La Provincia española de las Hijas de la Caridad (XXVII)

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Author: Pedro Vargas .
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LOGO HHCDe la primera fundación de las Hijas de la Caridad en el Hospital de Bilbao, que se verificó en 1824 y duró sin formalizarse hasta 1832, sólo hallamos su cita en el antiguo Catálogo y el acta de Visita que pasó el P. Codina, en 30 de septiembre de 1828. «No hemos podido menos, dice, de alabar a Dios, al ver el esmero con que habéis desempeñado las obligaciones, que la Santa Regla os prescribe, a favor de los pobres enfermos y los justos elogios con que las gentes más juiciosas os ensalzan por vuestra heroica caridad».

En la ciudad de Tafalla, el Prior y consiliario de la Junta administrativa del Hospital, deseando proporcionar al establecimiento las ventajas espirituales y temporales, que se habían experimentado en el de Pamplona, solicitaron y obtuvieron cuatro Hermanas, para cuya recepción otorgaron la correspondiente escritura de Contrata, en 11 de enero de 1825.

En Sangüesa, Navarra, una piadosa señora, Doña Fermina de Ripalda, deseosa de contribuir con su bienes a la buena formación y enseñanza de las niñas, y de acuerdo con el Ayuntamiento de la Ciudad y con el Visitador de la Congregación, pidió y obtuvo poner al frente de las escuelas tres Hijas de la Caridad, venidas de la Inclusa de Pamplona. Otorgóse la escritura de fundación en 21 de febrero de 1825. Pero fue tan grande el concurso de niñas que pronto tuvieron que ser destinadas otras dos Hermanas de las existentes en el Hospital de aquella ciudad, con lo que se comenzó el internado, en favor de las niñas de otros pueblos que lo solicitaron.

Este Colegio ha sido de gran beneficio y utilidad, no sólo para Sangüesa y aun para toda Navarra sino también para el Instituto de las Hijas de la Caridad, pues de él, como de una cantera inagotable, han salido innumerables y santas vocaciones para Hermanas.

A principios del año 1825 los Señores del Santo Hospital de Játiva, después de haber manifestado en conversaciones particulares con varias personas y aun con varias Hijas de la Caridad de Valencia los vivos deseos de establecerlas en su Hospital, solicitaron en debida forma que se les concedieran diez Hermanas para el servicio de dicho establecimiento. Para proceder en este negocio, dice el viejo libro del personal, con la debida madurez y consideración, el Sr. D. Fortunato Feu, Visitador de la Congregación de las mismas Hijas de la Caridad, comisionó desde Barcelona y envió poderes especiales al Sr. D. José Moreda, Superior de la casa de la Misión del Eremitorio de Chera, para que, acompañado de la Señora Sor Paula Triguero, Superiora de las Hijas de la Caridad del Santo Hospital de Valencia con alguna otra Hermana de la satisfacción de ésta, pasaran a aquella ciudad para informarse de las cosas de dicho Hospital y averiguar si era conveniente concederles o enviarles las Hijas de la Caridad que deseaban. Efectivamente así lo practicaron a principios de marzo de dicho año y a 8 del mismo mes se otorgó la escritura pública de Contrata o de mutuas obligaciones por el citado D. José Morera, Sor Paula Triguero y Sor Vicenta Rocamora por una parte, y por los Señores de la Junta del Hospital por otra. Y por fin, a los 12 de mayo del citado año, pasaron a posesionarse del dicho Hospital las Hermanas siguientes: Sor Vicenta Rocamora, Superiora, Sor Ignacia Gayo, Asistenta, etc».

5.- El Ilmo. Sr. Obispo de Valladolid D. Juan Baltasar Toledano, Patrono único del Hospital de la Resurrección, pidió y obtuvo siete Hermanas, otorgando la Escritura de bases en 30 de junio de 1825. Poco después se agregó también a esta fundación la enseñanza popular. a cuyo fin se enviaron otras dos Hermanas. Finalmente, habiéndose dispuesto por Real Orden que los militares enfermos fuesen instalados en este Hospital y asistidos por las Hermanas, su número se aumentó a doce.

