A pesar de la situación política revuelta e insegura de aquellos años, el P. Codina seguía incansable en afianzar más y más su obra del Noviciado, como si presintiera que pronto había de dejar la Dirección. No podían faltarle contradicciones. Una Real Orden de 7 de febrero de 1847 le renovaba la prohibición de admitir nuevas novicias sin el previo permiso del Ministro de la Gobernación:
«Al aprobar, dice, Su Majestad la Reina, la incorporación en el Noviciado de las Hijas de la Caridad en esta Corte, de las veintitrés jóvenes que comprende la lista incluida en el oficio del Director del Establecimiento de 20 de diciembre último, que por su gobierno Político se pasó a este Ministerio de Gobernación, en 29 del mismo, ha tenido a bien mandar prevenga V.E. al referido Director que, en lo sucesivo, ha de preceder el Real permiso para la admisión de las Novicias, como expresa el párrafo 1º de la Real orden de 16 de abril de 1843, sin cuyo requisito no serán incorporadas».
Esta prevención política no era óbice a las muchas vocaciones que se necesitaban y se recibían en el Noviciado, siempre pocas para las fundaciones que aguardaban turno. Así, en 20 de octubre de aquel año 47 escribía el P. Codina al P. General: «En cuanto a las Hermanas todo marcha perfectamente. A1 presente nos ocupamos de las fundaciones de Cádiz, Granada y Logroño, que esperan hace dos años a las Hermanas. El Noviciado está lleno de jóvenes, que son nuestra esperanza. Hay que enviar a las casas particulares a las que han vestido el santo hábito para admitir nuevas postulantes».
Mayor contratiempo causaba la tardanza inexplicable de París en contestar a las cartas, con frecuencia urgentes, lo cual ponía al P. Codina en situación comprometida. El P. General se había reservado la autorización para llevar a cabo las fundaciones. Cuando todo estaba preparado y no llegaba dicha autorización, claro está que no se podía exponer al Gobierno que la causa estaba en París, y el P. Codina, se veía por ello entre la espada y la pared.
Ya en 2 de diciembre del año anterior de 1846, pide perdón por haberse adelantado a ejecutar la fundación de Almería y espera su aprobación.
«En adelante, añade, respóndame V. lo antes posible, de lo contrario perderemos la confianza del Gobierno y la de las ciudades que piden con instancia Hermanas para sus establecimientos de Beneficencia, que, en general, se hallan en un estado deplorable y no ven el remedio sino en ellas. Ahora traigo entre manos una quinta fundación en Sevilla y luego una sexta.
Bien quisiera descansar un poco, pero por una parte hay que destinar a las jóvenes Hermanas a los seis meses de noviciado, pues si no, no se pueden recibir las postulantas que hacen la prueba, por falta de local y las rentas son escasas. Generalmente, del Noviciado pasan a los establecimientos de Madrid para ejercitarse y después de esta tercera prueba se las manda con otras antiguas a las nuevas fundaciones, lo cual da buenos resultados.
Las Cortes serán borrascosas; probablemente caerá el Ministerio, lo cual acaso retarde nuestra restauración».
Aquella tardanza en la correspondencia de París hubo de causar mucha inquietud y disgusto no sólo al P. Codina sino a todo el Consejo y Hermanas de Madrid. Bien se deduce esto de una carta que con tal ocasión dirigió al P. General aquel modelo de Misioneros, cuya fama de santidad ha llegado hasta nosotros: el P. Borja. En esa carta se refleja bien al vivo la noble sencillez y rectitud de su alma y el amor a la Congregación de las Hijas de la Caridad, a quienes consagró la mayor parte de su larga vida.
«Madrid, 21 de enero de 1847.
