La Provincia española de las Hijas de la Caridad (XX)

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Author: Pedro Vargas .
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LOGO HHCSemblanza de Sor Manuela Lecina. Nació Sor Manuela Lecina en Besians, pequeña aldea del Obispado de Barbastro, hoy agregada a la feligresía de Perarrúa, en 6 de agosto de 1760. El mismo día recibió las aguas del Santo Bautismo’. A los seis años recibió el santo sacramento de la Confirmación.

Dada la pequeñez del lugar, es de creer que, en aquellos primeros años, no pudo tener Sor Manuela más escuela que el empleo y el hogar.

Tenemos un indicio, casi prueba de que recibió en Barbastro la educación y enseñanza convenientes para su futuro destino y es el siguiente: D. José Barón, Cura Rector de Besians tenía amistad antigua y casi familiar con los Lecina. El casó a los padres de Sor Manuela ea 1754; él bautizó a ésta y todos sus cinco hermanos, y en el bautismo de uno de ellos, Blas Felipe, en 1763, aparece como madrina Isabel Barón, de Barbastro. Esta Isabel Barón, hermana sin duda del Cura de Besians y residente en Barbastro, era persona tan instruída y capacitada en la enseñanza, que cuando años más tarde, el Superior de Barbastro, P. Durán determinó abrir ya la escuela de niñas que había proyectado confiar a las Hijas de la Caridad cuando viniesen a España, propuso al Ayuntamiento, y asi se aprobó, según el libro de actas en sesión de 30 de julio de 1783, que fuera nombrada una de las maestras de niñas la dicha Isabel Barón. Era, pues lo más natural que, dada la antigua amistad entre la familia de las Barón de Barbastro y la de Sor Manuela, ésta se hubiera educado en casa de Isabel. Lo demás vino por sus pasos contados. Allí fue conocida y dirigida por el P. Durán, quien muy selectas dotes hubo de descubrir en aquella doncella campesina cuando la eligió como una de las piedras fundamentales del Instituto de las Hijas de la Caridad en España, hasta sufragar los gastos no pequeños, que para ello serían necesarios.

Efectivamente, en 18 de marzo de 1782, salió en compañía de las otras cinco jóvenes designadas, que desde Barcelona salieron para Francia, en cuyo Noviciado fueron recibidas,
25 de agosto. Cinco años más tarde y justamente el día en que cumplía sus veintisiete años de edad, seis de agosto de 1787, pronunció sus santos votos y quedó definitivamente incorporada al Instituto de S. Vicente.

No hemos de repetir aquí los sucesos de su vuelta a la patria y los empleos a que fue destinada en Barcelona y en Barbastro, ni las vicisitudes amargas de la fundación del Real Noviciado y las privaciones y penurias a que se vio sujeta, durante la guerra de la Independencia, en la Inclusa de la Corte.

Ya queda referido también en su capítulo correspondiente, la salida de Sor Manuela de Madrid y las razones poderosas que lo aconsejaban. La obediencia había guiado siempre sus pasos por pura obediencia había aceptado el cargo de Superiora principal, al que se resistía su humildad. Por obediencia había subido a aquella cumbre tan visible en la Corte, donde se vió mimada por las Señoras de la Nobleza y hasta por los mismos Reyes. Pero pronto hubo de conocer que aquella cumbre iba a ser para ella el calvario que Dios la preparaba para su inmolación y, como el Señor en el Huerto, aunque rehusó el cáliz, cuando vio manifiesta la voluntad divina en la de sus Superiores, lo bebió hasta las heces.

Alma sensible y delicada, firmemente adicta a su vocación, tuvo que sufrir las más hondas amarguras al ver la ceguedad de una de sus Hermanas, que no sólo había roto sus sagrados compromisos, sino que maquinaba la ruina de todo el Instituto y a punto estuvo de conseguirlo, guiada y apoyada de los altos poderes civiles y eclesiásticos de Madrid.