Una nota del P. Feu en el libro de Ordenanzas de las Hijas de la Caridad de aquella casa nos da los siguientes pormenores.

«Hallándose en la Corte de Madrid el Sr. D. Juan Baltasar Toledano, cuando todavía era Abad de Baza, en Andalucía, visitó algunas veces a las Hermanas de la Inclusa, por algún parentesco de afinidad que tenía con Sor Blasa Baselga, y con esto adquirió algún conocimiento del Instituto de las Hijas de la Caridad, manifestando que lo apreciaba muy particularmente.

Luego que por los años de 1824 fue nombrado por el Rey Obispo de Valladolid, sabiendo que como tal, había de ser único Patrono del Hospital General de dicha Ciudad, intitulado de la Resurrección, pensó en valerse de las Hijas de la Caridad para cuidar del dicho Hospital.

Trató verbalmente su pensamiento con la Señora Sor Rosa Grau, Superiora entonces de la Inclusa y con el Excmo. Sr. D. Antonio Allúe, Patriarca de las Indias, encargado del gobierno y dirección de las Hijas de la Caridad de Madrid por el Sr. D. Francisco Camprodón, Visitador en aquella época de la Congregación de la Misión; mas como poco después, esto es, a 24 de diciembre de 1824, fue nombrado Visitador el Sr. D. Fortunato Feu, con éste tuvo que entenderse el Sr. Patriarca para llevar al deseado efecto la proyectada fundación. En efecto, con expresa comisión de dicho Sr. Feu, formalizó el Sr. Patriarca con el Obispo de Valladolid la escritura de fundación a los 30 de junio de 1825, en que se firmó.

Desde luego se escogieron las siete Hermanas que debían dar principio a la fundación, las cuales salieron de Madrid a 20 de julio de dicho año y llegaron a Valladolid el día 23. Alojáronlas en el mismo Hospital pero se las hacía comer y cenar por espacio de cerca de un mes en la mesa y compañía del Sr. Administrador, ocupándose ellas en arreglar las sábanas de los enfermos. Esto duró hasta el 21 del siguiente agosto, en que tomaron posesión que les dio el mismo Sr. Obispo en persona, acompañado de su secretario D. José Carranza, Canónigo de la Santa Iglesia, el Sr. Administrador D. Antonio Muñoz, el Agonizante y Cofradía de las Sacramentales y mucha gente del pueblo; y desde dicho acto empezaron las Hermanas a cuidar de todos los enfermos.

Las Hermanas fundadoras fueron: La Sra. Sor Hermenegilda Arilla, de la Inclusa, Superiora, Sor Teresa Godás, del Noviciado; Sor Manuela Ventura, de la Inclusa; Sor Eugenia Munarriz, del Noviciado, Sor Serafina Pera, de la Inclusa, Sor Victoria Marro y Sor Lucrecia Altemir, del Noviciado. De estas siete Hermanas murió la segunda, Sor Teresa Godás, a 12 de diciembre del mismo y para reemplazarla y abrir escuela de niñas, vinieron de Madrid tres Hermanas más: Sor Petra Subiza, Sor Gerónima Irurita y Sor Francisca Iturralde, que llegando a esta Ciudad a 28 de marzo de 1826, se abrió la escuela a los 30 de mayo».

Allí, en el viejo Hospital de la Resurrección, inmortalizado por Cervantes, y situado entonces en el Campo Grande, hoy paseo de Zorrilla, vivieron las Hermana hasta el 28 de agosto de 1889, en que se trasladaron con sus enfermos al suntuoso Hospital moderno. 1as escuelas subsistieron hasta 1870.

Durante el siglo de existencia de las Hermanas en este Hospital es digno de notarse que sólo ha habido cuatro Superioras, es a saber: Sor Hermenegilda Arilla 1825; Sor Gerónima Irurita 1854; Sor Josefa Suñé, 1869 y Sor Juliana Casaseca, 1914.

