La sangre azul de la caridad (Las Cofradías de la caridad de París) (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA COFRADÍA DE LAS DAMAS DE LA CARIDAD

La Asociación de las Damas de la Caridad debe ciertamente su fundación a la tenacidad de Madame Goussault, visitante asi­dua de los enfermos del Hótel-Dieu y mujer impresionada por la situación crítica en que ellos se encontraban. No fue ella, sin embargo, la primera en experimentar ese dolor y en intentar una respuesta cristiana, sino que ya a comienzos de ese mismo siglo XVII se habían ensayado algunas formas de atención caritativa en el Hótel-Dieu.

2.1. ANTECEDENTES DE LAS DAMAS DE LA CARIDAD DEL HÓTEL-DIEU

En una interesante nota explicativa del «Reglamento para las Damas que servirán a los pobres del Hótel-Dieu de París» de 160842, el P. Guichard señala que, antes de la institución de la cofradía de Damas por san Vicente, ya se habían formado grupos de personas benévolas para servir a los pobres. El 25 de enero de 1608 uno de los gobernadores del H6tel-Dieu queda facultado para decir a las «honestas damas que se han ofrecido a venir al establecimiento para dar de comer y de cenar a los pobres, que serán bienvenidas cuantas veces quieran, y que si desean por caridad distribuirles carne, que la envíen cruda a la cocina del Hótel-Dieu para que la cuezan con el fin de que vean cómo lo dis­tribuyen en su presencia…».

Pero la dirección topa enseguida con los inconvenientes de semejante autorización. Y a partir del 16 de julio del mismo año, ruega a las damas y señoritas que se han comprometido por devoción a ver el trato que se da a los enfermos en la casa, que dejen hacer su trabajo a las religiosas y que se contenten con observar cómo esas religiosas cumplen con su deber. Finalmen­te en abril de 1612 la dirección se ve obligada a prohibir a las religiosas recibir las limosnas de pan, vino y carne a la vista de que aportan a los enfermos más incomodidad que provecho, y mucha confusión».

La experiencia había durado cuatro años, de 1608 a 1612. Pero le servirá de lección a san Vicente, ya que cuando cree las Damas de la Caridad en 1634 tendrá en cuenta las causas que hicieron fracasar esta primera asociación y pondrá los medios para evitarlas.

Ahora bien, ¿quién organizó aquella primera compañía? Según los estudios del P. Guichard, fue la dama parisina Suzan-ne Habert la promotora de la cofradía y redactora de su Reglamento. Hija de Pierre Habert, consejero y secretario del rey entre otros cargos, quedó viuda a la edad de veinticuatro años y, renunciando a un nuevo matrimonio, se entregó a Dios por ente­ro a través de la oración, las mortificaciones y las buenas obras. Destacó en su tiempo no sólo por su vida devota y su cultura (aprendió hebreo, griego, latín, italiano y español), sino también por su gran belleza, de manera que la gente se detenía en la calle al verla pasar, por lo que obtuvo autorización de su padre para ponerse una máscara que sólo se quitaba de la cara a la hora de mirar al santísimo en el momento de la elevación.

Movida por su piedad, Suzanne Habert fue la primera señora que llevó a las damas a servir a los pobres del Hótel-Dieu. Tenía la lista de todas y les asignaba los días de servicio. Y no sólo se preocupaba de sus necesidades materiales (ropa o comida) sino también de las espirituales (confesión, comunión). En este con­texto, para obligar a las Damas a asistir a los enfermos corporal y espiritualmente, compuso un reglamento. No deja de tener interés para la historia de san Vicente conocer los ensayos de estas visitas caritativas hechas por las Damas de París a los enfermos del Hótel-Dieu en estos primeros años del XVII. Se puede sospechar incluso que, cuando escribió su propio Regla­mento para las Damas de la Caridad en 1660, tuvo en cuenta éste de Suzanne Habert. Pero para entonces, ésta ya había muerto en 1633, siendo entenada en el coro de la capilla de las Religiosas de Notre-Dame-de-Gráce-de-laVille-l’Evéque.