Todo lo venció la humildad, la paciencia y la vida de oración de Sor Manuela. Su humildad evitó choques perjudiciales e inútiles, en aquellas delicadísimas circunstancias. Supo esperar con paciencia la hora de Dios, retirándose con prudencia del Real Noviciado a la Inclusa, sin más consuelo, en aquellas horas amargas, que desahogarse a los pies de Jesús Crucificado, recurso eficaz de todos los Santos. Y Sor Manuela sintió, también, este consuelo celestial cuando, «en un día de gran tribulación y completo desamparo de las criaturas el Santo Cristo, dice un antiguo documento de la Inclusa, consolé a la Superiora con las siguientes palabras: «Animo, hija mía, esta planta tan tierna y al parecer muerta, convertida en árbol, extenderá sus ramas a ambos mundos».

Consolada con esta dulce promesa salió de Madrid, como queda dicho Sor Manuela Lecina acompañada de su hermana Sor Basilia.

El benemérito historiador P. Nieto trató de este sobrenatural favor. Por la confrontación de letras podríamos hoy sacar si el citado documento fue escrito por el P. Murillo, según es
de creer, o acaso por la misma Sor Manuela, en tercera persona. Lo cierto es que el escrito provenía de la colección de documentos de la Inclusa de Madrid, que por ser todos ellos en defensa de la no separación, permanecieron siempre en poder de las Hermanas de lnclusa hasta no hace muchos años en que se incorporaron al archivo de nuestra casa central de García de Paredes. Conviene tener esto presente para corroborar que para nada se refiere el documento a Sor Lucía Reventós, a quien lo atribuyó equivocadamente el P. Roura, que fu el primero en publicarlo.

El Sr.Visitador, con solicitud personal, pidió algunos auxilios a la Junta de la Inclusa para los gastos de su estancia en la Casa de Barbastro, que empobrecida por la guerra, apenas si podía sufragar sus propias necesidades.

«Con esta ocasión, decía el Sr. Segura, en 22 de julio de 1815, con la mayor sumisión y humildad hago presente a V. Excia. que las dos que partieron de esa Inclusa con motivo de enfermedad, Sor Manuela Lecina y su hermana Sor Basilia, gastaron no poco en su viaje y otro tanto han hecho en el pobre establecimiento de Barbastro, en donde han estado bastante tiempo enfermas». De cuyas palabras parece deducirse que ya, en aquella fecha, estaban restablecidas y trasladadas a la casa de Lérida, no sin antes, como era natural, haber pasado alguna temporada al lado de su familia en el vecino pueblo de Besians, su pueblo natal, corta distancia de Barbastro.

«Por lo que mira a la contribución que se exigió a fin de socorrer a las Hermanas Lecina y Basilia, (que ellas nunca han pedido) supuesto que la Inclusa, escribía el P. Visitador, se halla atrasada, nada hay que decir sino que la Congregación, a pesar de los muchos gastos que ha sufrido por el bien de este Instituto queda encargada de ayudar a su manutención esperando que el Señor, rico en misericordia, le suministrará los medios más propios para este efecto».

El no haber sido adscrita Sor Manuela Lecina en ninguna de las casas entonces existente en el norte, Barbastro, Lérida, Tortosa o Pamplona, indica claramente el estado de interinidad en que la dejaron los Superiores en espera de que, arreglado el asunto del Noviciado, pudiera volver a su puesto de Superiora principal del Instituto, cargo que le había sido otorgado por el Visitador y corroborado en la Real Orden fundacional del Noviciado. Ello prueba también la gran confianza que se tenía de su valor y de su virtud y que su salud aunque delicada, era suficiente para desempeñar el alto cargo a que fue destinada, no si gran resistencia de su humildad.

Ya dijimos que la primera impresión de las Reglas de S. Vicente coincidió con estancia en Barbastro de Sor Manuela. Con qué satisfacción tomaría en sus manos aquel librito que contenía el objeto de sus amores, de sus desvelos y de sus sufrimientos. Esta impresión de las Reglas de las Hijas de la Caridad fue el más eficaz argumento contra los favores de las nuevas Constituciones y Dios premió la fidelidad de Sor Manuela dejándola ver el triunfo tan deseado.

