La Provincia española de las Hijas de la Caridad (XL)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CREDITS
Author: Pedro Vargas .
Estimated Reading Time:

La Junta Municipal de Beneficencia de Alicante trató de poner Hermanas al frente de aquel Establecimiento y, en 29 de octubre de 1839, Sor María Peñasco, escribía desde Madrid haber ya llegado el momento deseado, «por hallarse este Noviciado dispuesto a acceder a las benéficas miras de V.E. Pues puedo contar con el número de Hermanas, que, como llevo indicado, no debe ser menor del de cinco». Ignoro por qué causas esta fundación se retrasó aún mucho tiempo.

Mejor suerte cupo al pequeño Hospital de Barbastro. Las Hijas de la Caridad hacía muchos años ejercían la enseñanza y más de una vez, en tiempos de epidemia sobre todo, los pobres enfermos del Hospital habían recibido sus servicios voluntarios. En 30 de noviembre el P. Gros daba poder legalizado al Canónigo de aquella Catedral D. Pedro Peralta y al Pbro. D. Ceferino Claver, para que, en su nombre, formalizasen la Escritura de fundación con la Junta Municipal de Beneficencia del Hospital. «En virtud de este poder, el día 30 de enero de 1840, comparecieron ante el Escribano D. Joaquín Salcedo, los dichos Señores y la Junta Municipal del Hospital de Barbastro, compuesta por D. Antonio Altahoja, Presidente, D. Manuel Jiménez, D. Juan Serra, D. Juan Antonio López, D. Vicente Baselga, D. Pablo Porta Subirón, D. Francisco Blanc, D. Anacleto Bada y D. Pascual Romeo, con asistencia del M.I. Sr. Gobernador eclesiástico de la Diócesis».

En dicha Escritura se hace constar que, al presente se destina­rán al Hospital tres Hermanas, sin perjuicio de aumentarlas, cuando fuese necesario.

Fue la primera Superiora Sor Carmen Sallent y con ella vinieron, en 30 de enero de 1840, Sor Petra Mayo y Sor Rosa Llop. Quien visita hoy este Hospital situado hermosamente en lo más alto y sano de la población difícilmente se puede imaginar lo que era cuando entraron en él las Hijas de la Caridad. Fundación del siglo XII, la caridad sólo tenía en él un mísero albergue para acoger a los peregrinos, que necesitaban asistencia. Gemía en la mayor miseria y abandono. Con azadas, es tradición, que hubieron de raer las Hermanas la mugre del portal y escaleras. Cuatro tablas sobre unos banquillos eran las camas; las chinches a bandadas; sin sillas donde sentarse; bien se puede calcular las privaciones sin cuento que pasaron las Hermanas al principio. Aun mu­chos años después las Actas de la Junta consignan semejante pobreza, hasta el extremo de que, en 1866, se temió tener que despedir a las Hermanas, «que tan cumplidamente corresponden a su vocación».

Si la pobreza santa santifica, pocas casas habrá tan santificadas como este pequeño y pobre Hospital antiguo de Barbastro. Es un relicario de santos recuerdos y tradiciones, vivas y perennes aún entre las Hermanas.