La primera vez que tengo el honor de escribir a Vuestra Reverendísima es para indicarle que, si le parece bien, tenga la bondad de contestar tan pronto como V. Reverendísima pueda, al Sr. Codina, para el acierto en la dirección de las Hijas de la Caridad; y parece necesario que así se haga y de no hacerlo así, hay fundamento para temer se sigan gravísimos inconvenientes y de muchísima consideración; hasta una abierta escisión de las Hijas de la Caridad de España con las de Francia, que es todo cuanto puede decirse; los pobres enfermos lo sentirán y nuestra amada Congregación quedará infamada. Esta en el día sigue bien y con gran edificación de todos los hombres de diferentes colores.
El Sr. Codina es, en el día, el sujeto más a propósito para la dirección y con dificultad se encontrará otro igual y por lo mismo me atrevo a escribir a V. Reverendísima que tenga la bondad de contestar tan pronto como buenamente pueda; o bien llana y sencillamente decirle: Sr. Codina, V. se precipita, se equivoca, yerra o falta en esto o en lo otro, o se hace independiente o se conduce mal o no consulta a su Superior, como debe. El Sr. Codina recibirá con docilidad y humildad los paternales avisos de V. Reverendísima.
Honorabilísimo Padre, si V. Reverendísima, en las actuales circunstancias estuviese en nuestra desgraciada España, no dudo que pensaría y escribiría como servidor piensa y escribe. Bien sabe V. Reverendísima que no le he molestado con cartas; y aseguro que el amor a nuestra amada Congregación me hace hablar en estos términos y servirme de las indicadas expresiones y no dudo que el desinteresado celo por la prosperidad de la Congregación, que V. Reverendísima tiene, hará que V. Reverendísima se digne atender a las humildes súplicas del más humilde súbdito de V. Reverendísima.
José Antonio Borja, indigno S. de la C. de la M.
P.D. Honorabilísimo Padre; tengo hechos servicios a las Hijas de la Caridad en esta Corte, en tiempo del P. Feu, Roca, Gros y Codina; y así digo que tengo alguna experiencia y sé cómo están las cosas y los peligros que hay y en grande perjuicio de la Congregación; y por lo mismo me he tomado la libertad de escribir esto a V. Reverendísima.
Poco después y con fecha 12 de febrero comunicaba el P. Codina al P. General lo siguiente: «Con su carta del 30 de enero aseguro la quinta fundación de Sevilla; la sexta en su turno. Pronto probablemente me obligarán a dar Hermanas para dos fundaciones en Cádiz. Han pasado diecisiete meses y la Real orden está sin cumplir. Para marzo ya tendré Hermanas para mandar a Cádiz y poco más tarde para otra fundación en Huelva. Pido a V. autorización para ello. Una vez puesto el principio: qui tacet consentire videtur, no le molestaré más, después de manifestar a V. las fundaciones que es preciso ejecutar.
Las innumerables ocupaciones impiden a V. sin duda conocer el estado de esta pobre patria nuestra. Está dividida en tres partidos: el moderado, el progresista y el Montemolinista. Los dos últimos son enemigos encarnizados del Gobierno francés. El otro débil, y dividido en grupos, es el único amigo de Luis Felipe. La masa de la Nación le odia y tememos con razón los fatales resultados que sobrevendrán de la alianza Franco-Española. ¿Qué partido ganará? Nada se sabe. Si es vencido el moderado serán necesarias mil precauciones para mantener hasta la correspondencia epistolar con V. a quien reconocemos y veneramos como al venerado sucesor de S. Vicente. Sólo quien está en medio del fuego puede saber cómo obrar en tales circunstancias.
Respecto a los Misioneros e Hijas de la Caridad nada hay que temer; todos estamos unidos y jamás nos opondremos al libre ejercicio de la autoridad de V. en la Provincia de España. La amamos y hacemos lo posible por conservarla. Nuestra casa, aunque pobre y pequeña, es frecuentada por muchos Diputados a Cortes, que vienen a solicitar Hermanas para sus establecimientos de Beneficencia. El día del restablecimiento de la Congregación de la Misión se ha alejado, pero no es nuestra la culpa… La ambición de los partidos todo lo revuelve y amenaza con un trastorno general. Desde los tiempos de la muerte de Fernando VII no se ha visto España en tan gran peligro.
