La Provincia española de las Hijas de la Caridad (XXXVIII)

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Author: Pedro Vargas .
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Durante aquellos años turbulentos 1836‑1840, sólo tres nuevas fundaciones de Hijas de la Caridad pudieron establecerse y fueron las de Toledo, Ávila y Sevilla.

En 18 de enero se hizo la escritura de fundación del Hospital de la Misericordia de Toledo, que dice así: «Certifico que, en el Cabildo celebrado el día nueve del presente, se propuso por varios Señores Hermanos sería conveniente traer al Hospital las Hermanas de la Caridad por las mejoras que la experiencia ha dado a conocer de la utilidad de tales establecimientos; y habiendo convenido en ello, se acordó dar comisión a los Señores Dr. D. Manuel Peces, Pbro. Canónigo de esta Santa Iglesia Primada, D. Antonio Moya de la Torre, Pbro., Abogado etc. D. Manuel de Medina, Abogado de los Reales Consejos, regidor del Iltre. Ayuntamiento de esta Ciudad, para formar plan de Contrata con quien corresponda, dando cuenta al cabildo para su aprobación; y en Cabildo celebrado en día de ayer 17, con cédula de convite del día anterior y expresión de causa, se hizo presentación del plan y condiciones con que debe hacerse la Contrata, ejecutada por el Director de la casa de Misericordia con el Sr. D. Buenaventura Codina, Superior y Director del Noviciado de las Hermanas de la Caridad de S. Vicente de Paúl, que, al efecto, ha venido a esta Ciudad; cuyo plan y condiciones se aprobó por el Cabildo y se dio nueva Comisión a dichos Señores para llevar a ejecutar el plan tratado con dicho Señor Director hasta su conclusión y entrada en el Hospital de dichas Hermanas y para otorgar la competente escritura de contrata dándole al efecto la certificación correspondiente, y a su virtud pongo y doy la presente, en Toledo a diez y ocho de enero de mil ochocientos treinta y seis.= D. Patricio Ortiz Pareja».

Según el viejo libro del personal de esta casa, «el día once de febrero de 1836, vinieron a fundar las Hermanas siguientes: Sor Bonifacia Espoz y Mina, Sor Francisca de Sales Lazaturni, Sor Francisca Magirena, Sor Teresa Bosch y Sor María Pilar Calvelo».

La Superiora Sor Bonifacia fue sustituída, en septiembre, por Sor Angela Ochoa de la Casa de Badajoz. En el oficio de presentación de la nueva Superiora, el P. Codina encomia a Sor Bonifacia,»quien por espacio de catorce años estuvo al frente de las oficinas más complicadas del Hospital General de Madrid». En 1840 era Superiora del Hospital de Játiva, donde murió en abril de 1861.

En 21 de marzo del mismo año 36, se hizo la escritura de fun­dación del Hospital de Ávila, en donde las Hermanas abrieron además una enseñanza de niñas. Fue nombrada Superiora Sor Rosalía Pérez, que estuvo hasta noviembre de 1846, en que murió. Entre las primeras Hermanas fueron Sor Teresa Matéu, fallecida en octubre de 1837, Sor Guillerma Martínez, Sor Manuela Gutiérrez, y Sor Cecilia Sanserich.

Una Real Orden de 11 de septiembre de 1846 decía: «cumpliendo con la Real orden, que se le comunicó en 28 de mayo anterior, relativa a reducción de las Hermanas y teniendo presente que clasificado este Hospital como Provincial, podrá no ser suficiente el número de 12 o 14 ca­mas con que en el día cuenta, no siendo por lo mismo bastantes ni aún las seis Hermanas, que ahora existen, he tenido a bien mandar que con­tinúe el mismo número, aplicando para su sostenimiento los seis mil reales que Su Majestad indicó en el referido informe. Y, habiendo expuesto posteriormente el Director del Noviciado de esta Corte lo insuficiente de la dotación de seis mil reales, proponiendo se haga subir a nueve mil, teniendo presente S.M. las razones que dio el referido jefe político en la citada fecha de 13 de junio, se ha servido resolver que, en lugar de aumentar la dotación, se reduzcan a cuatro las seis ­Hermanas, hasta que, clarificado el Hospital, vaya demostrando la experiencia, la verdadera necesidad y el número de Hermanas que sean necesarias».