Entre las notas edificantes escogemos las de dos, que como hu­mildes violetas perfuman aquellos santos muros. Es la primera Sor Benita Marro Girón, natural del mismo Barbastro. Nacida en 1804, entró en la Congregación el 19 de diciembre de 1822. Su vocación es el caso más patente de cómo Dios comunica sus dones con las almas sencillas. Las Hermanas la llaman aún Sor Benita «la del pregón», por el suceso que ocasionó su divino llamamiento. Hija del campo, fue mandada un día por su madre a la ciudad a vender y comprar frutos de la tierra y, hallándose en tales menesteres, sonó la campanilla y oyó la voz del pregonero que anunciaba de parte del Sr. Alcalde de Barbastro que, si alguna doncella se sentía con vocación para asistir a los pobres del Hospital, el Ayuntamiento se comprometía a pagarle la dote y gastos necesarios para que pudiese ser Hija de la Caridad. Apenas oyó la joven Benita la voz del pregonero, como si fuera la voz de Dios, sintió su llamamiento; vuelve a su casa y expone a su madre el deseo de ser Hermana. En efecto, fue admitida en la Congregación y, en compañía de otras cuatro jóvenes barbastrenses, enviada al Noviciado. Parece que fue su primer destino el Hospital General de Madrid y allí permanecía aún en 1842. Por el libro del personal de Mujeres Incurables consta que allí estuvo desde el 12 de enero de 1836 hasta abril, en que volvió al Noviciado. En 1857 llegó a Barbastro y, después de una corta estancia en el Colegio, pasó al Hospital. Allí toda la vida de Sor Benita fue un continuado ejemplo de observancia de las santas Reglas, de fe y de amor a Dios en la persona de los pobres enfermos. Era la primera en acudir a la oración de la mañana. En la Iglesia siempre estaba de rodillas hasta formársele en ellas grandes callos. Era su delicia estar en la sala con los pobres, a quienes llamaba sus príncipes y marqueses. Para orar, como otro S. Francisco, estaba largos ratos con los brazos en cruz, hasta que la Superiora le mandaba que los bajase. Nunca estaba ociosa y, cuando sus otras ocupaciones se lo preemitían, siempre la veían haciendo medias o gorros de punto para los enfermos. Ya en vida todos la llamaban la santa. Con las Hermanas era un dechado de amor. Aunque menuda y delgada de cuerpo, Dios le concedió una salud de roca y no conoció más enfermedad que la de la muerte, pero perdió la vista en sus últimos años; guiada entonces por alguna de las enfermas convalecientes iba con éstas al coro y allí oraba fervorosamente de rodillas y con los brazos en cruz, según su costumbre.

A los 74 años la llamó Dios para sí en pocos días. Sus últimos momentos fueron emocionantes. Recibió los santos sacramentos con gran fervor y, oyendo la campana de las once y media, dijo a las Hermanas que la rodeaban, «vayan al refectorio». Fuéronse ellas y la oían que rezaba el santo rosario y voces que la contestaban. Admiradas, preguntóle la Superiora: Sor Benita, ¿quién le contesta en el rezo? «No sé, dijo; como no sean los ángeles, no puedo ver quién habrá aquí».

Por tres veces entró sorprendida Sor Mariana, la Superiora, y no le cabía la menor duda de que aquellas voces eran de ángeles, pues no había persona alguna en la pieza. Así, a las tres de la tarde del día 23 de septiembre de 1878, si bien otras notas señalan el día 21, con todo conocimiento y sin ningún dolor, entregó su alma al Señor. Todo Barbastro acudió al Hospital a ver a la santa; «la santa», como la llamaban.

Su cuerpo fue depositado en la iglesia del Hospital, en el presbiterio, al lado del evangelio, en tierra apisonada. Sor Encarnación Pérez, que llegó a Barbastro pocos meses antes de morir Sor Benita, dice que murió en olor de santidad. Algunos años después de enterrada, como queda dicho, llamó poderosamente la atención y se confirmó esta idea, cuando, con ocasión de haber sido desenterrado su cadáver, se halló incorrupto, con su forma y fisonomía, mientras que el de otra Hermana, Sor Balbina Sanz, que ocupaba la misma sepultura y había muerto con un mes apenas de diferencia, sólo tenía los huesos. Ambos cadáveres fueron colocados en otra fosa de la iglesia, debajo del coro y junto a la pared del lado de la epístola.

La ocasión de trasladarse los cadáveres fue la siguiente. Durante 45 años fue el ángel tutelar de este Hospital Mosén Vicente Avizanda, quien tenía el cargo de Capellán administrador de la casa, a la que miraba como cosa suya y quería entrañablemente a las Hermanas y a los pobres enfermos. Era sacerdote tan ejemplar que llegó a renunciar una canonjía por no separarse de su caritativo ministerio. Dejó al morir para el Hospital nueve mil pesetas, alhajas, muebles, imágenes y cuanto tenía de algún valor. Gracias a él no faltaron los servicios religiosos, durante aquellos años de indecible miseria.