Como el mejor elogio de Sor Hermenegilda Arilla, la primera Superiora, leemos en el acta de 27 de junio de 1825, que «La Excma. Sra. Presidenta de la Junta de Señoras de la Inclusa manifestó que el objeto de la convocación de esta sesión era para tratar lo más conveniente sobre la orden que el Excmo. Sr. Patriarca de las Indias había dado a la Superiora de las Hermanas de la Caridad de la Inclusa para que Sor Hermenegilda pase de Superiora a otra casa de Valladolid. Que S.E. había oficiado, en 24 del corriente, al dicho Sr. Patriarca haciéndole ver lo necesaria que era en la casa dicha Hermana y rogándole suspendiese su remoción, pero que había contestado, en 25 del mismo, que no podía acceder a ello por la escasez de Hermanas antiguas en la Congregación, aptas para desempeñar el cargo de Superiora. La Junta, enterada de todo, acordó conformarse con dicha remoción por exigirlo así el bien del Estado y que se pase un oficio al Sr. Patriarca diciéndole que la Junta espera no sirva de ejemplar esta condescendencia para que en lo sucesivo se tenga presente el artículo primero de la contrata celebrada con las Hermanas, según el cual, debe contarse con la Junta para hacer semejantes remociones».

Una antigua memoria nos da cuenta de la fundación de las Hijas de la Caridad en la Misericordia de Valencia. «Habiendo el Rey tenido noticia del estado de decadencia en que se hallaba esta Real Casa de la Misericordia, a principios del año 1825, hizo comisión al Sr.D. José Antonio Sombiella, Oidor de la Real Audiencia de esta ciudad, para que visitando esta Real casa, averiguase las causas de tanta decadencia y propusiese a S. Majestad los medios que estimase convenientes para realzarla. Todo esto lo verificó el dicho Sr. Comisionado en su exposición al Rey, su fecha 16 de mayo del mismo año, y entre otros ­medios que propuso para dicho fin, fue uno y quizá el más principal, el que el manejo de las cosas temporales y cuidado de la familia se encargase a las Hijas de la Caridad. Efectivamente aprobó el Rey este pensamiento y con su Real Orden de 25 de junio del propio año, dispuso que el citado comisionado regio se entendiese con el Sr. D. Fortunato Feu Visitador de la Congregación de la Misión y Superior de las Hijas de la Caridad, para llevar a efecto el establecimiento. Y después de haber tenido el Visitador regio varias conferencias sobre el asunto con el Visitador de nuestra Congregación y otorgado por los dos la pública escritura de mutuas obligaciones y derechos, con fecha de 10 de octubre del citado año, se verificó la solemne entrada de las Hijas de la Caridad en esta Real Casa, en día 30 de noviembre.

En este día, habiéndose celebrado en la Iglesia de esta casa por el Iltre. Sr. Director, con un elocuente sermón, una Misa solemne, asistiendo a ella los dos Sres. Visitadores, en sus correspondientes puestos distinguidos, y las doce Hijas de la Caridad, que abajo se asombrarán, concluida la función de la Iglesia el Sr. Visitador Regio y Director de la Casa condujeron a las Hijas de la Caridad, acompañadas del propio Visitador a la habitación particular que estaba destinada para las mismas y, colocadas en ella les dieron en forma jurídica y mediante el escribano de la Visita y correspondientes testigos, pública posesión de su habitación y gobierno de toda la casa y familia.

El número de Hermanas, que se estableció desde el principio fue de doce; las que tomaron posesión fueron las siguientes: Sor Paula Triguero, Superiora de la Casa del Hospital, en calidad de Vicesuperiora interina y encargada de esta casa de la Misericordia; pero dentro de pocos días le sucedió en calidad de Superiora propietaria Sor María Vicenta Rocamora, Superiora que había sido del Hospital de San Felipe de Játiva, Sor Ignacia Gayo, Sor Luisa Juan, Sor Juana Pichoán, Sor Isidora Martín, Sor Teresa Porcar, Sor M. Magdalena Llorach, Sor Rosa Castellar, Sor Rosa María Jordana, Sor M. Josefa Cía, Sor Asunción Azcona y Sor M. Isabel Leceta.»