La primera Casa de Hijas de la Caridad fundada en Sevilla fue la de la Inclusa , cuyas bases se firmaron el 25 de septiembre y, a donde fueron el 13 de octubre de 1838.

Fue la primera Superiora Sor Francisca Ustarroz, nacida en Monreal, Navarra, en 1792. Entró en la Congregación el 9 de Noviembre de 1816. Con ocasión de su traslado al Hospital General de Madrid, la Junta de Señoras de la Cuna de Sevilla escribió el siguiente elogio: «La Junta ha oído con el más profundo y justo sentimiento la resolución, disponiendo se traslade a esta Corte la Superiora de esa Casa de Expósitos, Sor Francisca Ustarroz. V. es sabedor del merecido aprecio en que todas las Señoras de esta Ciudad le tenemos, de la ilimitada confianza que en ella depositamos.

La Casa Cuna de Sevilla debe el estado de prosperidad que ya por seis años disfruta, debe la suma religiosidad en todos sus pagos, debe la paz y unión perfecta de sus socias, a una persona que, sabien­do hermanar el celo con la prudencia y atraer sobre sí el aprecio a la par que el respeto general, ha mantenido compacta a esta Asociación, le ha prestado en su propia conducta estímulo, prestigio y energía para agenciar con todas las Autoridades y proporcionar los recursos indispensables y ha hecho desaparecer los tropiezos e inconvenientes que a cada hora se presentan en una reunión numerosa de personas dotadas cada una de diferente genio y de distintos pareceres. Esta persona es Sor Francisca Ustarroz. Ustedes graduarán si para una Superiora de esta índole es fácil se encuentre reemplazo. En todo evento, la Sociedad de Señoras será siempre la primera en demostrar una completa deferencia a los dictámenes del Sr. Director y una obediencia ciega a sus órdenes.

Referida queda la heróica conducta de las Hijas de la Caridad en Tortosa. Parece que allí el agradecimiento del pueblo para con ellas perduraría, al menos, mientras viviera aquella generación disminuída por el azote implacable de la peste. Ellas habían arrancado in­contables víctimas a la muerte a costa de su propia vida. Pero sabido es que las ideas políticas ahogan los sentimientos más humanos.

La Junta Municipal de Beneficencia pública de Tortosa, con fecha 30 de diciembre de 1837, enviaba a las Hermanas el siguiente comunicado:

«La falta de recursos, en que se encuentra esta Corporación para atender a las obligaciones más precisas de los establecimientos piadosos que están a su cuidado y la ninguna esperanza que tiene de que pueda mejorarse su estado de penuria, le han precisado a adoptar diferentes medidas económicas, y con sentimiento, algunas que repugnan a la sensibilidad de sus componentes, pero que ha sido preciso que acaeciesen en fuerza de la necesidad. Una de estas es la de haber de necesitar comunicar a V., como lo ha resuelto la Junta, en acuerdo de este día, que no teniendo con qué poder seguir suministrándoles y satisfaciéndoles lo que por obligación está prevenido , debe hacerlo con arreglo a la Contrata que se extendió para ponerse Vd. al frente de esa casa de Misericordia, y cesa y queda sin efecto desde el día primero inmediato la mencionada contrata, pudiendo, en consecuencia, tomar VV. seguidamente aquella deliberación que tengan por más conveniente».

Salieron las Hermanas, dejando todo lo que era de su pertenencia y un crédito de asignaciones, que la Junta les adeudaba; y ya, el 27 de enero estaban en Valencia, de camino para Madrid, a donde llegaron a mediados de febrero.

Allí recibió la Superiora Sor Gabriela Ros una carta bastante destemplada del Sr. Capellán de la Misericordia, a la que contesta dicha Señora lo siguiente, que nos da idea de lo mucho que las Hermanas sufrieron y trabajaron en los treinta años que permanecieron en Tortosa.