Digna madre de tal hijo fue Doña Raimunda Paúl, prima hermana de nuestro Padre Maller, por cuyo título era ya afectísima a las Hijas de la Caridad y las miraba como de familia. Pero además, su apellido Paúl y el ser vecina de Crejenzán, no la dejaban dudar de su parentesco con S. Vicente, al que siempre llamaba el tío Vicente. Guardaba como un tesoro tradicional de familia el conocido cuadro del Santo y una cama antigua, posesión después de la familia Baselga, que ella enseñaba satis­fecha diciendo: «esta es la cama en que durmió tío Vicente». Durante su larga vida, ella en persona o por medio de su administrador, estuvo mandando sin cesar a las Hermanas del Hospital, limosnas, víveres y ropas. Tenía carta de Hermandad con las familias de S. Vicente. Murió casi centenaria y mereció ser amortajada con hábito de Hija de la Caridad, ­y enterrada, como una de ellas, en la iglesia del Hospital y en el presbiterio. No fue esto autorizado por la Curia Eclesiástica, y muerto ya el citado Capellán D. Vicente Avizanda, ordenó el Sr. Deán que los res­tos de Dª Raimunda fueran exhumados y trasladados al cementerio común, como así se hizo. Con tal ocasión fue el encontrar incorrupto el cadá­ver de Sor Benita.

Otra violeta humilde de este jardín espiritual de Barbastro fue Sor Ana María Jover, llamada en la Congregación María Ana. Nació en Poboleda, Tarragona, en 24 de julio de 1811. Vistió el hábito de Hermana el 17 de octubre de 1833. Su primer destino fue el Hospital General de Madrid, donde transcurrieron sus años de Noviciado y a los dos años de profesa pasó al Hospital de Valencia. En 1842 estaba en la Beneficencia de Játiva, donde después fue nombrada Superiora.

En 20 de junio de 1863 vino con igual destino al Hospital de Barbastro. Sor Encarnación Pérez, que vivió con ella y con ella pasó hasta el fin de sus días y la sustituyó en el cargo, es la que no se cansa de relatar sus virtudes y la que ha escrito estas notas. Verla en el coro de la iglesia, que les servía de capilla, era ver un ángel. Cuando iban a las salas de los enfermos decía a las Hermanas: cada lecho es un altar donde está Jesucristo. Su jaculatoria favorita era: «mi amado es para mi y yo para mi amado». Tanto la repetía que ya, estando en Valencia, las Hermanas la llamaban «mi amado». Quería que todas le amásemos tanto como ella le amaba y nos excitaba, recordándonos cómo El nos había escogido para esposas suyas.

Con los pobres enfermos era más que madre; siempre veía en ellos a Jesucristo, oculto bajo los harapos; y, cuando era hora de ir a las salas, nos decía que fuéramos presto que nos esperaba Jesucristo. Cada cama era para ella un altar y al acercarse a los enfermos lo hacía con tanta veneración y respeto que nos edificaba a todas. De las «velas» decía: «Hermanas, si supieran Vds. el mérito tan grande de la noche de vela, con qué fervor y deseo la esperarían. Cuánto agrada a Dios este sacrificio. Nos contaba que a una Hermana que estaba una noche dando caldo a los enfermos, se le apareció la Santísima Virgen y la fue acompa­ñando de cama en cama; y, aunque Sor María Ana lo atribuía a tercera persona nosotras comprendíamos que era ella misma, que lo ocultaba por humildad. Entrar Sor María Ana era para los enfermos ver a la Virgen; tanto les consolaba.

La pobreza del Hospital era tanta que tenían que pedir limosna para dar de comer a los enfermos. A éstos daba siempre lo mejor, contentándose ella con unas sopas o un poco de caldo. A tanto llegaban los apuros que ni velas tenían para el santo sacrificio y las economizaban cuanto podían. En eso de la pobreza era como no he conocido otra. En las conferencias nos ponía el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, que quiso nacer tan pobre, para darnos ejemplo, que no tuvo donde reclinar su cabeza; y nos exhortaba a sufrir con paciencia la falta de algunas cositas para imitar al divino modelo. Con el manejo de las ropas nos recomendaba el mayor esmero, como intereses que eran de Jesucristo. De las limosnas que recibía procuraba dar a los enfermos, al salir del Hospital una camisa más.

Sabía mucho de medicina y curó de un cáncer a una Capuchina de Barbastro. Nunca se la veía ociosa y a ratos bordaba primorosamente. Con las Hermanas tenía para todas igual cariño y amor y con su ejemplo santificó a todas, hasta ser su comunidad una comunidad de santas, en per­fecta unión no sólo con las de casa, sino con las de otras comunidades.