Cuando, después de no pocos años de incesantes esfuerzos, la Misericordia marchaba en continuo mejoramiento, un nuevo Director, en pleno dominio liberal de 1840, tomó algunas disposiciones contrarias a la moralidad, y que en conciencia las Hermanas no podían consentir; el escándalo trascendió fuera de la casa por declaraciones de algunas muchachas; tuvo que ser sancionado dicho Director y, como premio a la solicitud maternal de las Hermanas, éstas fueron despedidas. Con tal ocasión la Superiora ofició al Ayuntamiento Constitucional diciendo: «Habiéndoseme comunicado por medio de D. Mariano Cabrerizo, Visitador, la resolución de la Junta Municipal de Beneficencia, de que con mis Hermanas deje este Establecimiento, digo que estoy conforme en dar cumplimiento a esta disposición; pero al mismo tiempo, debo decir que, habiendo entrado en esta casa en virtud de una Real Orden y de una Contrata escriturada es muy conforme que la orden de dejarla me la comunique V.S. o dicha Junta Municipal por escrito y oficialmente para mi resguardo.

Mas, la casa nos está debiendo el salario de casi un año, en cuyo tiempo, hemos trabajado para ella, manteniéndonos de lo que hemos pedido prestado y, en este supuesto, pido se me pague todo lo que se me debe, a fin de poder satisfacer a mis acreedores. = Valencia, 16 de marzo de 1840».

Por escritura de 23 de septiembre de 1826, el M. Iltre. Ayuntamiento de Vitoria encomendó el cuidado del Hospital de Santiago a las Hijas de la Caridad; en cuya virtud, a mediados del mes de diciembre, pasaron a él ocho Hermanas, siendo nombrada Superiora Sor Carmen Velasco. «Es uno de los mejores establecimientos del reino, decía el Sr. Sanz en 1844, por la hermosura y situación de su local, por el aseo y esmerada policía de su enfermería, por la buena y abundante asistencia que se da a los enfermos, por su rica botica dirigida por una Hija de la Caridad, por su bien provista y lujosa ropería, por sus hermosas oficinas y por el celo desinteresado de la Junta directiva del mismo. Las estancias en el día son sesenta. El número de Hermanas diez».

A mediados de enero de 1826, juntáronse en Badajoz varios eclesiásticos y seglares piadosos, bajo la presidencia del Sr. Arzobispo Obispo D. Mateo Delgado y Moreno, para tratar sobre la más amplia organización del Establecimiento de caridad para la asistencia y curación de los pobres enfermos, que hasta aquella fecha venían exclusivamente sostenidos por el Prelado; y habiéndose logrado muchas suscripciones mensuales, se creyó conveniente al naciente establecimiento carácter de solidez, disponiendo la Junta que, por entonces, se estableciesen diez camas en el Hospital titulado de San Sebastián.

Es de advertir que, desde 1803, estaban en aquella ciudad los Hijos de San Vicente de Paúl, circunstancia que facilitaría notablemente la venida de las Hijas de la Caridad, vistas hasta entonces sólo por Madrid y el norte de España. Era en aquel tiempo Superior de la Casa de Ordenandos el P. Juan Roca, muy conocido en Badajoz por su celo en la formación de la juventud del Seminario y no menos por haber sido la providencia y padre de los pobres durante los aciagos días de la guerra de la Independencia, que dejó largo rastro de lutos y miserias.

