primera crisis existencial. Era la época de abandonar las creencias infantiles para acoger una fe adulta. Se produjo un viraje que tambaleó su existencia humana. Pero la afrontó, aun­que con sufrimiento, lleno de confianza. Escribía:

Me siento apegado a la Religión por admiración y por razón, pero también palpo la falta de fervor y de caridad, lo cual me hace sufrir, pero mi confesor me dice que ese tipo de tentación es frecuente a mi edad.

Atravesando esta «noche de la fe», Federico permaneció liga­do a la fe de su infancia. Se empeñó en perseverar en sus debe­res religiosos, en rezar, en recibir los sacramentos.

Desde su más tierna infancia era muy recto, con una since­ridad a toda prueba. Esta fue la cualidad fundante de su vida: LA DEFENSA DE LA VERDAD.

Los estudios de Retórica y Filosofía le llevaron a bucear en disquisiciones, razonamientos y tesis que desembocaron II el porqué de su fe. Dudaba y sufría, lo describe así:

He conocido todo el horror de las dudas que roían mi corazón durante el día y durante la noche… La incertidumbre de mi destino eterno no me dejaba reposo.

Esta crisis rompió con los sistemas de su seguridad joven, frágiles casi siempre; empiezan a resquebrajarse, llega la hora de tomar decisiones, de asumir un rol activo dentro de la sociedad. Con sólo 17 años, en medio del «marasmo» hizo VOTO a Dios de consagrar su vida en la defensa de la VERDAD «con tal de que le fuese dado a el mismo poseerla”.

Desde entonces las aspiraciones de su espíritu serán hacer el bien por medio de la Verdad. Un espíritu de verdad y coraje para vivir a fondo la existencia, asumiendo los riesgos de sus propios actos. La salvación y estabilidad le llegó a través del Padre Noirot, su guía espiritual, profesor de filosofía que «puso orden y dio luz a sus ideas» hasta llegar a conseguir su propia serenidad. Como un verdadero educador cristiano supo leer la experiencia vivida del joven y le posibilitó el ser él mismo.

La correspondencia, casi diaria, que intercambió con su amigo Augusto Materne en el año 1830 es de máximo interés para introducirnos en su vida, tanto espiritual como intelectual. En lo concerniente a la fe, sus amigos participaron de las mismas dudas y esta relación grupal le facilitó el equilibrio en esta época de encrucijada.

Yo dudaba y, sin embargo, quería creer…

Pero el abate Noirot estaba allí y el espíritu de Ozanam poco a poco volvía al sosiego. Ozanam escribió más tarde:

Él metió en mis pensamientos el orden y la luz.

Después de la crisis por la que su espíritu había pasado, llegó a tener claro cual era su tarea en el mundo y en una carta a sus amigos Furtoul y Huchard les comunicó su objetivo de defensa de la Religión:

Zarandeado algún tiempo por la duda, sentía una imperiosa necesidad de sujetarme con todas mis fuerzas a las columnas del Templo… extenderé mi brazo para mostrar la religión como un faro liberador a los que navegan por el mar de la vida, sintiéndome dichoso si algunos amigos vienen a agruparse alrededor de mí. El catolicismo se elevará súbitamente sobre el mundo y se pondrá a la cabeza de este siglo que renace….

  1. Prácticas de piedad y vida de oración

La santidad de F. Ozanam estaba sustentada en la oración. La Palabra de Dios que leía y meditaba diariamente, era la clave del secreto de su vida interior. De su esposa tenemos este testimonio:

A lo largo de los periodos de su grave enfermedad jamás dejó la oración. No le he visto nunca levantarse ni acostarse sin hacer la señal de la cruz. Por la mañana hacía una lectura de la Biblia, en versión griega, que meditaba media hora. En los últimos días de su vida, asistía diariamente a Misa donde encontraba sostén y consuelo….

Antes de comenzar sus clases se ponía de rodillas para pedir a Dios la gracia de no hacer nada para recibir aplausos sino bus cando solamente la gloria de Dios y el servicio de la Verdad.

En su correspondencia menciona, frecuentemente, su vida de oración. Pide oraciones y ofrece las suyas. Recurre, a menudo, a la oración de petición, de intercesión y de acción de gracias. Cuando se enfrenta con misterios como el nacimiento o la muerte, escribe preciosas meditaciones que le brotan del fondo del corazón como la que le dirige a su amigo Lallier con motivo de la muerte de su hermana:

En estos momentos es Dios quien nos visita…

Ante el nacimiento de su hija, el 24 de julio de 1845, vive horas de plenitud, y en una explosión de alegría se vuelve hacia Dios rindiéndole homenaje por momentos tan felices.

Soy padre y soy depositario y guardián de una criatura inmortal, hay en ella un alma hecha para Dios y para la eternidad.

En el otoño de 1843 atraviesa una etapa, sin duda, esencial para su vida espiritual, es una especie de conversión y de purificación. Quiere ayudar a su esposa a crecer en la perfección y le escribe una preciosa carta desde París:

He usado mal sus beneficios y sus gracias, en lugar de amar en mi esposa a Aquel que me la ha dado, es a mí mismo a quien he buscado en ella…

Estas transformaciones personales se inscriben en el marco más universal de una vida sacramental y de una piedad eclesial. Ozanam acudía con frecuencia a visitar a su confesor, ahora el Padre Marduel, y se refugiaba en la Eucaristía a la cual tenía gran devoción, comulgando casi diariamente, a pesar de lo que estaba al uso en la época. Además, le gustaba y disfrutaba cada vez      que podía participar en los actos litúrgicos, como las predicaciones cuaresmales del Padre Revignan o las misas solemnes en Notre-Dame de París.

La vida espiritual e intelectual de Federico Ozanam es nota­ble por su unidad. En 20 años de trabajo transcurridos desde que venció sus dudas de fe e hizo Voto a Dios de dedicar su vida a su servicio, nada ni nadie le hizo perder su ritmo ascendente. No se pueden leer sin emoción estas frases escritas en el Prólogo del Tomo I de sus Obras Completas «La civilización en el siglo V».

En medio de un siglo de escepticismo, Dios me ha hecho la gracia de nacer en la fe… Más tarde los ruidos de un mundo no creyente me hicieron tambalear… Yo conocí todo el horror de estas dudas que roían mi corazón… Se me hizo la luz. Yo creía en adelante en una fe más tranquila, y recibir un beneficio raro o escaso, y prometí a Dios consagrar mi vida al servicio de la Verdad que me daba la paz. Después de 20 años largos que han pasado, la fe se ha hecho más fuerte… Yo he experimentado su apoyo en los grandes dolores, en los peligros públicos… Es el tiempo de escribir y dar a Dios y ofre­cerle mis promesas de los 18 años.

 

María Teresa Candelas. CEME.

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