Observante, la primera. Su cara resplandecía en bondad y bastaba mirarla para ser buena. Era hermosa y fina, de cuerpo pequeño, delgada y de delicada salud. Le parecía que con ella hacíamos demasiado. A pesar de sus años y delicadeza, nunca dejó de levantarse a las cuatro, sin reparar en la crudeza de las estaciones y en lo destartalado de la casa, que aún estaba falta de muchas ventanas y cristales.

En los muchos años que fue superiora del Hospital no mudó en él ninguna Hermana; al llegar Sor Encarnación, joven de 18 años, la abrazó como madre cariñosa y le dijo: Bienvenida sea a esta santa casa para hacerse una santa. Cuando, como era frecuente, tenían las Hermanas que pasar trabajos les decía: «Miren al cielo, donde diremos muchas veces: «Bendito Hospital de Barbastro, cuánta gloria nos has merecido». Cuan­do alguna se enfermaba ella misma la cuidaba con medicinas y la curaba con amor y cariño tal que no se puede explicar. Cuando veía alguna triste, la llamaba y consolaba tierna y sobrenaturalmente. Todas las Hermanas de las otras casas la querían y respetaban mucho, y hasta el Sr. Capellán D. Vicente Avizanda, para salir de casa pedía permiso a tanta santa superiora.

Así llegó hasta el mes de diciembre de 1881, en que cerca ya de los 70 años, sintióse enferma y se acostó. Ocho días duró su enfermedad y tres su agonía y su muerte como la de una santa. Recibió los santos sacramentos con el mayor fervor; su cara, como un ángel; y siempre repetía su jaculatoria favorita: «mi amado es para mi y yo para mi amado»; y cuando mosén Vicente le repetía muchas jaculatorias ella le decía: «basta, basta; no se canse, que me da pena, pobrecito». Paciente, tran­quila, siempre igual, cuando en su agonía dulce y sin dolor parece que ­se le acababa la vida, ponía sus ojos en el cielo y decía con gozo: ay, amado mío, pronto nos veremos; dulcísimo Jesús mío, ya poquito falta: al amado mío, cuándo vienes?» Antes de morir, el día de los Inocentes ella misma llamó a las Hermanas y les dio la última recomenda­ción, que vivieran la vida de la fe y repetía: «Oh santo Hospital de ­Barbastro que tanta gloria me has merecido».

Después de muerta, su rostro quedó hermoso y resplandeciente, ­más que en vida, de modo que en vez de causar reparo, su cadáver movía a devoción; y, al dudar yo en transcribir lo que afirma Sor Encarnación, de que despedía un olor suavísimo, se reafirma en que sí, que ella misma notó esa fragancia y que las ropas de la cama estaban blanquísi­mas.

Todo Barbastro subió al Hospital y al verla decían: murió la san­ta, qué lástima de enterrarla. La llevaron al cementerio con toda so­lemnidad y música, pero no se resignaron ni el Capellán ni las Herma­nas a verse separadas de su buena Superiora y, por la noche, en secreto, Mosén Vicente acompañado de las Hermanas trajeron el cadáver al Hospital y lo sepultaron debajo del coro de la Iglesia, a mano derecha jun­to a la pared. En esa misma sepultura está, encima, Sor Bibiana Andueza, que fue superiora después de Sor Mariana. Tales son las preciosas notas que hallamos consignadas en las memorias de aquel Hospital de Barbastro.

En los primeros meses de 1840 hizo el P. Gros la visita a las Comunidades de la Corte, según él mismo comunica a Sor Margarita Reselló, Superiora del Hospital de Lérida en 9 de marzo: «He pasado la visita de estas cuatro casas y ayer comenzaron los Ejercicios Espirituales algunas Hermanas de este Noviciado, donde he puesto por Superiora a Sor Vicenta Molner y en el Hospital General a Sor Vicenta Rocamora».

