La Provincia española de las Hijas de la Caridad (XXXV)

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Author: Pedro Vargas .
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LOGO HHCSi la muerte de Fernando VII es fecha que señala para España un trastorno general ya por las guerras civiles, ya por la invasión del cólera, ya por la miseria, compañera inseparable de la guerra y de la peste, el Instituto de las Hijas de la Caridad, cuyo desarrollo se debía, después de Dios, a la protección Real, no sólo sufrió una paralización en nuevas fundaciones, sino que su centro vital, el Real Noviciado se vio a punto de perecer. Con los frecuentes cambios de Gobierno venía la frecuente renovación de altos empleados en los ministerios, quienes, desconocedores y ajenos a la marcha de la Beneficencia nacional, tardaban en darse cuenta de la importancia que, en este ramo, te­nía el Instituto de las Hijas de la Caridad.

Por otra parte, los gastos de guerra y consiguientes apuros económicos del erario, privaron a la casa central de los escasos medios de vida, cuando más los iba a necesitar.

El P. Codina, sobre quien recayó principalmente el peso de la dirección de las Hermanas, tenía que repetir exposiciones, responder informes y aclarar cuestiones ya antes dilucidadas y ver y tratar con individuos liberales y prevenidos en contra de las Comunidades religiosas.

Véase, como muestra, el siguiente informe para poder conti­nuar gozando de la exención de Puertas y que nos manifiesta el estado de las Hermanas.

«Deseando satisfacer a las preguntas, que la Administración de derechos de Puertas se sirve hacerme por conducto de V., con oficio de 28 del próximo pasado mayo, relativas a que manifieste: cuáles son las Hermanas que próximamente son permanentes en comunidad y cuáles las que ejercen su profesión de caridad en Hospitales y Casas de Misericordia, digo: que la nota individual últimamente presentada indica el número de personas que, en aquella época, residían en esta Comunidad. Las que próximamente deban permanecer en ella no sabemos cuáles y cuántas son; sólo nos consta que, en Vitoria, Tolosa, Pamplona y otras partes hay varias jóvenes detenidas, ya por la dificultad y peligros de caminos, ya también por la necesidad de ayudar a las Hermanas, agobiadas con el excesivo trabajo, que resulta del servicio de tantos pobres militares enfermos o heridos.

La causa de no saberse cuáles ni cuántas son esas pretendientas es porque no se inscriben en los libros de la Congregación ni se cuen­tan por miembros de ella hasta que vienen a este Noviciado. Por lo que mira a las que ejercen su profesión de caridad en los Hospitales y casas de Misericordia en todo el Reino, se aproximan a quinientas.

Todos los establecimientos de España confiados a las Hijas de la Caridad, sin contar los Hospitales Militares, nuevamente erigidos en Vitoria y Pamplona, componen el número de treinta y tres; y los más de ellos a más de la hospitalidad, reúnen la enseñanza gratuita de las niñas pobres. Las plazas vacantes por muerte u otro accidente y las que se deben aumentar en proporción de lo que aumenten los pobres, todas deben proveerse de este Noviciado. De aquí deben de salir cerca de cincuenta para el Hospital General de esta Corte, que con más de setenta, que ya existen allí, formarán el número de ciento veinte, que ha creí­do necesario aquella Junta para dar el servicio de todas las salas y ­departamentos del mismo.

De aquí salen también para las nuevas fundaciones, que se solicitan cada día, y esto impide el poder fijar el número de Hermanas in­dividuas de esta Comunidad; a veces han sido setenta y, a poco por te­ner que enviarse remesas a varias partes que o por la peste u otras calamidades han necesitado de sus servicios, ha decrecido el número. Só­lo para mantener cubiertas todas las plazas de los establecimientos, ­que al presente están confiados a las Hijas de la Caridad y poblar los que las pretenden, se necesita tener un depósito de ochenta Hermanas dispuestas a partir a los puntos que las necesiten, pues son muchas las que fallecen anualmente oprimidas del trabajo y enfermedades contraí­das en el servicio de los pobres.

