La provincia española de las Hijas de la Caridad (XXIV)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la Caridad1 Comment

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Author: Pedro Vargas .
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LOGO HHCDefinitivamente consolidado el Real Noviciado, iba a empezar a cumplir su oficio de formar Hermanas suficientes para atender a las necesidades del Instituto. Durante aquellos años de inquietud, cada Comunidad había ido admitiendo las novicias estrictamente indispensables.

Según el primer catálogo impreso, hasta la fundación del Noviciado de Madrid, en 1803 habían sido recibidas cuarenta jóvenes, entre las seis comunidades a la sazón existentes.

Iniciado el Noviciado con cinco novicias, pasaron doce años sin recibir ninguna más hasta que, en 1815, al creerse ya dicho centro afianzado con la Bula de separación, el Sr. Patriarca de las Indias autorizó la admisión de seis nuevas Hermanas; otra, en 1816; cinco al año siguiente, y cuatro, en 1818, o sea, las dieciséis novicias que figuran en el Acta de unión de este último año.

Como en el citado catálogo aparecen, entre las recibidas hasta aquella fecha, ciento treinta y dos, es clara la diferencia entre la vitalidad de las demás casas y la pobreza del Real Noviciado.

La importante fundación .del Hospital de Valencia obligó, en 1817, a poner allí un centro organizado para formación de Hermanas. En los artículos 4 y 5 de la Contrata celebrada en febrero de 1817, leemos: «La admisión de probandas será privativa de la Superiora, con dependencia de su Vicario General o Visitador; no podrá recaer sino en solteras, etc». «Estas probandas no podrán pasar a la clase de novicias de la Caridad vestirán su hábito, hasta después de un término competente, en que hayan dado pruebas de merecerlo, que no podrá exceder de ocho meses; entre tanto, aunque seguirán todas las Regla del Instituto, vestirán la ropa de su uso ordinario, llevando sólo para distinguirse un peto de ropa negra de lana de un palmo en cuadro con una cruz de lienzo blanco, en medio, de un dedo de ancho, que coja la mayor parte del peto, o bien otra señal equivalente, que determina la Superiora, que no sea medalla, escudo ni cinta».

«Fue destinada, dicen las Circulaires et Notices, a la fundación del Hospital de Valencia Sor Rosa Grau, pues interinamente estuvo allí el Noviciado. La dirección espiritual corría a cargo del P. Figuerola. Guárdanse en nuestro Archivo Central, entre otros varios papeles procedentes de Valencia, unas «Advertencias para la Comunidad y Oficios» cuyo n° 1° dice «Todas, por cuanto están expuestas a ser trasladadas a países de Castilla, se ejercitarán en la lengua española, no hablando entre sí, en recreación y fuera de ella de otro modo, que el español o castellano, como está mandado repetidas veces por los Superiores».

La razón de este Noviciado interino desapareció, al restituirse el de Madrid a la Congregación. Pero es claro que la reunión del Real Noviciado, impuesta, más que persuadida, por el mandato del Rey y del Papa, era algo así como herida recién cicatrizada, que había que tratar con mucha delicadeza. No eran imposibles nuevas tentativas, ya de dentro o ya de fuera, para renovar el dolor. Sor Lucía tenía mucho valimiento con personas eclesiásticas y civiles de la Corte, pues no en vano las escuelas del Real Noviciado contaban con alumnas tan distinguidas como la hija del primer Ministro Ceballos y otras varias niñas de la nobleza. A esto hay que añadir que el Superior de la Congregación residía demasiado lejos en Barcelona.

Todo ello obligó al Vicario, Padre Visitador a tomar medidas, algunas extraordinarias, pero prudentes y que dieron feliz resultado. Fue la primera prolongar los poderes antes mencionados, al Sr. Patriarca de las Indias para que gobernase, como lugarteniente suyo, las Comunidades de Madrid. Era grande el peso de su autoridad y de su valimiento ante los Reyes y nada se intentaría sin contar con él. El sería el intermediario para las nuevas fundaciones y hasta la misma Junta de Damas de Honor y Mérito acataría sus disposiciones, de acuerdo siempre con el Sr. Visitador. Precisamente estas nobles y caritativas Señoras, que con su poderosa influencia habían contribuido a evitar la ruina de las Hermanas en Madrid, se creían con derecho a reclamar para sí la dirección del Real Noviciado.