«A cualquier reo, aún el más facineroso, se le da permiso para defenderse de las acusaciones que le hacen. Me pregunta Vd. primeramente, cuántas gallinas había en el establecimiento cuando entraron las Hijas de la Caridad. A esto respondo que lo que había era tiña en abundancia, solas siete mantas para toda la familia, no más que una mala ­camisa por persona, ningún calzado, piojos y miseria de sobras en todos los artículos. Así ha respondido una de las primeras Hermanas que fueron a esa casa y en la actualidad está en este Noviciado (Sor Mariana Guardia). La misma fue la que firmó el primer memorial que se dirigió a Su Señoría Ilma., para que socorriese a aquella casa, en su extrema necesidad; memorial que produjo los primeros socorros y abrió las puertas para los demás. No puedo persuadirme que Sor Cayetana dijera a V.R., en seis de febrero, que había veinticuatro pues es cierto que no había tantas sino un escaso número. V. sabe que todas eran compradas con el dinero de las Hermanas y que desde septiembre cuanto comían era comprado por la Comunidad. Si Vd está en que eran veinticuatro y que tocan a ocho. o la tercera parte, Vd. haga lo que en conciencia le parezca mejor.

Vendrá tiempo, en que se ventilará la cuestión de intereses y espero poder probar con evidencia los no pequeños perjuicios que se nos han causado. Se ventilará quién debía pagar el viaje para trasladarnos a Madrid, después de haber hecho nuestra Congregación tantos sacrificios a favor de esa casa y de la Ciudad entera. Recuerde V. el tiempo de la asoladora peste, que casi arruinó todo ese vecindario; los papeles públicos hablaron con asombro del arrojo de las Hermanas, que fallecieron por asistir a los apestados y de las otras, que han quedado estropeadas por toda la vida. Acuérdese posteriormente de cómo se asistió por las Hermanas a tantos que habían perdido la vista y quiso el Excmo. Sr. Obispo fuesen las Hermanas las que se encargasen de la asistencia de los que tan felizmente sufrieron la operación.

Estos importantes servicios y otros muchos, que han prestado ­las Hermanas, no merecían seguramente el trato que se les ha dado y el echarlas como de sorpresa, sin darles casi tiempo para nada. A no haber sido así, no se hubiera salido tan fácilmente de ese Establecimiento. Cuando se dio cuenta el Sr. Ministro de la Gobernación de lo que pensaba hacer esa Junta, sé que se incomodó mucho y que seguramente o­ficiaría que no se movieran hasta nueva orden.

Pregunta Vd., en segundo lugar, si cuando las Hermanas entraron en el Establecimiento, entraron en alguna mezquita, pues no había ninguna señal de cristiano. A esto responde la Hermana ya citada, que no sólo no había señal alguna de cristiano, sino que ni parecía habitación de racionales. No había oratorio ni cosa alguna que lo pareciera; iba la familia los días de Fiesta a San Francisco. Se hizo oratorio después, a solicitud y diligencia de las Hermanas; ellas le amueblaron y aunque es verdad que en hacer ropas sagradas, que se han dejado, se invirtieron algunas limosnas, que ellas buscaron, pero la mayor parte del gasto se hizo de los bienes de las mismas Hermanas.

Los cuadros todos eran suyos y cuanto han retirado, nuestro era y no hemos defraudado en lo más mínimo al Establecimiento, sino cedido mucho de lo nuestro. Las cortinas de las camas eran nuestras, lo mismo los colchones que nos fueron dados a nosotras en tiempo del ­contagio y podíamos sin escrúpulo haberlos llevado».

Casi al mismo tiempo que la de Tortosa se perdió también la fundación de Reus. Las tendencias separatistas, apoyadas de antiguo por la Curia de Tarragona, hallaron su clima natural durante los días azarosos de la Revolución. Queda anotada la difícil sumisión en 1818. Hubo otra tentativa en la época liberal de 1823. Mientras la Comunidad de Misioneros estuvo en la Ciudad se pudieron evitar aquellos intentos; mas, expulsados los Padres por los disturbios de 1835, quedaron las Hermanas solas. El viejo Hospital y la Comunidad fueron instalados en el antiguo convento de Carmelitas y la que fue Casa de Misión se convirtió en Asilo de Caridad para huérfanos y ancianos, bajo la dirección de algunas Hermanas. Era por entonces confesor de ellas un monje exclaustrado de Poblet, llamado Pablo Carbonell.

En 1838 Sor Rita Pascual creyó conveniente tomar algunas medidas para la buena marcha de la Comunidad, lo que dio origen a que Sor Luisa Estivill, de acuerdo con el confesor citado, desacatara las órdenes de la Superiora y arrastrando en pos de sí a otras Hermanas las separara de la Congregación. Sor Rita se fue a Madrid para tratar del asunto con los Superiores, pero ya el P. Codina había sido desterrado  de la Corte y no se pudo evitar aquella pérdida. Sor María Angela, Sor Teresa Grau y Sor María Teresa Balart fieles a su vocación, se fueron al Noviciado.

