Inauguración del Real Noviciado. Preparadas así las cosas, faltaba aún lo más principal cual era las Hermanas que habían de ser como las piedras angulares de la fundación. Por eso la activa Condesa de Trullás escribía, en 25 de diciembre de aquel año, al Ayuntamiento Reus diciendo: «Creo que VV. están tan enterados de todo lo que puede hacer progresar el Instituto de las Hijas de la Caridad, que me lisonjeo se presten a hacer algún sacrificio, cuando se trata de perpetuar el bien que ellas promueven y complacer al Rey que pone el mayor ahínco e interés a fin de que la fundación del Noviciado se verifique c más sólida y brevemente posible. V.S. tiene ocho profesas y para el Noviciado, el Colegio de la Paz y la Inclusa no tenemos más que seis. En esta atención escribo al Visitador, a fin de que nos haga pasar aquí dos de las que hay en esa Ciudad y espero que V.S. llevará a bien el que vengan, pues también son interesados en el Noviciado común, que es de donde, con el tiempo se ha de proveer esa casa y, en el día, no dudo que el Sr. Visitador permitirá que se reciban en esa casa las postulantas que VV.SS. necesiten».
El Ayuntamiento de Reus, con una alteza de miras que le honra, respondió a dicha solicitud, manifestando con fecha 5 de enero de 1803: «En cualquiera otra ocasión nos ¡rubiera sido muy sensible desprendernos de ninguna, por la falta que ha de causar, pero los Superiores motivos que Vuestra Excelencia expresa, nos causa la mayor satisfacción y, luego que el Visitador disponga, se destinarán las dos que puedan desempeñar los cargos que V.E. se ha propuesto, no dudando que con el superior talento y dirección de V.E. tendrá más pronto como establecimiento esa casa, que difundida por toda España, deberá a V.S. el gran bien que se ha de producir a la humanidad».
Ceballos premió esta generosidad del Ayuntamiento de Reus con una Real Orden de 16 .e enero de 1803 en que le da las más efusivas gracias. Remitida por mediación de la Señora Condesa sirvió para enardecer más la generosidad del dicho Ayuntamiento, quien, le contesta aun nuevos ofrecimientos: «Excma Sra. Condesa. Señora: El agradecimiento con que queda obligado este Ayuntamiento por la favorecida carta de V.E. del 19 del anterior, a cuyo favor nos ha cabido el honor de darnos gracias Su Majestad, por el aprecio que le ha merecido el destino de las dos Hermanas profesas de la Caridad para ese Noviciado, nos empeña a buscar :odas las ocasiones que puedan contribuir a llenar tan digno objeto y pensando, si para el más pronto establecimiento, sería conveniente vayan dos otras más Hermanas profesas de esta casa con dos Postulantas de mucha virtud y que prometen el mayor desempeño según nos informa el Rdo. D. Tomás Pedreny, Pbro. que las dirige, puede V.E. disponer de este momento, por si acomodase vayan las seis en un mismo viaje, quedando V. E. persuadida que tendremos por felices los días que nos honre con sus órdenes para acreditar a V. E. nuestro reconocimiento».
Respondió prudentemente la Condesa admitiendo su ofrecimiento, pero remitiendo copia de las cartas al Visitador, «para que como más instruido, resuelva lo que le parezca conveniente para el bien del Noviciado y de ese Hospital».
El día 6 de diciembre de 1802 llegaron a Madrid Sor Lucía Reventós, Superiora de Reus, Sor Tecla Pamiás y la postulanta Magdalena Pascual, quienes fueron a hospedarse en casa de la Señora Condesa, en la calle del Prado, hasta que, en dos de enero de 1803, se establecieron en otra casa que se tomó provisionalmente en la calle de la Libertad, a la que fueron también algunas niñas del Colegio de la Paz.
Poco después, se tomó en arriendo otra casa, en la calle del Prado, que había ya de servir para la instalación del Noviciado.
En Real Orden de 22 de enero Cevallos participa a la Condesa las razones para que, antes de la instalación, se ponga de acuerdo con el Sr. Arzobispo de Toledo, y la fausta nueva de que «La Reina, nuestra Señora, dispuesta siempre a derramar sus beneficios en favor de la causa de la humanidad y en utilidad de sus vasallos, ofrece su protección soberana a este establecimiento y tiene la bondad de conceder la gracia de que la titulen su protectora».
Y fue el día 3 de marzo de 1803 el señalado para el acto solemne de la inauguración del Real Noviciado. Con asistencia de todas las Hermanas de Madrid, que no llegaban entonces a una docena y de varias señoras de la Junta de Damas, bendecido el Oratorio, dijo la santa misa el Sr. Arzobispo Cardenal de Toledo y dio el santo hábito de novicia, a la joven Magdalena Pascual. Estaba también presente el obispo auxiliar de Madrid D. Atanasio Puyal.
Fecha transcendental en los anales de la beneficencia de nuestra patria. La semilla estaba sembrada en el surco, pero cuánto había de costar que se convirtiera en el árbol frondoso, cuyas ramas extendidas tantos bienes ha producido. Sin duda, por eso, el enemigo de todo bien puso el más tenaz empeño en sofocar aquella semilla para que no fructificase, pero los planes de la Divina Providencia eran otros.
