Con fecha 6 de enero de 1846 dirigía el P. Codina su acostumbrada Circular a las Hermanas. «Los muchos negocios y viajes frecuentes, dice, que me ha sido preciso hacer durante todo el año que acaba de terminar, me han impedido dirigiros alguna carta circular y mucho más el traducir y hacer imprimir alguna que otra, que han venido de Francia, pero que no contenían otra cosa de interés más que algunos documentos generales y exhortaciones saludables para estimularos a conservar o adquirir el espíritu de vuestra santa vocación.
No podéis dudar, Hermanas carísimas, del afecto paternal que os profesamos en el Señor, ni de los votos que dirigimos al cielo para que os conceda una alegría santa, la que anunciaron los ángeles a los pastores en el momento de nacer el Niño Dios, alegría toda espiritual, toda divina, pero muy ajena de los locos regocijos a que se abandonan los mundanos en este tiempo y de las que ellos llaman inocentadas y no son sino delirios y groserías, que deben desterrarse de las Comunidades religiosas y en particular de las vuestras, en donde todo debe respirar cordura, buen sentido, nobleza cristiana, cuales convienen a las que se glorían de ser Hijas de la Caridad, es decir, Hijas de Dios, Rey del Universo. Por esto nuestros venerados antecesores, por providencias generales y por preceptos particulares, han prohibido repetidas veces «los nombramientos de Superioras, los dichos picantes y otras necedades» que, en el día de Inocentes, se han usado en algunas casas, con no poco detrimento de la Caridad y con disgustos que difícilmente se han disipado.
Siguiendo sus pisadas, renovamos todas las órdenes que sobre este particular han emanado de la autoridad legítima y cargamos las conciencias de las Hermanas Sirvientes para que, ahora y en lo sucesivo, las hagan observar en su comunidades respectivas; y para apoyo de su autoridad ordenamos que todos los años antes de las fiestas de Navidad, hagan leer públicamente este párrafo, a lo menos, de la presente circular».
Siguen algunos otros avisos. Sobre la distribución de manjares en la mesa ordena: «que a nadie sea permitido reservar en su cajón lo que no toma, para comerlo en otra hora; pero si alguna Hermana no pudiese pasar con lo común, a causa de alguna enfermedad o indisposición habitual, dejamos a la prudencia de la Hermana Sirviente proveer a esta necesidad».
«Vosotras sabéis, Hermanas carísimas, que por la Santa Regla está prevenido que las Hermanas que han velado, deben descansar, después de las cuatro de la mañana, en que son relevadas por las guardias, hasta las nueve. Este descanso no podrá tomarse cómodamente, si entran y salen las otras en el dormitorio; este es un perjuicio que, en su turno, afecta a todas y puede producir disgustos y amarguras. Para cortar estos abusos o prevenirlos, ordenamos a las Hermanas Sirvientes que cuiden de que los dormitorios estén cerrados, mientras descansan las velas, y que no permitan que nadie entre en ellos… En algunas casas nos consta que se ha introducido la costumbre de hacer siesta, después de la comida… Ir al dormitorio en ese tiempo podría dar ocasión a reuniones particulares, de las que apenas se sale sin algún detrimento para el alma. Pero si alguna Hermana por su débil salud o por no haber podido dormir la noche precedente tuviese necesidad de algún descanso, podrá declararlo a la Hermana Sirviente y obtenido su permiso podrá tomarlo.
En atención a las fatigas continuas a que sujeta a las Hermanas su penoso Instituto, el honorabilísimo Sr. Superior General concede un día de descanso, cada semana, en todas las casas, en que pueda hacerse sin perjuicio de los pobres; pero es su voluntad expresa que este descanso no lo tome en un mismo día toda la comunidad, sino por mitades, a fin de que siempre se verifique que en todas ellas haya todos los días Hermanas que se levanten a las cuatro de la mañana para vacar a la santa oración. Las que descansan en estos días, lo harán hasta las seis y no más.
Otra indulgencia o mitigación os concede el Sr. Superior General en orden al silencio y lectura de la mesa; y es que ésta podrá omitirse y se podrá hablar durante la comida tres veces solamente en cada año; a saber: en el día de nuestro Santo Padre; en el del santo de la Superiora local y en el que una Hermana hace por primera vez los santos votos. Esta mitigación debe obligaros a la más rigurosa fidelidad en guardar el silencio en el refectorio y atender a la lectura espiritual en lo restante de todo el año.