Ya, en 2 de octubre de aquel año de 1818, «La Junta, agradecida a los repetidos beneficios que Su Majestad se digna dispensar a los niños, acordó nombrar una comisión compuesta por la Excma. Sra. Vicepresidenta, la Señora Marquesa de Canillejas y la Excma. Sra Condesa de Casaflores, para que, así por esto, como por la reunión del Noviciado de las Hijas de la Caridad a las de la Inclusa, ofrezcan a sus Majestades los respetos de este cuerpo con las más rendidas gracias».

En 22 de enero del año siguiente, «se acordó comisionar a la Excma. Sra. Duquesa de Alagón  y a la Sra. Dña. María Josefa Burriel, para que hablen al Excmo. Sr. Ministro de Estado con objeto de que se encargue a la Junta el cuidado y dirección del Noviciado de las Hermanas de la Caridad, así como lo está de la Inclusa y del Colegio de la Paz, mediante que Su Majestad ha resuelto se reuna dicho establecimiento a las Hermanas de la Inclusa, en virtud de las Bulas Pontificias, que ha obtenido al efecto».

Por las actas de 26 de marzo, 25 de junio y 5 de noviembre vemos la insistencia de dicha petición, alegando en la última, la Real Orden de 1802, en que se unía el Real Noviciado al Colegio de la Paz. Acceder a la demanda era asaz peligroso, pues el recuerdo de la Sra. Condesa de Trullás era por demás elocuente; pero contrariar con una negativa aquel entusiasmo de las nobles Señoras por las Hijas de la Caridad era impolítico. La solución fue de mucha prudencia, mediante la Real Orden de fecha 18 de noviembre de aquel año 19, por lo que se nombraba a la Reina, Protectora de todos los Establecimientos de Beneficencia.

Conocemos la influencia decisiva, que la angelical Reina Isabel de Braganza tuvo en favor de las Hijas de la Caridad. No fue menos beneficiosa la que ejerció la nueva esposa ir Fernando VII, Doña María Josefa Amalia de Sajonia, en los diez años que ocupó el trono de España. De la oración fúnebre de García Mazo entresacamos algunos rasgos:

«Su entendimiento era penetrante, su imaginación viva y su memoria prodigiosa. Formaba composiciones en verso, a veces muy largas, sin escribir ni una sola línea, reteniéndolas en la memoria y no entregándolas a la pluma sino después de concluídas. Ha dejado muchos, muy bellos y muy piadosos escritos, de los que unos se han publicado ya y otros deben publicarse; y, en fin, su instrucción era tal que, aun sin la cualidad de Reina, la colocará siempre en un grado muy alto entre las de su sexo.

«Siempre que visitaba el Colegio de la Paz preguntaba la doctrina a las niñas y nunca salía de él sin haber empleado una buena parte del tiempo en esta ocupación que le era tan gustosa.

«No se contentaba con derramar cuanto tenía entre los pobres; les dispensaba también sus servicios personales. Visitaba los establecimientos piadosos, y particularmente, en los días de comunión pasaba al Hospital de Incurables. Allí, depuestos sus adornos reales, se ceñía un delantal de las Hijas de la Caridad y hacía con ellas el servicio de las enfermas, prefiriendo aquellas que estaban más postradas y necesitaban mayor compasión y mayores servicios. Una Sra. de la Junta de Damas encargadas del establecimiento, pareciéndola que ya esto era demasiado en una Reina, se determinó a decirla:

Vuestra Majestad, con ese traje y ese porte se iguala y confunde con las Hijas de la Caridad. Y la Reina la contestó:

Que no era digna de un estado tan feliz y que sus pecados la alejaban mucho de poder imitarlas.

Tales eran los sentimientos y la humildad de la Reina. En las visitas de estos estableci­mientos se informaba de todo, de la asistencia, alimentos, ropas y cuanto podía contribuir al alivio y bienestar de los dolientes. Las sábanas de los enfermos, decía en una de ellas, no deben tener remiendos, porque les lastiman las costuras».