Dejamos dicho cómo el Sr. Visitador había escogido por piedra fundamental del Real Noviciado a Sor Manuela Lecina, no sin aplauso de la Señora Condesa, que había conocido sus dotes relevantes en más de un año de íntima comunicación con las Hermanas, en la Inclusa. Fue como sabemos una de las seis Hermanas españolas formadas en el noviciado de París. Desempeñó en Barcelona el cuidado de los niños de las cunas. Nombrada luego Superiora en la Fundación del Colegio de Barbastro y finalmente vino a la de la Inclusa de Madrid. Todos los testimonios de aquel tiempo nos manifiestan que era una Hermana de excepcionales dotes.
El P. Murillo, sabio, prudente y santo director de las Hermanas en su primera época y como tal irrecusable conocedor íntimo de ellas, nos ha dejado declaraciones elogiosas de Sor Manuela.
«El Sr. Visitador, nos dice, propuso por entonces para Superiora del Noviciado, que ya lo era de la Inclusa, por ser superior a todas en talento, instrucción y virtud, a Sor Manuela Lecina». «El talento que había manifestado Sor Manuela Lecina en el gobierno de la Inclusa y el justo concepto que se adquirió en Madrid y el conocimiento que tenía entre las personas de distinción de la Corte determinaron al Visitador a elegir como la Hermana más propia para Superiora del Noviciado, con aplauso de la Señora Condesa de Trullás y demás Señoras de la Junta».
Y en una «Oración panegírica de San Vicente de Paúl» impresa en Madrid en 1802, se hace público elogio de ella, diciendo: «La Superiora de la nueva colonia -de la Inclusa-, es Sor Manuela Lecina, Superiora de las Hermanas de la Caridad de Barbastro, en el Reino de Aragón. Esta Señora se ha ejercitado algunos años en Francia, en su Instituto de Caridad, en las casas de Narbona y en uno de los Hospitales de la Ciudad de París; ha desempeñado siempre con honor las obligaciones de una Hija digna de la Congregación de la Caridad».
En la misma Real Orden de fundación se consigna el nombramiento de Sor Manuela con palabras muy ponderativas: «Me propuso (el Visitador) para Superiora General de las Hijas de la Caridad a Sor Manuela Lecina, cuya prudencia y celo me merecían particular aprecio por el acierto con que se había manejado en el tiempo que se hallaba de Superiora de las Hijas de la Caridad, a quienes la Junta de Damas tenía cometido el cuidado de los niños expósitos de esta Corte».
Confirmación de la realidad de tales elogios es que, lejos de desvanecerse con ellos y desear cargo tan vistoso como el de Visitadora o Superiora General, como la llama la Real Orden, fue menester, asegura el P. Murillo, obligarla por obediencia a que admitiese el cargo, a pesar del mucho quebranto de su salud que representó con humildad y se conocía inepta para su desempeño».
Finalmente, no era poca prueba de sus dotes, el que, en medio de aquella difícil situación, en que toda virtud y toda prudencia era poco para tratar con aquellas linajudas Señoras de la Corte, imperiosas y no siempre entre sí concordes, supiera Sor Manuela dar :Lugo a todas, como se vio en el empeño que tuvo la Señora Condesa de llevarla al Noviciado y el que tuvo la Junta de Damas en retenerla, aunque se avinieron tan encontrados pareceres en que Sor Manuela quedara al frente de ambos establecimientos, Inclusa y Noviciado.
Al fin tuvo que indisponerse con la Señora Condesa, pero fue sólo cuando se llevó al ex remo de seguirla en sus disposiciones contrarias a la fidelidad a las Reglas de una Hija de la Caridad o permanecer fiel a San Vicente y a sus Superiores.
Después de la Superiora, tenía el Real Noviciado un cargo de suma trascendencia, cual era el de Maestra o Directora de las novicias, para el cual, además de la virtud, se requiere una exquisita prudencia y un don especial de observación y conocimiento de las personas.
De haber dispuesto de libertad seguramente que el Visitador y el P. Murillo hubiesen Sanado alguna Hermana a propósito, entre las muy contadas que tenía, en aquel entonces, el Instituto en España, pero las circunstancias dispusieron que no fuera así y que se hiciese preciso, por no chocar con la Condesa, el nombrar para dicho cargo a Sor Lucía Reventós. Compañera de Sor Manuela en el noviciado de París, allí permaneció los siete años de formación. Nombrada Superiora de Reus a la muerte de Sor Juana David, allí estuvo hasta su venida a Madrid a fines de 1802.