En la corta entrevista, que la divina Providencia nos ha proporcionado tener, en la casa de nuestras Hermanas de San Sebastián, con nuestro Superior General, a fines del mes de noviembre, nos exhortó a trabajar para que se ponga en práctica en todas las casas, en cuanto sea posible, la repetición de la oración de que se habla en el fin del número 2º del capítulo 9º de las Reglas comunes. El método de hacerla os es bien conocido; el mismo que usaban las primeras Hijas de la Caridad, según se ve en el libro de las Conferencias. No es necesario que esto sea todos los días; basta que se haga dos veces cada semana.
Varias Hermanas celosas de la más perfecta observancia de las Santas Reglas nos han avisado que la contenida en el núm. 13 del citado capítulo 9º no era observada generalmente en las casas, según la letra, ni según el espíritu que en ella se encierra. Para que no se nos haga cargo en el divino tribunal de esta inobservancia, creemos de nuestra obligación encargar a todas las Superioras o Hermanas sirvientes que procuren sin falta que, a las ocho en punto, suene la campana, tanto en invierno como en verano y se pongan todas en silencio y puestas de rodillas en la pieza, empiece la Hermana sirviente el Veni Sancte Spiritus, y en seguida se leen los dos primeros puntos de la meditación para la mañana siguiente; y se hagan las demás cosas que en dicha Regla se previenen.
Nada hay superfluo y mucho menos despreciable en las Santas Reglas. De la fiel observancia de todas resulta una armonía admirable y un conjunto de medios los más eficaces para llevaros a la perfección de vuestro santo estado. Por tanto os exhortamos, Hermanas carísimas, a su fiel observancia, seguras de que, si las guardáis con fidelidad, ellas os guardarán y os conducirán al suspirado puesto de la gloria…
Para que se guarde en todas las comunidades la uniformidad en la perfecta vida común y observancia de la santa pobreza, procurarán las Hermanas sirvientes que haya un ropero, donde en cajones numerados tengan las Hermanas guardado un hábito, el manto, uno o dos delantales y los zapatos de su uso, como también aquellos pocos libros de devoción, que tienen con permiso de los Superiores; todas las demás prendas deben guardarse en un armario, a cargo de la Superiora o de la ropera, para distribuirlas con equidad a las Hermanas, todos los sábados o cuando fuese menester.
Ved aquí, Hermanas carísimas, los avisos que hemos creído conveniente repetiros al principiar el nuevo año. Que el Señor derrame sobre cada una en particular y sobre la Congregación en general sus bendiciones, este es nuestro más ardiente deseo. Sois llamadas de Dios a una grande obra; a extender el reino de Dios por todo el mundo como los Apóstoles; ellos predicando la fe, vosotras ejerciendo la caridad. De todas partes os llaman y en todas partes en donde estáis establecidas es incalculable el bien corporal y espiritual que Dios obra por débiles instrumentos. Por esto, cuando todas las demás religiosas van aniquilándose, vuestra Compañía se extiende maravillosamente. Cincuenta y nueve novicias han entrado y sido alimentadas en el noviciado en el año que acaba de expirar, gracias al celo con que las más de las Hermanas Sirvientes han contribuido con la cuota que les está señalada para el sostén de la Casa Central. Sin embargo, no se ha dejado de notar algún retardo en algunas pocas. Las exhortamos a ser diligentes en esta parte, pues que pereciendo esta casa, por necesidad todas las demás deberían perecer. Esperamos en breve poder emprender la construcción de un nuevo Noviciado, que es la primera necesidad y esta construcción absorberá sumas enormes…»
2.- Las relaciones establecidas ya entre las Hermanas de España y la Madre General obligaron a ésta a tener junto a sí una secretaria española que facilitara dicha correspondencia. Así lo anunciaba Sor María Mazín en su Circular de l de febrero de 1846. «He recibido vuestras apreciables cartas y testimonios de vuestro afecto y sumisión; sé los buenos sentimientos que os animan y con la mayor satisfacción voy a manifestaros el gran interés que tengo por nuestras Hermanas de España. Conozco muy bien que todas no formamos sino una sola familia… y pensamos seriamente en buscar los medios para tener a nuestro lado una Hermana española que sea capaz de traducirnos al francés vuestras apreciables cartas y daros la contestación en vuestra lengua nativa. Esperando que llegue este momento, recurrimos a la bondad del respetable Sr. Codina para trasmitiros estas cortas líneas». Termina comunicándoles el consuelo de saber que el P. General las ha visitado y alegrándose del que ellas han tenido en verle y hablarle. No será la última vez, pues él desea repetir esas visitas.
