Como una humilde violeta, nacida al acaso en el ribazo del camino y regada por la lluvia del cielo, así la Fundación de la Selva del Campo, provincia de Tarragona, nació de una manera inesperada y providencial.
La vieja crónica de la casa, titulada «Libro de las Hijas de la Caridad que han venido a esta casa Hospital y Enseñanza de la Selva, con reseña de su fundación 1821» consigna detalles encantadores, que nos recuerdan las Fundaciones de Santa Teresa de Jesús.
«Hacía tiempos que el reverendo Sr. Rector y el reverendo D. Andrés de Montserrat, Beneficiado, deseaban poner Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl en este Hospital, pero como las rentas del mismo eran escasas, no podían realizar sus deseos. Con todo lo habían manifestado algunas veces al Superior de la Casa de la Misión de Reus, el Sr. Coll, a fin de discurrir algún medio de ponerlo en ejecución.
En estas circunstancias, se presentó en el Hospital de Tarragona Sor Margarita Vaqué, con salud bastante perdida, que venía de la Casa Hospital de Valencia, creídos allá de que no podía seguir en la Congregación por sus achaques. En Tarragona se negaron a tenerla y, causándole pena al Sr. Coll, encargado de la dirección y gobierno de las casas inmediatas el enviarla a su casa, por resistirlo dicha Hermana, pensó en enviarla a la Selva, en la Rectoría, para ver si se restablecía. Estuvo una temporada y habiéndose compuesto algo, no teniendo Sr. Coll dónde enviarla, pues que en Tarragona pidieron los administradores se llevasen algunas de las que había, pensó el Sr. Rector poner en el Hospital para que cosiera y remendara la ropa, que tenía bastante necesidad y le suministraban los alimentos a cuenta del mismo Hospital.
Después de algún tiempo, siguiendo en Tarragona la contradicción contra las Hermanas. precisaron al Sr. Coll a sacar a Sor Mercedes Sala. Se hallaba bastante embarazado dicho Sr. sin tener dónde colocarla y, en tal conflicto, acordándose de los deseos del Sr. Rector y del Rvdo. D. Andrés, pasó a esta Villa y propuso la admisión de dicha Sor Mercedes, pudiendo lograr lo que algunas veces le habían pedido, y no dudaron dichos señores admitirla colocándola en el Hospital, donde se les compuso una pequeña habitación.
En este estado trataron con los Sres. del Ayuntamiento, proponiéndoles que podrían unir la enseñanza de las niñas a las Hermanas del Hospital, señalándoles una buena dotación. Eso insinuación halló eco con los deseos de algunos individuos del Ayuntamiento y dijeron que_ con tal que enseñasen de todas las labores, de leer y de escribir, las nombrarían maestras de la Villa, aumentando la dotación, que era de 90 libras a 150.
Se manifestó esto al Sr. Col], y, agradecido a la buena acogida, que dieron a las dos referidas Hermanas, y que era providencia especial tratar de una nueva fundación, en la ocasión que sufrían en muchas partes persecución, aceptó con agrado la proposición. lo escribió al Rvdmo Sr. Visitador y con su aprobación se agenció viniese una Hermana de Tortosa y, en el entretanto, las dichas Hermanas Sor Mercedes Sala y Sor Margarita Vaque presentaron un memorial al Ayuntamiento para comunicarle, «que, como por las desgraciadas circunstancias de aquella infeliz Ciudad, no puede verificarse por ahora el venir la Hermana pedida, a fin de que no se retardase más tan útil y deseada enseñanza, has pensado, con previo consentimiento de Vuestra Magnificencia, empezarla el 2 del próximo noviembre, para lo que, con intervención del Rvdo. Cura Párroco, que tanto anhela dicho bien y demás Administradores, han elegido interinamente para escuela una casa inmediata y propia del Hospital.