Un hecho, conocido apenas por dos o tres documentos poco explícitos, nos revela la tendencia de Sor Lucía a la singularidad y fue, que, siendo ella aun Superiora de Reus, hubo en aquella Comunidad, un incidente molesto para el Sr. Visitador P. Sobíes, al querer tres de las Hermanas introducir mudanza en el tocado tradicional, que traído de Francia, conservaron y aun conservan aunque algo modificado, las Hermanas de España. El Visitador se opuso a ello, pero la pertinacia de las innovadoras obligó a tomar parte en el asunto al cario General de la Congregación, entonces en Roma, y el abuso se cortó. Aunque no es aventurado sospechar que la Superiora tomara parte en la innovación, pues no es creíble que las otras se hubieran atrevido, sin ella autorizarlo. Esto fue en 1801.
Sor Lucía Reventós era sin duda Hermana instruída y competente para la enseñanza y supo acreditar en Reus la labor de las Hijas de la Caridad. Hallamos un documento notarial de 21 de noviembre de 1802, por el que las Autoridades así civiles como eclesiásticas, «… certifican, dan fe y testimonio: Que Sor Lucía Reventós, Hija de la Caridad del Instituto de San Vicente de Paúl, Superiora que ha sido durante nueve años del Real establecimiento de dicha Congregación en este santo Hospital de pobres enfermos y convalecientes y Maestra principal y directora de la real enseñanza gratuita para las niñas, en la instrucción de la doctrina cristiana, de leer, escribir y de toda especie de labores, ha manifestado ella y súbditas siempre un incesante desvelo y continua aplicación en el desempeño de es importantísimos encargos, habiendo cumplido exactamente y con el mayor acierto lo dicho de este trabajo…».
Claro es que el fin de este documento sacado por Sor Lucía en vísperas de su viaje a Madrid, no podía ser otro que el de dar a conocer entre las Señoras de la Corte los méritos de las Hermanas de Reus y concretamente los de su Superiora.
El P. Murillo, que estaba en todas las intimidades, nos asegura que Sor Lucía «vino Reus a Madrid sin saber determinadamente el empleo a que estaba destinada, pero con la presunción y esperanza de que sería nombrada Superiora General. Cuando, al llegar aquí supo que no lo era, entróla una grandísima tentación y se apoderó de ella tan profunda tristeza, que no supo ni aún disimularla por el buen ejemplo y su propio honor, de suerte lo llegó a conocer y entender la Sra. Condesa, que la tenía hospedada en su casa con compañeras… Esta tentación que no supo vencer, produjo en su ánimo resentimiento con el Superior que al pronto no pudo manifestar.
«Para maestra de novicias convino el Visitador en que fuese Sor Lucía Reventós Superiora de Reus, condescendiendo, a más no poder, con los deseos e instancias de Señora Condesa, que estaba muy apasionada con ella, por haberse ofrecido a venir con súbditas la primera vez que se les habló para venir a la Inclusa, lo que no tuvo conveniente el P. Visitador, por no hallar en ella las prendas y dotes que deseaba habiéndolo hecho presente a la Señora Condesa, respondió que no importaba, mediante ha de estar sujeta a la dirección de Sor Manuela, que con su ayuda la podría contener».
La tercera Hermana fundadora del Real Noviciado fue Sor Cándida Bofill. Había s una de las primeras Hermanas admitidas en España. Después de pasados ocho años en el Colegio de Barbastro, vino con Sor Manuela a la fundación de la Inclusa de Madrid y al fundarse el Noviciado fue en él la primera maestra de las Niñas de la Paz, de las que no se separó hasta la invasión francesa. La cuarta fue Sor Tecla Pamiás, que aunque recién profesa, era de muy buen espíritu, como lo manifestó después. Además de estas cuatro Hermanas y de Sor Magdalena Pascual, recibida, como queda apuntado, en el día de la inauguración las primeras novicias fueron: Sor Margarita Vasseur, Sor Paula Triguero y Sor Vicenta Sansón, que recibieron el hábito de tales en enero y abril de aquel mismo año de 1803.
De todas ella se hace mención en la Real Orden de fundación; y antes de terminar el año llegaban a doce las entradas, según el antiguo catálogo impreso. «Así quedó establecida la comunidad, leemos en uno de los documentos antiguos, bajo la dirección de la Señora Lucía Reventós, Asistenta y maestra de novicias, en razón de que, aunque había sido nombrada Superiora del Noviciado la Señora Sor Manuela Lecina manifestó ésta tal dificultad y repugnancia a aceptar este empleo, que no pudo recabarse de ella que trasladara de la Inclusa al Noviciado, hasta que viniendo a la Corte el referido Visitador, Felipe Sobíes, le persuadió y obligó a obedecer, verificándose su traslación el 15 de m del mismo año 1803.
«Sin embargo de no hallarse en el Noviciado la Superiora en propiedad, se observaba bajo la dirección de Sor Lucía todo lo prescrito para la casa del Noviciado, se hacían exactitud todos los actos de comunidad con todas las reglas y prácticas del Instituto guardando Sor Lucía la mayor deferencia y atención a Sor Manuela Lecina, no ejecutando y ni disponiendo cosa alguna sustancial sin su consentimiento y aprobación; aún después de trasladada la Superiora Sor Manuela al Noviciado siguió ésta con aquella unión y buena armonía que se podía desear, con lo que todo el mundo y especialmente los Superiores rebosaban de contento».