La primera vez que se habló en la Junta, de las Hijas de la Caridad, fue en la sesión de 5 de agosto de 1827. Algunos de los Señores vocales hicieron presente la gran utilidad que se seguiría de que las Hijas de la Caridad, «que están actualmente fundando en muchas poblaciones de España se estableciesen en esta capital, sabiendo, como se sabe por notoriedad, es muy del agrado del Rey, nuestro Señor, su propagación y que, supuesto el particular esmero de aquellas en la asistencia de los enfermos, si se les encargase los que sostiene la Junta, se lograría llenar el Instituto de ésta, siendo de esperar que por tal medida se fomentase considerablemente». Así se acordó por unanimidad de votos, dando comisión para ello a D. Blas Antonio García, Canónigo de la Catedral, a Manuel Venegas, cura de San Andrés y a D. Ramón Sutil, Oficial Mayor y contador principal interino de propios de la Provincia.

Su primera diligencia fue separar las rentas del Hospital de las del Hospicio. Así se consiguió por Real orden de 26 de septiembre de 1827, que autoriza además la fundación de las Hermanas, diciendo: «Y penetrado S.M. de las justas razones que alega esta Junta, se ha dignado acceder a ello, conformándose con lo que se propone acerca de la Contrata, que en debida forma hará la misma con el Superior General de la Congregación de la Misión».

El Visitador D. Fortunato Feu dió poder legalizado, con fecha 5 de octubre de 1827, al Superior de Badajoz, P. Roca, para que tomase posesión de la entrega del Hospital y de sus pertenencias y otorgase la escritura de pactos y mutuas obligaciones entre las Hermanas y dicho Hospital.

Así se verificó: «En la Ciudad de Badajoz, a 28 de noviembre de 1827, reunidos en el Palacio Episcopal, según costumbre, para celebrar Junta particular de caridad los Sres. individuos de la misma, para la que fueron citados, bajo la presidencia del Excmo. Sr. Capitán General de este ejército y provincia, se hizo presente la escritura que, en 5 del corriente, han otorgado los Comisionados nombrados por acta de 25 de octubre último con el Sr. D. Juan Roca, Pbro. de la Misión y Superior de la casa de Ordenandos de esta Ciudad en nombre del Sr. D. Fortunato Feu, Visitador General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad y enterada la Junta de todo su contenido, por unanimidad de votos se aprobó».

En dicha escritura, después de asegurar la independencia del régimen interno de la Comunidad y el buen orden de los servicios de las seis Hermanas contratadas y sus asignaciones, se añade: «Y como podrá suceder que se establezca algún otro ramo del Instituto de las Hijas de la Caridad, como la enseñanza gratuita a las niñas pobres, serán en adelante admitidas las que vinieren para dicha enseñanza de la misma manera que estas seis.»

En los primeros días del mes de enero de 1828 salieron de Madrid las seis Hermanas para Badajoz, siendo la primera Superiora Sor Tecla Pamías, que falleció al año siguiente.

El mismo año de su llegada se abrió la escuela de niñas pobres. La Junta de caridad resolvió «se dé principio a la enseñanza el lunes primero de diciembre próximo venidero; que se admita a todas las que lo soliciten, sin estipendio ni remuneración alguna, no precediendo otra formalidad a su admisión que la formación del competente asiento en el libro de matrícula, que deberá llevar la Superiora de las Hermanas de la Caridad, a cuyo cargo ha de correr el establecimiento y que en caso de presentarse pretendientas en número mayor del que puedan colocarse, se sorteen para la admisión, con la advertencia de que los niñas no han de bajar de cuatro años ni exceder de doce, y que han de llevar o enviar sillas donde sentarse, anunciándose todo al pueblo por edictos.»

Gloria fue de la Junta de Caridad y de las Hermanas de San Vicente el haber inaugurado en Badajoz la primera escuela gratuita de niñas. El vecindario acudió solícito en busca de educación y enseñanza, de tal modo que, pocos meses después, en abril de 1829 en vista de que «el único local destinado a aquel fin no es capaz ni aún para la regular comodidad de las niñas que hoy existen en él, se determinó que se dé orden a la Superiora de las Hijas de la Caridad para que no admitan más niñas hasta nueva disposición de esta Junta, declarando al mismo tiempo que se considere vacante en la escuela la plaza o silla de aquella que sin legítima causa, como falta de salud, ausencia temporal u otra de igual naturaleza, deje de asistir por el término de 15 días».