3.- Era verdaderamente admirable ver cómo, en medio de aquel mar alborotado de la política, con sus guerras, asonadas, pronunciamientos y continuo cambio de Ministros, que atormentaron todo el reinado de Isabel II, que acababa de tomar las riendas de la nación, el Instituto de las Hijas de la Caridad siguió siempre en marcha ascendente.
A pesar del extraordinario número de novicias, amontonábanse sobre la mesa del Director las Reales órdenes para otras tantas fundaciones que pedían de provincias, en espera de turno para su ejecución. No eran pues, vana retórica las palabras del P. Codina en su Circular: «De todas partes os llaman y cuando todas las demás religiones van aniquilándose, vuestra Compañía se extiende maravillosamente». Ni los recursos ni el local del Real Noviciado permitían ritmo más acelerado en la formación de novicias.
En 24 de enero de 1846, el Ministro de Gobernación daba una Real orden con el visto bueno para la admisión de veinticuatro aspirantes. Otra Real orden de julio del mismo año, autorizaba las de otras 34. Y no sólo las nuevas fundaciones sino las ya realizadas pedían aumento de Hermanas, a que era necesario atender; pues el mejoramiento de las casas a ellas debido, rebasaba casi siempre el número asignado en las bases de fundación.
Ordinariamente eran las mismas Juntas quienes solicitaban este aumento, y el Gobierno se lo concedía, pero en algún caso raro, como el de Barbastro, era el mismo Gobierno quien lo imponía, a solicitud del Director de las Hermanas. Véase la siguiente Real orden: «Gobierno Político de la Provincia de Madrid.= El Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación de la Península, en 1º de abril último me dijo lo que sigue: Excmo. Sr.: Visto el expediente instruido con motivo de la queja dada por el Director del Noviciado de las Hijas de la Caridad contra el Ayuntamiento de Barbastro, por haberse este negado a admitir en el Hospital Civil de la misma ciudad una Hermana, a más de las tres de su dotación para auxiliar a éstas en el excesivo trabajo producido por el ingreso de enfermos militares, se ha servido Su Majestad resolver que el expresado Director complete la dotación fija de las tres Hermanas contratadas independientemente de las de la Casa de la Enseñanza, en el concepto de que, si por cualquier motivo fuese necesario aumentar el número de sirvientes, el Ayuntamiento y la Junta de Beneficencia las proporcionará para auxiliar a aquellas.
= De real orden lo comunico a V.E. a fin de que lo ponga en noticia del Director para su cumplimiento y efectos consiguientes.
= Dios guarde a V.S. muchos años
= Madrid, 1º de mayo de 1846″.
También por entonces el Hospital de Ávila quiso reducir el número de Hermanas y «enterada la Reina de lo que V.E. (el Jefe Político de la Ciudad) informó el 19 de junio último, cumpliendo con la real orden que se le comunicó en 28 de mayo anterior, relativa a la reducción de las Hermanas de la Caridad destinadas al Hospital de esa Capital, y teniendo presente que, clasificado éste como Provincial, podrá no ser suficiente el número de 12 a 14 camas con que en el día cuenta, no siendo por lo mismo bastantes para servicio ni aún las seis Hermanas que ahora existen, he tenido a bien mandar que continúe el mismo número, aplicando para su sostenimiento los seis mil reales que Su Majestad indicó en el referido informe. Y habiendo expuesto posteriormente el Director del Noviciado de esta Corte lo insuficiente de la dotación de seis mil reales, proponiendo se haga subir a nueve mil, teniendo presente S.M. las razones que dio el referido Jefe Político en la citada fecha de 13 de junio, se ha servido resolver, que en lugar de aumentar la dotación, se reduzcan a cuatro las seis Hermanas, hasta que, clasificado el Hospital, vaya demostrando la experiencia la verdadera necesidad y el número de Hermanas que sean necesarias; con arreglo al cual será la suma que se destine para su manutención y vestuario… Simón de Roda.