Tengo la esperanza de que la tempestad formada sobre nuestro horizonte no caerá sobre el Instituto de las Hermanas. Son queridas, en general, por todos los partidos y por la masa de la nación. Nadie se atreverá a tocarlas».
Gracias a esta seguridad de que gozaban las Hermanas en medio de aquellas inquietudes políticas, el curso de sus fundaciones no se interrumpió y pudieron concluirse otras más en aquel mismo año. El 3 de marzo tomaban posesión del Hospicio de Hombres de Sevilla. Ya desde 28 de abril de 1845 las esperaban. En vista de los buenos resultados, decía un oficio, de su instalación en el Hospicio de Mujeres, la Junta las pide también para el de Hombres.
«Este Asilo que cuenta con más de trescientos desvalidos, la mayor parte niños pequeños, que careciendo del cuidado materno, necesitan auxiliadores caritativos que suplan aquella falta y no pueden encontrarlos en otros brazos que en los de las Hijas de la Caridad, destinadas por su benéfica Institución a llenar aquellos caritativos objetos a propósito para enjugar las lágrimas del niño débil y del anciano desvalido».
Fueron destinadas a esta fundación: Sor Juana Urtasun, Superiora, Sor Tomasa Rifaterra, Sor M. Francisca Carrasco, Sor María Josefa Remón, Sor Margarita Melero y Sor Francisca Eguiluz.
Pocos meses después, en 25 de julio, entraron las Hermanas en el Asilo de la Mendicidad, también en Sevilla. Fue su primera Superiora Sor Eugenia Lines, y poco después Sor Paula Martínez, que estaba en S. Martín, de Canarias.
Esta fundación se hizo en calidad de urgente y fuera de turno, en virtud de la siguiente Real orden: «El Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación del Reino me dice:
= Excmo. Sr.
= Enterada S.M. la Reina de las razones expuestas por el Ayuntamiento de Sevilla en la instancia, a que con apoyo dio curso el Jefe político de la provincia en 28 de febrero último, se ha dignado mandar que se faciliten las siete Hermanas de la Caridad que pidió el Ayuntamiento con destino al Asilo de Mendicidad de San Fernando, establecido en la misma ciudad; y que, al comunicar V E. esta Real determinación al Director del Noviciado para su cumplimiento, le encargue que por ser este un caso especial, ha de cubrirse el mencionado servicio con toda preferencia.=
De Real orden lo digo a V.E. para los efectos consiguientes.
y lo trasmito a V.S. para su más exacto cumplimiento.=
Dios guarde a V.S. muchos años.=
Madrid, 18 de mayo de 1847.=
Patricio de la Escosura.
= Sr. Director General del Noviciado de las Hijas de la Caridad».
Finalmente, en 4 de noviembre comenzaron las Hermanas sus caritativos servicios en el Hospicio de Cádiz. Fueron destinadas, de Superiora, Sor Ramona Lanau, del Hospicio de Madrid; Sor Eugenia Ribagorda, Sor Concepción Arbe, Sor María Antonia Calvet, Sor Estefanía Armendáriz, Sor Pilar Gastamiza, Sor Justa Alzaga, Sor Juliana Doronsoro, Sor Teresa Bandres y Sor María López. Todas novicias, menos las dos primeras. Al año siguiente fue nombrada Superiora Sor Inés Rius, que lo era del Hospital de Valencia y que lo había sido también en la fundación de la Cuna de Cádiz.
