A la muerte del P. Feu se modificó el gobierno de las Hijas de la Caridad en España y se volvió a unir al cargo de Visitador de la Misión la Dirección general de las Hermanas, quedando suprimida la Casa de Capellanes adjunta al Real Noviciado. Así lo había deseado el P. Roca desde que fue nombrado Visitador. Sobre este asunto el P. Feu había expuesto el año antes de morir las siguientes reflexiones:
«Es notorio que, desde que en mayo de 1790 hubo Hijas de la Caridad en España, éstas fueron gobernadas por los Visitadores de la Congregación de la Misión por encargo del Superior General de la misma, hasta el año de 1829. El gobierno de las dos Congregaciones era, a los principios no sólo muy compatible, sino también fácil, ya por ser pocas las casas de las dos Congregaciones, ya por estar éstas, las más, fundadas en el Principado de Cataluña y a una corta distancia las unas de las otras, y así podían visitarse todas en el espacio de dos meses poco más o menos; pero desde que se aumentó el número de casas de ambas Congregaciones, especialmente las de las Hermanas, extendiéndose a Navarra y otras provincias distantes, fue haciéndose siempre más y más difícil y trabajoso el gobierno de entrambas, por cuyo motivo, ya por los años de 1826 el Vicario General italiano Sr. Baccari fue instado a separar el gobierno de las dos Congregaciones, encargando la una a un sujeto y la otra a otro. Así consta por su carta de 10 de febrero del citado año, pero, por cuanto, según el mismo insinúa, estaba noticioso de que el Sumo Pontífice León XII trataba de restablecer el antiguo Gobierno de las dos Congregaciones, como realmente se verificó en julio de 1827, eligiendo para Superior General al Sr. D. Pedro de Waylli, misionero francés, no quiso el Sr. Baccari realizar la separación que se le había insinuado. Sin embargo, como no sólo subsistían los motivos, sino que también iban cada día en aumento, eran también más fuertes y más vivas las quejas de los Misioneros contra el Visitador, de que por cuidar de las Hermanas se descuidaba de su Congregación; y no dejaría aun el mismo Visitador de lamentarse de su triste suerte, por que se le obligaba a llevar dos cargas insoportables y de mucha responsabilidad, sin tener en la Congregación sujetos de confianza de quien poderse valer para que le ayudasen a llevar la doble carga.
Estas quejas se avivaron hasta sumo grado, en el año de 1829, en que la Asamblea Provincial tenida en Valencia y presidida por el Sr. D. Juan Roca, entonces Vicevisitador de la Congregación de España, entre las demás propuestas, que acordó para elevarlas a la Asamblea General de París, la tercera estaba concebida en estos términos: «Que uno de los Misioneros sea nombrado para el cuidado de las Hijas de la Caridad, excluidos todos los demás, aún los Superiores particulares y el mismo Visitador, fuera del tiempo de Visita». Se respondió afirmativamente.
Efectivamente así se verificó, si no por decreto de la Asamblea, a lo menos, por disposición del Sr. Superior General, el cual en seguida separó, en el modo arriba insinuado, el gobierno de las Hijas de la Caridad en España, del de la Congregación de la Misión nombrando para éste al Sr. D. Juan Roca con el título de Visitador y confiriendo aquel al Sr. Don Fortunato Feu, con el título de Director General de las Hijas de la Caridad en España.
Para poder el Sr. Feu arreglar más fácilmente el Noviciado de las Hijas de la Caridad, se resolvió, con aprobación del Sr. Roca Visitador y sus consultores y aún por anuencia del mismo Superior General, a trasladarse a la Casa del Capellán Mayor del Noviciado, sita en la calle de Francos, viviendo allí asociado del P. Codina, Director del mismo Noviciado, del Sr. Barragán, Director de la Inclusa y de un Hermano Coadjutor, cuidando los tres sacerdotes de la dirección espiritual y de confesar a las Hermanas de las cuatro casas de Madrid y del gobierno exterior de todas las demás de España.
A últimos de marzo de este año de 1832 ha manifestado el Sr. Superior General, al parecer por recurso que le ha ido de España, algunos temores de que en lo venidero, se introdujese la relajación por nuestro modo de vivir así, separados de nuestra casa principal y por la independencia del Director General, que, en el ejercicio de su empleo, sólo estaba sujeto al Superior General y para precaver este peligro propuso un proyecto de reglamento reducido a estos tres puntos principales:
1º-. Que el gobierno de las Hermanas se devuelva al Visitador.