= 11 de septiembre de 1846». Recuérdese que, adjunta al Hospital, tenían las Hermanas escuela gratuita de niñas.
4.- En los casos citados eran razones económicas las que apremiaban a las Juntas, pero el P. Codina no podía permitir, como buen Padre, que las Hermanas sucumbiesen bajo el peso del excesivo trabajo y de la más extrema miseria. De cómo las Hermanas tenían que resistir hasta el heroísmo es caso típico el Hospital de Valencia. El mismo P. Codina escribía al P. General, en 27 de noviembre de aquel año 46: «Llegué anteayer a esta Ciudad a visitar la gran Comunidad del Hospital General, compuesto de más de trescientos enfermos de toda clase y de un gran departamento de expósitos. Desde que volví a España pensé venir aquí para visitar a las Hermanas, que así lo deseaban, y ahora les estoy dando los Santos Ejercicios. Dios bendiga mis trabajos. Este es uno de los edificios más magníficos de España, pero, efecto de las revoluciones de esta agitada patria nuestra, atraviesa por una indigencia increíble. Las pobres Hermanas se sacrifican por sostener el establecimiento; no sé si podrán conseguirlo. El día en que me viese obligado a quitar las Hermanas, que sería en el último extremo, sería muy triste cerrar la puerta y abandonar a más de seiscientos enfermos pobres, sin contar los expósitos. Solamente subsiste este establecimiento por los cuidados y sacrificios increíbles de nuestras Hermanas. Dios tenga misericordia de esos sus miembros que padecen».
5.- Una prueba más de las consideraciones que del Gobierno de la Nación recibían las Hijas de la Caridad es la Real orden, contestación a una solicitud hecha por el P. Codina, quien, a la sombra del gran favor de que gozaban las Hermanas y él como Director, creyó posible la restauración de nuestra Congregación. Decía así: «Gobierno Político de la Provincia de Madrid. = El Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación de la Península, en 20 del mes próximo pasado, me dice lo siguiente: = Excmo. Sr. visto lo representado en 8 y 13 de noviembre último por el Director General del Noviciado de las Hijas de la Caridad, sobre la necesidad de establecer en la Península dos casas una de Hermanas y otra de Directores del mismo Instituto, para proveer a todos los puntos, de donde se solicitan aquellas, se ha servido Su Majestad resolver diga a V.E. para que lo ponga en noticia del Director, que en cuanto a las Hermanas, la aprobación que siempre ha concedido S. Majestad a todas las propuestas, que éste ha dirigido, de todas las que tenía admitidas para su incorporación en el Noviciado, es una prueba inequívoca del aprecio que le merecen y de sus deseos de fomentar tan útil establecimiento. Y con respecto a la creación de directores, que acuda al Ministro de Gracia y Justicia. De Real Orden lo comunico a V.E. para su cumplimiento. Lo que traslado a V.S. para su conocimiento. = Dios guarde a V.S. muchos años. Madrid 3 de Marzo de 1846. = Fermín Arteta. = Sr. Director General del Noviciado de las Hijas de la Caridad».
Cataluña y Navarra eran por entonces las regiones de España que más jóvenes enviaban al Noviciado, debido principalmente a los dos importantes centros de enseñanza que eran La Selva y Sangüesa. Como Director y Capellán de esta última estaba el P. Roca, a quien Hermanas y niñas querían como a un verdadero Padre; y él, lleno de satisfacción, escribía al Superior General, en 22 de agosto de aquel año: «Las Hermanas se propagan prodigiosamente en España y las desean de todas partes. Cumplen bien con sus deberes y la Santísima Virgen les suscita buen número de Postulantes… Mi salud es buena y me ocupo en la Dirección de las Hermanas y niñas del Colegio».
Gracias a esta abundancia de vocaciones, pudieron abrirse en aquel año las cinco nuevas fundaciones que vamos a reseñar.







