La Circular del P. Codina, en lº de enero de 1845, era en sumo grado alentadora para las Hijas de la Caridad. «En ninguna época, les dice, vuestra Congregación había logrado tan universal aplauso, como en el presente. En el reino de Francia, en donde tuvo su cuna, crece con asombro de todos, en términos que la Casa Noviciado de París, no pudiendo contener tantas jóvenes, que desean abrazar el Instituto, ha sido forzada a construir un nuevo edificio capaz de contener trescientas novicias a la vez; y todas se creen necesarias para proveer las casas ya existentes y admitir otras que de continuo se están pidiendo. Lo mismo, a proporción, sucede en Italia y otros países extranjeros.
Por lo que mira a nuestra España, lo sabéis, Hermanas carísimas; cada día se solicitan nuevas fundaciones. Parece que todos los pueblos tienen fijos los ojos en las Hijas de la Caridad, sin cuyos servicios creen ser imposible introducir el orden debido en los establecimientos de Beneficencia. Así es que las Juntas se apresuran a hacer demandas para obtener Hijas de la Caridad para sus casas respectivas. En cuanto a las fundaciones ya hechas, puedo aseguraros que en todas se obra el bien, Dios es glorificado, y los pobres bien asistidos corporal y espiritualmente… Humillaos, pues, delante de Dios. Dad a Su Divina Majestad la gloria de todo el bien que por vuestro medio obra; y quedaos vosotras en la más profunda confusión. No deis gratos oídos a las alabanzas que os prodigan, dirigidlas a Dios solo a quien pertenecen y sepultaos en vuestra nada, imitando la vida santa y retirada del Hijo de Dios y de su santísima Madre. Este es el principal aviso que vuestra muy honorable Madre os da en la circular que os ha remitido para el presente año. Recibidlo con respeto y guardadlo con fidelidad y no dudéis que por este camino humilde llegaréis a la verdadera elevación en el tiempo y en la eternidad.
Ya estáis enteradas por mi primera circular, que tuve el honor de dedicaros, de la organización que se ha hecho de orden de nuestro Rvdmo. Superior General en el Gobierno de vuestra Congregación de España, conforme en todo al de Francia y demás Reinos y Provincias del mundo, en donde se halla establecida. Os lo diré en pocas palabras para que lo comprendáis todas y sepáis cómo debéis corresponderos con la Comunidad Central, que es este Noviciado de Madrid. Vuestro gobierno central consiste en el Consejo, cuyo presidente es el Director de España como representante del Rvdmo. Superior General y bajo su sola dependencia. A él se sigue la Visitadora de España como representante de la Superiora General de París y después vienen las dos Madres del Consejo, una de las cuales es la Asistenta de la Visitadora, que lo es actualmente la Señora Sor Valentina Culla y la otra primera Madre del Noviciado, a saber: la Señora Sor María Peñasco.
Todas las Hermanas Sirvientes o Superioras locales, tienen derecho y lo mismo sus súbditas para proponer sus dificultades o dudas a cualquiera de las personas que componen el Consejo, pero la resolución de ellas pende del acuerdo que se tome en dicho Consejo, cuando las dificultades versan sobre cosas exteriores ya sean de la misma casa u otras vecinas.
Cuando alguna Hermana, sea Superiora o Súbdita, consulta al Director sobre asuntos personales, máxime interiores, semejantes respuestas no van al Consejo sino que quedan reservadas al Director, al cual sólo pertenece dar las instrucciones y avisos correspondientes, con el debido secreto, a la Hermana que le consultó. Las demás cosas pertenecientes al régimen de las casas en general o de alguna en particular, todas se resuelven en el Consejo y estas resoluciones lo mismo es que las trasmita el Director que la Visitadora, sirviéndose para ello de su secretaria. Este es el cuadro, Hermanas carísimas, que representa la naturaleza del gobierno de vuestra Congregación en España. Sin embargo, queda siempre abierta la puerta, a todas sin excepción, para acudir al Señor Superior General o a la Madre General de París».
Una obra muy importante para el buen régimen y uniformidad de las Casas llevó a cabo por entonces el P. Codina. Gracias al celo eficaz de los señores Feu y Roca las Hermanas contaban ya con los libros fundamentales para su formación espiritual, pero había un vacío notable con respecto a las Superioras, pues carecían de una norma fija reguladora de su conducta. En su Circular de 10 de abril dirigida a ellas les decía: «Mis carísimas Hermanas: Tengo la satisfacción de remitir a V. un impreso de instrucciones para las Hermanas Sirvientes, que me entregó la Superiora General en París y yo traduje al castellano. Léalo V. con atención y medítelo seriamente y practique con exactitud las lecciones importantes que se les dan y no dude V. que será una excelente Superiora… Va una hoja también impresa de un privilegio que Su Santidad ha concedido a la Congregación de Vds. (El de celebrar en sus capillas las fiestas de S. Vicente). Luego les seguirán otros dos libritos impresos, para las maestras de escuela el uno y el otro para todas las Hermanas. Aunque no tiene relación directa con las Hijas de la Caridad, notemos aquí de paso que fue ese mismo año de 1845 el de la impresión del precioso libro del P. Codina, «Exposición del Pontifical Romano», sobre el Sacramento del Orden, obra cuyo valor se aprecia más cada día. Con ella se acreditó de varón sabio y piadoso y digno de la dignidad de Obispo de Canarias, a que fue promovido, poco después, por la Santa Sede.
Aspiración antigua y constante de Directores y Superioras del Noviciado había sido conseguir casa a propósito para la instalación adecuada de aquel centro, cuyas necesidades de personal siempre creciente, excedían en mucho los límites de su primera fundación. Las veinte novicias, que se calcularon en sus principios, habían llegado, en 1845, a cincuenta y nueve. Aquel primitivo Noviciado, inaugurado en 1803 en una casa alquilada de la calle del Prado, se pasó en 1815, a un edificio adquirido en propiedad en la calle de San Agustín, con fachadas a las calles de Cervantes y Lope de Vega, antiguas de Francos y Cantarranas. Pero a medida que fue creciendo el número de Hermanas se hacia más notoria su pequeñez y falta de salubridad para una Comunidad numerosa, ya que no tenía patio ni azotea de desahogo.