Al examinar los documentos de aquel año 47 es curioso ver cómo las Reales órdenes se atropellan unas a otras ordenando su ejecución, según los altos personajes de la política que intervenían. Así, mientras Granada, Cádiz y Logroño y otras esperaron largo tiempo, Gerona y Cuenca son declaradas «de toda preferencia». También se echa de ver la no interrumpida correspondencia oficial que entonces tenían que sostener los Directores del Real noviciado con el Gobierno. Sin contar las cartas, oficios, peticiones, etc. de provincias, sólo en el citado año hallamos las siguientes Reales órdenes de Gobernación: En 7 de febrero se ordena al Director que no se engloben en un sólo expediente la petición de varias fundaciones de Hermanas, sino que cada una tenga el suyo. En la misma fecha se aprueba la incorporación de 23 jóvenes al Noviciado, según lista presentada por su Director, pero con prevención de que ha de preceder siempre el superior permiso, según la Real orden de 16 de abril de 1843. En 17 de febrero se reclama el envío de siete Hermanas para el Hospital de Hombres de Sevilla. En 10 de marzo se ordena la fundación de Gerona, Hospital y expósitos. En la misma fecha se piden tres Hermanas para el Hospital de Segorbe. En 21 del mismo mes se otorgan cinco Hermanas para la Beneficencia de Teruel.
En la misma fecha se concede licencia de baños por dos meses al primer Capellán del Real Noviciado D. Pedro María de Torres. En 19 de mayo se ordena con toda preferencia la fundación de Hermanas en el Asilo de San Fernando de Sevilla. En 10 de junio se conceden siete Hermanas al Asilo de Mendicidad de Sevilla, pero después de enviadas al Hospicio y cuna de Granada las cinco Hermanas ya concedidas. El 24 de julio se ordena la fundación de Jaén. El 29 del mismo mes, la de Écija. En 27 de octubre se concede prórroga
de otros dos meses de ausencia al citado Capellán, Sr. Torres. En 2 de diciembre se ordena que sean sólo cuatro, en vez de ocho, las Hermanas destinadas a la fundación de Jaén. En 3 de diciembre se aprueba el ingreso en el Real Noviciado de otras treinta y cuatro postulantas. En el mismo día se ordena el envío con preferencia de cinco Hermanas a Gerona. El 6 de diciembre se decreta el envío a Cuenca de tres Hermanas con toda preferencia. Con razón, pues, pudo decir el P. Codina que la pequeña casa de capellanes del Noviciado era como una sucursal del Ministerio de Gobierno, en el ramo de Beneficencia.
El gran número de novicias que había que destinar a las nuevas fundaciones requería un cuidado especial de ellas. A esto atendía el P. Codina con un grupo de Misioneros que permanecieron en España, después de la dispersión del año 36. «Van de un lado a otro, dando los Santos Ejercicios, escribía, en 26 de mayo, el P. Roca al General. Los Señores Roca Juan e Igüés estaban en Sangüesa; el Sr. Jaime Vehil, en el Hospital General de Valencia; el Sr. José Roca en el Hospital de S. Luis de Sevilla; el Sr. Joaquín Serrato en la Caridad de Lérida; el Sr. José Puig en Infantes de Barcelona; en Madrid los Sres. Borja, Tomás Mata y Ramón Madam, compañeros del P. Codina en la dirección general de las Hermanas y espiritual de las de Madrid.
Aunque no tiene relación directa con las Hermanas de España, por ser la protagonista una tan notable santa española, quiero poner aquí el intento decidido que tuvo la Madre Sacramento, santa Micaela, de entrar Hija de la Caridad. De haberlo conseguido sin duda hubiera venido a influir beneficiosamente, pero Dios la destinaba a ser fundadora de otro gran Instituto.