Ya por este tiempo la influencia del General Espartero, nuevo ­Jefe del Gobierno, se dejó sentir en beneficio de las Hijas de la Cari­dad. El, que había vivido y triunfado en los campos de batalla, cono­cía bien la generosa conducta de las Hermanas al lado de los soldados heridos o enfermos, y de ahí que, por encima de todo partido, los mili­tares siempre las han mirado como ángeles visibles de su guarda. El peligro de verse arrastrado el Instituto de las Hijas de la Caridad por el torrente revolucionario de aquellos años, que arrastró a las otras Comunidades Religiosas, había obligado a los Superiores a repetir memoriales y exposiciones que, aunque no produjeron un efecto inmediato, ­sirvieron a la larga para que los Gobernantes fijaran la atención y conocieran la amplia labor benéfica y social de las Hermanas. Por ello no hubo Ministro, ni aún en los días de más furia antirreligiosa, que se atreviese a firmar el decreto de su supresión, decreto que probablemen­te ninguna Junta de Provincias hubiese llevado a la práctica.

El Real Noviciado constituía un caso aparte y sólo se podría salvar si el Gobierno llegaba a penetrarse de la idea de que aquella casa no era un convento de vida independiente, como los de las religiosas, sino que era el corazón y vida de todo el Instituto.

Afortunadamente así lo entendió la Sociedad Económica Matri­tense, llamada a informar sobre la supresión o conservación del Real ­Noviciado, y esto le salvó. Merece ser conocido su ponderado informe.

     «Sociedad Económica Matritense = La Superiora de las Hijas de ­la Caridad de S. Vicente de Paúl del Noviciado de esta Corte ha dirigido a S.M., con fecha 27 de noviembre último, una reverente exposición, a solicitud de que se permita la entrada en dicho Noviciado a las jóvenes que, con el noble y religioso objeto de tal Instituto, desean par­ticipar de sus trabajos y llenar el vacío que dejan las que mueren o se imposibilitan en el servicio de los Hospitales y demás casas de Beneficencia, satisfaciéndose además por este medio, las vivas y continuadas demandas de nuevas fundaciones solicitadas con empeño por varias Juntas de Beneficencia del Reino. Con su vista, la Comisión encargada por la Sociedad de dar su dictamen sobre esta petición, después de ha­berla examinado con el detenimiento e interés que corresponde a asunto de tanta importancia y trascendencia al servicio público, tiene el ho­nor de manifestar su opinión en los términos siguientes.

     El deseo de conseguir de tan caritativa y útil Asociación las ventajas obtenidas en Francia y otros países en favor de los Asilos de Beneficencia fue, sin duda alguna, el único objeto que el Gobierno de S.M. se propuso al permitir en la Península el establecimiento de las Hijas de la Caridad; y la Comisión se complace en reconocer los servi­cios prestados por estas piadosas mujeres, convencida de que los re­sultados han correspondido plenamente al benéfico y religioso objeto ­de su establecimiento.

     Públicos y bien notorios han sido el celo y caridad, que aquellas han desplegado en la asistencia de los enfermos durante los estragos de algunas epidemias y muy particularmente en la del cólera morbo, en los años de 1833 y 34; y no menos notorios, útiles y laudables los que diariamente demuestran, tanto en la esmerada asistencia de los mismos en los Hospitales como en el servicio de las casas de expósitos y hospicios. Testigos son cuantas personas han tenido ocasión de visitar estos asilos de beneficencia, de las mejoras conseguidas en ellos, del esmero, aseo y buen orden con que, en desempeño de sus deberes, son atendidas las cosas más pequeñas de las que exigen el servicio de los desvalidos a quienes su desgraciada suerte lleva a estas casas de cari­dad. Y aunque la Comisión no hará el examen y exposición del buen méto­do que actualmente se sigue en cada uno de los establecimientos de esta clase, porque sobre ser prolijo no es necesario por su misma notoriedad, pues a todos es conocido el celo y servicio que las Hijas de la Caridad prestan en ellos, no puede menos de llamar la atención de la Sociedad, ­el diferente aspecto que ofrece actualmente el servicio del Hospital Ge­neral de esta Corte, sobre todo en la sala de mujeres, en que la limpie­za de las enfermas y la buena y entendida asistencia, que se da a las pacientes, y los buenos resultados que han producido en la moralidad de éstas los continuos ejemplos de virtudes cristianas de tan caritativas enfermeras, son cosas que no se han conseguido hasta que las Hijas de ­la Caridad se han encargado del cuidado y asistencia física y moral de las enfermas, pudiendo sólo juzgar de la importancia de estos resultados los que conocieron por sí mismos el estado en que antes se encontraban.­

     Estos hechos demuestran hasta la evidencia la utilidad de estas Hijas de la Caridad, los cuales son tanto más interesantes cuanto que exigen, no sólo celo, caridad y virtudes, sino cierta inteligencia que ­se adquiere sólo en la continua asistencia de los enfermos, circunstan­cias todas reunidas en las Hijas de la Caridad y difíciles de lograr en mujeres mercenarias y advenedizas.