Magnífico Señor, de poco serviría empezar si no se aseguraba la duración con sólidos fundamentos; es pues necesaria la subsistencia cierta de las Hermanas y así suplican a Vuestra Magnificencia humildemente se sirva librarlas con toda formalidad el título de maestras de esta Villa, con la dotación que a Vuestra magnificencia le parezca suficiente para su subsistencia y de las demás que mire necesarias en lo sucesivo para desempeño de tan importante obligación a la multitud de doncellas que tiene esta Villa. Esperan así misma, que Vuestra Magnificencia les pasará las reglas o pactos que deberán observar, asegurando no sólo su observancia sino también que procurarán llevar debidamente los justos, beneficios y piadosos deseos de Vuestra Magnificencia, a cuyo intento emplearán gustosas sus cortas luces y fuerzas. = Sea todo a honor y gloria de Dios, Nuestro Señor, a quien ruegan guarde la importante salud de Vuestra Magnificencia, muchos años. = Selva y octubre, 30 de 1821 = Sor María Merced Sala, indigna Hija de la Caridad, Sor Margarita Vaqué, indigna Hija de la Caridad».
Decreto. = Selva 2 de noviembre de 1821 = Quedan admitidas las suplicantes por maestras de niñas de la presente Villa, con dotación de 150 libras anuales, siempre que para cuyo efecto subsistan en ésta tres de dichas Hermanas y bajo las reglas o pactos que por separado se les remita, sirviéndoles el presente por título. = Por disposición del Magnífico Ayuntamiento, José Ferrater, secretario interino».
Abrieron el mismo día la enseñanza, pero hacía gran falta la que se esperaba de Tortosa, a causa de que no sabían bordar, que era lo que más pidieron las niñas, y poco de escribir. En esta situación trataron con el Sr. Coll y éste propuso al Sr. Visitador D. Francisco Camprodón el aceptar una pretendienta de Vilallonga, que sabían hacía tiempo estaba admitida y sólo había dejado de entrar por denegarse sus padres pasase a Madrid, por demasiado lejos; cuya joven estaba bastante habilitada en lo que se necesitaba. Dio permiso el Reverendísimo señor Visitador, y se admitió, vistiéndola el día 8 de diciembre del mismo año de 1821, Sor María Josefa Rovira.
En el propio tiempo estaba en esta Villa Sor Serafina, que la habían enviado de Valencia para ver si con los aires natales se compondría de unas fuertes imaginaciones que, dominándola, ya se temía perdiese el juicio. Dicha Hermana llegó a la Selva el día 20 de abril del mismo año, pasando a casa de sus padres, habiéndola recomendado mucho el Sr. Figuerola y Sor Paula Triguero, Superiora, al Rvdo. Andrés Montserrat para que la dirigiera, pues no salía despedida, sino con el fin de que se restableciese y estaban muy contentos de ella, edificando por su obediencia, la que después se hizo extremada, no haciendo nada, ni de las cosas más necesarias, sin que se lo mandasen, y aun así, como una máquina. Efectivamente, se procuró todo lo posible para que entrase en juego su razón, a fin de que obrase con santa libertad. Fue mejorando progresivamente y luego empezó a pedir se le dejase reunir con las Hermanas de ésta, mostrando grandes deseos de volver a la Congregación. Abierta que fue la enseñanza, se le permitió estar en ella y ayudar a las Hermanas. Luego se le permitió quedarse a comer con ellas, cumpliendo perfectamente las obligaciones que se la prescribían.
En este intermedio, y el día 4 de diciembre, se presentó al Sr. Coll un tal Manuel Franscisco, de Vallbona, con el padre de Sor Bautista, que estaba en el Hospital de Tarragona, los que venían determinados, en vista de los, disturbios de aquella casa, para llevársela y trasladarla a Lérida. Como sólo habían quedado en Tarragona cuatro Hermanas a pareció al Sr. Coll que todo se remediaba vistiendo del todo a Sor Serafina y trasladarla a Tarragona, para que pudiesen sin nota llevarse a Lérida la otra Hermana y asilo escribió al Rvdo. Sr. Andrés Montserrat y a Sor Mercedes el mismo día 4, previniendo que al otro da la trasladasen a dicha Ciudad sin falta. Se arregló el hábito trabajando toda la noche y per la mañana emprendieron el camino de Tarragona la indicada Sor Serafina, su padre y mosen Andrés. A mitad del camino recibieron un expreso con una esquela en que decían que no pasasen adelante, porque, sabido por la Administración, se denegaban a recibirla; en tal estado, vestida ya con el hábito, no era regular quitárselo otra vez, pues que todos sus hermanos y parientes habían venido a verla y acompañarla hasta fuera de la Villa, y no quedó otro recurso que volverla al Hospital y quedarse allí con las otras Hermanas; y como no estaba habilitada como Hermana de la enseñanza y, a más, estaba ya de postulante Sor María Josefa Rovira, se pasó adelante en vestirla y así empezó esta fundación».