Entonces se formó en Reus una nueva Comunidad bajo la dirección del P. Pablo, siendo nombrada presidenta Sor Luisa Estivill, con las Hermanas separadas: Sor Casilda Llagostera, Sor Francisca Freixas y Sor Concepción Bruguetas y varias postulantas. En 1845 el Prelado de Tarragona trató de que volvieran todas a unirse a la Congregación, aunque sin resultado.

Durante varios años vio Sor Luisa muy acreditada su autoridad en Reus. Era mujer de mucho talento y ambición, hija de un notario de la Alforja. Recibiéronse nuevas Hermanas, quienes seguían usando el hábito y las Reglas de las Hijas de la Caridad. En 1848 hizo reimpri­mir el librito de la plegaria, y un año después, la «Regla Común de las Hermanas de la Caridad, dada a las mismas por su fundador S. Vicente de Paúl. Impresa por disposición de Sor Luisa Estivill, para la observancia de los Establecimientos que están bajo su dirección».

En el prólogo dice: «Mis apreciadas Hermanas en J.C. Movida del afecto que os profeso y a fin de que cerréis la puerta a todo deplorable espíritu de relajación, os presento las Reglas, que hasta aquí habéis seguido con general aplauso y que Aquel, que viniendo de los cielos fundó en la tierra la Caridad entre los hombres, inspiró al gran Vicente de Paúl. Si algo, empero, notáis en ellas que se aparte de la letra de las que nos dejó el Santo, entended que el objeto de quitar ansiedades, dudas y escrúpulos me ha movido a ello. Apreciadas Hermanas de mi filiación, recibid benévolas esta pequeña muestra de mi afecto. Sean estas Reglas un vínculo indisoluble que nos una en Caridad. Sor Luisa Estivill».

Esta edición de las Reglas es idéntica a la verdadera, salvo en los puntos de referencia a la sujeción de los PP. Paúles. De las palabras citadas se desprende que no faltaban ansiedades entre aquellas Hermanas, pero no era Sor Luisa la más a propósito para calmarlas.

Sor Casilda Llagostera volvió a la Congregación en 1848, gracias a una carta fingida de Sor Luisa, como proveniente del Visitador, que la ordenaba pasar a la Selva. Enviada a Madrid, Sor Casilda fue por muchos años maestra en las Escuelas del Noviciado, pues era muy entendida , principalmente en labores.

De manera más violenta despidió en 1843, a Sor Concepción Bruguetas, haciéndola pasar por loca.

Más tarde se le separaron también Sor Vicenta San Feliú y Sor Raimunda, quienes, enviadas a la fundación de la Beneficencia de Tarragona en 1851, dos años después fueron a incorporarse al Noviciado de Madrid.

Creció el crédito de Sor Luisa en Reus, el año 1843, cuando, con ocasión de estar asediada la Ciudad, obtuvo del General Zurbano que, en medio de la lluvia de granadas que caían sobre la población, fuese respetado el Hospital, en el que se habían refugiado muchas fa­milias. Rendida luego la plaza, salió en comisión con otra Hermana y varios vecinos principales a pedir condiciones favorables de rendición y evitar saqueos.

La Hermandad recibió nuevas novicias y aumentó en personal y en casas. Entre las jóvenes recibidas había de distinguirse Sor Rosa Molas, quien, después de ejercitar sus caritativos servicios en Reus, fue en 1849 con otras cuatro compañeras a la Misericordia de Tortosa, de donde, como queda dicho, habían sido despedidas las Hijas de la Caridad.

El talento y virtud de Sor Rosa no sólo consiguió reorganizar aquella casa que había caído en el mayor desorden y miseria sino que, en 1851, a ruegos de la Ciudad, abrió un acreditado Colegio y, un año después, se encargó del Hospital.

En 1857 la Junta de Beneficencia de Reus dictó: un nuevo reglamento, disponiendo entre otras cosas la supresión del Colegio establecido en el Hospital. El Sr. Arzobispo por su parte, viendo lo inconsistente de la obra de Sor Luisa, volvió a tratar de que su Hermandad se volviera a unir a las Hijas de la Caridad, mas ella, rehusando sujetarse a esas disposiciones, disolvió por sí y ante sí la Comunidad, dejó el hábito, abandonó el Hospital y con algunas Hermanas, que le siguieron abrió un colegio particular. Con esto se deshizo la Hermandad. El Sr. Arzobispo nombró Superiora del Hospital de Reus a la única Hermana antigua que quedaba, Sor Francisca Freixas.