«Qué opondrán esas almas que creerían degradarse, decía otro orador, Rodriguez Carassa, si entrasen en un hospital, al ver a la Reina, que, depuesto todo el brillo y pompa de su dignidad, se dirigía al Hospital de Incurables mejorado, ampliado y casi sostenido a sus expensas y en él y en los días de comunión, llena de satisfacción y alegría, después de edificar a todos, con su compostura y atención en la asistencia a la Misa, tomaba el paño de la Comunión y acudía de cama en cama y de pobre en pobre con tan profunda devoción y humildad que hacía brotar lágrimas de consuelo a todos los circunstantes y excitaba en sus pechos los más encendidos afectos de compunción y piedad; y no satisfecha con haber esparcido el suave olor de tan buenos ejemplos, mirando con los ojos de su alma a Jesucristo Rey de los Reyes, se ciñó una toalla y lavó los pies a sus discípulos, se ceñía ella también y recorriendo todas las salas repartía el desayuno a las enfermas?…»

Esta Reina, que, como la anterior, bien merece figurar entre las Reinas Católicas de: P. Flórez, tuvo durante todo su reinado una amistad entrañable con las Hermanas, de lo que es testimonio patente, en primer lugar los «Gozos de San Vicente de Paúl» cuya vida rimé en versos sencillos y cuyo canto resonó dulcemente en todas las festividades del Santo. Nada interesa su escaso valor literario; para aquellas Hermanas, que tanto lucharon y sufrieron por conservarse Hijas de San Vicente, y que tan en peligro se vieron de ser arrancadas de sL santa vocación, con cuántas lágrimas de ternura y con qué íntimo fervor habían de cantar aquella estrofa triunfal:

Derribada ante tus plantas

Mira esta devota grey

Gobernada por tu Ley

Y Constituciones santas

Repara en la unión de tantas

Que te imploran con ardor

San Vicente protector

Del pobre en su desconsuelo

Oye desde el alto cielo

De tus hijas el clamor.

Otro testimonio de la íntima amistad de la Reina para con las Hermanas de la Inclusa fue la Novena de la Encarnación, que ella compuso y se estrenó para la renovación de los Votos

En Acta de la Junta de Damas de 9 de febrero de aquel año se lee: «Otro oficio de Sor Rosa Grau. Superiora de las Hermanas de la Caridad de la Inclusa, manifestando sus deseos de promover la devoción del sagrado e inefable misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, haciendo con toda devoción, en la Iglesia de dicho Establecimiento, la novena que ha compuesto la Reina, nuestra Señora, cuyos gastos se ofrecen a sufragar varias personas caritativas. Se acordó contestar que la Junta tiene la mayor satisfacción en que se haga la expresada novena y que asistirán las Señoras todas los nueve días; que se principiará el día 17 de marzo, a fin de que se concluya el 25, día de la solemnidad de dicho inefable misterio; así mismo se acordó que las pláticas por la tarde se prediquen precisamente por los Sres. Sacerdotes del Establecimiento y que el coro de las niñas colegialas asista, sin ninguna otra música, al Santo Sacrificio de la Misa y que de todo se dé aviso a las Señoras socias, por si gustan concurrir».

Aun hallamos otro documento que patentiza la cordial confianza, que la augusta Señora dispensaba a las Hermanas de la Inclusa, y es el acuerdo consignado en junta del 15 de Diciembre de 1826, que dice: «Se acordó pasar un oficio al Rector para que, de orden de la Junta prevenga a Sor Rosa Grau, Superiora de las Hijas de la Caridad, que, en lo sucesivo, se abstengan de pedir, dar gracias, ni hacer cosa alguna respectiva a los establecimientos de la Inclusa y Colegio de la Paz, sin contar con el previo permiso de la Junta, Excma. Sra. Presidenta o Excmas. Sras. Curadoras; que igualmente no saquen las niñas del Colegio ni las lleven a Palacio a incomodar a Sus Majestades con visitas y súplicas de ninguna especie, porque ninguno de estos pasos es de sus atribuciones».