Referido queda el proceso de las nuevas Reglas del Sr. Patriarca de las Indias, que fueron aprobadas por su Santidad en Aula del 26 de marzo de 1816. Triunfo efímero, pues sin haberse llegado a ejecutar dicha Bula, fue derogado por otra de 22 de junio de 1818, que devolvía al Superior de la Misión la dirección de todas las Hijas de la Caridad en España.

Si grande fue el júbilo de toda la Congregación por tan feliz nueva, fácil es de calcular el que alcanzó a Sor Manuela que tanto había sufrido y esperado. Hallábase ella, a la sazón en Zaragoza, de regreso a Madrid, en donde juzgaron los Superiores necesaria su presencia, en vista del buen sesgo que presentaba ya el asunto del Real Noviciado, con la decidida protección de la Reina. Había salido de Lérida o de Barbastro a principios de 1818, en el rigor del invierno, por aquellos caminos difíciles, hasta Calatayud, en que comenzaba el camino real. Acompañada de su hermana Sor Basilia, detúvose en Zaragoza a descansar y a satisfacer su filial devoción a la Santísima Virgen del Pilar. En el camino cogió un fuerte resfriado que la obligó a prolongar su estancia, primero en la familia Altaoja y después en el Hospital, entre las Hermanas de Santa Ana. Cuando ya restablecida, se disponía a continuar su viaje una recaída la postró para no levantarse más y, en 24 de julio de aquel mismo año, entregó santamente su alma a Dios, en una celda de aquel Hospital.

La circunstancia de haber muerto Sor Manuela Lecina lejos de la Comunidad a que pertenecía y, más que nada, el haber coincidido su muerte con aquel momento transcendental del Instituto de las Hijas de la Caridad, cuando la decisión Real y Pontificia cortó de raíz aquel germen peligrosísimo de división, hizo que la memoria de Sor Manuela cayera poco a poco en el olvido. Su cargo, su talento, sus virtudes y su fidelidad a la Reglas de San Vicente bien merecían una nota en su elogio. Acaso la hicieran los libros de la Inclusa de Madrid que no han llegado a nosotros; en el de difuntas del Noviciado leemos exactamente: «Murió en el Hospital de Zaragoza, en 24 de julio de 1818».

Más aún; en el libro antiguo del personal de mismo Noviciado, en manos entonces de Sor Lucía Reventós, Superiora en él, tolerada durante muchos años, no se la perdonó, ni aun después de muerta, la tenaz resistencia que opuso a todo intento de separación; leemos allí esta. denigrante nota, que no se puede oir sin indignación: «Sor Manuela Lecina … murió en Zaragoza. Los Superiores la habían enviado a tomar aires y baños, porque hacía mucho tiempo estaba trastornada de la cabeza. Era de la Inclusa de esta Corte.»

Fue medida de prudencia, aconsejada por las circunstancias, echar un velo de piadoso olvido a todo lo pasado. Cualquier recuerdo de Sor Manuela había de tocar necesariamente en la herida apenas restañada de aquellas Hermanas recién obligadas a unirse. Los Superiores toleraron que Sor Lucía Reventós continuara al frente del Real Noviciado, pues seguía contando con muy poderosas influencias y Sor Manuela Lecina había sido siempre irreducible obstáculo a sus pretensiones de separación. Ningún valor, pues, tiene esa nota denigrante ante los repetidos testimonios que de su talento y de su virtud, nos han dejado personas que, como el virtuoso P. Murillo, la trataron íntimamente.

Pero eran designios de la Divina Proviclencia que la memoria de tan santa y digna Hija de San Vicente no quedara para siempre en el olvido.