Las Hermanas de Tortosa, bajo la prudente dirección de Sor Rosa Molas se pusieron entonces bajo la obediencia del Prelado diocesano y nació el Instituto que se llamó de la Consolación, actualmente muy numeroso y extendido.

Aquella Hermandad de Reus no sólo había querido tener por norma las Reglas de S. Vicente, sino que había conservado el hábito tradicional de las Hijas de la Caridad. Contra esto, reclamó en 1851 el Padre Santasusana, y la Junta de Beneficencia de Reus, contestando a un oficio de Gobernación decía: «Enteradas dichas Hermanas, han manifestado que no tienen el menor inconveniente en adoptar un hábito particular que las distinga de las que dependen de los Paúles, pues el cambio de hábito no ha de influir de manera alguna para dejar de desempeñar con el mismo celo que hasta aquí el cuidado de los enfermos pobres desvalidos y la educación de las niñas, que tienen confiadas. La Junta debe añadir que en estos dos objetos nada, dejan que desear las Hermanas que están al frente de los Establecimientos de esta Ciudad, de modo que estos Asilos de Caridad, se han considerados dignos de ser propuestos como modelos de las autoridades españolas que se han dignado visitarlos, lo mismo que por algunos sabios extranjeros que han venido con la idea especial de reconocerlos. Todo esto consta a V.E. con los demás importantes servicios que han prestado a esta Ciudad las mismas Hermanas en tiempo de epidemias y en oscilaciones políticas por que hemos pasado. exponiendo heroicamente sus personas por salvar las de sus hermanos y convecinos.

Corrieron los años hasta que, en 1877, pasando por Reus el Ilmo. Sr. Obispo Domenech, que desde los Estados Unidos venía de Visita Ad Limina, y viendo la separación en que seguían las Hermanas de su Ciudad natal, les hizo una alocución manifestando su pena por ello, y animándolas a la deseada unión.

«Queridas Hermanas mías: Yo les debo declarar que ésta obra es mía, que ninguno ha pedido el hacerlo; es obra de mi amor para con vosotras, para vuestro bien temporal y eterno; porque estando como estáis privadas de muchos bienes espirituales, podéis conseguirlos con la unión, y además desde mi niñez, como hijo de Reus, yo he amado a las Hijas de la Caridad y habiendo estado en la Comunidad de los Paúles desde la edad de 15 años, yo las consideraba como mis Hermanas, lo que no puedo decir ahora… Cuando yo estuve en Madrid comuniqué mis deseos de reunión a la Visitadora, Sor Juliana, y ella como verdadera Hija de San Vicente, recibió muy bien mis deseos y mis planes. Siendo hija de Reus, sus deseos fueron aún más ardientes».

Así se fueron preparando los ánimos hasta que, «accediendo a las repetidas instancias de todas las Hermanas, menos cuatro, de reincorporarse a la Comunidad de las Hijas de San Vicente, debidamente autorizadas por todos los Superiores, verificáronlo el día 2 de agosto de 1882, con sumo placer de todas y con una fiesta jamás vista en su casa, haciendo o renovando los Votos, el 25 del próximo marzo, todas las que contaban cinco años de vocación, trasladando a los oratorios particulares a Jesús Sacramentado D. José María Riu, sacerdote de la Congregación de la Misión».

Las Hermanas, unidas fueron doce, seis del Hospital y otras seis de la Casa de Caridad. De entre ellas sólo Sor María Francisca Freixas había sido Hija de la Caridad y ella fue la que trabajó con más ahínco hasta lograr la incorporación suya y la de sus Hermanas a la Congregación y en ellas tuvo la gracia de morir poco después, en 26 de Junio de 1883.

El cuidado de la Inclusa de Madrid había pasado a la Junta Municipal de Beneficencia y, con fecha 30 de abril de 1838, una Real Orden del Ministro de la Gobernación nombraba visitadores extraordinarios al Marqués de Vallgornera y a D. Francisco López Olavarrieta, quienes hicieron un minucioso informe del régimen y estado de la Inclusa y Colegio de la Paz. Para ello se sirvieron, como era natural, de los datos suministrados por las Señoras, a cuyo cuidado inmediato estaban confiados ambos establecimientos.