Los últimos empeños del P. Roca habían sido encaminados a resolver el problema de una casa tan insuficiente y gravosa y, merced a sus buenas relaciones con personas influyentes en el Gobierno, no fueron ahora inútiles sus gestiones, que vino a ultimar el P. Codina. Los principales intermediarios fueron el Sr. Marqués de Valgornera y D. Bonifacio Fernández de Córdoba, que tomó tanta parte en la fundación de México.
En los primeros días de diciembre de aquel mismo año 45, el Superior General, aprovechando su viaje a Dax, vino por primera vez a nuestra Patria, y en San Sebastián tuvo una entrevista con el P. Codina y algunas Hermanas, que fueron a ofrecerle sus respetos. Entre los puntos tratados conocemos el de la adquisición del terreno para la nueva Casa Noviciado de las Hijas de la Caridad y el de la posible restauración de la Congregación de la Misión en España.
Con fecha 10 de diciembre comunicaba el P. Codina al General: «Después de nuestra corta entrevista he visitado de corrida las casas de Tolosa, Pamplona y Vitoria, que están en el orden más perfecto. No así San Sebastián, donde hay mucho que corregir, ya en la Comunidad, ya en la marcha del Establecimiento. He llegado a Madrid el 5 de este mes y al día siguiente he visitado a Martínez de la Rosa…
Ayer recibí una Real orden del Ministro del Interior por la que la Reina aplica al Noviciado de nuestras Hermanas el local que os dije. El encargado de darme posesión me escribe también un oficio, rogándome le indique el día y hora de realizar esta formalidad.
Se me aconseja que sin demora dirija una demanda al Papa y es la que le adjunto para que escriba V. al Sr. Ugo, a fin de que la presente, según estilo de la Corte de Roma. Si Su Santidad aprueba la aplicación de este local a las Hermanas, se podrá edificar una gran casa si el dinero no nos falta».
La Real Orden, a la que alude el P. Codina, decía así: «Administración de Bienes nacionales de la Provincia de Madrid.= El Sr. Intendente de Rentas de esta Provincia, con fecha 26 del corriente, me dice lo que sigue: El Excmo. Sr. Ministro de Hacienda con fecha 20 del actual, me dice, lo siguiente: = Conformándose Su Majestad con lo expuesto por esa Junta en 1º de octubre último y accediendo a la instancia de la Congregación de las Hermanas de la Caridad, ha tenido a bien concederles la parte del edificio y huerta que perteneció a los Religiosos Trinitarios descalzos de Jesús en esta Corte y que corresponde al Estado, con calidad de que haya de servir para Casa Noviciado de la expresada Congregación; y que si en lo sucesivo dejara de tener semejante aplicación, haya de revertir a la Nación el mencionado local.
= Lo que traslado a V. para los efectos oportunos.
= Y tengo el honor de transcribirlo a V.S. para su conocimiento y satisfacción, esperando se sirva señalar el día y hora que tenga a bien para poner a V.S. en posesión de la parte del edificio y huerta de que se hace cesión por Su Majestad.
= Dios guarde a V.S. muchos años.
= Madrid 6 de diciembre de 1845.
= Sr. Director de las Hermanas de la Caridad de España».
Es de suponer la alegría de las Hermanas al recibir la regia concesión. El P. Codina se apresuró a dar gracias al Ministro y señaló para la toma de posesión, el 12 de diciembre.
El amplio solar del Convento, que fue de Trinitarios de Jesús, había sido repartido por mitad entre el Sr. Duque de Medinaceli, de antiguo patronazgo y la Hacienda pública. La parte correspondiente a ésta era la cedida a las Hermanas para su Noviciado. Según certificado expedido en 4 de febrero de 1846, a petición del P. Codina, consistía en una gran huerta con tahona y corralón de 134.428 pies evaluado todo en 979.552 reales.
Como aquellos bienes eran de la desamortización, el P. Codina, de acuerdo con los mismos PP. Trinitarios, acudió a la Santa Sede, a fin de que las Hermanas pudiesen tranquilamente recibirlos. Sus preces fueron despachadas pronta y favorablemente, como se ve en el siguiente Rescripto que traducido dice así: «A 30 de diciembre de 1845 = Con audiencia del Santísimo = Nuestro Santísimo Señor Gregorio XVI, por la Divina Providencia Sumo Pontífice, a ruegos de mí el infrascrito Secretario de la Sagrada Congregación de Negocios Eclesiásticos, atendidas las expuestas peculiares circunstancias, concede facultad al R.P. Procurador General de la Congregación de la Misión, para que, ya por sí o por otro u otros Presbíteros de la misma Congregación por él subdelegados, conceda a las peticionarias que puedan lícitamente aceptar las pías o religiosas casas de que se ruega, aún no restituidas a la Iglesia, previa declaración de restituirlas a beneplácito de la Santa Sede y de atenerse a sus disposiciones y manifestando prudentemente este indulto, a fin de evitar todo escándalo.
= Dado en Roma, en la Secretaría de la misma Sagrada Congregación, en el día, mes y año dichos. Carlos Vizardelli, Secretario. (Lugar del sello). Del todo gratis.
Usando de las facultades benignamente concedidas por nuestro Santísimo Señor Gregorio XVI, por la Divina Providencia Sumo Pontífice, subdelego al R.P. D. Buenaventura Codina, Director de las Hijas de la Caridad en España para que, con la autoridad apostólica, pueda condescender a las preces de las peticionarias, pero guardando todas y cada una de las condiciones que en el mismo Indulto Apostólico se señalan.
= Dado en Roma, en la Casa de la Congregación de la Misión de Monte Citorio, a 7 de enero de 1846.
= Francisco Simón Ugo, de la Congregación de la Misión, delegado especialmente para el efecto.
= Al Rv. Señor Buenaventura Codina, Presbítero de la Congregación de la Misión. (Lugar de los Sellos).
Aquella Real concesión a las Hijas de la Caridad iba resolver de una manera fundamental la situación harto precaria hasta entonces del Noviciado, pero no podía ser de efectos inmediatos. Era preciso edificar y para ello un capital enorme de que no disponían.
En cuanto al aspecto espiritual del Noviciado, he aquí el informe del P. Codina al P. General, en 13 de noviembre de aquel año 45. «Desea V. saber el estado de la Casa madre de Madrid. Me parece satisfactorio y en estado de progreso. Reina allí el espíritu de alejamiento del mundo, la regularidad más exacta; las jóvenes novicias dan buenas esperanzas para el porvenir; reciben cuantas instrucciones necesitan para la formación de su espíritu y adelantan en las virtudes de su estado. Ni veo ni sé que haya falta de uniformidad. El Consejo se guía por las instrucciones que V. me ha comunicado. Nos reunimos todas las semanas y muchas más veces, si asuntos urgentes lo requieren. Todo se hace con paz y cordialidad.
