Por entonces se comenzó a propagar en España la devoción a la Medalla Milagrosa. Las primeras en conocerla fueron naturalmente las Hijas de la Caridad. Las apariciones llegaron a noticia de éstas por una relación manuscrita enviada en 1833 a Madrid y publicada por el P. Nieto, en «La Beata Catalina Labouré y la Medalla Milagrosa». Autor de la relación era el P. Lamboley, secretario del P. General; y el haberse encontrado dicho manuscrito en Incurables de Mujeres tiene su natural explicación, sabiendo que allí residían por entonces las tres Hermanas francesas, que habían sido traídas por el P. Feu, con el proyecto de fundar una escuela de farmacia.
En septiembre de 1847 daba cuenta el P. Codina al P. General de haberse inaugurado en Madrid, bajo la dirección de un celoso sacerdote una Asociación de la Medalla Milagrosa en la Parroquia de San Ginés.
Pero el acontecimiento más trascendental de aquel año para las Hijas de la Caridad fue la promoción del P. Codina a la silla episcopal de Canarias. La separación de tan insigne varón iba a ser para ellas una pérdida irreparable. Su celo infatigable en la Dirección del Real noviciado y su intervención eficaz en la ejecución de tantas fundaciones, le había puesto en relaciones continuas con las supremas autoridades civiles y eclesiásticas de la Corte, y sus dotes de talento y virtud se dieron demasiado a conocer. No es extraño que pusieran en él sus ojos; y cuando, en mayo de aquel año, de 1847, reconciliado el Gobierno con la Santa Sede, el nuevo Delegado y Nuncio Mons. Brunelli trató de proveer la multitud de iglesias vacantes desde hacía muchos años, el P. Codina fue presentado para Obispo. Todas las diligencias hechas por él y por los misioneros para impedir su confirmación en Roma fueron inútiles.
Desde entonces su mayor preocupación fue el nombramiento de sucesor suyo, como Director de las Hermanas, pues el título de Visitador de los Misioneros era apenas nominal, ya que no existía la Congregación en España y sí sólo unos pocos sacerdotes desperdigados.
Como perfecto conocedor de ellos proponía al P. General, los tres más destacados: el P. Roca, quien a pesar de sus años, podía viajar sin incomodidad; el P. Igües, sabio, de virtud y de prudencia no comunes, que había dado ejercicios muchas veces a las Hermanas de media España; el Sr. Vehil, antiguo Superior de la Casa de Valencia y Director muchos años de aquellas Comunidades.
No poco se alarmó el P. Codina ante la idea que le manifestó el P. General de separar los oficios de Director y Visitador o por mejor decir anular aquel, dejando a las Hermanas solas, en su gobierno externo.
«Venero, Señor, sus intenciones, que supongo rectas y puras, pero permita V. Paternidad que le diga que tal sistema a mi ver y al de los que tienen entre manos el asunto y ven de cerca las cosas, podrá ser fatal para las dos familias. Abandonada a sí misma la Congregación de las Hermanas, sería dejarla disolver como la sal en el agua. Le ruego, pues, por los Sagrados Corazones de Jesús y de María Inmaculada, que cambie de propósito y deje las cosas como están.»
Al fin ambos nombramientos cayeron en el P. Santasusana, misionero emigrado a Francia desde el año 1835, y por ende poco conocedor de las cosas de España. «Hombre bueno, como dice el P. Paradela, observante y deseoso de hacer el bien, pero de cortos alcances y por ende suspicaz y celoso de su autoridad».
El último gran servicio que prestó el P. Codina, antes de partir para Canarias, fue el preparar las bases para el reconocimiento por parte del Gobierno de ambas familias de San Vicente, en el nuevo Concordato. En carta de 19 de noviembre, da cuenta de haber asistido a una Junta con los ministros de Gracia y Justicia y de Ultramar y presentado los puntos siguientes.