2.2. FUNDACIÓN DE LAS DAMAS DE LA CARIDAD DEL HÓTEL-DIEU

Es difícil imaginar la situación miserable de los enfermos del Hótel-Dieu en aquel tiempo. Baste con indicar que hubo que esperar hasta 1786 para que cada enfermo tuviera su propia cama. Abelly señala que cada día se recibían entre 50 y 100 pobres, siendo de veinte a veinticinco mil los que pasaban anual­mente por el establecimiento. La autoridad espiritual estaba bajo la dependencia del cabildo de la cercana catedral, que la ejercitaba por medio de dos de sus miembros elegidos cada año. Había, además, catorce capellanes en 1652, pero se dejaban lle­var de la rutina y el desinterés. La Compañía del Santísimo Sacramento enviaba desde 1632 un sacerdote y un laico cada día para la atención espiritual. La comunidad de agustinas, por su parte, se encontraba dividida en dos tendencias: una más con­templativa y otra más activa, con lo que el cuidado de los enfer­mos se resentía».

En 1634, Genoveva Fayette, Madame Goussault, que había sido miembro activo de la Cofradía de la Caridad de su propia parroquia y que venía visitando el Hótel-Dieu de tiempo atrás y lamentando su estado, se dirigió a san Vicente para sugerirle la fundación de otro tipo de Cofradía que hiciera presente la cari­dad entre aquellos pobres. Vicente, sin embargo, no quería inter­ferir en lo que era responsabilidad de los canónigos de Notre Dame. No quería, como dice Abelly, «meter la hoz en mies ajena», por lo que rechazó la propuesta. La persistente dama prosiguió en su empeño y se dirigió a Juan Francisco de Gondy, arzobispo de Paris, para exponerle su plan. «Déjeme hacer, le respondió el prelado, veré al señor Vicente y, si es necesario, le ordenaré que establezca la cofradía de la que usted me habla»’. Siguiendo el criterio habitual en él, san Vicente vio en esta deci­sión del arzobispo la expresión de la voluntad de Dios y se puso manos a la obra.

Lo primero que hizo fue convocar a una reunión en casa de la propia señora Goussault a un grupo de damas que él mismo nombra en carta a santa Luisa. Después de explicarles la fina­lidad de la obra y de recoger su adhesión, san Vicente les recomendó que acudiesen a Dios con la oración y la comunión para obtener su protección, y que propusiesen el asunto a otras damas y señoritas de confianza52. Quedaron emplazadas para otra reu­nión el lunes siguiente.

Esta segunda reunión, ya constitutiva de la Asociación, fue más numerosa que la primera, señal de que las damas habían hecho bien su encargo. Estuvieron presentes, entre otras, la seño­ra cancillera (Isabel D’Aligre), la señora Fouquet (madre del famoso superintendente de Finanzas de Luis XIV) y Luisa de Marillac. San Vicente recibió el título de Director perpetuo y la señora Goussault el de presidenta. Se eligió así mismo una asis­tenta y una tesorera’. Como advierte el P. Coste, faltaba obtener el permiso de los administradores del Hospital; pero en cuanto éstos supieron que el arzobispo de Paris había investido a san Vicente para esta misión, se comprometieron a facilitar a las Damas la visita a los enfermos.

Esta visita la realizarían cada día de cuatro en cuatro y vesti­das con sencillez. Empezarían por invocar al Señor por medio de la Virgen María y de san Luis (patrono del hospital) y se presen­tarían a continuación a las religiosas encargadas de los enfermos para ofrecerse a servirles con ellas. Para no realizar la visita con las manos vacías, acompañarían las palabras de consuelo y edi­ficación cristiana con algunos dulces a modo de merienda y con una gran humildad, dulzura y mansedumbre. Desde el principio, tuvieron también presente la colaboración de las Hijas de la Caridad, de modo que el mismo san Vicente había escrito a santa Luisa que «necesitaremos a usted y a sus hijas». Éstas empezaron pronto a servir en el Hospital yendo y viniendo55. Y ya en diciembre de 1636 se establecieron en una casa alquilada para ellas junto al Hótel-Dieu por las Damas de la Caridad: «Dios la bendiga, señorita, le escribía san Vicente a santa Luisa entonces, por haber ido usted a poner sus hijas al servicio del Hótel-Dieu y por todo lo que de ello se ha seguido”.