Por lo que respecta a las Hermanas corrió a cargo de la Señora Condesa de la Vega del Pozo el relato de sus servicios.

«Las Hermanas, dice, son veintitrés. Fue preciso aumentarlas a medida que crecía el número de criaturas y de niñas de la Paz. Las Hermanas cuidan del aseo de la Iglesia, de la sacristía y sus ropas; ins­truyen a las niñas en nuestra santa religión y procuran inculcársela con el mayor cuidado. Lo mismo hacen con las amas, para lograr, si fuese posible mejorar sus costumbres…

Cuidan primeramente de toda la parte económica de la casa; tienen las llaves de la despensa, sacan y distribuyen lo que es absolutamente preciso para la manutención de tantas personas como allí se alimentan, y a su economía se debe el cortísimo estipendio que cuesta el preciso sustento de tanta gente… Asisten dos Hermanas a la Cocina de las amas y otras dos a la cocina grande.

Cuidan igualmente de la parte económica; de las ropas, las cortan, las hilvanan, las reparten para el cosido, que también ellas lo hacen cuando pueden y sin desperdiciar ni una hilacha, se arreglan las composturas y remiendos de tantos vestidos, camisas, sábanas, pañales, mantas, colchones, etc, etc… Este trabajo es ímprobo y continuo en el día, por la desnudez en que se encuentran las criaturas sin tener ropas ni lienzos de repuesto, como antes había. Esta escasez llega a veces a tal extremo que, el verano pasado, vi a Sor Antonia, digna rectora que murió del tifus, deshacer casi todas sus camisas y las de otras Hermanas para ponérselas a la multitud de enfermos que había con tifus, hasta que de fiado, compramos algunas piezas de lienzo para cubrir, en parte, tan ingente necesidad.

Las Hermanas cuidan igualmente de la economía y dirección del jabonado que es una de las faenas más pesadas y trabajosas del estableci­miento. A más de las dos Hermanas destinadas casi de continuo a este oficio, todas las que pueden asisten los días de colada al lavadero con las niñas mayores…

La parte de salubridad, que es la más penosa en esta casa, la desempeñan todas las Hermanas con la caridad y esmero propio de su Instituto, como lo tienen acreditado en cuantos establecimientos están a su cuidado, no sólo en España, sino en toda Europa. En todo tiempo velan dos Hermanas toda la noche, cuidando de los niños que lloran y se los llevan a la cama a sus respectivas amas sin equivocarse ni trocarles jamás. Si estas se ponen malas, las cuidan y acompañan, y acabada la penosa lactancia, pasan a dar a los destetes iguales auxilios.

Junto al torno se quedan dos Hermanas, que recogen las criaturas, que por lo regular las echan por la noche; las limpian al momento, las visten, las dan calor, si vienen arrecidas y en cueros, como suelen venir; y bien se puede decir, sin la menor exageración, que con sus prontos remedios y cuidados vuelven a la vida estas desgraciadas víctimas de la desmoralización general; no se las entregan a las amas hasta que están bautizadas y, antes y después, así a éstas como a los destetes y demás les curan la tiña, la sarna, las llagas que traen con mucha frecuencia y otros muchos humores tan viciados que, hace algunos años, murió una Hermana por haberle caído en los muslos los orines de un recién nacido. No lo presencié pero me lo contaron testigos de vista, que fueron la Excma. Sra. Duquesa de Alagón y la Condesa de Casa Sarriá, que asistían continuamente a la casa, siendo modelos de caridad y constancia.

Las Hermanas nunca fían a las amas la cura de las criaturas. En la enfermería asisten y cuidan a todas las enfermas, sin haber un sólo ejemplo de que se hayan excusado, por más asqueroso que sea el mal o contagio; y en el que se padeció el verano pasado, que duró muchos meses, ninguna huyó del trabajo, ni se quejó, ni pidió reemplazo. Casi todas tuvieron el tifus, cuatro de las principales murieron allí, y también uno de los sacerdotes que las ayudaron a bien morir. Al momento fueron reemplazadas por otras cuatro, que vinieron del Noviciado y al paso que todas huíamos de las enfermerías, ellas impávidas, no las abandonaban y corrían a la muerte como un valiente que defiende su religión y su patria llenando sus deberes. Este loable ejemplo lo siguieron con valor los facultativos de la casa y los pocos empleados que hay en ella, sin dejar el trabajo por huir del peligro.