La noticia consignada en los libros del Noviciado de Jesús, de que Sor Manuea Lecina había muerto en el Hospital de Zaragoza, nos movió a buscar en el archivo de este centro benéfico su partida de defunción u otros datos relativos a dicha Hermana aunque sin resultado positivo. Pero era natural que entre las Hermanas de Santa Ana de aquel Hospital pudiera haber algunas noticias referentes al particular y, siendo cierto que estas religiosas recibían antiguamente sepultura en la Cripta de su Iglesia, nada tendría de extraño que Sor Manuela hubiera sido allí enterrada. Con esta idea las Hermanas de Santa Ana desearon inspeccionar los nichos de la cripta y el día 12 de junio de 1930, señalado por la autoridad eclesiástica, tuvo lugar el reconocimiento.

Reunidos allí el muy Iltre. Sr.Vicario General de la Diócesis de Zaragoza, D. José Mur. la muy Reverenda Madre General de las Hermanas de Santa Ana con su Consejo y Superioras de la Ciudad, dos Hijas de San Vicente Sor Juana, Superiora del Colegio de Aragón y Sor Luisa del Hospital Militar los Señores capellanes del Hospital y los Padres Bonifacio González y Pedro Vargas, y rezadas preces por los difuntos, se procedió a la apertura de los sepulcros, hallándose varios, que se pudieron reconocer desde luego como pertenecientes a las Hermanas de Santa Ana; otros, de los que nada se podía afirmar, pues estaban los cadáveres envueltos en sábanas, hasta que, en el correspondiente al nicho n° 22 aparecieron los restos de una Hermana. «Hay en este nicho, dice el acta oficial reconocimiento, una caja forrada y con adornos que contiene restos de un cadáver de religiosa, con toca que parece muy fina y diferente de las que usan las Hermanas de Santa Ana. Estos indicios y unos restos de cinta, que parece igual a las que usan en el manto las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, da lugar a sospechar que este cadáver pueda ser una Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl». El acta no tenía por qué decir más en largo recuento de los treinta nichos.

Lo demás nos lo decía el Archivo del Noviciado de Jesús, señalando el lugar de muerte de Sor Manuela, lo decía aquel cadáver perfectamente articulado con sus mandíbulas y dientes en su lugar, los huesos de las manos juntas, con sus dedos todos entrelazados, ocultas las clavículas, el tórax y caderas por las vestes apelmazadas, se dibujaba perfectamente la toca caída sobre los hombros; y tres manchas alargadas de cardenillo cobre, en el cuello y sobre las clavículas, indicaban los tres alfileres que usaron las Hijas la Caridad hasta muchos años después para sujetar el collete y las alas caídas de la toca sobre la frente restos del tocado con los frunces distintivos de las Hermanas; y sobre el lugar de la cintura y a los costados restos de cinta con algunos nudos, indicio claro del manto peculiar en ellas; los zapatos altos en buen uso al parecer. Todo esto, inspeccionado con mucho detenimiento por los testigos allí presentes ya citados, no dejaba lugar a duda de que aquellos restos eran los de Sor Manuela Lecina, única Hija de la Caridad que «murió en Hospital de Zaragoza en 24 de julio de 1818», como decían los dos libros del Archivo Jesús, el del personal y el de las difuntas. En presencia de todos los testigos citados Ios albañiles procedieron al emparedado de los nichos.

En su consecuencia el Consejo central de las Hijas de la Caridad tramitó ante autoridades civiles y eclesiásticas el largo expediente necesario para la traslación de los restos a Madrid.