2º-. Que los tres Directores de las Hermanas le estén sujetos en todo.
3º-. Que volvamos a cohabitar en la Comunidad de la Casa de la Misión.
Y como, al proponernos este plan, se nos encargó que hiciésemos sobre él las observaciones que tuviésemos por conveniente, el Sr. Feu hizo las siguientes.
lº Que la decantada separación no se hizo sino después de muchas reflexiones, con aprobación del Sr. Visitador y sus consultores y aún con anuencia del Superior General y que, siendo así, no parece conveniente variar tan pronto y fácilmente una determinación tan premeditada sin que intervengan para ello causas muy notorias y urgentes, por no acreditarse de ligeros.
2º La Escritura de fundación Real dispone que el Capellán Mayor pernocte en la casa contigua al Noviciado para estar más pronto para asistir de noche en caso de necesidad….
3º Que esta voluntad no estaba revocada ni puede serlo por ninguna otra escritura particular.
4º Que, en Francia, los Señores Richenet y Lotoquart dirigen a las Hermanas viviendo con ellas, etc…
5º Las Hermanas no podrán ser asistidas ni cuidadas como es debido, viviendo los Directores en la Casa de la Misión de la Calle Real del Barquillo, por su distancia de todas las Hermanas y especialmente el Noviciado, por lo mucho que hay que hacer en contestar cartas, arreglar libros y catálogos, a más del cuidado que exige la educación de las novicias y asistencia de las pobres ancianas y enfermas».
El Sr. Lamboley, secretario del P. General contesta al P. Feu, a 3 de setiembre, lo que sigue: «Voy a manifestaros los motivos que pueden obligar a restituir al Visitador el gobierno de las Hermanas. En el año 1829 sabíamos nosotros que vuestras indisposiciones os hacían muy penoso el cargo de Visitador, por esto el P. General creyó que debía descargaros de este peso, mas juzgó al mismo tiempo que debía dejaros el gobierno de las Hermanas, tanto por lo relativo a vuestro mérito como por los servicios que habíais prestado a la Congregación y los que podríais prestarle todavía; y para suavizar la sensibilidad natural que podíais experimentar. Así, que esta separación del gobierno no debía atribuirse a la idea, que tuviese la Asamblea Provincial de España, de que el Visitador no podía gobernar a los Misioneros y a las Hijas de la Caridad, porque, en la Asamblea General, no se hizo mención alguna de esta idea ni del deseo que sobre este asunto tenía la Asamblea de España».
Expone a continuación las dificultades que tenía el Sr. Feu para visitar las casas de las Hermanas, en las que tenía que estar doble tiempo del necesario y tenía que acompañarle un Hermano, con doble gasto y molestia de las Hermanas; y que llamaba la atención que un sacerdote tan lleno de achaques emprendiera tan largos viajes, «pudiendo el Visitador cuando visitaba las casas de la Congregación de la Misión, visitar también las casas de las Hermanas y evitar con esto muchos gastos».
Insiste en que, con el tiempo, el vivir sólo los Capellanes puede ser causa de relajación y de no llevar vida de comunidad. «No perderéis mucho tiempo, teniendo el socorro de berlina, que irá a buscaros a la puerta de casa y os volverá a ella…
El Superior General está persuadido de que con la ayuda de Dios, todo lo demás depende de Vos y del Sr. Codina y obrando de acuerdo con el ascendiente que os da sobre las Hermanas la confianza, que ellas tienen en vosotros, está en vuestra mano el convencerlas y persuadirlas de la equidad de la justicia y de la necesidad del reglamento…»
Parece que hubo alguna insinuación de que la venida a España de las Hermanas francesas pudiera haber influido en la implantación del referido reglamento. A tal insinuación sale al paso el P. Lamboley y dice:»Estas 3 Hermanas escribieron conjuntamente al Sr. Superior General, el 29 de septiembre de 1831. Desde el principio hasta el fin de su carta refiere únicamente 1º Las gracias especiales que recibieron de Dios, durante su viaje hasta Madrid. 2º El buen recibimiento que les hicieron en Tolosa y Vitoria y, sobre todo, en Madrid las Hermanas españolas y los Misioneros Directores de ella. 3º Los cuidados y atenciones que recibieron y reciben de unas y otros, pero no han dado ni una sola palabra de queja ni observación o aviso al Superior General del más mínimo defecto de las Hermanas de España o de sus Directores. Asegura que no sabe que a nadie hayan escrito sino alabanzas. (5 de mayo de 1832)
El P. Roca comunicó a las Hijas de la Caridad las nuevas disposiciones por medio de la siguiente circular:
«Madrid 30 de Junio de 1833.