«La Congregación de la Misión de Presbíteros seglares de S. Vicente de Paúl, debe atender, según sus Constituciones, a tres objetos principales. 1º La Dirección y gobierno de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres. Las Hijas de la Caridad están prestas para ir a Filipinas a ejercer todas las funciones de su Instituto, siempre que se lo indiquen sus Superiores; y éstos las invitarán a hacer tan penoso sacrificio, siempre que se lo exija el Gobierno; mas no irán jamás sino acompañadas de algunos de sus Directores natos para que dirijan su espíritu y las defiendan en las contradicciones que forzosamente han de experimentar».
Para esto era necesario fomentar el noviciado de las Hermanas y dar existencia legal a los Misioneros, y proporcionarles una casa central. Así se consiguió como luego veremos.
De 10 de diciembre fue la Circular de despedida a las Hermanas. «Esta es la última vez que hablo en general a vuestra Compañía en calidad de Director; mi misión en esta parte ha llegado a su término… Nuestro Reverendísimo Padre, convencido por la fuerza de las razones que le propuse para persuadirle la necesidad de nombrar un Director que me reemplazase, e inclinado benignamente a mis humildes súplicas, ha tenido a bien nombrar para este oficio al Reverendo Sr. D. Ignacio Santasusana, como consta de sus Letras Patentes, despachadas en Paris, en 1º. del mes de noviembre del presente año, que se me han exhibido y presentado.
La docilidad con que habéis recibido mis amonestaciones en los tres últimos años y meses que han transcurrido desde mi regreso a la patria, y la obediencia perfecta y puedo decir heróica con que habéis cumplido las órdenes que os he comunicado, son para mí una garantía segura de la docilidad y obediencia que tendréis en lo sucesivo, no sólo a los preceptos sino aun a las insinuaciones de la legítima autoridad de vuestro Director. Sí, Hermanas carísimas, respetadle, escuchadle y obedecedle como al mismo Jesucristo, con cuya autoridad os gobernará; no miréis en él un puro hombre, sino miradlo como el instrumento de que Dios se sirve para manifestaros su santísima voluntad. De esta suerte andaréis seguras por el camino de la virtud y alcanzaréis la vida eterna.
¿Qué me resta ahora qué hacer y qué deciros mis carísimas Hermanas? Dos cosas solamente. La primera, daros a todas y a cada una en particular las más expresivas gracias por el afecto filial de que habéis dado pruebas no interrumpidas; por vuestra obediencia, por la bondad con que habéis sufrido mis imperfecciones y desaciertos y, en fin, por todos los obsequios que me habéis tributado sin haberlos merecido. La segunda, pediros perdón por todas las faltas que he cometido durante el tiempo de mi gobierno y de las molestias que os habré ocasionado. La indulgencia, que yo espero de vuestra parte, os la concedo gustosísimo de la mía, si es que alguna temiese, lo que no creo, haberme en alguna cosa disgustado.
Por lo demás, Hermanas carísimas, reconozco que no era digno de vosotras; necesitáis de un mejor conductor, más sabio, más virtuoso y más prudente. Por esto Dios, cuya Providencia jamás yerra en su disposiciones, ha tenido a bien separarme de en medio de vosotras exteriormente, y destinarme a cultivar otra parte de su heredad, que seguramente no producirá, por mi impericia, los abundantes y dulces frutos que he cogido en el jardín ameno de vuestra respetable Compañía. Digo exteriormente, porque en mi interior, en mi mente y en mi corazón viviréis eternamente. No subiré yo una sola vez al altar sagrado que no os traiga conmigo y coloque en las llagas de Jesús para ofreceros con él ante el trono de la augustísima Trinidad. Estad bien persuadidas de esto. Podéis asimismo todas y cada una de vosotras contar con mi afecto fraternal y con todas mis facultades en cualquier apuro en que os veáis y de que yo pueda sacaros. Quiero siempre estar unido con vosotras con los sagrados vínculos de la caridad de nuestro Señor Jesucristo». Y termina recomendándose a sus oraciones.