El día 22 de noviembre del mismo año 1930, presentes en la cripta del Hospital de Nuestra Señora de Gracia el Muy Ilustre Sr. D. José Mur y Sancho, Vicario General del Arzobispado de Zaragoza, D.Urbano Gardeta, Vicario de los Establecimientos de Beneficencia, el P.José Mª Fernández, Subdirector de las Hijas de la Caridad, P. Benigno Blanco, también subdirector de las Hijas de la Caridad del nordeste de España, Sor Josefa Rio Miranda, Asistenta del Consejo de las Hijas de la Caridad, Sor Francisca Viñes, Ecónoma del mismo Consejo, las Hermanas Amalia Zorcano, Vicaria General de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, con otras varias Superioras y Hermanas de la misma Congregación, Dn. José Vidal, Director Jefe de las Casas de beneficencia y D. Emilio Moreno, Administrador de las mismas casas se procedió, por orden del M.I. Sr. Vicario General a abrir el nicho n° 22 de las sepulturas, y abierta la caja, se comprobó que eran los mismos restos, como los vieron algunos de los presentes, que asistieron a la primera apertura. A continuación fue colocada la caja con los restos, en otra caja nueva, forrada de blanco interior y exteriormente, que después de cerrada, y entregada la llave por el M.I. Sr.Vicario General a la Rvda. Asistenta del Consejo de las Hijas de la Caridad quedó en poder de éstas. El Rvdo. P. Fernández, en nombre de la Congregación, dio las gracias expresivamente a las Hermanas de la Caridad de Santa Ana por haber guardado cuidadosamente los restos de Sor Manuela Lecina y entregarlos generosamente a las Hijas de la Caridad. Rezado un responso por el M.I. Sr. Vicario General de la Archidiócesis, se dio por terminado el acto. En testimonio firman los Señores indicados al principio del Acta y Dn. Guillermo Legaz Jerez, Pbro. Licenciado, Notario Mayor de la Curía Eclesiástica del Arzobispado de Zaragoza.

Los testigos presenciales de la primera apertura y que presenciamos también esta segunda, aunque no estamos consignados en ella, éramos: Sor Juana Sagastume, Superiora de Juan de Aragón y Comisaria, Sor Luisa Armendariz y los Padres Bonifacio Gonzalez y Padre Vargas.

Precintado convenientemente el blanco ataúd, fue sacado de la cripta y conducido en hombros de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana y de las Hijas de San Vicente al furgón automóvil, en cuya delantera iba el P. José Ma Fernández. Escoltado por otro automóvil con las Hermanas del Consejo Sor Josefa Miranda Rio y Sor Francisca Viñes salieron hacia Madrid, entre la emocionante despedida de muchas Hermanas de ambas Congregaciones citadas, que habían acudido al Hospital de Gracia.

El día era como de primavera y el viaje no pudo ser más feliz. Eran las cinco en punto de la tarde de aquel 23 de noviembre, cuando pasaban frente a la puerta de la Iglesia de la Inclusa nueva y Colegio de la Paz los autos que venían de Zaragoza.

¿Por qué iba Sor Manuela a la Inclusa? Ella había sido la primera y santa Superiora de aquella Comunidad, de la cual había tenido que salir en 1814 por defender su vocación y su fidelidad a las Reglas de su Instituto; y cuando en 1818 volvía a la Inclusa de la Corte a recoger el fruto de su fidelidad, entró a descansar en Zaragoza y su descanso había durado ciento doce años. Pero las Hermanas tenían vivo su recuerdo y la estaban esperando: «Es nuestra, decían, y su primera visita nos pertenece». No sin especial providencia la actual Superiora de la Inclusa, Sor Josefa Río Miranda, era entonces Asistenta del Consejo. Era, pues, justo que fuera la Inclusa la primera en dar la bienvenida a Sor Manuela.

Ya dentro de la Iglesia los Señores Capellanes del Establecimiento, entonaron un solemne responso: que cantaron a coro las Niñas del Colegio de la Paz, aquellas niñas por quienes Sor Manuela tantos sacrificios se impuso, principalmente durante los amargos días de la guerra de la Independencia.

La iglesia estaba adornada e iluminada como en día de fiesta y las notas del responso resonaban a Tedeum de acción de gracias. Asistieron a él las Hermanas del Consejo, varias Superioras y Hermanas de Madrid y de Provincias, las Hermanas de la Caridad de Santa Ana y todo el personal de la Inclusa. Estaba también presente el M.R. Padre Visitador D. Adolfo Tobar, el Subdirector General P. Fernández, el P. Moso de la Residencia de Lope de Vega y los Padres Bonifacio González y Vargas, venidos aquel mismo día de Zaragoza.