El primitivo Hospital de la Selva puede verse aún, intramuros de la villa, en la que lleva el nombre de calle del Hospital. Cuando la visité en 1930, la casa antigua de las Hermanas era escuela de niños y otro grupo de niñas ocupaba la que fue sala de enfermos. Allí se establecieron las Hermanas en 1821, hasta que se trasladaron al edificio que hoy ocupan. Es éste un eran convento de Carmelitas, situado en las afueras del pueblo, con una magnífica Iglesia. Expulsados los religiosos por la revolución de 1835, se apoderó de él el Ayuntamiento y, en 1847, se hizo la traslación solemnísimo del viejo al nuevo Hospital, intitulado de San Rafael, con tal concurrencia, que entre ambos edificios cubría el pueblo con velas toda la carrera, pasando el Señor triunfalmente por medio.
Esta traslación inicia una nueva época para la fundación de la Selva. La humilde y providencial enseñanza primitiva se transforma en uno de los mejores Colegios de Cataluña. La iniciativa se debió a varios vecinos principales de la Villa, secundados por el Sr. Arzobispo Tarraconense, D. Antonio Fernández de Echanove. Siendo la hospitalidad del pueblo tan escasa bastaba para los enfermos una sala y lo demás del amplio edificio podía dedicarse a los múltiples menesteres de niñas internas y externas. Punto céntrico entre Tarragona, Reus y Valls goza de las mejores condiciones sanitarias, como quedó patente en los años terribles del cólera, «pues de 60 personas, que habitaban el establecimiento en aquel entonces, no hubo una que tuviese que guardar cama ni un solo día y esto que nadie se privó de fruta, verdura y cuanto en otras partes estaba enteramente prohibido comer». Más adelante hablaremos de este importante centro de enseñanza.
Tortosa. Este nombre ha quedado para siempre escrito con letras de oro y sangre de martirio en los Anales de las Hijas de San Vicente. Así como la fe tiene sus mártires, también tiene sus mártires la caridad. Los que dan la vida por testimoniar su amor a Jesucristo en nada se diferencian de los que mueren por confesar su fe. El mártir de la fe ve a Jesucristo a través de los verdugos: el mártir de la Caridad le ve a través del mortífero contagio.
Las primeras Hijas de la Caridad españolas, mártires de esa caridad van unidas a Tortosa. Ya quedan referidos los principios de esta fundación de la Misericordia de esta ciudad, mediante Real Orden de 1808, obtenida por el celo del piadoso Deán de aquella Catedral, D. Manuel Guerra. En 1810, a causa de la invasión francesa, se retiraron las Hermanas, pero volvieron a ella en 1815.
Fatídico se presentó para Tortosa el año 1821. En el rigor de los calores apareció en Barcelona la terrible peste de fiebre amarilla, que se cebó en la población con tal estrago que sólo en nuestra Casa Misión, convertida entonces en Hospital, hubo según partes oficiales, en poco más de dos meses, mil doscientas noventa y tres defunciones, entre dos mil setecientos sesenta y siete hospitalizados.