Con tan decidida protección de la Reina iba a comenzar una época de expansión para las Hermanas, tan pronto como el Noviciado las fuera formando. Por entonces, 1819, el personal era escaso que la muerte de alguna ellas dejaba un gran vacío y el exceso de trabajo en las demás era peligroso. En 24 de enero de ese año murió en la Inclusa la novicia Sor Mercedes Berlota, que fue enterrada con gran duelo y solemnidad por la Junta de Damas; y cuando tenían éstas el proyecto de ampliar las enseñanzas del Colegio de la Paz y demás niñas de aquel establecimiento, tropiezan con que «no es fácil que entre el corto número de Hermanas que hay en la Inclusa, a quienes ocupa la mayor parte del tiempo la crianza física de los niños, se encuentren siempre maestras hábiles en todos los ramos de la enseñanza que conviene a las niñas, ni lo es tampoco que se dediquen exclusivamente a este objeto; resultando de aquí que la educación se ha limitado, por desgracia, a las primeras letras, a los rudimentos de la religión y a las labores más comunes propias de nuestro sexo».

Un año después decía, en su Memoria anual, la Presidenta Marquesa de Villafranca: “Ojalá que los que tratan de denigrar el trabajo de la Junta de Señoras, que 21 años hace, prestan a estos Establecimientos sin otra recompensa que la de ser útiles a la Patria, se acercasen a examinar este Establecimiento por sí mismos y poder hablar con conocimiento: con este fin está la casa abierta a cualquiera que desee verla, advertirá la limpieza y orden que reina en toda ella; y verá también a los niños limpios, separados en diferentes camas. Las niñas grandes con entera separación de las pequeñas, aseo en los dormitorios, escuelas y comedores. Las Hermanas de la Caridad, siempre cuidadosas en el desempeño de su Instituto, no descansan día y noche, para que nada falte a los niños ni carezcan de los socorros que están en su mano, según las instrucciones de las Señoras Curadoras».

En 1 de septiembre de 1.819 pasaron las Hermanas a la fundación en el Hospital de la Misericordia de Segovia. «Deseando el Iltmo. Sr. D. Isidoro de Celis poner el mejor arreglo al Hospital del que era el único Administrador, practicó todos los medios que le dictaron su prudencia y caridad para con los pobres enfermos; por lo que, entendiendo el Sr. D. Manuel de Alvaro Benito, Arcediano de Sepúlveda, que las Hijas de la Caridad fundadas por San Vicente de Paúl, tenían por razón de su vocación gracia especial para cuidar de la asistencia de ellos en los Hospitales, sirviéndoles con mucha caridad y afabilidad, teniendo gran aseo y limpieza en las salas y camas, observando en todo el buen orden y economía y preparándolos para recibir dignamente los santos sacramentos, se resolvió pedirlas al Sr. D. Antonio Allúe, entonces obispo de Gerona y confesor de la Reina Doña Isabel y después Patriarca de las Indias, a quien el Sr. D. Francisco Camprodón, Visitador de la Congregación de la Misión y Superior legítimo de las Hijas de la Caridad, había delegado sus facultades para la dirección de las que estaban el Madrid y le había autorizado para realizar las nuevas fundaciones que se presentasen. A este fin el Ilmo. Sr. de Celis comisiono al dicho Arcediano de Sepúlveda para pedir al Sr. Allúe seis Hermanas de la Caridad para establecerlas en el Hospital de la Misericordia de Segovia. El Sr. Arcediano se personó con el Sr. Allúe, su amigo, para pedirle las seis Hermanas, las que le ofreció con gusta Inmediatamente se formalizó la contrata y se firmó la escritura de la nueva fundación.

Luego de firmada la Escritura, el mismo Señor Allúe nombró por Superiora de la nueva fundación a la Sra. Sor Juana Vistuer y por compañeras Sor María Filella, Sor María Peñasco, Sor Margarita Fábregas, Sor Raimunda Pons y Sor Dolores Palau, las cuales salieron de Madrid por fines de agosto de 1819, todas seis en un coche y llegaron el día de septiembre del mismo año. Luego se tomó posesión con el Sr. Obispo y multitud de pueblo con la mayor llaneza y regocijo de todos». La contrata firmada en 21 de abril decía: «1. Las Hijas de la Caridad observarán en este Hospital sus Reglas y Constituciones y no ­podrán hacer variación alguna sin expresa licencia del Rdmo. Vicario General de la Misión en España, a quien estarán sujetas en lo relativo a su gobierno espiritual, como también a los visitadores que aquél señale».

