Con la muerte de Sor María Blanc, Superiora de la Inclusa, ocurrida en 1821, las Hijas de la Caridad habían tenido una sensible pérdida. Era una de las columnas más firmes de la Congregación. Para sustituirla había sido llamada de Valencia Sor Rosa Grau, que llegó a Madrid en junio de 1822, a condición, decía el P. Camprodón de que, «si el nombramiento no agradase a la Junta de Damas, se lo dijera para hacer otra elección. Se acordó responderle la conformidad de este cuerpo, por el conocimiento que tiene la mencionada Sor Rosa Grau, en tantos años que ha residido en la Inclusa de Madrid».
En aquel mismo año 1822 la Junta de Beneficencia de la Corte solicitó de la Superiora del Real Noviciado el envío de algunas Hijas de la Caridad al Hospital de Pasión, hoy General, a fin de encargarlas el cuidado de las mujeres enfermas. Otorgóse la primera escritura de Contrata a 25 de agosto.
Siendo esta nueva fundación de mucha importancia y necesitándose una Hermana antigua y calificada, que estuviese al frente de la Comunidad, el Sr. Visitador escribió a la Junta de Damas de la Inclusa en 12 de agosto, «suplicando se dignase dar su permiso para que la expresada Hermana Sor Rosa pasase a dicho Hospital. La Junta resolvió contestar que. habiendo pedido el nombramiento de Sor Rosa para la Inclusa y hallándose muy contenta con ella, no puede conceder su permiso y de ningún modo permitirá que salga».
Para vencer esta resistencia de las Señoras se movieron todos los resortes. La Junta de Beneficencia oficiaba el 12 de septiembre a las Señoras manifestándoles que «ínterin llega la Superiora de las Hermanas de la Caridad, que está designada al nuevo establecimiento, que se va a plantear en el Hospital de Mujeres de esta Corte, pase a ordenar dicho arreglo la Superiora que desempeña igual destino en la Inclusa, por tres o cuatro meses, en concepto de que su encargo en propiedad no se ha de proveer en ninguna otra Hermana de la Casa ni fuera de ella». La Junta enterada del contenido acordó se conteste a la Municipal de Beneficencia que no puede la de Señoras, «sin gravísimo detrimento de los niños y niñas del Colegio, desprenderse de dicha Superiora ni conformarse por su parte en que sea trasladada a otro establecimiento distinto que el de la Inclusa de esta Corte, a quien deben dichas Hermanas todos sus progresos; habiéndose hecho entender esto mismo a la Congregación de los Padres de la Misión, para que cuanto antes provea al nuevo establecimiento del Hospital de Mujeres de la Superiora que ha de dirigir esta Comunidad».
Entonces intervino el Sr. Patriarca de las Indias, ordenando a Sor Rosa «que, el 6 de octubre, se hallase en el Noviciado de las Hijas de la Caridad, a las ocho de la mañana, para desde allí trasladarse con las demás Hermanas al Hospital de la Pasión, en clase de Superiora, mientras se necesite de su persona».
La Junta de Señoras se vio precisada a ceder y Sor Rosa pasó a ordenar las cosas del Hospital, durante unos meses, pero volvió a la Inclusa en 26 de febrero de 1823.
Otras dificultades ofreció por aquellos años la situación política. La reacción de 1824, después del fatídico trienio anterior, deshizo todo lo actuado por las Juntas liberales, sin exceptuar a los mismos Centros de Beneficencia. En su virtud fue preciso redactar nueva Contrata para las Hermanas del Hospital.