La separación del P. Codina fue una pérdida enorme para las Hijas de la Caridad, el peso de cuya dirección había llevado desde 1827. Tocáronle los años más aciagos de la revolución; sufrió mil amarguras y se vio desterrado precisamente por el ardor y celo en sacar incólume el Instituto de las Hermanas. Estas siempre le amaron como a un cariñoso Padre; y él fue su consuelo, en lo que pudo, durante la tempestad interior que estalló, al advenimiento de la restauración de los Misioneros, restauración en que él puso toda su influencia episcopal y todo su amor a las familias de S. Vicente en España.
Consagrado Obispo, en 20 de febrero de 1848, su vida en Canarias fue la de un verdadero Apóstol. No pudiendo conseguir que se le asociara alguno de nuestros misioneros, los buenos oficios de la Superiora de Manresa, le proporcionaron la santa compañía del P. Claret, que derramó su alma de apóstol en Canarias. El terrible azote del cólera dio ocasión al Ilmo. Sr. Codina a manifestar su índole de buen pastor, visitando, consolando y exponiendo su vida en favor de sus ovejas. Murió en 1857. Todas las Hijas de la Caridad de España le ofrecieron sus sufragios, a pesar de la injusticia con que oficialmente se los negaron.
De cuán estrechas eran las relaciones de las Hijas de la Caridad de España, con los superiores mayores de la Congregación, son muestra patente, en aquel año 47, último del P. Codina las cuatro circulares venidas de París, tres de ellas impresas allí, a juzgar por su mal castellano, y la otra traducida e impresa en Madrid. Fue la primera una de la Madre General, fecha 1º de enero, en la que se da noticia de la muerte del Director de las Hermanas de Francia. Prescribe de paso las fórmulas de saludo y dirección con que ha de escribirse a los Superiores y Directores.
También es de la Madre General otra de 1º de febrero, concediendo la Renovación de Votos y con una exhortación a la guarda del voto de castidad.
De mayor extensión y de mucha importancia es la Circular del P. General, de 8 de septiembre. «Tres años han transcurrido, dice, desde que excité vuestra piedad a prestarme vuestra cooperación, para hacer revivir en vuestra Compañía el primitivo espíritu, que había sufrido alguna alteración, de resultas de los malos tiempos que han transcurrido». Se congratula de su correspondencia, y a ello hay que atribuir el inmenso desarrollo de la Compañía. «Argel, Grecia, Turquía, Egipto y la Siria han visto con asombro aparecer a su vez sobre sus suelos, las Hijas de San Vicente y derramar con profusión las maravillas de la divina Caridad. En el momento en que os escribo, se dispone a salir una nueva colonia para uno de los más retirados puntos del Océano y establecerse en los confines de China… Así de Francia hemos visto salir numerosas colonias de Hijas de la Caridad para beneficiar al oriente, así hemos visto con placer salir otras de España para fecundar el occidente. La Gran Canaria, La Habana, México y otros puntos ven con regocijo a vuestras Hermanas españolas coger abundantes frutos de salud, debidos a su esmerada Caridad».
Pasa después a dar los siguientes avisos regulares. 1º La práctica exacta del silencio en las comidas. 2º El recogimiento y silencio. 3º El ejercicio de la noche y repetición. 4º Uniformidad en los ejercicios de piedad, sin poner ni quitar cosa alguna. 5° Práctica de las tres virtudes propias de las Hijas de la Caridad. 6º Comunicaciones o desahogos en contra de la Caridad. 7º Sobre el empleo prohibido de criadas o niñas en la limpieza de dormitorios de Hermanas. 8º Acerca de la ropería en común. 9º Sobre el nombre de Madre que debe reservarse sólo para la Madre General. «Esta consideración, dice, me anima a hablaros de un abuso que se introdujo en algunas casas de la Compañía en una época de la que quisiera borrar, si fuera posible, hasta el menor recuerdo. Hace treinta y tantos años intentaron mudar la naturaleza de vuestro Instituto en otro contrario al pensamiento de S. Vicente, o por mejor decir, al pensamiento de Dios, de quien él era instrumento, y quisieron hacer de vosotras religiosas y de vuestro Instituto una religión. Para conseguir este objeto fue necesario quitar las bases puestas en las Constituciones y mudar todo el orden establecido en la Compañía; porque todo está arreglado de manera que haya una diferencia esencial entre vosotras y las religiosas. Entonces se vieron entre vosotras las ceremonias que tienen lugar en los claustros, como la toma de hábito con solemnidad y bendición, la de la profesión en el día de los santos votos, etc. Según esto, el tiempo de la prueba no podía llamarse Seminario, sino que le llamaban Noviciado. Las Hermanas encargadas de formar las jóvenes en la Casa Madre debieron dejar el nombre de Directoras del Seminario por el de Madres de novicias. Las oficialas de la comunidad también debieron llamarse: Madre Asistenta, Madre Ecónoma y Madre oficiala. El mismo espíritu y por consiguiente los mismos usos de la Casa Madre, era natural pasaran a las casas particulares y muy pronto se vio dar el nombre de Madre a las Hermanas sirvientes de París y sus alrededores».