El éxito de esta Asociación de Damas fue tan grande que pronto se fueron agregando en gran número: «Más de doscien­tas, escribe Abelly, y del más alto abolengo, como Presidentas, Condesas, Marquesas, Duquesas y Princesas, que han tenido el honor de ofrecerse a Dios para servir a los pobres, reconocién­dolos como miembros vivos de su Hijo Jesucristo». Aun cuan­do Abelly cita a todo ese cúmulo de títulos nobiliarios, la mayo­ría de las dirigentes de la Asociación procedían de familias de magistrados o miembros del Parlamento. Madame Goussault, sin ir más lejos, presidenta hasta su muerte en 1639, era la viuda del presidente de la Cámara de Cuentas.

Es de destacar, por otro lado, que esta Asociación no se halla­ba vinculada a ninguna parroquia de París, sino que era otro tipo de cofradía cuyos miembros procedían de todas las zonas de la capital. Además, aunque fundada al principio para asistir a los enfermos del Hótel-Dieu, acabó por abrirse a un amplio abanico de compromisos caritativos; de manera que constituyeron el más sólido apoyo financiero de las innumerables empresas caritativas que Vicente de Paúl iba a acometer en años sucesivos’. No es extraño, por tanto, que diga el P. Coste que «de todas las Cari­dades, la más importante, tanto por la distinguida condición de sus miembros como por la amplitud de su campo de acción y la abundancia de recursos recogidos y distribuidos, es sin duda la Caridad del Hospital General».

2.3. MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN: LA SANGRE AZUL DE LAS CARIDADES

Afirma el mismo P. Coste que «no tendríamos más que una idea muy incompleta de la Cofradía del Hospital General si no conociéramos a las damas que la componían». El propio título del tema que nos entretiene, la sangre azul de la caridad, así como la constatación mencionada por el P. Mezzadri de que lo que antes se conocía por el objeto, cofradía de la caridad, ahora se conoce por el sujeto, las damas de la caridad, encuentra su explicación en el tipo de miembros de este grupo.

Siguiendo la presentación del P. Coste, hay que empezar diciendo que la Asociación de las Damas de la Caridad cuenta con cuatro fundadoras: la señorita Le Gras (las Hijas de la Cari­dad), la señora Pollalion (las Hijas de la Providencia), la señora de Villeneuve (las Hijas de la Cruz) y la señora de Miramion (Las Hijas de la Sagrada Familia, después unidas a las Hijas de santa Genoveva y conocidas como Miramiones).

Pero es que tuvo, además, la Compañía entre sus miembros a dos reinas, Ana de Austria, reina de Francia, y Luisa María de Gonzaga, futura reina de Polonia. Todos los grados de la noble­za se encuadran en el grupo: miembros de la familia real como la princesa de Condé (madre del gran Condé); duquesas como la de Nemours, la de Aiguillon, la de Verneuil y la de Lude; baro­nesas como las señoras de Renty y la de Mirepoix; condesas de Brienne y de Bragelonne; marquesas de Laval, Pianne y Palaise-au. Había, además, una mariscala (la señora de Schomberg) y varias presidentas (las señoras de Nesmond, Tubeuf, Amelot y du Sault). Podría añadirse otro buen número de damas de eleva­da condición que siguen justificando el título de «sangre azul de la Caridad». Pero más que seguir engrosando la lista, merece la pena que destaquemos la figura de algunas de las Damas.