En esta fundación aparece la norma establecida en Reus de poner aneja al Hospital una escuela de niñas al cuidado de las Hermanas. Casi todas las fundaciones antiguas seguirán esta práctica. Las pocas exigencias de las escuelas de entonces, la escasez de enseñanza popular, el celo de las Hermanas por difundir este bien, el ejemplo del Real Noviciado y la exigua hospitalidad de aquellas casas pías, antes de convertirse en centros de beneficencia pública oficial, permitían dicha ocupación. Andando el tiempo las escuelas así fundadas vinieron a independizarse y formaron comunidades aparte.

En esta de Segovia, en la base 10 de la contrata se consigna: que, «en atención al corto número de enfermos, que por la misericordia de Dios, suele haber en este Hospital y a que podrá contribuir a su mayor honra y gloria y al bien espiritual y temporal de las almas el que se enseñe en él la doctrina, prácticas cristianas y labores propias de las niñas, a las que de aquellos barrios próximos quieran acudir a la hora regular, ha de haber, a lo menos, una Hija de la Caridad que esté encargada de este santo ejercicio, para el que tendrá preparada una
sala independiente, pero inmediata a la habitación de dichas Hermanas de la Caridad; entendiéndose que ha de ceder a favor del Hospital las labores que se proporcionen a las referidas niñas».

En estas últimas frases se nos manifiesta otra razón que añadir a las susodichas para la apertura de escuelas en aquellos viejos hospitales. Fundaciones pías a cargo de Juntas y bajo el cuidado de la Iglesia, los Hospitales solían llevar una vida de suma pobreza, después de las primeras leyes de desamortización; y por eso, las pequeñas entradas que el bordado u otras asignaturas especiales pudieran producir, eran, dada la proverbial economía de las Hermanas, una ayuda, cuando no el único recurso en épocas de crisis.

La experiencia evidenció en Segovia que las seis Hijas de la Caridad no bastaban para atender a las necesidades del Hospital y escuela y el mismo Sr. Obispo pidió y obtuvo el aumento de cuatro más.

Algunos años después, el Sr. Director del Hospital de Segovia, informando al de Palencia sobre las ventajas y utilidades de las Hermanas, le decía: «Desde el año 1819 está gobernado por las Hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl, quienes tienen a su cargo su régimen interior hasta la contabilidad de las estancias que causa la tropa enferma, todo por instituto; que las ventajas, que prestan a estos establecimientos por su economía, curiosidad, esmero y afabilidad con que tratan a los enfermos, son incalculables, pues puedo asegurar a V. que en el día, no está conocido por su extremada vigilancia en el desempeño de sus encargos; porque como todo lo que hacen es efecto del deseo de aliviar a los enfermos en sus padecimientos, no economizan fatiga alguna por llenar sus deberes, de suerte que, a no haber visto yo mismo las ventajas tan grandes que se experimentan, no me hubiera llegado a convencer de su gran utilidad. Si lo que llevo dicho no fuera bastante a satisfacer los deseos de V., puede con toda franqueza preguntarme lo que guste, pues en dar a V. cuantas noticias apetezca, tendré la mayor satisfacción».

Alma de esta fundación fue durante veintiséis años Sor Juana Vistuer, su primera Superiora. Entró en el Real Noviciado en 27 de abril de 1803, siendo por lo tanto una de sus primeras novicias. Natural de la Hoz, Barbastro, había nacido en 1778 y santamente falleció en Segovia; la el 26 de junio de 1845, asistida por el Visitador P. Codina, que se hallaba accidentalmente en el hospital. Se le dio honrosa sepultura en el cementerio de la casa, en un nicho inmediato al del Sr. Obispo de Celis.

El hecho de haber sido escogida para directora de esta nueva fundación, siendo de las recién unidas y formada durante los años de separación del Noviciado, muestra la confianza que en  ella tuvieron los Superiores y el buen espíritu que la animaba. Ni fue ésta la única Hermana, de las formadas en tales condiciones, que edificaron a la Congregación con sus trabajos y virtudes.