Las siguientes notas están tomadas del P. Zugasti, S. J. en su obra: La Esclava del Santísimo Sacramento (Madrid 1911). Ella misma nos lo refiere. Estaba en París y en la parroquia de S. Felipe, «veía yo en misa una escuela de pobres huérfanas, que las cuidaban Hermanas de la Caridad y por no tener capilla en su casa, iban fuera a oir Misa. Estas Hermanas me instaban continuamente a que me hiciera Hija de la Caridad, porque me veían llevar una vida como de religiosa; pues, aunque vivía en el mundo, no tomaba más parte en él que lo enteramente preciso… Yo les contestaba que no tenía vocación. Estas vacilaciones comunicó a su director y aún le manifestó su inclinación de abrazar el Instituto de Hermanas de la Caridad. El Director, sin oponerse en lo más mínimo y mucho menos, -contra lo que parece apuntar un escritor-, no dejándose arrastrar de preocupaciones contra esos ángeles de Caridad, a quienes tanto veneran y aman y desean auxiliar los Hijos de la Compañía, sometió a un examen detenido las proposiciones de la Vizcondesa…
«Las Hijas de la Caridad, le dice el confesor, necesitan una pureza y modestia singular, porque en los Hospitales tratan con los médicos y en las casas con los hombres y generalmente con hombres de todas clases y no puedo menos de decir a V. reservadamente que he visto trabajitos y de alguna que se ha salido y se ha casado. No le digo a V. esto por desanimarla en lo mínimo, sino para que se convenza V. que nuestro cuerpo es nuestro mayor enemigo y que este enemigo lo llevamos con nosotros a todas partes y que en la religión se suele embravecer más…y que es preciso llevar a las Hermanas de la Caridad una modestia a toda prueba, no sea que aumentemos allí nuestras culpas, pues lo que ahora sería un pecado sencillo, entonces, después de los votos, sería un sacrilegio…»
Expone la Vizcondesa al P. Camarasa sus deseos de ser Hermana de la Caridad y los motivos que a ello le inclinan y el Padre, lejos de poner dificultades a lo que su dirigida le propone, le da en cartas posteriores explícita aprobación, tan explícita que pudieran parecer resolución definitiva…
Cuando en el año 1848, de vuelta de Bruselas, había llegado a París, dio ya allí algunos pasos para ingresar en la Congregación de San Vicente de Paúl. ´Como todo mi deseo, dice, era hacer bien a los pobres sin interés ninguno, por caridad y hasta sin voluntad propia, resolví entrar Hermana de la Caridad´.
Conocí a varias de éstas y su Instituto, por haberlas hecho oratorio cuando estuve otra vez, en París, siendo mi hermano Embajador y contribuído a que pusiesen el Santísimo en él y por haberlas acompañado a confesar y hacer consultas en el Noviciado, durante la revolución. Hablé, pues, con el Superior Mr. Etienne y también con la Superiora General, que se mostraron muy gustosos de mi resolución y persona. Una Hermana de la Caridad española, que estaba allí y se llamaba Sor Rosita Prieto, me enseñó todo el Establecimiento. Estaba ella en él, de secretaria para llevar la correspondencia con las Comunidades de España y me manifestó que quedaría con ella y a su lado con igual objeto. Esto me animó mucho a seguir en mi resolución. Asistí muchos días a la meditación, haciéndome esta distinción. Convinimos en que se haría la prueba, yendo yo todos los días al Hospital, el tiempo que me fuera posible, pues lo tenía cerca del Noviciado y que entre tanto iba yo viendo el modo de decírselo a mi cuñada, la cual no estaba aún completamente restablecida. Iba todos los días a las cinco de la mañana, trabajando en todo lo que me mandaban; hacía la cama a los enfermos, limpiaba las salas y ayudaba a sacar al sol a unos viejecitos que lo tomaban en un gran patio cuadrado. Allí mismo oía Misa y comulgaba. Aquí fue el primer apuro pues un día me dijeron que no había de comulgar sino dos veces por semana y que ellas sólo tenían tres; y por tanto, comenzara a dejar la comunión, desde aquel mismo día. Obedecí, disimulando la pena que esto me causó y en vez de irme a casa en coche a las doce, como solía hacer, me fui a las once y entré en una iglesia a desahogar con el Señor mi pena. Salí de allí consolada y con la seguridad que me dio el Señor, que no me la quitarían más, me fui tranquila a casa.