Se impone empezar por la fundadora y primera presidenta, Madame Goussault, de soltera Genoveva Fayet. Hija de Nico­lás Fayet y esposa de Antonio Goussault, ambos presidentes del Tribunal de Cuentas, quedó viuda en 1631 y en posesión de una gran fortuna. Destacaba, sin embargo, más por su piedad y sen­tido caritativo que por sus riquezas. Ya como miembro de las Cofradías, visitaba por indicación de san Vicente algunas de la capital y de sus alrededores. Muy dada a las obras caritativas, es a ella a quien se debe la fundación de la Asamblea de Damas del Hótel-Dieu, y a esta obra y a cuantas necesidades san Vicen­te le presentaba se dedicó con abnegación hasta su muerte. La misma Compañía de las Hijas de la Caridad la tuvo al principio como a su más firme protectora. Buscaba postulantes, proponía fundaciones, les procuraba residencia, se preocupaba por el futu­ro de las hermanas. San Vicente habla de ella en los términos más elogiosos: «gran sierva de Dios», «gran santa». Enferma en 1639, san Vicente acude a su lado en la mañana del 20 de sep­tiembre y le oye decir: «Padre, he visto durante toda esta noche a las Hijas de la Caridad delante de Dios. ¡Cuánto se multipli­carán y qué gran bien van a hacer!… ¡Si usted supiera cuánto las aprecio!». Murió aquel mismo día y fue enterrada en la igle­sia de san Gervasio.

A pesar de no pertenecer al núcleo de las grandes damas, es obligado citar en segundo lugar entre los miembros de esta Cofradía a Luisa de Marillac. Al fin y al cabo, era, como le dice san Vicente, «una de las más importantes». Sin la ayuda que ella prestó a las obras de esta Asociación, el Hospital del Hótel‑Dieu, los niños expósitos o los galeotes, tanto por sí misma como por las hermanas que ponía a su disposición, la buena voluntad de las damas se habría visto reducida a la impotencia. A decir de Coste, «ninguna dama mostró tanto celo como la señorita Le Gras por las obras de la Compañía; ninguna sufrió tanto por las dificultades; ninguna hizo más por sacudir la indiferencia, rea­vivar el entusiasmo, estimular las energías. Acudía a todas las reuniones, tomaba parte activa en todas las obras. San Vicente pronunciaba los discursos, pero con frecuencia era ella la que sugería las ideas».

Ana de Austria, infanta de España nacida en Valladolid en 1601 y reina consorte de Francia y Navarra por su matrimonio con Luis XIII, se contó también entre las Damas de la Caridad. Sabida es la relación que mantuvo con san Vicente, quien afirma en una carta al marqués de Fabert que tiene la costumbre de visi­tarla todos los años. Fueron bastantes los asuntos de variado tipo que nuestro Fundador trató con ella. Y fue generosa la reina en su acción caritativa con la nobleza pobre de Lorena o los niños expósitos, así como en su relación con las Hijas de la Cari­dad’. Perteneció a la cofradía de la parroquia de Saint Germain-L’Auxerrois (la parroquia real del Louvre) de la que fue «digna superiora», a decir de los versos de Robinet en 1666. Incluso pensó san Vicente en una específica Asamblea de Damas de la Caridad en la Corte, con la reina como presidenta, según vemos en el Proyecto de Reglamento escrito entre 1640 y 1649.

Aunque no figure en Abelly ni en la correspondencia de san Vicente y santa Luisa, Collet nos dice que Luisa María de Gonzaga, noble dama francesa nacida en París en 1611 y reina con­sorte de Polonia, formó parte de las Damas de la Caridad. Fácilmente se conciliaba entonces el espíritu mundano con la devoción y la caridad; por lo que Luisa María de Gonzaga se dejó inclinar hacia los pobres por la corriente de caridad que fluía de la inspiración de san Vicente. Ya en Polonia, mantuvo bastante correspondencia con nuestro santo, a quien la reina le pide misioneros y hermanas. Manifestó, además, en aquel país su gran caridad en relación con los apestados y con los pobres.