A pesar del más riguroso cordón sanitario, la peste invadió varias poblaciones de Levante y entre ellas Tortosa, donde también la mortandad fue muy subida, como se ve por el parte facultativo del mes de agosto. De 438 atacados habían muerto 393. Según el informe de los médicos franceses venidos para estudiar los síntomas de aquella maligna fiebre. Franciscanos Capuchinos, Carmelitas Descalzos, Párrocos, y otros muchos eclesiásticos cayeron víctimas de su celo, asistiendo apestados. En 23 de septiembre moría el Sr. Obispo D. Manuel Ros y Medrano, santo y apostólico varón, contagiado también en la asistencia de los mismos. «¿Qué hicieron en estos días de estrago y de muerte las Hijas de San Vicente? A pesa: de no ser en los principios del contagio más que cuatro, dice un testigo de aquellos días, el P.Sanz, tomaron a su cargo el cuidado de los Hospitales, y no contentas de servir con sus propias manos a los que, invadidos de la fiebre amarilla, buscaban en ellas el consuelo y la vida, se encargaron además, de la asistencia de los Conventos de las Religiosas, en donde el mal había penetrado más y hacía mayores estragos. En sólo un Convento murieron 8 religiosas: las pocas que sobrevivieron publicaban con lágrimas en los ojos, que debían la vida a los cuidados de las Hijas de la Caridad, que las habían asistido. Pero muy pronto ésta salvadora de las otras es invadida de la misma enfermedad y si se salva por una especie de prodigio, una de sus dignas compañeras muere en el ejercicio de su caritativo ministerio». Esta no era otra que Sor Manuela Carbonell. Nacida en Copons. Había entrado en la Congregación en 1814. Su nombre mortal y generoso inicia el largo catálogo de las Hijas de la Caridad españolas, víctimas del contagio en la asistencia de sus enfermos.
Luego que la infausta noticia de la muerte de esta mártir de la caridad llega a sus compañeras de Valencia, cuatro de ellas, continúa el P. Sanz, llevadas en alas de su caridad, vuelan al socorro de las otras tres, que quedaban al frente del contagio. Este socorro no basta ya en razón del incremento extraordinario que había tomado la enfermedad y del fallecimiento de otra Hija de la Caridad, que terminó su gloriosa carrera, víctima de su celo».
En efecto, la conducta maravillosa de aquellas Hermanas de Tortosa había movido al Sr. Gobernador de Valencia, D. Francisco Placencia y a D. Matías de Velano, presidente de la Junta de Sanidad a dirigirse a la Superiora de las Hermanas del Hospital de Valencia, a quien con fecha 11 de septiembre decían: «Muy querida Hermana. = La Junta de Sanidad de la Ciudad de Tortosa abrumada por cuantas desgracias pueden afligir a la humanidad,
ha conseguido establecer un Hospital de convalecientes, que ha confiado a la dirección de dos Hermanas de la Caridad del Instituto de San Vicente de Paúl y a algunas discípulas suyas que se han ofrecido a tal servicio con una abnegación sin límites; pero no siendo su número proporcionado a las necesidades de los enfermos, la Junta de Sanidad de Tortosa recurre al celo de las Hermanas del mismo Instituto, que están bajo la dirección de V. en Valencia e invita a dos de ellas para que vayan a esa desgraciada Ciudad, a fin de que los convalecientes puedan recibir de ellas los consuelos de que carecen. La Junta de Sanidad se ofrece a pagar los gastos de viaje ya de carruaje ya de equipaje para poder acelerar la llegada de este auxilio reclamado por las circunstancias. Tenga la bondad de comunicarnos su decisión, para que podamos responder a la petición que se nos ha hecho. = Dios guarde a V. etc.
La respuesta de la muy digna Superiora Sor Paula Triguero no se hizo esperar y con fecha 12 de septiembre les dice: «La más indigna de las Hijas de la Caridad, que tiene la hora de estar al frente de las que sirven en el Hospital General de la ciudad de Valencia, en respuesta al honroso oficio que, en este momento, he recibido de Sus Señorías, está persuadida lo mismo que sus compañeras, en primer lugar de que la invitación, que se les hace de prestar sus cuidados solamente a los convalecientes, no satisface el celo de que ellas se sienten animadas; en segundo lugar, de que el corto número de dos no puede ser suficiente para atender a las necesidades de la Ciudad de Tortosa.
Por tales motivos pongo con el mayor gusto a disposición de Vuestras Señorías y de la Junta de Sanidad de Tortosa, según también se lo comunico por oficio especial, no solamente las dos Hermanas pedidas, sino todas cuantas están bajo mi dirección, asegurando a Vuestras Señorías que tanto la que tiene el honor de ser intérprete de ellas, como todas las demás se ofrecen con alegría a ese sacrificio, que la Caridad que es su norma, les hace agradable.
Recibirían una gran pena si no se acepta el ofrecimiento de seis por lo menos, deseosas de partir sin más dilación.