Terminado el responso solemne y otros rezados por los sacerdotes presentes, fue llevado como en triunfo, por las Hermanas, el blanco ataúd y subido a la capilla de Comunidad donde había de permanecer hasta el día siguiente, velado por ellas,

A las nueve y media de la mañana del lunes 24, dió principio el funeral en la Iglesia de la Inclusa. Por invitación expresa de la Superiora de la casa, Sor Josefa Río, los oficios del altar y el canto estuvieron a cargo de la Comunidad de Chamberi. Cantó la misa nuestro muy amado Visitador y Director de las Hijas de la Caridad, P. Tobar, ayudado de los Padres Pérez y Morquillas y del P. Barriocanal. Nuestros Hermanos estudiantes de Moral cantaron una misa de canto Gregoriano, con Dies irae y responso de Perosi.

En el centro de la Iglesia presidían el acto el P. Moreda, Superior de Lope de Vega, el Vicerrector P.Fernández, la Madre Visitadora, Sor Teresa Sánchez, Hermanas del Consejo, Sor Josefa Río, Sor Francisca Viñes y Sor María Bengoa; una numerosa representación de Hermanas de Santa Ana, con sus Superioras del Hospital de San Juan de Dios y del Instituto del Cáncer. El Diputado Visitador D.Alfonso Díaz Agüero y los Señores Diputados provinciales Prieto Paros y Alonso Orduña; el Teniente Alcalde del distrito Señor Flores Valle; D. Conrado Muro, Director de la Inclusa y Colegio de la Paz, D. Luis Jiménez. Interventor del establecimiento, D. Jesús Porta, Capellán del Asilo de S. Luis; D. Joaquín Babé, Bienhechor de la casa. En el presbiterio asistían Rvdo. Padre Pampliega, Superior de la casa de Chamberi con los Padres Prieto y Vargas y los Pbros. Capellanes de la Inclusa D. Dionisio Moreno, D. Manuel Elvira, D. Martín Varas, D. Manuel Fernández y el Padre Moso.

Estaban, también, en la Iglesia casi todas las Hermanas Comisarias venidas de Provincias y numerosas comisiones de las cincuenta casas de Madrid A pesar de estar la Iglesia repleta fueron más las que quedaron fuera por falta de lugar.

Terminada la misa, subió al púlpito el P. Bonifacio González de la residencia de Zaragoza y pronunció la oración fúnebre llena de unción y de majestad, realzada por la emoción de las circunstancias y que arrasó muchos ojos en lágrimas de ternura.

En la imposibilidad de transcribir aquí todo la inspirada y patética oración de: P.Bonifacio González citaré sólo, este párrafo emocionante : «Ahí está la Hija fiel de S. Vicente, Sor Manuela Lecina, la fundadora del Real Noviciado y primera Superiora de esta Inclusa de Madrid… ahí está la perseguida, la humillada, la eclipsada hasta este día de  hoy la desconocida de todos,… aquí está hoy, en medio de su comunidad querida de Inclusa…