Pertenecía también a la familia real de Francia la dama Car­lota Margarita de Montmorency, princesa de Condé por su matrimonio con Enrique II de Borbón, y madre del gran Condé. Había nacido en 1594 y a punto estuvo de que el rey Enrique IV la retuviera como amante, cosa que evitó su marido llevándosela hasta los Países Bajos españoles. En medio de su agitada vida, fue una mujer de gran caridad. San Vicente la cita en una carta a santa Luisa de enero de 1642, indicando que ha asistido a la reunión de las Damas del Hótel-Dieu en la que se tomó la decisión de reci­bir a todos los niños expósitos. Varias veces más se hace men­ción de su presencia o ausencia en las Asambleas de las Damas. Y san Vicente la pone de ejemplo en una conferencia a las her­manas por su espíritu de penitencia en la visita a los pobres.

Si grande fue por su rango, su influencia y su fortuna, la Duquesa de Aiguillon lo fue todavía más por su caridad y pie­dad. Nacida en 1604, María de Wignerod, sobrina del cardenal Richelieu, de marcada tendencia religiosa, se vio obligada a casarse en 1620 con el marqués de Combalet. Viuda dos años después y sin hijos, se retiró al Carmelo de Paris. Pero su tío el cardenal consiguió del Papa que prohibiera la clausura de su sobrina y pasó a dama de compañía de la reina María de Médicis. Encargada de atender como anfitriona el palacio del carde­nal, se hizo cargo de repartir su liberalidad y sus limosnas. San Vicente la menciona en carta a santa Luisa de 27 de mayo de 1636. Y la relación entre ellos será constante, como se puede apreciar en la gran cantidad de veces que aparece en las cartas y conferencias79. Como miembro de la Cofradía del Hótel-Dieu, daba todos los años 200 escudos para la colación de los enfer­mos. Fue elegida presidenta de las Damas de la Caridad en 1652 y se mantuvo en el cargo durante veintitrés años hasta su muer­te en 1675, a pesar de sus reiteradas instancias de que la dejaran libre. Su gran caridad se manifestó no sólo en su condición de miembro de la Compañía, sino a la vez en su gran prodigalidad para con la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, así como para con otras muchas necesidades. Ella fundó una casa de misiones en La Pose, dotó el hospital de galeotes en Marsella y patrocinó el establecimiento de los misioneros en la misma ciudad, ofreció los fondos para adquirir una casa en Roma, com­pró los consulados de Túnez y Argel. Ayudó también a la com­pra de una casa central de las Hijas de la Caridad y contribuyó a conseguir casa para las de Richelieu80. Sus donaciones eran constantes para los galeotes, el Hótel-Dieu, los niños expósitos, las regiones devastadas y toda clase de necesidades. San Vicente encontró sin duda en la Duquesa de Aiguillon a la gran benefactora y patrocinadora de sus obras.

«Magnífica vividora», a decir de Saint Simon, aunque dada también a la caridad, fue María de Orleans, nacida en París en 1625 e hija del duque de Longueville. Se casó en 1657 con el Duque de Nemours, antiguo arzobispo de Reims aun sin haber recibido nunca las órdenes sagradas. Antes de renunciar a su arzobispado, había presidido varias veces la reunión de las damas83; por lo que quizá fue él quien indujo después a su espo­sa a que se hiciera miembro de la Asociación. En la plática que dirige a la Asamblea el 11 de julio de 1657, y a propósito de los medios para mantener la compañía, san Vicente le pregunta directamente a ella: «Señora, ¿se le ha ocurrido a usted algún medio?». No consta expresamente la respuesta; pero, viuda tras sólo dos años de matrimonio y heredera única de la inmensa for­tuna de su familia, apoyó con sus bienes las obras caritativas de las Damas.

