La Provincia española de las Hijas de la Caridad (XLI)

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Author: Padro Vargas .
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La inquietud de aquellos años de exaltaciones políticas no pudo menos de reflejarse en algunas Comunidades de Hermanas. Así, en la visita que  en septiembre de 1841 hacía el P. Gros a las casas de Léri­da decía: «Quedé sorprendido porque parece tienen temor de parecer Hijas de la Caridad, pues las veo o ir sin el rosario y el Santo Cristo, o bien llevarlo escondido debajo del delantal; yo pienso que habrá sido cierto motivo de temor, pero en otras partes, donde podían temer más, no lo han hecho. No queremos pues, que se haga en adelante… Si los facultativos ordenasen a alguna Hermana enfermiza algún paseito, sea por la mañana o por la tarde algunos días, no quiero que salga sino con el hábito, toca y manto, como se ha hecho siempre en Madrid y en otras partes; si necesitan de abrigo se pondrán un pañuelo bajo el collete y buenas mangas y asimismo el rosario y Santo Cristo, que lo puedan ver todos».

Durante aquellos tres años que el P. Gros desempeñó el oficio de Director de las Hermanas, casi no hizo otra cosa que visitar detenida­mente todas sus casas, con no pequeño consuelo y provecho espiritual de ellas. Las ordenanzas y consejos paternales, que les va dejando, son mas bien breves pláticas, que nos revelan al celoso misionero de toda la vida. Ordinariamente, escribe el P. Paradela, las ordenanzas y avisos del P. Gros, que suelen ser bastante extensos, se apoyan en la doctrina y enseñanzas de S. Vicente y de los Superiores Generales. Con ellos se proponía conservar entre las Hermanas la unión y caridad fraterna, el amor de Dios y del prójimo, especialmente de los pobres, el respeto y ­obediencia a los Superiores, el cumplimiento de sus obligaciones y la perfecta observancia de las Reglas.

Envió el P. Gros a las casas de las Hermanas una carta del P. Bonnet, que él había copiado estando en París, en la que les prohíbe severamente ir a velar por la noche fuera de casa a los enfermos, máxime a los ricos».

Esta severa prohibición iba a ocasionar, algunos años después, ­la fundación de las tan beneméritas Siervas de María, dedicadas a tal ministerio.

El reajuste de la observancia, que no puede menos de resentirse durante los graves y prolongados trastornos sociales, el cambio inevitable de algunas Hermanas y la misma sinceridad, que el celoso padre Gros manifiesta en la corrección de faltas, le hubieron de producir al­gunos sinsabores, como confidencialmente él mismo manifiesta escribiendo a Sor Margarita Vasseur. «Muchas Hermanas no me quieren; muchas es­criben contra mí cosas que no me honran mucho». Esto y sus achaques manifiestos en lo poco que sobrevivió, le impulsaron a pedir y conseguir ser relevado de su cargo.

Volvió entonces a encargarse de la Dirección de las Hijas de la Caridad el Sr. Roca, que sólo casi nominalmente era Visitador de los misioneros, cuya Congregación continuaba extinguida. En 8 de diciembre de 1841 escribía a las Hermanas: «Habiéndose desentendido el Sr. D. Miguel Gros del destino de Director General de las Hijas de la Caridad por razones que creyó poderosas, y sabido por otra parte el muy Rvdo. Superior General D. Juan Bautista Nozo el restablecimiento de mi salud, me ha obligado a reasumir las riendas de vuestro gobierno y dirección, que por razón de mis achaques tuve que dejar. En el aislamiento de mi vida privada y consagrada exclusivamente al interesante pensamiento de mi eternidad, no muy distante de mis avanzados años, no podía ciertamente presentir se turbase de nuevo la dulce calma de mi soledad con tan inesperado y pesado golpe…

Obrando, pues, en conformidad a las instrucciones que tengo recibidas de mis Superiores, mi primer deber y el más esencial es establecer vuestro gobierno sobre bases sólidas y duraderas, que serán las mismas que ya, desde el nacimiento de vuestro Instituto, fijó S. Vicente de Paúl, nuestro Padre Fundador, y en el transcurso de los tiempos han consolidado la prudencia y cuidado indefenso de sus legítimos sucesores, los M. Rvdos. Superiores Generales. La primera piedra, pues, sobre que debe alzarse el hermoso edificio de vuestro Instituto es la formación de un Consejo, que residirá en la casa Noviciado de Madrid.

Este Consejo o Junta central de gobierno se compondrá de las ­personas siguientes: lº Del Superior o representante que, por ahora será el Sr. D. Miguel Gros y, en su ausencia o enfermedad, el Sr. D. Tomás Mata. 2º De la Superiora del Noviciado, Sor Vicenta Molner. 3º De Sor María Antonia Gurrea. 4º De Sor María Peñasco. 5º De una secretaria, que dejo a la prudencia del Consejo el elegirla por esta vez. En este Consejo se tratarán, examinarán y decidirán todos los asuntos concer­nientes al bien de la Congregación y gobierno de la misma, pero siempre bajo el conocimiento y dependencia del Superior y con arreglo a las instrucciones que del mismo se recibieren».