Ah, ¿qué os diré yo Hermanas? Cuando ayer al declinar la tarde tuve el honor y el consuelo de presenciar aquella tierna escena que ofrecisteis las Hermanas y las niñas y las autoridades de esta santa casa, a la llegada de estos restos de vuestra antigua Superiora; cuando os vi cual enjambre solícito de abejas en torno del panal, rodeando el carro mortuorio, disputándoos el honor de poner sobre vuestros hombros los amados restos; cuando a guisa de saludo, con acentos de cariño y de plegaria resonaron en estas naves los imponentes responsos de nuestra liturgia, esas súplicas graves y dolientes que nos recuerdan la tremenda Majestad de Dios y los misterios de su clemencia y justicia, al mismo tiempo que nos llaman con fuerte voz a la virtud; cuando la caja blanca de Sor Manuela Lecina pasaba entre las largas filas de niños y huérfanos y veía yo dibujarse en los ojos infantiles y en el rostro de los pequeñuelos la gratitud y el asombro, la admiración y el respeto… yo ponía la mente y el espíritu en el cuadro del pasado… miraba el panorama que ofrece la vida de Sor Manuela Lecina  y reconstruía la escena ya lejana, el día triste de la partida; es decir, aquel día triste del año 1814, cuando Sor Lecina, vencida en lucha desigual, empujada por elementos poderosos de alta autoridad, se veía precisada a partir de Madrid, veía aquella medida tierna, que anegada en llanto, hacían las Hermanas de la Inclusa a su primera Superiora, y a ésta con los ojos arrasados, partido de dolor el corazón, despedirse de su Comunidad amada, salir para siempre de aquella casa de Embajadores a la que nunca había de volver; partir, ahogando sus sollozos, hacia aquel paliado destierro senda de espinas, dolorosa y última jornada de su existencia, amarga paga que había de recibir en vida, por su amor y fidelidad inquebrantable a las Reglas de su Santo Padre S. Vicente.

Y al comparar las dos escenas, la de la partida triste y desolada y la del regreso en sus cenizas mortales, al cabo de tantos años, las lágrimas de aquellas hijas que la despidieron y la tierna emoción de estas Hijas que la recibíais con gozo, me parecía que desde esa tumba os saludaba llena de amor vuestra antigua Superiora; me parecía que sus huesos se estremecían de gozo en el sepulcro, al verse rodeada de tantas Hijas; que hablaban sus cenizas, que predicaba ese túmulo y se oía la voz del Maestro Divino: «Quien se humilla será ensalzado». Seguidamente se procedió a la conducción de los restos mortales de Sor Manuela Lecina al Noviciado de Jesús.

Ordenada la procesión, abrían marcha cuatro guardias municipales a caballo; seguían dos larguísimas filas de niñas mayores del Colegio de la Paz y de otros varios de Madrid. Después un número incontable de Hermanas, como nunca se hablan visto en público tantas. El blanco ataúd fue sacado de la Iglesia por las cuatro Hermanas del Consejo provincial y los dos Superioras, Hermanas de Santa Ana y colocado en un blanca y hermosa carroza tirada por cuatro caballos con seis palafreneros a la federica.

Presidían el duelo, que más parecía procesión, la Madre Visitadora y Hermanas del Consejo, acompañadas de las Hermanas de Santa Ana, con todas las demás autoridades y personas anteriormente citadas. Seguía detrás un numeroso grupo de automóviles.

El desfile constituía un espectáculo llamativo y la gente se agrupaba respetuosamente a ambos lados para verlo, admirada, no sólo de la numerosa comitiva, sino de la dirección de ella, contraria a la que suelen llevar los entierros. Así recorrió las calles de O ‘Donell, Alcalá, Alfonso XII, Maura, Plaza de Castelar y Jesús, con un orden admirable, merced a la intervención del Director del Tráfico, Sr. Abarca, que cuidó del servicio.

La una sería próximamente cuando la blanca carroza se detuvo frente a la puerta del Real Noviciado. Remansadas aquellas largas filas de niñas en la calle de Jesús, pues no era posible entraran en el Noviciado, repleto como estaba de Hermanas, el blanco ataúd, cogido de nuevo en hombros por las mismas Hermanas del Consejo y de Santa Ana, fue introducido en la Casa Central, donde esperaban con ansia este momento.

Conducido por entre dos apretadas filas de Novicias a lo largo del corredor fue introducido a la bellísima Iglesia toda llena de luz, cuajada de novicias, en su nave central y de Hermanas en las laterales y tribunas, que con la blanca nitidez de la tocas, más que nunca, entonces parecía aquello un campo florido de azucenas.