Dentro del grupo de las Damas de la Caridad que llegaron a ser fundadoras de institutos religiosos destaca la señorita Pollalion, nacida en París en 1599 con el nombre de María Lumague y casada en 1617 con Francisco Pollalion, de quien tuvo una hija. Viuda al poco tiempo, la señorita Pollalion dejó la corte para dedicarse a su hija y a las obras de caridad. Se puso bajo la dirección de san Vicente y se interesó especialmente por las jóvenes perdidas o en peligro de perderse, fundando para aten­derlas a las Hijas de la Providencia. Ello no impedía que, en unión de su amiga Luisa de Marillac o la señora Goussault, visi­tara las caridades. Cuando se fundó la caridad del Hótel-Dieu, la señorita Pollalion se apuntó entre sus miembros y se le confió el cargo de tesorera». Sólo atendió este servicio durante tres o cuatro años, ya que hubo de dedicarse cada vez más a la comunidad que había fundado. Esta obra de la Providencia las Damas la consideraban como suya. Se sostenía gracias a sus limosnas. El mismo san Vicente velaba por ellas: les obtuvo las cartas patentes en julio de 1643 y la aprobación episcopal en 1652, ade­más del favor de la reina Ana de Austria. Incluso tras la muer­te de la señorita Pollalion en septiembre de 1657, san Vicente provoca una reunión de señoras adineradas que ayuden a soste­ner el Instituto.

Muchos más nombres interesantes podríamos añadir a esta lista, ya que fue alto, aunque desigual, el número de las damas que se iban adhiriendo a la Asamblea. Poco después de la fundación eran 120, que en seguida pasaron a 200, bajando a 50 en 1656 y subiendo otra vez a 150 en 1657. Todas ellas podían haber que­dado encerradas en el mundo de lujo y frivolidad que se iba abriendo paso ya en aquel tiempo. Pero, aun manteniendo normal­mente modos de vida acordes con su situación social, supieron hacer de la caridad no un simple pasatiempo de mujeres desocu­padas, sino una expresión sincera de su fe en Jesucristo. Algunas de ellas como la señorita Pollalion, o la Villeneuve, o la Miramion emplearon toda su fortuna en la fundación y sostenimiento de unos Institutos que tanto destacaron en la entrega a los pobres. Todas las damas, sin embargo, pusieron la influencia política de sus familias y buena parte de sus riquezas al servicio de fines cari­tativos. Mérito de san Vicente fue tanto el dotar de una espiritua­lidad comprometida a la piedad de aquellas señoras, como el saber organizar, canalizar y fructificar los recursos que ellas poní­an en sus manos. Por eso, como dice el P. Román, se acaban con­fundiendo las obras llevadas a cabo por la asociación de las Damas de la Caridad con las obras del propio Vicente de Paúl.

2.4. FUNCIONAMIENTO DE LA COFRADÍA

El funcionamiento de esta Asamblea de Damas fue desen­volviéndose paulatinamente en sus primeros años hasta quedar estructurado en un Reglamento por el genio organizativo de san Vicente. La Compañía tenía a su frente un director vitalicio (el superior general de la Congregación de la Misión), una superio­ra, una asistenta y una tesorera. Se tenía el lunes santo de cada año una asamblea plenaria en la que se elegía por mayoría de votos una oficiala de entre dos nombres propuestos por el con­sejo de oficialas ocho o diez días antes. Las damas casadas no podían ser elegidas. La que resultaba elegida permanecía en el cargo tres años o más (si era reelegida) al cabo de los cuales daba cuenta de su gestión y presentaba el cuaderno de ingresos y gastos».

La superiora velaba por la observancia del Reglamento, pedía informes sobre las postulantes, avisaba a sus compañeras de las cuestiones de interés y «animaba el cuerpo de la Compañía». A la modestia de la Señora Goussault le rechinaba el título de superiora, por lo que pidió la llamaran «sirviente»; cosa que se hizo con ella, pero no con sus sucesoras. Todas las superioras del siglo XVII murieron en el cargo, excepto la segunda. Inició la serie la presidenta Goussault (1634-1639); vino después la seño­ra de Souscarriére (1639-1643), la señora de Lamoignon (1643­1651), la duquesa de Aiguillon (1652-1675), la presidenta Nico-lay (1675-1683) y la duquesa de Ventadour (1683-1701). La asistenta y la tesorera formaban el consejo de la superiora y la suplían en su ausencia, además de que se responsabilizaban directamente de cuanto se refería al Hótel-Dieu (primera asisten­ta) y a los niños expósitos (la tesorera, que pronto pasó a llamarse segunda asistenta, aunque volvió a recuperar el nombre de «tesorera de los pobres de la provincia» en 1692).