«En la Villa de Madrid, dicen las nuevas bases, a 29 de febrero de 1824, ante mí el escribano por S.M., notario etc., el Iltmo. Sr. D. Antonio Allúe, Patriarca de las Indias y el Rvdo. Sr.D. Juan Bautista Figuerola, Pbro. de la Congregación de la Misión, en virtud del poder especial que les ha confiado el Rvdo. D. Francisco Camprodón, Visitador General de dicha Congregación en España y, como tal, Superior de las Hijas de la Caridad, fundación de San Vicente de Paúl, su fecha en la Ciudad de Barcelona a 4 de enero de este año, de una parte; y de otra, el Sr. D. Tomás de Arias Eraso dijeron: que, habiéndose declarado nulos y de ningún valor todos los actos del llamado Gobierno Constitucional de cualquier clase y condición que sean, por Real Orden de Su Majestad, dada en Puerto de Santa María a 1 de octubre de 1823 y, siendo uno de los comprendidos en dicha real orden la Contrata celebrada, en 25 de agosto de 1822, entre la Junta llamada de Beneficencia y el Director y Superiora del Noviciado de las Hijas de la Caridad existente en esta Corte, con facultad del Excmo. e Ilmo. Sr. Patriarca de las Indias, como delegado del Rvdmo. Sr. Visitador de la Congregación de la Misión, por la que fueron admitidas para la asistencia de los pobres enfermos del Hospital de la Pasión, convienen los otorgantes en declarar y declaran desde luego insubsistente, nula y de ningún valor ni efecto la referida contrata con arreglo al referido Real Decreto, deseando establecerla sobre bases más seguras, que afiancen en lo sucesivo y expresen con toda claridad las obligaciones de la Real Junta para con las Hijas de la Caridad y las de éstas respecto al servicio de las pobres enfermas y demás cargos».
«1ª Las Hijas de la Caridad destinadas etc. procurarán guardar exactamente las Reglas Comunes y particulares de su Instituto, dadas a las mismas por su Fundador San Vicente de Paúl según está mandado por Bula de Su Santidad Pío VII y diferentes Reales Ordenes, sin que nadie pueda obligarlas a variar o modificar su más exacta observancia, fuera de los casos que expresan las mismas Reglas».
«2ª Dependerán exclusivamente, en cuanto al régimen espiritual e interno de la Comunidad, del Visitador de la misma en España y de la persona o personas, que tuvieren a bien deputar dichos Superiores, y será privativo de los mismos y sus delegados, visitarlas, nombrarlas confesores, Superiora de la Comunidad, como también, todas las Hermanas que deban componerla, según el número que se establecerá más abajo, pudiendo libremente remover y trasladar a otra parte, así a la Superiora como a las demás Hermanas, siempre que lo juzguen conveniente dichos Superiores para el buen orden de la Congregación en general o de la Comunidad en particular.
«3a Podrán, asimismo, los expresados Superiores o sus delegados enviar diariamente o cuando les parezca al Hospital de Pasión algunas de las Hijas de la Congregación, que existan en la casa del Noviciado, aquellas que crean conveniente, con sólo el objeto de que puedan instruirse y ejercitarse en el manejo práctico, cuidado y asistencia de los enfermos, sin que causen por ningún título el menor gravamen o dispendio a la hospitalidad con este motivo.
«4a El número de Hijas de la Caridad, que habrá fijamente en el Real Hospital de la Pasión, será el de cuarenta y a más la Superiora, sin perjuicio de aumentarse o disminuirse este número, siempre y cuando lo exijan las circunstancias etc.
«13a Tendrán a su cargo las Hijas de la Caridad y desempeñarán con el celo propio de su Instituto todas las salas de enfermos a excepción de las de venéreo y parturientas, en las que sólo cuidarán de que las enfermeras asistan etc.
Bien se echa de ver en las anteriores bases el empeño de los Superiores en asegurar la observancia de las Reglas del Instituto y el deseo de que este Hospital sirviera de escuela práctica de Hermanas enfermeras. Se requería una formación rápida en las novicias y ninguna escuela mejor que las salas mismas de los enfermos.