Volví al día siguiente, como si no tuviera seguridad alguna de comulgar; al cabo de un rato me llamaron a tomar café en una mesita que había en la antesala, donde solía tomarlo; sentéme muy serena y dispuesta a tomarlo, diciendo en mi interior: pues esta vez está visto que me equivoqué en lo que ayer entendí y en verdad que me alegro de este desengaño, a fin de no vivir engañada con estas voces interiores y que llegué a tomar como cosas de Dios, las que son del enemigo. Bien hacen de no fiarse. A mí no me había pasado jamás por la imaginación que desconfiaran de mí.
Al ir a poner el café en la taza ábrese una vidriera inmediata y sale muy presurosa la Superiora, que era una viejecita, diciéndome: «¿Ha estado V. en Misa? ‑ No Señora. Pues ¿cómo es eso?. -No me lo han mandado.‑ Pues ¿y la Comunión? ‑ Como V. me dijo que solamente dos veces por semana… Ya no, venga V. al oratorio, pues va a salir Misa y podrá comulgar.
Me llevó allá y comprendí que no quería el Señor que dejase de comulgar diariamente. Mas en tal caso, ¿Cómo podía ser Hermana de la Caridad? Esto me preguntaba yo a mí misma, o por mejor decir se lo preguntaba al Señor.
Después, mientras tomaba café, me manifestaba la Superiora que había consultado con Mr. Etienne y que estaba en concederme la comunión diaria. Sorprendióme esto mucho, pues yo nada había dicho a nadie mas que a Dios y quedé más tranquila viendo que ya podría entrar Hermana de la Caridad, pues me concedían esto de antemano, sin haberlo dicho yo a nadie y puesto que la Superiora ya lo sabía. Así que seguí comulgando los días siguientes y allanado este obstáculo, creí conveniente decirle a mi cuñada que deseaba ser Hermana de la Caridad. Sintiólo mucho mi hermana y se echó a llorar de tal modo que, a los tres días, cayó mala y los médicos dijeron que se moría de la gran pena que tenía, pues no hacía más que llorar.
Pusieron un parte a mi hermano, diciéndole lo que pasaba y entre tanto hubo que distraer a mi cuñada, diciendo que ya no iba con las Hermanas de la Caridad. Vino mi hermano de Bruselas furioso; fue al punto a ver a Mr. Etienne y le dijo mil cosas, entre otras, que no me dejaría sacar las rentas de España y que para usar el título de Vizcondesa de Jorbalán había tenido que hacer él una escritura ante notario, para acreditar la renta y que no solamente no me daba licencia, sino que se opondría a que el Gobierno la diera por razón de mi título.
Fui al otro día a ver a Mr. Etienne y me dijo que, dada la oposición de mi hermano y el estado en que se hallaban las cosas con motivo de la revolución, no era prudente que yo insistiera, pues que los obstáculos eran insuperables. Añadió que quizá Dios se quería servir de mis buenos deseos para otros fines. Yo lo sentí mucho; ni en Francia ni en Bélgica nadie aplaudía mi propósito.
Vuelta a Madrid la Madre Sacramento y fundado su primer Asilo de jóvenes recogidas, quiso ponerlo bajo la dirección de las Hijas de la Caridad. «Como ya me encontraba con fondos, escribe ella misma, pedí Hermanas de la Caridad, ya porque las quería mucho, como por ser mi madre curadora de la Inclusa y mi hermano, Visitador de Beneficencia, tenía grande roce con ellas y veía la gran virtud de nuestras Hermanas de la Caridad, por más que digan. Me dijeron con pena que su Regla les prohibía tratar con esta clase de mujeres, lo que me desconsoló sobremanera». Ya en páginas anteriores dijimos de sus relaciones con las Hermanas de Santander.
La constante preocupación de dotar al Noviciado de un edificio más amplio y adecuado a sus funciones comenzó a verse realizado por entonces. Ya queda dicho cómo el Gobierno había cedido al Instituto una gran parte de los terrenos del antiguo convento de Trinitarios de Jesús. Era un magnífico solar convertido en Huerta, que la Hacienda nacional había arrendado a D. Francisco Luzón, y cuyo arriendo pasó a usufructo de las Hermanas. Tranquilas estaban éstas en su posesión, cuando un buen día vieron con harta sorpresa que la citada huerta era sacada a subasta, en lista con otros edificios, que no habían sido aplicados al destino, para el que el Gobierno los había concedido.