Mis muy amadas Hermanas en Jesucristo, las Hijas de la Caridad en los dominios de España.
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Sería faltar a mi deber si no os comunicase la paternal providencia, que nuestro honorabilísimo Padre el M. Rvdo. Sr. D. Domingo Salhorgne, Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, ha tenido a bien tomar, porque se conserve entre nosotros el espíritu de nuestra vocación.
Hace más de un año que dicho Sr. Superior General me escribió que, habiendo sabido por medio de los Señores Feu y Codina, vuestros Directores, el gran número de fundaciones, que ya tenían las Hijas de la Caridad en España y previendo que éstas se multiplicarían más y más en lo sucesivo, había reflexionado que las Reglas de Dirección, que había dado el Sr. D. Fortunato Feu, cuando le nombró por vuestro Director, al presente no eran suficientes, atendiendo el incremento que ha tomado el Establecimiento de las Hijas de la Caridad en los Dominios de España. Por lo que había resuelto formar un reglamento fundado bajo las bases siguientes:
1º Conforme el sentimiento, la voluntad y la conducta de nuestra santo Fundador S. Vicente de Paúl, nuestra Congregación está encargada de la dirección de las Hijas de la Caridad, como consta de nuestras santas Reglas y de la Institución de las dichas Hermanas.
2º La misma Congregación nada ha de perder de su espíritu ni de la observancia de sus Reglas por ocasión de la Dirección de las Hijas de la Caridad.
3º Para conservarse, pues, en el espíritu y en la fiel observancia de nuestras Reglas, es necesario que nuestros Misioneros, los Directores de las Hijas de la Caridad en España, observen el orden, el método y la conducta que nuestro santo Fundador ha establecido y prescrito para los Misioneros Directores de las Hijas de la Caridad en Francia. De modo que, así como en Francia los Directores de las Hijas de la Caridad son elegidos por el Superior General y están inmediatamente sujetos a él, los Directores de las mismas en España serán nombrados por el Visitador de la Provincia, quien los propondrá al dicho Sr. Superior General para que los confirme y estarán bajo la dependencia del Visitador, que en calidad de primer Superior de todas las casas de España, comprendidas las de las Hijas de la Caridad, podrá visitarlas siempre que lo tenga por conveniente.
4º Que así como los Directores de las Hijas de la Caridad en Francia comen y duermen con los demás cohermanos en la Casa de la Congregación, de la misma manera los Directores de las mismas en España, habitarán en una misma casa con los Misioneros, comerán y dormirán en ella.
5º Los Directores durante el día tomarán todas las precauciones necesarias para administrar los sacramentos a todas las Hermanas que estén en peligro próximo de morir. Pero si sucediera algún caso que fuese necesario administrar de noche algún sacramento a alguna Hermana, el Director u otro que irá a administrarlo, estará siempre acompañado de un Hermano Coadjutor, así para ir como para venir o volver a casa.
6º Si el Director cayese enfermo o por algún tiempo estuviese indispuesto, el Visitador destinará otro Misionero hasta que aquél pueda otra vez emprender su ministerio.
7º El Director debe limitar sus empleos en orden a las Hermanas, a la confesión y dirección espiritual, siempre que lo necesiten.
8º Cuando se ofrezca alguna cosa difícil de resolver, por lo que mira al gobierno de las Hermanas, esta dificultad se examinará y resolverá en la Junta compuesta del Visitador, del Director, de la Superiora, Asistenta etc. etc.