La ciudad de Pamplona se enriqueció en 1822 con una tercera Comunidad de Hermanas: la de la Misericordia de que tomaron posesión en 25 de noviembre. Fue nombrada Superiora Sor Francisca Moriones, Hermana de la Inclusa de la misma Ciudad. En 1842 la había sustituido ya Sor Josefa Urbelz. En 1855 el P. Codina ensalzaba el comportamiento de aquellas Hermanas diciendo: «No puedo dispensarme de decir alguna palabra sobre los bienes incalculables que acarrean a los pobres de esta Monarquía. Pregunten, si les parece bien, a la Misericordia de Pamplona cómo se sostienen los muchos pobres, que en ella se encierran, y veréis que por el acertado gobierno de las Hijas de la Caridad, por su justa economía y por el amor al trabajo, que han sabido inspirar a los pobrecitos. Ellos son los que cultivan con gusto las tierras de la casa y el mayor castigo con que amenazan a los que cometen alguna falta es que no se les permitirá por algunos días ir al campo».
EL estado del Real Noviciado era satisfactorio. El año 1822, fecha de la fundación del Hospital General de Madrid, marca el exuberante número de 50 novicias; 52 son recibidas en 1824 y otras 50 en 1825. Todo era poco para cubrir las numerosas bajas por defunción y atender a nuevas fundaciones.
Para sustituir a Sor Rosa, que volvió a su destino de la Inclusa, fue destinada al Hospital General Sor Vicenta Molner, cuyo buen espíritu y heroica caridad nos es bien conocido desde sus primeros años de novicia en Reus. Fue la primera Superiora de tan importante fundación hasta el año 1836, en que las enconadas iras liberales la obligaron a salir de la casa.
El encono liberal de aquella época se manifestó más crudamente en el Hospital de Valencia. En enero de 1822 se habían hecho nuevas bases para las Hermanas, aumentando a 50 el número de éstas, pero, en septiembre del mismo año, «el ilustre Ayuntamiento Constitucional comunica a la Junta de Beneficencia de Valencia las nuevas bases aprobadas para la estancia de las Hermanas». La 10a de estas bases refleja bien el espíritu persecutorio de aquellos constitucionales a quienes importaba menos el bien de los pobres que el reparto de colocaciones entre los adictos. «Últimamente, dice, respecto a que por este arreglo queda reducido el número de Hermanas de la Caridad, las restantes que hay, podrán, desde luego, disponer su marcha donde mejor les convenga, debiendo verificarlo indispensablemente la titulada Superiora Sor Paula Triguero. Hallábase ésta hacía unos días, fuera de la ciudad reparando sus fuerzas extenuadas por el trabajo y aún más por los disgustos y sobresaltos, que les daba la desgraciada política. Sor Tecla Pamías, que hacía sus veces, contestó al Ayuntamiento, suplicando humildemente le dijera, qué faltas habían ellas cometido para tal resolución. Y dos días después la misma, le representaba la imposibilidad de aceptar las nuevas bases, manifestando sus razones y les indicaba los puntos en que podrían avenirse. Una santa indignación se le escapa por la pluma, cuando le dice: «A más de que, ¿no hay más que atropellar y deshacer una Comunidad como ésta, que más de cinco años ha, que se está sacrificando por el socorro y alivio de las necesidades más ejecutivas de toda clase de infelices de esta ciudad y reino? ¿Una Comunidad, que a pesar de la contradicción que, en todo tiempo ha sufrido, ha sido finalmente siempre sostenida y protegida por todas las autoridades, que se han penetrado últimamente de la inocencia, justicia y razón que la asistía; una Comunidad, en fin, que ha sabido desprenderse de sus mejores miembros, en busca de la misma muerte, entre los estragos de una peste devoradora y cuyos actos heroicos no menos celebró que admiró el público, circulando así por dentro como por fuera del Reino, en sus más acreditados periódicos?». El Ayuntamiento Constitucional respondió que se estuviese a lo acordado.
Con fecha 5 de octubre la misma Sor Tecla comunicaba la salida de las Hermanas cesantes en el Hospital; y que «tuvo que valerse de otras personas para poderles dar lo preciso para el viaje a Madrid».
Pide, pues, algún auxilio a la Junta del Hospital. «Tome en consideración la necesidad en que me hallo, como igualmente la que padece toda la Comunidad, que, agotados todos los recursos, y no sabiendo cómo hacerlo, a poco más nos veremos imposibilitadas de comparecer en público por falta de ropa y calzado, de que ya algunas Hermanas van bastante indecentes».