En su circular de lº de enero de 1842 el P. Roca, desde Sangüesa en donde aún residía, expone detenidamente el régimen de las Hermanas y dice: …»S. Vicente, a quien la Providencia suscitó para mantener siempre vivas las llamas de aquel fuego divino que el Salvador vino a traer al mundo, después de haberse empleado toda su vida en el ejercicio de aquella virtud, cuyo glorioso nombre lleváis, quiso perpetuarlo, después de su muerte, por medio de una Asociación que erigió en la Iglesia del Señor, cuya vocación principal es consagrarse al alivio de la indigente humanidad.

Esta fue vuestra Congregación, que nació en Francia y que, el año 90 del siglo pasado, se estableció en España. Un santo, consumado en la prudencia cristiana, y dirigido por las luces de la sabiduría increada, no podía menos de dar a su nuevo Instituto aquel hermoso siste­ma de gobierno que trae consigo la consistencia y el acierto. Reservó para sí y para sus legítimos sucesores el título de Superior General que había recibido del Vicario de Jesucristo y sucesor de S. Pedro el Romano Pontífice; de modo que, así como las dos familias no reconocen sino un solo Fundador, tampoco deben reconocer sino un solo Superior, quien no pudiendo por sí solo, atendida la limitación del hombre y el orden jerárquico que el santo dejó en la Congregación para gobernar los dos Institutos, lo hace por medio de los Visitadores, que son sus legítimos representantes.

Sí, Hermanas mías carísimas, el Sr. Superior General en Francia y los Sres. Visitadores en las respectivas provincias de su jurisdicción, son vuestros Superiores natos y legítimos y a ellos debéis recurrir como a los únicos que pueden terminar validamente vuestros asuntos y declarar autoritativamente vuestras dudas. Así se vio en España desde los principios de vuestra Institución hasta los tiempos del M.R. Sr. D. Fortunato Feu, en los que, por particulares razones y por exigirlo así las circunstancias de los tiempos, se creó un Director General y se le autorizó con extraordinarias facultades, cuya elección recayó en la persona de dicho señor.

Pero tan luego como desaparecieron las imperiosas razones que obligaron al M. Rvdo. Sr. Superior General, que entonces lo era el Sr. Salhorgne, a hacer este cambio provisional en vuestro gobierno, éste se restableció bajo su antiguo pie y quedó el Sr. Visitador, superior de vuestra Congregación como la era de la de los Misioneros; y si bien quedaron otros individuos asociados a vuestra dirección, éstos nunca tuvieron más autori­dad que la que recibían del Superior ni otros títulos que el primero de ellos, Director espiritual del Noviciado, y el de simples Confesores los demás…

Desde los primeros días de vuestra fundación en España se hubie­ra instalado dicho Consejo; pero el corto número de vuestras casas, faltas entonces de personas disponibles a tal efecto, impidió el que pudiera instalarse. Se hizo en los tiempos posteriores, pero momentáneamente y por vía de ensayo, pues que los impedimentos que obstruían el camino a su completa formación no habían cesado enteramente. Estos obstáculos ­se hallan felizmente en el día allanados; así es que no pudiendo oponerme a las intenciones y deseos del M. Rvdo. Superior General, que sobre este particular repetidas veces me ha manifestado, he creído deber dar principio al ejercicio de mi jurisdicción de la formación de dicho Consejo, que, como os dije en mi anterior, queda ya establecido en la casa del ­Noviciado de Madrid.

… Yo os ruego con todo el afecto de mi corazón y con todo el ­interés, que me tomo por vuestro bien, acudir con confianza al Consejo y escuchar con docilidad sus advertencias.»

La solicitud paternal del P. Roca dirigió otra Circular en febrero enviándoles la de la Madre General y de paso les exhorta a la ca­ridad fraterna, al cumplimiento de sus santos votos y al apartamiento ­del mundo.

En otra de 18 de junio les comunica su traslación a Madrid. «Sa­bed, pues, que Dios me ha traído a este Noviciado para velar sobre todas vosotras, sobre vuestras costumbres, para apartaros de lo malo y condu­ciros a lo bueno; para instruiros en vuestros deberes y exhortaros sin cesar a la práctica de las virtudes propias de vuestra vocación; para hacer que reinen entre vosotras la humildad, la inocencia, la modestia, la mansedumbre, la observancia de vuestras santas Reglas y, sobre todo, la paz y la caridad fraterna. Yo debo recordar a las Superioras las obligaciones que tienen en orden a sus súbditas; y a las iguales lo que mutuamente se deben».