Creemos que sólo por un motivo de delicadeza la Junta de Sanidad de Tortosa ha pedido nada más que dos de nuestras Hermanas. Esta opinión la fundamos en los ruegos de aquellas Hermanas que piden, a lo menos, cuatro. Es evidente que aquel número es insuficiente para llenar todos los oficios encomendados, dado el deplorable estado en que se halla aquella ilustre Ciudad.
Todas las Hijas de la Caridad de esta Comunidad esperan, pues, que Vuestras Señorías tendrán a bien aceptar el ofrecimiento voluntario que hacemos de ir a Tortosa para el consuelo de los enfermos. Las Hermanas dispuestas a marchar son: Sor María Antonia Borgón, Sor Peregrina Martínez, Sor Catalina Ferrer, Sor Lucía Vilanova, Sor Teresa Boch y Sor María Encarnación Colomé. Las que no tienen la suerte de acompañarlas quedan animadas de los mismos deseos y esperan ser admitidas a igual fortuna si las necesidades de los enfermos reclaman sus servicios. = Dios guarde a Vuestras Señorías muchos años.»
Este documento es la manifestación más palmaria del heroico espíritu que animaba a las Hermanas. Todas se disputaban como una gracia el poder ir a Tortosa, de la que el parte oficial publicado en el Diario de Valencia (28 de septiembre) decía: «Esta desgraciada población, que por todos sus ángulos se halla acosada por la muerte, y sus inmediaciones, particularmente las Roquetas, donde el contagio hace terribles estragos, es el objeto de la mayor compasión y ha podido establecerse un Hospital de convalecencia, fiado a la dirección de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl y jóvenes educandas, a cuyo servicio se han prestado impulsadas del amor a la humanidad».
El mismo parte nos da cuenta de las terribles sanciones impuestas a unos desgraciados, sancionados con pena de muerte por traspasar el cordón sanitario.
Cómo contrasta el terror de estas gentes que huyen del peligro, con la decidida voluntad de las Hermanas, que a él se lanzan gustosas en alas de su caridad.
La segunda mártir del contagio fue Sor Antonia Borgón. Nacida en Cataluña en 1772, veinte años después fue admitida en la Congregación entre las primeras que, bajo la dirección de Sor Juana David, se formaron en el Hospital de Barcelona. Destinada a la fundación de Lérida, de allí la sacó la obediencia para Superiora de la Misericordia de Tortosa, en 1808. En el gran Hospital de Valencia se hallaba entregada al servicio de los pobres cuando llegó a sus oídos la angustiosa situación de sus Hermanas de Tortosa y fue la primera designada para ir en su auxilio, debido, sin duda, al conocimiento que ya tenía de las cosas y personas de la ciudad.
«Con la llegada de las Hermanas la ciudad comenzó a respirar, dice el P. Sanz. Los enfermos estuvieron mejor asistidos y muchos se libraron de la muerte porque las Hijas de la Caridad les alargaron su mano benéfica y consoladora».
Apenas 15 días llevaba en tan santa faena Sor Antonia Borgón, cuando en 15 de octubre de aquel año 1821, murió gloriosamente víctima del contagio. Afortunadamente cesó la peste a fines de aquel mes de octubre. «El mal desapareció, continúa el P. Sanz, pero el celo de las Hermanas no satisfecho aún con los esfuerzos de caridad y misericordia que habían hecho en favor de tantos desgraciados, duplicó sus servicios en beneficio de una multitud de huérfanos que habían quedado en el mayor abandono. Si la peste les privó de sus padres, el cielo les deparó unas madres, según la gracia, en quienes hallaron todo el amor y los más tiernos servicios de las madres, según la naturaleza».
El comportamiento heroico de las Hermanas no sólo de las que sucumbieron, sino también de cuantas voluntariamente corrieron al sacrificio, llamó poderosamente la atención en toda España. Ya entre los hijos de San Juan de Dios y otros religiosos varones esto se había visto varias veces. Entre las vírgenes del Señor estas eran las primeras que corrían alegres al martirio de la caridad.