Arreció la persecución de manera que, por oficio de 15 de mayo de 1823, piden las Hermanas, despedidas ya todas del Hospital, que se las dé tiempo para hacer los inventarios de entrega y que las Hermanas que quedaban enfermas no fueran desatendidas. La Junta responde al día siguiente: «que ha venido a bien concederles 24 horas de término para su salida, durante las cuales, se les suministrará únicamente la comida, lo que harán saber a la Superiora, exigiendo de la misma la entrega de todas las llaves».
En aquel mismo día 16 de mayo, Sor Tecla dirige una instancia, protestando del atropello, que se cometía con las Hermanas «sacándolas inmediatamente y con el mayor tropel del servicio de cuanto quedaba inventariado». Pedía con humildad y como favor que se las dejase, aunque fuera sólo para el cuidado de las enfermerías de mujeres, cuna y dementes o se les proporcionara otro ramo de beneficencia.
Las Hermanas tuvieron que salir, pero ya el ejército libertador Realista precedido por los 100.000 hijos de San Luis, se iba apoderando de la Península y, abolido el régimen constitucional, volvieron a su puesto las Hijas de la Caridad, por el mes de julio. Sor Paula Triguero presentaba, el 20 de septiembre, la siguiente relación de los gastos y trastornos acaecidos: «Por gasto de carruaje y hostelajes, que hicieron las 6 Hermanas que tuvieron que partir a Madrid, cuando las echaron del Hospital los del Gobierno Constitucional, mil cuarenta reales. Por ración diaria que correspondía a 33 Hermanas, que fueron dispersadas por la misma causa y sufrieron gastos considerables en el tiempo de su injusta y arbitraria separación, que duró 48 días, a razón de tres reales diarios: 4.752 reales».
Aunque por caminos bien diferentes, serias contradicciones, que sobrevinieron a la fundación del Hospital de Tarragona, causaron la salida de las Hermanas. Ya se dijo cómo, desde la entrada de las Hijas de la Caridad en el Hospital de Reus, no habían sido bien miradas de las altas autoridades eclesiásticas de Tarragona, a causa de su dependencia de los Padres de la Misión. A pesar de que en 1816 se contrataron por la dirección del Hospital tarraconense bases bien definidas sobre la independencia en el régimen interior de la Comunidad, pronto, así Sor Catalina López, como otras que le sucedieron, hubieron de ser sustituidas por no ser del agrado de la Junta. Claramente se vio que sólo eran aceptas las que pudieron amoldarse a la separación y excluidas de las demás. El Sr. Coll, entonces Superior de Reus y encargado de las Casas de Hermanas de la región, sostuvo el orden debido hasta que, al fin y después de diez años de contradicción, sobrevino el choque inevitable.
En 11 de febrero de 1826 la Junta administrativa dirigió al Sr. Visitador P. Feu el oficio siguiente: «Muy señor nuestro = Hace ya algún tiempo que observa esta administración una cierta rivalidad entre las Hermanas del Hospital, que, aunque a primera vista, parezca ser cosa perteneciente al sólo gobierno espiritual de ellas, no deja de tener mucha trascendencia al temporal y de estar en contradicción con el mejor régimen del mismo. Esto podría haber dictado la prudencia que se disimulase por algún tiempo, pero continuando y tal vez cada día más este espíritu de división, no puede ya esta Corporación mirarlo con indiferencia y se ve en la precisión de ponerlo en conocimiento de V. indicándole al propio tiempo los medios, que consideran oportunos y que son los únicos para cortar de raíz el germen del mal, que últimamente podía tener desagradables resultados. El primero es que se sirva V. providenciar que las Hermanas de este Hospital no estén de aquí en adelante bajo la dirección del Sr. Coll, que seguramente será de los sacerdotes más útiles a la Congregación, pero que no reunirá todas las circunstancias de que debe estar revestido el que ha de cuidar de una Comunidad de mujeres propensas siempre a algunas veleidades de su sexo. El segundo que disponga V. se trasladen a otra casa las Hermanas María Teresa Perera y la Hermana María Carmen Sallent, aquella por ser el forres de la desunión y ésta por haberse dejado seducir de sus insinuaciones. Si estas providencias no le pareciesen a V. oportunas, la Administración, aunque con disgusto, se verá precisada a tomar otra resolución más seria y menos airosa para la Congregación = Con este motivo tan desagradable para la Administración, que siente incomodar a V. con un escrito nada satisfactorio y enteramente ajeno del carácter de sus individuos, se ofrece a la disposición de V. con mayor afecto y queda rogando a Dios le guarde muchos años. B.L.M. de V. SS.= Nicolás Griver, Canónigo Administrador. Pedro Juan Canals, Regidor, Administrador = Magín Escolá, Canónigo Administrador = Sr. D. Fortunato Feu, Visitador de la Congregación de la Misión».