9º En dichos artículos se hallan comprendidos el sentimiento, la intención, el orden, el método y la conducta que nuestro santo Fundador estableció para los Misioneros Directores de las Hijas de la Caridad. Todo lo que hasta el presente se ha observado en Francia y se observa con la gracia de Dios. Por medio de estas Reglas de providencia y prudencia, dadas por nuestro santo Padre, se evitarán las quejas y los disgustos entre sí, se conservará la paz y la santa unión entre las dos familias, y al mismo tiempo se evitarán, en cuanto sea posible las ocasiones y pretextos, que con el tiempo podrían dar entrada a la relajación de los Misioneros Directores, como también de las Hermanas de la Caridad. Porque, siendo el corazón humano tan inconstante y tan débil, fácilmente se inclina a interpretar a favor de la libertad y de sus comodidades, lo que es contra el buen orden y la santa Regla. Por lo que es necesario prevenir y fortalecer con medios proporcionados a la debilidad humana contra las libertades, que ella fácilmente se permite, si no se refrena. De modo que, multiplicándose poco a poco las transgresiones vienen a causar muchos desórdenes y daños espirituales en las conciencias más bien reguladas.
Hasta aquí son palabras formales de nuestro Honorabilísimo P. Sr. Superior General Salhorgne.
Ved ahí, mis amadas Hermanas, el paternal cuidado, que nuestro común Padre tiene de ambas familias y el ardiente deseo de que sus Hijos e Hijas se conserven en el espíritu de su vocación y en la fiel observancia de sus santas Reglas. Esta misma paternal providencia debe obligar a todas las Hermanas a recibir el nuevo Reglamento para sus Directores como una prueba nada equívoca del amor y cuidado, que de vuestra Congregación y de vuestro progreso espiritual y temporal han tenido siempre los Superiores Generales y, en su nombre, los Visitadores de la Congregación de la Misión.
Nuestros Superiores Mayores, como verdaderos hijos de nuestro santo Padre, siempre han mirado como un deber de su alto empleo la Dirección espiritual de la Compañía de las Hijas de la Caridad y, por una sucesión no interrumpida la han desempeñado siempre con toda exactitud a pesar de las revoluciones de los tiempos, como vosotras no ignoráis.
Vosotras mismas, amadas Hermanas mías, sabéis por una dichosa experiencia que, desde el origen de vuestra institución, la Congregación de la Misión ha mirado con tanto interés vuestra conservación, vuestro aumento, vuestro honor y vuestro provecho espiritual como el suyo propio. De manera que, si vuestro Instituto se ha extendido, si vuestras casas han aumentado, si vuestro buen olor de virtud y caridad por la desvalida humanidad se ha difundido más allá de los mares, se debe a la sabia dirección y paternal vigilancia que ellos siempre han tenido de vuestra Compañía, especialmente en Francia, desde nuestro santo Padre hasta el presente.
Pero no ha sido menor el cuidado y esmero con que los Superiores y Visitadores españoles, mis dignos predecesores, han mirado por vuestra conservación y aumento. ¿Cuántos desvelos, cuántos disgustos, cuántos trabajos, cuántas contradicciones han tenido que sufrir y cuántos sacrificios han tenido que hacer desde el año 1790, en que comenzó la dichosa época de vuestro establecimiento en España? Recorred con vuestras memorias los varios acontecimientos y las insuperables dificultades, que desde vuestra entrada en el suelo español, han tenido que vencer, para que vuestra Congregación no quedase ahogada en su misma cuna. ¿Cuántas veces habéis sido miradas como inútiles? ¿Cuántas veces habéis sido perseguidas y hasta desechadas de vuestros establecimientos? Pero jamás habéis sido abandonadas ni olvidadas de vuestros Visitadores y Directores, quienes siempre han salido al frente para defender vuestro honor y para conservaros en vuestra vocación. Y si al presente os veis respetadas de las gentes, deseadas de las Juntas de Beneficencia y vuestras casas multiplicadas, debéis atribuirlo a los Superiores y Visitadores difuntos, y en estos últimos tiempos al celo y vigilancia con que vuestros Directores, el Sr. D. Fortunato Feu y D. Buenaventura Codina os han dirigido. Ellos se han desvelado y aun desvivido para formaros en el espíritu de vuestra vocación y para extender vuestro Instituto. Vosotras lo sabéis por lo que no juzgo necesario haceros un detalle circunstanciado de todos los buenos oficios que habéis recibido de ellos, a los que debéis siempre ser agradecidas, siguiendo sus saludables consejos y observar las prácticas santas de vuestro Instituto, que con tanto esmero os han procurado.