Fue necesario defender la posesión y así lo hizo el P. Codina ante el nuevo Ministro de Hacienda, Sr. Pidal, grande favorecedor de los Misioneros y de las Hijas de la Caridad. La redacción del documento es del P. Madam, entonces secretario. La verdad era que no se había comenzado a edificar porque no había dinero, pero la defensa fue habilidosa y concluyente.
«Ahora bien, Excmo. Sr., ¿podían las Hijas de la Caridad, sin atropellar las leyes, principiar a edificar en dicha finca, mientras pendía el contrato de arrendamiento, celebrado entre la Hacienda Nacional y el indicado Sr. Luzón? ¿Lo hubiera permitido éste? ¿Lo hubiera apoyado ningún tribunal? ¿Es lícito rescindir un contrato de arrendamiento antes de que expire el plazo que se pactó, mientras cumpla el arrendatario las condiciones estipuladas y pague religiosamente el precio convenido? Sin embargo, Excmo. Sr., el Administrador de Bienes Nacionales, al recibir del Gobierno la Orden de presentarle una lista de los edificios que no hubieran sido aplicados a los objetos para los que se habían concedido, se permitió incluir en ella la finca en cuestión y que poseen las Hijas de la Caridad, pero tuvo buen cuidado de no expresar la circunstancia que impidió aplicarlo, desde luego, al objeto por el que se había cedido. Y ¿cuál será la razón, Excmo. Sr. de una conducta tan ilegal? ¿Será una ignorancia que desacreditaría completamente a aquella Administración? No es posible, porque reconoció la existencia del contrato y la obligación que imponía a las Hermanas de respetarlo, primero en el calendado oficio pasado al arrendatario, y últimamente en el mes del próximo pasado junio, celebrando con el mismo otra contrata relativa a los enseres de la finca en cuestión y en las acaloradas conferencias que mediaron sobre este asunto con el secretario de esta Dirección General del Real Noviciado.
Barrenada la ley en sus principios, las circunstancias no podían dejar de ser las que son siempre, la arbitrariedad, la precipitación, el ningún respeto a los trámites establecidos por
el Derecho y el comprometer al Gobierno y a las autoridades subalternas. Se sacó a pública subasta dicha finca por la fútil y vergonzosa razón de que en los dieciocho meses que las Hermanas poseían la finca, no se había presentado nadie a darle el destino por el que fue concedida. Y para que este acto arbitrario a la propiedad pudiera ir adornado de todas las fórmulas que constituyen un arbitrario despojo, no sólo no se oyó a las Hermanas para que alegaran su derecho, sino que ni siquiera se les dio aviso alguno y se procedió a la subasta, ni más ni menos que si se tratara de bienes mostrencos. Al considerar este extraño proceder, en vano se encuentra una sola razón que ni siquiera aparentemente le apoye. El exponente se guardará muy bien de entrar en el terreno vedado de las intenciones, pero sí hará notar a V.E. que esto se ha verificado siendo Ministro e1 Sr. Salamanca y la persona a cuyo favor se trata de hacer el remate, un empleado en el mismo ramo de Hacienda.
Mientras se subasta la indicada finca, ha llegado el plazo del Contrato y las Hermanas no teniendo ningún aviso oficial del despojo han abierto ya los cimientos del edificio, cuyos planos levantaron hace ya medio año; y en cuanto han visto empuñar las riendas del Gobierno al actual Ministerio de que V.E. es digno miembro, se han entregado a la general confianza que inspiran sus respetables personas y apoyadas en la justicia de su causa, que puede muy bien llamarse la causa de los pobres y de la humanidad doliente, suplican a V.E. se digne mandar se les deje en la pacífica posesión de la finca que deben a la munificencia de Su Majestad la Reina, en la que llevan ya hechos los gastos consiguientes al levantamiento de los planos y apertura de los cimientos.