Por la firme contestación del Sr. Visitador, se colige lo harto que estaba con los sucesos de Tarragona. «Valencia, 18 de febrero de 1826. = Señores etc. Muy Señores míos y de todo mi respeto y veneración. Recibí, el lunes próximo pasado, un escrito con fecha del 11 de los corrientes, firmado con los nombres y apellidos de VV. SS. y desde luego debo confesar que me sorprendió su contenido, como tan ajeno del carácter y de las personas de VV. SS., que tengo el honor de conocer, en términos que llegué a dudar si las firmas serían suplantadas; sin embargo, no pudiendo decidirme sobre esta duda por serme desconocido el carácter de letra de VV. SS. creí deber suponer que el tal escrito es verdaderamente de los que vienen firmados en él, y contestarlo como tal. Por descontado debo decir a W. SS. que estoy altamente penetrado del espíritu que ha dictado el tal escrito, de su principio y del fin a que se dirige, seguramente muy distintos de los que en él se expresan y enteramente contrario a las sanas intenciones de que supongo animados a W. SS., a quienes en este caso, contemplo incautamente seducidos y reducidos a echar su firma, si es legítima, por una sobrada benigna condescendencia. Bajo este supuesto me atrevo a asegurar que los dos medios, que se sirven VV. SS. proponerme para el restablecimiento de la paz y unión entre esas Hermanas, están tan lejos de tener la eficacia que VV. SS. se figuran y mucho más de ser los únicos para tan importante objeto, que más bien me parecen de todo impertinentes por no decir contrarios al mismo.
Por esto no deben W. SS. extrañarse y mucho menos ofenderse de que yo no adopte tales medios, antes espero de su acreditada prudencia y equidad, que persuadidos de que, según el cierto 1 común proverbio, más sabe el loco en su propia casa que el cuerdo en la ajena, me dejarán en plena libertad, que me compete por mi empleo, de valerme de aquellos medios que me parezcan conducentes para el logro de su bien, que yo deseo y debo procurar más que VV. SS. mismos. Si lo hacen así, como deben, espero que en breve se verá restablecida la paz y unión entre esas Hermanas y desempeñados con toda exactitud sus caritativos ministerios; mas si, contra toda mi esperanza, insisten VV. SS. en querer meter la hoz en mies ajena y en valerse de amenazas para intimidarme y obligarme a hacer lo que no debo y que sería la ruina del Instituto, no tendré reparo en mandar a esas Hermanas que se retiren de ese Hospital, dejando a VV. SS. en plena libertad de buscar los sirvientes que les acomoden, que es lo que para tales casos se estipuló en la Escritura de contrata entre mis antecesores y esa Administración, y quedaremos tan amigos como antes.
«Me es muy sensible tener que andar en semejantes contestaciones con personas que amo y respeto, pero me consuelo con el Apóstol diciendo: Factus sum insipiens; vos me coegistis. Y en fin, siempre podrán W. SS. contar con la más fina voluntad de su más afecto, seguro servidor y Capellán, Q.B.L.M. de W. SS. = Fortunato Feu, Visitador de la Congregación de la Misión y de las Hermanas de la Caridad».