Yo tengo el consuelo de merecerlos por mis compañeros en vuestra total Dirección; porque, aunque antes, por razón de mi empleo de Visitador de las dos familias de S. Vicente, podía visitar vuestras casas y ordenar en ellas lo que tuviese por conveniente, concluidas mis visitas, quedaba exonerado de vuestro cuidado, para poderme ocupar únicamente en el gobierno de los Misioneros, dejando vuestra dirección al cuidado de los dichos Señores Directores.
Pero ahora, por disposición de nuestro honorabilísimo Padre el Sr. Salhorgne, Superior General de ambas familias, quien, por un particular amor a vosotras, quiere igualaros en todo al gobierno de los Misioneros, de modo que las dos familias tendrán un mismo jefe, que las dirija como su representante.
A mí, pues, aunque sin mérito, se me ha confiado vuestro gobierno así como el de todos los Misioneros de España. ¡Ah, amadas Hermanas mías, una espantosa responsabilidad carga sobre mis débiles hombros!.
Sin embargo, en medio de mi insuficiencia y temores, tengo la satisfacción de tener por mis coadjutores en vuestra dirección a los dichos Sres. Feu y Codina, quienes con sus luces y con su alta prudencia me ayudarán grandemente para el acierto en una dirección tan difícil como interesante para vuestro bien espiritual y corporal. Por tanto podéis acudir a ellos para vuestro consuelo siempre que lo tengáis por conveniente, bien seguro que yo tendré la mayor complacencia en que os valgáis de sus luces y consejos, a cuyo fin les delego mis facultades y aprobaré, en cuanto pueda, todo lo que ellos hagan para vuestro bien.
Yo bendigo a nuestro buen Dios por la pronta y rendida obediencia con que vosotras habéis recibido la paternal providencia de nuestro común padre, el M. Rvdo. Sr. Superior General Sr. Salhorgne, pues que de todas las casas de las Hijas de la Caridad de España he recibido el homenaje del más profundo respeto, de la sumisión más perfecta y del afecto más tierno. Por lo que suplico a todas ustedes que reciban el más vivo agradecimiento de mi parte. ¡Ah, amadas Hermanas mías, si ustedes pudieran penetrar mi pobre corazón, veríais en él el grande afecto hacia vosotras, que le ocupa enteramente!. Yo puedo aseguraros con toda la ingenuidad de que soy capaz que, después que la divina Providencia me ha colocado, a pesar de mi indignidad, al frente de vuestra Congregación, mi felicidad es inseparable de la vuestra. No viviré sino para vosotras, ni tendré otros deseos que el de conocer vuestras necesidades para socorrerlas, vuestras penas para suavizar sus amarguras, vuestras dudas para aclararlas, vuestras inquietudes para calmarlas, vuestros consuelos para participar de ellos y para congratularme con vosotras. En fin, no tendré otra felicidad, como nos decía uno de nuestros Superiores mayores, que la de sacrificarme por el bien de las dos familias de S. Vicente, que el Señor me ha confiado.
De lo dicho, amadas Señoras y Hermanas mías, podéis inferir la sinceridad de mi corazón para serviros y el ardiente deseo de seros útil, que le abrasa. Todas vosotras hallaréis en mí un padre, que no omitirá cosa alguna para merecer vuestra confianza.
Por último, imploro con toda humildad e instancia el socorro de vuestras oraciones, de las que tengo grande necesidad para obtener del cielo la gracia para poder desempeñar dignamente las graves obligaciones que gravitan sobre mis flacas fuerzas.
Quiera Dios fortificar mi debilidad y no permitir que mis faltas perjudiquen la grande obra que me ha confiado.
Soy en el amor de nuestro Señor Jesucristo, Señoras y Hermanas carísimas vuestro humilde y afecto servidor.
Juan Roca, indigno Sacerdote de la Congregación de la Misión.
Esta carta se leerá en presencia de toda la Comunidad y se copiará en un libro, que debe formarse en cada casa, para trasladar en él las Cartas Circulares de los Visitadores.»