Las Hermanas cantaron un solemne responso, que semejaba un canto jubiloso de bienvenida. Así lo interpretó una noche de la novena de la Virgen Milagrosa, que entonces  se celebraba, el orador sagrado, cuando dijo estas emocionantes palabras: «Al partir para destierro en 1814, Sor Manuela Lecina dejaba en el noviciado seis novicias al volver después de un siglo largo, a esta casa por ella fundada, encuentra trescientas y más». Trescientas tres eran, en efecto, las Hermanas Seminaristas que en aquellos momentos estaban en la Iglesia; las demás Hermanas eran incontables.

Terminadas las preces entonadas por los Señores Capellanes del Real Noviciado, llevado el blanco ataúd al lugar de la sepultura, donde reposarán en adelante los restos de aquella fiel Hija de San Vicente, fundadora de esa Casa Central, para que su memoria sea honrada y sus virtudes imitadas, según los designios de la Divina providencia.

Como hecha a propósito, tiene la Iglesia del Real Noviciado una capillita gótica a la derecha del altar de S. Vicente, con dos ventanas aspilleradas, multicolores, a la calle de Lope de Vega. Este local, completamente vacío, ha sido el lugar designado para sepulcro de Sor Manuela Lecina. Sólo le separa de la Iglesia una verja de hierro y se puede ver de casi todos los lados.

Sobre una plataforma de mármol negro álzanse ocho columnas de blancos fustes de mármol, con basas y capiteles de bronce dorado en magnífico contraste. Sobre estas columnas descansa un arcón de mármol blanco con tapa de lo mismo, a cuatro vertientes algo semejante al sepulcro del Apóstol en Compostela. Todas las aristas del arcón están enmarcadas en molduras góticas de bronce dorado. En la cara del frente sobre mármol blanco resalta con letras doradas esta sencilla inscripción: «1760 – Sor Manuela Lecina -1818, Fundadora del Real Noviciado/ 1803». Sobre la tapa lleva dos medallones de bronce repujados con maestría por las Hermanas del Colegio de Zaragoza, como recuerdo a Sor Manuela Lecina, con las fechas de este año centenario de la Milagrosa.

En el testero de la pared se ha colocado un doselete gótico de bronce que sirve de marco a la santa imagen de Jesús Crucificado.

Desde entonces espontáneamente algunas Hermanas de Madrid y de Provincias comenzaron a pedir privadamente a Dios favores por mediación de Sor Manuela Lecina y fueron llegando a nuestra noticia casos dignos de atención que parecían milagros del Señor obrados por intercesión de su sierva.

Llegaron los días negros de la España roja, en que los espíritus del averno se desataron sobre Madrid. El amplio Noviciado fue feudo de las hordas.

Un día aciago la aviación amiga, con intención o al acaso, convirtió en llamas aquella casa de tantos recuerdos. Sólo se salvó el último pabellón, gracias a su aislamiento. Allí pereció el viejo edificio y la primitiva Iglesia, después capilla de Hijas de María, santificada con recuerdos de la predicación del Padre Claret.

¿Qué sería de la magnífica Iglesia y del sepulcro de Sor Manuela Lecina? Porque es de advertir que el punto de mayor peligro era precisamente el lado de las tribunas con sus entradas y pisos de madera encerada, por donde necesariamente habría de penetrar el fuego abrasador, si una mano invisible no lo impedía. La mano invisible lo contuvo y la bellísima Iglesia se salvó integra y tanto el sepulcro de Sor Manuela Lecina, a pesar de que los rojos abrieron la tapa, sin duda en busca de tesoros, como la caja de plomo perfectamente soldada que contenía los restos no sufrieron deterioro. Si esto no fue milagro mucho tiene de parecido.

Por fin, al decidirse los Superiores a establecer de nuevo el Noviciado de las Hijas de Caridad en los locales del antiguo Hospital de Convalecientes de la calle del General Sanjurjo, fueron trasladados a él los restos mortales de Sor Manuela Lecina.

 

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