No sé cómo puede haber personas que, viéndolas consagradas con tan asiduos y continuos trabajos, no las miren con respeto, con predilección y como las mujeres más ejemplares y útiles para sus semejantes.

En el departamento de los destetes hacen las Hermanas para con estas criaturas lo que las madres con sus hijos, después que les han quitado el pecho; uno sólo basta para ocupar una familia entera y ahora tenemos siempre de veinte a cuarenta. Es forzoso darles el alimento, vestirlos, limpiarlos mil veces, alegrarlos, entretenerlos, y, en fin, todo lo que exige la caridad a favor de estas criaturas en el período más delicado de su vida; mueren muchos porque el local que habitan es muy malo; les falta ventilación y se entristecen y enferman, aunque vengan muy robustos…

Cada Hermana ha prohijado por decirlo así, uno de estos pobrecitos y siempre que pueden los llevan en brazos o por la mano por toda la casa para que se distraigan y cada una se esmera en componer y engalanar el suyo con los cintajos y vestidos usados que suelen dar de limosna. No creo que se puede exigir más de estas virtuosas mujeres.

Lo que hacen las Hermanas en las escuelas mejor y con más extensión, lo explicará su digna Curadora Dª María del Patrocinio Chacón, que con tanto trabajo y constancia ha planteado y perfecciona cada día más la manufactura de sombreros de paja, que tan productiva es para el establecimiento. Sin embargo no puedo dejar de decir que las Hermanas se prestan gustosas a aprender, para enseñar a las niñas toda clase de labores, que creamos útiles y productivas; tales son los primorosos bordados de todas clases que allí se hacen, adoptando las Hermanas los que son de más moda y lujo sin gazmoñerías y averiguando siempre lo que es de más moda para poder sacar más lucro, como en efecto, se ha sacado en el primoroso cosido en blanco de ropas hechas para bodas, con igual primor que las que se venden como hechas en Francia. En el ramo de cordonería hicieron los vendajes de las Maestranzas por dirección de la misma Señora Curadora y se sacó gran producto. Las zapatillas y demás ropas también producen, pero es preciso considerar que de las trescientas a cuatrocientas muchachas, que hay en la casa, las cuatro quintas partes son de corta edad y se pasa mucho tiempo antes de que puedan hacer labores productivas…

Las Hermanas reciben las limosnas y donativos que las dan las personas caritativas, cuando van a ver el establecimiento o por otros conductos y todo lo entregan con la mayor religiosidad sin que jamás ­se haya verificado la menor equivocación ni de un ochavo en estas entregas y en sus cuentas particulares… Madrid, 23 de mayo de 1838».

Este y otros minuciosos informes pedidos, estaban relacionados con cierto desacuerdo suscitado entre la Junta de Damas y la Municipal de Beneficencia, acerca del nombramiento de Rector Capellán del Establecimiento, cargo vacante por defunción. A propuesta de dichas Señoras recayó el nombramiento en el Vicerector, y «la Junta Municipal ofició con este motivo a la de Damas para que, en lo sucesivo, se hi­ciesen las propuestas por medio de aquella Corporación. En mes de noviembre de 1839 ocurrió el fallecimiento del Rector D. Juan Allen. La Junta de Damas dirigió la propuesta de esta vacante, en 24 de dicho mes al Gobierno de S.M. por medio de la de Beneficencia, según. se le había prevenido por ésta, proponiendo para Rector al Vicerector D. Cándido Antonio Heras, tanto por considerar éste ascenso de escala, como por agregar a las obligaciones del Rector las que había desempeñado como Colector y Vicerector, quedando consiguientemente suprimida esta plaza. Nombró para Capellán auxiliar al Pbro. D. Juan de Mata Morales, con solos seis reales diarios, lográndose por este medio un ahorro de doscientos ducados anuales, en beneficio de los establecimientos».