Los trastornos políticos acaecidos a la muerte del Rey dejaron sin efecto las anteriores disposiciones y la única comunidad que sobrevivió al ser suprimidos los Conventos, fue ésta de los Capellanes.
Aunque el peso de la dirección de las Hijas de la Caridad lo llevaba, desde Madrid, el P. Codina, quien con los PP. Borja y Mata tenían su morada en la casa de Capellanes del Real Noviciado, el P. Roca seguía de Director General. Como tal, desde Guisona, en donde se había refugiado, escribía a 1º de enero de 1835 a todas las Hermanas una circular que entre otras cosas, decía:
El paternal amor, que os debo y los deseos verdaderos, que en todos tiempos tengo de vuestra prosperidad y de vuestra santificación, los renuevo con el más vivo ardor en este principio de año, congratulándome con vosotras por los incomparables beneficios, que nuestro buen Dios os ha dispensado en todo el curso del próximo pasado año, y por la especial providencia, que tan graciosa y visiblemente ha hecho brillar en vuestro favor, conservándoos las vidas en medio de tantos peligros, en que os habéis hallado expuestas por ejercer con los pobres enfermos acometidos del desolador contagio; la caridad de Dios, que el Espíritu Santo ha difundido en vuestros corazones, para animaros a arrostrar con intrepidez la misma muerte, antes que faltar al ejercicio de aquella excelente virtud, que es vuestro distintivo y la contraseña más cierta de que no tenéis en vano el glorioso nombre de Hijas de la Caridad…
Hago saber a todas las Hijas de la Caridad que nuestro honorabilísimo Padre, el muy R. Superior General, como también vuestra Madre, la Honorable Sra. Superiora General, todos los días, en sus respectivas iglesias de París hacen rogativas, en plena comunidad, para obtener del Padre de las misericordias la paz para nuestro Reino y la conservación de ambas familias de S. Vicente de Paúl, nuestro Padre…».
Y el 25 de septiembre del mismo año, vuelve a escribirles desde París: «Mis veneradas Hermanas: Aunque yo estoy separado de vosotras con el cuerpo, no lo estoy con el espíritu, antes bien, os tengo bien presentes en mi mente y muy metidas en mi corazón, quien os acompaña y se hace participante de vuestras penas y trabajos, que por razón de las circunstancias en que os halláis, no dudo que vivís angustiadas y afligidas por los males espirituales y corporales con que el justo Dios castiga a ese Reino…
Mas, como está dividido en partidos que le desolan, voy a daros algunos saludables avisos para vuestro gobierno. 1º Amaos unas a otras con el estrecho vínculo de la Caridad fraterna e imitad a los peces que, en tiempo de tempestad en los mares, se recogen en el fondo todos para librarse del furor de las olas; así vosotras, en las actuales circunstancias, vivid muy recogidas y unidas en vuestras comunidades… 2º Cumplid exactamente con las obligaciones de vuestro Instituto; 3º Obedeced al Gobierno y prescindid de opiniones… No habléis de las cosas políticas ni mucho menos escribirlas ni admitir cartas, que hablen de asuntos del día… 4º Si, por alguna casualidad, algunas de vuestras comunidades se vieren obligadas a dejar el establecimiento y hasta mudar el vestido, que no tenga reparo ni se acongoje por esto… 5º En este apurado lance, las Hermanas despedidas de los establecimientos, que se vayan a otro de la misma Congregación, repartiéndose, según dicte la prudencia y parecer de los Directores; mas si esto no pudiese verificarse, que se recojan en alguna casa decente y acomodada, aunque sea menester separarse o dividir la Comunidad, y si fuese posible, quedarse en los mismos Establecimientos para continuar los caritativos cuidados a los enfermos o a niñas educandas, bien que fuese en calidad de meras sirvientas, que no reparen en verificarlo, pues así lo practicaron estas Hermanas en semejantes casos y ocasiones, lo que cooperó mucho para la conservación de los Establecimientos, según me encarga la Madre os lo diga para vuestra inteligencia y tranquilidad de conciencia; por último, en caso tan desesperado que nada de lo dicho tuviera lugar, podían pensar en venirse a este Reino (Francia), bien que esto lo miro muy expuesto y difícil por razones, que vosotras mismas os lo podéis figurar; sin embargo, este ofrecimiento os puede servir para vuestro consuelo».