A partir de 1636, se instituyó el grupo de las catorce, com­puesto exclusivamente de damas viudas o casadas. Con la misión de preparar a los enfermos para la confesión general, estas cator­ce eran elegidas por las oficialas el sábado de las cuatro témpo­ras para una duración de tres meses, prorrogables si las interesa­das lo aceptaban96. Cada una de estas damas tenía que dedicar a las enfermas algunas horas un día a la semana (entre dos y cinco de la tarde). Iban de dos en dos preparadas espiritualmente (Misa y comunión por la mañana y visita a la capilla del hospital al lle­gar) y alguna de las hermanas agustinas les señalaban cuáles eran las más enfermas. Tras la visita, volvían a la capilla para dar gracias. En este contexto, la propia Compañía hubo de buscar sacerdotes que oyeran las confesiones, empresa nada fácil según se deduce de la exhortación que san Vicente le hace a uno de ellos para que acepte el cargo de capellán en el Hótel-Dieu.

Las cuatro o cinco damas encargadas cada día de la colación o reparto de alimentos a los enfermos (pan, peras o manzanas cocidas, confituras, helados) también trataban de preparar a los enfermos espiritualmente. De manera que esa colación se veía como un medio para acercarse a ellos y prestarles la ayuda espi­ritual, siendo ésta la razón que les llevó a mantener la colación aun a pesar de los altos costes que conllevaba.

Para esta atención directa a los pobres enfermos, se pensó desde la primera reunión en la colaboración de las Hijas de la Caridad. Consta que para finales de julio de 1634 estaban ya sirviendo en el Hospital y en diciembre de 1636 disponen de una casa contigua en la que alojarse. De la salud de estas hermanas se preocupaba con frecuencia san Vicente, así como de la salud de las mismas Damas.

Las reuniones se tenían en casa de la superiora, en san Láza­ro o en casa de las Hermanas, bajo la presidencia de nuestro santo o del misionero que él designaba. Compartían allí las damas cuanto habían hecho: su actividad, las dificultades encon­tradas, los remedios aplicados, los frutos obtenidos, las necesida­des que surgían. Todo eso se discutía con sencillez, tomándose después resoluciones por mayoría de votos y registrándolas en un libro.

San Vicente tenía costumbre de dirigir a las damas una pláti­ca, para lo cual solía escribir un esquema. Se conservan trece de ellos que revelan la mentalidad del santo en relación con esta institución. Les hablaba de ordinario de las obras de la Com­pañía: proponía iniciativas, explicaba el funcionamiento, señala­ba defectos (poca fidelidad a los días de visita, servicio apresu­rado de la colación, reparto indiscriminado, faltar a las reuniones, brusquedad en el trato, etc.) e instaba a corregirlos. No se perdía nuestro santo en discursos teóricos, sino que siem­pre iba al tema proponiendo el ejemplo de Jesucristo y ahondan­do en las motivaciones espirituales. Les hacía tomar conciencia a las damas de que eran unas privilegiadas porque Dios se había fijado en ellas, y les pedía, para perseverar, que se afianzaran en un verdadero espíritu de piedad.

Tan exitoso fue el funcionamiento de la Asamblea de Damas de la Caridad que la Compañía del Santísimo Sacramento reco­mendó a sus filiales en provincias que establecieran en sus ciu­dades asociaciones semejantes a las del Hótel-Dieu de París. Para ayudarles, les envió a partir de 1645 el Reglamento de las Damas impreso a sus expensas. Un reglamento que contiene con tanta fidelidad el espíritu de san Vicente que se diría salido de su mano. Sabemos por la nota del P. Guichard al presentarlo en sus estudios, que al menos la ciudad de Burdeos aplicó este regla­mento aun cuando dio otro nombre a la asociación: Compañía del Santo Sacramento.

CEME

Santiago Azcárate Gorri

 

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