En España no llegó a introducirse semejante abuso y el título de Madre sólo se daba a la Superiora General. Una Circular de Sor Carmen Moreno, en octubre de 1866 comunicaba a las Hermanas de España que, «habiendo tenido el gusto de saber por nuestra muy Honorable Madre que nuestro Honorable Padre permite a las Hermanas de Provincias dar el título de Madre a sus Visitadoras respectivas, nos apresuramos a poner en conocimiento de ustedes que, desde hoy, tendremos el consuelo de dar este nombre a la que dignamente ocupa este lugar en medio de nosotras».
En décimo lugar trata de la conveniencia de establecer en las casas una Hermana Asistente que supla a la Hermana sirviente, en casos de enfermedad y sea su ayuda y sostén. En el nº 11 trata de la Comunión frecuente, que ve con buenos ojos, pero dejando a la Hermana sirviente, el cuidado de conceder o negar la sagrada Comunión según lo juzgue conveniente atendida la conducta de sus compañeras. (Semejante costumbre está hoy abolida por las Normas de la Santa Sede sobre la Comunión frecuente y diaria).
Nº 12. Les habla de su visita al Papa y de los favores espirituales por él concedidos. «Su Santidad, dice, ha tenido a bien, añadir nuevas gracias a las que ya anteriormente tenía concedidas a la Compañía. Por su rescripto de 20 de junio de este año 1847 concede: lº Que el altar de la Capilla de las Hijas de la Caridad, en cualquier parte del mundo donde se encuentren, sea privilegiado. 2º Que las Hijas de la Caridad puedan ganar todas las Indulgencias, aunque no se confiesen sino cada quince días. 3º Que no solamente las Hijas de la Caridad sino todos los fieles cumplirán con el precepto de oir Misa, oyéndola en su capilla u oratorio. 4º Habla del escapulario de los Sagrados Corazones. 5º De la facultad de poder ganar las indulgencias concedidas a las capillas de la Comunidad, no sólo las personas de la familia, sino todas las personas sin distinción. 6º La facultad de delegar a los capellanes de las casas de Hermanas para bendecir e indulgenciar cruces, medallas, rosarios, etc. se extiende también a toda clase de personas. 7º Su Santidad ha autorizado finalmente para establecer la Asociación de la Inmaculada Concepción entre las niñas puestas bajo el cuidado de las Hermanas, y la ha enriquecido con numerosas indulgencias. Finalmente, el Soberano Pontífice ha concedido Indulgencia plenaria, todos los días, a cuantos visitaren las reliquias de S. Vicente, en la capilla de la Casa Central de París.
Otra Circular de 1º de noviembre, daba cuenta de la primera expedición de Hijas de la Caridad a China. Doce Hermanas, acompañadas de cuatro Misioneros habían embarcado en Marsella el día 23 de noviembre. La expectación en Francia por tan dilatado viaje fue algo semejante a lo sucedido antes en España cuando la expedición de nuestras Hermanas a México.