Y esto es lo que me parece decir a V. en respuesta etc.: Madrid 3 junio de 1834. Sr. D. Manuel Calderón, 0ficial de la Administración del derecho de Puertas».

Las necesidades de la guerra obligaron a instalar varios Hospitales Militares servidos por Hermanas. Sor Rosa Grau exponiendo sus servicios en dieciséis de abril de 1836, decía: «De aquí salen Hermanas para todos los puntos en que las necesidades de los pueblos las reclaman. Los ejércitos mismos de Vuestra Majestad reciben socorros consi­derables de vuestro Real Noviciado. Díganlo los hospitales militares de sangre de la ciudad de Pamplona, servidos por Hijas de la Caridad, que de aquí han salido. Díganlo los tres de Vitoria, puestos todos a cargo de las mismas. Ya por tres veces han salido de esta vuestra ca­sa refuerzos de Hermanas para asistir a tanto benemérito militar, que ha vertido parte de su sangre en servicio de la excelsa e inocente Reina y Señora Dª Isabel II, que D. g.  Actualmente piden diez para le­vantar un cuarto Hospital militar en esta última ciudad. A pesar de ­estar casi exhausto de Hermanas, se ha hecho el último esfuerzo y se han podido juntar cinco aptas para desempeñar los penosísimos cargos de una hospitalidad tan numerosa».

También el Hospital Militar de Madrid, al instalarse entonces por primera vez, solicitó la cooperación de las Hermanas, y el P. Codina aceptando el llamamiento, escribía, en 12 de Julio de 1834, a D. Rafael de Michelena, Intendente del Ejército:

«En consecuencia de lo que hablamos ayer noche he tenido una sesión con la Superiora de este Hospital General y hemos resuelto poner a disposición de V.S. seis Hermanas, para que interinamente vayan dispo­niendo lo necesario para el arreglo interino y económico del nuevo Hos­pital Militar que va a establecerse en el cuartel de Santa Isabel.

V.S. conoce muy bien que estas buenas Hermanas, para poder hacer todo el bien que desean a la humanidad doliente, necesitan de una protección muy decidida de las Autoridades y Jefes de los Establecimientos, la que por tanto imploro y estoy cierto etc.»  A lo que contestó el Sr. Intendente: «quedarán bajo mi protección y serán tratadas con toda la consideración que se merecen».

Sólo un mes desempeñaron las Hermanas sus caritativas funciones en este Hospital. En 24 de agosto, la Ordenación del Ejército de Cas­tilla la Nueva oficiaba al padre Codina: «Que se sirva disponer de las Hermanas de la Caridad, que tuvo a bien cederles para que se encargasen de la asistencia de enfermos y dirección económica, en el Hospital de Santa Isabel, donde se ha llenado cumplidamente los deseos que podíamos prometernos.

No pudiendo menos esta Ordenación de rendir a V.R. las más expresivas gracias, en nombre del Real servicio, por el que cumplidamente han prestado esas recomendables Hermanas en dicho establecimiento, tan propio del laudable Instituto a que están dedicadas, quedando a V.R. y a ellas muy reconocida la Administración Militar, de quien siempre deberán esperar la más decidida protección, según he dicho y repetiré a la Superioridad y en conocimiento de Su Majestad, en justo agradeci­miento del servicio, que han prestado al militar doliente. = Dios guarde a V. muchos años = Cayetano Bonafás».

Un oficio del Gobernador Civil de Madrid, con fecha 29 de Abril de 1836 decía al P. Codina: «Para el establecimiento de un Hospital nuevo en la Ciudad de Vitoria, apetece el Gobierno de S. M. que pase a aquel punto el mayor número posible de Hermanas de la Caridad, estén o no ocupadas en los Hospitales siempre que puedan separarse sin notable quebranto. Su viaje, gastos, salarios y demás condiciones se arreglarán antes de salir por medio de contratas… Espero, pues, que, con toda posible brevedad, se servirá decirme el número, sobre el cual está dispuesto a tratar con el Gobierno, teniendo presente que, con esta fecha, oficio al ­Director del Hospital General para que se venzan las dificultades, que pudiera haber a las ocupadas en él, y no dudo de que el celo de V. co­mo el de las Hermanas se desplegarán de nuevo en esta notable ocasión».