Donde la admiración y entusiasmo por tales heroínas llegó al colmo fue en Tortosa, tanto que, el 3 de noviembre de aquel año aparecieron, en los dos diarios de Valencia, sendos elogios entusiastas, poniendo por las nubes a las Hijas de la Caridad, quienes se vieron en la precisión de agradecer también públicamente esas atenciones.
En un manifiesto sin fecha, que no sé si llegó a publicarse leemos lo siguiente: «Debido reconocimiento a la nobilísima Ciudad de Tortosa por sus expresivos sentimientos a favor de las Hijas de la Caridad. = Perplejas las Hijas de la Caridad de este Hospital Nacional General de Valencia, no sabemos para expresar los sentimientos de admiración y agradecimiento, que han producido en nuestros corazones, los dos escritos que dieron al público ambos diarios de esta Ciudad del 3 de los corrientes, si nos dirijamos al mismo público, que ha visto en ellos los excesivos encomios que se tributan a nuestra inutilidad, o si lo hagamos a aquellos Señores, que en fuerza de su sensibilidad y gratitud y caritativo disimulo, se han esmerado en atribuirnos unos elogios, que no nos competen, unas gracias, que no se nos deben, unas retribuciones que no hemos ganado, ni las que quedamos aquí con sólos los deseos de ir a Tortosa, ni las que de nosotras realmente pasaron a aquella Ciudad.
Porque, a la verdad, si cada uno tiene la obligación de cumplir con los deberes de su oficio, las Hijas de la Caridad, por ser tales, no han hecho con sus trabajos otra cosa que corresponder en algo a los fines de su vocación. ¿Dónde las había de llevar su obligación y profesión sino allá donde hubiese más infelices? Digamos pues, que somos siervas inútiles, se dirá con verdad, porque no hemos hecho más de lo que debíamos hacer.
Nos dirigimos asimismo a los benignos autores de aquellos manifiestos, llenas de una respetuosa confusión por las honrosas expresiones con que allí se nos exalta, no menos que a los magníficos ofrecimientos que nos hacen por unas acciones que, lejos de merecer, en nuestro concepto, el grado de heroicidad, que se les pretende dar, son, como queda dicho, más que debidas a nosotras y están muy distantes de haber llenado la medida que se nos ha señalado por Nuestro Soberano Señor. Demos, pues, gloria a Dios, atribuyéndole toda la parte que en obras tales se le debe, mientras que nosotras, con la mayor confusión de nuestros corazones, no podemos dejar de mostrarnos agradecidas y de nuevo ofrecernos a !os mismos que nos rinden gracias no menos que a otro cualquiera.
Las Hijas de la Caridad»
Este nobilísimo y santo documento no necesita comentarios. Sin embargo, no a todos satisfizo la ejemplar conducta de las Hermanas. La Dirección del Hospital de Valencia no vio, al parecer, con buenos ojos el desplazamiento de las que fueron a Tortosa, en momentos tan críticos y negó con sobrada mezquindad la única recompensa que pidió de ella la buena Sor Paula, quien con fecha 29 de octubre había suplicado la caridad de unos sufragios por el alma de la Hermana desaparecida en medio del terrible contagio. «Y puesto que ellas, decía, por ir allá por este sólo objeto y, llenado, volverse, no dejan de ser miembros de la Comunidad de esta casa, a la cual realmente pertenecen, suplico a Vuestra Señoría que, como presidente que es de la Junta de Gobierno de este Hospital y, por otra parte, juez eclesiástico, se sirva disponer que a la difunta Sor María Antonia Borgón que, en 15 de los corrientes, murió tan gloriosamente en dicho servicio, se le mande hacer por el gobierno de esta santa casa y con la más posible brevedad, los sufragios que están prevenidos en el capítulo 17 de la Contrata y que tan bien merecidos tiene».
El Sr. Gobernador de la Mitra contestó que acudiera al Jefe Político, que tenía las facultades. La respuesta fue que nada se sabía de la ida de las Hermanas a Tortosa y que no reconocían la Contrata, cuya nulidad tenían denunciada al Gobierno Supremo. Las luchas políticas se reflejaban en el Hospital. Tocaba entonces el turno al fiero liberalismo, que mal podía entender de los heroicos y santos sacrificios de las Hermanas.