En 1838 fue extinguida la Junta de caridad, cuyos servicios pasaron a la Junta Municipal de beneficencia. La guerra civil y más todavía la desastrosa administración liberal condujo al Hospital a tan extrema pobreza que sólo debió entonces el no morir, al sacrificio heroico de las Hermanas. Oigamos la exposición elevada a dicha Junta por la Superiora:

«La Superiora de las Hijas de la Caridad expone: que por efectos de la decadencia de las rentas del mismo Hospital y señaladamente por la falta de pago de los 33 mil y más reales anuales que cobra de la Caja de Amortización, llegó a verse el establecimiento en la escasez que ha sido notoria, tan grande que faltó todo recurso para sostener a los enfermos y por consiguiente se dejó de abonar su mensual señalamiento a esta Comunidad. Faltando a la exponente y sus súbditas la asignación, que se estipuló por contrata, y sin tener con que sos­tener los enfermos parecía forzoso cerrar el Hospital, pero antes de llegar a tal extremo, determinó hacer hasta el último esfuerzo para evitarlo, tomando al efecto los medios que únicamente estaban a su alcance, ya esforzándose a trabajar de manos, ya buscando al fiado los artículos de consumo, con la esperanza de que pronto mejoraría la suerte del Establecimiento, y más, en los cuatro meses de que se trata, por curarse ya en él los militares, cuyas estancias paga la Excma. Diputación, teniendo, por lo tanto una certeza de que, cuando la misma las abonase serían reintegrados dichos suplementos.

Con los medios referidos y con las limosnas, que han hecho a esta Comunidad para su mantenimiento algunas personas. que le son afectas viendo tanta pobreza, logró la que representa no sin grandes apuros, mantener los enfermos y Hermanas, no sólo durante los cuatro meses expresados, sino mucho tiempo anterior, en que se había experimentado la escasez, aunque, en fuerza de ella se hallan aquellas exhaustas de ropas y el Hospital con notables faltas, particularmente en el surtido de la botica, ropería y despensa, adeudándose a esta Comunidad por consecuencia de todo ello 14.194 reales y 14 maravedís, además de los otros 13.513 reales y 25 maravedís, que voluntariamente había dejado de percibir». Sor Valentina Culla, que era la exponente del manifiesto, había sido nombrada Superiora de la Casa en 1832, según un curioso documento que nos revela los procedimientos legales de la época: «El infrascrito Director General de las Hijas de la Caridad en los Dominios de España suplica a Vd. se sirva conceder pasaporte para la Ciudad de Badajoz a las siguientes sus súbditas que pasan a aquel Hospital a ejercer las funciones caritativas de su Instituto. Son Sor Valentina Culla, de edad de 39 años y Sor Polonia Lozano de 16 = Madrid, 23 de marzo de 1832. Fortunato Feu».

Aunque entidades distintas y separadamente administradas, el Hospital y el Hospicio eran dos edificios adosados y de fácil comunicación y la influencia de las Hermanas no podía dejar de reflejarse en los niños y en los ancianos. Por eso, en 1838, dos de ellas comenzaron el cuidado de la Cuna. En 1854 fue nombrada Superiora Sor Asunción Azcona. Por entonces las estancias de los enfermos eran 18, 10 las Hermanas y 100 las niñas de sus escuelas.