Un caso, repetido luego en mil ocasiones en casas de Hermanas tuvo lugar en este Hospital y fue la muerte edificante y santa de Sor Joaquina Lledó, Hermana recién profesa quien asistió en su última hora el bondadoso Obispo, Sr. de Celis. Tan edificado quedó éste y tan persuadido de su santidad que hizo levantar acta de lo ocurrido y escribió el siguiente epitafio: «Hic iacet Soror Joaquina ex filiabus Caritatis. Sancte ab infancia vixit et piissime obiit. 11 idus octobris MDCCCXXIV. R.I .P.». Este epitafio junto con la fe de Bautismo de Sor Joaquina se encerró en una carpeta cuidadosamente precintada y lacrada en 1824 y cosida a ella quedó la llavecita del ataúd. Y es lo más notable que, a través de ochenta años, perduró el recuerdo de aquella Hermana angelical y cuando se abrió su sepulcro, en 1904, para renovar el antiguo pavimento de la Iglesia, se hubo de levantar un acta, «para que, en la sucesión de los tiempos, desaparezca toda otra creencia, que la acción del tiempo transcurrido no había dejado otro vestigio que el natural, o sea, la conversión en polvo de: cadáver de la finada».

El buen crédito de las escuelas adjuntas al Hospital se hizo patente cuando la nueva ley de enseñanza suprimió algunas escuelas Normales de Maestra: siempre que haya una Congregación o Comunidad de mujeres, en donde se pueda recibir la instrucción conveniente, así en la parte religiosa y moral como en lo que concierne a las labores propias de la mujer. La Junta, conociendo que nadie podía llenar mejor este deber que las Hermanas de la Caridad, se ha fijado principalmente en las que residen en el Hospital de la Misericordia de esta ciudad».

Tanto el Sr. Obispo como las Hermanas y Superiores accedieron al compromiso, si bien la revolución de aquellos días no permitió su ejecución.

Otra nueva fundación hicieron las Hijas de la Caridad el 1819 y fue la Inclusa de Lérida. Hasta entonces, los niños expósitos eran atendidos dentro del Hospital, según vieja costumbre. Las mejoras que poco a poco se iban introduciendo pedían ya un desdoblamiento en tan dispares ramos de beneficencia. Ya anteriormente «el Sr. Obispo, D. Gerónimo Mara de Torres, dice una relación, acordó el que las Hermanas cuidasen de los niños expósitos pidiendo al Rey señalase alguna renta para ello. En efecto S.M.D. Carlos IV, con su rea orden de 24 de noviembre de 1799, aplicó para la manutención de los niños expósitos toco el Fondo Pío Beneficia] de este Obispado, expresando que su real voluntad era que los expósitos estuviesen fuera del Hospital, añadiendo que, supuesto que se había fabricado una casa para ellos, quería su Majestad que se trasladasen a ella todos los expósitos que fueran saliendo del destete.

Pero sea que de los alquileres de dicha casa se ayudaban a mantener dichos expósitos_ sea por otra causa que se ignora, no se cumplió la traslación hasta 1819.

Hallándose de Vicario General y Gobernador Eclesiástico el Sr. D. José Vidal, canónigo Penitenciario de esta Santa Iglesia Catedral, celosísimo del aumento y perfección de dichos dos Establecimientos y singular bienhechor de ellos, emprendió, en el año 1819, el proyecto de habilitar la dicha casa de expósitos muy deteriorada por haberla ocupado las tropas francesas durante la guerra de la Independencia y, en efecto, logró que, el 10 de octubre del dicho año, se trasladasen los expósitos a dicha casa con el competente número de Hermanas, que fueron las siguientes: Sor Catalina López, Sor Antonia Illa, Sor Teresa Botey, Sor Rita Illa y Sor Josefa Costa.

En el año de 1822, habiendo hecho para verificar esta traslación el mencionado D. José grandes gastos, por el grande afecto con que miraba dicho Establecimiento, tuvo el sentimiento que, en julio de dicho año, el Gobernador de la Plaza mandó a las Hermanas que saliesen con los niños expósitos de aquel edificio para ocuparle las tropas, pero el Señor Canónigo Penitenciario no se desanimó, antes muy confiado en Dios, buscó casa para poder trasladar a ella las Hijas de la Caridad con los niños expósitos aunque carecía de las buenas proporciones necesarias para la buena dirección de tan piadoso establecimiento, lo que se suplió con la caridad y paciencia de las Hermanas y el prudente celo de su director, el mencionado Sr. Canónigo.