     El ejemplo de Francia, cuyo ilustrado Gobierno procura extender tan ventajosa asociación dentro y fuera de su país; las solicitudes de las Juntas de Beneficencia que se indican, prueba irrecusable de la bondad de esta Congregación y, por último, la diferencia que la distingue de los Institutos y Ordenes religiosas, no sólo por la diversa naturaleza de sus votos, cuya dirección señala su libre voluntad, sino también por los objetos de pública Beneficencia, en que se emplea, son consideracio­nes que apoyan, en la parte compatible con las leyes vigentes, la favora­ble resolución de la solicitud que dirige a su Majestad, la referida Superiora por sí y en representación de los Establecimientos de Beneficencia de esta Corte.

     Porque, si la Institución es buena en sí y útil al servicio de los mismos, como la experiencia acredita; si es cierto, como no puede dudarse, que la índole de los servicios prestados por las Hijas de la Caridad y el tiempo, producen, en el número de las existentes, bajas que es indispensable cubrir para que nunca falten las que necesariamente exi­ge el cuidado y servicio de los establecimientos públicos; y por último, si de la experiencia y ejemplo de moralidad y virtudes cristianas de las Hijas de la Caridad, que por muchos años han ejercido tan noble, tan bue­no y tan religioso ministerio, han de aprovecharse con utilidad pública las jóvenes, que quieren consagrarse al alivio y consuelo de la humani­dad doliente y menesterosa, es indispensable permitir desde luego la en­trada en esta religiosa Asociación; es necesario conceder amplia y gene­rosa protección a aquellas personas que, a impulsos de su Caridad evan­gélica, dedican su vida a estos actos de beneficencia y, finalmente, es conveniente no olvidar, que, cuando los Gobiernos no pueden costear o retribuir larga y debidamente, como en otro caso se necesita, servidores ­diligentes, honrados y notorios, como sucede en Prusia, para la asistencia y cuidado de los Hospitales Públicos, Inclusas y demás establecimien­tos de Caridad, las Congregaciones piadosas han sido siempre y serán, so­bre todo en naciones cristianas, las más a propósito para aquel servicio importantísimo y por lo tanto, uno de los medios más importantes, seguros y económicos de que puede valerse el Gobierno y, en su nombre, las Juntas de Beneficencia para conseguir los fines de su humano y religioso objeto.

     Según ve la Sociedad, se ha limitado la Comisión, en este informe, a pro­bar la utilidad de la Asociación de las Hermanas de la Caridad y la ne­cesidad de acceder a las peticiones de la Superiora, en cuanto a la admisión de las personas caritativas, que quieran alistarse en ella; pero, no conociendo los Estatutos que le rigen en el día, y confiando en la ilustración del Gobierno de S.M. encargado inmediatamente de su dirección, se abstiene de proponer regla alguna en la manera de hacerse la admisión de las personas que han de reemplazar las vacantes de que se habla en la solicitud, sobre que recae este informe y en el régimen interior de la expresada Asociación.

     Así lo entiende la Comisión que somete su dictamen a la resolu­ción que la Sociedad estima más acertada.

     Madrid, 17 de enero de 1840.

Habiendo sido aprobado este informe por la Sociedad, fue trasla­dado al Jefe Político de Madrid, en enero de 1840.

De la buena acogida que tuvo el dictamen de la Sociedad Económi­ca Matritense da testimonio el oficio siguiente: «Gobierno Político de la Provincia de Madrid = A fin de dar cumplimiento a lo que se me previene de Real Orden de 21 del corriente, se ­servirá V, remitirme a la mayor brevedad una copia o ejemplar de los Estatutos o Reglas por que se gobierna ese Noviciado, manifestándome al propio tiempo las circunstancias que deben reunir las jóvenes que se admi­tan en él y, qué número convendría fijar como el máximo de las que po­drían admitirse, en el caso de que fuese declarado Noviciado Central.