Por el siguiente oficio del Sr. Coll conocemos las disposiciones tomadas por el Sr. Visitador: «Muy Ilustres Señores Administradores del Pío Hospital. Sin embargo de que con arreglo a las facultades de que me hallo revestido como Vicevisitador de la Congregación y, por otra parte sin faltar a la Contrata celebrada entre esa Ilustre Administración y la Congregación relativamente al servicio de ese pío hospital por Hermanas de la Caridad, podía haber variado la Presidenta de dichas Hermanas, con todo, deseando dar a esa Ilustre Corporación una prueba nada equívoca de mi recto modo de comportarme, he tenido a bien formar un expediente por el que resulta los graves motivos, que me han impelido a adoptar una tal determinación; a fin de que VV. SS. se convenzan de ello tengo el honor de acompañarles el mismo expediente, esperando que, orientada la Administración de su resultancia, se servirá devolvérmelo en la más posible brevedad para los usos que me interesan.
El objeto que me he propuesto, exonerando de presidenta a Sor Mariana Guardia y subrogando en su lugar a Sor Teresa Bosch, ha sido la mayor gloria de Dios, el bien espiritual de las Hermanas de la Caridad, cuya dirección me es confiada y al propio tiempo mirar la utilidad del Santo Hospital; y no dudo que, tomando W. SS. en consideración estas máximas, al paso que aprobarán mi modo de comportarme, se convencerán de que me hallo poseído, de la idea más viva de correr con la mayor armonía con esa santa Administración, quedando sofocados todos los resentimientos que hayan podido promediar.
Con este motivo ofrezco a la disposición de la Ilustre Administración mis más atentos respetos, suplicando a Dios guarde la vida de VV. SS. muchos años.
Tarragona 2 de marzo de 1826. José Coll, Vicevisitador de las Hermanas de la Caridad. Ilustres Señores Administradores del Pio Hospital de esta Ciudad de Tarragona».
Lejos de avenirse a las ponderadas disposiciones expuestas, la Administración metiendo su hoz en mies ajena, como decía el Sr. Visitador, promovió otro expediente sobre la conducta de la citada Sor Mariana, oyendo los descargos de ella, que resultaron favorables.
Al fin, «habiendo estimado esta Administración por útil, variar el servicio de las Hermanas de la Caridad, dio noticia de ello al Sr. Coll, señalándole un mes y medio de tiempo para incorporarse y mandar por las mismas, dándolas el destino que mirase oportuno» En 28 de abril de aquel año «habiendo comparecido, previo aviso, la actual Superiora de dichas Hermanas, Sor Teresa Bosch y preguntada qué noticias tenía de parte del Sr. Coll sobre el asunto, ha contestado que está en marcharse mañana junto con las demás Hermanas y con esto pide a la Administración se sirva favorecerlas con aquella suma que tenga a bien para gastos del camino. A lo que fue resuelto por dicha administración que se les den sesenta libras, moneda catalana». El Sr. Canónigo D. Nicolás Griver, Administrador, propuso que ha dado providencia, a fin de que mañana, para suplir la falta de las Hermanas de este Hospital, que han de ausentarse, vengan cuatro mujeres, que en el día existen en la Villa de Reus, que fueron también Hijas de la Caridad, quienes junto con Sor Mariana Guardia y Sor Polonia que quedan existentes, cuiden del manejo de dicho Hospital».
Pero Sor Mariana Guardia, a pretexto o por motivo de tomar los aires natales, se retiró de Tarragona y momentáneamente de la Congregación. Poco después fue readmitida en el Noviciado, previos informes altamente elogiosos para ella.