Habiéndose logrado que las tropas del Rey desocupasen la Casa, el día 10 de abril de 1825, pareció al Sr. Canónigo habilitarla lo más pronto que pudo, haciendo para ello muchos gastos; pero viendo que faltaba hacer los departamentos convenientes para la separación total de niños y niñas, se determinó a hacer obras muy costosas para hacer los dichos departamentos, nueva casa para el capellán, cocina muy clara y sana, que antes era muy húmeda, capilla pública con alhajas y ornamentos correspondientes y después, que se arreglase una gran sala para poner en ella enseñanza pública; y, aunque no es gratuita, ha sido de la aceptación del pueblo, pues hay en ella gran número de niños, no obstante de haber en la ciudad escuelas gratuitas y no dejan de elogiar a las Hermanas por la buena educación y enseñanza que dan a sus discípulas. Todo se ha hecho a costa de dicho Señor Canónigo, de suerte que muy bien se le puede llamar fundador y singular bienhechor de esta casa y de la del Hospital; y así, tanto las Hermanas como la Congregación entera le deben ser siempre muy agradecidas, en especial que no sólo quiere ser bienhechor en vida sino también el que dure después de su muerte; y así las Hermanas de dicho establecimiento le reconocerán mientras viva por padre, si no quieren ser ingratas; y después de muerto, encomendándole a Dios. Y, a la verdad, era tierno ver el cariño con que el susodicho Sr. Vidal trataba a los expósitos; rodeábanle los niños a los que traía ya dulces ya frutas, diciéndoles consoladoras palabras, v. gracia: Vuestro padre pondría en venta el manteo antes que dejar perecer a sus hijos; continuando su caritativa obra hasta su muerte, acaecida en 7 de  abril de 1837, mandando poner sobre tumba: «Mis únicos herederos son los expósitos».

Si tan cariñoso padre fue con los expósitos, no lo fue menos para las Hermanas, que debían cuidarlos. El recibió todos los golpes de la contradicción, que siempre viene a toda turna obra; y lo que es más, en su testamento nombró a la Superiora, que había entonces, Sor Antonia Illa y a las demás que habría en adelante, herederas de la casa y tres fincas o huertos. Todo, como él decía, para que las Hermanas no tuvieran que ir tras los casaquetas y plumetas, sino que con estos réditos y el producto de la escuela tuviesen para todos sus gastos.

Habiendo muerto nuestro santo protector, todos los contratiempos vinieron a la Superiora. No pudiendo conseguir de Sor Francisca Palmés la cesión de estos bienes, dirigiéndose al Sr. Visitador D. Buenaventura Codina, a 18 de mayo de 1845, el que tampoco cedió a la demanda de la Junta. Disgustados por esta resistencia obligaron a Sor Francisca Minguella a comer el pan de las amarguras. Quizás no ha sufrido menos Sor Magdalena Freixas, en su larga estancia en esta Casa, ya de súbdita, ya de Superiora.

El 29 de agosto de 1868, un niño robó una cruz del copón y en castigo, fue encerrado, y como se oyese llamar por los transeúntes de la calle, amotinándose las gentes, diciendo que mataban un niño. En la misma noche presentáronse el juez, el alcalde y gobernador. asustando la casa con su imprudentes preguntas, sin ni querer creer al niño, que tranquilamente dormía en su cama.

La conservación de los bienes, que el Sr. Penitenciario Vidal dejó a las Hermanas, lo que dejó a los expósitos, todo se ha vendido, ha costado a Sor Magdalena no pocos disgustos sus tiempos de mortificación.

En medio de los disgustos, también se han experimentado’ consoladoras escenas. Ex 1874, como la Diputación dejó algún tiempo de pagar a las amas y las más volvían sus críos, muriendo muchos de hambre, conmovidas varias señoritas por tanta desgracia, resolvieron buscar fondos para pagar a las amas, ya en sus diversiones ya en donativos. Al efecto. presentose una comisión de lo mejorcito de Lérida, ofreciendo bastante dinero para el pago de las amas. El ángel de San Vicente inspiró a Sor Magdalena no recibirlo sino para entregarlo al Presidente de la Diputación, el cual respondió: «Si ustedes hubieran recibido este dinero para pagar por sí a las amas, hubieran tenido que pagarlas siempre.»