«Agotado ya el Real Noviciado, contesta el P. Codina, con lo que ha hecho para Vitoria, no es posible satisfacer los deseos del Gobierno de S.M. si las Juntas gubernativas de los establecimientos de esta Corte no me permiten sacar algunas Hermanas para tan interesante objeto.»

Sólo así, pudieron sacarse seis Hermanas del Hospital General, dos de mujeres Incurables y otras dos de la Inclusa.

Facilitó la salida de esas seis primeras el odio sectario, que daba sus chispazos aun dentro de los establecimientos benéficos y de que es muestra el siguiente oficio de 6 de enero de aquel año, que decía, refiriéndose al Hospital General:

«Siendo únicamente suficiente 30 Hijas de la Caridad, además de una Superiora, para la esmerada y puntual asistencia de los enfermos, se servirá V.S. remover de esta base el número de Hijas de la Caridad designado como no necesario; debiendo, por muy poderosas y justas razones, que tiene la dirección y por otras no menos importantes de política y buen gobierno, incluir en el número que hayan de ser removidas del Hospital a la actual Superiora Sor María Vicenta Molner, Sor Rosalía Pérez, Sor Bonifacia Espoz, Sor Melchora Iriarte y cuantas Jefas o Superioras hayan estado encargadas de la dirección y gobierno de la cocina… Nicolás García Page – José Pío Molina».

Pocas noticias han quedado de la actuación de las Hermanas en los hospitales militares y de sangre, durante aquella guerra fratricida. El P. Sanz consigna en su Compendio sólo de un modo general sus servicios con estas palabras:

«A los interesantes servicios, que las Hijas de la Caridad prestaron a nuestra Patria en tiempo del cólera morbo, añadamos los que hicieron al ejército en la última guerra civil (1833‑1839). Pudiéramos c­itar mil ejemplos admirables de caridad, de compasión, de ternura, de valor cristiano de las Hijas de la Caridad en favor de nuestros soldados heridos. Los hospitales militares de Vitoria, de Pamplona, los estable­cidos provisionalmente en medio de los dos ejércitos beligerantes, presenciaron una y mil veces el heroísmo de las venerables Hermanas de la Caridad, que no teniendo más opinión que favorecer a sus prójimos y aliviarlos en sus desgracias, se consagraron al servicio del legionario francés e inglés igualmente que al español, su hermano. Mil valientes, que en el día se hallan al frente de nuestro ejército, deben la conservación de sus días al celo infatigable, a la paciencia angelical de estas ilustres protectoras de la humanidad; así es, que no hay soldado español para quien el sólo título de Hijas de la Caridad no sea un objeto de profunda veneración. Lo repetimos con dolor: que se nos ha prohibido citar hechos de virtud o de caridad heróica por los que podría venirse en conocimiento de las Hermanas españolas, que los practicaron y viven todavía. (Pág. 116). De aquellos Hospitales de sangre sabemos sólo del establecido en Irache, en el que murieron dos novicias (1836); de otro en Escoriaza, en que murió Sor Inés Arnárez, y de un tercero en Hernani.

De los mil trabajos y penalidades, que las Hermanas hubieron de pasar en aquellos hospitales del Norte, quedan apenas cortas referencias y sólo de San Sebastián hay un detenido relato, en el informe que dio la Junta de Beneficencia que dice así:

«A consecuencia de haberse hecho dueños los carlistas, a principios del mes último de diciembre, del barrio extramural de S. Martín, donde existía el establecimiento del Hospital civil y Misericordia de ­esta ciudad, y del bloqueo riguroso que en seguida establecieron en la ­plaza, la Junta de Beneficencia se vio absolutamente privada de comu­nicarse con las Hermanas de la Caridad y su celosa Superiora. En este tiempo ocurrió el horroroso bombardeo y demás aflicciones, que han puesto a esta ciudad en el estado más lastimoso y, como viesen las autoridades militares, encargadas de la defensa de la plaza, que dicho barrio les era perjudicial, mientras que sirviese de asilo y parapeto a los enemigos, trataron de asolarlo y con este objeto, pidieron por medio de un parlamento que, dentro de las 24 horas, desocupasen el establecimiento de Beneficencia, en la inteligencia de que, pasado que fuese el término, la plaza rompería los fuegos sobre el mismo establecimiento.