La ley de beneficencia de 20 de junio de 1849 ordenó que los establecimientos benéficos, que hasta entonces eran municipales, pasasen a ser provinciales y dependientes de las Diputaciones. La nueva Junta Provincial trató entonces de mejorar la suerte del Hospital y en particular la de las Hermanas y en su informe proyectó:

«Una nueva contrata, que a la vez que mejore, si posible es mejorar el servicio del establecimiento, alivie en alguna manera el ímprobo trabajo que hoy pesa sobre las Hijas de la Caridad y les asegure una modesta subsistencia, a que tantos derechos tienen contraídos por sus virtudes y por su ejemplar paciencia y solicitud; la Comisión reunió todos los datos indispensables para ilustrar debidamente y fijar su opinión. Le pareció asimismo tener una conferencia con la Superiora de las Hijas de la Caridad. Esta Sra., con quien la Comisión tuvo una sesión minuciosa y prolongada es digna de un ligero recuerdo. Bondadosa y amable, a la par que instruida en el objeto y deberes de su ministerio tuvo la complacencia de instruirnos de cuantos pormenores deseábamos enterarnos. De esta entrevista, señores, quedamos convencidos de la indispensable urgencia de que las Hijas de la Caridad se aumenten en una más, que la Superiora necesita para aliviar los penosos trabajos de las que están dedicadas al servicio del Hospital, cocina, botica y otras ocupaciones de preferente atención». En la nueva Contrata, que firmó en el verano de 1849, se reconocieron algunas mejoras en la asignación de las Hermanas, pero las vicisitudes políticas no permitían resultados permanentes y prácticos.

Por fin, a 4 de agosto de 1852, se adicionó la Contrata, al confiar la Junta de Beneficencia a las Hermanas del Hospital el cuidado del Hospicio, que pasaron así a formar un sólo Centro benéfico, adjuntos como estaban ambos edificios.

«Elevados, dice, a la clase de provinciales los dos Establecimientos de Beneficencia y quedando ambos a cargo de las Hijas de la Caridad, cuyas obligaciones y número es, por consiguiente, indispensable se aumenten, se ha creído necesario hacer la siguiente adición.

La Comunidad de Hermanas que ha constado hasta ahora de diez individuos, constará en adelante, de dieciséis».

Según esta estadística de aquella fecha, el número de asilados en el Hospicio era de 50 adultos, hombres y mujeres y de 133 entre niños y niñas, expósitos y acogidos. La parte destinada al Hospital se amplió de modo que de 54 que eran, podía ya recibir cómodamente 300 enfermos y, en caso de epidemia o necesidad, doble número. Desgraciadamente todo era poco para la terrible invasión colérica que, en 1854, se llevó la tercera parte de la población.

Más de 35 años hacía que las escuelas públicas y gratuitas, establecidas en uno de los locales del establecimiento, venían funcionando con notable aprovechamiento de las niñas y solicitud de sus buenas maestras las Hermanas cuando la Diputación comenzó las gestiones a fin de establecer allí mismo la Normal de Maestras, bajo la dirección de una Hija de la Caridad. Con tal fin «la Comisión Superior de Instrucción primaria de esta Provincia ansiosa de regularizar la de las aspirantes a maestras, ha concebido el pensamiento de instruirlas bajo un método uniforme y bajo la dirección de una profesora de acrisolada moralidad. Al llevar a cabo el proyecto las miradas de todos se han fijado en las esclarecidas Hijas de San Vicente. Sólo se desea que, en uno de los salones de la Escuela que regentan las Hermanas y bajo la Dirección de una de las Señoras, permanezcan las que aspiren a maestras en el ejer­cicio de las labores de su sexo, durante las horas que el establecimiento está abierto según reglamento. Vendrán dos profesoras, que pasen de 40 años, de probada conducta, dando la preferencia en igualdad de circunstancias a las casadas para enseñar a las jóvenes los demás ramos que abraza la instrucción, pero permanecerán en el local sólo el tiempo preciso para dar lección. Mucho también aventajará la escuela de las Hijas de la Caridad, porque las jóvenes, que se preparan al Magisterio, tendrán ejercicios prácticos en la dirección y enseñanza; serán pues continuos auxiliares de las Hermanas.» El P. Armengol aprobó el proyecto y la Escuela Normal se estableció allí por el tiempo inestable que duró aquella situación política.

 

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