  1. Manuel Borrás presbítero, puesto por el mismo penitenciario D. José Vidal per capellán de la casa, vióse sumergido en la tormenta con Sor Vicenta Minguella. Desck entonces la casa del capellán se vio convertida en casa de maternidad. Este cambio, si bici fue para nuestra mayor mortificación y desedificación de la familia, por estar demasiado a la vista, se convirtió en bien de los pobres y en honor de San Vicente, pues, desde que se puso su reliquia en el oratorio con dos velas encendidas, jamás ha muerto madre alguna re crío sin bautizar».

Una carta del P. Codina nos muestra su firme decisión en este asunto del legado del S. Vidal. Ya la Superiora estaba en posesión de los mencionados bienes desde 1833, pero a administración corrió a cargo de dicho Sr. Vidal, entregando el producto, deducidas las cargas, a la administración de las Hermanas, quienes después de su muerte, en 1833, continuarían en su pacífica posesión. La Junta de la Inclusa quiso años más tarde, despose= a la Comunidad del dicho legado, lo que dio ocasión a que el Visitador, P. Codina, enviara la siguiente protesta.

«Enterado del contenido del Oficio, que esa M.I. Junta se servió dirigirme con fecha 11 de los corrientes, digo en su contestación lo que sigue: Creería ofender la venerable memorar: del Iltre. D. José Vidal y obrar contra su voluntad expresa, manifestada en la escritura cae cesión y donación de los bienes que fueron, en último resultado, del donante a favor de las Hijas de la Caridad, que es y será de la casa de niños expósitos de esa Ciudad, y declarado más por extenso en carta particular escrita toda de propia mano del dicho Señor, si consintiese que la administración libre de dichos bienes se extrajese de las manos de esa Sra Superiora y pasase a otras cualesquiera, bajo las garantías que se quisiesen ofrecer. Por tanto, debo decir a VV. SS. que mi conciencia no me permite consentir en el convenio que se ha proyectado; y sí es mi voluntad que sigan en adelante las cosas como han andado hasta el presente, en los doce años de pacífica posesión. = Dios guarde a VV. SS. muchos años = Madrid, 23 de mayo de 1845. = Buenaventura Codina».

Del buen espíritu de estas primitivas fundaciones de Lérida tenemos el testimonio del Visitador Padre Gros, quien lo consignaba, en su acta de Visita de 1841, con estas palabras «Mucho consuelo y satisfacción habíamos pensado tener al principiar la visita de esta casa, porque los Establecimientos de Lérida, desde su fundación, cobraron la fama de muy observantes y, aún hace muy poco tiempo, recibimos carta de una Superiora, que se recomendaba a las oraciones de las Hermanas de estas casas, como que, así ella como sus Hermanas, pensaban que eran las más observantes de España; tal fue el buen olor de Jesucristo, que dieron vuestras primeras Hermanas desde el principio».

Por aquellos días de recrudecimiento liberal en España, les nota: «Que parecen tienen de temor de parecer Hijas de la Caridad, pues las veo o ir sin el rosario y el Santo Cristo, o  escondido debajo del delantal; yo pienso que habrá sido cierto motivo de temor, pero en otras partes, donde podían tener más, no lo han hecho. No queremos, pues que se haga en adelante”.

Dos años después, en 1843, el Sr. Roca, imposibilitado por sus achaques para visitar personalmente a estas Comunidades de Lérida, comisiona a Sor Agustina Inzá, Superiora del Colegio de Sangüesa, «persona de confianza por su virtud, por su talento y por su amor a la vocación… Recibidla como me recibiríais a mí mismo… Al abrir la visita os leerá una carta mía, en la que veréis la grave comisión que se le ha confiado para vuestro bien». Este modo de Visita, que también ejecutó Sor Agustina en Játiva parece aquí por primera vez.

 

One Comment on “La provincia española de las Hijas de la Caridad (XXIV)”

  1. Una Maravillosa Labor. Un Campo Grandes de Todas Las Clases Sosiales. Donde hay unas hijas De la Caridad No Falta Dios. La Gran Providencia Divina las Aciste Siempres Ha las Hijas De la Caridad. Maravillosas Labor en todos los Campos que Realisais. Me quedo Con Un Gram Impredion. De las hijas de la Caridad. Es Tambien mi Regla De Oro .Maria Agudtina Espin Soto. Sevilla.

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