Y como el remate debe verificarse, si V.E. no se digna impedirlo, el día 25 del presente mes, espera el exponente que si V.E. juzga necesario tomarse algunos días para enterarse de la verdad de los hechos, se servirá entre tanto mandar al Excmo. Sr. Director de la Deuda Pública o a quien corresponda, suspenda el remate de la dicha finca.
= Madrid 20 de octubre de 1847».
La Administración Principal de Bienes nacionales de Madrid recibió en 6 de Diciembre una Real Orden en que el Ministro de Hacienda le decía que: «enterada la Reina de que el motivo de no haberse principiado la construcción del nuevo edificio proyectado ha sido el arriendo que había pendiente, hecho por Hacienda, y que el referido Director se ha visto obligado a respetar hasta su terminación, habiendo dado principio a las obras tan luego como ha desaparecido este obstáculo, se ha servido confirmar la cesión de las referidas fincas hecha a las Hijas de la Caridad por la Real Orden de 20 de noviembre de 1845 y mandar quede sin efecto la de 4 de agosto último». Lo que se comunicaba al Director en 12 de diciembre.
Tal vez del Hermano Miguel, citado por el P. Codina como muy apropósito para el cuidado de la Huerta de Jesús, es una «Reseña o resumen de algunas noticias de la adquisición de la Huerta y Tahona de Jesús, dado por el Gobierno de Su Majestad para el nuevo Real Noviciado de las Hijas de San Vicente de Paúl de esta Corte, a solicitud de las mismas y del Visitador, Sr. D. Juan Roca, que de Dios goce, valiéndose para este asunto principalmente del Sr. Marqués de Valgornera y de D. Bonifacio Fernández de Córdoba.»
«En el año 1845, habiendo, antes de aceptarlo del Gobierno, algunas consultas entre los Padres Trinitarios y el Sr. Codina, que vino este mismo año de Francia, y habiendo quedado de las consultas conformes los Padres Trinitarios de que recayera en las Hermanas, mejor que se vendiese a otros, el Sr. Codina, no contento con esto, acudió a Su Santidad, Gregorio XVI, para saber su voluntad, en la que se declaró, mandándole que aceptase lo que el Gobierno le daba y lo conservase hasta que la Iglesia dispusiese otra cosa, dándole un Buleto de todo esto, pues de ello me enteró el Sr. Borja, para que supiera responder si acaso hubiera alguno que se escandalizase de que se hubiese tomado ese terreno.
Venido el año 1847, siendo Ministro de Hacienda D. José de Salamanca, se suscitó sobre este terreno una demanda de algunos avaros que deseaban el terreno, porque no se hacía la obra y no se cumplía la intención del Gobierno; lo que defendió el Sr. Madam, que hacía de secretario del Sr. Codina; y con este motivo de dar alguna satisfacción al Gobierno y al público de que se principiaba la obra del nuevo Noviciado, se dio principio el 17 de enero de 1848, bajo la dirección inmediata del Arquitecto D. Juan Bautista de Aranzamendi y del Aparejador D. Lorenzo Pérez, dando principio por deshacer las charcas de coger el hielo y hacer algunas calas para buscar arena para la obra, de que no se pudo encontrar nada y se sacó el cimiento de la fachada de la Huerta y se subió la pared hasta la altura de cerrar los arcos de las primeras ventanas; y se suspendió por necesidad, pues se veían sumamente apuradas las Hermanas por haber estado, desde mayo de 1846 hasta fines del 47, de obra en la casa de S. Agustín y por el pleito que se había seguido por la misma casa diez años y se había concluido este mismo año, de que habían salido alcanzadas de atrasos en seis mil duros, que tuvieron que pagar en este mismo año. Venido el año 48…» Aquí termina la Nota.