Pone después algunas resoluciones tomadas en Consejo. «1º. Que ­por cada Hermana difunta, a más del entierro, la Superiora de la casa donde muera, la haga aplicar 30 Misas rezadas, cuya limosna sea la ordinaria de la Diócesis. 2º. Que en las demás casas de las Hermanas de los dominios de España, luego de recibida la noticia del fallecimiento de alguna Hermana, harán celebrar una Misa rezada por cada difunta. 3º. En cuanto a las Hermanas que necesiten aguas minerales, baños o mutación de aires, se resolvió: 1º.- que ninguna Hermana saldrá para dichos fines sin licencia expresa del Director. 2º.- que no se concederán semejantes licencias sin conocida causa y sólo en el caso de que tales remedios no se puedan tomar en casa. 3º. que la casa o Junta habrá de costear los gastos de la salida del establecimiento hasta su regreso. 4º. que una Hermana virtuosa y de confianza deberá acompañarla para su consuelo y servicio y también para ser su ángel custodio, portándose ambas con mucho recato y edificación en orden al público».

Y termina con algunos avisos:

«1º. Siempre que se presente alguna postulante para entrar en la Congregación, la Superiora con las dos Hermanas más antiguas de vocación la examinarán, y si reconociesen en ella las cualidades señaladas en su noticia, nos darán parte del juicio que hubieren formado de ella.

2º. No se franquearán las cartas que se enviasen, porque al fin de año, se hará un cómputo prudencial proporcionado a cada casa.

3º. En las ciudades donde habrá varios establecimientos de Hijas de la ­Caridad, no se visitarán frecuentemente y sólo lo harán cuando la pru­dencia y la caridad lo dictasen; en este caso no se las pondrá extraordinario en la mesa, sino que se contentarán con lo que hay para la comunidad. Se leerá siempre en la mesa y se guardará silencio, como manda la Regla.

4º. Todas las Superioras de las casas pagarán puntualmente la pensión anual de las casas al Noviciado, para la manutención de las que viven en él…»

Desde entonces quedó definitivamente establecido el Consejo cen­tral de las Hermanas de España, en la forma prescrita por el P. Roca. En 16 de enero de 1842, escribía él desde Sangüesa a las Her­manas que formaban dicho Consejo, dando su aprobación a algunas de sus disposiciones, y poniendo algunos reparos.

«He leído, dice, detenidamente y con mucha satisfacción la deseada instalación del religioso Conse­jo, que principió con toda formalidad, el día 7 de enero del presente año 1842.

Doy a ustedes las más afectuosas gracias por haber dado principio a un acto, que practicado como se debe, dará mucha gloria a Dios, mucha utilidad a la Congregación, mucho honor a las Hijas de la Caridad y mucho alivio y consuelo a los Superiores».

Aprueba el nombramiento de una ayudanta de la Maestra de novicias, pero que no ha de tener más atribuciones que las que quiera confiarla la que tenga ese título. «Sobre la propuesta de Superioras de Sevilla, siento vivamente no haber podido conformarme con el parecer de ese mi respeta­ble Consejo,… porque mi conciencia no me ha permitido dar gusto a ustedes sobre la mencionada propuesta. El motivo ha sido los informes poco favorables a alguna de las nombradas… Ahí van las patentes para las ­Superioras y ruego a ese mi Respetable Consejo que se las entregue a cada una en particular haciéndoles las reflexiones convenientes para animarlas a desempeñar cabalmente su alto empleo para gloria de Dios, utili­dad de los pobres, honor de la Congregación, alivio y consuelo de los Superiores…»

También fue el P. Roca, quien estableció la práctica aún vi­gente de reunir a las Sras. Superioras en la casa del Noviciado para hacer los santos ejercicios espirituales. En 13 de octubre de 1842 convo­caba a las de Madrid, Segovia, Toledo, Valladolid y Ávila con las siguientes paternales palabras:

«Muchas pruebas os tengo dadas, Hermanas mías, del paternal amor… No contento con haberme establecido en este Noviciado a costa de los grandes sacrificios, que bien sabéis he tenido que hacer para verificarlo,… mi ancianidad y más mis muchas y graves ocupaciones no me permiten hacer largos viajes cuales serían necesarios, para poderos visitar y consolar y por esto he creído conveniente el suplicaros, por el grande amor, que os profeso en el Señor, que os dignéis venir por algunos días a esta casa del Noviciado, en donde podamos con­ferenciar mutuamente sobre los puntos interesantes de vuestra santifi­cación y del gobierno de vuestras casas.

Sí, Hermanas mías, dad este consuelo a este pobre anciano, que no os manda que vengáis, pero sí os lo ruega porque desea veros y consolaros.»

La Benevolencia del Gobierno de la nación alentó a los Superiores para aumentar el número de novicias, que en 1842, llegaron a veinticinco. Con ello se hizo posible llevar a cabo las nuevas fundaciones que vamos a reseñar.

Fue la primera y más importante el Hospital Central de Sevilla, cuya escritura de fundación se firmó el 14 de Agosto de 1840 y a donde fueron el 12 de octubre del mismo año, doce Hermanas, siendo nombrada Superiora Sor Angela Sauca.

En 4 de Enero de 1841, se establecieron las Escuelas de Sos, a las que fueron destinadas seis Hermanas, bajo la dirección de Sor María Landarte.

El 5 de febrero del mismo año entraron las Hermanas en el Hospital de Cabra, Córdoba, con siete de Comunidad y a su frente Sor Gabriela Ros, que había estado en Tortosa.

En 1842, se fundaron otras dos casas en Sevilla: El Hospital de Santa Caridad de hombres incurables, 4 de febrero, con nueve Hermanas, tres profesas y seis novicias, con Sor Gertrudis Coni de Superiora, y el Hospital provincial de mujeres de Santa Isabel, 8 del mismo mes, con cinco Hermanas bajo la dirección de Sor Teresa Tristany. Cuatro fundaciones había, pues, en aquella benéfica ciudad, número sólo igualado entonces por la Corte de España.  Contribuyó, sin duda, allí a la expansión, el buen ejemplo de las Hermanas fundadoras de la Cuna, en donde ya queda referido su benéfica influencia y en especial los meritorios servicios de Sor Francisca Ustarroz.

Digamos aquí, que el alma de todas las actividades desplegadas  por el Instituto de las Hijas de la Caridad, en aquella época, seguía siendo la Comunidad de nuestros Misioneros, que vivían en la casa de Capellanes adjunta al Noviciado, en la calle Cervantes, con la prudente reserva que exigía la malicia de aquellos tiempos en que la Ley prohibía la existencia de Religiosos. Allí, callada y santamente trabajaban los Padres Roca, Borja, Mata y Sanz, en la dirección del Noviciado y de todas las casas de Hermanas en la Península.

El secretariado corría entonces a cargo suyo. Correspondencia, oficios, estadística, redacción de memoriales al Gobierno, aún los firmados por la Superiora, todo se conservaba archivado en multitud de legajos, hasta el fatal incendio del Noviciado de Jesús, y eran muestra de su diligente labor. A ellos se debió la impresión del primer «Catálogo de las fundaciones de las Hijas de la Caridad en España, desde su establecimiento en 1790 hasta 1842, con el objeto y fin de cada casa, así como del pueblo de su establecimiento, del día, mes y año de la toma de posesión; del día, mes y año en que se hizo la escritura y del día, mes y año en que se deshizo alguna fundación, en la siguiente forma:

En 13 columnas se ponen las cuarenta y cinco fundaciones entonces exis­tentes y las suprimidas. Siguen, después, numerados, en 17 columnas, to­dos los datos correspondientes a cada una de las Hijas de la Caridad en­tradas en el Instituto, con precisión de sus nombres, apellidos, pueblo y provincia de nacimiento, fecha natal y de bautismo, día mes y año de ­vocación, casa de su residencia o de su fallecimiento, o de su salida. Este viejo catálogo es de un valor inapreciable para el conocimiento del Instituto en su primer cincuentenario. Después se fue continuando por años, hasta que, a fines de siglo, en 1896, se hizo una reimpresión con algunas variantes en la forma.

De las cuarenta y cinco fundaciones del antiguo catálogo, ocho habían desaparecido, aunque se olvidó de citar las de Tarragona y Pal­ma de Mallorca, como también los hospitales militares abiertos sólo durante la guerra civil. De las 811 Hermanas catalogadas habían ya fallecido 109 y 157 ha­bían salido, quedando en total 545. Es también de notar que, entre las 109 Hermanas que volaron al cielo en aquellos primeros cincuenta años, 97, casi ­la totalidad, no llegaron a profesar. Claro indicio de la vida austera y sacrificada que devoraba tanta juventud. Entre las 157 salidas, sólo 60 eran profesas.

No hay para qué decir que, entonces más que ahora, la casi totalidad de las vocaciones procedía de las provincias de Cataluña, Navarra, ­Vascongadas y Aragón.

Las Hermanas de los Hospitales Militares que al fin de la primera guerra civil habían emigrado a Francia, habían ido volviendo a España. ­Pero aún en 1842 figuran allí las siguientes: Sor María Catalina Iturbe, Sor Mamerta Josefa Cía, Sor María Josefa Remón, Sor Juana Micaela Zabal­za, Sor Cristina Angela Telechea, Sor Margarita Melero, y Sor Robustiana Francisca Jiménez, quienes, años después, aparecen ya en la Península o en la Isla de Cuba.

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