Dios guarde a V. muchos años = Madrid, 26 de febrero de 1840 = Diego Entrena = Sr. Capellán Rector del Noviciado de las Hijas de la Caridad»

 

Mientras en las esferas oficiales se tomaba en consideración el asunto del Noviciado, tan vital para las Hijas de la Caridad, el po­pulacho ebrio de libertad, se permitía burlas e insolencias contra las órdenes religiosas. Un artículo de «El Católico» decía en 6 de marzo de ­aquel año: «¿No pertenecen acaso a un orden religioso, que existe actualmente, esas Hijas de la Caridad, que siguiendo la Regla y espíritu de su ­Santo Fundador, el incomparable S. Vicente de Paúl, consuelan al afligi­do, cuidan con el mayor esmero al enfermo y son el paño de lágrimas de los huérfanos y desvalidos niños, frutos del crimen y la desmoralización?

Cuando los pueblos y las ciudades, convencidas de la utilidad ­de su Instituto, las piden tan a porfía que ya su número no basta a sa­tisfacer tantas y tan justas peticiones, si no estamos mal informados, escarnecen y vilipendian su santo hábito en las calles y plazas, donde residen las autoridades y que por lo mismo deben dar ejemplo a las pro­vincias del respeto a la religión y a todo lo relativo a ella».

Al terminar la guerra civil y cuando parece que la nación ha­bía de entrar en una nueva era de paz y de prosperidad, comenzaba otra no menos asoladora, cual era la de los partidos políticos irreconcilia­bles. El Duque de la Victoria, General Espartero, que ocupaba el supremo poder, era atacado con saña por los llamados progresistas; las tur­bas, invocando el nombre de libertad, cercaban e invadían el Congreso de Diputados, lanzando denuestos contra los representantes de la auto­ridad. Ya no había conventos que asaltar; y los que permitieron aque­llos desmanes contra la religión, se veían ahora asaltados por el popu­lacho insolente. En tales circunstancias, al parecer las menos adecua­das, quiso la Divina Providencia otorgar al Real Noviciado el más completo y duradero de sus triunfos. En efecto la siguiente Real Orden ­vino a calmar las largas inquietudes de las Hermanas y a llenarlas de ­satisfacción.

«El Excmo. Sr. Ministro de Gobernación de la Península, con fe­cha 2 del corriente, me dice lo que sigue: = Excmo. Sr. he dado cuenta a S.M. la Reina Gobernadora de una exposición de las Hijas de la Cari­dad, que V.E. remitió con eficaz recomendación en 29 de enero último, ­en solicitud de que se conserve y proteja la casa Noviciado de las mis­mas y S.M. en su virtud y de lo informado por la Contaduría y la Junta Consultiva de este Ministerio, se ha servido resolver:

1º-  Que se conserve el Noviciado de las Hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl, que está en esta Corte, para educar jóvenes, que se dediquen a los piadosos ejercicios de su Instituto y acoger a las que ­se inutilicen por su edad y enfermedades; 2º- Que dicho Establecimiento provea a los Hospitales de esta Corte y a otros puntos del Reino, hasta donde lo permita el número de las Hijas de la Caridad, para que ejerzan en ellos los cargos de su profesión; 3º- Que se auxilie al expresado Noviciado con la dotación anual de sesenta mil reales vellón, que le está asignada, satisfaciéndose por la pagaduría general de este Ministerio ­con la puntualidad que permitan sus atenciones. = De Real orden lo comunico a V.E. para su inteligencia y efectos correspondientes = Lo que transcribo a V. para los propios fines = Dios guarde a V. muchos años = Madrid 15 de julio de 1840 = Diego Entrena, a la Superiora del Noviciado de las Hermanas de la Caridad».

El pasar, desde entonces, el Noviciado a depender de Gobernación, daba más estabilidad al contenido de esta Real orden, ya que ese Minis­terio estaba menos expuesto a veleidades, como se probó a través del tiempo, pues, en medio de los trastornos y revoluciones que agitaron al siglo XIX y después, la situación del Noviciado no se vio ya en litigio y continuó su vida sosegadamente con ininterrumpida prosperidad, como ­vamos a ver.

La Real orden citada fue uno de los últimos actos del reinado de María Cristina, quien, pocos meses después, era sustituída por el Du­que de la Victoria, como Regente del Reino. Bien merece el agradecimiento de las Hijas de la Caridad esta prueba de amor de aquella Reina tan atormentada por la política.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *