Una pérdida muy lamentable sufrieron las Hijas de la Caridad a fin de 1838 y fue la airada separación de su Director P. Codina, que se vio obligado a salir de Madrid y refugiarse en Francia. Sin referencia concreta, sólo por varios documentos, se deduce la causa. El P. Codina estaba en la brecha peligrosa y su nombre resonaba de continuo en los repetidos oficios, que así él como las Hermanas tenían que dirigir a los Ministerios y a la Junta de Beneficencia. Y aunque en las altas esferas del Gobierno eran bien despachadas sus instancias en favor de la situación económica del Noviciado, al llegar las Reales órdenes a las mesas de Contaduría, todo se volvía pedir informes, ordenar justificación de pagos sin lograr aquellos, efecto positivo.
De 1º de marzo es un oficio de la Junta Gubernativa, que contiene una Real Orden, por la cual, en vista de las quejas «sobre el atraso de pensiones a las religiosas en el Claustro o exclaustradas» y deseando S.M., que cese este clamor, que tanto contrista su real ánimo, se ha servido resolver que no abonen en ninguna Provincia los sueldos que corresponden a los empleados de recaudación, sin hacerlo al mismo tiempo, de una mensualidad de las pensiones asignadas a las religiosas exclaustradas o en el Claustro. Fácil es de sospechar la rabia que esta disposición había de producir en muchos de aquellos asentistas liberales.
En junio de aquel año el P. Codina emprendió un viaje a Oviedo para visitar la Comunidad del Hospicio. Poco antes de regresar recibióse en el Real Noviciado un oficio que, con fecha 6 de agosto decía: «En oficio de 4 del actual, que se recibió ayer, dice a la Junta Municipal de Beneficencia el Excmo. Sr. Jefe Superior Político lo que sigue: = Siendo muy urgente la reunión de noticias para la formación del presupuesto general de gastos respectivo al año de 1839, que debe remitir este Gobierno Político a la Contaduría del Ministerio de la Gobernación de la Península para su presentación en la presente legislatura, espero se servirán VV.SS. disponer que formen relaciones circunstanciales de los sueldos, asignaciones, cargas de justicia, gastos y demás atenciones de los Establecimientos de Beneficencia, que están bajo la inspección de sus Juntas y cuyas obligaciones no se satisfacen directamente de los fondos de esta Comisión Pagaduría, arreglándose en su formación a los modelos que se dirigieron en 2 de octubre de 1835, a los Jefes locales de dichos establecimientos, las cuales han de quedar en este Gobierno Político el día 8 del corriente. = Por disposición del Sr. Presidente de esta Junta Municipal lo traslado a V. para que desde luego se sirva proceder a disponer tenga efecto la remisión a dicho cuerpo de las noticias, que con tanta urgencia pide el Gobierno».
Hubo de haber alguna demora del Noviciado en contestar a este oficio y de ello se excusa el P. Codina: «Negocios urgentes de la Congregación de las Hijas de la Caridad, cuya dirección me está confiada, me obligaron a emprender en junio próximo pasado un viaje a Asturias, del que regresé prósperamente ayer tarde. Al momento me enteró sucintamente de su contenido mi compañero el Sr. D. José Antonio Borja».
Después de hacer un relato de las pensiones que por Reales órdenes le estaban concedidas al Real Noviciado, dice: «Todas las asignaciones antedichas quedaron suprimidas por el Real decreto de 8 de marzo de 1836, por el cual se señaló a cada una de las Hermanas la pensión de cinco reales diarios; con que en el día, todos los ingresos de este establecimiento están reducidos a las pensiones, las cuales, si se cobrasen puntualmente, serían suficientes para cubrir los gastos de alimento, vestuario etc… que son las precisamente necesarias en este establecimiento, para poder tener siempre corriente el número de Hermanas encargadas de los Establecimientos, que se les han confiado en el Reino.
Madrid 13 de agosto de 1838».
El resumen del estado presentado por el P. Codina era el siguiente: En caso de cobrarse las asignaciones de las 65 Hermanas, correspondían al Noviciado 118,625 reales; y como el gasto especificado era de 150,238, había un déficit de 33,613 reales.
En 28 de agosto oficia el P. Codina al Secretario de la Junta Municipal de Beneficencia para decirle: «Luego que recibí el oficio del 6 del actual que la Junta Municipal de Beneficencia se sirvió dirigirme por medio de V.S. para que se remitiera etc. lo verifiqué y, con fecha 13 del mismo lo envié a la Secretaría del Gobierno Político como V.S mismo se sirvió prevenir en el citado oficio. Por lo que no he podido menos de sorprenderme, el que con fecha del 26 acabo de recibir, en que se me previene lo mismo con algún apercibimiento. Si el estado que remití se ha extraviado en aquella Secretaría y V.S. quiere que envíe una nueva copia a la de su cargo, no tengo inconveniente en ejecutarlo.»
El día 30 el Vocal Secretario de la Junta responde al P. Codina inculpándole agriamente de no haber enviado los datos pedidos, sin admitir excusa alguna; «la misma mala inteligencia, dice, le ha conducido a hacer a esta Secretaría una imputación de inconsecuencia que no merece».
En 14 de septiembre volvió a enviar el P. Codina los datos reclamados.
«En conformidad al oficio que, de orden de la Junta Municipal de Beneficencia, se sirvió V.S. dirigirme con fecha 10 y que recibí el 12 de los corrientes, remito a V.S. por duplicado los adjuntos estados que manifiestan las asignaciones que sobre diezmos tenía el Establecimiento de mi cargo. = Dios guarde a V.S. muchos años. = Madrid 14 de septiembre de 1838».
La situación del P. Codina era por demás crítica en aquel año de crisis política y de revueltas. No podía contar con apoyo en un Gobierno que estaba en el aire. El breve Ministerio moderado del Conde de Ofalia estaba agonizando y el Padre se halló a merced de la venganza de cualquier agente de la Junta de Beneficencia.
Entonces nos dejó el P. Codina, un memorial, que es su propia apología, justificada por las angustias del momento. Borrador sin fecha, pertenece a octubre o noviembre de aquel año 38 y dice así:«D. Buenaventura Codina, Superior de las Hijas de la Caridad, en los dominios de España, ante V.E. reverentemente comparece y expone: que, ayer noche, el Comisario de Policía de su demarcación le comunicó una orden del Gobierno Superior, en virtud de la cual debía salir de esta Corte al día siguiente y marchar a uno de los puntos de la Península que se le señalaban. Aceptando con la debida sumisión el superior esta resolución, cree que V.E no llevará a mal que eleve a su alta comprensión algunas breves observaciones.
Hasta el presente el Superior de las Hijas de la Caridad ha servido a la Patria en todos los puntos en que el Gobierno de S.M. ha tenido a bien llamar su atención y excitar su celo. El teatro de sus servicios no ha sido solamente esta Corte, en las necesidades ordinarias y extraordinarias del cólera morbo, en que, a mas de los tres establecimientos piadosos fijos, se levantaron dos y pusieron bajo el cuidado y servicio de las expresadas Hermanas, sus súbditas, sino también lo fueron y son actualmente casi todas las provincias de esta vasta Monarquía. El cólera recorrió todas y en todas, la mayor parte de los trabajos recayeron sobre las Hijas de la Caridad. Mas estas en todo obraban en cuanto recibían el impulso y dirección, que desde la Corte, como de un centro, les daba su Superior.
Posteriormente, habiendo crecido en número de enfermos y heridos hasta lo sumo en los Ejércitos del Norte, ¿quien, sino el Superior, que expone, puso en movimiento a muchas Hermanas de diferentes establecimientos e hizo varias remesas de ellas a los Hospitales Militares de Vitoria para que prodigasen sus servicios a tantos beneméritos soldados que habían derramado su sangre en defensa de la Patria? ¿Quien sino el mismo Superior ha dado las órdenes mas terminantes y eficaces para que en los Hospitales Generales y otros de nuevo levantados en Pamplona fuesen de varios puntos Hermanas para asistir igualmente a tantos centenares de militares que gemían y gimen aún en el dolor?.
Nada dije, Señor, de los Hospitales de Valencia, Játiva, Ávila, Segovia, Valladolid y otros muchos, de donde frecuentemente le piden socorro. Haciendo el Superior esta ligera insinuación, no pretende hacer una vana ostentación de sus servicios prestados a la Patria y esto graciosamente y sin salario alguno, sino llamar la atención de V.S. y hacerle ver que, tal vez, en su ausencia, dejarán en parte las Hijas de la Caridad de ser tan útiles al Estado como lo han sido hasta el presente.
Ellas, divididas en treinta y cuatro casas, forman como una máquina compuesta de muchos y complicados resortes que a la menor insinuación del Gobierno debe desplegar su actividad. Pero se necesita conocimiento, discreción y práctica para dar un movimiento acertado en tantas partes para que no se confundan, y obren a un tiempo de concierto y con utilidad pública. Este conocimiento no se adquiere sino con mucho tiempo. El exponente lo ha adquirido con más de nueve años de experiencia, y que no puede comunicar en un momento al que haya de sucederle en tan penoso y delicado oficio. Por todo lo expuesto y demás que alcanza la penetración de V.E., = a V.E. rendidamente suplico se digne mandar que se revoque la comunicada orden a fin de que no resulten los inconvenientes que se han indicado, o por seis meses se suspenda, hasta que se hayan dado las instrucciones convenientes y el exponente haya arreglado todos los negocios relativos a su oficio».
La voz del P. Codina se perdió en el vacío y salió destinado a Francia el 11 de enero de 1839.
A la salida del P. Codina habían quedado en la casa de Capellanes al frente de las Hermanas de Madrid, los Sres. Borja y Mata, el primero con oficio de Visitador y el segundo de secretario.
En 8 de febrero de 1839 escribía Sor Francisca Ustarroz, superiora de Sevilla: «Sr. D. Antonio Borja, Visitador: Recibí su favorecida y del Sr. Mata. Me ha sido sensible la ausencia del P. Codina, como es natural, pero me indemniza esta pena el saber está en país tranquilo y fuera de mil trapisondas».
Aún, en 12 de noviembre, expide el P. Borja, como Director General de las Hijas de la Caridad, el nombramiento de superiora de la Inclusa y Colegio de la Paz a favor de Sor Vicenta Guiu, quien, además de otras cualidades, reunía el llevar allí más de veinte años de residencia.
Pero ya, en treinta de abril del mismo año, el P. Roca había vuelto a España y dirigía a las Hermanas la siguiente circular:
«Muy amadas Hermanas e hijas en Jesucristo: Juzgo ser de mi obligación el cerciorar a Vds. que me hallo en Sangüesa por orden del Honorable Padre, el muy Reverendo Señor Superior General, quien hace diez meses me escribió que sería de su agrado el que yo viniese a España para dirigir y consolar a las Hermanas que, repetidas veces, se lo habían pedido con instancia. Luego de recibida la carta me puse en camino para hacer la voluntad de Dios y para complacer a mis Hijas en Jesucristo.
Mas no pude llegar tan presto como deseaba; pero al fin se ha verificado mi llegada.
Ya estoy en Sangüesa con el cuerpo, mas con el espíritu estoy en todos los lugares en donde tengo Hermanas e Hijas de la Caridad, que Dios me ha encargado y me pedirá de ellas estrecha cuenta si no las cuido para su bien espiritual y corporal, a cuyo fin el Sr. D. Juan Nozo me ha enviado a este Reino…
Por no multiplicar cartas, he tenido por conveniente el que ésta fuese para las casas de Hijas de la Caridad del Reino de Valencia, por lo que suplico a mis carísimas Hermanas, las Superioras del Hospital y Misericordia de dicha Ciudad, que después de haberla ellas leído a sus respectivas comunidades, las copien en el libro y después la envíen a las Sras. Superioras de San Felipe (Játiva) para que ellas hagan lo mismo con sus súbditas para inteligencia de todas».
Entretanto la inseguridad se cernía sobre la suerte del Noviciado con gran preocupación de toda la Congregación y en especial de los Superiores. Ya en 27 de octubre de 1838, el Ayuntamiento de Madrid había oficiado que «a consecuencia de Real orden comunicada por el Jefe Político para que informase si debían suprimirse o conservarse los Beaterios de esta Corte, entre los cuales se comprende el de las Hermanas de la Caridad, pasarían a ver el Establecimiento y que dejen entrar al comisionado en cualquier hora que vaya.»
En 28 de febrero del 39 otro oficio de la Junta Municipal decía: «Estrechado el Gobierno de su Majestad en términos muy conminatorios por Real orden del 4 del corriente, que trasladó el Excmo.´Sr. Jefe Político al Ayuntamiento Constitucional y éste a la Junta Municipal, a que en el preciso plazo de un mes, le remita por la misma las noticias que se exigieron por Real orden de 20 de agosto para la formación del proyecto de ley de Fondos de Beneficencia, lo participo a V.S. para que por lo respectivo al Establecimiento de su cargo me remita, etc.»
En tal situación Sor María Peñasco, que estaba entonces al frente del Noviciado, imploró directamente protección de la Reina Gobernadora, mientras buscaba el apoyo de personas influyentes y amigas que no faltan en cualquier situación política. Una de éstas era el entonces alcalde de Madrid D. Carlos Martínez del Romeral, cuya amistad se manifiesta en la misiva siguiente:
«Alcaldía Constitucional de Madrid.
«Mi querida Hermana Superiora:
He visto la representación que me remite V. adjunta a su atenta carta y la encuentro, a mi pobre entender arreglada, excepto en el pequeño retoque que V. verá, porque lo creo más a propósito; y esto sólo en virtud de la autorización que V. me ha dado, de otra manera, no hubiera yo variado la menor expresión, porque nada sustancial la ha motivado.= Mi esposa saluda a V. y conmigo le desea una buena salud y que mande a su afmo. y S.S. q.s.p.b. Carlos Martínez del Romeral = Hoy 1 de noviembre de 1839″.
La representación decía así:
«La Superiora de las Hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl de esta Corte, por sí y en representación de las Superioras de los establecimientos públicos de Beneficencia, del Hospital General, el de Incurables y el de la Inclusa y Colegio de la Paz, existentes en esta misma Corte, A.L.R.P. de V.M. respetuosa y reverentemente expone:
Que deseosa de secundar los religiosos y humanitarios esfuerzos de V. Majestad por la conservación, extensión y prosperidad del divino Instituto, a que la exponente tiene la honra y gloria de pertenecer, y de poder satisfacer las reiteradas y enérgicas reclamaciones que se le han dirigido y están dirigiendo de varias Juntas de Beneficencia de algunas capitales de provincia para nuevas fundaciones de Hijas de la Caridad, y prevenir el ánimo de V. Majestad acerca de las dudas que prevenciones injustas, pudieran dirigir al Gobierno de V.M. sobre los grandes servicios que con sus cohermanas de Regla han prestado y gustosas siguen prestando a los súbditos de vuestra excelsa hija, nuestra Soberana Dª Isabel II, que necesitan de la caridad en la casi infinidad de desgracias y dolencias que afligen a la especie humana, se permite ocupar por un momento la alta atención de sus desvelos por la felicidad de los pueblos que la divina providencia tiene confiados a la solicitud maternal de vuestra suprema regencia del Reino.
Vuestra Majestad que, en alas de su caridad, ha penetrado en los varios Asilos de Beneficencia que vuestros gloriosos ascendientes fundaron en esta Corte, con el noble y santo objeto de ser partícipe de los trabajos de las cohermanas de la recurrente, en beneficio y amparo de toda clase de dolientes, sabe y conoce bien el valor de los servicios que las Hijas de la Caridad están prestando al Estado. Esta poderosa razón, Sra. y el temor de ofender la ilustración y sensibilidad que adorna a V.M., son la causa de que la exponente no se detenga en referir aquí los señalados servicios prestados por las Hijas de la Caridad en diversas ciudades de la Península, incluso en esta misma Villa y Corte de Madrid, durante aquellos aciagos días en que una peste contagiosa diezmaba la población. La Ciudad de Tortosa, en 1821, la de Badajoz en 1833, ésta, Valencia, Játiva y Madrid en 1834 son testigos vivos e irrecusables de su celo y caridad, en estos tremendos períodos de la vida humana.
Los Hospitales Militares Generales y de Incurables pueden probar el celo, vigilancia, aseo y esmero a favor de los soldados del ejército y armada de V.M. y de los dementes, ancianos y de toda clase de desgraciados, con que las Hijas de la Caridad ayudan y sirven a todos. V.M., apreciadora de méritos tan relevantes, ha hecho cuanto ha estado de su parte para la debida recompensa y las Hijas de la Caridad agradecen a V.M. unos sentimientos que tanta honra hacen a su real y piadoso corazón, con fervientes votos al cielo para su salud y por la de sus amadas Hijas, en cuyo dulce y humanitario gobierno ven los españoles una era de paz y prosperidad. Mas, Señora, además de esta protección, digna de eterna fama, necesita el Instituto de las Hermanas de la Caridad de la seguridad de una casa Noviciado en esta Villa y Corte de Madrid para recibir y educar las jóvenes, que, bajo la égida de la Regla del gran S. Vicente de Paúl, aspiran a hacer el sacrificio de su salud y vida por la de sus semejantes; y mucho más se promete la exponente conseguir lo indicado cuanto que por su mismo estado no están obligadas a vivir enclaustradas e incivilmente para la humanidad, pues sus votos no son más que por un año, quedando en plena libertad de renovarlos, cuyos claustros son las salas de un hospital, las calles de una ciudad o las piezas de una enseñanza gratuita o de un Colegio de educandas, bajo el concepto de pupilas o medio pupilas, todo esto en conformidad con su regla.
Esta casa, Señora, constituída en un vivero de buenas e idóneas Hijas de la Caridad y en un Asilo de las que han gastado sus días y salud por el bien de los hombres, es un centro de acciones heróicas y humanitarias; es, por decirlo con exactitud, un reverbero donde reciben vida y movimiento los anhelos de V.M., por el alivio de los desgraciados, y acción las inspiraciones de su genio gubernamental.
Por todo lo dicho con tanta brevedad y teniendo en cuenta que el Gobierno de V.M. Gobierno de religión, humanidad e ilustración tiene el noble orgullo de rivalizar en celo a favor de la conservación y propagación de un Instituto tan eminentemente humanitario, como el de Francia, el que, en estos momentos, envía una colonia de Hermanas para establecerlas en Constantinopla y Esmirna.
A V.M. humildemente suplica se sirva mandar la conservación y protección de la Real casa Noviciado de las Hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl, en esta Corte, abriendo la puerta al mismo tiempo a las jóvenes que, con el noble y religioso objeto, desean ser participantes de los trabajos a que las lleva la caridad más heróica y así poder llenar el vacío que dejan las que mueren y se imposibilitan en el apreciable y humanitario servicio de los Hospitales y demás casas de Beneficencia a que les obliga su Instituto, y satisfacer las vivas y continuas demandas de nuevas fundaciones que con todo empeño solicitan varias Juntas de Beneficencia a del Reino.
Favor que la firmante espera de la religiosidad y humanidad de V.M.
Madrid, 27 de noviembre de 1839
Señora a L.R.P. de V.M. humildemente suplica,
Sor María Peñasco».
Entre temores y esperanzas iba terminando aquel año 39, cuando, la Dirección General del Tesoro Público comunicó a las Hermanas del Noviciado una Real orden desconsoladora: «Enterada S.M. la Reina Gobernadora del expediente instruido a consecuencia de la consulta de la Contaduría General de distribución de 16 de mayo de 1838, sobre si, en virtud de la ley de 29 de julio e instrucción 9 de agosto de 1837, deben cesar las Beatas en el percibo de la pensión de cinco reales diarios que han venido percibiendo, consiguiente a lo dispuesto en el artículo 21 del decreto de 8 de marzo de 1836, se ha servido resolver, de conformidad con el parecer de aquella dependencia, que pues aparece, no llegaron a incorporarse al Estado los bienes de aquellos Beaterios, por considerarlos exceptuados de dicha incorporación la expresada ley, cese el pago por el tesoro de las pensiones a las Hijas de la Caridad del Noviciado de esta Corte y de cualquier otro Establecimiento de su clase fuera de ella y que toda cantidad que resulte satisfecha con posterioridad a la publicación de la misma ley de 24 de julio de 1837, se formalice con cargo al Ministerio de Gobernación de la Península, con aplicación a los sesenta mil reales designados en sus presupuestos para dicho establecimiento = De Real orden lo comunico a V.S. para que disponga su cumplimiento y lo inserto para su cumplimiento = Dios guarde a V.S. muchos años. = Madrid 13 de diciembre de 1839. = José Ferraz.»
Esta Real orden afectaba sólo a la Comunidad del Noviciado, ya que ninguna otra recibía algún subsidio de la Nación. Era ciertamente un gravísimo detrimento aquella pérdida de la pensión a religiosas, pero implícitamente el Gobierno reconocía la subsistencia del Noviciado y la no incautación de sus bienes inmuebles: la casa en que residían y la de capellanes adjunta.
El Noviciado quedó sumido en la mayor miseria. No se cerró porque la Divina providencia vino en su socorro por medio de nuestros misioneros desterrados en Francia, quienes consiguieron del Padre General, Sr. Nozo, el adelanto de cantidades suficientes para atravesar aquellos días amargos, que afortunadamente fueron cortos, como vamos a ver.
La terminación de la primera guerra carlista, en el verano de 1839 determinó el cierre de algunos Hospitales Militares del Norte y una situación precaria para sus Hermanas. Durante aquellos años, 38 y 39 ninguna nueva fundación se había podido hacer y las casas tenían lleno su número, que se sostenía en demasiada penuria. Ya hemos anotado las angustias del Noviciado y su situación apurada. Todo esto, juntamente con la confianza que brindaba el hallarse en Francia muchos de nuestros misioneros, movió a algunas Hermanas de dichos Hospitales a pasar la frontera e internarse en el país vecino.
Tal vez con esta ocasión vino de allí comisionado el P. Gros para pasar visita a las casas de Vascongadas y Navarra.
En 22 de octubre escribía dicho Señor desde Vitoria a la Superiora de Mujeres Incurables de Madrid una carta confidencial en que decía: «Aquí me tiene V. hace cuatro días desde donde le escribo después de tantos años, que ni he escrito ni recibido carta de V. Abiertas las barreras remito a V. con el parecer de Sor Vicenta Molner, mi compañera de viaje desde Sangüesa a Pamplona, Tolosa, Vergara y Vitoria, a Sor Angela Sauca que podrá ser de consuelo para V., como nos encarga el Sr. Codina desde Valfleury cerca de Lyón, donde se halla contento; no sé si querrá volver. Confío en que la buena acogida que la hará V. le servirá de satisfacción. La compañera que lleva Sor Angela Cercalde, es regular la pongan en el Hospital General, como he escrito a esas mis Hermanas; es necesario hacer sacrificios todas las casas para admitir las Hermanas de las casas extinguidas, para que no se dé que decir, como lo han hecho con las que se han ido a Francia, que no ha hecho favor ni a ellas ni a las casas de España; en fin, la dadora contará a V. las cosas; nosotros nos volveremos mañana o pasado mañana a Tolosa y San Sebastián, desde donde pasaremos a Estella…» Nótese en este itinerario los lugares en donde las Hermanas habían prestado o prestaban aun servicios castrenses.
De 15 de noviembre es una circular, en que el P. Roca desde Sangüesa comunica a las Hermanas el nombramiento de Director en la persona del Sr. Gros. «Sabiendo nuestro Reverendo Sr., Superior General el débil estado de mi quebrantada salud, que me imposibilitaba visitaros para consolaros en vuestras dudas y penas, ha tenido a bien nombrar al Sr. D. Miguel Gros para vuestro Director… Es uno de los más enterados en las cosas de vuestro Instituto y por consiguiente el más cabal para dirigiros con acierto en vuestra vocación.»
En 20 de Diciembre comunicaba ya el nuevo Director Sr. Gros su nombramiento, diciendo : «Mis amadas Hijas en el Señor: el corazón se me partió de pena al saber me habían nombrado Director General de todas las Hijas de la Caridad de los Dominios de España y mis ojos no se cerraron en la próxima noche, pues por una parte consideraba la dificultad de dirigir un tan gran número de Hermanas como hay en España, casi sin conocer a la mayor parte de ellas, cosa que es absolutamente necesario para poderlas destinar prudentemente; así, me hizo estar vacilante si renunciaría o no; pero como me veía tan apretado a que cuanto antes me fuera posible, me trasladara a la Corte, así lo hice dejando mi amable tranquila residencia… Se han notado los muchos males e incomodidades que ocasiona a los Superiores el mudar los nombres de bautismo a las Hermanas. Por tanto prohíbo el que se mude, sin licencia expresa del Director General en adelante… Y así mismo mando que todas las novicias y recién profesas que los tuvieren mudados, tomen el de su bautismo… No me alargo más, mis caras Hermanas, porque pienso salir de visita a todas las casas desde la próxima primavera y entonces lo haré con más extensión y verbalmente; sólo sí, pido a las Superioras que contesten el recibo de esta Circular y que pongan el nombre y dignidad o empleo de los confesores ordinarios y añadirán también el de los extraordinarios; asimismo el nombre, apellido y día de entrada en la Compañía de todas sus súbditas…»
A pesar de las inquietudes políticas de aquellos años, los Establecimientos particulares de provincias siguieron su vida normal, fuera de algún sobresalto, como el acaecido en el Hospital de Valencia donde «en la noche del 18 de octubre de 1838, se presentó en la casa una comisión de fuerza armada con orden del Excmo. Sr. General, Segundo Cabo, para aprehender, como se aprehendió, a la Hermana de la Caridad, Sor Tadea Bosch y Monllío, habiéndosela conducido a las Torres de Serrano, siendo la causa de dicha prisión el creérsela pariente del cabecilla D. Ramón Cabrera, lo que parecía no tener el mejor fundamento.
La Junta del Hospital consiguió ponerla en libertad el 22 de noviembre, pero «en concepto de guardar arresto dentro de los límites del establecimiento y justificar por medio de información sumaria en el preciso término de un mes, no tener tío, hermano ni pariente en 1a facción».
La Superiora, Sor Manuela Zuasti, hubo de mandar el informe con varias declaraciones de testigos jurados, de que no era pariente de Cabrera; entre esos testigos aparecen dos de las Hermanas. Tristes días aquellos de horribles represalias que costaron la vida a la inocente madre de Cabrera.