En cuanto al Secretariado estamos en ello, pero no disponemos de Hermanas capacitadas, porque están en sitios, donde son necesarias. Están encargadas de instruir a sus compañeras en la escritura, cálculo y teneduría de libros. Cuando estén formadas… serán llamadas a la Casa Madre».
Vamos ahora a dar cuenta de las fundaciones que se llevaron a cabo en aquel año. Fue la primera la del Hospicio de Jaén, al que fueron destinadas Sor Vicenta Zabala, Sor Melchora Iriarte, Sor Teresa Gorostidi, Sor Juana Latiegui, Sor Manuela Rivagorda, Sor Tomasa Basterra, Sor Pancracia Colomo y Sor Tomasa Zaldúa, quienes tomaron posesión en 7 de enero.
El presidente de la Junta de Beneficencia y Marqués del Cadino daba, en 30 de septiembre de aquel año 45, el siguiente testimonio de la benéfica labor de las Hermanas: «Son maravillosas las mejoras, que en menos de un año han recibido, en todos sentidos, temporales y espirituales, las dos casas de Misericordia puestas al cuidado de esta Junta de Beneficencia, que tengo el honor de presidir; y más particularmente la de mujeres, desde que la tomaron bajo su dirección las siete dignas Hermanas de la Caridad, que con real autorización vinieron a la fundación de esta capital y que para ello recibimos los habitantes de Jaén especial predilección por parte de V.S., quien puede tener la satisfacción de que el ejemplo de virtudes prácticas tan sublimes y benéficas a la humanidad han influido del modo más extraordinario y favorable sobre este pueblo naturalmente dócil y morigerado; y queda grabado en el corazón de todos el deber de dar gracias a la divina Providencia y el de agradecimiento a los sujetos que han contribuído a proporcionarnos tantos beneficios».
En aquella misma fecha tomaron las Hermanas posesión del Hospicio de Madrid. El P. Codina se lo comunicaba al P. General con estas palabras: «La fundación de nuestras Hermanas en el Hospicio de Madrid se realizó el 7 de enero. Han comenzado a funcionar y a poner orden «ubi nullus ordo». Los asilados están muy contentos del cambio de directores. Pero han de trabajar mucho para procurarse todos los recursos necesarios; con tiempo y paciencia todo se conseguirá. Hemos colocado al frente de la Comunidad a Sor María Landarte, de la casita de Sos. No es de las antiguas, pero tiene cualidades de gobierno, ama a su vocación y a sus compañeras y no le falta fortaleza de carácter».
Fueron destinadas a esta fundación Sor Isidora Martín, Sor Ramona Lanau, Sor Carmen Sellent, Sor Eulalia García, Sor Juana Marchueta, Sor Felipa Pérez, Sor Teresa Malonda y Sor Rosa Vila.
En 1869 una Diputación revolucionaria echó del Hospicio a las Hijas de la Caridad. La inmoralidad y el desorden se apoderaron de la casa y otra Diputación Republicana las volvió a llamar en 1871.
La fundación de Zaragoza tuvo una larga preparación. Ya en 1844 la Junta de Beneficencia había solicitado Hermanas para la Misericordia u Hospicio de la Ciudad, pero el P. Roca dilató su ejecución hasta tener Hermanas disponibles. Era esta fundación de mucha importancia y exigía personal selecto. Aunque sólo pedían cinco Hermanas, la amplitud de aquel establecimiento requería mayor número. Instó la Junta en 1844, interviniendo de una manera eficaz D. José Altaoja, persona influyente en la ciudad y gran amigo de Padres y Hermanas, como lo muestra la colección de cartas íntimas, en que dicho Señor aparece con carta de Hermandad y gran conocedor de las cosas y personas de la Congregación. Su amistad se demuestra ser muy antigua, pues ya en 1818, la familia Altaoja fue la que dio alojamiento a Sor Manuela Lecina en su paso por Zaragoza y un D. Antonio Altaoja, pariente sin duda de D. José, intervino también en la fundación del Hospital de Barbastro, como alcalde de la población.
En 1º de octubre de 1844 escribía D. José al P. Codina: «Muy Señor mío y carísimo Hermano en Jesucristo. Ayer fui llamado por los Señores de la Junta de Beneficencia de la Casa Misericordia de esta Ciudad y después de presentarme, me manifestaron que había sido llamado para que les informase bajo qué pactos y condiciones y cuáles eran las obligaciones de nuestras Hermanas en las Casas de Beneficencia; y les manifesté el librito que V. tuvo a bien mandarme, diciéndoles que por él se enterarían de cuanto deseaban. Nunca más que ahora debe mirarse esto con ojos piadosos y según los ejemplos de Nuestro Santo Padre, viendo cómo puede corregirse este mal».
En 7 del siguiente mes, le comunica haber asistido a la Junta, «se principió por hablar sobre la fundación que trataron de hacer, en 1842, los de aquella Junta, pues los que la componen en el día no son los que en aquella época, y se sorprendieron al ver el porte que tuvieron con nuestro dignísimo Hermano el Sr. Juan Roca, en no haber contestado… En 12 de octubre le dice que desea hacer la Escritura y tenerlo todo preparado para cuando vengan las Hermanas. «Mis muchas ocupaciones no me permiten extenderme más. Reciba V. los afectos de toda esta su casa y dándoles a nuestros Hermanos y Hermanas..
El 16 del mismo mes, escribe, que ha habido Junta y por unanimidad han dado los poderes para firmar la Escritura al Marqués de Miraflores y al Duque de Zaragoza.
Efectivamente, ese poder lleva la fecha del 16 de octubre de 1844 y con la misma, contesta a la Junta el P. Codina con el siguiente oficio: «Debo repetir lo que ya dije en carta del 4 de este mes a D. José Altaoja, que ha sido el órgano de que esa muy Ilustre Junta Municipal se ha servido para tratar conmigo de este negocio; y en prueba de la sinceridad de mis intenciones pasan a ésa, a instancias del Apoderado D. José Altaoja, la Madre Visitadora Sor María Vicenta Molner y la Hermana Teresa Martínez, una de las Directoras del Noviciado, para disponer, de acuerdo con la Junta, el local en donde deberá fijarse la habitación de las Hermanas que deben ir».
Vuelve a escribir el Sr. Altaoja al P. Codina con fecha 17 de octubre: «Están empeñados en que yo pase a ésa a llevar los poderes y algunas instrucciones y entonces hablaremos vocalmente estas cosas… Dios mediante, saldré de ésta para ésa en sábado a la noche y con el favor del Señor llegaré el lunes entre siete y ocho de la mañana. La adjunta tenga V. la bondad de entregar a nuestro Hermano D. Tomás Mata».
Y en 7 de diciembre: «No soy más largo, porque escribo desde la cama, donde hace que estoy cuatro días, padeciendo unos agudos dolores de vientre y hoy ya quiere Dios no me mortifiquen tanto. Mi esposa y familia le devuelven sus afectos y les dan igualmente a esos Señores y Hermanas». En 25 de diciembre: «Por Sor Vicenta he sabido que había V. salido para Andalucía».
En 13 de enero de 1845 dice: Que esperan a las Hermanas. Quieren pedir otra Real orden urgente para que vayan cuanto antes; «y conociendo lo muy fácil que le sería, especialmente al Conde de Sobradiel por estar en íntimas relaciones con el Gobierno y tener muchísimo favor con la Reina y sobre todo con la Madre».
«Apreciado Sr. Codina. Nuestro Santo Padre hizo fundaciones teniendo menos Hijas que V. donde echar mano; conque imítele V. en esta ocasión, que a no dudar, hará un bien muy grande a estos pobrecitos». Termina urgiéndole a que las mande.
El P. Codina daba cuenta, en 20 del mismo mes, al P. General de esta fundación en los términos siguientes: «Traigo también entre manos la fundación de Zaragoza. El Hospicio de esta ciudad puede compararse al de Tolosa, pero al presente está en desorden completo. Por esto los miembros de la Junta Municipal de Beneficencia nos apuran de mil modos para activar el envío de Hermanas. La necesidad es extrema. Propongo a V. para Superiora a Sor Luisa Agesta, Hermana sirviente y antigua de Tolosa. Ninguna mejor halla el Consejo para tan importante misión. Las compañeras están ya nombradas entre las Hermanas más edificantes. Ya están llamadas de las casas a que pertenecen. Muchas Superioras y Administradores lo sentirán, pero hay que mirar el bien general de la Compañía… «Los huecos subalternos, que quedan vacantes con ocasión de esta fundación de Zaragoza; serán ocupados por novicias».
Las Hermanas escogidas para esta fundación fueron, además de Sor Luisa, Sor Fernanda Abadías, Sor Martina Pérez, Sor Manuela Sanzol, Sor Francisca de Eguiluz Aldama, Sor Catalina Fernández Laceta, Sor María Rosa Roig, Sor Eugenia Ribagorda, Sor Margarita Melero y Sor María Ignacia Ascorta, quienes llegaron a Zaragoza el 13 de marzo.
Para mejor inteligencia de las especiales precauciones, que puso el prudente P. Codina en esta fundación de Zaragoza, conviene advertir que la nueva Comunidad iba a ser en sus caritativas actividades, objeto muy particular de comparación con otra Hermandad benemérita, que dependiente de la misma Junta, hacía ya muchos años atendía a los pobres del vecino Hospital de Gracia. Eran las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, fundadas allí por la Madre Rafols y muy estimadas en la Ciudad. Se necesitaba suma prudencia de una y otra parte para evitar choques o emulaciones. Ya, en tiempos pasados, varias de aquellas Hermanas habían querido pasarse a las Hijas de S. Vicente, como consta en las actas de la Junta. Después no consta el menor resentimiento, ni durante los ocho años que aún vivió la Madre Rafols, muerta en 1853, ni en años posteriores; y eso que la entrega a las Hijas de la Caridad de los niños de la Inclusa, que estaban, hacía mucho tiempo, al cuidado de dicha Madre, debió de serle harto doloroso.
De la solemne toma de posesión del Hospicio de Zaragoza por las Hijas de la Caridad o Paúlas, como las llamaban en Aragón, nos informa la siguiente carta dirigida al P. Codina por el Sr. Altaoja, en 16 de marzo de aquel año: «Muy Señor mío y querido Hermano. Según anuncié a V. en mi anterior, visitamos los templos del Pilar y La Seo y las Hermanas vieron sus alhajas y enseguida visitaron al Gobernador eclesiástico; por la tarde, se fue al Hospicio y se recorrió todo y por cierto que las Hermanas se cansaron muchísimo.
Ayer 15, día de la muerte de la venerable Madre, según sus deseos, las Hermanas oyeron a las cinco y media de la mañana la Misa de Infantes en la santa Capilla y en seguida tomaron la comunión y luego volvieron al Hospicio y en el momento bendijo el Sr. D. Escolástico Santías el oratorio y celebró misa, que oyeron las Hermanas.
A las 10 de la mañana se reunió toda la Junta, pues era la hora señalada para dar la posesión; se cantó una Misa solemne con asistencia de la Capilla del Pilar, a la que asistió bastante gente y concluída, se les sirvió a los pobres una buena y abundante comida, en presencia de la Junta y Hermanas, en las gracias que dan después de comer los pobres, se rezó un Padrenuestro y una Avemaría al Santo Padre San Vicente de Paúl y Fundador de las Hijas de la Caridad.
Concluído lo dicho la Junta se reunió en una sala de sesiones y llamó a todos los maestros y dependientes de la casa; y después de decirles un discurso alusivo a la venida de las Hermanas y demás, las dio a conocer, delegando todas sus facultades; y luego a las Hermanas las dijo que les ofrecían su protección y podían contar con la Junta en todo y por todo. Inmediatamente se les sirvió a las Hermanas una comida abundante y el primer plato fue puesto a la mesa por el M.I. Conde de Sobradiel y demás de la Junta; y luego se retiraron y quedaron las Hijas de San Vicente de Paúl instaladas en esta Casa de Misericordia.
Aquí concluye la relación de todo lo ocurrido durante la permanencia de las Hermanas en esta Ciudad. Esta Señora Superiora y demás Hermanas suplican a V. comunique esta relación, si lo tiene a bien, a la Señora Sor Vicenta y demás Hermanas de esas casas, diciéndolas que las han tenido presentes y puestas bajo el manto de esta Santísima Virgen del Pilar y que, a causa de estar sumamente ocupadas y en especial Sor Luisa, no escriben, pero que lo hará tan luego como tenga un momento desocupado.
Yo, por mi parte, les he ofrecido mi inutilidad y puede V. estar seguro que, en lo que sea compatible, les ayudaré hasta donde puedan mis fuerzas. Reciba V., Padre mío, los afectos de toda esta casa y las Hermanas, haciéndolos extensivos a los Padres y Hermanas y V. sabe puede mandar lo que quiera a su más afectísimo Hermano, que le estima y es S.S.
= José Altaoja. Ya escribiré otro día sobre otros particulares».
Así lo hizo el 21 de marzo: «Muy Sr. mío y apreciado Hermano: Mi última información de lo ocurrido con las Hermanas de esta fundación y a lo dicho, sólo hay que añadir que el 16 el Sr. Conde de Sobradiel dio un refresco muy brillante a las Hermanas, al que asistió el Ayuntamiento y varias personas visibles, y todos ofrecieron su protección a las Hermanas. El 17, 18 y 19 se pasó haciendo los inventarios; y desde hoy está a cargo de las Hermanas el gobierno interior de este Hospicio; y la cocina hace dos días que la dirige una Hermana a satisfacción de los pobres, que bendicen y ensalzan la hora en que vinieron las Hijas de la Caridad, porque, ahorrando de la ración que tenían, comen mucho mejor. La Junta ha proporcionado dos mil varas de lienzo para principiar a hacer sábanas, pues hay bastantes pobres que no se les ha mudado la cama hace trece meses y muchísimos que duermen sin ellas, llenos de miseria y comezón, que costará muchísimo de limpiar.
Las Hermanas trabajan lo que no es creíble y todas están contentas y buenas y todo su deseo es aliviar las necesidades y trabajos de estos pobrecitos; hay todavía que hacer alguna limpieza de esta gente que acostumbra a comerse los establecimientos, pero la Junta le ha dado todas las facultades a la Superiora y le ha dicho que poco a poco lo vaya haciendo sin fatigarse; pero su genio se conoce que es incansable para trabajar; así que todo el mundo admira su celo y actividad. Dios les dé su gracia y les ayude para llevar adelante su empresa con tino y acierto que tienen acreditado.
Por hoy no ocurre más; reciba los afectos de mi esposa y niños y dándolos a los Padres y Hermanas queda de V. afectísimo S.S. y Hermano Q.S.M.B.
= José Altaoja.
Complemento de los anteriores relatos es la carta que Sor Fernanda Abadías, muy conocida entre las Hermanas del Noviciado y Mujeres Incurables de Madrid, donde había residido, escribía con fecha 22 de marzo al P. Codina: «Mi honorabilísimo Padre y Sr. mío: = Mucho gusto hubiera tenido el haber podido escribir a V. de mi puño, la feliz llegada y todo lo ocurrido, tanto en nuestro feliz viaje como en el buen recibimiento que estos Señores nos hicieron; pero me fue imposible por hallarnos precisadas a estar con las visitas, que sin cesar venían, tanto de los Señores de la Junta como del Ilustre Ayuntamiento, que todos han tenido la bondad de visitarnos; por cuyo motivo la Señora Sor Luisa encargó dicha comisión al Sr. D. José Altaoja. Este, amado Padre mío, es para nosotras un padre y nos hace lo que no es me posible explicar a V. y creo firmemente que si dicho señor no hubiéramos tenido estos días, en que hemos tenido que hacer los diferentes inventarios de todas las oficinas de este vasto Hospicio, no era posible acabar en tan breve tiempo ni tan bien, pues esto es un mundo, por no decir una Babilonia. Nosotras, a pesar de estar buenas y ligeras, llegamos a la noche baldadas de las piernas; las Hermanas puestas en un extremo de los patios, parecen enanas y nos temblamos en buscar alguna, por cuyo motivo se va, hoy o mañana, a poner o destinar una campana, para que acuda la Hermana a quien se necesite; sólo nos consuela el pensar que Dios nos ha traído y que ésta es su santa voluntad. Es verdad que todos estos Señores desean complacernos, mas sin embargo, no dejará de costar muchas fatigas poder ponerlo con orden, a pesar de que todos los empleados se manifiestan muy sumisos y obedientes; y ya hemos oído bendecir a Dios en algunas cosas que para su mejor estar se han hecho. Pidan VV. mucho al Señor por nosotras y en particular por esta su hija, a fin de que pueda dar buen cumplimiento a los diferentes cargos que tengo, porque son muchos los que me están observando; hágalo así, mi venerado Padre, no por mí, pues conozco que no lo merezco, sino por Dios y por el honor de la Congregación y lo mismo suplico al Sr. Padre Roca y que tenga ésta por suya.
Creo hizo relación a V. el Sr. Altaoja de lo que hicieron con nosotras, el día que tomamos posesión de esta casa, día por cierto de gran confusión para nosotras, al vernos servidas en la mesa, de la mayor nobleza, entre ellos el Sr. Conde de Sobradiel, el cual está chocho con nosotras y siempre que me ve, que es todos los días, me dice: «ánimo, Sor Fernanda, que hemos de lucirlo los aragoneses, cogiéndome con las dos manos en los hombros, pues es grande su sencillez y su afecto hacia nosotras, no solo en palabras, sino en su bolsillo, pues además del famoso reloj que ha regalado para la Comunidad, pagó de su bolsillo el famoso refresco que se tomó el domingo de Ramos, con variedad de sorbetes, muchos quesos helados, con variedad de composturas, como de mantecados, avellanas, etc. etc. con más de dos arrobas de dulces secos de todas clases, con figuras preciosísimas, particularmente dos que pusieron en dos bandejas, de las cuales dieron uno a Sor Luisa y otro a mí. Yo se lo ofrecí al Sr. Conde para una de sus señoritas, pues me dijo otro caballero que lo hiciera así, por ser así la costumbre, mas el Sr. Conde no quiso recibirlo, diciéndome se daba satisfecho, y que quería que yo me quedase con él y me fue preciso ceder por darle gusto; lo mismo había de bizcochos de todas clases y, después de haber regalado a cada una de las Hermanas una papeleta de dulces, quedó todo para nosotras. A esta gran función acudió toda la Junta, el Ilmo. Ayuntamiento, capellanes, confesores y otros señores, entre ellos, el Sr. Alcalde, por quien fuimos servidas varios platos en el refresco; esto fue una confusión para nosotras al vernos tan obsequiadas; y continúan lo mismo estos días y nos parece no faltarán bienhechores.
Mucho más hay para poder decir a V,, mas no me lo permite el poco tiempo que tengo y éste lo he cogido quitándomelo del sueño y lo doy por bien empleado por poder dar a V. estas noticias, a fin de que todos demos gracias a Dios y al Santo Padre y que V. nos ayude con sus fervorosas oraciones, para que podamos corresponder a estas finezas; háganlo todos y todas por Dios, que lo necesitamos mucho, mucho.
Varios señores se han venido a ofrecer y, entre ellos, la señora Condesa nos prometió cuando la visitamos, sería una amiga, y otras muchas; con que vea V. cómo nos hallamos. Adiós, adiós, amado Padre. Cuídese V. mucho y diga V. lo mismo a mi buen Padre, el Sr. Roca; y que cuando tenga otro ratito le escribiré algo; y lo mismo a los demás Señores Padres, en cuyas oraciones me encomiendo, pues las mías y en la presencia del Pilar son para VV. todos y todas. Cumpla con la Señora Madre Sor Vicenta, Sor Valentina, Señoras Maestras, Señoras ancianas y novicias y, en fin, con todos, y V., mi venerado Padre, reciba los mas finos afectos de mi Señora Sor Luisa y demás Hermanas, que todas despachamos la ración y ruegan por V. y en particular ésta que lo ama en el Señor y de nuevo se pone a sus órdenes.
= Sor Abadías, Hija de la Caridad. S.D.L.P.E. Disimule los mamarrachos. Dice Sor Luisa que ya le escribirá a V. luego».
Entre los numerosos oficios referentes a esta fundación, notaremos el de 31 de enero, en que la Junta de Tolosa acude al Sr. Obispo de Pamplona y al P. Codina exponiendo: «La desolación en que quedan las Hermanas y Casa por la salida de su Superiora, después de catorce años de estancia, con doscientos acogidos y cuando se está haciendo casa nueva.»
El de la Junta de Zaragoza de 5 de abril pidiendo otra Hermana de aumento, pues «un establecimiento tan vasto no puede dirigirse por solas siete Hermanas, sin comprometer su salud infructuosamente».
Otro de 15 de junio de 1846 en que el P. Codina responde a la petición de otra Hermana más diciendo: «que no una, sino cuatro o cinco se necesitan para no reventar de trabajo, pero que no se las podrá conceder si no abonan por ellas lo estipulado en la Contrata y que están debiendo al Noviciado 8.600 reales por las primeras que fueron. Espera se lo pagarán en plazos.»
Fundación de la Inclusa de Zaragoza. Los niños expósitos estaban en un departamento dependiente del Hospital, bajo los cuidados maternales de las Hermanas de
Santa Ana. En acta de 18 de junio de 1849 acordaba la Junta, «que continúe a cargo de la Madre María Rafols la dirección de dicha Inclusa, quedando la Hermana María Lucientes en clase de subdirectora».
En 11 de febrero de 1850 trataba de los medios más convenientes para llevar a efecto la traslación de la Inclusa a la Misericordia, cuya medida es de precisa y urgente necesidad para el mejor servicio de aquélla; y el 18 del mismo mes, estaba ya decidida dicha traslación, confiándola a las Hijas de la Caridad.
En 6 de marzo, «la Junta se enteró de la contestación dada, en 25 de febrero último por el Sr. Director de las Hijas de la Caridad al escrito que le dirigió el Sr. Gobernador Presidente, para que se sirva facilitar cuatro Hermanas de aquel Noviciado, a fin de ocuparse en proporcionar una esmerada asistencia a los desgraciados acogidos en la casa Inclusa, que debe ser trasladada a la Misericordia, y en su virtud se acordó oficiar al Excmo. Marqués de Someruelos, cuyos filantrópicos sentimientos son bien conocidos al Presidente, rogándole se sirva aceptar la comisión que se le confiere, para que, a nombre de la Junta, firme la adición que debe hacerse, cuando se halle a disposición de mandarse las expresadas cuatro Hermanas de la Caridad, en la escritura primitiva estipulada en 5 de noviembre de 1844, ante la extinguida Junta Municipal de Beneficencia de esta Capital y la citada Dirección, al concederse siete de dichas Hermanas para que se encargasen de la Administración interior de la Casa Misericordia, donde se hallan.
Secundando los deseos del mismo Sr. Director expresados en su fechada comunicación, se acordó satisfacérsele cuanto se les está adeudando, desde que se fundaron las Hijas de la Caridad en el referido establecimiento, así como los cuatro mil reales, con que por una sola vez debe contribuirse a la mencionada Dirección General del Noviciado para el equipo de las cuatro Hermanas, que ahora deberán venir, y los gastos de viajes de las mismas, de todo lo que se dará conocimiento al Sr. Director».
Habiendo llegado ya a Zaragoza las cuatro Hermanas convenidas, dispuso la Junta «que la traslación se verifique el lunes, 27 de mayo del corriente, anunciándose al público por medio de los diarios».
Trasladáronse pues los niños expósitos desde el suprimido Convento del Carmen, al nuevo pabellón construído en los terrenos del Hospicio, quedando las nuevas Hermanas agregadas a esta Comunidad; pero el Director de esta nueva Inclusa seguía siendo el del Hospital y no el del Hospicio, circunstancia compleja que tenía que causar graves disgustos y fatales consecuencias.
Como encargada del nuevo departamento quedó Sor Rosa Mir, Hermana formada en la Cuna de Albacete y de cuyos servicios estaba la Junta tan satisfecha que, en 1857, la pedía para Superiora cuando en enero de ese mismo año se determinó la separación de la Inclusa.
Ya, en la Junta del 17 de enero de 1855, se leyó un oficio del Sr. Director del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad, haciendo presente que, habiendo fallecido por efecto del cólera morbo un número crecido de Hermanas, le impele proponer a esta Junta la idea que ha concebido de retirar las destinadas al cuidado de esta Inclusa para destinarlas a algunos puntos, donde hay una necesidad preferente, cuya separación de las cinco que la gobiernan será fácil y decorosa, toda vez que esta Junta tendrá personas en el Hospital que gustosas se encargarán de ella.
Se leyó asimismo un oficio del Director de los establecimientos provinciales de Beneficencia D. José Mª Huici, lamentándose de la frecuente variación que se hace de las Hermanas de la Caridad destinadas al gobierno de la Inclusa y los males que de ello se irrogan principalmente a los niños, que precisamente necesitan del cariño, que una madre les prodiga y el cual, ni en éstos ni en aquellas puede engendrarse, si su permanencia en dicha Inclusa es tan corta, pues esto únicamente se adquiere con el trato frecuente y continuado, lo que hace presente a la Excma. Junta.
En Junta del 26 de enero, «se acordó conferir omnímoda comisión al Sr. Vocal Pablo Lozano para que se oriente con la Superiora Sor Luisa y demás Hijas de la Caridad de la causa que haya podido motivar el oficio del Sr. Director General del Real Noviciado».
En la de 16 de febrero, el Sr. Vocal Lozano expuso creía haber evacuado su cometido y por tanto iba a dar lectura a su informe, lo cual ejecutó. En él manifiesta que para averiguar si
era cierta la causa designada por el Director General del Real Noviciado o motivada por aquellas otras razones poderosas, se había dirigido, en primer lugar, al mismo, rogándole le diera algunas explicaciones sobre tal incidente, siendo su contestación tan atenta y satisfactoria, que pone cima a toda determinación, pues, al desistir desde luego de su propósito de retirar las Hijas de la Caridad de esta Inclusa, a nada debe reputarse todo lo
pasado; pero, como de las informaciones que ha tomado el Sr. Lozano se desprende que el Sr. Vocal encargado de la Inclusa no está en armonía con la Superiora, al parecer porque ésta separa cuando quiere a unas, reemplazándolas con otras y sin que por ello haga uso más que de su derecho, máxime cuando las de la Inclusa forman una parte integrante de la Comunidad de la Misericordia, según el artículo lº de la Concordia y con cuyo proceder el dicho Sr. Vocal D. Pablo Lozano está muy conforme por tener en cuenta el penoso trabajo que prestan y en un orden de mucho mayor grado que las encargadas de la Casa Misericordia, toda vez que tal variación no alcanza a la Directora de dicha Inclusa, pues en los 29 últimos meses sólo han sido dos las Directoras, Sor Rosa y Sor Margarita, que estarían todavía, si no hubiese reclamado el Director General a esta última.
Y finalmente, con el deseo de conciliar las cosas, ha propuesto lo siguiente: lº. que toda vez que el Sr. Vocal encargado de la Inclusa, lo está en su mayor parte del hospital, y no habiendo para el servicio de los dos establecimientos más que los dos Señores, podría cesar en el de aquél para atender más descansadamente al del Hospital, poniéndose aquella al cuidado de otro Señor hasta que tomen posesión los propuestos y pueda hacerse un nuevo arreglo, quedando las cosas tales y como han estado siempre y las consignaron los Señores que precedieron a los actuales; y 2º. que el conserje vuelva a desempeñar sus funciones al torno y cese en las suyas la Señora que la tiene a su cuidado.
La Junta de 4 de abril «vio con la mayor sorpresa un oficio de la Asociación de Damas de la Inclusa, manifestando haber resuelto disolverse y no asistir mañana a pedir limosna en las puertas de las Catedrales, como tenían de costumbre, fundando su despedida en la falta de consideración que las Señoras han observado tanto de parte de las monjas, como encargadas de la Inclusa, como de esta Junta». Se acordó dar una explicación por parte de la Junta y «exigir de las Hijas de la Caridad el respeto etc…».
En 1856 se hicieron varias instancias a fin de llevar Hijas de la Caridad al Hospital de Calatayud y hasta se pidió al Gobierno la autorización y con preferencia, pero no pudo ser
atendida dicha petición por las muchas que esperaban turno; en vista de lo cual fueron enviadas las Hermanas de Santa Ana.
En oficio de 30 de enero de 1857 pide la Junta al Director de las Hermanas la separación de la Misericordia y de la Inclusa en dos comunidades de Hermanas, con su respectivas Superioras y que Sor Rosa Mir, que ya está encargada de la Inclusa, sea nombrada Superiora. En efecto, se verificó dicha separación, siendo nombrada Superiora Sor Fernanda Abadías, en 24 de abril de 1857. Tal vez no agradó este nombramiento al Sr. Vocal encargado de la Inclusa, pues en noviembre del mismo año apercibía severamente a la nueva Superiora por la aglomeración de niños de lactancia y hallarse algunos atacados de sarna.
En 1862 las Hermanas del Hospicio eran dieciocho y seis en la Inclusa; pero el trabajo era abrumador y tanto el Director de las Hermanas como la Visitadora solicitaron el aumento, creyendo indispensables sólo para el Hospicio veinticuatro; la Junta respondió no tener consignación en el presupuesto y que bastará con veinte.
Agotada la buena Superiora Sor Luisa Agesta hubo de ser sustituida por Sor Juliana Mestres y, dos meses después, por Sor Salvadora Soriano. También Sor Fernanda Abadías fue sustituída por Sor Simona Bandrés, en 1861.
En acta de 27 de junio de 1863, disponía la Junta que: «a fin de que no se resienta el buen servicio de la Inclusa y Casa Hospicio de Misericordia en la parte que está confiada a las Hijas de la Caridad, se acuerda prevenir a las respectivas Superioras, que siempre que las circunstancias lo exijan las Comunidades de ambos establecimientos se auxilien mutuamente».
Ya se ve que, en la práctica, tal medida no era la más prudente para conseguir el fin pretendido ni para fomentar la mejor armonía entre ambas comunidades. En 12 de agosto de 1864 cesó Sor Salvadora en su cargo de Superiora del Hospicio, viniendo a sustituirla Sor Casimira Pardos. Esta mudanza de Superioras nos muestra claramente las dificultades insuperables que surgían sin cesar.
Al estallar la revolución del 68 la situación se puso tan adversa que hasta un Diputado vocal se atrevió a querer seducir a una de las Hermanas, que hubo de ser trasladada, lo que motivó el enojo de dicho Señor, amenazando con echarlas a todas. En efecto después de muchos disgustos y de algunas disposiciones, a que las Hermanas no podían acceder, como el obligarlas a acompañar a los niños a los toros y demás espectáculos públicos, etc. la Junta comunicó, en su oficio de 7 de febrero de 1872, su decisión de sustituir a las Hijas de la Caridad por las Hermanas de Santa Ana, con dos meses de fecha improrrogable.
Los Superiores buscaron inútilmente algunas influencias poderosas; en espera de que, pasados aquellos días de conmoción republicana, pudiera consolidarse aquella fundación que tantos y tan benéficos esfuerzos había realizado. La siguiente carta recibida por la Visitadora cerró la puerta a toda esperanza, pero era un testimonio en favor de la conducta de las Hermanas.
«Capitanía General de Aragón ‑ Particular». Señora Sor Juliana.= Muy Señora mía y de mi particular aprecio: Desde el momento que supe los disgustos causados a las Hermanas por esta Diputación, fui personalmente para informarme de las causas que promovieron y hacer cuanto pudiera por evitarlos. Obtuve el íntimo convencimiento de que, de parte de las Hermanas, nada había que mereciera reprocharse y que realmente lo que existía era el irrevocable propósito de reemplazarlas con otras Hermanas que dependen de la Diputación, como creación de ellos. Desde luego comprendí que todo sería inútil. Después recibí una insinuación de Su Majestad la Reina y no tuve que hacer más, pues todo lo tenía ya hecho y así lo contesté yo. Su Majestad, aún no satisfecha, mandó a su Director del Patrimonio, que es de este país y tiene grandes amigos, pero también inútil, pues nada pudo conseguir. En resumen, se ha hecho cuanto se ha podido y sólo el tiempo, en quien confío, podrá volver a las Hermanas al establecimiento, que les quitan y que, a mi juicio y por los antecedentes que tengo, las nuevas Hermanas no es posible puedan llevarlo cumplidamente.
Yo siento muchísimo lo ocurrido, porque V. sabe el aprecio y particular estima que tengo a la Congregación, así pues, no tengo que repetirla; cuente para todo; dando mis afectos a todas las Hermanas mis conocidas, se repite de V. por su afmo. S.S.S. q.b.s.p. = Manuel de la Serz (Ilegible).
Así terminó la abnegada actuación de las Hijas de la Caridad en su primitiva fundación de Zaragoza. Su paso por el Hospicio e Inclusa, aunque sólo duró veintisiete años, bien merece un recuerdo en esta historia. Los nombres de Sor Luisa Agesta y Sor Casimira Pardos ambas Superioras del Hospicio, que se sacrificaron hasta más no poder por sus pobres; Sor Fernanda Abadías al frente de la Inclusa en las más difíciles circunstancias, que gozó las delicias del Tabor y las angustias del Calvario; Sor Simona Bandres y Sor Cristina Bertrán, que le sucedieron en tan espinoso cargo; Sor Nicolasa Anchorena y Sor Vicenta Gurrea, ambas excelentes maestras de las niñas; Sor Paula Bayona tiernísima madre de aquellos expósitos; Sor Margarita Melero y tantas y tantas otras que allí se sacrificaron sin otros consuelos que los de su vocación, para que su recompensa fuera mayor en los cielos
La primera Junta, que tanto entusiasmo puso en la fundación de las Hermanas reconoció bien las grandes mejoras introducidas por ellas en todos los ramos; y en la sesión de 27 de diciembre de 1850 leemos una interesante novedad. Las Hermanas presentan algunas niñas huérfanas de la casa y educadas en sus escuelas para ser admitidas en el Hospital como enfermeras. La Junta las examinó y las aprobó «considerando igualmente las mejoras introducidas en la instrucción que reciben».
Pero fue el Ilmo. Sr. Codina, ya Obispo de Canarias, quien dirigiéndose en abril de 1855 a las Cortes Constituyentes, después de exponer los grandes beneficios que reportaban las Hijas de la Caridad en los establecimientos de beneficencia, como en Tolosa y en Pamplona, dice: «lo que he indicado, en pequeña escala, se ve más de bulto en la Misericordia de Zaragoza. Cuando envié a ella a las primeras Hermanas, que solicitó aquella heroica Ciudad, por medio de los Excmos. Sres. Duque de Zaragoza y Marqués de Miraflores se hallaba aquel establecimiento en un estado deplorable; lo vi por mis mismos ojos y casi desconfié que pudiese levantarse al estado brillante que le correspondía. Establecidas las Hermanas con una excelente Superiora al frente, emprendieron con el auxilio de Dios y protección de María Santísima del Pilar la reforma en la parte religiosa, social y económica. Muchísimo tuvieron que padecer las Hermanas en los primeros años, pero se desvanecieron poco a poco los obstáculos, con el auxilio de Dios; una deuda de dieciséis mil duros gravitaba sobre el Establecimiento. Esta ha podido pagarse por la laboriosidad y economía de las Hermanas; se han proporcionado anchos dormitorios para los pobres de toda edad y sexo, con la debida separación; cada uno tiene su cama; las niñas y ancianas con su jergón y colchón y todos con la ropa necesaria para el aseo y comodidad, cuando antes carecían de camas y de abrigo conveniente.
Las haciendas de la Misericordia, que son ciertamente de consideración, eran administradas por colonos y elaboradas por jornaleros, resultando de aquí muy pocas ventajas para el Establecimiento. En el día, todas las Haciendas son cultivadas por los pobres de la casa y los productos entran netos en la administración de las Hermanas, yendo cada día en aumento el número y prosperidad de los pobres».
La fundación de las Hijas de la Caridad en el Hospital de Jerez de la Frontera estaba autorizada por R. Orden de 21 de diciembre de 1843, que decía: «Su Majestad la Reina se ha enterado de la comunicación de V.S. de 13 del actual, en la cual inserta la instancia de la Junta Municipal de Beneficencia de Jerez de la Frontera, en solicitud de cinco Hermanas de la Caridad, con el objeto de que se encarguen del gobierno doméstico del Hospital de dicha ciudad y del cuidado de los niños expósitos. En su virtud y con presencia de lo proveído en la fundación del Noviciado de las Hermanas de la Caridad, se ha servido Su Majestad aprobar el establecimiento de las mismas en la Ciudad de Jerez, como se solicita, y disponer proceda V.S. de acuerdo con la Superiora del referido Noviciado, a extender el pliego de condiciones, según se acostumbra, remitiendo a este Ministerio copia de él para los efectos oportunos. Lo digo a V.S. de orden de S. Majestad para su inteligencia y cumplimiento.
= Dios guarde a V.S. muchos años. Madrid 21 de diciembre de 1843.
= Peñaflorida.= Sr. Director General de las Hermanas de la Caridad».
La falta de personal dilató esta fundación y sólo dos años después, en 14 de diciembre de 1845 se hizo la Escritura. Fueron destinadas Sor Tomasa Ochoa, del Hospital de Badajoz Sor María Ana del Busto, Sor Juana Ascorbe, Sor Juana Aguilar y Sor Manuela Muñagorri.