     Viéndose la Junta en este conflicto, trató de poner a salvo a todo trance, a las benéficas Hermanas y a sus infelices administrados y, al efecto, comunicó instrucciones a la Superiora, valiéndose del expresado parlamento. A consecuencia se trasladaron todos, llevando los efectos transportables al hermoso barrio de Loyola, a media legua de distancia de esta plaza y fuera de todo tiro de cañón, y se mantienen allí colocadas en cuatro hermosas casas de campo de las más cómodas, ejercitándose inalterables en la práctica de su Instituto con el celo y amor que les caracteriza, excepto dos, que por disposición del gene­ral carlista, se hallan cuidando del Hospital de sangre establecido en Hernani.

     La Junta les atiende, venciendo las dificultades que se encuentran, por la vía de Francia, de modo que nada les falta y en esta disposición aguarda con ansia a que, restablecidas las cosas al estado anterior pueda tener la satisfacción de consolar a unas y a otras por sí misma.

      La Junta está enteramente satisfecha y agradecida de todas las Hermanas y en particular de la acreditada Superiora por el celo y la caridad cristiana y edificante con que se han conducido en circunstancias tan apuradas, mirando no sólo por el bienestar y alivio de los enfermos y pobres que están a su cuidado, sino también por los intereses materiales del establecimiento; y si antes no se le ha hecho a V. esta comunicación atribúyalo al estado de privaciones, penuria y aflicciones a que está reducida esta plaza; y por iguales razones no debe tampoco extrañar el silencio, que hubiese guardado la Superiora, en el punto que se halla, rodeada por todas partes de gentes que cuidan y prohíben cualquier comunicación que se dirija a puntos que no dominan ellos.= Dios guarde a V. muchos años.= San Sebastián ‑ Marzo 16 de 1836. El Alcalde Presidente, Alejandro de Burgue = Sr. D. Buenaventura Co­dina, Superior y Director de las Hijas de la Caridad».

El cólera. Este es acaso el capítulo más admirable de la Historia de ­las Hijas de la Caridad españolas, a la vez que el más difícil de escribir, por la abundancia de sublimes heroísmos, que se nos ofrecen y que ocuparían un libro entero.

Ya queda referido, en uno de los capítulos anteriores, cuales fueron las primicias de estas mártires de la Caridad, cuando, en 1821, se vio asolada la ciudad de Tortosa por la epidemia de la fiebre amarilla.

Cuando en 1833 se presentó el terrible azote del cólera morbo, se repitieron, en cuantos sitios había Hermanas, las heroicas escenas de Tortosa.

Difícil es pintar hoy el terrible espanto, que se apoderaba de todos al solo nombre de aquella asoladora epidemia, que, no una sino repetidas veces diezmó las provincias de España y de toda Europa en el ­siglo pasado. En medio del pánico general, las Hijas de S. Vicente aparecen impávidas al lado de los apestados: y cuando unas caen vencidas ­en aquella lucha, cara a cara con la muerte, son más las que disputan el punto del peligro. Oigamos a un testigo de vista.

«Vengamos ya, dice el P. Sanz en su Compendio de la Historia de S. Vicente de Paúl, a aquellos días aciagos, en que el azote común del cólera morbo diezmaba nuestra población. ¿Quién no sabe los generosos y costosos sacrificios, que hicieron las Hijas de la Caridad en estos días de exterminio? Las ciudades de Badajoz, de Valencia, de Játiva, de Valladolid, de Vitoria, de Pamplona, la misma capital del Reino son testigos vivos e irrecusables del celo y caridad evangélica desplegada por las Hijas de la Caridad en los años de 1833 y 34, cuando el cólera asolaba nuestra península. Todo el mundo vio con asombro a estas angelicales Hermanas volar gustosas a donde el contagio hacía mayores estragos y el peligro era más eminente, prestar a los enfermos los servicios más expuestos y más repugnantes a la naturaleza y, olvidadas de la delicadeza de su sexo y de los horrores, que de continuo las rodeaban, pasar los días y las noches enteras a la cabecera de los invadidos del contagio y hacer con ellos todos aquellos tiernos y caritativos oficios, que sólo la religión puede imponer a las que reglan sus ­acciones por sus divinos principios y saben que la mayor caridad es dar la vida en beneficio de sus hermanos».

Completamos este cuadro general con algunas referencias particulares. En Madrid, invadido por la terrible epidemia en 1834, no bastando los tres Hospitales Permanentes llenos ya de coléricos, se habi­litaron otros dos, estando los cinco a cargo de las Hijas de la Caridad.

No solamente en la Capital, sino también en los pueblos vecinos, ejercieron las Hermanas ese sublime ministerio. Con ocasión de ello el Duque de Gor enviaba al P. Codina el siguiente oficio:

«Gobierno Civil de la Provincia = Doy a V. las más expresivas gracias por la prontitud y celo con que se prestó a mi invitación de destinar religiosas a Vallecas y se servirá V. darlas en mi nombre y en el del Gobierno, a esa respetable Comunidad por la noble emulación con que, aún a mi vista pretendía toda ella la misma suerte que había tocado a sus dos Hermanas.

     Persuádase V. y crea esa Corporación, que si siempre he estado dispuesto a protegerla, lo estoy mucho más desde que fui testigo de sus sentimientos eminentemente benéficos; y que procuraré acreditarlo siempre que tenga ocasión.

     Se me ofrece en esta ocasión, la agradable de poder asegurar a VV. que Sor Francisca Palmer y Sor Nicolasa Ramírez están buenas, contentas y desempeñan su ministerio muy a gusto del profesor comisionado D. Mateo Seoane.= Dios guarde a V. muchos años = Madrid, 6 de julio 1834.= J. El Duque de Gor.= Sr. D. Buenaventura Codina, Superior de las Hijas de la Caridad».

Sor Francisca Palmer era natural de Andraig, en Mallorca, y de las Hermanas más antiguas. Nació en 1791 y entró en la Congregación en 1814. Murió en el Noviciado en 1848. En cambio, su compañera Sor Nicolasa Ramírez era joven novicia de apenas dos años de vocación, natu­ral de Allo, Navarra. Ambas tuvieron la gloria de ser las primeras Hermanas escogidas entre las muchas del Noviciado, que se ofrecieron para enfrentarse con la muerte en el mortífero foco colérico de Vallecas, del que salieron milagrosamente incólumes.

Refiriéndose a esto, escribía más tarde el P. Codina: «Cuando ­en el año 1834, se vieron invadidas del cólera morbo las poblaciones inmediatas a Madrid, el Gobernador de aquella Corte, Excmo. Sr. Duque de Gor, no se atrevió a disponer de las Hermanas del Real Noviciado, dotado por el tesoro público, sin contar con el Director de las Hermanas, que lo era entonces el Obispo que suscribe. Este, para que el sa­crificio fuera enteramente voluntario, indicó a la Comunidad la necesidad perentoria en que se hallaban aquellos pueblos, dejando a su libertad el ofrecerse para dicho sacrificio. Hecha esta indicación se ofrecieron muchas más de las que se necesitaban. De éstas se escogieron las más a propósito, y el expresado Sr. Duque las tomó en su coche y las acompañó hasta el cordón, que tiene incomunicado el pueblo de Vallecas».

En la memoria impresa en Diciembre de aquel año y redactada por la Excma. Sra. Duquesa Vda. de Gor, leemos los siguientes datos, referentes a la Inclusa y Colegio de la Paz de Madrid: «Consiguiente a la horrorosa enfermedad del cólera fue la falta de bienhechores, pagos de renta, asignaciones y recursos, tanto para tomar medidas de precaución para evitar el contagio, como para aligerar el peso de su azote asolador.

Esta casa pública no podía exceptuarse del contagio, estando obligada a admitir en ella a todas las criaturas que se pusiesen en el torno, no ya solamente las de ilegítimo concepto, sino también, a muchas de aquellas que la muerte les arrebató del seno maternal, dejándolas inoculadas la enfermedad, pues, según las notas del facultativo y ­de las Hijas de la Caridad encargadas de la sala de lactancia, vemos que, de ciento diez y nueve muertos del cólera, la mayor parte entraron con la cianosis o sea el período azul. Claro es que éstas la comu­nicaron a las amas y de ellas la propagación fue general dejando probada la imposibilidad de evitarlo. Todas la padecieron y fueron asistidas y curadas dentro de la casa, cuya medida aunque gravosa y contra la costumbre, fue indispensable por no dejar a los niños sin alimento y sólo seis fueron al Hospital General y murieron. La Junta no desatendió punto tan interesante y, a vista de tal catástrofe, repitió invitaciones en el diario de avisos, ofreciendo ochenta reales mensuales a las que quisieran entrar a lactar.

Es lamentable y no podré sin lágrimas descorrer la cortina para manifestar estos dos establecimientos, destinados a la nutrición y conservación de la infancia, convertidos en hospital por todos sus ángulos. ­Allí no había otro objeto que enfermos y muertos, ¡Dios Santo! Y ¿cómo se asisten? ¿Con qué se sufragan estos gastos? Aquí nadie paga; no se recibe una limosna. El Gobierno en nada ha atendido esta desventurada ca­sa. ¿Por qué, Señor, tantas calamidades a la vez? Pero aquí es donde ­veo de bulto aquella mano de la Omnipotencia Divina, proveyendo de espíritu y fuerzas sobrenaturales al paso que descargaba el azote.

Las Hijas de la Caridad se rivalizan en celo y eficacia y los Sres. Eclesiásticos con la asistencia espiritual, que también hicieron caritativamente a los vecinos del barrio.

Las Sras. no omitieron medio ni recurso para el socorro de tan importante servicio a la humanidad. Pidieron cuatro Hermanas de la Caridad, dos de las cuales amaestradas en el Hospital General en el conocimiento del cólera, para que ayudasen e instruyesen y, si sólo estuvieron ocho días, no fue por restricción ni economía, sino porque, como he dicho, las mismas Hermanas ambicionaban la gloria de sacrificar sus vidas en cumplimiento de su Instituto. Murió una y enfermaron siete, alguna de éstas de mucha gravedad».

Peor que el cólera fue para estos establecimientos, el contagio de tifus que se desarrolló en 1837. En la memoria impresa de aquel año, leemos el informe de la misma Sra. Duquesa, viuda de Gor: «La Inclusa se ha resentido en gran manera de las circunstancias que todos deploramos. La guerra y la pobreza, que ha oprimido a los pueblos de esta provincia, sin duda ha influído en la salud y han devuelto los niños extenuados casi para expirar. Se reunieron a la vez más de 70 de éstos y puede asegurarse que pocos de ellos han salvado la vida, particularmente los que ya no lactaban. La casa ha podido llamarse hospital desde el mes de mayo. Las Hermanas de la Caridad destinadas a aquel departamento no eran suficientes y toda la Comunidad alternaba ­por horas para ayudar a su asistencia, igualmente que las colegialas, a quienes se les comunicó la oftalmía de que venían acometidos y la han padecido más de las dos terceras partes y una Hermana perdió la vista.

A esto sobrevino en el mes de julio, las calenturas biliosas pútridas, que paulatinamente se fueron aumentando, y aunque en el concepto del médico de casa, D. Francisco de Paula Laplana y del Catedrático de San Carlos D. Juan Sánchez, que la visitó de mi orden, opinaron que la enfermedad no era contagiosa, si bien era conveniente para evitar que lo fuera, desahogar la atmósfera de tantos hálitos reunidos. Al efecto sin pérdida de momento, pedí personalmente al Gobierno el extinguido convento de Santa Catalina y teniendo en consideración lo urgen­te de esta medida a las veinticuatro horas, lo puso a disposición de ­la Junta y el día 7 de octubre se trasladaron a él 205 colegialas y ­cuatro Hermanas de la Caridad. Esta providencia ha salvado más de la tercera parte, siendo el resumen total de las invadidas, hasta el último día de noviembre 205 niñas y de éstas nueve muertas, y de las ­Hermanas de la Caridad, cuya fortaleza espiritual ha estado bien a prueba, han padecido 20 y muerto cinco…».