La historia de esta fundación de Tarragona pone bien de manifiesto la contradicciones con que tenía que luchar la solicitud paternal de los Superiores para evita la disgregación de las Hermanas, a que tendían, las Juntas administrativas, casi siempre eclesiásticas. No hemos visto el expediente formado por el Sr. Coll acerca de la conducta d Sor Mariana, pero acaso fue una víctima disculpable por las circunstancias. Por vario documentos se muestra haber sido Hermana de mucho espíritu y prendas y amante de s vocación, de la que sólo unos meses se vio apartada. Nacida en Valencia en 1801, sólo ten dieciséis años, cuando fue recibida en aquel Hospital, en 1817. Tortosa fue su prior destino. De su conducta allí, dice uno de los testimonios: «Debo informar que estuvo en la casa de Misericordia de esta ciudad, como Hermana de la Caridad, cuya casa estaba bajo mis órdenes, como gobernador del Obispado que fui, en Sede vacante; que todo el tiempo que allí permaneció se portó muy bien, manifestó bastante cuidado en los intereses que estaban a su cargo; tenía particular esmero en el aseo y enseñanza de los expósitos y huérfanos de la Casa; tenía mucho celo por el bien y prosperidad de este Establecimiento y, en fin, en corroboración de ello diré que, cuando el Prelado de las Hermanas de la Caridad la sacó de aquí, fue arrebatadamente y sin conocimiento mío, pues a haberlo sabido, no se la hubiera llevado y hasta los niños de la casa sintieron su ausencia. En el tiempo de la epidemia, fue una de las que voluntariamente se ofrecieron al servicio de los contagiados del Convento de la Concepción Victoria de esta Ciudad, donde entró sólo por este fin. Su conducta moral y política fue buena, sin que, en todo tiempo, que estuvo bajo mis órdenes, tuviese que advertirle la menor cosa. En los intereses de la casa, que estaban a su cargo, manifestó su mucho conocimiento y disposición, tanto para su conservación como su distribución; y aseguro a V. que me fue muy sensible el que la hubiesen sacado de aquí, por la falta que hacía en muchos ramos. En una palabra, en cuantos asuntos de la casa se le encargaron, se portó cual se podía desear y manifestó a las claras su aversión al sistema político que reinaba». Tal es el informe que, a fines de 1826 enviaba D. Antonio Martínez, Arcediano de Culla, al Sr. Visitador General de Religiosas de Valencia, D. Miguel Sánchez.
Añadamos el que escribió Fray Francisco Papaceit al mismo Visitador General. «María Ana Guardia, a quien conocí como a Hija de la Caridad en ésta de Tortosa y la confesé unos seis años seguidos, a ella y demás Hermanas, por insinuación del Ilmo. Sr. Obispo D. Manuel Ros de Medrano, que en paz descanse, acaba de dirigirme dos líneas suplicándome diga alguna cosa de su carácter y porte religioso, tocante a aquella época. Lo hago según Dios; y, por lo que mira a su espíritu, puedo asegurar que la reconocí siempre dominada del santo temor de Dios, vestida de una humilde y cándida sencillez y con los deseos de santificarse en su Instituto, cumpliendo con los deberes que aquel prescribía. Así lo acreditó el sacrificio que hizo de sí misma para servir a los apestados, pudiéndolo evitar, pues diciéndole la Superiora difunta que Sor María Ana no debía ir, por ser necesaria al régimen y cuidado de la casa y familia, le respondió que su Instituto era el de servir a los pobres y máxime a los enfermos.
Por lo que toca a su carácter, conducta o porte religioso puedo decir también, que lo poseyó invulnerable, pues supo sostener por su buen celo y vigilancia su honor y el de la Congregación en el tiempo desastroso de la Constitución, en el cual se hallaba Sor María Ana en los mayores apuros, pues de cuatro Hermanas, que eran en la Misericordia, dos dejaron el hábito y la Superiora se secularizó, quedando ella lidiando de continuo con las tropas, ya realistas ya constitucionales, que acudían casi siempre a aquel punto o casa. Y sobre todo se esmeró en preservar a las muchachas de todo desliz, como que no reconocían a otra madre que a ella. En fin, cuantos la han tratado han respetado su carácter y hasta el Ilustrísimo Difunto, a quien tuve el honor de acompañar una tarde por el huerto de la Misericordia, dijo en mi presencia hablando de Sor María Ana, que la valenciana desplegaba un buen celo en el cuidado de la casa y familia y tenía inteligencia de los Oficios de la casa. Lo que confirmó también varias veces la Superiora difunta Sor Manuela».