«En oficio el Secretario Municipal manifestó a las Damas, que correspondiendo al Ayuntamiento decidir acerca de la supresión de la plaza de Vicerector, la Beneficencia le consultaba sobre el particular, aprobando la propuesta hecha por la de Damas. En 23 de marzo de 1840 comunicó la Junta de Beneficencia, el nombramiento hecho por el Ayuntamiento de Rector de la Inclusa en D. José María Fontana. Contestó la Junta de Damas, con fecha 26 del mismo, insistiendo en la propuesta del 24 de noviembre por creerla justa y conveniente para el servicio de los Establecimientos, protestando contra todo nombramiento que no mereciese la Real aprobación. Así mismo, dio cuenta con igual fecha, al Ministro de la Gobernación de la Península. Igualmente remitió al Gobierno un estado exacto de las ventas y fincas de la Inclusa y Colegio de la Paz para que, en vista, se sirviese determinar si estos establecimientos debían comprenderse en la ley de Beneficencia, por sólo percibir una corta asignación de los fondos del Ayuntamiento.

Insistió la Junta Municipal en el nombramiento de D. José María Fontana para Rector. Y el Visitador le dio a conocer por tal a los dependientes del establecimiento, el día 29 del expresado mes de marzo, ­sobre cuyo reconocimiento hubo contestaciones entre la Presidenta de la Junta de Damas y el Presidente de la Beneficencia. En este estado reci­bió la Junta la Real orden de 30 de marzo del expresado mes y año, por la que S.M. se sirve aprobar el nombramiento de Rector hecho en D. Cándido Antonio Heras y el de Capellán auxiliar en favor de D. Juan Mata Morales, suprimiendo la plaza de Vicerector. Con igual fecha se comuni­có a la Junta otra Real orden relativa a que, enterada la Reina S.M. de todos los antecedentes sobre el nombramiento de Rector y, conformán­dose con el informe de la Comisión especial de Beneficencia y de la Junta consultiva del Ministerio de la Gobernación, con sujeción a las disposiciones vigentes y a la Real orden de 30 de noviembre de 1838, se sirvió declarar que la Junta de Damas debe continuar en la dirección de ­la Inclusa y Colegio de la Paz de esta Corte con absoluta independencia del Ayuntamiento Constitucional, y Junta de Beneficencia, quedando nu­lo el nombramiento de Rector hecho en D. José María Fontana. Estas Reales órdenes se comunicaron al Presidente de la Junta Municipal y se dio posesión a D. Cándido Antonio Heras.

La Junta continuó en la dirección y gobierno de dichos esta­blecimientos con absoluta independencia de la Municipal hasta el 10 de octubre del presente año (1840), en que se le comunicó por el secreta­rio de aquella Corporación un oficio, manifestando la resolución de la ­Junta Provisional de Gobierno de esta Provincia para que se repusiese inmediatamente en la plaza de Rector de la Inclusa y Colegio de la Paz a D. José María Fontana y que ambos establecimientos queden bajo la inspección y vigilancia del Ayuntamiento y Junta Municipal de Beneficencia. La Junta contestó en 11 del mismo que quedaba enterada».

Así terminó por entonces la actuación de la benemérita Junta de Señoras en la Inclusa. Su cese era una señal inequívoca de aquellos nuevos tiempos en que la alta nobleza y aún el poder real quedó sin valor positivo. Las Hermanas de la Inclusa hubieron de ver con honda pena la ausencia de aquella linajuda Junta de Damas, con la que tenía contraída una antigua deuda de gratitud. Ella fue la que las llevó a la primera fundación de la Corte. En los días más críticos, cuando el Real Noviciado estaba perdido para las Hijas de la Caridad, ella fue su salvación. El nombre de las Damas de Honor y Mérito irá para siempre unido a las ­Hijas de Caridad de S. Vicente con lazos de agradecimiento.

Su Majestad María Cristina siguiendo la Real tradición, dis­pensó también a la Inclusa y Colegio de la Paz cariños maternales. La ­Junta de Señoras, en acta de noviembre de 1838 decía: «Su Majestad, la Reina gobernadora se ha dignado visitar la Inclusa y Colegio de la Paz el 21 del actual, enterándose, muy detenidamente de todos sus departamentos, labores en que se emplean las colegialas, mereciendo todo su real aprobación; dispensó a sus individuos la gracia de besar la real mano a las Señoras que se hallaban presentes, Rector y Vicerector, Hijas de la Caridad y demás empleados en el establecimiento, habiendo estado S.M. más de dos horas en la casa y dado la limosna de tres mil reales. La Junta se enteró con particular satisfacción de esta honra dispensada por su Majestad.

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