La Comunidad del Real Noviciado acudió en auxilio de la Inclusa pidiendo a las Señoras como una gracia el ayudar a sus Hermanas.» El aspecto lastimoso, ‑dice‑ que en la actualidad presentan los establecimientos reunidos de la Inclusa y el Colegio de la Paz, ha llamado la atención especialmente, por la parte de las Hijas de la Caridad, de las cuales muchas han sucumbido al exceso de trabajo, que tantas enfermedades les acarrean y que aumentan en proporción de las que son acome­tidas de la enfermedad reinante. En el día, son cinco las Hermanas postradas en cama, algunas de las cuales, incluso la Superiora, se ha­llan en inminente peligro de perder la vida. En este estado, las que han quedado en pie no pueden atender debidamente a las Hermanas enfer­mas, cuyo número va en aumento y al cumplimiento de las demás obligaciones de tan vasto edificio. El excesivo trabajo, acompañado del espectáculo triste que ofrece a la vista tantas lágrimas, es de temer que vaya sacrificando más y más Hermanas, si no se les proporciona un poco de socorro de este Noviciado, que al paso que atiende a la asis­tencia de sus enfermas, ayude con todas sus fuerzas, a asistir a la numerosa familia que les está confiada. Mientras esperamos pronta respuesta puedo asegurar a V.E. que se sacrificarán gustosas todas las Hermanas de este Noviciado de mi cargo y lo mismo sus directores, por aten­der el socorro de las necesidades corporales y espirituales de las niñas de la Paz, cuya prosperidad miran con sumo interés. = Madrid, 30 de septiembre de 1837″.

Resultado fatal de la peste de ese año en la Inclusa fue la pérdida de seis Hermanas: Sor Josefa Echechiquia, Sor Josefa Latiegui, Sor Basilia López, Sor Josefa Arteta y Sor Magdalena Alberti, todas entre los 28 y 38 años. La Superiora, Sor Antonia Anguela, que toda su vida de caridad la había pasado cuidando a los niños de la Inclusa, cayó también, como capitán valeroso al frente de sus tropas.

La Sociedad Económica Matritense, en su informe de 17 de enero de 1840, se complacía en reconocer el admirable comportamiento de las Hijas de la Caridad en la asistencia de los coléricos con estas palabras: «La  Comisión se complace en reconocer los servicios prestados por estas piadosas mujeres, convencida de que los resultados han correspondido plenamente al benéfico y religioso, objeto de su establecimiento. Públicos y bien notorios han sido el celo y caridad, que aquellas han desplegado en la asistencia de los enfermos durante los estragos de algunas epidemias, y muy particularmente la del cólera morbo, en los años 1833 y 1834».

Con razón, pues, el P. Roca, Director entonces de las Hermanas las decía en una circular, que daba gracias a Dios y felicitaba al Instituto por haber arrostrado «con intrepidez la misma muerte, antes que faltar al ejercicio de aquella excelente virtud, que es vuestro distintivo, y la contraseña más cierta de que no tenéis en vano el glorio­so nombre de Hijas de la Caridad». Por fin, mis carísimas Hermanas, os doy gracias por la generosidad con que, a porfía, os habéis prestado a las autoridades que os invitaron para servir a los pobres enfermos coléricos, con cuyo generoso ofrecimiento habéis honrado vuestro honorífico nombre de Hijas de la Caridad y siervas de los pobres enfermos y, al mismo tiempo, os habéis granjeado el aplauso de las mismas autoridades y también de los pueblos que, movidos del buen olor de Jesucristo que les habéis dado en el ca­ritativo ejercicio de vuestros ministerios, nos han escrito varias car­tas solicitando Hermanas de la Caridad, fundadas por S. Vicente de Paúl».

 

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